¡A las armas! - Quique Peinado - E-Book

¡A las armas! E-Book

Quique Peinado

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Beschreibung

El Rayo, representante del espíritu revolucionario de Vallecas.

El Rayo Vallecano, de unos años a esta parte, representa (de manera muy simbólica, no querría yo exagerar) el espíritu revolucionario en algo tan poco revolucionario como el fútbol. En concreto, desde que los Bukaneros se han hecho fuertes en el fondo y han contagiado a las otras gradas. Es un hecho, y rebatirlo sería mentir. El estadio (casi) entero aplaude muchas de las pancartas y consignas políticas que salen del fondo, y eso ha convertido a Vallecas en un estadio especial. El Rayo es un club politizado por su hinchada, y no hay que tener miedo a decirlo: La Franja es orgullosa representante de su barrio; el Rayo es de izquierdas. Y por eso, también, soy del Rayo.

Una buena reflexión sobre el mundo del fútbol y sus distintas facetas, relacionadas con la vida y la ideología de un barrio

SOBRE EL AUTOR

Quique Peinado (Vallecas, 1979) lleva años huyendo del periodismo infructuosamente. A pesar de que le paran por la calle porque es "el que se sienta al lado de Cristina Pedroche" en Zapeando, Peinado sigue escribiendo en más medios de los que debería y publicando libros de escaso tirón comercial. Tras Futbolistas de Izquierdas llega éste, que muestra con gracia la desgracia de quien no puede dejar de escribir. Con varios artículos dedicados al libro en eldiario.es, Vallecasweb, El Confidencial o Qué!, entre otros, ¡A las armas! ha sido presentado y recomendado por el exparlamentario David Fernández y el periodista Jordi Évole.

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Seitenzahl: 74

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Quique Peinado(Vallecas, 1979) lleva años huyendo del periodismo infructuosamente. A pesar de que le paran por la calle porque es «el que se sienta al lado de Cristina Pedroche» en Zapeando, Peinado sigue escribiendo en más medios de los que debería y publicando libros de escaso tirón comercial. TrasFutbolistas de Izquierdasllega este, que muestra con gracia la desgracia de quien no puede dejar de escribir.

¡A LAS ARMAS!

Quique Peinado

PRIMERA EDICIÓN: mayo de 2015

© Quique Peinado, 2015

© Libros del K.O., S.L.L., 2015

C/ Sánchez Barcáiztegui, 20, esc. A, 5º izqda.

28007, Madrid

[email protected]

www.librosdelko.com

ISBN: 978-84-16001-40-8

CÓDIGO BIC: DNJ

DISEÑO DE PORTADA: Artur Galocha y Lino Escurís

DISEÑO DE COLECCIÓN: Rivolta

A mimadre, a Paloma y a Mikel, por estricto orden de aparición.

FAMILIA

Si yo estoy hoy aquí, vivito y tecleando, si existo, es por el Rayo Vallecano. Esto es tan cierto como de película es la historia: mi padre y mi madre se conocieron gracias al Rayo. Él, Enrique, era un vallecano de raza, de los que respetan la Santísima Trinidad de la vallecanidad: de izquierdas, rayista y aficionado al boxeo. Si los vallecanos portáramos un RH propio, lo hubiera tenido. Todavía hoy, 33 años después de su muerte, hay gente que me para por Vallecas y me pregunta si soy su hijo. Según me ha contado mi madre, era un tipo que vivía para la gente joven del barrio, que intentaba sacarlos de la calle montando equipos de fútbol o llevándolos a boxear; en su entierro fueron esos mismos chavales los que portaron su ataúd. Mi madre, Visitación, era una muchachita de Valladolid que emigró a Vallecas a buscarse la vida, y lo logró montando un taller de costura y, más tarde, una tienda que se llamaba Confecciones Nuria; a mí lo de Confecciones me sigue pareciendo el máximo exponente delglamourde barrio. En un sitio donde los otros comercios eran La frutería de José Luis, La droguería de Valentín o La peluquería de Beni (que sigue existiendo), mi madre era conocida como Nuria, aunque ese era el nombre de mi hermana y no el suyo. O sea, que yo me sentía como el hijo de Prince, porque mi madre tiene un nombre, pero todo el mundo la conocía por otro.

Los dos (mi padre y mi madre, no Prince y mi madre) pertenecían a la Peña Sierra Díaz, con sede en el bar Paramés, sito (siempre quise escribir «sito») en la calle Melquíades Biencinto del Puente de Vallecas. Eran de esa peña por una razón tan de peso como que eran amigos de Manolo Sierra, uno de los porteros del equipo, que por entonces, hablamos de los años 60, andaba muy a gusto en Tercera División. De Díaz, el otro jugador que daba nombre a la peña, no tengo datos. Eso sí, puedo contar que mis padres, entonces solteros, y sus amigos iban a ver al Rayo por esos campos de Dios, y no me imagino a esos hinchas como unos protobukaneros macarras y ultrillas, porque mi madre llama a esos viajes con el enternecedor nombre de «las excursiones del Rayo». Y de aquellas excursiones, estos lodos. O sea, yo. Sangre franjirroja sin cortar.

Mi tío Luis, otro vallecano, se llamaba Enrique en el juzgado y Luis en la iglesia. Al parecer, el papeleo de inscribir al niño lo hizo su tío, que se llamaba Enrique, y nadie sabe muy bien por qué decidió ponerle su propio nombre, y no el que querían sus padres, que era Luis. Mi tío era gruista, es decir, el que maneja la grúa de las grandes cámaras en la tele y el cine, por lo que salía en los títulos de crédito, que era algo que a mí me hacía mucha ilusión; era lo más parecido a un famoso que yo conocía. Él fue quien me llevó a ver al Rayo por primera vez con su hijo, Luis Alfonso, que es mi padrino. Tenía el abono donde los pudientes (que en términos vallecanos no es lo mismo que consideraría pudiente Tamara Falcó), en la grada de Arroyo del Olivar, cerca del palco, donde había asientos. Recuerdo que olía a puro, porque en el campo del Rayo siempre huele a humo; luego me pasaría la adolescencia en la grada de enfrente, la de la avenida de la Albufera, con mi abono de pie con la peña Los Petas, donde, como se deduce fácilmente por su nombre, olía a porro. El caso es que mi tío Luis y mi padrino me sentaron por primera vez en esa grada un día soleado de 1989. Nos jugábamos ascender a Primera, algo que solo había sucedido antes en 1976. Le metimos cuatro al Depor, y no recuerdo ni uno solo de los goles, pero sí que mi padrino, al acabar el partido, me preguntó si quería bajar al campo. Guardé durante décadas unas briznas del césped de aquel día, ya convertidas en paja, dentro de una bolsita de plástico. No sé cómo los niños de hoy en día se hacen de un equipo, pero yo había pisado el césped del estadio de Vallecas y no había mucho más que hablar. No siempre fue un amor exclusivo, porque, —¡acabemos con esto pronto!,— de niño era del Madrid, que para eso ganaba siempre y tenía a Butragueño, pero, desde ese día, el Rayo siempre estuvo ahí.

Mi familia, por la vía genética y por la de los hechos, me inculcó una pasión que ha sido tardía. Vivo mucho más el Rayo ahora que cuando era un chaval. Al contrario que el resto del mundo, mi sinvivir por mi equipo de fútbol es más grande e irracional cuanto mayor me hago. Es como si de pequeño me encantaran las acelgas y ahora solo quisiera macarrones con tomate. Como si de niño supiera nadar y ahora me ahogara.

Así que el Rayo es una cuestión familiar, más bien indirecta o genética, pero familiar. De la misma forma, soy de izquierdas sin que nadie me lo haya inculcado, por esa herencia familiar y por nacer en Vallecas. Una prima de mi padre, Pili, me dijo una vez, cuando era bien pequeño: «Hijo, nosotros somos obreros. Yo he votado toda la vida al PSOE, pero como nos ha vendido, pues ahora a Izquierda Unida. Y si nos venden, pues a otros, pero siempre más a la izquierda». Como mi padre murió tan pronto que yo ni me acuerdo, y era él el animal político de la familia, en mi casa jamás se habló gran cosa de las derechas y las izquierdas. Mi padre, para que nos hagamos una idea de su perfil, antes de morirse (1981) ya decía que no estaba seguro de votar al PSOE, porque aquello de abandonar el marxismo le parecía un atrevimiento. Yo, sin que nadie me lo contara, asumí la ideología como una parte más de lo que me tocaba por ser de donde soy, y crecí de izquierdas.

Supongo que todo esto empieza con mi abuelo, don Hipólito Peinado Perales, que era vallecano de adopción; él y su familia venían de tradición de izquierdas. Mi abuelo, dicen, no era especialmente activo políticamente antes de la guerra, e incluso tenía fama de esquirol, por aquello de que tenía una pequeña empresa de transporte de materiales de construcción. Pero era de izquierdas, eso es indudable, aunque comenzó a militar en UGT en octubre de 1936, y en el PSOE desde el año 37, es decir, cuando tampoco había mucho más remedio en zona roja.

Al comienzo de la guerra, temiendo que le quitaran el camión, que era su sustento, o que lo mandaran al frente y tuviera que abandonar a sus hijos pequeños, don Hipólito aceptó formar parte de la policía roja (llamémosla así para entendernos), en la que desempeñó labores de chófer y realizó escuchas de teléfonos intervenidos. Su cuñado, José Alonso, era uno de los jefes de lo que se llamó Círculo Rojo del Pacífico, y se ve que lo colocó en uno de los sitios tranquilos.