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El mundo digital nos expone cotidianamente a imágenes de la realidad de la guerra, haciendo más difícil su idealización. Sin embargo, la singularidad sensual y material de esas imágenes se soslaya para permitir que la racionalidad abstracta ocupe el primer plano, explicando y justificando la guerra en términos geopolíticos, sociológicos, económicos, culturales, e ignorando la contracara obscena de esa racionalidad, encarnada en mitos sacrificiales ocultos aunque efectivos en la acción. Con la pandemia aprendimos a tolerar la enfermedad y la muerte masivas mientras que los mitos sacrificiales, que ya estaban en juego, contenían una guerra implícita que, sumada a otras violencias, facilitaron deslizarnos a guerras más abiertas. Éstas potencian aún más el pensamiento mágico de quienes tratan de rediseñar el mundo ofreciendo víctimas propiciatorias para realizar así sus sueños históricos.
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Seitenzahl: 109
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Marcelo Pakman
A FLOR DE PIEL II
Serie Cla•De•Ma
Filosofía
A FLOR DE PIEL II
Pensar la guerra
Marcelo Pakman
© Marcelo Pakman, 2022
De la imagen de cubierta: © Adi Holzer, El sacrificio de Abraham, 1997.
Primera edición, 2022
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
www.gedisa.com
Preimpresión: Moelmo, SCP
www.moelmo.com
eISBN: 978-84-18914-73-7
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o cualquier otro idioma.
Índice
1. Sacrificios
2. Guerras ocultas
3. Guerras abiertas
4. Autómatas
5. Apocalipsis
6. Edipo y Antígona
7. Desatarse
Bibliografía
¡Es la guerra, la guerra sin entrañas,
hermana del incendio y de la peste!
Emilio Bobadilla, «Es la guerra» (1915),en Rojeces de Marte (1921)
1. Sacrificios
En mayo de 2022, la Organización Mundial de la Salud informó que de acuerdo con los registros nacionales de mortalidad de los años de la pandemia aún inconclusa de Covid-19, comparados con los de los años prepandémicos, hubo en el mundo un exceso de 15 millones de muertos, un 150% más que la cifra de seis millones informada por los gobiernos (Knutson et al., 2022). Escucho a un hombre decir, comentando la noticia: «¿Hasta cuándo seguirá este virus con esa voracidad? ¿Qué más quiere de nosotros? ¿Que muramos todos? ¿Niños, atletas, científicos? ¿No le basta aún con los que le hemos entregado?». No podría haber mejor formulación de la lógica mágica de un mito sacrificial y propiciatorio que la que este hombre expresó en palabras, pero muchos, incluido él mismo, actuaron insensiblemente: negociemos con la enfermedad y la muerte para que así reduzca su ambición, que en principio pone a todos en peligro, y se redirija hacia aquellos que le entregamos como moneda de cambio para propiciar su benevolencia con el resto. Y los sacrificados míticamente en esta pandemia aún inacabada fueron aquellos a quienes, teniendo factores de riesgo para enfermar más gravemente (envejecientes, enfermos crónicos, debilitados, inmunocomprometidos, todos los que tienen menos defensas ante el virus y requerirían mayor protección y cuidados preventivos para evitar la enfermedad grave y la muerte), se tomó calladamente por «anormales» (Foucault, 2004), como si así se aumentaran las posibilidades de salvar a quienes por contraste serían los «normales», los más sanos, fuertes y «valiosos». Pero este hombre —que representa a quien he llamado anteriormente (Pakman, 2020-2021) homo absconditus, el humano en conflicto con su propio ser biológico y fisicoquímico que, como un dios, quisiera evitar ser siquiera potencialmente una víctima— se lamenta, como si esperara que la negociación mágica fuera totalmente exitosa, lo cual, por cierto, no suele ser el caso, ya que todos descubrimos como parte de nuestro desarrollo infantil que la magia no funciona (Pakman, 2022). Pero hay igualmente algo de profecía autocumplidora en el mito sacrificial mágicamente propiciatorio que promueve una cierta negligencia hacia los «anormales». La realización al menos parcial de la intención propiciatoria de esa magia surge del hecho de que el mito es un impulso a actuar y de que lo hace en colusión, por un lado, con los discursos sociales y políticos de superficie que lo tienen como una contracara obscena y, por otro lado, con las desigualdades e inequidades previas y persistentes que representan líneas de fractura tanto socioeconómicas como de los sistemas de salud pública. Esos actos de negligencia por omisión implicaron que, en algunos casos, no se hiciera lo suficiente para reducir los factores de riesgo mediante medidas higiénicas de salud pública y gastos médicos inspirados por una ética solidaria.
De la colusión señalada surgió que se terminara aceptando y permitiendo que los «anormales» hayan sido de hecho la mayoría de las víctimas mortales por complicaciones graves de la pandemia. Según el informe ya referido del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, los mayores de 65 años representaron el 80% de los muertos del país mientras no existían vacunas. Y durante todo el período pandémico, incluyendo el lapso en el que ya se contaba con ellas, ese grupo etario, que tenía más aceptación de las vacunas que otros más jóvenes, más allá de sus simpatías políticas regionales y personales, constituyó aún el 75% de las muertes. Si bien el hecho de que esa población tenga más enfermedades crónicas —como la diabetes, las cardiopatías y el cáncer, sumadas a déficits nutricionales— constituye uno de los factores preexistentes más importantes, estas variables también son en parte dependientes de desigualdades en la recepción de cuidados y en la disponibilidad de una alimentación adecuada, rechazada por motivos no solo de tradición cultural sino también por ser más costosa y estar menos disponible en ciertas regiones y barrios de las grandes ciudades donde viven los más pobres. También la densidad poblacional en los centros geriátricos donde sucedieron buena parte de las muertes es afectada por motivos de rendimiento financiero de las instituciones, así como de costos inmobiliarios. Además, entre los más jóvenes la mortalidad mostró ser superior en áreas de mayor densidad poblacional, en las cuales se facilita el contagio, así como entre quienes tienen trabajos en los que el contacto con múltiples personas es inevitable y los recaudos más difíciles de tomar. Varios de estos factores han jugado para que la mortalidad, en los Estados Unidos, fuera mayor en la población hispana y negra, mientras que, de manera disonante, discursos racistas en ascenso reclamaban el fin de los «privilegios» dados por los movimientos de Acción Afirmativa para la población negra, orientados a favorecer el ingreso a escuelas y universidades. Esos discursos también se oponen a toda compensación económica, que hasta ahora nunca se produjo, por los sufrimientos ancestrales de la esclavitud. Mientras tanto, la expectativa de vida debido a la pandemia descendió, en 2020, 1.13 años; lo hizo tres o cuatro veces más entre negros e hispanos y se espera que se extienda en el tiempo. Esto implicó un retroceso de 10 años en la reducción del hiato, que se iba logrando trabajosamente, entre las expectativas de vida de las poblaciones negra y blanca.
La efectividad del mito en acción se hace visible igualmente en el hecho de que, también en los Estados Unidos, a pesar de que en los sitios de alta prevalencia viral la mortalidad pandémica fue mayor, esto no ha sido un estímulo claro para que aumente la tasa de vacunación. Uno esperaría que la enfermedad grave y la muerte convencieran a aquellos remisos que se oponían por razones políticas, sobre todo en algunas regiones, y que seguían, como la masa al líder, la posición del presidente republicano Trump que, alardeando siempre de hacer una administración infalible, comenzó minimizando la gravedad del virus, siguió afirmando que desaparecería con el calor del primer verano, continuó dando sin cesar «consejos» médicos como el de tomar la droga Ivermectina, usada en animales (lo cual causó efectos colaterales serios en la mitad de quienes lo hicieron), o ingerir desinfectantes (lo cual intoxicó seriamente a muchos otros). El paralelismo con las acciones del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en relación con la pandemia, la violencia y el vínculo con sus seguidores señala el carácter populista y fascista de ambos (Finchelstein, 2017; Paxton, 2004; Stanley, 2018). Durante la actual presidencia del demócrata Biden, la distribución de las vacunas mejoró ostensiblemente, pero, cuando se hizo necesario recibir refuerzos de vacunación, que aumentan significativamente la resistencia a enfermar seriamente de los mayores de 65 años dado el descenso progresivo de la inmunidad, solo lo hizo el 46.5% de los que habían sido vacunados en principio (al 23 de mayo de 2022), incluso en las regiones que favorecen mayoritariamente a sus partidarios. Así es que tuvieron más mortalidad con la ola pandémica causada por la cepa Ómicron, considerada menos grave aunque más contagiosa, que con la cepa Delta anterior (Mueller y Lutz, 2022). Pareciera que muchos vacunados que en el período más álgido de la pandemia aceptaron recibir las vacunas, apenas pudieron sentir que la pandemia llegaba a su fin (en parte imaginariamente, en parte por un descenso de la mortalidad en grupos de menos riesgo), prefirieron de nuevo evitar los refuerzos recomendados. En este caso jugaron teorías conspirativas impregnadas por mitos que, si bien no eran como las más irracionales sostenidas por quienes rechazaron de plano toda vacunación (por ejemplo: que era un vehículo de control social mediante chips que podían magnetizar al cuerpo), les hacían aún desconfiar de introducir las vacunas en su cuerpo, considerándolo más riesgoso que el contacto aleatorio con el virus que quizás los eludiría.
Dar más información racional sobre el mecanismo de acción de las vacunas o sobre el hecho de que a más contagio hay más surgimiento de cepas virales que pueden resultar resistentes a las vacunas disponibles y aumentar la mortalidad, tampoco resultó efectivo, lo que indica que la racionalidad y el conocimiento no bastan cuando hay mitos en juego y la magia alimenta la decisión y la acción. El hecho mismo de que las desigualdades persistan y de que nos encontremos igualmente mal preparados para pandemias futuras, que con seguridad nos afectarán, habla también de la persistencia y efectividad del mito sacrificial en acción, engarzado y en colusión con intereses económicos que, en este caso, se niegan a ser sacrificados. Hay una desviación vicariante del sacrificio de intereses hacia un sacrificio que es a todas luces humano, por más que los números abstractos velen esa realidad.
Es posible que la ideología política del hombre que citamos anteriormente como expresión del mito sacrificial en acción fuera también, a nivel racional explícito, de carácter autoritario, ya que son esas políticas o macropolíticas las que más frecuente y directamente se extienden desde el medio social hasta ámbitos de puertas adentro para ser sostenidas, a nivel micropolítico, por sujetos que se vuelven sus agentes mientras son, al mismo tiempo, colonizados por ellas (Pakman, 2018, 2022) a través de dispositivos sociales que usan conocimientos articulados por relaciones de poder horizontal más que vertical (Foucault, 1980). Como parte de la acción de esos dispositivos, los sujetos/agentes que los sostienen suelen ejercer también modos de castigar, a través de la presión social (mediante aislamiento, descalificación, desprestigio con consecuencias económicas, acoso, etcétera), las desviaciones a esas normas micropolíticas, por lo general no escritas y consideradas como costumbres o tradiciones inocentes. En estos casos, la racionalidad de la polis se extiende al oikos, al hogar. Esta polea de transmisión directa de lo político a lo micropolítico, sostenida por quienes se sujetan a ella, florece en regímenes autoritarios en los cuales las sociedades se polarizan, se tensionan y alienan hasta la ruptura de las relaciones de amistad y familiares, creando un clima de malestar sociocultural, como se ha visto en muchos países.
Pero los gobiernos autoritarios no tienen la exclusividad absoluta de correlacionarse con el ejercicio del mito en acción, al que sin duda potencian, porque hay una autonomía relativa de lo micropolítico sostenido por sus agentes que puede resultar ser una contracara de otros discursos macropolíticos no autoritarios. Por ejemplo, con gran urgencia, ante algunos signos de abatimiento de la pandemia, se tomaron medidas que anularon las precauciones higiénicas para reducir el contagio, entre ellas la obligatoriedad de usar máscaras en lugares cerrados y en medios de transporte. Esta suspensión de medidas resultó algo prematura de acuerdo con lo que se sabía acerca de nuevas olas virales y, por lo demás, era solo una sugerencia, aunque fue entendida y actuada mayoritariamente como si se hubiera establecido un nuevo mandato que prohibía el uso de esas medidas profilácticas para reducir la transmisión viral. Esto indica que se aceptó de hecho que los millones de inmunocomprometidos y otras personas en riesgo de muerte (al menos el 17% de los habitantes en los Estados Unidos y en muchos otros países), que continúan en riesgo ante una pandemia que no cesa, se vieran y se sintieran abandonados a su suerte. El rechazo de medidas de precaución como esa tiene consecuencias serias: en una investigación en 92 regiones de seis continentes, las máscaras K95 redujeron el número de contagio R que cada persona provoca un 19%, y la enfermedad de personas aún no infectadas un 65-75% (Leech et al., 2022). Pero, aunque el uso de máscaras es efectivo, los mandatos de utilizarlas no lo fueron, porque un 30% de las personas las usan de un modo inefectivo, ya sea por ignorancia o porque creen que es un ritual vacío, y aún hay muchos que se resisten abiertamente a su empleo. Esto incrementó el riesgo de contagio con la mortalidad resultante. Por ejemplo, pacientes trasplantados tenían, en el momento de una investigación, 82 veces más posibilidades de infectarse y 485 veces más de ser hospitalizados o de morir debido a la dificultad para elaborar anticuerpos tras recibir las vacunas (Segev y Werbel, 2022). La consigna que aún se usa para los inmunocomprometidos y otras personas en riesgo es, en general, «Vacúnese pero actúe como si no lo estuviera», tomando todas las otras precauciones higiénicas. Esto implica en la práctica una vida de bastante confinamiento que se suma a las dificultades de los tratamientos crónicos que reciben. Pero estos pacientes, o sus familiares y convivientes, u otros que continuaron usando las precauciones comenzaron a ser vistos con frecuencia como exagerados, timoratos o enfermos a quienes se les podían hacer preguntas intrusivas o mirar con desdén, como si fueran una nueva forma de «anormales» que tomaban recaudos innecesarios, ya que la posibilidad de que tuvieran más riesgo real, incluso con esas medidas que tomaban, no era considerada debido a la ceguera social mayoritaria a su suerte.
