Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La trilogía El espectro y el signo articula una postura crítico-poética en psicoterapia. Para ello revaloriza nuestra vida sensible que, comenzando con nuestra sensorialidad, se extiende hacia la dimensión de sentido que suplementa y embruja, como un espectro, a los signos en cuyo contenido abstracto nuestra vida cotidiana se ha domesticado de un modo estereotipado y consabido. En esta trilogía exploramos varios aspectos de este romance entre la estabilidad y el cambio, entre ese espectro sensible y los signos alienados en significados que puntúan las luces y las sombras tanto de nuestros padeceres clínicos como de los modelos de tratamiento de los mismos. El exilio del Mesías completa el arco de un pensamiento post-sistémico de lo cotidiano, que incluye entonces una estética, una ética y, ahora, una teología mesiánica. Con ello recoge la potencialidad de cambio que nos habita hacia una vida que no sea solo lo que ya es. «La obra de Marcelo Pakman tiene que ver con la naturaleza de la existencia humana pero también con volver a pensar la clínica psicoterapéutica y, desde ese lugar, ser convocados como "existentes" a afrontar preguntas sobre el hacer más que sobre el ser, sobre el "saber hacer" relacionado con las singularidades y con las texturas del mundo que tocan nuestra conciencia estética cuando acompañan la aparición de imágenes del mundo». Carlos González Díez, psicoterapeuta familiar, Azores
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 447
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Marcelo Pakman
EL exilio del mesías
Cla•De•Ma
Filosofía/Psicología
EL exilio DEL mesías
Buscando señales de vida en psicoterapia
Marcelo Pakman
© Marcelo Pakman, 2021
Imagen de cubierta:Fragmento deLa escalera de Jacob, mosaico del sigloxii-xiii,
Catedral de la Asunción, Monreale, Sicilia
Fotografiado por Richard Stracke, compartido bajo atribución-No comercial- ShareAlike license
Montaje de cubierta: Juan Pablo Venditti
Primera edición: febrero, 2022
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
www.gedisa.com
Preimpresión: Moelmo, SCP
www.moelmo.com
eISBN: 978-84-9784-757-5
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, de esta versióncastellana de la obra.
In memoriam Graciela Liliana Pakman, z”l, que su memoria sea una bendición
Índice
Agradecimientos
Ars Vitae, Amor Dei
Introducción
1. Vivir el mito
2. Mitos y eventos poéticos: punto y contrapunto
3. Sentido, significado y pensamiento sistémico
4. Sentido, potencialidad y flexibilidad sistémica
5.Ecología del regazo y vida sensible
6. Una mesiánica del existente
7. Entre tierra y cielo: exilios y redenciones cotidianas
Epílogo
Bibliografía
Agradecimientos
Con gratitud para Kelly O’Brien, Marisa Barone, Linda Martin, Timothy Johnson de Mercy Hospital en Springfield, y Paul Richardson y su equipo de colaboradores de Dana Farber Cancer Hospital en Boston.
Para Alfredo Landman y su equipo de colaboradores de Editorial Gedisa de Barcelona.
Para los amigos y amigas que me estimularon durante los largos años de preparación de esta trilogía.
Para los colegas y alumnos que concurrieron a mis seminarios, cursos y conferencias, haciendo posible, con sus preguntas y comentarios, profundizar aspectos diversos de las cuestiones que aquí trato.
Para José Nesis, Rodrigo Morales y Salvatore Pace por la lectura de capítulos de este texto y por su amistad. Para Chus Arrojo por la lectura, los señalamientos y mucho, mucho más.
Para mis hijos David, Natán y Galia por darse cuenta de tantas cosas.
Ars Vitae, Amor Dei
Miraron a su alrededor y, sin saber quiénes eran,
se asombraron de la arena, del viento, del mar,
de la vida en movimiento que los acompañaba.
Pisaron la tierra inexorable que los iba tragando sin razón
y supieron que la quietud de la muerte es sin luz.
Vieron los cielos poderosos y predecibles que
sin rendirse a la oscuridad los visitaban con luces lejanas.
Se acompañaron por las noches,
durmiendo acunados por los sonidos del miedo.
Sintieron su peso en el espacio y aprendieron
que también está el tiempo de lo que vendrá.
Hablar era un destino, pero se miraron a veces
porque sí, balbucearon buscándose los labios y,
mientras los gestos diseñaron sonrisas, fundaron
el beso que, al hacerse uno, los hacía callar.
Un día se tocaron lentamente y aprendieron,
en silencio, a festejar la caricia mientras
aprendían a murmurar los ruidos del amor.
Vivieron horrores y descansos, la extrañeza
de lo súbito y la quietud alegre de existir:
fueron testigos de la montaña que enmudece,
de sombras fugaces en recodos del bosque,
del olor de los frutos, frescos otra vez.
Y fue el tiempo que traía siempre más mundo:
cicatrices herederas de heridas, formas
intensas y empecinadas como árboles gigantescos,
despedidas dolorosas que anunciaron soledad.
Se encontraron con días sin memoria y
nacieron al brillo del mundo insomne:
recreos sin cansancio ni dolor.
Mujer de la noche de San Lorenzo:
juntos a cobijo de lluvias de estrellas,
de amaneceres sin señales, de arrullos de olas
lejanas, de presencias fantasmáticas,
de encuentros bajo el sol antiguo, de melodías
sin rumbo, de alegría de cuerpos frágiles y tibios,
esperando, palpitando, el regalo de una revelación.
Marcelo Pakman, South Hadley, Massachusetts, enero de 2021
Introducción
Presento aquí el tercer y último volumen de la trilogía El espectro y elsigno. Este proyecto, esbozado inicialmente en 2011 en la obra preliminar Palabras que permanecen, palabras por venir. Micropolítica ypoética en psicoterapia, llevó una buena parte de mis empeños de esta última década, pero se inició mucho antes, a partir de una práctica reflexiva tanto de la clínica psicoterapéutica como de su enseñanza en ámbitos más que nada, aunque no exclusivamente, sistémicos, de psiquiatría comunitaria, de terapia familiar e individual, de intervenciones sociales relacionadas con inmigrantes, minorías y contextos de opresión social, así como, yendo más atrás, de psicoanálisis y de psicología del desarrollo. El proyecto editorial resultó de este trabajo clínico y docente más bien itinerante, realizado en múltiples países, donde hubo colegas que me abrieron las puertas de sus instituciones, ofreciéndome audiencias interesadas de alumnos y clínicos experimentados que me motivaron y me acompañaron en seguir los destinos de esa búsqueda de amplio alcance. Esos pasos, imbricados con las vicisitudes de la vida, me llevaron a una conceptualización, en la cual me ocupé de entretejer tradiciones psicoterapéuticas, psicoanalíticas y cibernéticas del multiforme campo sistémico con la literatura, las artes y los estudios filosóficos, in-disciplinarios pero no desprovistos de dedicación, método y estudio. Así me formé personal e intelectualmente aventurándome en la búsqueda de un pensamiento vívido con el cual iluminar el asombro —esa mezcla de sorpresa— y ansias por orientarse en las sombras por nuestras circunstancias, no menos misteriosas ahora que en aquellos primeros pasos, ya bastante lejanos, nacidos al pie de la poblada biblioteca de mi padre, testigo de su amplia curiosidad y de su deseo de compartirla y de estimular su lectura.
La trilogía El espectro y el signo dio lugar a la articulación progresiva y detallada, inicialmente insinuada pero no programada, de una postura crítico-poética en psicoterapia que, dada la necesidad de investigación que implicaba, excedió, por cierto, ese punto de partida. A partir del mundo de signos reducidos a significados más que nada verbales en que vivimos inmersos, exploré, desde diversos aspectos, nuestra vida sensible. Esta vida sensible no se reduce solo a la sensorialidad de la percepción empírica y material, sino que se configura también como una dimensión de sentido que suplementa y embruja como un espectro a los signos en cuyo contenido abstracto se domestica nuestra vida cotidiana de un modo estereotipado y consabido, en el cual se engarzan las luces y las sombras, tanto de nuestros padeceres clínicos como de los modelos de tratamiento de los mismos.
La cuna de esta dimensión de sentido se encuentra en la ecología del regazo en la que todos nacemos y vivimos en principio como infantes «sin habla», y ocupa un lugar intermedio que no puede identificarse con un fenómeno mecánico puramente biológico de un cuerpo inanimado, reducible a elementos constituyentes y ciego a condiciones sociales, culturales y políticas por una parte, ni tampoco puede reducirse a ser un sinónimo de lo que el habla llega a ser una vez adquirida y plenamente desarrollada en torno a significados interpretables, por la otra, adoptando un culturalismo radical ciego a nuestra constitución físico-química-biológica que nos hace parte de un universo en el que no somos como dioses ajenos al resto de lo creado, aunque lo ambicionemos. Esta dimensión intermedia del sentido está enraizada en los aprendizajes corporales tempranos de la mencionada ecología del regazo, en la cual logramos sobrevivir y desarrollarnos en nuestra condición de peculiar inmadurez y de enorme potencialidad de aprendizaje, que es anterior a la relación entre sujetos y objetos diferenciados (que garantizan el conocimiento objetivable de la ciencia empírica). Sin embargo, esta dimensión de sentido, diferenciada de la del significado y raíz de la misma, ha sido con frecuencia ignorada desde la modernidad y la posmodernidad, dejándonos derivar en una dicotomía que alterna entre la ciencia empírica y la hermenéutica interpretativa y, de ese modo, tiende a desaparecer de las teorías dominantes que guían las prácticas profesionales, siendo así deprivada de legitimación y de reconocimiento.
A pesar de esa falta de reconocimiento, esta dimensión poética de sentido no deja nunca de aparecer en forma de imágenes que nacena la presencia de un modo necesariamente fragmentario, ya que, como existentes limitados que somos, no tenemos nunca acceso directo a una realidad total y unificada. En cada aparición concreta de esas imágenes singulares, vividas con frecuencia como impertinentes, dada la hegemonía de las micropolíticas dominantes que dan forma a nuestra experiencia, se da la oportunidad de que reaparezcan los mundos de cualidad textural de la experiencia cotidiana, los qualia de la filosofía medieval, que nunca dejan de embrujar el mundo más abstracto de la racionalidad radical, en el que nos hemos deslizado a vivir en conflicto con nosotros mismos. De ahí el valor de la resistencia espectral, por parte de la singularidad poética que nos habita, a ser domesticados por signos abstractos y metafísicos simplificados en fórmulas políticas, como si fuéramos dioses desligados de nuestra condición corpórea engarzada en la naturaleza más amplia, una alienación hecha posible al vernos como seres de cultura, de la polis, del logos y de un habla capaz de disociarse de sus modestos orígenes y de las formas más tempranas del saber de una conciencia-mundo cuya capacidad de autorreferencia no es en principio la que trae la palabra reflexiva.
De ahí la importancia del espectro de la poiesis del sentido, de la sensualidad material de nuestras vidas en mundos en constante aparición, para que resistan como contrapeso a esas fuerzas de domesticación que exceden a la necesidad del orden cotidiano para volverse dispositivos sociales en los que vivimos alienados en racionalidades estereotipadas, identificados como operadores de un mundo del cálculo económico puro, de un imaginario domesticado tan solo como señuelo sensual, pero, de hecho, mero ejemplo de ideología totalizadora, entregados con frecuencia a un pensamiento mágico-mítico que actúa como contracara obscena de la supuesta racionalidad abstracta y radical que guía nuestros pasos.
Si el significado abstracto es central en las micropolíticas dominantes que dan forma a nuestra vida cotidiana, el sentido nacido de la corporalidad en una verdadera ecología del regazo —que nos permite sobrevivir a nuestra inmadurez neonatal, sostenidos por los cuidados que recibimos y que vehiculizan el orden psíquico temprano— establece un contrapunto duradero, siempre y cuando lo reconozcamos, educándonos para ser sensibles a su emergencia en puntos de resistencia que hacen posible el desarrollo de eventos poéticos. En el sentidoemergente en imágenes, una potencialidad de singularidad nace a lapresencia y reta el orden con frecuencia excesivo de las micropolíticas dominantes. De ese modo, se consigue sincopar la estabilidad y el estereotipo a través de eventos nacidos de puntos de resistencia a la domesticación, eventos que requieren luego ser integrados a lo estable de la vida mediante un trabajo de la imaginación. En ese proceso, una sensibilidad abierta al evento reconoce esa dimensión soslayada que reaparece como imágenes y las recupera, llegando a configurar eventospoéticos que se continúan en el trabajo y el arte de integración de losmismos como cambios en nuestra vida cotidiana. De este modo, ese proceso se transforma en un recurso central para el ámbito psicoterapéutico, que es nuestro punto de partida y de referencia, aunque no es un proceso que se limite al mismo, ya que importa para la cuestión del cambio en general en ámbitos diversos. Así logra ser un recurso para salir de la repetición, el estereotipo y lo consabido, si educamos la sensibilidad del terapeuta hacia lo que parece impertinente, engarzando las técnicas de las que ya dispone para ponerlas al servicio de esa sensibilidad.
Sin ese espectro sensual y material del sentido, que nos rescate del mundo de signos que nos reclutan como instancias repetidoras de guiones preformados, la distinción entre ficción y realidad, así como el concepto de verdad y la realidad misma, han retrocedido, como se hizo más evidente durante dos acontecimientos centrales de nuestro tiempo: la configuración de las respuestas a la pandemia1 de coronavirus, que puso en jaque nuestra existencia cotidiana «normal» desde finales del 2019, y la extensión, que la precedió, de regímenes populistas y autoritarios que organizan nuestra vida política como reinos de la mentira repetida por conciencias sincronizadas (Stiegler, 2018, 2020). Esto fue facilitado también por ámbitos intelectuales que, tratando de criticar un mundo de verdades únicas, cayeron en otro en el que se festejó el simulacro y el multiverso al precio de ponerse con frecuencia de espaldas a la realidad y a la verdad. Si la verdad es provisoria y elusiva, la aventura de su distinción de la falsedad es un trabajo posible, aun cuando provisorio, de la imaginación que vuelve efectiva la coexistencia de lo que la ciencia estudia a niveles constitutivos, con lo que la hermenéutica social, cultural y política ejerce en el campo de la interpretación del significado, sin eliminarse mutuamente y dinamizándose a la luz de lo que el sentido, como orientación vívida, nos trae a través de apariciones singulares del mundo que se constituyen como eventos de cambio, con el desafío que su integración a la vida estabilizada habitual implica.
Nacidos como seres para la singularidad (no individualidad), que se dan forma por su capacidad para reinventarse y hacer así comunidad ante los retos de la realidad múltiple de lo humano, la novedad, el aprendizaje, el cambio, la vida cotidiana puede terminar, sin embargo, organizada no solo por las políticas gubernamentales que rigen en la vida comunitaria, sino también por micropolíticas de la vida familiar e institucional que logran estabilidad al ordenar la experiencia cotidiana de acuerdo con conocimientos establecidos y de poderes distribuidos de modo horizontal más que jerárquico, articulados como dispositivos sociales que nos estructuran como agentes (Foucault, 2013) en torno a identidades sociales reconocibles y como sujetos que, al hablar tomando posiciones ante situaciones sociales, pasan a comandar nuestra subjetividad, es decir, nuestra vida interior más allá de lo que puede ser observable como comportamiento objetivable.
En esta trilogía exploramos varios aspectos de este romance entre la estabilidad y el cambio, entre el espectro y el signo alienado en el significado. En Texturas de la imaginación. Más allá de la ciencia empírica y del giro lingüístico (2014), los enfoqué desde el punto de vista de una estética que no consistiera en normas para atar la vida sensible y sus apariciones singulares a una terapia normalizadora y normatizadora semejante a un arte de museo, sino que más bien la liberé de su función micropolítica dominante al servicio de significados metafísicos abstractos, estereotipados y repetitivos, y logré devolverla a ser una aisthesiso estética de la vida cotidiana como fenómeno central del devenir en el mundo natural/cultural que habitamos. En El sentido delo justo. Para una ética del cambio, el cuerpo y la presencia (2018), adopté un punto de vista ético que no consistiera en promulgar reiterativamente normas éticas o morales a seguir o encarnar, sino más bien como una ética u ontoética de la vida cotidiana, entendida como una inclinación a una vida mejor que valga la pena de ser vivida por los grupos humanos en los cuales hacemos comunidad, compareciendo ante singularidades que nacen a la presencia, más allá de nuestras identidades y posiciones subjetivas habituales, como fuerzas dinamizadoras de esas normas ya existentes, poniéndolas así a prueba en los avatares de nuestro devenir conjunto. En este volumen, El exiliodel mesías. Buscando señales de vida en psicoterapia, engarzo todo este desarrollo dentro del pensamiento sistémico con una lectura detallada de aspectos de la obra de Gregory Bateson, siguiendo huellas insinuadas pero no desarrolladas. Pero me ocupo también de una teología de la vida cotidiana, que no consista simplemente en sumarse al campo de las normas y los significados religiosos tradicionales, sino que sea más bien una inclinación hacia lo abierto más allá de lo queexiste como las cosas del mundo, reales o ficticias, que conocemos, presentándose como un impulso transformador inmanente a toda apariciónde sentido. Dado que trabajo desde dentro de la tradición monoteísta de Occidente, a esta teología de la vida cotidiana la denomino una mesiánica de la vida cotidiana que, sin esperar una respuestadeloscielos, inspira y da impulso también a acciones esperanzadas ytransformadoras.
Así como podemos ir más allá del significado abstracto operando e integrando la dimensión del sentido que es su raíz, y así como podemos ir más allá de la justicia, la ética y la moral al sentido de lo justo, también podemos ir más allá de la religión hacia lo abierto más allá de lo que ya existe como las cosas consabidas del mundo. En todos los casos, el movimiento es etimológicamente radical; va hacia lo que está en la raíz de lo estético, lo ético y lo teológico. Este movimiento incorpora el papel que cumplen, tanto en la vida cotidiana como en la práctica psicoterapéutica, la vida sensible, la inclinación hacia lo justo y el territorio presente pero incierto más allá de nuestros horizontes existenciales. Con este recorrido estético, ético y teológico-mesiánico de la vida cotidiana, nos acercamos a la potencialidad de cambio que nos habita y que va más allá de la aceptación de que las cosas nunca sean más de lo que ya son.
1. En A flor de piel. Pensar la pandemia (Gedisa, 2020), escrito al calor de los acontecimientos, traté en detalle los mitos que se movilizaron como una contracara obscena de la racionalidad, que aparentemente justificaba algunas respuestas a la virosis que contribuyeron a configurar la pandemia, en particular los mitos de sacrificio de aquellos que fueron identificados como «anormales», así como entablando una verdadera negociación con la muerte que intenta mágicamente desviarla a lo largo de líneas de quiebre de las sociedades en sus desigualdades preexistentes. También describí allí esta movilización mítica como una expresión del conflicto que tenemos con nosotros mismos, como seres corporales y materiales identificados mágicamente con un Dios escondido, en lo que podemos describir como la micropolítica del humano escondido, el homo absconditus tratando de hacerse invisible para el virus. La redacción de este libro, un aparente desvío del proyecto de la trilogía El espectro del signo, fue, de hecho, una extensión y exploración de sus conceptos centrales a la situación que estábamos viviendo, en el espíritu de lo que hacemos habitualmente en la práctica reflexiva de la psicoterapia.
1. Vivir el mito
Tal vez no sea suficiente saber que el mito es mítico.
Jean-Luc Nancy,The Inoperative Community, 1991, p. 462
Jacinta, una experimentada terapeuta familiar, en el contexto de una reunión de revisión de casos que alternamos con consultas en vivo hechas conjuntamente, me cuenta una situación que la ha dejado perturbada. Recibió un llamado telefónico de Isabel, una mujer de 45 años que le pedía una cita para comenzar un proceso de terapia familiar. Cuando Jacinta preguntó quiénes irían a la cita, Isabel le dijo que irían ella y su ex marido, junto con los hijos de ese matrimonio. Como respuesta a la pregunta acerca del motivo de la consulta, Isabel explicó que la hija mayor, Eugenia, de 26 años, vivía sola y tenía un problema de drogas, pero agregó que estaría bien que la hija menor, Sonia, de 22 años, también formara parte de las sesiones familiares. Siempre respondiendo a preguntas de Jacinta, más que espontáneamente, Isabel dijo que hacía diez años que tenía otra pareja, con quien convivía desde que se habían casado, hacía cinco años, y que tenían un hijo pequeño. Afirmó claramente que no creía necesario incluirlos.
Cuando Jacinta le preguntó si todos los que le gustaría que formaran parte de las sesiones familiares estaban de acuerdo en concurrir, Isabel afirmó: «No, ninguno está de acuerdo». Su ex marido, Ángel, le dijo que no estaba dispuesto a involucrarse en una terapia en la que seguramente se indagarían cosas sobre un matrimonio terminado que, según él, no tuvo mayores problemas en general, salvo hacia el final. Eugenia que vivía sola, llevaba años haciendo terapia individual y últimamente estaba tratándose su adicción asistiendo a un grupo en un centro especializado, aunque Isabel pensaba que seguía consumiendo drogas y estaba preocupada por ello. Sonia, que estaba terminando la universidad y residía en el campus de la misma, mostró desinterés por concurrir diciendo que su vida estaba muy bien y, cuando agregó que no veía cuál era el punto de una terapia familiar, Isabel no supo qué decirle. Por lo demás, su marido actual la miró sorprendido cuando Isabel comentó el plan de terapia familiar que tenía. El hijo pequeño estaba bien y ella no quería mezclarlo «en todo esto», aunque no sabía especificar qué era «todo esto». Jacinta le dijo a Isabel que resultaba difícil hacer una terapia familiar si todos los que ella quería convocar estaban en desacuerdo, pero Isabel insistió, pidiéndoselo por favor, porque «es de suma importancia y hay que hacerlo ya mismo». Isabel agregó que ella no solía hacer planes para otros sin consultar, pero que este era un caso especial. Ante la pregunta de Jacinta por el motivo de la urgencia, Isabel respondió: «Es el núcleo familiar el que hay que tratar, las cosas vienen de lejos, ya le contaremos..., es Eugenia tal vez..., pero no solo eso...», y no pudo dar información más específica mientras seguía dando por hecho que la sesión familiar iba a llevarse a cabo. Jacinta me refiere un clima de urgencia poco común en el pedido, comparado con situaciones semejantes que ella ha visto anteriormente cuando hay familiares en desacuerdo con acudir a una sesión familiar. La angustia de Isabel parecía ir en aumento al ver que Jacinta era remisa a organizar ese encuentro, que no se alineaba inmediatamente con ella en promoverlo y que mostraba que esa terapia, tal como Isabel la concebía, tendría muchas opciones de fracasar.
Jacinta empezó a sentirse incómoda y muy presionada a aceptar algo que su formación y experiencia le decían que era una situación que no estaba madura para una consulta familiar y que requería, al menos, algún trabajo previo. Así se lo dijo a Isabel, agregando que, en general, era mejor que quienes asistían no se sintieran obligados a hacerlo. Isabel, entre lágrimas, insistió en la importancia de hacer esa terapia, diciendo: «La oportunidad es ahora, no podemos perderla», sin poder explicar o agregar nada más. A Jacinta se le ocurrió que tal vez hubiera un secreto que Isabel pensaba develar en esa sesión pedida con urgencia y a contramano de los deseos de quienes ella pensaba que tenían que asistir. Cediendo en parte a la presión y a la angustia de Isabel, cada vez más evidentes, Jacinta le ofreció verla a ella una vez para entender mejor la situación, lo cual Isabel aceptó algo frustrada, no sin insistir una vez más en si no sería posible citar a todos. Jacinta le dijo que se podía hacer una invitación abierta aceptando que acudiera quien quisiera, que quizás alguien más fuera para complacerla, pero que podría ocurrir también que no asistieran quienes ella deseaba, y confesó desconocer un método para lograr esa concurrencia, como Isabel le pedía. Llorando abiertamente, Isabel le dijo: «No es para hacerme un favor a mí, es la familia la que tiene que ir», y agregó que había buscado a Jacinta por el reconocimiento profesional que tenía en el ámbito de la terapia familiar, en el cual ella tenía algunos amigos.
Durante el encuentro personal entre Jacinta e Isabel, que Jacinta grabó en un vídeo con su consentimiento y trajo a la supervisión conmigo para revisarlo, todo transcurrió de un modo semejante a lo que Jacinta ya me había comentado sobre el contacto telefónico. Los hábiles intentos de Jacinta de explorar la intensidad de Isabel en lograr una sesión inicial con su familia anterior, que volvió a ser el foco del encuentro, no evitaron que la negativa de asistir por parte de quienes ella quería tener de invitados dejara de causarle una gran pena, cuya intensidad la propia Isabel no sabía a qué atribuir. Los intentos de Jacinta de dejar abierta la concurrencia a los invitados que lo desearan, o de ampliar la convocatoria a su marido actual, no prosperaron. Isabel decía: «Eso no me convence... Son ellos los que tienen que estar aquí». Sin embargo, Isabel no podía definir qué era lo que le hacía asumir que debía ser así, ni, por ejemplo, de qué le gustaría hablar en esa «terapia familiar», pero dijo que no esperaba ser testigo de ningún tipo de revelación importante en caso de darse esa reunión, ya que no le parecía que «en la familia» hubiera «cosas de ese tipo». Cuando Jacinta le preguntó si cuando decía «la familia» se refería también a su familia actual, es decir, si consideraba que ambos matrimonios y todos los hijos formaban parte de lo que ella llamaba su familia, Isabel le dijo algo irritada: «Todos lo son, pero son diferentes familias, es diferente, son diferentes momentos..., no sé, es difícil de explicar..., pero tampoco es tan raro o complicado, yo soy una persona a la que le gusta resolver las cosas rápidamente». Jacinta le dijo: «Por supuesto, me refería a que tú eres la misma persona y son dos familias tuyas, y hay una dificultad sobre la que todavía no sé demasiado». Isabel insistió en que era más una reunión para aquella familia, no para esta de ahora..., y «de mi vida ya hablé mucho en sesiones individuales con los terapeutas que tuve en dos momentos, después de separarme y hace un par de años». Jacinta decidió ser cauta porque no quería contrariar lo que Isabel marcaba como su territorio de incumbencia, aunque pensó que eso sería un problema para esta terapia si fuera a suceder. En un momento, Isabel comentó que a sus hijas mayores, Eugenia y Sonia, les gustaba su marido actual y que se llevaban bien con su medio hermano, el hijo menor de Isabel, que a veces salía con ellas. Cuando le pregunté a Jacinta el nombre del marido actual y el del hijo de Isabel, se sorprendió al ver que no los sabía y que, contra su costumbre, no los había preguntado. Le digo entonces: «He visto aparecer a personas sin nombre por ser parte de situaciones en las que alguien quiere realmente dejarlos afuera, por ejemplo Isabel en este caso, ya sea porque simplemente no cuentan para la consulta que propone, como ella dice, ya sea para protegerlos de algo, aunque también a veces hay dos categorías de familias. Pero todo esto puede muy bien no ser el caso, por supuesto». Y agrego como comentario más general: «Esta ocurrencia, en parte basada en experiencias anteriores y que le da una posible relevancia a esa cuestión, podemos dejarla allí sin forzarla pero sin olvidarla. Es posible que en algún momento algo de lo que vendrá se junte con esta aparición, pero otras veces se pierde y no va a ningún lado, porque la terapia no funciona como una novela policial, donde no debe haber cabos sueltos, salvo que la montemos basada solo en nosotros mismos».
Al continuar la sesión que vemos en el vídeo, Jacinta le preguntó a Isabel: «¿Cuánto tiempo hace que no se reúnen, por el motivo que sea, quienes tú quieres reunir ahora para terapia familiar?». Isabel le respondió acongojada: «Desde la separación». Luego comentó que fue a iniciativa de ambos porque «la relación se tensó después de una pelea entre Ángel y mi papá, que entonces estaba vivo... Tal vez sea eso lo que Ángel no quiere volver a tratar... Ellos eran muy diferentes..., yo lo entendí a Ángel, pero él se apresuró a romper la relación con mi papá y, al poco tiempo, conmigo. Él también es una persona que resuelve las cosas pronto. Él se volvió a casar, después que yo, y no tiene otros hijos». Le comento a Jacinta que «pareciera que el tema de la consulta, tal como se iba configurando, era más bien en qué se diferenciaban esas familias, por qué era importante mantenerlas separadas, así como por qué era importante reunir solo a la familia anterior, más que algún problema puntual que hubiera surgido, a pesar del consumo de drogas por parte de Eugenia, del que no sabíamos demasiado. Cuando Jacinta le preguntó en la sesión que revisábamos acerca de qué pasaría en su opinión si no fuera posible hacer la terapia familiar que ella deseaba, Isabel le dijo, llorando nuevamente: «Nada..., no sé..., nada serio..., todo seguiría igual..., tampoco es que estemos mal, pero está esa preocupación por Eugenia», y solo pudo agregar: «Ella está huidiza, no llama, se aísla, dice que quiere hacer sus cosas y, si insisto, dice que tiene su vida..., no sé si está bien..., juntar a la familia para terapia sería muy bueno...».
Jacinta comienza a sentirse acongojada de forma creciente y me cuenta que le bastaba recordar la situación para volver a sentir esa congoja intensa ante el deseo tan ferviente de esa mujer, con quien ella se sintió súbitamente muy cercana. Cuando Jacinta me dice: «Me apena mucho no poder ayudar a Isabel, me acuerdo constantemente..., no sé por qué me sucede esto... tan intenso...». Le digo: «Quizás Isabel está pidiendo mucho más de lo que parece, algo que no es posible ni siquiera para una buena terapeuta», y mientras lo digo veo el collar con una cruz católica que Jacinta lleva siempre. Una vez me contó que procedía de sus ancestros italianos y, simultáneamente, me acuerdo de algo que decido contarle: «Cuando estaba en la escuela secundaria leí que se decía que en una iglesia estaba el cráneo de Juan Bautista cuando este tenía doce años». Ella parece no entender, yo sonrío y espero, me lo repite para ver si entendió bien, como en efecto le digo que lo hizo. Entonces comienza a reírse. Jacinta ya sabía que le estaba afectando no poder cumplir los deseos de esta mujer, pero no sabía hasta dónde ni con qué se relacionaba su propia congoja en esta situación, que acompañaba a la de la propia Isabel. En ese momento me deslizo del sillón donde estoy, casi arrodillándome, mientras junto las manos como para una plegaria y le digo: «Madonna... Madonna...,3 dame a mi familia, la que ya no existe más». Jacinta rompe a llorar con mucho sentimiento y dice después de una pausa: «Eso sí que me ha pasado, sentir que no se puede volver atrás, que perdimos una oportunidad...». Mis ojos se humedecen también por la evocación de lo que ya no puede recuperarse a no ser, quizás, que mediara un milagro.
La irreversibilidad del tiempo inundó el encuentro de supervisión que yo estaba teniendo con Jacinta y nos sumió en la desazón que también había invadido la relación de Jacinta con Isabel, pero, dado el modo en que esa irreversibilidad llegó a hacerse presente, parecía indicar también algo que iba más allá del simple hecho razonable de pedir terapia familiar a una terapeuta familiar. Mas allá de ese pedido racional había un pedido mágico de que se restituyera una familia que ya no existía. Jacinta sabía que le afectaba no poder ayudar a Isabel, pero solo al exponerse a la singularidad de la aparición de «los cráneos» de Juan Bautista, sumada a la formulación del pedido de terapia que Isabel le hacía casi como una plegaria, se hizo carne en ella que lo que estaba en juego hasta entonces era una fuerza mítica correlativa a un pensamiento mágico, funcionando de hecho en la situación, y expresada en el sentimiento de congoja de Jacinta que excedía a la explicación racional de no poder ayudar a Isabel, así como excedía en Isabel a la congoja por no poder tener una sesión de terapia para «esa» familia. ¿Sugería la aparición singular de «los cráneos» de Juan Bautista y de la plegaria que la frustración ante el pedido intenso de terapia familiar de Isabel se intensificaba de un modo mágico, tal vez relacionado con el intento de afrontar una dificultad restituyendo una familia perdida con algún propósito que no estaba claro? ¿Indicaba la reacción de Jacinta y de Isabel que habían entrado en un clima, del cual la congoja mutua daba testimonio, relacionado con estar viviendo un mito y actuando la magia implicada en el mismo ante las dificultades que se presentaban, relacionadas para Jacinta con no poder satisfacer a Isabel y, para Isabel, con las dificultades de Eugenia, su hija mayor, hasta el momento poco precisas? Hacer esto visible, a través de esas presencias singulares del cráneo imposible del Bautista y de la plegaria que pedía restituir una familia que ya no existía como tal, podía operar como una intervención queer que afirmara irónicamente aquello que por otra parte quería interrumpir, para moverse hacia un cambio más eficaz ante esos mismos problemas que se intentaban enfrentar.
En el ámbito de la minicomunidad que yo conformaba con Jacinta revisando esa consulta, la aparición sin invitación de Juan Bautista y su peculiar destino corporal, así como la formulación del pedido de consulta como una plegaria, constituían una singularidad que excedía toda metodología terapéutica y no se reducía a una mera asociación de ideas. Ante ella comparecimos Jacinta y yo, como miembros de la minicomunidad en que se daba esa llegada a la presencia, o poiesis. Esa singularidad aportaba textura al vínculo profesional de esas dos mujeres enfrentadas a una familia que ya no existía, y nos convocaba con intensidad emocional (del latín emovere, ex-movere, «moverse hacia o afuera de») a ver de qué modo podría ser efectivo también para Isabel como medio para «moverse afuera de» esa situación enclaustrada, lo cual parecía literalmente imposible para ambas si el mito y su imposibilidad no se asumían y se utilizaban.
Si lo que estaba en juego era un pedido mágico expresado, como lo formule, como una plegaria, podía haber un camino intermedio que recuperara algo que estuviera incluido en ese pedido como una búsqueda sin precisión, un camino que le sustrajera el carácter mágico y literal, pero que no lo abandonara totalmente por imposible. En ese camino intermedio entre tomar algo literalmente o abandonarlo por imposible podíamos quizás encontrar una familia que, aun si sus miembros acudían a la sesión como Isabel proponía, no sería la misma familia, ya que esa ya no existía. Se trataba de recuperar algo inmanenteen el pedido mágicamente formulado para cumplirlo sin magia y no literalmente, algo que latía como potencialidad en ese pedidoy en esaplegaria de carácter mágico. La plegaria propuesta para darcuentadel pedido de terapia tendría en su raíz algo que estaba abierto a lograr uncambio que quizás no se obtuviera mágicamente de un modo estrictoy literal, pero eso no quería decir necesariamente que no fuera un camino abierto hacia algo por lograr si trabajábamos llevados por esesentido singular que llevaba implícito.
Para ello debíamos ver primero si esa poiesis del sentido (el cráneo del Bautista y la plegaria que pedía un pasado familiar ahora inexistente), que hizo carne en Jacinta y en mí el dramatismo del pedido de terapia expresado en la congoja al ver su imposibilidad, podía convocar también a Isabel. Aún no sabíamos qué más había en juego en el pedido insistente de Isabel por esa «familia» que conmovía tanto a ella como a Jacinta y luego también a mí. Si fuera posible, ¿de qué manera convendría volver atrás en el tiempo y recuperar a «una» o a «esa» familia? ¿Cuál sería el propósito de ese retorno? ¿Qué haríamos con esa familia, que rechazaba reunirse y que ya no existía como tal en la forma propuesta por Isabel, incluso si llegaran a reunirse? ¿Por qué nos acongojaba que no existiera? La intensidad del pedido y la congoja parecían invitar a pensar que se trataba de volver al pasado para hacer cosas que no se hicieron en su momento, tal vez para tomar un camino que no se tomó, pero no lo sabíamos. Incluso dejando de lado la imposibilidad literal, esas cosas que no se hicieron podían no ser ahora literalmente posibles, o quizás nunca lo fueron: los caminos podían haber desaparecido pasada la oportunidad o la familia podía no ser en la realidad la que Isabel añoraba. Para involucrar a Isabel en lo que su pedido expresado como plegaria trajo para Jacinta y para mí era necesario transmitirle que, si bien no podíamos hacer un milagro y traer a la familia que ella deseaba, podíamos ayudar a que hubiera una familia, tal vez inexistente ahora mismo, que pudiera afrontar la situación actual de Eugenia, y otras que hubiera, de un modo novedoso.
Jacinta e Isabel aún no se habían vuelto a comunicar para arreglar un seguimiento concreto del encuentro que tuvieron, como asumieron que lo harían. Aunque Jacinta sentía que el proceso permanecía abierto, había quedado congelado y no sabía cómo actuar. Ambas están embargadas por la congoja. Embargar proviene del latín imbarricare, im-barricare, «vallado adentro», que es como Jacinta siente que ha quedado el proceso, inmovilizado, ocluido. Pero Jacinta también siente que el proceso aún está abierto y embargar también se refiere a algo de valor que no se puede utilizar porque la ley en juego lo impide, en este caso, por ejemplo, las «leyes» acerca de cómo se manejan pedidos inadecuados de terapia familiar así como las «leyes» familiares acerca de qué es una familia y cómo se comporta ante dificultades. Con vistas a intentar levantar ese embargo, propongo a Jacinta llamar a Isabel para compartir con ella lo que había pasado entre nosotros en la supervisión que Jacinta le había dicho que iba a producirse. Le sugiero que, luego de consultar con Isabel cómo estaba la situación desde el encuentro, y si no parecía haber un cambio significativo que requiriera en su opinión ocuparse con urgencia del mismo, podría decirle, por ejemplo: «¿Sabes, Isabel, que me he quedado pensando en tu pedido? Me sorprendí de quedarme muy acongojada y, pensándolo más con el colega con quien consulté la situación y con quien vi la sesión que tuve contigo, como solemos hacer los terapeutas a veces, sentimos que quizás tú tenías razón en querer traer a tu familia como tanto ansiabas, aunque no fuéramos capaces de hacerlo, porque parecía que no había un acuerdo para ello y era entonces como traer a una ex familia que ya no existe como tal, porque han pasado otras cosas, porque ahora hay otra familia. Sería un milagro que pudiéramos hacer eso. Sin embargo, hay algo valioso en tu pedido más allá de tratar de hacer esa reunión familiar tal cual la planeabas o abandonar la idea por imposible. Si quieres que hablemos más sobre eso, podemos tener una sesión con mi colega, como también solemos hacer. Sería un encuentro y después veríamos». Jacinta llamó a Isabel y le propuso lo que habíamos hablado, con sus propias palabras, cercanas a las que puse como ejemplo. Isabel aceptó enseguida tener ese encuentro tras decir que no había pasado nada especial, fuera tal vez de que su hija Eugenia estaba huidiza desde que le habló de hacer terapia familiar y no contestaba algunos llamados que le hizo. Agregó no saber qué pasaba y estar algo preocupada. A Jacinta no le sorprendió que Isabel pensara que Eugenia estaba consumiendo drogas, o más drogas, como le confirmó, pero Isabel comentó que se había calmado porque Sonia, su otra hija, había hablado con Eugenia, lo cual no era frecuente, y la había encontrado bien. Jacinta pensó que Isabel se mostraba preocupada pero que rápidamente se calmaba, aun cuando Sonia no tenía por qué saber qué le estaba sucediendo a su hermana. Mientras buscaban agendar el encuentro basándose en algunas posibilidades que habíamos considerado, Jacinta me contó luego que Isabel le había preguntado:
—¿Voy yo sola?
Jacinta, sorprendida por no haber sido clara al respecto, le respondió:
—Como tú prefieras, Isabel, tienes total libertad, Estamos pensando qué hacer más que nada y el tema es justamente con quién y para qué.
—Yo creo que Ángel se preocupa por Eugenia... Puedo intentar invitarlo de nuevo y, si no, voy yo sola. Las chicas no van a ir, creo yo, y no quiero insistir.
—Pues muy bien, Isabel..., pero, dime, ¿cómo se llama tu marido actual?
—Alfonso.
—¿Te gustaría invitar también a Alfonso a esta reunión, para tratar lo que fuere que vayamos a tratar?
—Pues la verdad es que Ángel y Alfonso no se han visto, ni han mostrado ganas de conocerse o de verse, pero no sé..., quizás se lo digo. Creo que se lleva bien con Eugenia... Me presta atención cuando le cuento algo de ella, o pregunta algo... Claro que no le digo mucho.
Cuando Jacinta me llama para confirmar el horario tentativo que eligieron me comenta:
—No sé por qué le pregunté eso, ni siquiera sé lo que quise decir.
—Pero tal vez estabas en lo cierto y fue un hallazgo decirlo.
—Pero no sé si será terapéutico. Además, no sé qué haríamos si se sintieran incómodos.
—Creo que nosotros estamos habilitados para intentar ser terapéuticos, no para hacer terapia que sea terapéutica con seguridad, y no siempre lo logramos. A veces logramos ser terapéuticos con algo que no parece terapia y tampoco parece mostrarnos un camino claro a seguir.
Con esto yo estaba definiendo nuestro trabajo como una potencialidad que no siempre se puede actualizar y que no se agota totalmente cuando se actualiza (Agamben, 1999), lo cual es central en el trabajo que vengo presentando en esta trilogía.
El día del encuentro, Isabel aparece acompañada de Ángel, su primer marido, y de Alfonso, su marido actual. Jacinta se saluda con Isabel y me la presenta, mientras que los hombres se presentan solos a Jacinta y a mí. Nos sentamos, ellos a ambos lados de Isabel, Alfonso algo más cerca y Ángel un poco más atrás; yo estoy del lado de Alfonso, sentado junto a Jacinta, que está frente a Isabel. Parece que Ángel es dueño de la situación. Alfonso está incómodo y sin saber dónde mirar. Jacinta, a la que noto algo ansiosa, les pide autorización para grabar la reunión por si quieren verla después las hijas e incluso el hijo. Ellos asienten y se pasan el formulario que otorga el permiso. Jacinta dice: «¡Pues qué gusto tenerlos aquí!», mientras sonríe mirando a Isabel, que dice: «Después de hablar por teléfono con Jacinta, les largué la invitación a todos por separado; les dije que era para ver qué andaba pasando con Eugenia..., creo que por decir algo porque no lo tengo claro. Alfonso dijo entonces que venía, que no quiere que Eugenia ande metida en nada malo». Alfonso asiente e Isabel continúa: «Ángel no dijo nada, pero cuando lo vi aquí al llegar, porque llegamos los tres por separado, me sorprendió». Ángel dice entonces, muy firme: «A mí nunca me gustó esa idea de “los tuyos, los míos, los nuestros”, como en otras familias, reunirnos y demás... Si un matrimonio termina ya está, pero, como el mensaje que me dejó Isabel decía que era una reunión y no algo para largo, me dije: voy a ver qué hay y qué hacemos, porque soy de los que les gusta arreglar las cosas... y rápido».
Jacinta resume muy brevemente cómo nos impactó el deseo tan intenso de Isabel de reunir a Ángel y a los hijos que tienen juntos; les dice que decidimos reunirnos para ver cómo ayudar en lo que fuera que les estaba pasando y pregunta: «¿Para qué se les ocurre a todos que sería necesaria una terapia familiar?». Isabel dice, señalando a todos: «No sé si terapia familiar, pero, por de pronto, esta es una familia que nunca tuvimos, ni antes, ni ahora». Ángel y Alfonso miran el piso y les comento entonces: «Me disculpo por meter las narices, y si me entrometo mucho ya me lo dirán. Hay una familia nueva reunida hoy aquí, aunque no están los hijos. ¿Cuál es el problema? ¿Qué hacemos ahora?».
Isabel dice: «Es que me da miedo saber... Es Eugenia, siempre estoy como en ascuas con ella». Ángel, irritado ahora, dice: «Es Eugenia, siempre pasa algo con ella, preocupa..., preocupa...». Y agrega, mirando a Alfonso: «Tu tienes una buena relación con Eugenia, me lo comentó ella». Esto relaja a Alfonso, que mira a Ángel y dice: «Yo no creo que esté en problemas serios..., es cierto que con ella no se sabe, pero es una mujer joven de 26 años y ya lleva tiempo consumiendo marihuana, alcohol, va a un programa a veces y dice que todo anda bien. Y tiene un trabajo..., cierto que un poco precario. Creo que hay que hablar con ella directamente y mostrarle la preocupación en vez de andar teniéndole miedo, aquí falta ella sin duda y ustedes como padres pueden hablarle». «A mí me da miedo cómo va a responder ella, Alfonso... Es mi hija, pero no sé..., no sé si no se abrirá una caja de Pandora, yo casi preferiría no saberlo».
Se me ocurre que todos estarían más cómodos si Alfonso, que no es el padre, se ocupara de Eugenia. Y les pregunto: «Entre quienes están aquí, ¿cómo hacen para lidiar con problemas, en la familia o afuera? ¿Cómo lo han hecho antes?». Isabel responde inmediatamente: «Cuando me casé con Ángel, vivimos con mis padres por un tiempo y mi mamá, Nora, era muy creyente y muy “milagrera”». «¿Milagrera de hacer milagros o de pedirlos?», le pregunto. Isabel dice: «No, no los hacía, pero era de ir a la iglesia continuamente y de rezar en casa y de pedir milagros y creer en ellos... Se iba a la iglesia, pedía, y la verdad es que todos dormíamos más tranquilos... hasta después...». Jacinta le pregunta a Isabel si ella no aprendió a rezar. Ángel interrumpe y dice: «Nosotros no somos creyentes». Me sorprendo del plural «nosotros» que por un momento trae a aquella familia de Isabel, mientras ella dice: «Yo soy atea, la verdad...». Ángel la interrumpe y empiezan un diálogo:
—Milagros hacía tu madre porque era la que abría el bolsillo y ponía dinero cuando esa era la solución.
—Sí, ayudaba mucho mientras pudo.
—Es cierto, ponía dinero para todos, para nosotros también, incluso cuando dejamos de vivir con ellos. Nos ayudó a abrir nuestra pequeña empresa también... Claro, hasta que la empresa de la familia, que manejaba ella, se fundió.
—Pero ella no dejaba nunca de rezar, incluso cuando daba dinero..., y vivía rezando por mi padre...
—Es cierto, nunca dejó de hacerlo..., nunca entendí muy bien eso de poner el dinero y rezar igual —dice Ángel.
Les digo: «Mi abuela, como mucha gente, hacía lo mismo, cuando daba un regalo no se olvidaba de decir siempre “que lo disfrutes con salud”. Es parecido a saber la diferencia entre ayudar haciendo algo, como dar dinero, y rezar para tener ayuda con lo que uno no puede controlar para poder usar esa ayuda».
Isabel retoma entonces el diálogo con Ángel:
—Cuando vino la debacle económica solo le quedaba rezar porque nosotros no dábamos pie con bola.
—Los rezos no ayudaron mucho a tu papá.... El milagro nunca llegó... —continúa Ángel.
Alfonso, que se había mantenido callado pero atento, dice que nunca escuchó nada del papá de Isabel, que ni se acuerda de su nombre, y pregunta qué paso con él. Isabel, de pronto compungida, dice: «Papá era alcohólico, nunca dejó de tomar y se murió de cirrosis. Pero con mamá en casa no era un gran problema, al menos hasta el final». Le pregunto cómo se llamaba su papá e Isabel responde que le decían Yenia, un apodo que le venía de chico, de su familia rusa. Alfonso interrumpe diciendo: «Yenia, ahora me acuerdo que lo nombró alguna vez Nora, la mamá de Isabel, a quien yo llegué a conocer... Pero ruso y tomador de vodka..., más estereotipado no podía ser». Isabel dice entonces: «Eso me daba vergüenza a mí, su acento y lo que acabas de decir..., y a ti también te daba vergüenza, Ángel, porque te fuiste cuando la debacle económica y cuando papá estaba empeorando en su enfermedad final, todo el tiempo decías que era una vergüenza y creo que no lo podías tolerar». Hay una pausa tensa y Ángel dice sombrío: «No sabes cuán cierto es eso. Se deterioró todo y yo no supe ayudar... Es como dice Isabel... Antes éramos una familia feliz, sin problemas realmente. Yo fui un cobarde y me muero de vergüenza de decirlo, el papá de Jacinta me avergonzaba, no iba con mi traje, ni con nuestro estilo, ni con nada». Isabel lo mira intensamente y dice: «Lo de papá no se notaba mucho, o mamá lidiaba con eso y la dejábamos. Yo creo que soy como una niña, Ángel, y tú tampoco eres piloto de tormentas; lo tuyo es andar de traje, como decías, y no arremangarte». Alfonso me mira a mí y a Jacinta y dice: «Mi papá, Hernán, fue siempre un alcohólico y le iba a los tumbos, pero nadie lo encubría, ya que había varios así en el barrio y en la familia. Mis expectativas no fueron nunca muy elevadas. Entrar en la familia de Isabel fue como entrar en una aristocracia». Isabel, algo sorprendida, le dice: «Pero la que esperaba que tú resolvieras las dificultades era yo, siempre tan asustada de todo. Sé que no rezabas, pero sabías ocuparte, pelear, no tenías miedo». Ángel, picado, dice señalándolo: «Cuentas con un veterano de guerra». Isabel le contesta: «Pero hasta los veteranos necesitan ayuda y tú tienes experiencia de prófugo, así que no te escapes». Ángel dice: «Touché..., ya, ya...», se ríe y asiente.
Les digo: «Me estaba acordando de que Yenia es como suena en español el nombre Zhenya, un diminutivo de Yevgeny en ruso, que es además el mismo nombre que Eugenia». Isabel dice, mientras Ángel pone mala cara: «Queríamos ponerle Nora, como su abuela, pero mamá insistió en que le pusiéramos un nombre como el de papá y así lo hicimos. Ni sé si nuestras hijas, incluida Eugenia, se acuerdan de que se llama así por él..., nunca lo nombra nadie, y nuestro hijo Alfonsito seguro que no conoce el nombre de ese abuelo». Alfonso asiente: «Yo mismo no recordaba su sobrenombre». Isabel añade: «He pensado a veces al pasar, porque me da miedo, si Eugenia no será como el abuelo, alcohólica, si nos habrá tocado esa cruz». Me llama la atención esa expresión dicha por la que se definió como atea, y pienso que así funcionan los mitos encarnados en vivo. Hay un silencio emotivo y les digo: «Ahora que dices eso, Isabel, pienso más en Eugenia como la que se queda con los problemas sin resolver, como el abuelo. Los demás tienden a huir, resolverlo pronto o confiar en que alguien lo resolverá aun si no hay dios, algún dios particular, el dios de la abuela Nora mientras funcionó, el dios de la terapia familiar... Por ejemplo, mira, me resultó curioso que los nombres Yevgeny y Eugenia quieran decir “de familia noble” o “bien nacido”, pero justamente Yenia terminó siendo el que daba vergüenza y Eugenia es la otra a quien, además de llevar su nombre, también le tienen miedo, toma, no saben adónde puede llegar, al punto que es difícil hablar con ella. No faltará quien diga que es una cuestión de herencia, que Eugenia heredó el alcoholismo del abuelo, pero esa herencia es un factor menor y muy común y ni siquiera sabemos si Eugenia es alcohólica, solo que le gusta consumir alcohol y drogas a veces. Otros, los creyentes en la herencia del nombre, dirán que heredó el nombre equivocado. Pero creo que todo lo que hay es que siempre hay alguno a quien se le notan más los problemas y en esta familia le tocó a los Eugenios, que, a pesar de su nombre, no pueden participar en la nobleza de los demás, y viven con problemas sin resolverlos rápidamente o, más aún, sin poder resolverlos, como pasa muchas veces, y tienen que vivir con ellos, sin huir, pidiendo ayuda y un milagro incluso, pero sin quedarse esperando que suceda. Tal vez la nobleza, la aristocracia de la que hablaba Alfonso, es la de los que vivieron o intentaron vivir sin rezar, dejando lidiar a otros, sin arremangarse, huyendo, como si fueran especiales, sin problemas, con “coronita”, como decimos en Argentina». Isabel dice: «Suena a nosotros». Ángel asiente y Alfonso replica: «No seré yo el que tire la primera piedra», pero, como Isabel y Ángel no lo entienden, explica el dicho y la referencia evangélica. Agrego: «El abuelo, además, estaba muy solo y Eugenia puede contar con todos ustedes, una gran diferencia, claro que solo si se entera de que están aquí y de que ella no es una vergüenza. Y de paso aprenden con ella a ser como todos y a vivir a veces con los problemas que no se van tan rápido».
Jacinta dice: «Tal vez puedan decirle a Eugenia que estuvimos reunidos y que tenemos un vídeo de la reunión, que, como hablamos de ella y de toda la familia, está disponible para que lo vea, y que lo puede hacer con Sonia, que tal vez encontrará igualmente cosas de interés, y Alfonsito puede sumarse también». Pienso que el corazón de la plegaria mítica que Isabel parecía pedirle a Jacinta terminó en un milagro muy modesto, casi nimio, que requería un esfuerzo en lugar de magia. Les digo: «Isabel estaba pidiendo una familia al solicitar la terapia, pero la familia que apareció no es una de esas que no pueden lidiar con cuestiones, es una nueva que ya estaba allí, este grupo que no es del todo nuevo pero tampoco viene del pasado. No obtuvimos a la familia antigua ni a la nueva, sino a una totalmente nueva». Todos asienten, pero Isabel quiere llamar a Eugenia ya mismo. Pienso que, como vimos, Isabel y Ángel están siempre apresurados a solucionar los problemas, a sacárselos de encima con urgencia, no a vivir con ellos, pero que hacer un llamado ya es también trabajar para una solución y haber estado allí en esta reunión es una diferencia. Nos despedimos hablando de un encuentro ampliado. A la media hora, Isabel llama a Jacinta y le deja un mensaje diciendo que había llamado a Eugenia pero, al no encontrarla, le dejó dicho en un mensaje algo como lo sugerido por Jacinta acerca de la reunión que habíamos tenido. Eugenia la había llamado al rato dejando un mensaje en el que decía, riéndose, que esa reunión de familia ¡sí que era un milagro! Que claro que iría a otra reunión y que «gracias, mamá». Isabel decía también en su mensaje: «Hace rato que no me decía mamá, eso es un milagro también».
