A pesar de todo - Bertha Olga Ospina Duque - E-Book

A pesar de todo E-Book

Bertha Olga Ospina Duque

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Han pasado once años desde aquella cirugia que le cambió la vida a Bertha Olga, y con este libro nos queda claro que a lo mejor la enfermedad es esa forma inesperada en la que la vida nos arroja al encuentro intimo e inevitable con nosotros mismos y con los demás; un tropiezo a partir del cual los pequenos detalles, los mínimos gestos de amor, la magia del funcionamiento del cuerpo humano y los placeres más sencillos, ya no pasan inadvertidos. A pesar de todo es un libro sobre las pequeñas victorias cotidianas, el manifiesto de una mujer alegre y agradecida, que nunca se da por vencida.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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A pesar de todo

© Bertha Olga Ospina Duque

© Evaristo Obregón Garcés (prólogo)

© Taller de Edición • Rocca® S. A.

Diciembre de 2016

Bogotá, D. C., Colombia

ISBN: 978-958-58568-2-0

Primera edición: Taller de Edición · Rocca® S.A., (Bogotá D. C., Colombia, 2016)

Edición y producción editorial:

TALLER DE EDICIÓN • ROCCA® S. A.

Carrera 4aA No. 26A-91, oficina 203

Teléfonos: (57+1) 243 2862 - 243 8591

[email protected]

Bogotá D. C., Colombia

Editor general:

Luis Daniel Rocca Lynn

Coordinación editorial:

Gabriela Rocca Barrenechea

Diseño y concepto de cubierta:

Juan Pablo Rocca Barrenechea

Revisión y edición de textos:

Carolina Maldonado Tovar

Fotografía cubierta e interiores:

Archivo personal de la autora

Impresión y acabados:

Imagen Editorial S. A. S.

Teléfono: (57+1) 724 8586

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida en su todo o en sus partes, ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico o fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor y del editor, Taller de Edición • Rocca®.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Índice

PRÓLOGOA PESAR DE TODOEVARISTO OBREGÓN GARCÉS

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

EPÍLOGO

NOTA AL PIE

Dedico este libro a mi prima Beatriz Ospina

Mallarino, ya que sin su ayuda habría sido imposible.

Lloramos mucho pero también nos reímos.

También a mi familia, a

mis papás, a mis hermanos

y a mis tres hijos que siempre

me han apoyado en todo.

La adversidad es el primer

paso hacia la verdad.

LORD BYRON

… En la ladera de un monte, más

alto que el horizonte. Quiero tener buena

vista. Mi cuerpo será camino, le daré verde

a los pinos y amarillo a la genista…

Cerca del mar. Porque yo

nací en el Mediterráneo…

«Mediterráneo»

JOAN MANUEL SERRAT

Prólogo

A pesar de todo

Nuestra vida transcurre entre amaneceres y anocheceres, ajustes en el calendario, compromisos laborales, planes familiares y salidas con amigos, la comodidad de una rutina exenta de calamidades; nos sentimos vitales, imparables, a salvo de todo aquello que pudiera detenernos.

Pero aparece algo llamado enfermedad, que al igual que la muerte, no hace distingos de edad, sexo o condición; y lo trastoca todo. Nadie espera molestias, síntomas extraños, preguntas incómodas, una larga rutina de exámenes, hospitales, médicos, operaciones, noticias, dictámenes…, cuando la enfermedad irrumpe pone a prueba la manera en que la persona percibe la salud, así como todas las dimensiones de su personalidad: lo emocional, lo racional, lo físico y lo espiritual. La enfermedad comienza con el desconcierto de sentir un malestar. Aparece el conflicto de no sentirse igual que antes, de no poder hacer lo que otros hacen, como trabajar todo el día, caminar tres cuadras, incluso levantarse de la cama sin ayuda. Ahí es cuando llega el temor al dolor y la incertidumbre del destino.

Resulta paradójico que el término «enfermedad» provenga del latín infirmitas, que significa literalmente «falto de firmeza», cuando hemos visto a tantas personas en medio de una situación médica compleja o fatal, dar muestras de fortaleza infinita, sobre todo mujeres que han afrontado la enfermedad con estoicismo. Vienen a mi mente Frida Kahlo y Edith Piaf, y en una dimensión más personal, Bertha Olga Ospina, quien en el año 2005 sufrió un accidente cerebrovascular que la llevó a cambiar por completo sus planes de vida y a replantearse el significado de la existencia: ¿Qué se puede aprender de una enfermedad? ¿Qué puede enseñarnos la discapacidad? ¿Qué soñamos? ¿Qué es lo esencial en la vida? ¿Quiénes somos?

A pesar de todo cuenta la experiencia de una mujer valiente. En sus páginas descubrimos la niña y adolescente, la estudiante de Derecho, la madre de tres hijos, la esposa, la hija, la hermana, la brillante abogada estudiante de la Universidad de Harvard, la cónsul, la empresaria, y con mayor profundidad, la paciente que recorre consultorios médicos en busca de ayuda y, que luego decide someterse a una arriesgada cirugía que cambia su vida para siempre. Conocemos también a la mujer que enfrenta el horror de la inmovilidad al estar enclaustrada en su propio cuerpo, pero que ve la luz de la recuperación en la que resultan fundamentales la risa, el humor, el acompañamiento, el amor, y claro, las palabras, porque contar la historia al mundo también es imprescindible en el proceso de sanación.

El lenguaje y el contacto humano son claves a la hora de recobrar el coraje para seguir. Bertha Olga, con su narración, es la voz de muchas personas, de tantos que viven la vida en medio de dolencias, traumas severos o discapacidad. Qué dignos de admiración son todos aquellos que a pesar de la dificultad están en actividad permanente, como Bertha Olga, para quien no es ningún impedimento salir con frecuencia acompañada de familiares y amigos, jugar con sus perros, ejercer su derecho al voto, viajar, entregarse a diferentes terapias con entera fe, porque para ella cada sesión es un paso hacia su recuperación. Considero que su propósito con este texto, escrito con tanta dedicación, no es otro que ayudar, decirles a quienes sufren que sí hay una esperanza.

A pesar de todo es un libro sobre las pequeñas victorias cotidianas, el manifiesto de una mujer alegre y agradecida, que nunca se da por vencida.

Han pasado once años desde aquella cirugía que le cambió la vida a Bertha Olga, y con este libro nos queda claro que a lo mejor la enfermedad es esa forma inesperada en la que la vida nos arroja al encuentro íntimo e inevitable con nosotros mismos y con los demás; un tropiezo a partir del cual los pequeños detalles, los mínimos gestos de amor, la magia del funcionamiento del cuerpo humano y los placeres más sencillos, ya no pasan inadvertidos.

EVARISTO OBREGÓN GARCÉS

Bogotá, septiembre de 2016

PRIMERA PARTE

… Llueve,

detrás de los cristales, llueve y llueve sobre los chopos medio

deshojados, sobre los pardos tejados

sobre los campos, llueve…

«Balada de otoño»

JOAN MANUEL SERRAT

1

ESCUCHO ATENTA EL LÁNGUIDO compás de mi respiración.

¿Cuánto tiempo ha pasado? No puedo mover las manos. Tampoco el resto de mi cuerpo. Estoy presa. ¡Cuánto silencio! Soy como una estatua yacente sobre esta cama blanca y fría.

¿Qué ha sucedido con mi libertad de movimiento? Nadie me ha atado, pero mis brazos inertes desearían poder agitarse. No llevo una mordaza, pero es como si mis palabras hubieran sido atajadas dentro de mi boca.

¡Cuántos claustrofóbicos existirán en este mundo! Gente aterrorizada en cabinas de teléfono, en buses, estaciones de metro, camas solares, bañeras, ascensores, cuevas, aviones, saunas, cabinas de TAC (Tomografía Axial Computarizada), túneles. También en discotecas, en conciertos…, en salas de cine. Ellos no temen al espacio cerrado en sí mismo, sino a las posibles y fatales consecuencias como quedarse encerrado para siempre, o a la asfixia, al suponer que no existe aire suficiente en ese lugar. Una pesadilla en la que su destino es quedarse atrapados eternamente. ¿Al final todo el problema es el aire? A lo mejor sí, pero en mi caso no es tan sencillo. Continúo en una posición rígida en este espacio cerrado. Nadie me escucha. No estoy dentro de un calabozo, ni en un cuarto oscuro, pero esta es, sin duda, la más monstruosa versión de una celda. Puedo pensar, recordar y escuchar; sin embargo, estoy paralizada, incapaz de comunicarme. Estas palabras que ahora se extienden por mi mente no pueden ser escuchadas allá afuera por nadie. Sólo aquí dentro. Sólo dentro de mi cabeza.

Estoy enclaustrada dentro de mi propio cuerpo.

¿Encontraré el camino de salida? Únicamente quienes lo han experimentado en carne propia conocen la realidad y el horror de este estado. La gente siempre menciona pesadillas de catalepsia, y en verdad son terribles, pero a lo que vivo nada puede comparársele. La posibilidad de quedar ciega fue el principal motivo para operarme, así es que compruebo si realmente puedo ver. Sigo en la clínica. A mi favor: no tengo miedo al ruido interior. Dentro de mí no residen odiosos fantasmas dispuestos a hacerme la vida imposible.

Me siento muy débil.

Aun así, el mundo no se detiene.

Me han hecho una traqueotomía y las enfermeras han venido a limpiar la cánula. Una corriente de aire helado circula por mis pulmones. Sí, lo recuerdo, es invierno. A través de la ventana puedo entrever la lenta caída de la nieve. Al menos puedo ver. Cierro un ojo y compruebo que veo por el otro. Repito el ejercicio y sé que mis ojos funcionan, sólo que percibo todo doble.

Mis conocimientos, mis gustos y disgustos, mi pasado y mi presente, mi existencia como persona, todo esto continúa intacto aquí dentro.

Los médicos y las enfermeras comentan sobre mi estado, puedo escucharlos, ellos saben la teoría de los síntomas, pero no pueden siquiera imaginar lo que es hallarse en medio de este hermetismo. Las palabras no alcanzan para describirlo. El lenguaje se vuelve pobre al intentar expresar el repertorio de sensaciones que produce una enfermedad. Sobre todo, una como esta.

Ahí están ellos. Son mis hijos.

Un médico se acerca, se ubica justo en frente de mí. Me habla en inglés, mirándome directo a los ojos.

—Le voy a hacer varias preguntas; por favor, dos parpadeos significan «sí», un parpadeo significa «no».

—¿Su nombre es Bertha Olga?

Dos parpadeos.

—¿Tiene usted cincuenta y un años?

Dos parpadeos.

—¿Está usted en San Francisco?

Un parpadeo.

—¿Está en Boston?

Dos parpadeos.

—¿Estamos en el año 2005?

Dos parpadeos.

—¿La operaron?

Dos parpadeos.

—¿Tiene tres hijos?

Dos parpadeos.

—¿Los tres son hombres?

Un parpadeo.

—¿El menor es hombre?

Un parpadeo.

—¿Los nombres de sus hijos son Juan Fernando, Andrés y María Olga?

Dos parpadeos.

—¿Está casada con Christopher Morrison?

Dos parpadeos.

El examen termina, lo apruebo sin problemas. Mi memoria no ha fallado. Tanto mis hijos como el médico parecen bastante complacidos con el resultado. Y no es para menos. He comprendido todo lo que me han preguntado.

Platón dijo: «El cuerpo es la cárcel del alma inmortal», y como nunca, esta frase cobra sentido. Ya que el cuerpo es materia, todo lo material es circunstancial, voluble, desordenado; y eso ahora, debo aceptarlo. Mi mente puede volar, recordar, pero estaré aprisionada en mi propio cuerpo…, no sé por cuánto tiempo. Por ahora parece que no tendré más remedio que «hablar con los ojos».

El concepto de vida interior también me parece ahora mucho más comprensible. Es una fortuna esta capacidad que tengo de conservar la fantasía y la memoria. Mi cuerpo no me obedece, pero continúo siendo la dueña absoluta de mi mente. En medio de la oscuridad hay un destello tenue. Son caras, voces, sensaciones y evocaciones que me dan una mirada retrospectiva de mi paso por esta realidad. La soledad del encierro nos va enseñando una cara más franca del mundo.

A todas luces, lo único a lo que puedo dedicarme en este estado es al sencillo oficio de destilar todo aquello que valga la pena traer de vuelta al lúcido escenario de mi cabeza, es decir, recordar.

2

DE NIÑA FUI LA MÁS CONSENTIDA de mis padres, un incansable ingeniero antioqueño y una brillante abogada huilense. Soy la mayor de sus seis hijos, tres mujeres y tres hombres.

Nací en Bogotá, una ciudad que para 1954 aún no contaba con autopistas ni puentes. En aquel entonces, la gente vivía en casonas de un piso, con anteportón y jardines, donde la mayoría en sus ratos de ocio se dedicaba a escuchar radionovelas. El presidente Rojas Pinilla acababa de inaugurar la televisión en Colombia, cuya primera señal en blanco y negro fue de tres horas y cuarenta y cinco minutos; para descontento de muchos sólo se pudo apreciar en Bogotá y Manizales.

Cuando era niña soñaba con agua, a lo mejor por mi fascinación e identificación con el mediterráneo, por alguna inexplicable razón siempre he creído que soy más mediterránea que de este lado, del caribe. A veces se me ocurre pensar que me he equivocado de lugar de nacimiento, son ideas caprichosas a las que no se les puede dar una explicación racional. Despierta soñaba que algún día podría convertirme en Presidenta de la República, y al mismo tiempo, llegar a ser una bailarina de cabaret de mala muerte. Dos profesiones que para la mayoría serían mutuamente excluyentes, pero jamás para una niña de diez años tan imaginativa. En el colegio mis materias favoritas eran Literatura, Geografía e Historia, mi inclinación por las humanidades era evidente.

Yo era una alumna juiciosa y ejemplar, que se dejó llevar tempranamente por el amor al conocer a Fernando Corredor, un bogotano siete años mayor, dueño de un estupendo sentido del humor, que me había visto durante las fiestas de San Pedro en Neiva. Allí quedó prendado al verme por primera vez. Como el más audaz de los detectives enamorados, investigó sobre mí, esculcó acerca de mi vida entre conocidos comunes hasta dar con todas las pistas que lo llevarían hacia mí un día en la Feria Internacional de Bogotá. Allí me abordó con la intención de entregarme una carta de amor, que, sin lugar a dudas, funcionó. Cómo no iba aceptar hablar con él, si dicen que quien no cree en el amor a primera vista, jamás ha visto la belleza de la certeza más profunda en su corazón. La conquista y el noviazgo duraron tan sólo un año. Mientras tanto, y a punto de terminar el colegio, me inclinaba por Ingeniería y Derecho, es decir, las profesiones de cada uno de mis padres. Cuando todo revelaba que me decidiría por la Ingeniería, finalmente me incliné por Derecho. Mi papá todavía no me lo perdona, pero no podrán decir que no fui una alumna aplicada, me destacaba. Habría podido graduarme cinco años después de terminar mi bachillerato, de no haber sido porque a los dos meses de ingresar a la facultad, y apenas con diecisiete años, decidí casarme. En los años setenta era bastante común entre las mujeres casarse sin haber cumplido la mayoría de edad, eso no es un secreto para nadie.

Nos casamos en 1972, en Bogotá, donde nació mi primer hijo, Juan Fernando, quien durante una temporada llegó a pensar que su padre era nuestro escolta, todavía desconozco los motivos, pero me resultaba divertido. Poco tiempo después Fernando comenzó su carrera como diplomático lo que nos llevó a la ciudad de Estocolmo. Más adelante nos trasladamos a Londres donde nació Andrés, mi segundo hijo. Cuando Fernando cumplió con su misión diplomática, en 1979, regresamos a Bogotá.

Mi familia nos recibió con los brazos abiertos poco después. Nos mudamos a una casa en Guaymaral, al norte de la ciudad. En aquella época comenzó una discusión y un replanteamiento del rol de la mujer dentro de la familia y la sociedad, nació un despertar, en todo el mundo, de mujeres que soñaban con una vida más allá de la maternidad. Dentro de mí una fuerza y una voz me anunciaban que podía desempeñarme estupendamente como madre y profesional al mismo tiempo. Llevada por mi deseo de ser profesional, retomé la carrera en la Universidad del Rosario con el claro objetivo de continuar y terminar lo que había dejado pendiente casi cuatro años atrás. Con esa perseverancia de los que persiguen sus sueños, logré concluir mis estudios de Derecho.

En 1982 nació mi tercera y última hija, María Olga, y cuando ella tenía cinco años, vino la separación matrimonial. Todo fue tan complejo y doloroso, que lo único que deseaba era dejar Bogotá, irme muy lejos. Deseaba un cambio inmediato, una experiencia de vida completamente diferente. Ese cuestionamiento personal me indicaba que había llegado al final de un ciclo. El cambio llegaría entonces como un llamado a la transformación de mí misma. Me invadió, como nunca antes, una apremiante necesidad de trasladarme a otro país. No se trataba de huir, sino de cambiar de vida, de descubrir nuevas oportunidades para mis hijos y para mí.

Entonces no dudé en pedirles ayuda a mis papás. «Quiero irme de Colombia, por favor, ayúdenme a salir de aquí», les dije con toda sinceridad. Me sentía como en una pecera, a la vista de todo el mundo y, sobre todo, muy cansada.

Mi anhelo se convirtió pronto en realidad, y en el año 1987 me nombraron cónsul en Boston. Ya tenía otro destino que cumplir, entonces inicié con una enorme ilusión, los numerosos preparativos para esa nueva vida que nos esperaba en los Estados Unidos. Lo más urgente era hacer un primer viaje para buscar nuestra casa y el colegio de los niños. Decidí llevar a María Olga conmigo y todo salió muy bien, ya comenzaba a encontrar una parte de la nueva vida que nos esperaba.

Al principio, Fernando propuso que Juan Fernando y Andrés se quedaran a vivir en Bogotá, con él; pero de algo estaba muy segura y era que no iba a separar a mis hijos, de ninguna manera. Los niños crecerían juntos, con su padre o conmigo, pero todos juntos. Se lo manifesté y Fernando aceptó sin reparos. Qué gran alivio. Sabía muy bien que una vida en el exterior con los tres niños no sería fácil, pero asumí el reto.

En ese viaje de «ir a ver», no tardé mucho en hallar los colegios, la casa donde residiríamos y toda la adecuación para nuestra nueva vida que comenzaría muy pronto.

Pocas semanas después, cuando ya todo estaba dispuesto, llegaron Juan Fernando y Andrés. Comencé mi trabajo en el consulado, y unos meses más tarde me matriculé en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard, en MPA Class, un programa dedicado a entrenar líderes públicos que duraba un año. Con mis compañeros masons éramos una verdadera comunidad, fue un año inolvidable en el cual la universidad velaba porque nos integráramos entre nosotros, los estudiantes, así como nuestras familias. Todos los sábados salíamos a conocer Boston, así, hicimos con varios latinoamericanos que cursaban el mismo programa, provenientes de China, Egipto, Indonesia, India, Filipinas, Túnez, Perú y Nicaragua. Muchos de ellos eran grandes personalidades en sus respectivos países y habían ocupado altos cargos allí. Tuve oportunidad de visitarlos en su país respectivo un año después de graduarme en 1988.

Fue un honor estudiar en las aulas que habían pisado tantos años atrás Franklin Delano Roosevelt, John F. Kennedy y que más tarde pisarían Barack Obama y Ban Ki-moon.

Disfrutaba mucho mis clases, sobre todo las de literatura latinoamericana con el célebre escritor mexicano Carlos Fuentes, a quien recuerdo mucho todavía, además de su imponderable talento literario, por su admirable dominio del inglés.

Recién llegados, supuse que nuestra estadía en los Estados Unidos sería más bien corta, de máximo dos o tres años.

Con la vida marchando así, se solidificaba mi decisión de mudarnos fuera de Colombia. Para muchos, incluso para mí misma, mi vida era casi una travesía épica. Trabajar en el consulado, estudiar en la Universidad de Harvard y criar tres niños, todo al mismo tiempo, constituía una forma de vida bastante escasa para los años ochenta, pero bastante común hoy en día.

Mi ritmo de vida era tan frenético que en ocasiones debía almorzar sola, a toda prisa y dentro del carro. La ruta era Consulado, universidad, casa. Casa, Consulado, universidad. Y así. Un derrotero riguroso, pero de ningún modo imposible. Por fortuna, tenía una extraordinaria empleada: María Lía, una simpática mujer colombiana también, fanática acérrima de las mascarillas, que se encargaba de las labores domésticas, y que más tarde, para su buena fortuna, se casó con un europeo. Nuestra vida transcurría en medio de una interesante agitación, en contacto con varias amistades cercanas con quienes solíamos hacer los más diversos planes por Boston y sus alrededores.

«No se me adelanten pero tampoco se atrasen», les decía siempre a mis hijos enfáticamente, esa era y continúa siendo mi consigna de vida. Creo que hay que darle a todo la justa medida. La vida es una cuestión de equilibrio, orden, ritmo y armonía; también creo que ellos lo entendieron muy bien.

Mis hijos siempre han sido sociables. La herencia de un padre relacionista público y una madre diplomática, ambos con un enorme gusto por la comunicación, la gente y el contacto social. Recuerdo que Juan Fernando era un niño muy juicioso, intelectual, buen lector e independiente.

Recuerdo que Andrés era curioso, el más inquieto de los tres, aunque siempre le ha gustado el orden y las cosas puestas estratégicamente. Disfrutaba extraordinariamente de las actividades al aire libre y el deporte. María Olga era una niña muy femenina y apegada a sus hermanos mayores y con frecuencia quería imitarlos. Lo más importante es que han sido siempre muy unidos y se han protegido y apoyado los unos a los otros.

Al llegar a casa a las diez de la noche, rendida, luego de un agitado día laboral, sólo quería descanso, y silencio. El silencio es lo único que alguien muy ocupado desea luego de una jornada en medio de un cúmulo de documentos, tráfico, voces humanas, gestiones inmediatas y repicar incesante de teléfonos. Los niños me recibían vivaces, alegres, correteando todavía por toda la casa, muy unidos, aún con mucha energía vital mientras yo, exhausta, no deseaba oír ni el zumbido de una mosca. Pero me sentía privilegiada porque pese al cansancio al final de la jornada ellos estaban a mi lado.

Como toda madre que ha asumido el reto de criar sola a sus hijos, seguía en pie, aprendiendo cada día sin desfallecer, llena de amor, perseverante, con la frente en alto, dando la batalla.

3

PADEZCO EL SÍNDROME DE ENCLAUSTRAMIENTO.

Mi razón y mis pensamientos están en perfecto estado, pero mi cuerpo no responde. Es una condición de pesadilla que no parece tener descripción posible con palabras. Sí, estoy despierta pero no soy partícipe de nada. No sé si valga la pena vivir así. Es como estar a punto de caer dentro de un pozo hondo, muy hondo.

Esto es vivir sin poder vivir.

Por los comentarios, sé que estuve en coma durante un mes en la unidad de cuidados intensivos, luego me pasaron a esta habitación.

Sigo con el tubo fijo en la tráquea, puedo contemplar mis manos que se quedaron crispadas, como empuñadas y que siguen en su terco capricho de engarrotarse, de no ser por la implacable corrección de las férulas. Sin esta férula mis brazos seguirían doblados sobre mi pecho, como una momia. Uso pañal y puedo ver mis manos desde este encierro. Mis manos que antes cuidaban el jardín y preparaban tantos platos.

Estoy en un cuarto inmenso que se siente muy vacío y mi cama está junto a la ventana. Hay un reloj grande de fondo blanco y marco negro, los números son negros también. Las enfermeras aparecen cada hora. Noto cómo se me van desdoblando los brazos. Ahora están puestos a cada lado de mi cuerpo. Un pequeño avance que agradezco.

Veo doble. Percibo dos relojes, aunque en realidad se trate de uno, me parece que están a gran distancia el uno del otro. Mi objetivo es tratar de unirlos para convertirlos en uno solo. De este modo, ese objeto colgado en la pared se convierte en mi instrumento de autodiagnóstico.