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A quienes tienen miedo de separarse o están en plena separación y a los que ya se han separado, pero tienen asuntos que resolver, a todos ellos va dedicado este libro. Aporta las fórmulas más adecuadas para obrar con cordura y paliar los efectos negativos emocionales, desechando la culpa, solucionando problemas y expresando mejores habilidades de comunicación. Solo así una separación acabará bien. ¿Cómo y cuándo decírselo a los hijos y a la familia? Les proporcionamos respuestas para todos los casos y edades, apelando siempre a la corresponsabilidad. Un libro sorprendente que le permite también salir de la confusión entre las razones sólidas para separarse y las circunstancias que simplemente provocan un deterioro que puede resolverse. Una obra para superar conflictos y ayudar a pensar con claridad, a fin de lograr calidad de vida en y después del divorcio. La sensibilidad, delicadeza y empatía de la autora es una garantía para conseguirlo.
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2022
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ACABAR BIEN
¿Cómo hacer frente a la Separación y Divorcio?
Maria Helena Feliu
© María Helena Feliu, 2019
Para esta edición:
© Editorial Siglantana S.L., 2019
www.siglantana.com
Ilustración de la cubierta: Silvia Ospina Amaya
Ilustraciones: Carmen Ledesma
Maquetación y preimpresión: José Mª Díaz de Mendívil Pérez
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
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ISBN (Ilusbooks): 978-84-16574-72-8
ISBN (Siglantana): 978-84-948223-9-1
Depósito legal: B-4987-2019
Impreso en España - Printed in Spain
No me gusta
la casa sin tejado,
la ventana sin vidrios.
No me gusta
el día sin trabajo,
ni la noche sin sueño.
No me gusta
el hombre
sin mujer,
ni la mujer
sin hombre.
Contémplate,
hombre o mujer, que nada
te intimide.
En algún sitio
ahora
están esperándote.
Levántate:
tiembla
la luz en las campanas,
nacen
las amapolas,
tienes
que vivir
y amasar
con barro y luz de vida.
Fragmento del poema de Pablo Neruda
Oda a la pareja
Sumario
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Mi pareja ha dicho que quiere separarse
Capítulo 2
Quiero separarme y no sé cómo plantearlo
Capítulo 3
¿Qué vamos a hacer con los hijos? ¿Cómo decírselo?
Capítulo 4
¿Qué va a ocurrir con nuestras familias? ¿Cómo comunicárselo?
Capítulo 5
Cómo pactar
Capítulo 6
A empezar de nuevo
Capítulo 7
Mis hijos. Mi familia. Mis amigos. Mi trabajo. Mi ex
Capítulo 8
Vamos al juzgado. Ratificamos los acuerdos
Capítulo 9
Hacia la estabilización
Capítulo 10
Hay otra persona
Capítulo 11
La separación después de muchos años de vida en común
Apéndice 1
Habilidades de comunicación
Apéndice 2
Cómo resolver problemas
«Únicamente es posible mover a los seres humanos a cambiar sus acciones si tienen esperanza;
y únicamente pueden tener esperanza si tienen visión; y únicamente pueden tener visión si se
les muestran alternativas.»
Erich Fromm
Prólogo
Hace ya muchos años, concretamente en 1972, el más relevante de los psiquiatras infantiles europeos vivos, Michael Rutter, en una obra titulada Maternal deprivation reassessed (Reconsideración de la privación materna), ponía de relieve los riesgos que la separación de los padres comporta para la salud mental y el desarrollo psicosocial de sus hijos. Se trataba de algo mil veces sabido y repetido. Pero la aportación fundamental era que el problema no radicaba tanto en el hecho de que el hijo o la hija perdieran a alguno de sus padres en función de la separación conyugal, como en la existencia de conflicto.
Sus estudios habían puesto de manifiesto que la salud mental de un niño estándar corría menos riesgos y se adaptaba mejor a la muerte del padre o de la madre que a la separación de los padres. En el primer caso puede experimentar una reacción de duelo, ciertamente, pero la estabilidad posterior de la situación alternativa facilita su adaptación. En la inmensa mayoría de casos de separación de los padres, ésta se produce en un agrio ambiente de conflictividad, que se suele incrementar en el proceso de ruptura y que suele prolongarse bastante tiempo después de consumada la separación. A veces, no termina nunca.
Es el conflicto, especialmente el conflicto persistente, sostenido, el que no permite la adaptación. Se trata de una situación de estrés que se ha convertido en crónica y que, por el hecho de serlo, tiende a producir reacciones emocionales anómalas también crónicas: siempre son estados de ansiedad más o menos intensos y con frecuencia también episodios depresivos.
Pero los ingredientes de toda separación hacen que no sea exclusivamente el conflicto conyugal el que resulta estresante. Cualquier cambio exige un esfuerzo de adaptación y este esfuerzo es el núcleo de las reacciones de estrés. Pero en una separación de pareja, los cambios son múltiples: emocionales, de relaciones interpersonales, domiciliarios, escolares, económicos, laborales, etc. El riesgo es, pues, evidente. Y no solo para los hijos, a quienes se considera el eslabón más débil, aunque no forzosamente es así. El conflicto afecta a todos; los cambios, también, incluidos los cambios experimentados por los demás, por aquellos con quien se sigue conviviendo o se está en contacto intermitente.
Se trata de situaciones vitales con frecuencia impregnadas de irracionalidad y siempre de emotividad. En estas circunstancias se requieren dosis máximas de sentido común. Los participantes en la aventura no siempre son capaces de superar las voces de los sentimientos una vez estos se han desatado. Precisan orientación y asesoramiento.
En un momento histórico en que la estructura de la familia tradicional está siendo modificada a pasos agigantados, cuando separaciones y divorcios se multiplican año tras año, cuando aparejamientos y rupturas son tan frecuentes, es más necesario que nunca una inyección de racionalidad. Y eso es lo que pretende Acabar bien.
Es cierto que existen en el mercado del libro otras obras dedicadas a dicho tema. También es cierto que muy pocas están actualizadas como ésta y menos aún, con la claridad normativa y el sentido común que se desprende de cada una de sus páginas. A quienes conocemos a la autora, Maria Helena Feliu, no nos sorprende. Es una veterana psicóloga clínica, con una gran experiencia profesional en muchos ámbitos de la salud mental, lo cual le permite situar sus mensajes en un contexto muy amplio. Lo que se percibe leyendo sus páginas es el notable conocimiento práctico de los problemas conyugales adquirido a través de su dilatada y fructífera tarea como terapeuta de pareja.
A quienes tienen miedo de separarse; a los que desean separarse, a los que están a punto de separarse y a los que ya se han separado y tienen asuntos pendientes, a todos ellos creo que va dirigido este libro. Pero los profesionales de la psicología clínica y los múltiples asesores y consejeros legales o no tan legales, que suelen intervenir en separaciones y divorcios, también deberían leer las páginas que siguen. Estoy seguro de que lo agradecerán.
Josep Toro
Profesor Emérito de Psiquiatría y Psicología
(Universidad de Barcelona)
Ex Jefe del Servicio de Psiquiatría
y Psicología Infantil y Juvenil
Hospital Clínic de Barcelona)
Introducción
El número de parejas que deciden separarse ha ido en aumento en las últimas décadas; a pesar de constituir una de las vivencias más traumáticas de la vida y a pesar de que sus efectos negativos perduran durante mucho tiempo.
Judith S. Wallerstein y Joan Berlin Kelly, en su libro Surviving to breakup, analizaron en profundidad las secuelas derivadas de la separación para los cónyuges y para los hijos de diversas edades, en un estudio que se llevó a cabo durante cinco años con sesenta familias. Las expectativas acerca del daño causado no solo se confirmaron, sino que quedó de manifiesto que éste se prolongaba en el tiempo mucho más de lo que se había pensado inicialmente.
Mientras algunas parejas juzgaban que su vida en común había sido infeliz y desgraciada, los hijos de las mismas no lo habían experimentado de igual forma y no estaban de acuerdo en absoluto con la decisión de los padres.
Cinco años después, muchos adultos, especialmente mujeres, relataban sentirse mejor, haber incrementado su autoestima y poseer un mayor ajuste psicológico, aun cuando sufrieran estrecheces a causa del reajuste económico o tuvieran una jornada muy apretada.
Por el contrario, la mayoría de los adolescentes y niños no consideraban sentirse mejor y de buen grado hubieran regresado a su vida anterior al divorcio. Solo aquellos niños para quienes el divorcio había supuesto la separación de un padre/madre que los rechazara, maltratara o estuviera psicológicamente perturbado/a, se habían sentido mejor y más felices.
Cinco años después, aun cuando hubieran estado más tiempo conviviendo con la madre, seguía siendo importante para la mayoría de los hijos la presencia y el contacto con el padre.
Los niños en edad preescolar parecían haber sufrido temores más intensos que sus hermanos mayores, puesto que disponían de menos estrategias para hacerles frente, y su posibilidad de tranquilizarse estaba más relacionada con la presencia de los padres. La respuesta de los pequeños solía ser más aguda y global.
Asimismo, parece desprenderse de las conclusiones que las niñas se recuperaban más rápidamente que los chicos, aunque la reacción inicial fuera de parecida infelicidad.
No obstante, ninguno de estos hallazgos aportó suficientes datos para deducir si era mejor una u otra edad, o uno u otro sexo, en vistas a determinar en qué momento era más oportuno tomar la decisión de separarse y qué factores podían paliar el impacto sobre los hijos.
Según el estudio, cinco años después, los únicos factores que podían haber contribuido significativamente a un peor o mejor pronóstico a la hora de superar la separación erran aquellos que estaban relacionados con la calidad de las relaciones entre ambos padres, la calidad de vida posterior al divorcio, las relaciones padres-hijos y la forma en que el divorcio mismo había aliviado a los adultos.
Dicho estudio se prolongó luego durante cinco años más. Las conclusiones no aportaron datos que se diferenciaran substancialmente de los primeros. Se confirmó empero que las secuelas se prolongaban en el tiempo más de lo que se había pensado.
La edad de los hijos es importante a la hora de anticiparse a sus preguntas y a la hora de prevenir su respuesta al estrés, pero será la capacidad de los padres para acordar aquellas pautas que más favorezcan el mantenimiento del adecuado soporte afectivo y faciliten la satisfacción de las necesidades de los niños, uno de los factores decisivos en su posterior recuperación y también en la de los adultos.
Los padres deben, por tanto, considerar cuidadosamente las consecuencias sociales, económicas y psicológicas de la separación, tanto para ellos como para sus hijos, y en consecuencia deben adoptar aquellas medidas que provean mayor seguridad y bienestar, dando a los niños las explicaciones apropiadas. Obrando así pueden reducir considerablemente el daño que la separación vaya a producirles en todos los sentidos. Y aun cuando los hijos sigan pensando que hubieran preferido que ésta se evitara, más adelante podrán comprenderla mejor y serán más capaces de adoptar posturas de comprensión hacia el sentir de los demás.
Cuando, por el contrario, el divorcio ha constituido una forma de humillación mutua, de incomprensión y de infligir castigo, y estas actitudes continúan prevaleciendo en el tiempo posterior al divorcio, el estrés sufrido por adultos y niños interferirá durante mucho tiempo la recuperación de los mayores y el desarrollo adecuado de los menores, que no podrán hallar ni la seguridad que precisan, ni la estabilidad y el equilibrio emocional necesarios.
Si la separación ha de constituir una salida para muchas personas cuya vida de pareja ha sido agotada, debemos salir al paso de sus secuelas y quienes la llevan a cabo han de tener en cuenta los factores antedichos. Acabar bien significa no solo obrar cuerdamente, sino que constituye la única forma de paliar los efectos emocionales y afectivos, amén de evitar otras consecuencias negativas que tienen lugar cuando se litiga sin fin, como son las económicas.
El sufrimiento de muchos niños y adolescentes a los que he tenido ocasión de conocer, la incomprensión y el poco tacto de algunos padres, pero también el dolor de tantos otros que han intentado una vía razonable sin conseguir la ayuda precisa para ello, me han impulsado a escribir este libro, con la esperanza, no sé si excesiva, de ayudar a que las parejas que deban separarse, mediten seriamente y lo hagan de forma que minimicen las secuelas tanto para sí como para sus hijos, y la separación signifique realmente la oportunidad de cambiar favorablemente su vida.
Valga también como homenaje a todos aquellos que me otorgaron su confianza, me confiaron sus pesares y se esforzaron en obrar justamente, confirmándome que mi pretensión (por otra parte basada en razones empíricas), no era algo imposible, sino algo que podía conseguirse. Me enseñaron mucho y acrecentaron mi fe en el género humano. A todos, gracias.
CAPÍTULO 1
Mi pareja ha dicho que quiere separarse
Es posible que tú seas una de las muchas personas que un buen día han tenido que hacer frente a la petición de su pareja: «¡Quiero separarme!».
De entrada, te muestras atónito/a ante tal petición. ¡No puede ser verdad! Ciertamente las cosas no han sido siempre fáciles. Ha habido discusiones, enfados y algunas amenazas, pero de eso a la separación... ¡Qué barbaridad! La primera reacción ha sido no tomarlo en serio y decirle: «Bueno, ya hablaremos; no es posible que hayas tomado una decisión de este calibre sin contar conmigo, sin avisar y sin que pudiera tan siquiera imaginarlo».
Es muy probable, sobre todo si es ella quien lo plantea, que te responda que no solamente lo había avisado, sino que lo hizo con mucha frecuencia hasta que se hartó de mencionarlo. Había estado diciendo que vuestro matrimonio no funcionaba y que no podíais proseguir así.
En este momento pasan por tu cabeza algunas escenas, disputas, conversaciones a las que quizás no atendiste debidamente, amenazas que no tomaste en serio, recriminaciones, necesidades insatisfechas, peticiones que juzgaste poco importantes, etc.
«¿Qué puede reprocharme?», te preguntas. «Al fin y al cabo he cumplido siempre con mis obligaciones, soy un buen padre, una buena madre. No siempre estoy de un excelente humor. Es cierto que en ocasiones hablo muy poco o quizás no escucho con el adecuado detenimiento algunas cuestiones triviales, pero de esto a imaginar que hemos de separarnos va un abismo.»
No obstante, ella insiste en que lo que tú llamas «cuestiones triviales» eran temas de suma importancia y/o cosas referidas, por ejemplo, a la educación de los hijos, que no es justamente un tema trivial. O intentaba expresarte sus necesidades y sus carencias sin encontrar eco ni comprensión alguna. Al final dejó de comunicar lo que deseaba, dejó de pedir en vano. Según ella, el amor que sentía se ha marchitado totalmente y ya no desea seguir manteniendo esta farsa.
O bien, él dice que «estás muy equivocada si no habías percibido que todo iba mal». Quizás no supo expresar su desazón y su desengaño. De acuerdo, debiera haber sido más explícito. En cualquier caso, ya es tarde. Es demasiado tarde porque está harto de reproches, de gritos, de llantos y de quejas, de mal humor y de críticas. De este mal vivir que le amarga la existencia». «De la poca comprensión acerca de mi trabajo o de mis necesidades.» O «de acuerdo, eres una excelente madre y tienes la casa impecable, pero la vida no es solo esto», y ahora se siente maniatado, amordazado, sin ilusiones; está harto y quiere vivir de otra manera puesto que todavía está a tiempo de ello.
Y cada uno se pregunta si está viviendo de verdad lo que sucede o es una pesadilla. Tu reacción puede recorrer todas las gamas de las diversas emociones. Sentirte tremendamente culpable y arrepentido/a, incomprendido/a y estafado/a, lleno/a de odio y de animadversión, suplicando en nombre del amor que os habíais profesado, amenazando con represalias de todo tipo o poniendo en duda la cordura y el estado de salud mental del otro, dado que su comportamiento es a tu juicio ilógico e irracional. Fruto de los cantos de sirena de los amigos divorciados, o la crisis de los cuarenta que no ha sido bien digerida o «tu familia que nunca pudo verme», etc.
Llegada esta situación, es necesario serenarse e intentar hablar y hacerlo sin el descontrol que las emociones encontradas y los sentimientos heridos implican. En algunas ocasiones hay personas que reaccionan con un mutismo, un silencio acusador, un abatimiento que no les permite manifestarse ni discutir y que deja al otro maniatado y sin saber cómo actuar, porque esperaba cualquier cosa menos esto.
Evidentemente, las reacciones de cada uno dependen:
De su naturaleza y forma de ser.De las expectativas que se hubiera formulado.De su creencia acerca de cómo funcionaba la pareja.Del grado de dolor que experimenta.De la capacidad para afrontar situaciones difíciles, lo que va muy unido a su propia estima y a su percepción de independencia o dependencia en el aspecto que sea.Intenta tranquilizarte. No salgas disparado/a a contárselo a tu mejor amigo, a tus padres o a tus hijos. Ante todo debéis hablar de forma equilibrada y calmada. Por terrible que parezca, los hechos deben afrontarse. Debéis averiguar si ciertamente es esta una situación que expresa una decisión irrevocable o si, por el contrario, es la gota de agua que ha colmado el vaso de la insatisfacción, pero los sentimientos son todavía suficientemente cálidos y existe una cierta disposición a aceptar el cambio de forma realista y a tener en cuenta las peticiones del otro a fin de subsanar los conflictos actuales.
En este último caso, hay que hablar serenamente de todo ello y plantearse una revisión a fondo de los antecedentes y desencadenantes del problema actual.
¿CONSULTAMOS A UN TERAPEUTA?
La consulta al terapeuta puede ser útil si:
Ambos estáis de acuerdo.Habéis llegado a la conclusión de que vuestros problemas pueden solucionarse, pero necesitáis a alguien que los juzgue de forma objetiva, lejos de las emociones que empañan el criterio.Si estáis dispuestos a seguir sus consejos.Si no utilizáis la consulta como una forma de justificación. Es decir, si vuestra disposición al cambio es casi nula, pero así os sentís más tranquilos pudiendo afirmar «que ya se ha intentado todo».Si vais a ser absolutamente sinceros.Si partís de la premisa de que los errores cometidos (que no culpas) os incumben a ambos y que nadie pretende destrozar su vida a propósito.Si es así el terapeuta puede seros de gran ayuda para:
Juzgar debidamente los hechos.Establecer la debida atribución de los mismos.Aconsejar las pautas a seguir.Evitar que se repitan los errores cometidos.Ciertamente no es sencillo. Hay que recorrer un largo camino; depende de las causas que hayan provocado el conflicto, casi nunca una sola. Dependerá también de vuestra capacidad para borrar el pasado una vez éste os haya explicado el presente. Lo importante es construir el futuro. Del pasado debéis recordar todo aquello que ha sido positivo y que con frecuencia la rutina, los sinsabores, la desilusión y las posibles malinterpretaciones han hecho que olvidarais, pero que no obstante en un tiempo constituyó un importante bagaje para vosotros. Aun ahora, si sois capaces de recordarlo, despojados de rencores y acusaciones, quizás ossuscite emociones que ya habíais olvidado. Emociones que al ser evocadas también pueden transformar vuestros actuales pensamientos y actitudes.
Si estáis dispuestos a ello consultad al terapeuta. Si no es posible hacerlo por circunstancias diversas y de verdad queréis reconstruir vuestra pareja:
Huid de las recriminaciones, de las culpabilizaciones y de las revanchas.Analizad a fondo vuestras necesidades y vuestras expectativas. Preguntaos si éstas no han sido en exceso ilusorias y poco realistas.La pareja es como una planta delicada, necesita ser abonada, recortada, podada, etc. ¿Qué es lo que habéis olvidado?
Escoged un lugar tranquilo.Estableced un tiempo libre.Analizad la situación.Dejad que el otro se exprese libremente.Describid vuestros sentimientos lo más acertadamente posible.Utilizad los «mensajes yo». Predisponen mejor al otro. No acuséis, simplemente explicad cómo os sentís. Hablad de vosotros mismos, no de cómo es el otro. Decir «Yo me siento mal cuando creo que no me escuchas, porque deduzco que no te intereso» no es lo mismo que «Tú nuncaescuchas y lo haces porque no te intereso en absoluto». En el primer caso hacéis saber vuestro estado de ánimo; en el segundo etiquetáis, utilizáis términos absolutos y formuláis una atribución, cuando menos arbitraria, del comportamiento del otro. Obviamente, el primer ejemplo predispone mejor al diálogo que el segundo.No hagáis interpretaciones.Reconoced vuestros errores.Cuidad la expresión no verbal. Manteneos cerca. Sed cálidos. No rehuyáis la mirada.Trazaos y diseñad nuevos objetivos. Empezad por aquellas cosas que más os disgustan. Definidlas, sed concretos. Modificad las conductas y las costumbres, lentamente y paso a paso.RECORDAD
Estáis tratando de restablecer la relación, no de castigar al otro.Los problemas de pareja son siempre cosa de dos, en la medida que sea. Por tanto, os incumbe a los dos la tarea de reconstruir el diálogo, los sentimientos y las expectativas.Podéis pensar: «Nunca será como antes». Ciertamente, no; ni tiene por qué ser así. Una relación probada, que ha sabido reconocer todo lo positivo que aún entraña, puede ser incluso mejor que antes, más realista y más fuerte.Si no hay solución porque el otro insiste en que tiene la decisión tomada y no desea revisar nada, ni acudir a un terapeuta, pues habrá que aceptarlo. No puedes seguir al lado de alguien a pesar suyo. Si todo el mundo ha sido sincero y honesto, habrá que afrontar la nueva situación por injusta que parezca.
Los sentimientos en este momento suelen ser encontrados. Por un lado, total disposición a rectificar, reconstruir, por parte de quien no quiere separarse; por el otro, al vislumbrar que es un hecho y no hay solución, se entremezclan el resentimiento, la frustración, el orgullo dañado, el deseo de venganza... En ocasiones se llora, en otras se amenaza, en otras se suplica.
Es una situación inevitable. Según la forma de ser de cada uno se reacciona más en una u otra dirección, pero nadie escapa a la turbulencia de los sentimientos y al dolor que conllevan. Sin embargo, hay que intentar serenarse. Es preciso pactar, y para poder hacerlo precisaréis de toda la serenidad posible, de cierta visión de futuro y de una buena dosis de generosidad por ambas partes. Llegado este momento, huid de las recomendaciones más o menos bien intencionadas de familiares y amigos, de consejos tales como: «Te voy a dar la dirección de un abogado que va a dejar a tu marido en calzoncillos»; «Tu mujer se va a enterar de lo que vale un peine»; «Con lo que tú has trabajado, ahora no vas a permitir que se quede con todo»; «Puedes hacerle mucho daño, procura no dejarle ver a los niños»; «Nunca me ha gustado, ¿ves cómo tenía razón? No es una persona de fiar. Ahora vigila con los pactos, que tú eres muy inocente», etc.
Vamos a ver, ¿de qué se trata? ¿De vengarse? ¿De lastimar? Si es así, sigue esos consejos, pero recuerda que ello incluye gran número de sinsabores, amén del coste económico. No obstante el precio más elevado corre a cargo de la inestabilidad emocional y del desgaste personal que implican, impidiendo que se afronten las nuevas realidades.
Si por el contrario se trata de restaurar una nueva vida, guardar el recuerdo de aquello que hubo de bueno en la relación, vivir sin odio ni rencor, sentirse capaz de seguir adelante y estar contento con uno mismo, entonces abandonad peleas y diatribas, pactad, sed generosos, buscad la ayuda precisa para ello y no lastiméis más vuestro ya maltrecho estado de ánimo.
