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La relación de pareja promueve tanto la buena salud como la patología, y puede ser fuente de estrés si no se vive adecuadamente. En este libro mostramos tanto las conductas negativas como las estrategias que garantizan el equilibrio afectivo. El manejo de las emociones, la ternura razonada, tolerancia y empatía, la expresión de sentimientos, la reciprocidad, el llegar a acuerdos, son símbolos que pueden garantizar la concordia en pareja. Sepa cómo potenciarlos o recuperarlos. ¿Existe realmente el/la compañero/a ideal? ¿Puede haber equilibrio entre la dependencia mutua y la autonomía personal? ¿La infidelidad es solamente sexual o hay otras" deslealtades"? ¿Cómo influyen los factores de personalidad en la convivencia? La autora nos responde y propone ideas para afrontar estos y otros interrogantes.
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Seitenzahl: 179
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LA PAREJA
Cómo vivir bien
Maria Helena Feliu
Dirección de la Colección «Comportamiento Humano»:
Josep Mª Farré
© María Helena Feliu, 2017
Para esta edición:
© Editorial Siglantana S. L., 2017
Ilustración de la cubierta: Silvia Ospina
Fotografía de la solapa: Ana Portnoy
Maquetación y preimpresión: José M.ª Díaz de Mendívil
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
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ISBN (Siglantana): 978-84-945959-1-2
ISBN (Ilusbooks): 978-84-16574-33-9
Depósito legal: B-26171-2016
Impreso en España - Printed in Spain
Sumario
Introducción
Capítulo 1
Elige desde la independencia personal
Permanencia de los mitos
Esquemas antiguos y nuevos
Elegir desde la independencia personal
Adoptar un modelo propio de pareja
La fidelidad
Dependencia mutua
Amor Líquido
Capítulo 2
No generes falsas expectativas
Amor y tiempo
¿Compañero ideal?
Responsabilidad en la felicidad personal
Amor y desacuerdos
La paz a todo precio
Capítulo 3
Acepta a tu pareja tal como es. Si crees que no puedes, reflexiona
Los factores de la personalidad
Factores de diferencia
El poder marital
Asimetrías
El estilo afectivo de las personas con trastornos de la personalidad
Capítulo 4
No dejes que los problemas perduren e intenta prevenirlos
Tener hijos
Hijos en parejas disimétricas
Las tareas domésticas
La economía familiar. El presupuesto
La familia de cada uno
Los hijos de anteriores uniones
El tiempo libre
Capítulo 5
Cuida la comunicación
La comunicación torpe
Comunicación no verbal
Comunicación verbal
Mensajes Yo / Mensajes Tú
Con la verdad por delante
La expresión de los sentimientos
Escuchar y responder
Internet y las redes sociales
Capítulo 6
Revisa tus esquemas mentales
Proceso dicotómico
Abstracción selectiva
Inferencia arbitraria
Generalización
Máximos y mínimos
Capítulo 7
Utiliza la asertividad y la empatía
Asertividad
Empatía
Capítulo 8
No ejerzas estrategias aversivas
El comportamiento humano
Los estímulos
Las emociones
Los reforzadores
Estrategias negativas contra la intimidad y la cohesión
Técnicas de resolución de problemas
Capítulo 9
Evita la rutina. Cultiva el buen humor
Conjurando la rutina
El humor
Capítulo 10
Cuida la sexualidad
De nuevo sobre la persistencia contemporánea de mitos y errores antiguos
Factores psicosociales que entorpecen la relación sexual
Otras cuestiones que son motivo de disensión en la relación sexual
Días difíciles
En los últimos años, el número de fracasos matrimoniales ha ido aumentando de forma espectacular. En el año 2014 hubo un aumento de sentencias de divorcio del 5,4% respecto al año anterior. Se produjeron 100.746 divorcios, 5.034 separaciones y 113 nulidades. El 76,5% de divorcios y separaciones fueron de mutuo acuerdo, el 23,5% restante fueron contenciosos (datos del Instituto Nacional de Estadística).
Según el Consejo General de Poder Judicial los procesos de disolución (divorcio, separación, nulidad) crecieron en el año 2014 un 6,9% respecto al año anterior. Esto por lo que afecta a España, pero de hecho las cifras han ido en aumento en toda Europa.
Han crecido también en Portugal, República Checa y Hungría. Bélgica es la que presenta un índice más alto. En la América latina, si bien las separaciones y divorcios siguen en ascenso, no lo han hecho en la medida europea. Las cifras rondan el 25/27%. Hay dos excepciones, Cuba con un 56%, y Chile que tiene el índice más bajo a nivel mundial, un 3%. En EE. UU. y Rusia se alcanza el 50%.
Debemos tener en cuenta que hay un grupo de parejas que no se contabiliza en estas cifras porque, al no estar casados en su mayoría, si no tienen hijos ya no presentan papeles en los juzgados. A pesar de ello, un porcentaje muy elevado de personas separadas repite la experiencia de vida en pareja, con el agravante de que muchas de ellas no han reflexionado sobre los errores cometidos en su experiencia anterior a fin de evitarlos en una nueva relación y, por tanto, es posible que la anterior experiencia no les sea útil en una nueva relación.
Un dato curioso: según las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, la familia sigue siendo un valor muy importante, por encima de la profesión, el dinero, la amistad, la política y la religión. También en Iberoamérica la familia merece una gran consideración. Pero ¿de qué familia se está hablando? Porque, si nos referimos a la familia tradicional de corte patriarcal y con roles muy bien definidos para sus miembros, hemos de convenir que muy poco o casi nada tiene que ver con la familia actual. No deja de ser curioso que se siga considerando al núcleo familiar como algo fundamental sin pararse a pensar si se están afrontando debidamente los cambios surgidos. Las mujeres trabajan. Y lo hacen no sólo en tareas compatibles con el manejo del hogar, sino que muchas de ellas están al frente de negocios importantes y de puestos de responsabilidad.
Ya no hay abuelos conviviendo en la mayoría de las casas, sobre todo en las grandes ciudades. Las parejas tienen los hijos que desean, no «todos los que Dios envía». Marido y mujer comparten o debieran compartir tareas y responsabilidades que antes estaban adjudicadas a cada uno por separado. Convivir en pareja es una decisión libre.
Es evidente que muchos de los cambios descritos no han sido asumidos debidamente y que prevalecen actitudes incompatibles con ellos. Pero habrá que reflexionar sobre las disposiciones, aptitudes y habilidades en las que las parejas actuales deberían fundamentar su unión. Si los papeles de cada uno no están delimitados como lo estuvieron en su día, sino que, por el contrario, se entremezclan y solapan, les corresponderá a los nuevos candidatos a la vida en común el análisis de qué requisitos implica la actual convivencia en un mundo nuevo y con nuevas demandas.
Muchas veces, las discusiones y los desencuentros surgen, no tanto por la carencia de diálogo y/o de comprensión, que también, sino por pequeñas nimiedades de la vida cotidiana que no se discutieron en su debido momento, ni se convinieron ni pactaron y que luego irrumpieron súbitamente y desestabilizaron el día a día.
Recuerdo un artículo publicado en el The New York Times titulado: «Preguntas que las parejas deben hacerse (o desearían haberse hecho) antes de casarse». Entre otras cuestiones más trascendentes, hablaba de otras aparentemente menos importantes pero determinantes en una buena convivencia. Cosas tales como: ¿quién y cómo llevará a cabo la organización de la casa?, ¿queremos televisor en el dormitorio?, ¿se ha hablado del manejo de las finanzas y de cómo y en qué se gastará el dinero?
Leyendo el artículo pensé en las muchas veces que temas como estos habían sido debatidos con las parejas entrevistadas en mi consulta. Recordé también una película en la que los protagonistas se plantean ir o no a vivir juntos. Uno de los dos insiste y el otro responde:
—Bien, de acuerdo. Pero debes saber que: aprieto el tubo del dentífrico por la mitad, duermo con la ventana abierta y dejo las toallas sucias en el suelo del lavabo.
Evoqué entonces la frase atribuida a George Bernard Shaw: «El matrimonio es una alianza que se establece entre un hombre que no puede dormir con la ventana cerrada y una mujer que no puede dormir con la ventana abierta».
Grandes y pequeñas cosas son las que separan. Algunas consideradas pequeñas resultan insoportables cuando se dan cada día y se juzga que son voluntarias, más aún, que son para fastidiar.
Con mucha frecuencia se hallan, entre los factores antecedentes:
Las falsas expectativas acerca del amor y la vida en común.Las diferencias personales y de perspectiva.La excesiva dependencia del otro por parte de uno de los miembros de la pareja.La autoestima negativa de uno de ellos.La carencia de las adecuadas habilidades de comunicación.La falta de tiempo libre.En ocasiones, la interferencia negativa de las familias de origen.Entre los factores desencadenantes del conflicto, podemos incluir:
Algún tipo de patología personal.Los problemas económicos y/o laborales.La lucha de roles.La evolución diferente de cada uno de los miembros.Posibles acontecimientos estresantes.La carencia de comunicación.Los problemas sexuales.La aparición de una tercera persona.Entre los factores de mantenimiento del conflicto, hallamos la aparición de un círculo vicioso negativo con posturas de enfrentamiento por ambas partes, sin que nadie ceda en espera de que sea el otro quien propicie el cambio. En esta situación no se refuerza positivamente ninguna actitud ni conducta, por el contrario, se utilizan estrategias aversivas; la comunicación prosigue en franco deterioro y los errores cognitivos, fruto de esquemas erróneos, campan por sus respetos.
Llegados a este extremo, muchas parejas no hallan mejor solución que separarse. En algunos casos, los sentimientos están tan deteriorados que ya no es posible reconstruirlos. No obstante, una cifra importante de las parejas que se separan podrían haberlo evitado deteniéndose a analizar los errores y dificultades mutuos, y aprendiendo nuevas estrategias más constructivas y favorecedoras de la convivencia.
En la mayor parte de los casos, la separación causa un gran sufrimiento moral y secuelas psicológicas que suelen afectar a la disuelta pareja durante largo tiempo y, además, infligen un daño a los hijos (si los hay).
Por todo ello, conocer las habilidades más comunes para una convivencia armónica y saber cuáles son los errores que se cometen con más frecuencia, a fin de soslayarlos, es actuar de forma preventiva para evitar el fracaso. Como dijo Luis Rojas Marcos en una entrevista:
«La felicidad, como el deporte, hay que trabajarla».
En este libro se pretende ayudar a que las parejas nuevas o de nuevo intento recapaciten sobre si serán capaces de llevar a buen puerto la nave de la convivencia. Al fin y al cabo van a emprender uno de los viajes más apasionantes de la vida. Hacer camino junto a alguien a quien amamos y conocemos, nos conoce y nos ama a su vez. Si aprendemos a sortear escollos y tempestades, no iremos a la deriva, disfrutaremos de la aventura y llegaremos al destino propuesto.
Capítulo 1
Los mitos al uso nos han hecho creer que la unión de dos personas constituidas en pareja implica una comunión perfecta: desde la frase bíblica «Seréis dos en una sola carne» hasta «Ya no somos tu y yo, ahora somos nosotros», pasando por múltiples variantes. Tales sentencias —que como licencia poética son muy aceptables— en la práctica no definen bien lo que en nuestros días constituye o debiera constituir una pareja.
En muchos casos la conversión a «nosotros» ha significado que uno de ellos se ha perdido en el otro. Es decir, uno solo decide, uno solo piensa por los dos, uno solo toma iniciativas. Podría pensarse que ello se debe a que hay una unión de tal naturaleza que actúan con un solo cerebro y un solo corazón, pero casi nunca es así. La mayor parte de las veces lo que ocurre es que alguien ha sido sometido, o se ha dejado someter por distintas razones. Para evitar discusiones, porque juzga que el otro es mucho más inteligente, digno de confianza, resolutivo, o bien... porque así resulta mucho más cómodo.
No obstante, muchas personas en esta situación llegan a un momento de su vida en que se dan cuenta de hasta qué punto han sido consciente o inconscientemente manipuladas. Dispuestas a recuperar su capacidad de maniobra, exhiben entonces un memorial de agravios que a tales alturas resulta una factura difícil de pagar. A su vez, el otro miembro de la pareja no sale de su asombro dado que siempre había considerado que todo iba sobre ruedas, puesto que hasta ese momento no habían surgido quejas ni diferencias. La equivocación ha sido mutua. Uno se ha dejado llevar sin exhibir a tiempo sus deseos, sin manifestar desacuerdos, sin contradecir opiniones. El otro ha considerado que ésta era una situación normal. ¿Qué más se podía desear? Nunca se paró a pensar si su pareja evolucionaba debidamente como persona, si la relación podía ser mucho más rica si se nutría de la aportación de ambos, y nunca solicitó una mayor implicación en los planes y decisiones.
Estas situaciones que se han dado mucho en el pasado y que siguen dándose a pesar de los cambios sociales acaecidos, se han producido por una falsa concepción de lo que debe ser la pareja, sobre todo la pareja del siglo XXI.
En un momento en que las uniones ya no tienen su origen en el compromiso y consejo paternos, todavía hay demasiadas personas que deciden vivir en pareja sin saber si están tomando, o no, una buena decisión, sino por motivos tales como marcharse cuanto antes del hogar familiar, huir de la soledad, ser objeto de amor y cuidados, cuidar de alguien y hacerle feliz, organizarse la vida lejos de los sermones familiares...
Por un lado estamos en un mundo nuevo con una nueva concepción de la pareja, por el otro, todavía pesan los viejos esquemas, los antiguos patrones. Los roles de la mujer y el hombre de hoy que forman un hogar, no tienen nada que ver con los de hace cien e incluso cincuenta años. No obstante, aún hay hombres que esperan ejercer un papel semi patriarcal y algunas mujeres desean todavía que él tome la mayor parte de las decisiones, las mime y las proteja, o aceptan su antiguo rol de amas de casa sin excesivas quejas hasta el día que exhiben su disconformidad. Pero si la pareja de nuestro siglo ha de tener futuro, y espero que así sea, ha de partir de otras premisas: dos personas libres e independientes, que pudiendo elegir otras opciones y pudiendo cuidar perfectamente de sí mismas, eligen hacer camino juntas. Evidentemente, esto implicará concesiones y renuncias por ambas partes. La interacción positiva y la convivencia así lo van a exigir. Cualquier relación para ser fructífera implica reciprocidad, es decir, derechos y deberes, dar y recibir, aceptar, conceder, pedir, solicitar. Implica equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe. Siempre desde la autonomía personal y la libertad de acción. Nada que impida la evolución de cada miembro de la pareja y su propia proyección individual.
Tú y Yo no se diluyen en un nosotros indefinido, Tú más Yo dan lugar a una suma de valores y experiencias que, sí, van a constituir un Nosotros fruto del enriquecimiento de cada uno.
Como decía Mario Benedetti: «Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos muchos más que dos».
La fuerza de la complicidad, de los objetivos comunes, de los valores compartidos es una de las facetas más agradables de la vida en pareja, quizá la más valiosa. Cuando podemos decir que «Tú y yo no somos dos círculos concéntricos, tú y yo somos dos círculos secantes, con una zona común que compartimos, zona que se amplía y beneficia de nuestro crecimiento individual», estamos en el buen camino. Alguien podría objetar que no debe hacerse tanto hincapié en el individuo; al fin y al cabo lo que se pretende al convivir es unir esfuerzos, posibilidades y aptitudes para lograr el bien común.
Cierto, pero será difícil que esto sea posible si no partimos de dos seres, autónomos ambos y cuyo compromiso se ejerce desde la libertad individual. Una persona que espere que sea la pareja quien resuelva todos sus problemas e incapacidades, a la par que satisfaga sus deseos, sin pensar que gran parte de este trabajo debe ser realizado por sí misma, difícilmente podrá colaborar en la vida común de forma recíproca y válida. Quizá cuando crea que ya es hora de obrar por sí misma, sea demasiado tarde. O peor aún, el compañero, hastiado de cargar con todas las responsabilidades decida que ya basta. Será entonces cuando tratar de hacer frente a la realidad y manejar la propia vida, pasará a ser una tarea ardua y difícil. Para algunos, con una muy baja autoestima forjada tras años de invisibilidad, casi imposible.
Erich Fromm decía: «La capacidad de disfrutar de la soledad es una condición para amar a los demás, ya que nos movemos por el deseo y no por la necesidad».
La propia autoestima no puede depender de otros, se labra a partir de la posesión de una autoimagen positiva. La autoimagen es un concepto que agrupa diversos elementos: nuestra propia percepción ante el espejo, aquello que creemos que los demás piensan de nosotros, lo que realmente nos dicen los demás, lo que opinamos de nosotros mismos, nuestra experiencia de logros y fracasos..., todo ello configura la autoimagen que puede ser percibida más o menos subjetiva u objetivamente, pero que difícilmente será positiva si no hay experiencias que también lo sean. Cuando una persona se somete habitualmente a las decisiones de otra, no toma iniciativas y pone siempre sus deseos por debajo de los de los demás, es muy poco probable que se sienta satisfecha consigo misma.
Algunas personas eligieron erróneamente esperar a que fuera su pareja quien decidiera sobre la mayor parte de las cosas, pensando que era ésta una buena ruta y no un error que truncaría su propia evolución.
Otras, en cambio, no deseaban que fuera así, pero hallaron un compañero en exceso directivo, inclinado casi siempre a hacer su propia voluntad, con argumentos habitualmente favorables a su modo de pensar, sin sopesar los del otro, o haciéndole ver que eran poco consistentes. Inicialmente no creyeron que eso fuera a constituir un obstáculo, más adelante, sin embargo, pudieron advertir que siempre estaban en segundo plano, que casi nunca eran tenidas en cuenta y que su decisión y libertad personales apenas contaban para nada. El desengaño y el fracaso estaban servidos. Elegir desde la independencia personal, supone, pues, soslayar estos obstáculos. Cuidar el propio yo sin menoscabo del yo del compañero, acrecentar la capacidad para manejar la propia vida será siempre una buena aportación a la convivencia. Las parejas pueden ser complementarias. Uno es más activo, el otro más pasivo. Uno más optimista, el otro menos. Una es más sociable, el otro más retraído. Si hay un buen entendimiento esto no es un problema. Cada uno acepta al otro y a la vez se beneficia de sus características: por ejemplo, el que tiende a ser más irreflexivo lo compensa con la cordura del otro; el más pesimista disminuye su malestar ante los argumentos positivos del compañero.
Cuando se agudizan las diferencias y cada uno se empeña en que el otro vaya incondicionalmente a su terreno, los complementarios pasan lentamente a ser antagónicos. ¿Qué ha ocurrido? Simplemente no han obrado con la suficiente independencia.
Más ejemplos: si a ti te gusta mucho el teatro y a tu pareja muy poco, no dejes de ir por este motivo, ni la fuerces a acompañarte. Puede que algún día voluntariamente lo haga, pero no en todas las ocasiones. Muéstrate y sé libre. Puedes y debes ceder parte de tu libertad, y de hecho todos lo hacemos en un momento dado, en aras del bien común, pero nunca por exigencias caprichosas o arbitrarias, ni por incapacidad o miedo a ejercitarla.
Recordemos los versos de Khalil Gibran:
Permaneced juntos, pero no demasiado juntos.
Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados.
Y ni el roble crece bajo la sombra del ciprés, ni el ciprés bajo la del roble.
Todos hemos conocido parejas ya mayores, tan unidas y compenetradas que se diría han logrado una simbiosis perfecta. No nos engañemos, esto no se ha logrado sin un trabajo conjunto. Años de convivencia, de tolerancia, de amor compartido, nunca a costa del otro o de su crecimiento. Siempre desde la libertad.
Antes de iniciar la vida en común, los candidatos a ella deberían hablar del modelo de pareja que desean construir. Exponer francamente lo que cada uno opina respecto a este tema. Si las diferencias son muy acusadas quizá deban replantearse la futura convivencia. Deberían hablar también del tipo de compromiso que van a establecer, y qué entienden por «fidelidad». En ocasiones, las parejas afirman, sobre todo las más jóvenes, que aun cuando desean permanecer juntas el mayor tiempo posible, su unión «durará lo que dure», dado que nada es eterno. No obstante, iniciar la vida juntos bajo esta premisa, vendría a indicar que una especie de fatalismo va a regir sus destinos, como si ellos estuvieran al margen, simples actores de una historia que comienza y se ignora el final. Lo cierto es que, si no se trabaja para construir algo y no se cuida el día a día y todo aquello que incrementa y preserva la unión, difícilmente ésta va a ser muy duradera.
Habitualmente el concepto de fidelidad queda restringido a la posible relación sexual con un tercero. Hay parejas muy abiertas que dicen otorgarse libertad en este sentido, mientras sigan siendo francos y leales entre sí. No obstante, he podido apreciar que, llegada la ocasión, uno de los dos se ha sentido herido por la aventura del otro y ha comprendido que no podía mantener el compromiso inicial. Muchas veces este escollo ha sido de difícil superación.
