A por todas - JOHN O'LEARY - E-Book

A por todas E-Book

John O'Leary

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Beschreibung

A los nueve años, John O'Leary estuvo a punto de morir en un incendio devastador que destruyó su casa. Como resultado de ello, John sufrió quemaduras en el 100 por 100 de su cuerpo, lo que le obligó a recurrir a una fuerza interior inimaginable para poder sobrevivir. Todo lo que aprendió gracias a su experiencia y a los héroes que se cruzaron en su camino y que le ofrecieron su ayuda -su familia, el equipo médico y numerosos desconocidos- le cambiaron la vida. En la actualidad, John está completamente implicado con la vida y con la tarea de inspirar a otras personas a seguir su mismo camino. A por todas es un relato profundo y emocionalmente honesto sobre cómo sobreponerse a la tragedia. O'Leary comparte con el lector las reflexiones que se hizo siendo aún un niño, las importantes decisiones que tomó en aquellos momentos tan difíciles y las lecciones que aprendió de todo ello. A por todas nos impulsa a tomar las riendas de nuestra vida y transformarla en una serie de instantes extraordinarios. En cuanto dejamos de pensar solamente en los grandes acontecimientos que nos pasan, podemos empezar a reconocer las pequeñas oportunidades que hemos dejado escapar. Éstos son los acontecimientos -los puntos de inflexión- que pueden determinar cómo nos sentimos en el momento presente, hacia dónde nos dirigimos y en cuántas vidas podemos dejar nuestra huella a lo largo del camino. No siempre podemos elegir el camino por el que transitamos, pero sí el modo de caminar por él. Penetrante, inspirador, honesto y sincero, la fortaleza y el increíble espíritu de O'Leary relucen en cada una de sus páginas.

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Seitenzahl: 297

Veröffentlichungsjahr: 2018

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John O’Leary

con la colaboración de Cynthia DiTiberio

A POR TODAS(On Fire)

7 decisiones para inspirar tu vida

Si este libro le ha interesado y desea que le mantengamos informado de nuestras publicaciones, escríbanos indicándonos qué temas son de su interés (Astrología, Autoayuda, Ciencias Ocultas, Artes Marciales, Naturismo, Espiritualidad, Tradición...) y gustosamente le complaceremos.

Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Espiritualidad y Vida interior

A por todas

John O’Leary

1.ª edición en versión digital: febrero de 2018

Título original: On fire

Traducción: Daniel Aldea

Maquetación: Compaginem S. L.

Corrección: Sara Moreno

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

© 2016, John O’Leary

Publicado por acuerdo con el editor original North Star Way,

una división de Simon & Schuster, Inc.

(Reservados todos los derechos)

© 2018, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-321-8

Maquetación ebook: Plataforma de conversión digital

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

A por todas

Créditos

Contenido

Dedicatoria

Introducción

1. ¿Quieres morir?

2. ¿Qué estás ocultando?

3. ¿Estás implicado?

4. ¿Qué haces en la cárcel?

5. ¿Sabes decir sí?

6. ¿Qué más puedes hacer?

7. ¿Estás preparado?

Conclusión: El despertar

Agradecimientos

Mi viaje a por todas

A mi mujer, Beth.

La noche que nos conocimos tuviste la valentía de tomarme

de la mano y bailar conmigo. Desde entonces, hemos seguido

bailando juntos a través de la amistad, las citas,

el matrimonio, la paternidad y los problemas y alegrías

de la vida. Gracias por ser un apoyo constante,

eres una madre maravillosa, una esposa increíble

y mi mejor amiga. Te quiero.

INTRODUCCIÓN:

A POR TODAS

El arma más poderosa que existe

es el alma humana en llamas.

—Mariscal Ferdinand Foch

Sí.

La respuesta fue corta.

Y no era la que él esperaba.

Me encontraba en Shanghái, frente a un auditorio abarrotado, después de haber contado la historia que ha marcado mi vida. Durante la hora previa había compartido con la audiencia los principales acontecimientos: el día que sufrí las terribles quemaduras siendo un niño, los meses de recuperación en el hospital y los enormes desafíos a los que tuve que enfrentarme más tarde.

Fue una experiencia devastadora, transformadora y trágica.

Y entonces un hombre del público hizo una pregunta cuya respuesta puede parecer obvia:

—John, si pudieras volver atrás en el tiempo, a aquel sábado por la mañana, regresar a aquel momento en el que agarraste el bidón de gasolina y te quemaste, ¿volverías a hacer lo mismo?

Me quedé mirándolo, reflexioné durante unos segundos y respondí con total sinceridad.

¡Sí!

El hombre me miró con una expresión de asombro.

¿De verdad elegirías haber estado a punto de morir? ¿Sufrir quemaduras en el 100 por 100 de tu cuerpo? ¿Realmente decidirías enfrentarte a una lucha desesperada por la vida, pasar cinco meses en el hospital o estar severamente incapacitado durante los ocho meses siguientes? ¿Realmente decidirías pasar el resto de tu vida con cicatrices en todo el cuerpo y los dedos amputados? ¿O convertirte en el objetivo de los susurros y las miradas disimuladas cada día de tu vida?

¡Sí!

Y te contaré el motivo.

El fuego fue devastador, casi me mata, y evidentemente desencadenó innumerables desafíos.

Pero también me convirtió en la persona que soy ahora.

De modo que, si no me hubiera quemado, ciertamente me habría librado de todas las dificultades que el fuego me provocó, pero no es menos cierto que habría destruido todos los aspectos positivos que éste trajo consigo. Debes saber que todo lo hermoso y enriquecedor que poseo actualmente se originó en la tragedia de aquellas llamas. Gracias a las dolorosas cenizas de la recuperación cuando aún era niño, me convertí en alguien con más carácter, más audaz, compasivo, leal y decidido. Me ayudó a tener una perspectiva más clara de lo realmente importante en la vida y una visión más penetrante de las posibilidades que ésta ofrece. El fuego me enseñó a no dar nada por supuesto, a agradecer cada nuevo día y a comprender que lo mejor está aún por llegar.

El fuego también hizo madurar a mi comunidad escolar, transformando al resto de los niños en compañeros serviciales deseosos de ayudar a un alumno con necesidades especiales. Más tarde condicionó las decisiones a la hora de escoger a qué instituto y universidad iría, lo que a su vez me llevó a conocer por casualidad a una hermosa mujer llamada Beth y a tener con ella cuatro hijos. Hoy en día mi vida es asombrosa; una vida radicalmente inspirada.

Una vida radicalmente inspirada consiste en aprender de las lecciones del pasado, comprometerse de forma activa con los milagros cotidianos y potenciar las ilimitadas posibilidades que ofrece el futuro. Evidentemente, eso no significa una existencia libre de errores y dificultades. Nada más lejos de la verdad. Sin embargo, una vida radicalmente inspirada significa tener la capacidad de aprender de los errores del pasado, superar los desafíos personales y progresar en la vida sean cuales sean tus circunstancias.

No llevaría una vida radicalmente inspirada si no me hubiera quemado en aquel incendio.

¿Tengo cicatrices?

Por supuesto. Me cubren todo el cuerpo.

¿Perdí los dedos?

Sí.

¿Fue una experiencia terrible para mi familia?

Sin duda.

Pero salimos adelante.

Y ya ha dejado de definirnos de una forma negativa.

De hecho, somos significativamente mejores gracias a ello.

Y no estamos solos.

En la vida todos debemos enfrentarnos a incendios; todos sufrimos quemaduras.

Todos pasamos por momentos en que todo parece ir tal y como lo habíamos planeado: nuestros hijos están sanos, los negocios van bien y los sueños se van cumpliendo. Y entonces, ¡bum!, se produce una explosión.

La vida cambia completamente.

Tal vez tu momento sea un diagnóstico inesperado.

La enfermedad de un hijo.

Una muerte repentina.

Una mala decisión empresarial.

Sea cual sea la causa, toda tu vida se tambalea.

Yo llamo a estos momentos puntos de inflexión. Un momento decisivo en el tiempo que transforma todo lo que está por llegar. En un solo instante se alteran las trayectorias vitales, las situaciones económicas y las relaciones personales.

A veces los puntos de inflexión también ofrecen escenarios positivos.

El momento en que se inicia una nueva relación, cuando recibimos una oportunidad laboral interesante o al alcanzar una nueva comprensión o perspectiva vital.

El punto de inflexión en sí tiene menos importancia que la forma en que decidimos enfrentarnos a él. En última instancia, está en nuestras manos decidir si el momento tendrá un impacto positivo o negativo en nuestras vidas.

Es una decisión que nos atañe a cada uno de nosotros.

Y estas decisiones definen cómo es nuestra vida en cada momento.

He escrito este libro para que tomes conciencia de que tenemos una vida por vivir, una oportunidad para dejar huella en los demás y un legado que transmitir. El hecho de que la historia de tu vida sea una epopeya que glorificar o una tragedia que lamentar tiene poco que ver con los acontecimientos que has vivido y mucho con la forma en que te has enfrentado a ellos. Se ha acabado el transitar por la vida como un sonámbulo; los accidentes son una cosa del pasado.

Este libro es un recordatorio de que no siempre podemos escoger el camino por el que transitamos. No obstante, siempre podemos decidir el modo de recorrerlo.

Mi intención es la de inspirarte para que asumas el poder de las decisiones cotidianas y para que valores el potencial de tus historias personales y la fuerza de tu resolución interior.

De ese modo serás capaz de responder afirmativamente a las adversidades de tu pasado, a las posibilidades que ofrece tu futuro y a aceptar los milagros de la vida cotidiana.

Y así prender tu fuego interior para vivir con plenitud.

* *

Entonces, ¿volverías a hacer lo mismo?

¡Sí!

A medida que avances en la lectura de este libro, entenderás el motivo y comprenderás que tú también responderías del mismo modo.

Ante ti tienes el fuego y el agua.

Alarga tu mano para alcanzar uno u otro.

La vida y la muerte se extienden ante todos nosotros.

Se nos otorgará aquello que elijamos.

—Sirac, 200 a. C.

1

¿QUIERES MORIR?

La vida no consiste en evitar la muerte,

sino en elegir vivirla con intensidad.

Las enfermeras están frenéticas.

No dejan de repetirme que todo irá bien. Que voy a recuperarme. Dicen que se quedarán conmigo y que no debo preocuparme de nada.

Entonces, ¿por qué no dejan de correr de un lado a otro?

¿Por qué parecen asustadas?

¿Por qué no dejan de manosearme, clavarme cosas y hablar en susurros?

Las observo mientras circulan a mi alrededor.

Entonces bajo la vista a mi propio cuerpo; no parece el mío.

Me miro las manos, pero no las reconozco. Observo los retales de mi sudadera verde y mis zapatillas; están adheridas a mis brazos y piernas.

El dolor es intenso.

El incendio de esta mañana lo ha cambiado todo.

Todo.

Una enfermera repite que todo irá bien, pero sé que no es verdad.

Hoy he metido la pata hasta el fondo. Hoy he quemado el garaje de mis padres.

Lo he hecho sin querer.

En realidad, ni siquiera ha sido culpa mía.

Es sólo que a principios de esta semana vi a unos chicos del vecindario mayores que yo jugando con fuego. Rociaron un poco de gasolina en el asfalto, se apartaron y uno de los chicos más mayores, de séptimo curso, lanzó una cerilla.

El charco prendió al instante.

¡Fue increíble!

Pensé que si ellos podían hacerlo y salirse con la suya, yo también podría.

Así que esta mañana, aprovechando que papá y mamá no estaban en casa, he ido al garaje. He prendido un trocito de cartón, me he acercado al bidón de gasolina de veinte litros y lo he inclinado para verter un poco de gasolina sobre el cartón.

Quería ver cómo bailaba la llama, como habían hecho los chicos mayores.

Pero el bidón rojo era demasiado grande y pesado.

De modo que he dejado el trocito de cartón en llamas en el suelo del garaje.

Me he arrodillado, he cogido el bidón con ambas manos, apoyándolo en mi pecho, y lo he inclinado sobre la llama.

He esperado a que saliera el líquido.

Pero no ha salido nada.

Lo siguiente que recuerdo es un gran estruendo. La explosión me ha lanzado contra la pared más lejana del garaje.

Me pitaban los oídos.

Me dolía el cuerpo.

Tenía la ropa empapada de gasolina.

Me estaba quemando.

¡Me estaba quemando!

Estaba mareado. El fuego me rodeaba completamente. La única forma de salir del garaje era a través de las llamas.

Sí, he recordado que nos enseñaron que debemos dejar lo que estemos haciendo, tirarnos al suelo y rodar sobre nosotros mismos.

Pero estaba muy asustado.

El dolor era insufrible.

Necesitaba que alguien me salvara.

De modo que he echado a correr.

He atravesado las llamas.

He subido corriendo los dos escalones y he abierto la puerta que da a la casa. He entrado corriendo y gritando. He corrido por toda la planta baja sin saber muy bien qué hacer. He gritado pidiendo ayuda, buscando a alguien.

Me he quedado de pie en el salón sin dejar de gritar.

Aún seguía quemándome.

Dos de mis hermanas han bajado por la escalera. Al verme, se han llevado las manos a la cara y han empezado a gritar, horrorizadas.

Entonces he visto a mi hermano mayor, Jim. Se ha abalanzado sobre mí. Ha cogido el felpudo de la entrada y ha empezado a golpearme con él, una y otra vez, sin parar. Después me ha hecho un placaje, me ha derribado, me ha envuelto en la alfombra y me ha sacado de la casa.

Ha conseguido apagar el fuego.

Pero el daño ya estaba hecho.

Unos minutos después ha llegado la ambulancia haciendo sonar la sirena por toda la calle.

He intentado correr hacia ella, pero apenas podía mover las piernas. Así que he avanzado rengueando. Desnudo. Tenía la piel y la ropa completamente chamuscadas.

Sólo esperaba que nadie me viera con aquella pinta.

He sentido mucha vergüenza. Tenía miedo. Frío.

Sólo quería entrar en el vehículo.

He subido a la ambulancia como he podido y Jim estaba justo detrás de mí, listo para acompañarme.

—Lo siento, no puedes venir –ha dicho el paramédico mientras cerraba una de las puertas.

Jim ha discutido con él, le ha explicado que somos hermanos, pero el hombre se ha limitado a decir que lo sentía mucho y ha cerrado la otra puerta.

La ambulancia se ha puesto en marcha. A través de la ventanilla trasera he visto a mi hermano y a dos de mis hermanas de pie en el jardín de entrada. Había humo a sus espaldas.

Nos hemos alejado de la casa.

Todo esto ha ocurrido esta mañana.

Ahora estoy en una sala de urgencias.

Todo ha cambiado.

Me siento desesperadamente solo.

Y entonces oigo una voz en el pasillo.

¡Mamá!

¡Por fin!

Ella siempre consigue arreglarlo todo. Sé que también puede arreglar esto.

Oigo los pasos acercándose.

Veo cómo se descorre la cortina que me protege de los ojos ajenos.

Mamá se acerca directamente hasta la cama, me coge una mano quemada entre las suyas y me acaricia suavemente la cabeza, sin rastro de pelo y en carne viva.

—Hola, cariño –me dice con una sonrisa.

Miro a mi madre. Las lágrimas que ni siquiera sabía que estaba conteniendo resbalan por mis mejillas.

—Mamá –digo con voz temblorosa y asustada–. ¿Voy a morir?

Sé que es grave y necesito desesperadamente que mi madre me reconforte. Quiero que me seque las lágrimas con la palma de su mano. Quiero que me abrace, que me consuele, que me dé esperanza y seguridad. Quiero que lo haga desaparecer todo con sus besos, como sólo ella puede hacer.

Espero la promesa de que ella se ocupará de todo. Siempre lo hace.

Siempre.

Mamá me da un ligero apretón en la mano que sostiene entre las suyas.

Me mira a los ojos.

Se detiene un instante a considerar.

Y entonces me pregunta:

—John, ¿quieres morir? Depende de ti, no de mí.

* *

Tres veranos antes del accidente estábamos en una piscina del vecindario.

Era una de aquellas tardes de mediados de julio en el medio oeste perfectas para nadar. Humedad alta, un calor insoportable y un sol de justicia. ¡Absolutamente perfecta!

El agua estaba atestada de niños y el recinto abarrotado de padres. Quedaban un par de semanas para que cumpliera los siete años, estaba aprendiendo a nadar y disfrutaba de mi recién estrenada independencia. ¡Exacto, los flotadores son algo del pasado!

No obstante, el exceso de confianza suele ser muy peligroso.

Hizo que me acercara demasiado a la parte más profunda de la piscina. La cabeza apenas me asomaba por encima del agua mientras avanzaba dando saltitos con la punta de los pies en el fondo. Y, de repente, resbalé como si hubiera pisado hielo. La suave pendiente dio paso repentinamente a la zona profunda de la piscina. No notaba nada bajo mis pies. Perdí el equilibrio y empecé a hundirme.

Me sumergí hasta el fondo. Ni siquiera traté de mover los brazos o las piernas. No estoy muy seguro de si en aquel momento era consciente de la inutilidad de intentarlo o si estaba convencido de que alguien acudiría en mi ayuda. Sea como fuere, me limité a quedarme sentado en el fondo de la piscina.

Mirando hacia arriba.

Esperando.

Confiando.

Suponiendo.

Sabiendo.

Entonces el agua se abrió encima de mí y una persona me agarró, me llevó hasta la superficie, me subió al borde de la piscina y me sacó del agua. Entornando los ojos por culpa del sol, levanté la vista para ver a mi salvador.

Era mi madre.

Había saltado vestida a la piscina y me había sacado del agua.

Aquel día me salvó la vida.

Después me secó, me envolvió en una toalla, me dio un polo, se quitó el reloj, que se había llenado de agua, y siguió con lo que estuviera haciendo. Aquel día me demostró, como haría en innumerables ocasiones, que siempre estaría a mi lado. Que me salvaría. Yo sólo debía alargar la mano.

De modo que el día que me quemé, mientras ella me agarraba la mano y yo le preguntaba si iba a ponerme bien, ya sabía lo que haría y las palabras que diría.

—Cariño, no pasa nada. Hoy te llevaremos a casa. Si eres valiente te compraré un batido por el camino. Ahora mismo sólo tienes que decidir si lo quieres de chocolate o de vainilla.

¡Necesitaba la promesa del batido!

Pero, en lugar de eso, lo que me dijo mi madre fue esto:

—John, ¿quieres morir? Depende de ti, no de mí.

Espera un momento. ¿QUÉ?

¡¿Desde cuándo se le pregunta eso a un niño asustado en una sala de urgencias?!

NADA O AHÓGATE

Es posible que estés pensando que mi madre es la persona más fría e insensible que ha existido jamás.

No voy a discutir eso con nadie.

Es decir, ¿quién no ofrecería un poco de amor y ánimo a su hijo que se debate entre la vida y la muerte en una cama de hospital? ¿Cómo es posible que mi madre se mostrara tan indiferente y distante? ¿No era consciente de que aquella personita sólo quería un poco de esperanza?

Pero, ¿qué era lo que realmente necesitaba?

Porque, en retrospectiva, lo que me dio era exactamente lo que necesitaba.

Recuerdo que la miré y le contesté:

—No quiero morir. Quiero vivir.

Y ella añadió:

—Entonces, John, tienes que luchar como nunca lo has hecho. Tienes que coger la mano de Dios y recorrer este camino junto a él. Seguir adelante con todas tus fuerzas. Papá y yo estaremos a tu lado en cada etapa del camino. Pero, John, escúchame bien: tienes que luchar por ello.

Tienes que luchar por ello.

Hasta entonces había sido el típico niño de nueve años que elude la responsabilidad y no se siente protagonista de sus acciones, y mucho menos de sus consecuencias. Recogía mi habitación porque era lo que me ordenaban hacer. Hacía los deberes porque era lo que me exigían. Iba a la iglesia porque me obligaban.

Mis padres estaban al mando. Y yo acataba sus órdenes.

Ellos me daban todo lo que necesitaba y yo lo aceptaba con satisfacción.

Sentía como si… fuese un derecho que me perteneciera.

Era el cuarto hijo de unos padres que se querían y que también adoraban a sus seis hijos.

Vivía en una casa preciosa.

Tenía un padre que trabajaba y una madre que se quedaba en casa.

Vivía en un vecindario seguro.

Iba a una buena escuela.

Los domingos íbamos a la iglesia y después comíamos tortitas con arándanos y, por la noche, pollo frito en casa de la abuela.

Incluso teníamos un perro, un labrador.

Lo teníamos todo.

La vida era perfecta.

Hasta que todo cambió.

Siempre ocurre.

Cuando la vida da un giro tan radical, siempre podemos rezar y suplicar para que las cosas vuelvan a ser como eran. Nos sentimos con el derecho a recuperar nuestra realidad. Esperamos que alguien agite una varita mágica y haga que las cosas vuelvan a la normalidad, a la vida que teníamos antes.

O podemos dar un paso al frente, reconocer que debemos seguir avanzando desde una nueva realidad y asumir toda la responsabilidad y compromiso sobre nuestra vida.

Toma las riendas de tu vida, John.

Lucha por ella.

Está en tus manos.

No en las mías.

La respuesta de mi madre exigía compromiso. Deja de sentirte con derecho a algo, deja de eludir la responsabilidad. Ella me regaló la verdad.

Con la perspectiva de los años, ahora comprendo que la respuesta de mi madre fue un punto de inflexión: un instante en el tiempo que transforma todo lo que viene después.

En la peor de las circunstancias, en el momento más decisivo, cuando me encontraba en el umbral de la muerte, mi madre se asomó con valentía al borde del precipicio para observar a mi lado el abismo. Lo más fácil hubiera sido rendirse, dejarse ir y caer hasta el fondo.

Pero había otro camino: continuar adelante. Mi madre señaló en la dirección opuesta al precipicio, hacia una montaña de dimensiones colosales. Aunque parecía imposible de escalar, ella me aseguró que podía hacerlo. Que podía tomar la determinación de dejar tras de mí el precipicio y encaminarme lentamente hacia la cumbre de la montaña, de regreso a la vida.

Todos podemos tomar la misma decisión. Podemos optar por vivir la vida intensamente, empaparnos de ella, recibirla con los brazos abiertos, celebrarla, o podemos optar por no hacerlo. Nadie puede tomar esa decisión por nosotros.

Sólo tenemos una vida.

O elegimos vivir.

O elegimos morir.

¿QUIERES MORIR?

Según todos los pronósticos, no tendría que haber sobrevivido al incendio.

Después de haber pasado varios minutos envuelto en llamas, las quemaduras cubrían prácticamente el 100 por 100 de mi cuerpo.

El 87 por 100 eran de tercer grado. Las peores.

Las quemaduras eran profundas. Atravesaron las tres capas de la piel, el músculo y, en algunos lugares, incluso llegaron al hueso.

La piel quemada no puede volver a crecer a no ser que se realicen injertos. E, irónicamente, los injertos de piel sólo pueden extraerse del propio cuerpo del paciente. Puesto que toda mi piel se había quemado, sólo se podían obtener injertos de la zona menos dañada de mi cuerpo, el cuero cabelludo. Sin embargo, era una tarea prácticamente imposible.

Además, tenía los pulmones dañados por culpa del humo que había inhalado. Sin piel, era muy complicado controlar la temperatura corporal. Las infecciones estaban a la orden del día.

La situación era extraordinariamente delicada.

Hoy en día el índice de mortalidad de los pacientes que han sufrido quemaduras severas se calcula tomando el porcentaje del cuerpo quemado y añadiendo la edad del paciente. De modo que, en mi caso, casi tres décadas antes de la aparición de la mayor parte de los avances para el tratamiento de quemaduras, el cálculo sería el siguiente: 100 por 100 del cuerpo quemado más 9 años de edad igual a absolutamente ninguna posibilidad de supervivencia.

El fuego era una sentencia de muerte.

Cuando mi madre entró en la habitación del hospital aquella mañana no sabía nada de todo esto. Ni tampoco cómo se había iniciado exactamente el fuego, en qué consistía el tratamiento ni cuál era el siguiente paso.

Entonces desconocía los momentos de agonía que pasaría al acostarse cada noche preguntándose si su hijo seguiría vivo al día siguiente. Jamás imaginó que se pasaría la noche recorriendo los pasillos del hospital, llorando sola en oscuros rincones de las salas de espera ni soportando las largas horas de agonía de innumerables operaciones mientras la vida de su hijo pendía de un hilo.

Lo único que sabía –que sabíamos– era que la lucha había comenzado.

Antes de continuar, me siento en la obligación de revelarte un secreto y compartir contigo una buena noticia.

Aviso para navegantes: no leas la siguiente frase si quieres mantener la sorpresa hasta el final del libro.

El niño sobrevivió.

Sí, pese a los terribles momentos pasados en el hospital que acabo de describir, la peor pesadilla que pueden sufrir unos padres, este libro tiene un final feliz. Evidentemente; de no ser así, no estarías leyendo estas líneas.

Pero no fue algo accidental.

Creo en el poder de la oración. Y sé que, tanto aquella noche como cada día durante los siguientes cinco meses que pasé en el hospital, fui el centro de miles de plegarias. Pero también sé que el objetivo de la plegaria no es cambiar a Dios, sino confortar e inspirar los siguientes pasos de la persona que la ofrece.

Yo sobreviví gracias a los actos y el estímulo de las maravillosas personas que estuvieron a mi lado en cada etapa del camino y que me animaron a seguir luchando, me rogaron que siguiera creyendo y me dieron la fuerza necesaria para hacerme con las riendas de mi vida.

Y el niño cuyo destino era morir, ahora está lleno de vida.

Hace doce años que estoy felizmente casado. Mi mujer, Beth, y yo continuamos disfrutando de un matrimonio estable y de nuestros cuatro hijos, todos ellos sanos, hermosos y a menudo revoltosos. Tres chicos y una chica. Vivimos en una comunidad idílica, somos miembros activos de la parroquia y gozamos de una vida maravillosa.

Esta vida increíble es la consecuencia de una osada pregunta:

¿Quieres morir?

Una pregunta audaz que nos recuerda que todos nosotros dispo­nemos del poder para elegir nuestro propio camino. Puede que no poda- mos controlar todo lo que nos ocurre, pero siempre podemos controlar la forma en que reaccionamos.

Evidentemente, mi decisión de jugar con fuego fue un punto de inflexión mayúsculo.

Siendo aún niño, tomé una sencilla decisión. Y, en un instante, mi vida, y también la de mi familia, cambió para siempre. No había vuelta atrás.

Sin embargo, ése no fue el único punto de inflexión al que tuvimos que enfrentarnos. Muchísimos otros le siguieron. Instantes en el tiempo que cambiaron todo lo que vendría después. Nuestras decisiones nos encaminan o bien a una vida de esperanza y posibilidades o bien a una dominada por el miedo y el remordimiento.

Todos tomamos este tipo de decisiones a lo largo de nuestra vida.

Confío en poder abrirte los ojos y ayudarte a ser absolutamente consciente del camino que decides tomar. Y señalarte la dirección de aquel que ofrece mayores posibilidades.

La primera decisión que debes tomar para prender la llama de una vida radicalmente inspirada es tomar las riendas de tu propia vida. Debes renunciar a la sensación de que tienes derecho a algo y darte cuenta de que el único que puede cambiar tu vida eres tú mismo.

Deja de poner excusas.

Ésta es tu vida.

¿Quieres morir?

¿No?

Bien.

Entonces actúa en consecuencia.

NO MÁS ACCIDENTES

Una de mis películas favoritas es El indomable Will Hunting. En una de las escenas más inspiradoras de la película, un joven aparentemente descarado, arrogante y sabelotodo mantiene una conversación profunda sobre su pasado con su psicólogo. Entonces, éste le dice al afligido joven:

No es culpa tuya.

No es culpa tuya.

¡No es culpa tuya!

Esta escena tan conmovedora es uno de los momentos cruciales de la película. Si todos fuéramos capaces de aceptar esa verdad liberadora, nuestras vidas se beneficiarían enormemente.

Sin embargo, el tipo de estímulo que pretendo transmitirte es otro muy distinto.

Cuando mi familia y yo rememoramos el incendio que nos cambió la vida, nos referimos a él como «el accidente de John» o simplemente «el accidente». La palabra «accidente» aparece más de una docena de veces en el libro que mis padres escribieron sobre él y que se titula Overwhelming Odds (Abrumadoras probabilidades).

Accidente.

Permíteme que te haga una pregunta: ¿qué crees que ocurre cuando alguien acerca una llama a un bidón de gasolina?

Exacto.

Eso no es un accidente; es una ley de la naturaleza. Es la consecuencia de sostener un objeto en combustión cerca de gases altamente inflamables. Sí, no era más que un crío.

Sí, no tenía ni idea de lo que podía suceder.

Y, sí, evidentemente no esperaba que se produjera una explosión semejante, pero llamarlo un accidente rebaja mi responsabilidad en el suceso.

Cuando mi madre me alentó diciéndome que la decisión de seguir viviendo estaba en mis manos, hizo algo de vital importancia. Me estaba desafiando a que asumiera toda la responsabilidad; no sólo por lo que había ocurrido, sino también, y lo que es aún más importante, por lo que sucedería a partir de entonces. Aquél fue un punto de inflexión. Tenía dos opciones…: asumir la responsabilidad de mi recuperación y continuar luchando o pensar que alguien me salvaría y sobrellevar la situación de forma pasiva.

Mi madre sabía que aquél era un momento decisivo, de vida o muerte, que me encontraba en el borde del precipicio. Que de no tomar las riendas, me precipitaría al vacío. Era consciente de que no podía obligarme a hacerlo. Comprendía que era yo quien debía asumir el compromiso.

Actualmente, el término compromiso no tiene muy buena prensa. ¿En qué piensas cuando lo dices? Tal vez te sugiera responsabilidades, cargas, un peso que debes soportar. Quizás lo relacionas con determinadas empresas que no respetaron sus compromisos y que destruyeron la vida de muchas personas con un encogimiento de hombros.

Por desgracia, a veces tenemos la sensación de vivir en una sociedad a la que le encanta eludir la responsabilidad y que espera que otros acudan en su rescate.

Sin embargo, el compromiso no sólo sirve para evitar accidentes en la vida, sino que también nos libera para continuar adelante de una forma consciente. Nos otorga el poder de hacernos con las riendas de nuestra propia vida.

DEJA DE ENCOGERTE DE HOMBROS

El compromiso personal es un prerrequisito para la consecución de cualquier logro valioso.

Hace unos años tuve la fortuna de ser invitado a dar una charla inspiradora sobre cómo superar los retos del mercado inmobiliario en Staubach Company,una empresa inmobiliaria fundada por Roger Staubach, exoficial de la Marina y quarterback de los Dallas Cowboys. Durante los treinta años siguientes, la empresa vivió un éxito sin precedentes hasta que Roger la vendió por más de 600 millones de dólares en 2008.

Viajé hasta Dallas para impartir la charla a un grupo de ejecutivos veteranos. Cuando el taxi se detuvo frente a la sede de la compañía, la joven que había organizado el evento acudió a recibirme a la puerta. Le sonreí y conversamos mientras ella me acompañaba a la sala donde podría prepararme antes de salir al escenario.

Pese a haber investigado el historial de la empresa y hablado con diversos organizadores del evento, pensé que no estaría de más conocer la opinión de aquella mujer respecto al elemento fundamental sobre el que se sostenía el éxito continuado de la empresa.

La joven se detuvo a servirme una taza de café. Me la ofreció.

Y entonces dijo:

—Bueno, hay una historia que se ha convertido en algo así como una leyenda.

Me explicó que Roger Staubach se había hecho famoso por exigir el compromiso de todos y cada uno de sus empleados. Había aprendido la importancia del compromiso en la Marina, había presenciado su enorme valor en el terreno de juego y sabía que era esencial para crecer en los negocios y en la vida.

Me contó que alentaba a sus empleados a que dirigieran su propio negocio, que se apoyaran mutuamente y que gestionaran con responsabilidad cualquier dificultad que pudiera surgir, tanto con los clientes como con su propio equipo.

Las cosas no siempre fueron rodadas.

Un día, dos corredores de bolsa acudieron a Staubach porque eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre a quién le correspondían los 16.000 dólares de una comisión. Cada agente creía que la comisión le pertenecía a él. Llevaban varios días atascados en la discusión y finalmente habían decidido acudir a su jefe. Levantando los brazos, exclamaron: «No podemos resolverlo. ¿Puede ayudarnos?».

Staubach les hizo algunas preguntas.

Les dio las gracias por su sinceridad.

Les preguntó si veían alguna forma de superar sus discrepancias, de ponerse en la piel del otro y alcanzar un acuerdo mutuamente satisfactorio. Ellos le respondieron que no.

Les preguntó si estarían dispuestos a compartir la comisión en vista de que ambos habían realizado un buen trabajo para asegurar el acuerdo. Le contestaron que no.

Staubach se puso de pie, estrechó la mano de ambos corredores y les dio las gracias por su trabajo y generosidad.

Según cuenta la leyenda, Staubach hizo un donativo benéfico con la totalidad de la comisión.

Su intención fue demostrar a aquellos dos corredores de bolsa que debían hacerse responsables tanto del éxito como del fracaso. Estaba en sus manos.

Aquélla fue la última vez que un empleado de la empresa acudía al jefe con una queja. A partir de entonces, los problemas se resolvieron a medida que se presentaban de forma individual.

Le di las gracias a la mujer por contarme aquella historia. Me ayudó a comprender mejor la cultura de la empresa y qué tipo de consejos de liderazgo serían más adecuados. No obstante, la historia resulta relevante más allá del mundo de los negocios.

¿Recuerdas alguna situación en la que sentiste la tentación de comportarte como los dos corredores de bolsa?

¿Alguna vez has querido encogerte de hombros, levantar las manos y buscar a alguien que te resolviera el problema? Mirar más allá de nosotros mismos, situar la responsabilidad en otras cosas o personas es una reacción natural.

A menudo echamos la culpa a cosas que están más allá de nuestro control.

Responsabilizamos a la situación: No es culpa mía. El tráfico era horrible. El mercado apesta. El mundo es un desastre.

Responsabilizamos a otros: No es culpa mía. Es una persona muy difícil. Mis empleados son idiotas. Mis pacientes son pobres. La comisión es mía.

No obstante, las excusas no llevan a ninguna parte.

Éste es mi desafío: elimina la frase «No es culpa mía» de tu vocabulario. Cada vez que te des cuenta de que está a punto de aparecer, cuando la notes en la punta de la lengua, detente. En su lugar, di: «Ésta es mi vida y yo soy el responsable de ella».

Eso lo cambia todo.

Ésta es mi vida y yo soy el responsable de ella.

Nadie va a salvarte.

Compromiso significa hacernos con las riendas de nuestra vida. Darnos cuenta de que tenemos la llave para cambiar las cosas, para resolver nuestros problemas, para mejorar nuestra vida y darle un sentido. Aunque no sólo implica acción y reparación. El compromiso también nos proporciona la capacidad para dejar que las cosas sigan su propio curso, o abandonar las que no podemos cambiar, y para perdonar a los sucesos y a las personas que nos han hecho daño en el pasado. Para ello, es necesario que dejemos de encogernos de hombros y bajar los brazos pensando que no podemos hacer nada.

La vida te ofrece cada día momentos de inflexión para que dejes de mirar más allá de ti mismo, para que dejes de esperar a que el cambio lo haga otra persona y para que dejes de esperar pasivamente a que alguien dé un paso al frente.

Éste es el momento para elegir vivir.

Para vivir realmente. Aprovéchalo.

COGE EL TENEDOR

¿Alguna vez has experimentado la alegría de haber conseguido algo?

Tal vez cuando terminaste los estudios, encontraste el primer trabajo o te casaste. Te esforzaste, luchaste, superaste dificultades y finalmente lo conseguiste. Coronaste la ardua cima… ¿y descubriste que la parte complicada del trayecto no había hecho más que empezar?

A mí me ocurrió eso cuando volví a casa después del incendio. Tenía nueve años, acababa de pasar cinco meses en el hospital, había superado innumerables operaciones y me habían amputado los dedos. Por fin terminaba la dolorosa experiencia de estar lejos de mi familia, de sufrir continuas intervenciones. La lucha había terminado; ¡que empiecen las celebraciones!

El hospital que me había admitido pese a no depositar en mi recuperación esperanza alguna me devolvía ahora de vuelta a casa. A pesar de las quemaduras, cicatrices, vendajes y la silla de ruedas, me sentía lleno de vida y agradecido.

Salimos del aparcamiento, recorrimos los escasos cinco minutos que hay hasta nuestra casa y giramos en nuestra calle. Me quedé abrumado por la cantidad de vehículos, camiones de bomberos, globos y amigos que me esperaban frente al jardín de entrada.

Bajo una marquesina se habían reunido familiares, amigos, compañeros de clase, vecinos, miembros de los servicios de emergencia y de la comunidad para darnos la bienvenida. Sonaba música y la gente gritaba.

Se había producido un milagro.

El chico estaba vivo.

Sin embargo, poco tiempo después, los amigos se marcharon a casa, los vehículos se alejaron, la puerta principal se cerró y nos quedamos solos. La familia debía decidir qué iba a ocurrir a partir de entonces.

Aquella noche mamá preparó mi plato favorito: patatas al gratén. (Si aún no te has dado cuenta, esto despejará todas tus dudas: ¡era un niño raro!). Por primera vez desde la noche anterior al incendio, nos sentamos como una familia alrededor de la mesa de la cocina en nuestra casa reconstruida.

Mamá y papá se sentaron a ambos extremos de la mesa. A un lado lo hicieron tres de mis hermanas, Laura, Cadey y Susan, y al otro, mi hermano, Jim, mi otra hermana Amy y yo. Todos nosotros habíamos pasado por dificultades inconcebibles durante los últimos meses.

Habíamos perdido la casa como consecuencia del incendio.