A eso que llamamos normal - Rocío Lovatto - E-Book

A eso que llamamos normal E-Book

Rocío Lovatto

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Este no es un libro común. Son relatos que hablan sobre lo que consideramos "normal"; ya sea sobre amor, desencuentro, distancia, los vicios, los miedos, tiempo y destiempo, desigualdades sociales, etc. Son relatos que reflejan una mirada diferente con respecto a lo que podemos considerar normal. ¿Para vos, qué es normal? ¿Te animás a pensar distinto o vas a seguir siendo una copia más? ¿Cuál es el precio de romper con las construcciones sociales? ¿Te animas a descubrirlo?

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2019

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Ilustraciones: Daniel Acosta.

Lovatto, Rocío Danisa

A eso que llamamos normal / Rocío Danisa Lovatto. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

164 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-393-4

1. Reflexiones. 2. Autoayuda. 3. Relatos. I. Título.

CDD 158.1

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. Danisa Lovatto.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

A mis hermanos Fabián, Yamila, Natalia y Alejandro, y a mi viejo.

A mi primo Marcos.

A mi sobrino Nicolás Lovatto.

A mi cuñada Diana.

A mis tías Sarita y Teresita.

A mi mamá, que desde chiquita siempre apostó a mí, hoy le envío un beso al cielo y le regalo este libro.

A mi psicóloga Daniela.

A mis amigos Claudio, Juanchi, Francisco, José Areta, Diego, Félix, Julio, Monito y Franco, que están siempre y me apoyaron en este proyecto.

A mi amiga Ramona.

A mi amigo Palolin.

A mi profesor Álvaro, quien me dio palabras de aliento y me habló sobre los talentos.

Y a ustedes mis lectores, siempre.

Prólogo

Una historia particular, una lapicera, un papel y muchas ganas de escribir. Esta es mi historia surgida a partir de la pregunta de siempre: “¿Esto es normal?”. Son mis relatos, mis vivencias, mis intentos por entender y aprender si era normal todo lo que me estaba pasando. Hoy quiero compartir con vos mis miedos, mis aprendizajes, invitándote a reflexionar.

Es un libro que pude escribir para sanarme de a poco y ayudar a sanarte. Un libro que pretende que sanemos juntos, que te invita a superar tus miedos, a hacerte preguntas, a mirar “lo normal” desde un punto de vista distinto. Cambiémosle el sentido a “lo normal”.

Este libro quiere mostrarte que lo normal puede variar, que no debés sentirte mal por ser distinto. Te invito a conocer mi historia, a que aprendas a encontrarte con vos y a que le demos otro sentido a la palabra “normal”.

Espero que mientras leas, pienses en tu historia y en la de tantas personas que no pueden volcar sus vivencias en páginas.

Acompañame a vivir esta historia que hoy te regalo. A partir de este momento, mi historia no es solo mía; ahora es tuya y ojalá que te saque muchas sonrisas, te recuerden a alguien, o te puedas reflejar en algún que otro aprendizaje y te haga emocionar.

Empecemos juntos…

A eso que llamamos normal

Danisa Lovatto

Frená

¿Te pasó que siempre estás ahí para todos, dando todo, y cuando los necesitaste te dieron vuelta la cara? ¿Te pasó luchar con todas tus fuerzas para decir: “¡Ey! ¡Hola! Necesito ayuda”;y todos respondían de la misma manera: “Hoy no puedo”. Como si el favor que necesitaras en ese momento pudiese esperar.

Tranquilo, no pasa nada. A todos nos pasó alguna vez, pero tenemos que ver a quién volver a ayudar y a quién no. ¡Ojo! No nos dejemos usar mil veces por las mismas personas, que te basurean, te destratan, te maltratan, y uno siempre ahí, dando todo. ¿Te sentís un tonto o un idiota a veces? ¿Hasta cuándo vamos a seguir dando todo?

Dicen que se aprende del dolor, pero nosotros somos hijos del rigor. Hasta que alguien no nos falla mil veces, seguimos apostando. Y no damos solo segundas oportunidades, sino miles, como si fuéramos a vivir eternamente y pensáramos: «Algún día cambiará, algún día él estará para mí». Y hoy te digo que ese que no estuvo con vos en tu peor momento, cuando el mundo se caía, no merece ni un poquito de tu victoria. Tranquilo. En algún momento la vida te demostrará que no tenías que ayudar a ciertas personas.

El aprendizaje se da solamente cuando chocamos mil veces contra la pared, cuando nos tocamos y duele, porque duele saber que esas personas a las que tanto amaste no están en el instante en que más las necesitás. Por eso, frená, mirá un poquito a tu alrededor y preguntate quién está siempre, quién nunca, y quién cuando le conviene. Empezá a descartar un poco de gente, porque a veces está bueno y es sano. La gente también te descarta, así que no te sientas culpable. Frená y mirá bien. No tiene nada de malo poder descartar personas, y te aseguro que después de eso no volvés a ser el mismo. Aprovechá el tiempo que te ahorrás “fumándote” gente que no vale la pena.

Una chica de campocon alma de ciudad

Nací en Monte Caseros, pero viví durante mi infancia y mi adolescencia en el campo. Siempre con muchas ganas de crecer, leer o saber un poco más, pero marcada por esa pequeña diferencia económica existente entre mis primos y yo.

Cuando era chiquita (lo sigo siendo, aunque solo de estatura), siempre soñaba con cambiar todo lo que —a mi parecer— mi familia hacía mal. También soñaba con parecerme un poco a mis amigas del colegio, las que todos los años cambiaban las carpetas y en todos los actos tenían el guardapolvo impecable, blanco, soñado; mientras que yo usaba el mismo guardapolvo durante todo el año. Cuando iba a primer grado, me encantaba volver a casa, comer la comida de mamá, dormir una siesta y levantarme a hacer la tarea con ella. Era increíble: en primer grado tenía solo dieces, pues eso me hacía sentir valorada por mamá —a ella le encantaba que yo estudie—. Cuando en agosto de 2003, Dios se la llevó, sentí que había perdido mis fuerzas para estudiar; no encontraba motivos para hacerlo. A mis seis años le planteé a mi papá dejar la escuela. Obviamente me mandó de una sola palmada a la escuela (gracias a eso gané la medalla de asistencia perfecta), y así fue que busqué ser el orgullo de mi mamá, aunque ella ya no estaba. Traté de cambiar mil cosas. Quería cumplir mis sueños a toda costa y lo fui logrando, dejando el alma en cada intento y sufriendo —porque era muy idiota en ese tiempo y a veces lo sigo siendo, aunque en menor medida—.

Trato de pensar las cosas mil veces antes de tomar una decisión muy arriesgada. Ahora me planteo las cosas y las hablo conmigo misma más de una vez, porque ya no quiero tomar decisiones precipitadas, porque anhelo recibirme, porque deseo hacer bien las cosas, porque me gustaría vivir de nuevo en una gran ciudad, donde nadie te conoce y sos uno más, pero encontrás personas increíbles todo el tiempo.

Me gusta ese olorcito a café inevitable cuando caminás por Buenos aires, esas cervecerías o esos bares, que se quedan con tus mejores borracheras. Me encanta porque tenés miles de parques donde podés tomar mates y ver personas paseando a sus perros para no sentirte tan solo.

Sueño con subir a un colectivo y recorrer toda la ciudad sin hacer nada más que hablar con los choferes, porque te podés encontrar con gente interesante; porque a veces es bueno contarle tus problemas a un extraño, que ves solo una vez en el colectivo; porque tal vez necesitás contarle a alguien ese secreto que guardás y que se lo lleve dejándote el alma en paz.

Extraño Buenos Aires porque allá la vida parece un poco menos injusta, cuando ves que hay mucha gente que logra encontrar trabajo, sin tener “cuña política”. Buenos Aires tiene magia porque nunca duerme, porque podés ir a bailar un jueves si lo necesitás, aunque vayas con resaca el viernes a trabajar. Es por eso que soy una chica de campo con alma de ciudad, aunque cuando estaba allá, a veces extrañaba los domingos de asado en el campo con la familia, la paz del silencio de la noche al mirar las estrellas o las tortas fritas en los domingos de lluvia. Por todo ello, sigo siendo una chica de campo con alma de ciudad, porque llevo las ganas de crecer marcadas a fuego dentro de mí, y ya nadie me quitará de la cabeza la idea de que para cumplir mis sueños a veces es necesario dejar atrás tu casa y tu familia, y vivir la vida con el sentido que le quieras dar.

Por eso te escribo a vos. Si tenés sueños, luchá por ellos, a pesar de que te digan que vos no podés. Yo apuesto y creo que podés. Escuchate, escuchá a tu alma. Quiere conocer lugares nuevos, viajar, leer más, sentir más, y tal vez en un rinconcito de cualquier ciudad está lo que buscás.

La infancia

En mi infancia siempre nos comparaban cuando nos querían enseñar en la escuela, en nuestra casa, en nuestros grupos de amigos.

“Siempre hay alguien mejor que vos”, nos decían. Siempre hay alguien más rico, más popular, más sociable, más exitoso, más lindo, más inteligente; alguien que se vista mejor que vos, que tenga buen carácter, que sea más callado, que dibuje bien.

Hoy te digo que nadie es mejor que vos, absolutamente nadie. Todos somos iguales, más allá de nuestros diferentes talentos, distintas maneras de pensar (marcadas por nuestras historias, nuestro dolor y nuestras alegrías). Nos fuimos construyendo y seguimos mejorando, poco a poco, paso a paso. Nos damos cuenta de que somos diferentes y está buenísimo. Dicen: “Cada quien lleva su cruz”, y es muy real, porque todos estamos marcados por un dolor interno aunque no lo mostremos. Crecimos en medio de comparaciones humillantes y aprendimos que es normal sentirnos inferior al otro, porque “el otro siempre es mejor”.

Cuando crecemos en un ambiente de comparaciones, disminuye nuestra autoestima, porque nunca nos sentiremos suficientespara el otro.

Te dijeron: “¿Por qué no sos más callada como Ayelén? ¿Por qué no sos inteligente como tu hermano? ¿Sabías que tenés el mismo carácter que el jefe del ejército? Andarías bien para el ejército. Tendrías que haberte educado ahí, a los golpes, así aprendés a callarte la boca. Con ese carácter de mierda nadie te querrá, nunca conseguirás novio. No servís, sos una inútil. Cuando seas vieja, morirás sola”.

Cuando tu papá, tu mamá o tus hermanos te dicen estas palabras, la autoestima se cae al piso. Después volvés a repetir patrones: buscás a alguien que lastime tu autoestima y te dejás maltratar, controlar, agredir, descalificar. Sentís que lo que te dicen es efectivamente de esa manera, porque lo aprendiste así, y para vos es normal.

Cuando era chica me crie en un ambiente de violencia, sin embargo, para mí, mi mamá fue la mejor mamá del mundo y me crio como pudo, como le salió, como le enseñaron, pues así había aprendido ella, a los golpes. Cuando se enojaba, nos pegaba con lo que tenía a mano. Dolían sus golpes, sus palabras. “La próxima vez les corto la cabeza y la tiro a los chanchos”, solía decirnos. Me quedaba inmóvil y lloraba. Cuando era chiquita y algo me ponía triste o me enojaba, mi consuelo era encerrarme y descargar la bronca llorando hasta que se me pasara y me durmiese.

Mi papá también era violento: le pegaba a mi mamá cuando tomaba alcohol. Siempre le volvía a pegar y la historia se repetía mil veces como una película. Yo siempre me pregunté: «¿Son necesarios los golpes?; ¿por qué naturalizamos la violencia?; ¿por qué dejamos que nos lastimen?; ¿acaso no entienden que golpearnos no hará que cambiemos nada de lo que sentimos, pensamos o hacemos?; ¿acaso un golpe soluciona un piso sucio, una mala nota, un comentario fuera de lugar, un engaño?; ¿qué gana la gente que te compara con otra gente?; ¿qué educación nos dan al decirnos que nadie nos querrá? ».

No humilles, no descalifiques, no compares, no golpees. Educa con amor. Si notás que alguien genera este tipo de violencia, hablale y preguntale: ¿Qué ganás?; ¿te quitás la bronca con el dolor ajeno?; ¿tu victoria es ver sufrir al otro? Con los golpes, la humillación, las descalificaciones y las comparaciones, solo se logra bajar la autoestima del otro. Jamás se educa con violencia; la violencia no enseña, solo genera más violencia. No normalices, pues no le pasa a todos, y en realidad, no debería pasarle a nadie. Entonces, empecemos por cambiar nosotros, cada uno desde su lugar. Y si notás que alguien sufre violencia ayudalo, como puedas, como te salga.

Me perdí

Hace algún tiempo, allá por el 2014, quería estudiar y deseaba lograrlo con todas mis fuerzas.

No me importaba cómo lo haría, pues no contaba con la ayuda de mi familia.

Entonces, en ese momento, empecé a trabajar. Fue muy gracioso porque cuando fui a pedir trabajo como niñera, me preguntaron si tenía experiencia y yo les contesté que sí, aunque la única experiencia que tenía era cuidar a mi sobrina, y no lo hacía muy seguido. De esa manera, aprendí a ser niñera siéndolo. Yo sabía que esa no era la profesión que quería para mi vida. Estaba segura de eso, pero también sabía que la necesitaba para tener plata, y así poder estudiar y lograr mis objetivos. No fue fácil. Aunque tenía trabajo, no poseía un lugar fijo donde volver después de trabajar. Me quedaba en lugares donde me abrían la puerta para dormir. Estaba perdida, pero sabía a dónde quería llegar. Lo que no sabía y no tenía muy definido era cómo iba a lograrlo.

Yo estaba feliz con mi trabajo porque, gracias a él, pude conocer Río de Janeiro, entre otros lugares; tenía comida —amaba comer en mi trabajo—; y me sentía parte de la familia, aunque sabía que no encajaba muy bien ahí. Era todo muy raro. ¿Les pasó sentir que pertenecen a un lugar que sienten como su casa, pero a la vez no encajan con el ambiente? Es un poco confuso. Tal vez me sentía parte de ellos porque eran mis únicas horas seguras, porque salía de trabajar y tenía que buscar un lugar para dormir. Qué loco, ¿no? En un pueblo tan chiquito y lindo como el mío, yo buscaba en diferentes lugares hasta encontrar el que sería mi hogar, aunque solo por esa noche.

Desde diciembre de 2014 hasta abril de 2015, viví en todos los rincones de esta ciudad, en diferentes barrios, con diferentes personas, atravesando realidades distintas. Siempre estuve acostumbrada a vivir en casa ajena; fui nómade. Incluso en mi familia me llamaban “la sin techo” y se reían a carcajadas porque no tenía un hogar, me mudaba con frecuencia, iba y venía. En esas idas y vuelta perdí no solo mi ropa, sino a mí misma. Ya no sabía quién era y solo tenía mis objetivos: estudiar y ser alguien. Lloré mucho, muchísimo. Es horrible que todos te den la espalda y que solo unos desconocidos te abran las puertas de su casa.

Sin embargo, debo reconocer que en ese trayecto encontré a seres hermosos y a personas extraordinarias, aunque también conocí a otras a las que es mejor dejar ahí en el pasado: personas que se aprovechaban de mi necesidad, personas ventajeras, personas tóxicas que te ofrecen una cosa a cambio de otra. Ahí estaba yo, tan necesitada. Me convencía a mí misma de que debía pagar derecho de piso si quería estudiar, y lloraba en silencio.