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Si hay un mantra neoliberal muy extendido es el que ha situado a la izquierda como herramienta incapaz de gestionar de forma eficaz los recursos públicos. Se atribuye a la derecha la habilidad de hacerlo con eficacia y de resolver los excesos en que la izquierda cae cuando plantea cómo redistribuir el crecimiento económico. Desde 2015 a 2019, por primera vez en nuestro último periodo democrático, la izquierda ha tenido la responsabilidad de gobierno nada menos que en la capital de España. Y esa oportunidad ha permitido rebatir con contundencia esos argumentos tantas veces repetidos. En este libro, los protagonistas de esa gestión relatan los hitos más sonados e importantes del gobierno de la ciudad de Madrid, y explican de forma clara y pedagógica cómo fue posible no sólo reducir la deuda pública y sanear las cuentas, sino, sobre todo, el haberlo hecho compatible con un gran incremento del gasto y la inversión social, para lo que básicamente se apoyó en tres pilares: la detección y corrección de las irregularidades que se llevaron a cabo durante los años de gobierno del Partido Popular, una reforma del sistema tributario para lograr que las grandes empresas y patrimonios pagaran proporcionalmente más y la mayoría social pagara menos, y la recuperación o reorientación de la gestión de algunos servicios públicos. Se explica también cómo todos estos avances fueron combatidos por la derecha desde el ámbito mediático, político e institucional, cuya máxima expresión fueron, sin duda, los obstáculos que puso el Ministerio de Hacienda dirigido por Cristóbal Montoro. Y es necesario hacer hincapié en las dificultades a las que se enfrentará cualquier proyecto político de izquierdas que ponga en riesgo los privilegios de la elite, pues conocerlas es el primer paso para poderlas superar cuando dicha oportunidad vuelva a presentarse en un futuro.
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Seitenzahl: 497
Veröffentlichungsjahr: 2019
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akal / a fondo
Director de la colección
Pascual Serrano
Diseño interior y cubierta: RAG
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Nota a la edición digital:
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© Carlos Sánchez Mato, Eduardo Garzón Espinosa, 2019
© Ediciones Akal, S. A., 2019
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-460-4863-3
Carlos Sánchez Mato Eduardo Garzón Espinosa
919 DÍAS ¡SÍ SE PODÍA!
Cómo el Ayuntamiento de Madrid puso la economía al servicio de la gente
Si hay un mantra neoliberal muy extendido es el que ha situado a la izquierda como herramienta incapaz de gestionar de forma eficaz los recursos públicos. Sin embargo, de 2015 a 2019, por primera vez en nuestro último periodo democrático, esa misma izquierda ha tenido la responsabilidad de gobierno nada menos que en la capital de España. Y esa oportunidad ha permitido rebatir con contundencia esos argumentos tantas veces repetidos.
En este libro, los protagonistas de esa gestión relatan los hitos más sonados e importantes del gobierno de la ciudad de Madrid, y explican de forma clara y pedagógica cómo fue posible no sólo reducir la deuda pública y sanear las cuentas, sino, sobre todo, el haberlo hecho compatible con un gran incremento del gasto y la inversión social, para lo que básicamente se apoyó en tres pilares: la detección y corrección de las irregularidades que se llevaron a cabo durante los años de gobierno del Partido Popular, una reforma del sistema tributario para lograr que las grandes empresas y patrimonios pagaran proporcionalmente más y la mayoría social pagara menos, y la recuperación o reorientación de la gestión de algunos servicios públicos. Se explica también cómo todos estos avances fueron combatidos por la derecha desde el ámbito mediático, político e institucional, y cómo, al final, esta ilusionante experiencia fue abortada por la fuerza.
Cualquier proyecto político de izquierda que ponga en riesgo los privilegios de la elite tendrá que afrontar importantes dificultades. Conocerlas es el primer paso para superarlas cuando dicha oportunidad vuelva a presentarse en un futuro.
Eduardo Garzón Espinosa, profesor ayudante en el Departamento de Economía y Hacienda Pública de la Universidad Autónoma de Madrid desde septiembre de 2018, fue asesor en el Área de Gobierno de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid desde enero de 2016 hasta diciembre de 2017. Es colaborador habitual en distintos programas televisivos como experto en materia económica.
Carlos Sánchez Mato, licenciado en Economía, ha sido desde 2015 hasta 2019 concejal del Ayuntamiento de Madrid, delegado del Área de Gobierno de Economía y Hacienda del mismo entre 2015 y 2017, presidente del distrito de Vicálvaro desde 2015 y del de Latina desde 2018, entre otros cargos municipales. Desde 2016 es responsable de Políticas Económicas de Izquierda Unida. En la actualidad es profesor asociado en la Universidad Complutense de Madrid en el Departamento de Economía Aplicada, Estructura e Historia.
Presentación
Vivimos tiempos en los que los partidos, en lugar de ofrecer un programa político, muestran la cara del candidato en la papeleta; tiempos en los que las propuestas y discursos se convierten en expresiones tan sugerentes como vacías de contenido, del tipo «irradiadores», «asalto a los cielos», «no es no», «tablero político» o «imponer el relato». Por ello, poder conocer de primera mano lo que unos gobernantes hicieron durante casi mil días gestionando las finanzas del Ayuntamiento de Madrid es un saludable ejercicio de descubrimiento de lo que se puede o no hacer. Y, lo que es más importante, de lo que se está dispuesto a cambiar.
El contexto más o menos lo conocemos todos, aunque no se sea de Madrid. Tras las elecciones municipales de mayo de 2015, llega al gobierno de la capital la candidatura de Ahora Madrid, una propuesta electoral municipalista que surgió del acuerdo entre Podemos y Ganemos Madrid –donde se incluían activistas, colectivos autónomos y partidos como IU y Equo–. Al frente de la Concejalía de Economía y Hacienda fue nombrado Carlos Sánchez Mato, quien contaría en su equipo como asesor con el también economista Eduardo Garzón. No pudieron acabar la legislatura, pues en diciembre de 2017 fueron destituidos de sus cargos por la alcaldesa Manuela Carmena al negarse estos a aceptar los recortes presupuestarios exigidos por el ministro de Hacienda del gobierno del PP, Cristóbal Montoro.
Durante los 919 días que ese equipo estuvo al frente de las cuentas de Madrid, se difundieron muchas noticias sobre sus iniciativas, sus denuncias de lo que encontraron tras los gobiernos de Alberto Ruiz-Gallardón y Ana Botella, sus auditorías, su reducción de la deuda, sus polémicas con la derecha y finalmente sus diferencias con la alcaldesa Manuela Carmena. Este libro supone el balance reposado y en perspectiva, escrito por los protagonistas, de esa oportunidad histórica que tuvo la izquierda para gestionar un presupuesto agregado superior a los cinco mil millones de euros. Una cantidad relevante, teniendo en cuenta que hablamos de la tercera ciudad de la UE, con más de 3,2 millones de habitantes.
El neoliberalismo ha logrado imponer el mantra de que la derecha es buena gestora y creadora de riqueza, y de que la izquierda, por el contrario, aunque con vocación más solidaria y justa, no es capaz de manejar bien la economía y los recursos. No importa que todos los días descubramos una bancarrota de la derecha, una crisis económica del capitalismo, un banco privado colapsado o una multinacional suspendiendo pagos pero con sus dueños enriquecidos. El mantra sigue firme mientras es el dinero público al que se recurre para rescatar bancos, lograr que sobrevivan los despedidos de la que fue una estupenda empresa privada, socorrer a los damnificados de una tragedia natural y cubrir los gastos o crear las infraestructuras que permitan que las grandes empresas alcancen jugosos beneficios. Pues bien, este libro es otro ejemplo más que desmonta ese dogma de la religión neoliberal que afirma que la derecha gestiona bien y la izquierda arruina.
Como recuerdan nuestros autores, el Ayuntamiento de Madrid nunca fue precisamente pobre, siempre dispuso de recursos por encima de la media de los ayuntamientos españoles, pero, desde la llegada de Alberto Ruiz-Gallardón a la alcaldía hasta su salida, la deuda municipal experimentó un incremento del 580 por 100, pasando de 1.136,7 millones de euros en 2002 a 7.732,8 millones de euros en 2012. Es decir, se multiplicó prácticamente por siete en una década. Madrid debía a los bancos uno de cada tres euros que debían todos los ayuntamientos del país.
Pero es que, si bajamos a lo concreto, el escándalo de lo que encontraron nuestros autores cuando empezaron a trabajar con las finanzas del Ayuntamiento de la capital es más espectacular. Un ejemplo: el edificio donde se ubica el Área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento lo vendió Gallardón en 2004 a una empresa privada y a continuación firmó con ella un contrato de alquiler para seguir utilizándolo. El Ayuntamiento comenzó a pagar 18.400 euros al día (mucho más del precio de alquiler de la zona) y se comprometió a hacerlo hasta 2019 por usar un inmueble que era suyo y hasta entonces no tenía que pagar. En total, la empresa inmobiliaria se embolsaría de los madrileños 100,7 millones de euros de alquiler. El último detalle es que esa empresa es una filial de Sacyr Vallehermoso, cuyo máximo responsable aparece, casualidades de la vida, como donante del Partido Popular en la contabilidad de Luis Bárcenas.
En este libro encontrará el lector muchos más ejemplos, algunos espectaculares: 1,3 millones de euros por 112 cámaras de seguridad que nunca se instalaron; 1,5 millones por una estación meteorológica que vale 700 euros; 136,1 millones que se llevaría una empresa radicada en paraísos fiscales y administrada por la segunda persona más rica de Rumanía por gestionar un Open de tenis sin tener los derechos de su celebración y ocupando instalaciones municipales; hasta un acuerdo para pagar el alquiler de tres plantas de aparcamiento al colegio de jesuitas donde estudió Gallardón, con resultado de ocupación del 1,17 por 100 de lo estimado –eso sí, 21 millones de indemnización para la orden religiosa si el Ayuntamiento quiere adelantar el vencimiento del contrato–. O eventos públicos pagados a 30.000 euros el minuto. Esa es la eficaz gestión de la derecha que el equipo de Sánchez Mato cambió.
Pero lo más interesante que nos aportan Sánchez Mato y Garzón es saber cómo gestionaron ellos el presupuesto del Ayuntamiento de Madrid, en qué gastaron y en qué no gastaron. Un ejemplo de cambio de estilo fue el gasto en el sistema informático de gestión tributaria. Entre Gallardón y Botella llevaban desembolsados 21,6 millones a una empresa para su desarrollo, más la entrega de otros nueve millones que dejaron firmada, y todo para no recibir nunca programa alguno. Nuestros autores gestionaron la eliminación de ese contrato, ampliaron el personal del departamento y desarrollaron el software por un coste total de 290.000 euros anuales. Asimismo, pusieron en manos de la fiscalía anticorrupción todas las irregularidades que observaron, y cancelaron, en la medida en que pudieron, todos los contratos ruinosos firmados por el Consistorio.
Y es que merece la pena pararse a analizar las políticas privatizadoras de lo público. Otra vez el mantra de que desde lo privado se gestiona mejor. Lo que se comprobó en el Ayuntamiento de la capital es que, desde la recogida de basura hasta la limpieza de los edificios, la privatización sólo suponía un reparto amañado de contratos para determinadas grandes empresas que disparaban los gastos porque había que supervisar su trabajo, ya que no lo realizaban bien, que explotaban a unos trabajadores que terminaban haciendo huelga y que, por tanto, el servicio no se cumplía. Un ejemplo curioso es el de los aparcamientos públicos. Uno de los que dio en concesión privada el PP suponía para las arcas públicas unos ingresos de 18.592 euros al año. Cuando fue recuperado por la izquierda para su gestión directa generaba ingresos de unos 1,2 millones de euros. Otro de ellos pasó de recaudar 8.106 euros al año cuando se cedió a una empresa privada para que lo gestionara a 658.000 anuales de beneficio cuando pasó a ser gestionado por el Ayuntamiento.
Una de las evidencias de las políticas privatizadoras es que suponen el mejor caldo de cultivo para la corrupción. Se me ocurre un ejemplo mundano. Si un Ayuntamiento gestiona de forma pública la recogida de basuras, la mayor corrupción que se me ocurre es que el concejal enchufe a su cuñado de basurero, algo, por otro lado, que todo el mundo descubriría. Sin embargo, si privatiza el servicio, basta con sumarle un sobrecargo de 100.000 a repartir entre el concejal que selecciona la empresa y el empresario.
Este libro nos sirve para conocer cosas más allá del Ayuntamiento de Madrid. Por ejemplo, que, gracias a las políticas beneficiosas para la banca que han impuesto nuestros gobiernos, los ayuntamientos tenían a finales de 2018 nada menos que 27.000 millones de euros depositados en los bancos sin recibir ninguna retribución por ellos y sin poder usarlos para prestar servicios a los vecinos. Por ese mismo dinero pedido prestado por el Estado, los bancos hubieran cobrado un interés del 2,5 por 100, casi 700 millones de euros cada año, y eso en la actual situación de bajos tipos de interés por la política monetaria del Banco Central Europeo.
En el último mandato del Partido Popular, el Ayuntamiento tuvo un gasto financiero, es decir, dinero para los bancos, de 1.153 millones de euros; con Ahora Madrid fue algo más de la mitad, 638 millones de euros. Del mismo, la deuda descomunal que acumuló el PP fue reducida por el gobierno de izquierda en 2.911 millones, casi un 52 por 100, que además consiguió un superávit de 4.606 millones, cuyo delito era querer destinarlo al bienestar de los madrileños. Mientras tanto, con el Partido Popular en la Comunidad de Madrid, se llegaba a 5.532 millones de déficit y un incremento de deuda de 8.056 millones de euros.
Hay que dejarlo claro. Lo que se aprecia en 919 días. Sí se podía va más allá de lo sucedido en el Ayuntamiento: es un ejemplo de todo lo que se puede hacer si los ciudadanos dan fuerza suficiente a los candidatos de izquierda y, también, estos, si son honestos y valientes, ponen en práctica propuestas de izquierda. O, dicho de otro modo: si consideras que lo prioritario al frente de una administración pública es velar por el bienestar y los servicios de los ciudadanos. Por eso se activaron todas las cloacas contra el gobierno del Ayuntamiento de Madrid: desde denuncias del PP en connivencia con el comisario Villarejo hasta todo tipo de jugadas sucias del ministro Montoro para paralizar el desarrollo presupuestario del Ayuntamiento.
Si bien, no debemos olvidar que nuestros protagonistas no lograron terminar la legislatura porque fueron destituidos por la entonces alcaldesa de Madrid. Sin revancha, sin odio, pero con rigor y precisión, también se explica todo ello en este libro.
Como dicen nuestros autores, «el ejemplo de Ahora Madrid no suponía obviamente ninguna revolución socialista, pero era suficientemente importante para minar esas creencias sobre las que siempre se ha asentado la derecha». Y es que, desde hace muchos años, el principal soporte de los regímenes neoliberales no es tanto haber convencido a la gente de su idoneidad, sino lograr imponer la falsa idea de que no hay alternativa. Para seguir así, hay que combatir cualquier ejemplo de lo contrario con toda la fuerza de la criminalidad informativa, judicial y política. Y eso es lo que hicieron contra la Concejalía de Economía y Hacienda de Madrid y sus gestores. En estos tiempos en los que tanto oímos acusaciones de golpe de Estado, la tercera parte del libro es toda una tesis de cómo se puede ejecutar uno contra unos representantes políticos democráticos, honestos y eficaces que mostraban que la izquierda podía llevar una buena gestión de lo público. La tropelía fue tal que una de las exigencias de Cristóbal Montoro, con la coartada del ahorro para las Administraciones públicas, fue obligar a que el Ayuntamiento cancelara una deuda bancaria en lugar de prestar servicios a los madrileños, a pesar de que hacerlo suponía, paradójicamente, pagar 1,8 millones de euros a los bancos en concepto de penalizaciones. No, no se trataba de un conflicto entre izquierda y derecha, sino entre saqueadores y personas decentes.
Creo que contar en la colección A Fondo de Ediciones Akal con el testimonio de primera mano de lo que sucedió en esos 919 días es una oportunidad para todos los que, con la perspectiva del tiempo y la profundidad imprescindible, quieran conocer lo que ocurrió cuando la decencia y la honestidad, a falta de asaltar el cielo, lograron acariciar el Ayuntamiento de Madrid.
Pascual Serrano
PRÓLOGO
Hace años, leí algunos artículos sobre la costumbre que existía en el Antiguo Egipto de borrar la presencia de los personajes públicos que desagradasen a quienes gobernaban en el momento. El nombre y la obra del defenestrado eran sistemáticamente eliminados de los relieves de los edificios y monumentos civiles. Ese proceso de borrado, que activa la maquinaria del olvido, ha sido repetido a lo largo de la historia de la humanidad para ocultar personas o sucesos incómodos que interpelaban o dejaban en evidencia al poder establecido y ponían en riesgo el «orden natural». En el transcurso de los siglos, la pugna entre la memoria y el olvido ha sido una constante.
Algo así me sugería este libro, que me enorgullece prologar. Es importante conocer para no asumir la imposibilidad, recordar para no empezar siempre desde cero, para honrar, para no volver a caer...
Esta obra nos ayuda a saber cómo gestionar los recursos públicos de forma eficaz y honesta. Pero, sobre todo, no nos deja olvidar que, a pesar de los discursos que reducen la política a una cuestión de gestión, no es un asunto solamente técnico, sino que el buen gobierno de la economía de una institución es, por encima de todo, una cuestión política, un compromiso firme con quienes peor lo pasan.
Cuando, en 2015, Ahora Madrid llegó a gobernar el Ayuntamiento de Madrid, sin duda se puso en marcha una transformación profunda en una institución que llevaba lustros con el Partido Popular al frente. Un partido que no sólo no había gobernado pensando en las necesidades de las personas más frágiles de la ciudad, sino que lo había hecho de forma deshonesta. Muchos de sus miembros electos y de sus colaboradores están en la cárcel o pendientes de diferentes procesos judiciales, y podríamos decir que en Madrid la corrupción era una forma de gobierno.
A pesar de la hostilidad feroz que desde el primer minuto presionó y castigó al equipo de gobierno por todos los medios posibles, han sido muchas las cosas que se hicieron bien en el Ayuntamiento madrileño. Otras, a mi juicio, fueron tristes y decepcionantes, y no estuvieron a la altura de las posibilidades que ofrecían la correlación de fuerzas y el movimiento que se había logrado construir.
Pero si en algo ha habido consenso entre los sectores progresistas, y no ha podido ser negado por la oposición, ha sido en la excelente gestión económica del Ayuntamiento y en sus contundentes resultados. Al frente de ella, durante 919 días estuvo uno de los autores de este libro, Carlos Sánchez Mato, y de su equipo en el Área de Economía y Hacienda formaba parte su coautor, Eduardo Garzón.
La brillante gestión del Área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid ha demostrado, con hechos, que eso de que las izquierdas no saben gestionar es un mito. En algún acto con personas pertenecientes a las elites, Carlos, un poco provocador, recordó que tuvo que llegar un comunista a arreglar las cuentas municipales.
Mucha gente sabe que se rebajó la deuda y se generó superávit, pero no tanta conoce cuáles fueron los ejes que permitieron el éxito, cuáles las dificultades, qué tipo de esfuerzos se hicieron, qué desafíos se aceptaron y qué precio se pagó por hacerlo.
Creo que, cuando en las últimas campañas electorales la gestión económica en Madrid ha sido enarbolada como buque insignia de la legislatura, no se ha hecho con una información rica y explicada, quizá porque quien más minutos de radio y televisión y páginas de entrevistas tuvo no sólo no la había llevado a cabo, sino que en alguna de sus dimensiones más interesantes la había obstaculizado.
Me parece que recoger esta experiencia en un libro es muy importante. Como podrá advertir quien lo lea, se trata de un documento valioso para los que quieran replicar las políticas y medidas en otras instituciones públicas. Constituye un manual práctico sobre gestión en las instituciones locales. El valor de esta obra es el de mostrar que el «Sí se puede» que se gritaba en la calle era más que un lema; que, a pesar de los evidentes límites institucionales, si hay voluntad política y firmeza es posible comenzar a hacer virar el transatlántico, de modo que la economía y la política no embistan mortalmente la supervivencia digna de las personas.
Sabemos que la existencia humana se desenvuelve en un planeta con límites, y que los cuerpos en los que vivimos encarnadas las personas también los tienen. Superar permanente e indefinidamente esos límites, insoslayables, ha sido la promesa de la cultura capitalista y tecnólatra, y el resultado de esta translimitación ha desembocado en esa triple guerra que revela Santiago Alba Rico: por los recursos declinantes y finitos, contra los derechos sociales y laborales y contra los vínculos y las relaciones.
La economía capitalista vive de espaldas a los límites de la naturaleza y los cuerpos. Se rebela absurdamente contra ellos y, por contra, define otros límites y normas que presenta como barreras absolutamente infranqueables y que establecen de forma precisa qué se puede y qué no se puede hacer.
Durante 919 días, un pequeño equipo de personas, acompañado de funcionarios e inserto en un equipo más amplio que era el de Ahora Madrid, se empeñó en demostrar que este segundo tipo de límites son interesadamente establecidos y presentados como leyes naturales; que se pueden traspasar y que hacerlo, además, es indispensable para que las políticas públicas protejan y sitúen como prioridad a las personas más vulnerables.
Saber lo que se logró y cómo se hizo nos ayuda a seguir albergando la esperanza, o más bien la convicción, de que la lucha contra la pobreza, la precariedad, el abuso y la explotación no son delirios de personas atacadas por un deseo de pureza, sino posibilidades reales que requieren compromiso y voluntad, pero que son viables. En Madrid se demostró que las cuentas de un Ayuntamiento pueden poner un suelo material para que las instituciones pisen fuerte a favor de la vida.
Lo que más conocemos de la gestión de Carlos Sánchez Mato y su equipo es el superávit generado y la importante reducción de la deuda que el Ayuntamiento tenía contraída. Hay que recordar que Madrid era la campeona del país en endeudamiento, fundamentalmente por el acometimiento de proyectos urbanísticos, en ocasiones plagados de irregularidades, que ya habían recibido importantes reveses en los tribunales a partir de las denuncias de los movimientos sociales. Los sobrecostes engrosaron las cuentas de resultados de grandes constructoras a costa de recursos públicos que luego faltaban para atender las emergencias sociales.
Sin embargo, el mayor empeño y logro de su gestión fue conseguir que ese superávit se invirtiese en justicia, en equidad, en infraestructuras socialmente necesarias, en apoyo para los sectores más vulnerables. Insisten en que «las Administraciones públicas no nacieron para ganar ni ahorrar dinero, sino para distribuir renta y producir bienes y servicios necesarios para la población». Para ellos, el superávit público que no fuese invertido en mejorar las condiciones de vida para las personas, especialmente las más vulnerables, no era una buena noticia.
Este segundo aspecto ha sido mucho menos explicado y es el que es necesario desvelar para entender por qué era tan importante, desde el punto de vista político, la lucha contra el techo de gasto que Montoro impuso a Madrid. Sólo a Madrid y no a otros municipios en la misma situación.
La lucha contra la regla de gasto era crucial para impugnar los límites arbitrarios que el Gobierno, entonces del Partido Popular, imponía a los nuevos proyectos políticos que habían alcanzado mayorías. La resistencia frente a Montoro dejó al desnudo que, para el capitalismo neoliberal, el objetivo de la gestión eficaz no era pagar la deuda ni tampoco priorizar el bien común. Más bien se trataba de seguir escondiendo un tipo de extractivismo, de saqueo de bienes y recursos públicos, que hacía crecer los beneficios de sectores y sujetos privados. Lo que Montoro no podía consentir era que se instituyese una nueva «normalidad»: una gestión escrupulosa acompañada de gasto social para mejorar la vida de la gente más precaria.
Este libro detalla las políticas económicas que se acometieron. Se orientaron bajo un principio sencillo: no limitar el gasto en función de la recaudación, sino recaudar en función de las necesidades. Se trataba de equilibrar las diferencias entre los barrios más pobres y los más ricos a partir de un incremento muy significativo de la inversión y una redistribución del gasto. Para ello, el Ayuntamiento estableció como prioridad la garantía de los derechos básicos y la cobertura de las necesidades más urgentes de la ciudadanía en situación de mayor vulnerabilidad.
Se establecieron medidas para obtener ahorros económicos inmediatos. Estas medidas se centraron, en primer lugar, en la reducción de gasto superfluo y prescindible, cuando no directamente inútil e indeseable. El detalle de las acciones que se llevaron a cabo explica en buena medida la obscenidad con la que el gobierno anterior gestionaba el dinero en tiempos de profunda emergencia social.
En segundo lugar, se remunicipalizaron algunos servicios públicos –menos de los deseados por las trabas externas e internas que se detallan con claridad en el texto– con un buen resultado económico para las arcas del Ayuntamiento y mejoras para las personas trabajadoras de esos servicios.
Se dio un giro importante a las políticas de contratación pública a pesar de las múltiples resistencias y se estableció una fiscalidad regida por los principios de suficiencia, progresividad y justicia.
Como es obvio, muchas de estas medidas no permitían precisamente hacer amigos entre las elites y pronto comenzaron las presiones. Carlos y Edu explican que la voluntad política de aplicar muchas de estas medidas no era tan fuerte en otros miembros del equipo técnico de Ahora Madrid, y se aceptaron presiones y límites que debían haber sido confrontados de haber tenido un gobierno más decidido y valiente.
Quiero hacer mención especial al proceso de auditoría ciudadana de la deuda. En mi opinión, fue un trabajo de mucho valor.
En este proceso se buscaba evaluar las consecuencias de las políticas públicas de la legislatura anterior. Constituía una demanda central de la ciudadanía articulada en el ciclo de movilizaciones que dio lugar al nacimiento de las coaliciones electorales del cambio. Era un compromiso contraído con la ciudadanía que había votado a Ahora Madrid. Se trataba no sólo de determinar la honestidad «económica» de la gestión sino de evaluar las políticas públicas también desde el punto de vista ecológico, de género y social. Esto es muy importante, ya que pueden existir políticas legales pero nefastas desde el punto de vista del bienestar, la salud o las desigualdades de género.
Creo que se realizó un importante esfuerzo, que permitió establecer una forma de evaluar las políticas públicas, gobernase quien gobernase. Un ejercicio básico de transparencia y autocrítica en el que participaron vecinos y vecinas que se organizaron para que fuese un esfuerzo compartido. Las propias políticas de Ahora Madrid también hubiesen podido ser revisadas y evaluadas con esta metodología. Sin duda, sería un interesante ejercicio que hacer para rendir cuentas a la ciudadanía.
La auditoría quedó inconclusa después del cese de Carlos, y puedo decir, porque eso sí que lo viví como parte del Consejo Asesor de la Auditoría, que también antes de su cese hubo que hacer un esfuerzo ímprobo para sacar a la luz y hacer públicas sus conclusiones. Lo triste es que las trabas no venían de fuera.
La lista de fechorías que detectó la auditoría es inacabable. Muchos de los hallazgos de esta operación de limpieza fueron conocidos con cuentagotas y otros no vieron la luz pública. En este libro se explican con detalle. Fue un trabajo minucioso para combatir la chapuza y la corrupción. No es baladí este asunto, porque, detrás de este esfuerzo para limpiar las telarañas e iluminar rincones oscuros, se esconde parte del éxito, pero también el señalamiento y la persecución a Carlos Sánchez Mato.
De haber tenido un equipo de gobierno cohesionado y bien alineado en torno a las prioridades del proyecto que había concurrido a las elecciones, la experiencia de gestión en el Ayuntamiento de Madrid hubiese podido impregnar otros gobiernos municipales y hubiese marcado un punto de inflexión. No fue así, y la enorme presión de Montoro terminó doblando el brazo de la alcaldía y Carlos fue destituido.
Mucho se dijo entonces sobre si se había extralimitado, sobre su radicalidad extremista, sobre su imprudencia y su obsesión por la pureza... También le acusaron de tener afán de protagonismo y de no haber votado sus propios presupuestos. No fue así, y en este libro se narra con claridad, respeto, de forma positiva hacia el futuro y sin hacer sangre con lo que sucedió aquellos días.
El tipo de medidas que se pusieron en marcha en Madrid –fiscalidad más justa dentro de los límites de lo legal, contención del gasto superfluo, control del robo y la corrupción, remunicipalizaciones que resultaron beneficiosas económicamente para la institución– sólo pueden ser calificadas de radicales o extremistas una vez que se ha instalado la racionalidad de que el gasto social es imposible. Fueron medidas que no exceden el marco de una socialdemocracia moderada, y preocupa que pudieran escandalizar tanto.
Algunos justificaron que la política retadora y suicida de Carlos Sánchez Mato le hubiese costado el puesto. Otros pensamos que la falta de audacia y compromiso –de una parte del proyecto de Ahora Madrid–, con políticas que podían ser perfectamente defendidas y explicadas, había limitado las posibilidades reales de intervención y cambio. Si el tipo de medidas que se pusieron en marcha, y que describe este libro, llegaran a parecer propias de seres de otra galaxia sería porque se han interiorizado el miedo y la normalidad de la precariedad como signo de los tiempos.
En cualquier caso, tampoco lo supimos defender desde la calle, y fueron voces minoritarias las que expresaron públicamente su disconformidad con el cese. Ese es también un aspecto por revisar. Me pregunto qué hubiese pasado si, durante la tensión con Montoro, hubiésemos sido muchas las que en la calle hubiéramos defendido los presupuestos que permitían materializar el sueño con el que se llegó al Ayuntamiento.
Los 919 días dejan muchas enseñanzas. Por un lado, la constatación de que, a pesar de los límites institucionales, el gobierno ofrece la posibilidad de afianzar suelos materiales sobre los que construir una política más justa basada en la redistribución. En segundo lugar, que la pérdida de privilegios, aunque sean pocos, de quienes gobiernan nuestras ciudades en la sombra, genera una ofensiva brutal, en medios de comunicación y otros instrumentos de presión y descalificación. En tercer lugar, el saber que conquistar hasta los espacios más pequeños de mejora de las condiciones materiales de vida de la gente requiere apoyo detrás. Cada vez parece más evidente que la supervivencia digna va a tener que ser disputada dentro y, sobre todo, fuera de las instituciones. Por último, es preciso tener redes y equipos que puedan cuidarse y protegerse de los ataques terribles que suceden cuando tocas, siquiera un poco, la arquitectura de privilegios.
Repito. He escrito este prólogo con gusto. Sobre todo por el enorme cariño y respeto que siento por Carlos y Edu. Admiro la capacidad de trabajo, la inteligencia y el compromiso de Carlos y de todas las personas integrantes del equipo de trabajo que crearon.
Carlos y Edu no han escrito un libro para ajustar cuentas, sino un libro de futuro, que es crítico pero reconoce también el trabajo de los compañeros y compañeras de otras áreas, que se centra en las potencialidades y en lo conseguido más que en lo frustrado.
Eso les honra, pero esta decisión hace que queden cosas importantes sin decir.
Echo de menos cosas que el libro no cuenta. No habla de la inversión en salud que han hecho. No habla del maltrato y la violencia (en parte fuego amigo) que sufrieron, ni del dolor que sintieron, ni de la decepción en algunos momentos, ni de las presiones y las discusiones, ni de la invisibilidad, ni de cómo la política, la vieja y la nueva, se convierte en una trituradora de personas...
Y, sobre todo, no da cuenta de la ilusión, el esfuerzo, la fuerza colectiva, la alegría por cada logro, más aún después de superar miles de palos en las ruedas. No cuentan cómo crearon un equipo de trabajo que se convirtió en una comunidad de trabajo y de afectos que permanece hoy. Un espacio político de confianza que es un regalo, un oasis en tiempos violentos. No habla de las risas que se echaron, del apoyo mutuo que permitió sobrellevar lo más duro, atreverse a lo que parecía menos posible y multiplicar la imaginación.
Todas estas últimas cosas no las cuentan en el libro. Pero, como yo las vi, lo cuento yo. Gracias a Edu y Carlos por haberme dejado esta ventana para hacerlo.
Yayo Herrero
AGRADECIMIENTOS
Hace casi dos años del cese como delegado del Ayuntamiento de Madrid de uno de los autores de este libro, Carlos Sánchez Mato, y de nuestra salida como equipo del Área de gobierno de Economía y Hacienda. Como dijimos entonces, fue un momento muy duro tanto política como personalmente. Sabíamos desde el principio del mandato que no nos lo iban a poner fácil. Trabajar por fortalecer las políticas y servicios públicos, y hacerlo al tiempo que impugnábamos una injusta legalidad, no iba a contar precisamente con el aplauso de la derecha política y económica. No íbamos tampoco a ser jaleados por los medios de comunicación de masas. Pelear al mismo tiempo contra la corrupción del PP, que ha desangrado económicamente Madrid, convirtió nuestra lucha en una carrera de obstáculos que inevitablemente nos convirtió en enemigo a batir.
Al final lo consiguieron, y eso es doloroso porque las renuncias políticas tienen efectos graves en la vida de la gente. Limitar el crecimiento del presupuesto en la segunda parte del mandato de Ahora Madrid a lo que el Partido Popular quería, fue un gran triunfo para la derecha. Supuso enviar un claro mensaje a la gente: «no hay alternativa», «perded toda esperanza de que se puede gobernar de otra forma». Este y no otro ha sido el objetivo de PP y Ciudadanos a la hora de sabotear las políticas que implementamos en la ciudad de Madrid.
Pero durante casi tres años demostramos que sí había una opción diferente a la suya y que era posible dedicar más recursos públicos al ámbito social y a la inversión (que es la mejor política de empleo para Madrid), ahorrar en gastos financieros e improductivos como alquileres, tomar medidas fiscales para aumentar la progresividad y reducir la deuda hasta dejarla en la mitad de la que nos encontramos. También pusimos en marcha el enfoque de género en los presupuestos municipales, desarrollamos una ambiciosa estrategia de economía social para Madrid, arrancamos la auditoría de la deuda y de las políticas públicas, le dimos la vuelta a la política de contratación pública de la ciudad con la inclusión de cláusulas sociales y medioambientales, municipalizamos la empresa Funeraria y construimos la senda para recuperar la empresa pública Madrid Calle 30, por poner algunos ejemplos de gestión.
Seguramente no éramos los mejores, pero no hemos respondido a otro interés que el general en vez de atender al de las elites. Por eso éramos tan incómodas e incómodos.
Fue una labor de equipo, por eso es justo reconocer que, además de los autores de este libro, nada habría sido posible sin el resto del «Sóviet de Madrid». Un verdadero equipazo: Anxela Iglesias, Samuel Romero, Esther López Barceló, Elisa Nieto, Jesús Pérez, Carlos Sánchez del Barrio, Guillermo Martínez y Ruth Villaverde en primera línea. Pero sin Yayo Herrero, Toño Hernández, Javi Cubas, Jose Haro, Conchi García y Yara Bermejo tampoco habríamos ido a ningún lado.
Un maravilloso grupo de personas extraordinarias se han dejado jirones de vida en una lucha que queremos creer que mereció la pena. Porque, más allá del resultado que hasta ahora vemos, consideramos honradamente que contribuimos a abrir una brecha. Por eso, frente a gentes que se acomodan fácilmente a hacer una cosa y la contraria, frente a quienes se conforman con dar una mano de pintura a un sistema profundamente injusto y desigual, estamos felices por haber podido compartir sueños y empezar a vislumbrar que ese otro mundo más sostenible y justo es posible.
Gente incorruptible, con principios sólidos y con ideología, a la que jamás podremos agradecer lo suficiente todo lo que nos han enseñado.
Y, por supuesto, no se nos puede olvidar agradecer el apoyo a la militancia y simpatizantes de Izquierda Unida, así como a su dirección, que nos han recordado en los momentos más complicados cuánto sentido tiene pertenecer a una organización política. Tenemos que incluir en este apartado a muchos compañeros y compañeras de Ganemos y de Podemos, aliados imprescindibles en esta travesía, y a todas las personas que creyeron y siguen creyendo en el proyecto de Ahora Madrid, a los compañeras y compañeros del grupo municipal, especialmente a Mauricio Valiente, Yolanda Rodríguez, Rommy Arce, Pablo Carmona y Montserrat Galcerán.
Tampoco se nos puede olvidar el eterno agradecimiento a todas aquellas concejalas y concejales que combatieron a favor del municipalismo desde muchos lugares del Estado y con los que trabajamos sin descanso para cambiar la hostil legislación que a todos oprimía: Gerardo Pisarello, Fernando Rivares, Eugenia Vieito, David Navarro, María Rozas, José Téllez, Aurora Jhardi, Alba Doblas, Rubén Rosón y Sira Rego. Equipazo.
Hemos acabado el mandato. Y los cuatro años nos dejan, sobre todo, la conciencia tranquila. En primer lugar, porque hemos trabajado mucho sin dejarnos intimidar por las amenazas de quienes veían amenazado su estatus cuando hemos perseguido sin descanso su corrupción, o por la ira de quienes se excitan cuando defendemos a nuestra clase, a la gente corriente, a los y las de abajo.
Con toda seguridad no lo hicimos todo bien. Seguramente pudimos y debimos hacer más y mejor, pero eso queda para la próxima vez. Porque habrá una nueva oportunidad para la izquierda transformadora porque, como decía nuestro admirado Marcelino Camacho, a nosotras y nosotros, ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar.
PRIMERA PARTe
PREFACIO
¿Dédalo o Ícaro?
Buceando en la mitología griega encontramos la historia de Dédalo, que, por encargo de Minos, construyó un laberinto para encerrar al Minotauro, un monstruo mitad humano mitad toro en la isla de Creta. Era una construcción con incontables pasillos, recovecos y calles sinuosas que parecía no tener principio ni final. Si algo no quería Minos era que alguien pudiera conocer el secreto de la salida; por eso, después de que lo hubiera terminado, encerró a Dédalo junto a su hijo Ícaro.
Dédalo e Ícaro no deseaban otra cosa que escapar de su prisión, pero Minos lo hacía materialmente imposible. El rey imponía una férrea y estrecha vigilancia sobre cualquier barco que pasaba por la isla y todo tipo de obstáculos para evitarlo. A pesar de que Minos controlaba la tierra y el mar, Dédalo optó por no conformarse y decidió huir por aire. Por ello, junto a más gente, pensó en la fabricación de unas alas para él y su hijo. Recolectaron, inasequibles al desaliento, plumas de diferentes tamaños, las enlazaron entre sí uniendo con hilo las centrales y con cera las laterales y dieron al conjunto la forma suave y la curvatura de las alas de un pájaro. Cuando las terminaron, Dédalo batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Equipó entonces a su hijo de la misma manera y le enseñó la técnica necesaria para saber cómo volar. Cuando ambos estuvieron preparados, no dejó de advertir a Ícaro que no volase a demasiada altura, para que el calor del sol no derritiese la cera, ni demasiado bajo, para evitar que la espuma del mar mojara las alas impidiéndole volar. Después de estos sabios consejos, ambos comenzaron a batir sus alas y huyeron volando del laberinto. Surcaron Delos, Samos y Lebintos, y llegaron más lejos de lo que jamás podrían haber soñado. Pero Ícaro comenzó a ascender cada vez más, hasta que el ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y estas se despegaron. Aunque agitó sus brazos de manera desesperada, las leyes físicas actuaron de manera inexorable. No le quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y se precipitó al mar.
Hay quien se queda con un regusto amargo, con la parte de la historia en la que Ícaro, por subir demasiado arriba, finalizó el extraordinario viaje de una forma tan triste.
Sin embargo, nosotros pensamos que el final, no precisamente feliz, no debe ocultar la historia de esfuerzo y superación que protagonizaron Dédalo e Ícaro. Ellos no se conformaron con permanecer en la prisión a la que les había condenado Minos e idearon un método para superar los límites impuestos. Demostraron, ni más ni menos, que se podía volar. Tuvieron claro desde el principio que sólo puede ser derrotado quien decide pelear.
Y de eso va este libro. De demostrar que otra política económica era y es posible.
Uno de los logros más conocidos del gobierno de Ahora Madrid ha sido la gestión de las cuentas del Ayuntamiento de la capital de España. Cualquier persona interesada ha podido percibir el drástico cambio que se produjo en las finanzas del Consistorio madrileño, que pasó de una situación de abultado endeudamiento en los años del gobierno del Partido Popular a otra de elevado superávit en los años de gobierno de Ahora Madrid. Cada tres meses, y durante todo el mandato de Manuela Carmena, se iban publicando datos oficiales en los que se constataba un incremento de los números positivos y una reducción de la enorme losa de endeudamiento que los gobernantes del Partido Popular habían dejado a la ciudadanía madrileña. La tozuda realidad y su coincidencia con la publicación de los datos correspondientes al gobierno estatal y autonómico –los dos bajo control del Partido Popular–, en los que se veía que sus números rojos y endeudamiento no hacían más que crecer, terminaron por crear ese halo de milagro a la gestión económica del Ayuntamiento de Madrid.
Sin embargo, lo verdaderamente meritorio no se encontraba en la obtención de ese superávit ni en la reducción de esa deuda, por mucho que deslumbrara tanto en comparación con otras Administaciones públicas, sino en que todo ello se pudo conseguir al mismo tiempo que se incrementaba la justicia a la hora de recaudar impuestos, precios públicos y tasas, al mismo tiempo que se incrementaba sensiblemente la inversión en infraestructuras y la inversión social. Era esa especial combinación de logros, y no solamente uno de ellos, lo que podía considerarse como un milagro. Pero desgraciadamente pasó desapercibido para los medios de comunicación y la mayoría de la opinión pública. La simple, pero espectacular comparación, entre el superávit de Carmena y el déficit de Cifuentes y Rajoy se llevaba toda la atención periodística y dejaba muy poca para el resto de éxitos económicos.
Y es que, por muy loable que pueda parecer el hecho de registrar superávit y reducir deuda, lo cierto es que no tiene por qué serlo. El contexto que rodea esos resultados importa. No es lo mismo que una Administración pública cuadre sus cuentas recortando salvajemente en gasto e inversión, o asfixiando a la población con elevados impuestos, que hacerlo mientras aumenta los servicios públicos y reparte las cargas tributarias de forma justa. La primera forma no es sólo la más deshumanizada sino también la más fácil, mientras que la segunda es la más justa y también más complicada. Por eso, si había que felicitar por algo al Ayuntamiento de Madrid en cuanto a su gestión económica, había que hacerlo por conseguir todo a la vez, no simplemente por registrar unas cuentas saneadas.
Es importante entender que las finanzas de una Administración pública no funcionan como las del sector privado. En el caso de una empresa o una familia, tendemos a asociar como buena noticia que tengan superávit, porque significa que han ingresado más dinero del que se han gastado, y, por lo tanto, han logrado ahorrar. De forma inversa, el déficit tiene connotaciones negativas, porque la unidad familiar o la empresa han gastado más dinero del que habían ingresado, reduciendo su ahorro o incrementando su endeudamiento. Sin embargo, en el caso de las Administraciones públicas el asunto es muy diferente. Téngase en cuenta que los ingresos del sector público provienen del sector privado, de forma que, cuantos más ingresos tenga el primero, menos tendrá el segundo. Un incremento de impuestos, por ejemplo, aumentará los ingresos de la Administración pública, pero reducirá los de las empresas y familias. De forma inversa, los gastos del sector público se convierten en ingresos del sector privado, de forma que, cuanto menos gasto tenga el primero, de menos ingresos dispondrá el segundo. Una reducción de salarios públicos, por ejemplo, reducirá los gastos de la Administración pública, pero también reducirá los ingresos de las familias en las que haya empleados públicos. En consecuencia, el superávit del sector público es una mala noticia para el sector privado, porque conlleva que se esté detrayendo más dinero de las familias y empresas del que se les acaba entregando en forma de bienes y servicios públicos.
Dicho de otra forma: las Administraciones públicas no nacieron para ganar ni ahorrar dinero, sino para redistribuir la renta y producir bienes y servicios que redunden en beneficio de la población. Por eso, que un Ayuntamiento como el de Madrid registre superávit no es en principio una buena noticia, sino mala. A la vista está que estos conceptos no son controlados por la mayoría de la población, que tiende a confundir la lógica de las finanzas de una familia o una empresa con las de una Administración pública, cuando no tienen nada que ver. De ahí que los medios de comunicación incidieran en resaltar sistemáticamente como buena noticia que el Ayuntamiento de Madrid registrara superávit una y otra vez, sin detenerse en otras cuestiones mucho más importantes: ¿quiénes están pagando los impuestos?, ¿qué se está haciendo con el dinero?, ¿están mejorando los servicios públicos?, ¿se está reduciendo la desigualdad?, ¿se está creando empleo?, ¿qué pasa con las condiciones laborales?, etcétera.
Pero si registrar superávit público es, en principio, una mala noticia porque se quita a la gente más dinero del que se le entrega, ¿quiere decir esto que el gobierno de Ahora Madrid estuvo haciéndolo mal? No. Recuerden: el contexto importa.
En primer lugar, hay que tener en cuenta el caso tan excepcional en el que se encuentra la ciudad de Madrid. Ser la capital del país la convierte en polo institucional, económico, social y cultural de importante envergadura, tanto en el plano estatal como internacional. Esto provoca que muchas empresas (españolas y extranjeras) se instalen en su territorio para operar, y que muchas personas (españolas y extranjeras) se trasladen a la ciudad para trabajar o buscar empleo. Más empresas y más trabajadores en una misma ciudad provocan que la actividad económica se dinamice más de lo normal. Y más actividad económica supone más dinero circulando por la ciudad y, por lo tanto, más ingresos municipales que recibe el Ayuntamiento (puesto que la recaudación de muchos tributos depende de la cantidad de dinero en circulación). Es decir, que el hecho de ser una ciudad importante y también la capital del país conlleva que el Ayuntamiento ingrese más dinero de lo normal, por encima del resto de consistorios. Se trata de un privilegio exclusivo que facilita presentar unas cuentas públicas saneadas. De ahí que, en realidad, presentar superávit en el Ayuntamiento de Madrid no sea lo meritorio, porque los ingresos son muy elevados por defecto.
En segundo lugar, es importante comprender que un gobierno municipal no tiene plena libertad para utilizar los recursos que obtiene. Existen limitaciones institucionales y legales de todo tipo (reforzadas desde la llegada al gobierno estatal del Partido Popular en 2011) que impiden que los ayuntamientos puedan contratar todo el personal público que quieran (aunque tengan dinero para ello), que puedan incrementar las inversiones o el gasto más allá de un determinado nivel (aunque tengan dinero para ello) y que puedan reducir los impuestos y tasas libremente (aunque tengan dinero para compensar la pérdida de recaudación). En consecuencia, los municipios se encuentran con las manos atadas para utilizar con libertad todo el dinero que obtienen a través de la recaudación y de otros canales. En el caso del Ayuntamiento de Madrid, estas limitaciones explican fundamentalmente que no fuese capaz de utilizar todo el superávit que obtenía en beneficio de la ciudadanía en forma de bienes y servicios públicos.
Es decir, el mérito de la política económica del Ayuntamiento de Madrid no fue presentar superávit (ya que hacerlo no es demasiado difícil cuando los ingresos son, por defecto, muy superiores a la media), más aún cuando esa situación supone que estás detrayendo más dinero de la gente del que le devuelves en forma de servicios públicos (aunque el gobierno municipal, por las limitaciones legales mencionadas, no pudiera remediar demasiado esa situación), sino que residía en haber complementado ese fenómeno con una distribución de los tributos más equitativa y con un crecimiento desorbitado en las inversiones en infraestructuras y en inversión social.
Este libro nace para explicar cómo se consiguió ese doble éxito. Con esta explicación se pretende derrumbar uno de los mitos de la derecha que más fuerza ha tenido durante los últimos tiempos, y es el que sostiene que la izquierda no sabe gestionar adecuadamente la economía. En el imaginario colectivo, moldeado con éxito por el sistema actual, impera la idea de que la izquierda tiene normalmente muy buenas intenciones de lograr la justicia social, pero que nunca es capaz de alcanzar sus objetivos porque son, al fin y al cabo, utópicos. Estos mensajes nos vendrían a decir que es imposible aunar justicia social y eficiencia económica, de forma que, si gobiernos de izquierda se dedicaran a perseguir el primer objetivo, acabarían distanciándose notablemente del segundo. Traducido al ámbito municipal, estos mensajes vendrían a decir que es imposible repartir la carga tributaria de forma más equitativa e incrementar la inversión social sin que las cuentas municipales se resintiesen hasta el punto de sufrir una quiebra o, al menos, un nivel preocupante de insostenibilidad económica o financiera. La experiencia de Ahora Madrid[1] en política económica demuestra que ese mensaje es falso: se puede mejorar la vida de la gente con las políticas públicas sin provocar desequilibrios económicos.
Nunca antes la izquierda antineoliberal había tenido la oportunidad de poner en práctica sus políticas en una Administración pública tan grande e importante como lo es el Ayuntamiento de Madrid. Las pocas experiencias de gobiernos de izquierdas en territorio español habían tenido lugar en localidades reducidas, de forma que sus detractores siempre trataban de minusvalorar rápidamente sus éxitos alegando la excepcionalidad que supone llevarlas a cabo en una Administración de reducida dimensión. Esa excusa no les sirve para el Ayuntamiento de Madrid. Por eso nos parece tan importante detenernos a explicar cómo desarrollamos las políticas económicas y demostrar empíricamente que los proyectos de izquierdas se pueden materializar de forma exitosa y sin desequilibrios económicos o financieros.
Nuestra intención no es narrar con todo lujo de detalles lo que vivimos en el Área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, porque, de ser así, no tendríamos suficiente espacio en un libro, amén de lo poco interesante que podría resultar para el público no familiarizado con la política municipal. Lo que pretendemos es, más bien, identificar las principales actuaciones económicas que llevamos a cabo para mejorar la ciudad de Madrid y describirlas someramente para que cualquier persona con un mínimo de interés pueda ubicarlas y entenderlas, sin que sea necesario que tengan apenas conocimientos de economía o de municipalismo. Por eso intentamos utilizar un lenguaje sencillo, alejado de los áridos términos administrativos que inundan las corporaciones locales. Este es un libro para toda la familia, orientado a todas aquellas personas que se han preguntado alguna vez cómo se pueden articular exitosas medidas económicas de izquierda desde el rigor y la solvencia. Pero, precisamente por la naturaleza del contenido, es un trabajo que igualmente podrá ser de utilidad a todos los concejales y concejalas de organizaciones con sensibilidad de izquierda que estén buscando nuevas ideas para su proyecto político. Nos dirigimos también a ellos y a ellas. Ojalá puedan trasladar algunas de estas actuaciones a sus consistorios.
Dividimos el texto en tres partes. En la primera, que es la que sigue a esta introducción, ofrecemos un breve contexto general político y económico en el plano europeo y español que explica la situación en la que accedimos al gobierno en la ciudad de Madrid. A continuación, realizamos una breve descripción de los hechos acometidos por los gobiernos del PP que habían provocado un endeudamiento masivo sobre la población madrileña, para conocer bien cuál fue el punto de partida del gobierno de Ahora Madrid. Además, describimos lo que nos llamó más la atención del funcionamiento interno del Ayuntamiento, que no fueron pocas cosas, a tenor de que nunca habíamos formado parte del gobierno de uno. En la segunda parte abordamos las actuaciones que pusimos en marcha desde el Área de Economía y Hacienda, desde el cambio radical de enfoque presupuestario para poner por delante las necesidades hasta las medidas implementadas para reducir numerosos gastos innecesarios y que permitieron sanear bastante las cuentas, así como las medidas tributarias que sacamos adelante para incrementar la justicia fiscal. También damos un repaso al proceso de auditoría de la deuda y de las políticas públicas, a las actuaciones en materia de contratación pública y a los procesos de remunicipalización de servicios abordados. La tercera parte se centra en el ataque político contra Madrid protagonizado por el Ministerio de Hacienda, liderado por Cristóbal Montoro, que terminó con la claudicación de la alcaldesa Manuela Carmena y el cese del equipo del Área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid. Por último, además de las necesarias conclusiones, apuntamos vías para convertir la derrota en una imprescindible victoria política.
919 días intensos de lucha contra los obstáculos de quienes llevan mucho tiempo colocando cepos y barreras en las instituciones para impedir que la economía esté al servicio de la gente.
919 días demostrando que era y es posible.
[1] Ahora Madrid fue una confluencia de la que formaron parte Podemos y Ganemos. Dentro de Ganemos estaban Izquierda Unida, Anticapitalistas y personas independientes. Posteriormente al acceso al gobierno municipal, se constituyó Madrid 129, que dejó de formar parte de Ganemos.
I
DE AQUELLOS POLVOS, ESTOS LODOS: EL PANORAMA POLÍTICO Y ECONÓMICO en los ámbitos EUROPEO Y ESPAÑOL
El desarrollo del mercado mundial es una necesidad del capitalismo desde sus inicios. Pero si algo caracteriza las tres últimas décadas es el grado de conexión e integración, que se ha incrementado de manera acelerada. Y no es casual tampoco que eso se haya plasmado en la proliferación de enormes cadenas productivas a escala planetaria, que, organizadas como grandes compañías transnacionales[1], compiten entre sí por apropiarse de la riqueza mundial. Se trata de un proceso que no tiene vuelta atrás, y a nadie se le escapa que el funcionamiento de la actual economía capitalista no se puede encerrar en ninguna frontera. El proceso de globalización y expansión, fase actual del capitalismo, ha ido acompañado de un incremento muy sustancial de la explotación de la clase trabajadora y de los sectores populares, que se ha reflejado en el crecimiento de las desigualdades hasta cifras récord en la historia de la humanidad[2], al tiempo que ha precisado de la exacerbación de un expolio insostenible de los recursos naturales. No es algo que se pueda circunscribir a ámbitos morales. Es decir, ni el motivo es la maldad intrínseca ni lo es tampoco algo azaroso o meramente un capricho. Es algo absolutamente imprescindible para seguir aspirando a tasas de beneficio que estimulen nuevos ciclos de acumulación.
Pero los procesos de crecimiento cada vez son más complicados, y las interrupciones de esa imprescindible dinámica expansiva que el capitalismo precisa, se extienden en este contexto con una enorme facilidad. La actual crisis económica no se inició en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. Tampoco lo hizo unos meses antes con la caída del velo colocado delante de los grandes colosos hipotecarios y de las aseguradoras de crédito. Los eventos más conocidos por la inmensa mayoría de la gente desempeñaron su papel acelerador y amplificador de la crisis, pero erraríamos si no somos capaces de mirar más allá y ver el agotamiento de un modelo que ya tenía enormes vías de agua al menos una década antes. El enorme volumen de deuda privada gracias al dinero barato proporcionado por los bancos centrales retrasó el estallido. Hay quien dice que incrementó el efecto de la explosiva burbuja, pero eso sólo son matices. Porque ya desde la crisis económica que se inició en 1973 y cuyo estallido se vincula de manera general al incremento de los precios del petróleo, el sistema se situó ante contradicciones complejas y profundas para superar los obstáculos y buscar nuevos escenarios que permitieran su expansión. El proceso definido como neoliberalismo se basó en ejes sencillos, que buscaban asegurar que fuera el «dios mercado» el único regulador de una economía trufada de especulación y para la que era imprescindible abordar privatizaciones de servicios públicos, reducción o eliminación de impuestos para las grandes empresas y fortunas, y la desregulación total de los movimientos de capitales.
A partir de ahí, se trataba de ponerlo en práctica en los diferentes escenarios, y uno clave ha sido el proceso de construcción europea. Si algo ha quedado claro en el mismo, es que el capitalismo, en su lucha por la supervivencia, ha moldeado el mismo con tratados como los de Maastricht (1993), Niza (2000) y Lisboa (2009), que, junto a las sucesivas ampliaciones que dieron entrada a más países en esta Unión Europea, han permitido que la Comisión Europea haya desarrollado normas y directivas que han favorecido la liberalización y privatización de los servicios públicos (Directiva Bolkestein), han afirmado la independencia del Banco Central Europeo del poder político y han sacralizado determinadas exigencias de índole macroeconómico por encima de la cohesión social entre los ciudadanos europeos. La deriva no ha sido casual y es claramente perceptible para cualquier observador inteligente y formado, pero, además, trasciende al conjunto de la población como una gran decepción. Es evidente que la inmensa mayoría de la gente no quiere que en Europa las diferencias se resuelvan con conflictos militares. Pero a pocas personas se les escapa que tampoco la mayoría se siente motivada con una pérdida de soberanía tradicional que sólo beneficia a las elites, que han configurado una unión mercantil y financiera al servicio de los grandes lobbies empresariales y bancarios, y que blindan con la normativa que esa situación se perpetúe.
Por eso era imprescindible que hubiera circunstancias excepcionales, es decir, un contexto de intensa crisis, para que en España se pudiera consolidar el viraje hacia las políticas mal llamadas de austeridad. Aprovechándose del pánico generado por la emergencia, se convirtió de un plumazo en inconstitucional la política económica impulsada en el marco del G20 en 2009 y que estaba basada en el desarrollo de impulsos fiscales. Para ello, el Gobierno del PSOE, junto con el PP, puso en marcha una reforma constitucional del artículo 135 por el procedimiento de urgencia, con su admisión por la Presidencia de la Cámara en pleno mes de agosto y su aprobación final en lectura única. Vino a quebrarse una máxima asentada desde el inicio del periodo democrático en España que planteaba que toda elevación de aspiraciones políticas por parte de cualquier agente político o social, y que precisase para ello de una reforma de la Carta Magna, se topaba con las enormes dificultades para poder hacerlo y, para ello, era preciso poner en marcha un procedimiento institucional muy complejo, acompañado del correspondiente debate que consiga el mayor consenso político posible. Sin embargo, en el mes de agosto de 2011 fueron suficientes diez días para que el Ejecutivo del PSOE aprobara la reforma del artículo 135 con el único apoyo del Partido Popular y sin ningún tipo de debate parlamentario.
La justificación de esta reforma, que no puede calificarse de otra forma que de un grave atropello democrático, se asentó en la situación económica extremadamente complicada y quedó registrada en la propia exposición de motivos del cambio del texto constitucional[3]
