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¿Cómo alcanzar el bienestar personal si tantas veces el dolor parece inevitable? ¿Cómo superar el desgarro del sufrimiento de la pérdida, y encontrar un sentido a la existencia? El autor explora las principales respuestas: el estoicismo, la psicología positiva, el optimismo y la esperanza. Mediante casos prácticos como el desempleo, la enfermedad o la muerte, ofrece estrategias para cultivar la paz interior y la resiliencia, distinguiendo entre la felicidad pasajera del placer y la plenitud más profunda de la virtud. Mantener una perspectiva trascendente contribuye de manera decisiva a alcanzar una vida lograda.
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2026
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JAVIER SCHLATTER
¿A QUÉ ESPERAS PARA SER FELIZ?
Del estoicismo a la esperanza
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2026 byJavier Schlatter
© 2026 by EDICIONES RIALP, S.A.
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7255-7
ISBN (edición digital): 978-84-321-7256-4
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7257-1
ISNI: 0000 0001 0725 313X
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«A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una».
Antonio Machado, Retrato
Introducción a la felicidad
¿Qué entendemos por felicidad?
¿Cómo se alcanza la felicidad?
¿Qué características tiene la felicidad?
¿Qué hemos de evitar si queremos ser felices?
¿Se puede ser feliz pese a las dificultades?
¿Cuáles son los grandes planteamientos para ser feliz pese a lasdificultades?
1. El estoicismo, o la felicidad del virtuoso
Algunos principios estoicos para ser feliz pese a las dificultades
¿Qué actitud has de adoptar ante las adversidades?
a. Cuando las cosas no salen como esperabas…
b. Cuando no tienes algo que deseas, o lo has perdido
c. Ante el dolor, la enfermedad o la muerte
¿Qué sentido tiene el sufrimiento en el estoicismo?
¿Qué soluciones nos ofrece el estoicismo a algunas situaciones adversas de lavida?
II. La psicología positiva: disfrutar, crecer y florecer
¿Cómo puedes ser más feliz?
a. La vida placentera
b. La vida como compromiso
c. La vida con significado o sentido
¿Cómo puedes afrontar las dificultades desde la psicología positiva?
¿Qué soluciones ofrece la psicología positiva ante algunas dificultades de lavida?
III. El optimismo: el color del cristal con que se mira
¿Cuáles son las características de una persona optimista?
¿Y qué podríamos decir del pesimista?
¿Qué puedes hacer para ser más optimista?
¿Cómo afrontaría un optimista algunas dificultades de la vida?
IV. La esperanza: pasión por lo posible
¿Qué es la esperanza?
Optimismo y esperanza
¿Qué características tiene la esperanza?
Las esperanzas y la Esperanza
¿Qué me aporta la esperanza ante algunas dificultades de la vida?
Bibliografía
Notas
Cubierta
Portada
Créditos
Epígrafe
Índice
Comenzar a leer
Bibliografía
Notas
Todo lo que nos proponemos y hacemos, de un modo más o menos directo, persigue la felicidad. Esta, como el amor, contiene una semilla de eternidad, un para siempre. Un deseo de no perderla nunca y de recuperarla cuanto antes si nos ha abandonado. A la vez, la mayoría de nuestros días transcurren sin esa sensación de felicidad y, por momentos, la vida se nos hace especialmente dura. Es la gran paradoja a la que Julián Marías llamaba el imposible necesario.
Nunca olvidaré el día en el que aquella mujer, entrada en años, pero rebosante de vitalidad, me dijo con una mirada franca: he tenido una vida plena, ya me puedo ir cuando Dios quiera. No había sido la suya, precisamente, una vida de campanillas: su familia, su fe, sus amistades, su trabajo… Sonrisas y lágrimas. Pero eso sí, un corazón pleno, satisfecho. Una vida llena de vidas. Pocas realidades hay tan fáciles de reconocer y, a la vez, tan difíciles de definir y de conseguir. Para algunos, una vida feliz es el resultado de acumular el máximo de sensaciones posibles y de emociones positivas; para otros es no carecer de nada; otros hablan de una vida lograda, que ha cubierto sus objetivos, su versión prime.
Estamos alegres cuando tenemos o experimentamos un bien. Según el tipo de bien que sea, su intensidad y su duración, nuestra alegría será mayor o menor. Cuando la alegría no se debe a la experiencia concreta de un bien, sino que es fruto de la experiencia global de vida de una persona, la llamamos felicidad. Estoy alegre, frente a soy feliz. Como el amor es el mayor de los bienes, se entiende que cuando la alegría y la felicidad son profundas es porque tienen su raíz principal en el amor. Esto se ve con más claridad ante las dificultades de la vida. El amor siempre vence, amor omnia vincit, decían los clásicos.
Es interesante que, aunque todos la deseamos y la mayoría de nuestros momentos alegres son compartidos, la felicidad es muy personal, tanto por lo que nos hace felices como por el modo de percibirla. Ante una misma situación, mientras unos se sienten inmensamente felices, otros permanecen indiferentes. De ahí también lo arriesgado y equivocado de saber quién es más feliz. Por lo mismo, es simplista y casi ridículo pretender conseguirla conformándose con vivir una lista de claves ofrecidas por algún sesudo experto. Además, aunque alguien consiga hacer temporalmente feliz a otra persona, siempre sería una tarea personal e intransferible. Cada uno ha de saber qué necesita para lograrlo, y ponerse a ello.
Este carácter tan personal y profundo hace que muchas personas se incomoden cuando les preguntas si son felices. Es frecuente confundir la felicidad con tener cosas materiales, o con lo que nos pasa. De hecho, en muchos idiomas, la palabra felicidad habla de fortuna, suerte… Otras veces, se tiene una visión demasiado emotiva, como si solo fuera un estado de ánimo. La felicidad se siente, es verdad, pero no es algo puramente psicológico. La felicidad nos llena, ilumina todos los rincones del alma, nos embarga, solemos decir. Es la vida misma en su plenitud, aunque sea limitada. Por último, lo personal de la felicidad también se refiere a que solo la damos o recibimos auténticamente cuando nos comportamos o somos tratados como personas, y no como objetos de placer, compañía, bienestar, etc.
Se suele distinguir una felicidad de fondo, que da estabilidad, de lo que son picos o chispazos de felicidad. La primera nos protege de tener un bajón ante algo negativo, o del vacío que suele sobrevenir tras una subida. Además, ese tono positivo estable facilita que haya picos de felicidad, incluso de manera espontánea. Ese fondo es más sentimiento que emoción, y se apoya sobre grandes pilares como la autoestima, el proyecto de vida, querer y sentirse querido, sabernos libres, etc. En cambio, los picos de felicidad, aunque se sientan con más fuerza también por su novedad, duran un tiempo más breve, suelen producir abstinencia cuando terminan, y no siempre los tenemos a nuestro alcance.
Es tentador, pero sería un error, querer construir una vida feliz, iluminada, a base de chispazos de felicidad. En estos casos, es fácil deslumbrarse… o terminar chamuscado. El placer es un ingrediente natural de la felicidad, pero no es lo mismo una vida placentera, al alcance también en gran medida de los animales, que una vida feliz. El placer distrae —se habla de vida disipada—, mientras que la felicidad nos enfoca en la realidad, y mueve a la persona entera. El primero lleva a vivir la vida con aceleración, capturando sensaciones; la segunda, permite una vida plena y centrada en el aquí y ahora. Esos chispazos recuerdan a los de la verdad y la belleza, pues con la misma rapidez con la que vienen, se nos escapan. La felicidad deja poso, nos conecta con lo permanente. Por otra parte, tiene algo de caprichosa, juega con nosotros. Aparece de pronto, sin previo aviso, a veces en medio de un gran dolor, y otras nos abandona en plena fiesta con cualquier excusa. No es raro que seamos conscientes de ella precisamente cuando se ha ido, como dice J. Prevert: He reconocido la felicidad por el ruido que ha hecho al marcharse; o mucho tiempo después, desde la nostalgia.
Entonces, ¿en qué consiste la felicidad? ¿Qué hay de común cuando decimos que somos felices? Desde luego tiene que ver con sensaciones agradables de alegría, paz, placer, plenitud o bienestar. Todas son indicios de que somos felices, pero no son la felicidad. Queremos tener momentos placenteros, de paz o bienestar, pero la felicidad a la que aspiramos es algo más profundo y estable. Tiene más que ver con la satisfacción del trabajo bien hecho que con la alegría por sacar un 10. Se acerca más a tener mis necesidades básicas cubiertas que a lograr todos mis deseos. Tiene algo de escapada de fin de semana, pero tiene más de la paz que suele acompañar a un ritmo de vida sereno.
La felicidad se tiene que notar; si no, no es felicidad. Y por eso las circunstancias, el contexto, tienen también un papel importante, tanto las muy básicas como las muy elevadas. Disfrutamos más de una comida apetitosa cuando lo hacemos despacio, en agradable compañía, distinguiendo cada sabor o aroma, cuando nos explican qué estamos comiendo y apreciamos su valor, y también cuando la terminamos con una agradable sobremesa. En las actividades más elevadas también nos llena más contemplar una obra de arte de la que previamente nos hemos informado, o pararnos a detectar detalles que nos impresionen, sin caer en el tópico de cazar la foto a la carrera, como si solo eso ya nos enriqueciera. Para sentirnos felices tenemos que estar receptivos, conscientes, con la mente abierta, y en paz.
Por otra parte, siempre hacemos una interpretación personal de lo que percibimos. Es una valoración que tiene nuestro sello, marca de la casa. En general, se dice que tendemos a ser críticos y más bien negativos, lo cual choca con nuestra búsqueda natural de felicidad. Por eso, nos viene tan bien cultivar la sensibilidad, adquirir el hábito de quedarnos con lo positivo frente a prejuicios, huir de las prisas, etc.
Y si nacemos con un deseo irrenunciable de felicidad, entonces, ¿somos los culpables de no lograrlo? Y en ese caso, ¿qué estamos haciendo mal? Quien esté convencido de que no hay un después, se jugará toda su felicidad a la carta de esta vida, y coherentemente, intentará acumular el mayor número de momentos felices y de máxima intensidad, para obtener esa vida plena a la que aspira. Llegado el final, game over. Quien tenga una visión trascendente, no renunciará a la felicidad en esta vida, pero sí quizás a algunos objetivos que hagan peligrar la futura, y vivirá sabiendo que lo mejor está todavía por llegar, y será para siempre. ¿Quién ha dicho que es incompatible tener una buena vida y tenerla para siempre?
Son dos modos diferentes de acercarnos a la felicidad. Unos la tienen como el objetivo de su vida. Vivo para ser feliz y, por tanto, todo lo que me produzca felicidad, lo quiero, y lo que me la quite, no. Es un planteamiento atractivo en la medida que el progreso nos ha convencido de que es viable. Ser más o menos feliz depende de que pongas los medios. Es una ecuación infalible y universal, que permite marcarse objetivos e incluso cuantificar la felicidad. Si no eres feliz, es porque no quieres. Si tienes a tu alcance todos los ingredientes para serlo —trabajo, pareja, salud…— ¿de qué te quejas? Que nada ni nadie te amargue la vida…
En el otro polo están quienes ven la felicidad como la consecuencia de un modo de vivir. Una vida coherente con los valores, que busca hacer felices a los demás, una vida llena de vidas…, ayuda a ser feliz. Aunque no sepas con certeza y en concreto por qué eres feliz, pero eres feliz porque… A final de cuentas, la felicidad dependerá de que aquello que has considerado y cuidado como lo más valioso toda tu vida, realmente lo sea.
Si es connatural al hombre, ¿basta con dejarse llevar? La sensación de tranquilidad tras una merecida jubilación, de un por-fin-viernes, de soñar que nos toque el Gordo para colgar las botas, o del conocido dolce-far-niente, son alivios que duran poco si se trata de una vida llena de vacío. Aunque no la busquemos directamente, la felicidad es para el que se la trabaja. El camino de acceso se construye con decisiones libres y realidades, como el agricultor que trabaja la tierra confiando que dé su fruto. Frente al tan cacareado estado del bienestar, la humanidad nunca encontró incompatible una vida feliz con el esfuerzo de levantarse cada mañana y afrontar las dificultades. No es verdad que, a menos dificultades, más felicidad. En la vida hay épocas de vacas flacas y de vacas gordas, pero la felicidad es independiente de la silueta de las mismas.
Y ¿qué es lo que nos hace ser más felices? Hay innumerables citas y referencias, y el motivo es que todos querríamos disponer de un manual —breve, a ser posible— de instrucciones, con sello de calidad, por supuesto. Afortunadamente, los autores coinciden bastante, e incluyen tener un mínimo de condiciones de vida y de bienestar asegurados. Algo tan sencillo en apariencia, pero que supone para muchos la causa de su infelicidad. Además, hay que procurarse momentos de disfrute en las relaciones interpersonales, aficiones, etc. Ayuda mucho la satisfacción por logros personales, profesionales, etc., coherentes con un proyecto de vida que da sentido a nuestra existencia: por qué sigo vivo, y por qué daría mi vida. Amar y sentirse amado, algo que experimentamos especialmente con el otro/la otra, pero que también perdura en los hijos, y que es muchas veces el argumento fundamental. Si, además, se tiene una visión trascendente, esta pone un resello a todo lo que hacemos y nos proyecta hacia una vida futura de plenitud. Y ya tenemos la ecuación completa.
Algunas personas se sorprenden de que tienen todo lo que se supone necesario para ser felices, y sin embargo no lo son. Tampoco nos asombra que un país, envidiable por su calidad de vida y a la cabeza del ranking mundial de felicidad, tenga también altos índices de suicidio y de vivencias de soledad. ¿Por qué la felicidad es tan poco razonable?
La felicidad, como el amor, contiene una semilla de eternidad. Cuando somos felices no queremos que termine nunca. Que no pare la música. En esos momentos, la percepción del tiempo se desdibuja, pasa demasiado rápido, y esa fugacidad alimenta a su vez el deseo de que nunca termine.
Para ser feliz tengo que intuir que voy a seguir siéndolo. Si creo que mañana no lo seré, automáticamente disminuye mi felicidad. Y al revés, si ahora no lo soy, pero pienso que después sí, empezaré a disfrutar de esa expectativa. La espera, potenciada por la imaginación, alimenta la felicidad. Anticipar es como represar agua en un pantano: cuando se abran las compuertas se inundará el valle. De lo contrario, el único disfrute vendrá del goce en el momento fugaz de su consecución, con el contrapunto negativo de ver que empieza a consumirse. Hay mucho de ilusión en la felicidad, y por eso, cultivar la ilusión, anticipar algo que parece divertido, soñar con el porvenir, no es felicidad, pero la alimenta1.
En esta línea, hay dos realidades que van aparentemente en contra de la felicidad. Una es que el tiempo no da marcha atrás: lo que pasó, pasó. A la vez, muchas cosas tienen su momento oportuno, que no volverá: juventud, divino tesoro… Y la otra, la muerte. El hombre es mortal porque puede fallecer en cualquier momento, pero, sobre todo, porque tiene que morir. Quien la ve como el punto final de todo, solo puede ser feliz olvidándose a propósito de ella, cosa que, por otra parte, suele ocurrirnos habitualmente sin proponérnoslo. La situación es extraña: ansiamos ser felices para siempre, pero la muerte parece negarlo, y necesitamos vivir con la ficción de que no va a llegar. Se diría que la felicidad tiene algo de falsedad. Sin esperanza en la otra vida, la felicidad es una joya montada sobre un olvido que se sabe culpable… Algo parecido al enamorado que no puede imaginar la aniquilación de su amada.
La palabra felicidad proviene del latín felix: el que da frutos. Esta, como el bien, tiende a expandirse, a contagiarse. El amor de amistad busca ampliar el círculo de amigos, a compartir ese tesoro. Cuando alguien es feliz sale de sí, y cuando una persona sale de sí, es más feliz. Las puertas de la felicidad se abren hacia fuera. Hay más en dar que en recibir. De igual modo, una de las cosas que nos hace sentirnos más felices es contemplar una obra propia acabada, una creación artística, la culminación de algo que ha salido de uno mismo. Y qué decir de la paternidad-maternidad, de dar vida…
Si, como decían los clásicos, el hombre solo necesita para ser feliz vivir conforme a su naturaleza, puede resultar una tarea costosa, pero no debería ser compleja. ¿Por qué entonces hay tantas personas que no lo consiguen, pese a desearlo con todas sus fuerzas? ¿Qué es lo que no hay que hacer, o cuáles son los principales errores y trampas?
La primera es no idealizarla, no pensar que podemos lograr una felicidad perfecta que nadie ha conocido, con permiso de Walt Disney. Toda felicidad es incompleta. Si somos limitados, nuestra felicidad también. No es necesario, por otra parte, que se cumplan todos mis deseos ni que no nos falte de na, como dice la copla. Basta tener cubiertos unos mínimos del recipiente. De hecho, en la medida que nos creamos más necesidades, la cosa se nos complica. Es la diferencia entre carencia y privación: carecer es sencillamente no tener algo, pero estar privado es carecer de algo que supongo que he de tener o necesito. Carecer de alas no me hace infeliz, pero no tener compañía es fácil que sí. Además, aunque la felicidad aspire a más, no es estrictamente necesario tener algo determinado para ser feliz.
Otro peligro son las falsas expectativas. Esto nos pasa cuando el recipiente que esperamos llenar es demasiado grande, o cuando somos algo inmaduros y no reconocemos nuestras limitaciones o las de la vida. Entonces surgen el desencanto, el desconcierto, la frustración ante el incumplimiento de esas expectativas, y con ellos la infelicidad. Ha llegado el momento de una sana aceptación, de atreverse quizá a desear menos y ser más realista. Vale más querer lo que se tiene que entristecerse por lo que no se tiene.
También cabe el escepticismo de pensar que la felicidad no existe, que es imposible. Alguno puede estar todo el día lamentándose por confundir la felicidad imperfecta con la infelicidad. Sería triste que alguien abandonara su búsqueda porque supone un esfuerzo, pero más triste aún sería que no se atreviera ni a desearlo, por verlo irrealizable. Hay que asumir un riesgo, pero esa inseguridad debería tener más de ilusión que de miedo. Recientemente, Arthur C. Brooks ha propuesto el término happierness para recordarnos que la cuestión no es ser-o-no-ser-feliz, o si algo me hará o no feliz, sino si puedo y quiero ser más feliz y cómo intentarlo. Puedo decir que no estoy en forma, pero parece más práctico plantearme qué hacer para lograrlo.
Quizás influidos por el estoicismo, algunos piensan que la felicidad es incompatible con pasarlo mal, con las emociones negativas. Conviene recordar que se las llama así no porque sean malas o insanas, sino porque expresan algo desagradable. En ese sentido es imposible evitarlas porque son un reflejo de la realidad, imperfecta, y solo podemos ser auténticamente felices desde la realidad. En la vida, como en botica, hay de todo: alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, y todos en distinta medida. No es bueno pensar que la alegría es buena y la tristeza mala por sí mismas. Además, las cosas no son buenas-malas ni la vida es digna-indigna por aportar satisfacción o sufrimiento. Por esto, la primera condición para que seas feliz es permitirte no serlo, reservar un asiento en tu vida a la infelicidad. Como dice Miguel D’Ors: La felicidad consiste en no ser feliz, y que no te importe. Otros autores, y el estoicismo moderno, no hablan de evitar las emociones negativas, sino de lograr un equilibrio emocional y de manejar bien esas emociones. No se trata de no tener impulsos, emociones o pasiones, sino de ser dueño de ellas.
Por último, un error bastante común es fabricarse falsos ídolos de felicidad, supuestos atajos menos costosos. Quien cree que solo con acumular dinero, placeres, poder, fama, etc., va a ser feliz, en el fondo, no cree en la felicidad, sospecha de la banca —en lenguaje de los juegos de mesa— y de que haya luz al final del túnel. Quiero luz, quiero premio, y los quiero ya. El clásico pájaro en mano. Quieren conseguir la luz de la felicidad a base de innumerables chispas con la ilusión de que muchas de ellas juntas prendan fuego o, al menos, que me quiten lo bailao. Reducen la felicidad a un estado de ánimo o a una situación, a la vez que la confunden con —sucedáneos— que provocan sensaciones básicas de algo de felicidad. Son cosas pasajeras que generan tolerancia, terminan reclamando más, y suelen desembocar en el hastío. Muchas adicciones beben de esta fuente.
¿Es posible realmente alcanzar la felicidad a pesar de tantos problemas, carencias y enfermedades? Si hubiera que dar una repuesta taxativa, sería que sí. Hay innumerables personas que reconocen haber tenido una vida plena, haber sido felices a pesar de tener las mismas o incluso más dificultades que los demás. ¿Cuáles son las claves para conseguirlo cuando el camino se pone cuesta arriba o se oscurece?
La felicidad nos habla de algo que fluctúa, pero estable, no de situaciones concretas. Un buen clima es compatible con una época de tormentas. Es un equilibrio dinámico en el que, por momentos, parece que perdemos la felicidad, para al poco tiempo recuperarla, con los recursos ordinarios. Tiene más de gota a gota que de inundación, y se apoya en los pilares fundamentales de la persona: familia, amistades, trabajo, espiritualidad.
Decir de alguien que es un feliciano es peyorativo, tiene un sentido de ingenuidad. El aludido no se está enterando de qué va la vida: es una persona inmadura, que no se hace cargo, que tal vez pueda evitar temporalmente el peso de la vida, pero no es realmente feliz. Sin madurez, no hay felicidad, solo frivolidad, superficialidad. Como veremos, el optimismo es una actitud ante la vida que contribuye a hacernos felices. Pero también colaboran la amabilidad, pues si somos amables recibiremos más amor; la adaptabilidad para no encasquillarnos en algún punto del camino ni generar roces innecesarios; una sana autoestima para permitirnos no ser perfectos ni caer en monólogos estériles; ser agradecidos que es lo propio de quien ve la vida como un regalo, o confiar, aun a costa de alguna que otra decepción.
Lo cierto es que hay más felicidad en cómo interpretamos y vivimos las cosas que en ellas mismas. Por eso tampoco podemos olvidar lo positivo que se esconde detrás de lo que no va como nos gustaría. Con frecuencia son precisamente las dificultades las que nos hacen crecer y madurar para poder ser felices. Otras veces, sencillamente, nos ayudan a reconocernos en nuestra realidad, con nuestras fortalezas y debilidades. Decía Ortega que vivir es elegir, y que cuando elegimos algo, des-elegimos otras cosas. Muchas veces esta obviedad, este límite de la realidad, es fuente de sufrimiento. El dolor nos ayuda de modo especial a reconocer nuestra fragilidad, porque ante otras limitaciones personales como equivocarnos o ser injustos nos podemos autoengañar sin mala intención. No sé si el mal tiene un sentido en sí, pero esforzarse por hacer el bien, por superar el mal o por ayudar al que lo padece, sí lo tiene. Todos hemos de tener una respuesta al sufrimiento, un porqué. No podemos ignorarlo ni mirar para otro lado, ni conformarnos con apretar un palo entre los dientes como en el lejano Oeste… Después de todo, ningún proyecto o ideal que merezca la pena, se consigue sin esfuerzo.
En ocasiones, esas tormentas de la vida nos obligan a cambiar la ruta. Una trayectoria que pensábamos hasta ese momento que era la apropiada, ahora vemos que no. Y es que la vida no deja de sorprendernos. Aunque pueda parecer monótona por momentos, si mantenemos una trayectoria es porque seguimos diciendo que sí al destino, y siempre podremos buscar alternativas sobre cómo hacerlo. El GPS nos redirige. Ante un obstáculo, quizá se trata solo de esforzarnos más, quizá de aceptar una pérdida irreparable, quizá debamos modificar temporalmente el rumbo, o necesitemos más paciencia… En todo caso, habría que conservar el proyecto esencial de nuestra vida. La suma de esas trayectorias se mueve dentro de un proyecto global, el mío. A lo largo de la vida soy el mismo, aunque mi vida no sea la misma.
Uno de los más conocidos es el estoicismoque, pese a su antigüedad, se conserva en buen estado, y se ha hecho especialmente popular en las escuelas de negocios y recursos de autoayuda. No perder la paz a manos de las pasiones, tener claro qué está a nuestro alcance y qué no para pelear solo las batallas vencibles, o disponer exclusivamente de lo necesario para valernos por nosotros mismos sin depender de nada ni de nadie, son algunos de los principios que nos sugiere para tener una buena vida. Pero ¿es posible manejar siempre con éxito las emociones negativas? Y, si fuera posible, ¿esa es realmente la clave de la felicidad? ¿Qué respuesta da a las grandes adversidades del hombre?
A finales de siglo pasado surgió con fuerza la llamada psicología positiva, como una ramificación de las psicologías humanistas. Frente al planteamiento clásico de aplicar la psicología para resolver problemas mentales, esta persigue ayudar a tener una vida más plena y feliz, más positiva
