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A pesar de la crisis económica, el número de adopciones internacionales ha crecido exponencialmente a lo largo de los últimos años. Se trata de un fenómeno que nace del verdadero deseo de ser padres, de una sana motivación, pero a su vez es un reto lleno de incertidumbres que requiere una preparación previa y cuidadosa. Esta nueva realidad social ha generado un aumento en las consultas por parte de padres adoptivos y ha llevado a los autores a elaborar el presente texto partiendo de su experiencia en adopción internacional y de las distintas vertientes de su trabajo. En él se recoge la visión de un equipo -ICIF Fundació Vidal i Barraquer- formado por psicólogos, psicopedagogos y trabajadores sociales, cuyo objetivo es contribuir al buen desarrollo del niño tanto en la familia como en la escuela. Vinyet Mirabent y Elena Ricart son los compiladores de esta obra.Los autores son el Equipo de adopciones de la ICIF Fundació Vidal i Barraquer: Josep Mª Andrés, psicólogo clínico; Gemma Blanch, psicóloga; Elba Camina, trabajadora social; Magda de la Maza, psicopedagoga; Geni Flos, educadora social; Vinyet Mirabent, psicóloga clínica; Martha Ortega, psicóloga; Elena Ricart, psicóloga clínica; Marta San Martino, psicóloga; Montserrat Soler, trabajadora social; Jorge Toledano, psicólogo. Con la colaboración de Laura Cano, maestra.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Vinyet Mirabent y Elena Ricart (comps.)
Adopción y vínculo familiar
Crianza, escolaridad y adolescencia en la adopción internacional
Herder
www.herdereditorial.com
Dirección de la colección: Víctor Cabré Segura Consejo Asesor: Junta Directiva de la Fundació Vidal i Barraquer
Diseño de la cubierta: Michel TofahrnMaquetación electrónica: Manuel Rodríguez
© 2012, Fundació Vidal i Barraquer © 2012, Herder Editorial, S. L., Barcelona © 2012, de la presente edición, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3179-1
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
www.herdereditorial.com
Los autores
Prólogo, Vinyet Mirabent y Elena Ricart
Capítulo I
Introducción: ¿qué es adoptar?
1. Breve recorrido por la historia de la adopción
2. Otra forma de constituirse en familia
Capítulo II
Los futuros padres
1. Perfiles de familias adoptivas
1.1. Parejas con dificultades en la reproducción, infértiles o estériles
1.2. Parejas que desean adoptar como primera opción de paternidad-maternidad
1.3. Parejas con hijos biológicos y familias reconstituidas
1.4. Personas solas
2. Condiciones internas para asumir la adopción
3. ¿Qué entendemos por idoneidad?
3.1. Criterios de idoneidad
4. La importancia de prepararse para la adopción
4.1. ¿Por qué nos hemos de preparar para la adopción?
4.2. El papel de los profesionales
Capítulo III
El niño en adopción
1. La vida previa del menor: la vida en el orfanato
2. Las carencias psíquicas y emocionales
3. Las carencias físicas
4. El niño que ha estado en una familia de acogida
Capítulo IV
Funciones emocionales de los padres y el «plus» de la adopción
Capítulo V
El encuentro con el niño
1. La espera y la asignación
2. El primer encuentro
2.1. Reacciones de los padres
2.2. Reacciones del niño/a
3. ¿Qué nos puede ayudar? Recursos para el encuentro
4. La llegada a casa
Capítulo VI
Crianza y educación
1. ¿Qué necesita y qué aprende un niño los primeros años de vida?
2. Primeras adaptaciones: todo es nuevo y desconocido
2.1. El cambio de vivienda
2.2. El cambio de idioma
2.3. Los rasgos étnicos distintos
2.4. El cambio de entono, de ritmo y de estilo de vida
3. Reacciones de los niños
4. La verdadera adaptación: avanzando en el vínculo
Capítulo VII
Conocimiento del origen
1. Sentimientos e inquietudes de los padres
2. Sentimientos del niño: el abandono
3. ¿Cuándo y cómo hablar sobre el origen?
4. Etapas que pasa el niño en el conocimiento de su origen
5. Otros duelos en la vida del niño
6. Ayudando a integrar: vivir con esta realidad
7. Las diferencias étnicas
Capítulo VIII
Adopción y escuela
1. Inicio de la escolaridad
1.1. ¿Cuándo y cómo es conveniente llevar a nuestro hijo a la guardería?
1.2. Diferentes reacciones de los niños cuando los padres los van a recoger al colegio
2. Inquietudes de los padres
3. Criterios para acoger e integrar desde la escuela
4. Desfases en el nivel de aprendizaje, situación emocional del niño
5. Adquiriendo una nueva lengua
6. El niño en la escuela: manifestaciones de inquietud
7. Vivencia de las diferencias étnicas en el marco escolar
8. Adopción: ¿dificultades para aprender?
9. Experiencia de una maestra
9.1. Tratamiento de los orígenes dentro de la clase
9.2. Proceso de adaptación al mundo escolar
Capítulo IX
Adolescencia y adopción
1. La adolescencia
1.1. ¿Qué les ocurre a los padres del adolescente?
2. El adolescente adoptado
2.1. Los cambios corporales
2.2. El temor a lo nuevo
2.3. La genética. Fantasías con los progenitores
2.4. Juego de identificaciones
2.5. Más interrogantes sobre los orígenes
3. Los conflictos en la relación padres-hijo. Los miedos del hijo, los miedos de los padres
4. La búsqueda de los orígenes
Capítulo X
Otras situaciones
1. Familias con hijos biológicos
2. Familias monoparentales
3. Adoptar hermanos
4. Segundas adopciones
Bibliografía
Equipo de Adopciones de la ICIF Fundació Vidal i Barraquer:
Josep M.ª Andrés, psicólogo clínico.
Gemma Blanch, psicóloga.
Elba Camina, trabajadora social.
Magda De la Maza, psicopedagoga.
Geni Flos, educadora social.
Vinyet Mirabent, psicóloga clínica.
Martha Ortega, psicóloga.
Elena Ricart, psicóloga clínica.
Marta San Martino, psicóloga.
Montserrat Soler, trabajadora social.
Jorge Toledano, psicólogo.
La adopción se da a partir del verdadero deseo de ser padres y de una sana motivación; luego, se va produciendo en la convivencia, en los afectos y en la relación cotidiana. La adopción —como cualquier paternidad— es una aventura, un reto lleno de incertidumbres que requiere de una preparación previa y cuidadosa. Un niño que ha perdido a sus progenitores necesita crecer en un entorno de afecto, necesita unos padres que puedan entender y aguantar las situaciones difíciles que se derivarán del hecho de haber sido abandonado. Ello justifica el proceso de evaluación de familias: la defensa de los derechos del niño que ya lleva consigo un sufrimiento y una carencia.
Desde hace muchos años trabajamos con familias adoptivas en nuestra unidad de atención a la infancia y adolescencia del centro médico psicológico de la Fundació Vidal i Barraquer. Desde el año 1997 somos también una ICIF reconocida por el Institut Català de l'Acolliment i l'Adopció, ICAA, por lo que nos encargamos de la preparación de futuros padres adoptivos, la evaluación de los mismos y la realización de los informes psicosociales que se precisan para poder adoptar por la vía internacional. Nos ocupamos también de los seguimientos de los menores adoptados, es decir, vemos a los niños que ya han llegado a nuestro país y están en proceso de integración y adaptación al nuevo entorno. Por otro lado, atendemos a los solicitantes de segundas o terceras adopciones. Además, desde el año 2003 hemos abierto un servicio de atención a padres adoptivos en nuestro equipo de psicología infantil y adolescente.
A partir de la experiencia en adopción internacional y de las distintas vertientes de nuestro trabajo hemos preparado y escrito este libro. Éste recoge la visión de nuestro equipo (ICIF Fundació Vidal i Barraquer), formado por psicólogos, psicopedagogos y trabajadores sociales.
El interés por el mundo de la adopción ha ido creciendo en nuestra sociedad, donde el número de adopciones internacionales se ha multiplicado en los últimos años. Debido a esta realidad, el interés de nuestro equipo también ha ido en aumento, pues en la última década hemos visto una creciente demanda en nuestra consulta por parte de padres adoptivos. Deseamos transmitir el entusiasmo por nuestro trabajo junto a estas familias, porque además son muchas las que con frecuencia nos preguntaron si teníamos escrito todo aquello que les íbamos explicando, y las que, sabiendo que no era así, nos animaban a hacerlo. Así pues, fuimos ampliando nuestra experiencia sobre adopción —principalmente adopción internacional—, viendo las primeras etapas de adaptación e integración, reconociendo de cerca las necesidades de los niños, entendiendo también las necesidades de los padres, el reajuste y la reestructuración de toda la familia al recibir a un nuevo miembro. También es cierto que, en nuestro país, todavía no es mucha la experiencia sobre las etapas posteriores —la adolescencia y la primera juventud— de los menores adoptados en el extranjero, que será interesante analizar quizá pasada otra década. De todos modos, nosotros nos referimos en este libro a la experiencia adquirida a través de nuestro trabajo con las familias adoptivas.
Nuestro objetivo es, pues, ayudar a entender la conducta y las reacciones del niño que llegará casa para que sus padres puedan reconocer, entender y atender sus necesidades. Deseamos estimular las capacidades de los adultos que adoptan para que puedan comprender a sus hijos, teniendo en cuenta la realidad que vivieron antes de llegar a la familia. Tenemos el convencimiento de que son los padres quienes, con su propia actitud —observadora, intuitiva, paciente, flexible, comprensiva y firme—, pueden ir reparando y compensando las carencias afectivas, emocionales y físicas del niño que llega a casa. Son ellos quienes pueden favorecer un vínculo familiar, haciéndolo sólido, de manera que se pueda prevenir la aparición de conflictos difíciles de resolver.
A partir de nuestro trabajo también hemos podido comprobar la importancia de realizar un acertado proceso de escolarización. Algunos de nosotros trabajamos en el mundo escolar y valoramos lo esencial que es encontrar a profesionales de la enseñanza que, por su parte, comprendan lo que significa la adopción internacional, sean capaces de ser flexibles y ayuden a la integración del niño en el marco escolar. El niño pasa muchas horas en el entorno de la escuela; por tanto, es imprescindible que también allí se entiendan sus necesidades y se favorezca su progreso, tanto académico como personal.
Pensamos que este libro puede ayudar a favorecer un buen desarrollo del niño —adoptado en el extranjero— en la familia y en la escuela. No pretendemos analizar posibles patologías derivadas de la adopción, sino contribuir a un trabajo de prevención de las mismas, desde la seguridad de que una buena y sana vinculación familiar lleva a una experiencia gratificante de familia, lo que no significa, de ninguna manera, ausencia de problemas.
Sentimos un sincero agradecimiento hacia las familias que han confiado en nosotros y que nos han dado la oportunidad de acompañarles, asesorarles y avanzar juntos en el conocimiento de la adopción. Ellas y nosotros vamos confirmando, a lo largo de los años, que la adopción es una verdadera forma de filiación.
Agradecemos también a nuestra Institución, la Fundació Vidal i Barraquer, el apoyo recibido a lo largo de estos años en nuestro trabajo como equipo de adopciones, así como el estímulo que nos ha dado a la hora de escribir este libro.
Por otro lado, es el Institut Català de l'Acolliment i l'Adopció, ICAA, el que nos dio y nos sigue dando la oportunidad de trabajar de manera especializada en la formación y evaluación de familias que desean realizar una adopción internacional. Han sido algunos de sus técnicos quienes, de manera particular, nos han brindado su apoyo en numerosas ocasiones. A todos ellos va dirigida también nuestra gratitud.
Por último, queremos dar las gracias también a la doctora Eulàlia Torras de Beà por las orientaciones, la ayuda y los ánimos que siempre nos ha mostrado en las supervisiones realizadas como equipo, y que nos han permitido y nos permiten profundizar en la realidad de la adopción para seguir atendiendo de la mejor manera posible a los futuros padres adoptivos, entendiendo en todo momento que trabajamos para el bienestar del menor que se adopta —quien, en definitiva, es el que más ha sufrido— y para la salud de la familia a la que llega.
Vinyet Mirabent
Elena Ricart
Introducción: ¿qué es adoptar?
Adoptar significa aceptar como hijo a aquel que no lo es de forma biológica con la finalidad de formar una familia. La adopción como instrumento para que un niño crezca y se eduque en una familia en la que no ha nacido nos transporta a más de dos mil años antes de Cristo, tal como consta en el punto 185 del Código de Hammurabi, quinto rey de la dinastía de Babilonia.
Algunos historiadores, en la búsqueda de las raíces de la adopción, se remontan hasta la antigua India, desde donde, según creen, pasó al pueblo hebreo. En el Antiguo Testamento encontramos, como mínimo, tres ejemplos de adopción, entendiéndola como un camino para crear y educar a un niño engendrado por otros: el caso de Efraïm y Manasés, educados por Jacob (Génesis, 48,5); el de Moisés, adoptado por la hija del faraón (Éxodo, 2,10); y el caso de Ester, educada como si fuera una hija por Mardoqueo (Ester, 2,7). El pueblo hebreo transmitió la adopción como costumbre a Egipto, de donde pasó a Grecia y, posteriormente, a Roma (Derecho romano). En estos dos imperios la adopción era utilizada primordialmente por motivos religiosos: servía para asegurar, a quien no tenía descendencia biológica, un sucesor en el culto religioso a los antepasados. También se usaba por motivos hereditarios.
La adopción, tal como la define el Derecho romano, tuvo vigencia durante los años de dominio romano de la Península Ibérica. Una vez destruido el Imperio Romano, se siguió practicando por los pueblos invasores durante los primeros siglos de la Edad Media. La adopción tenía entonces la finalidad de transmitir herencias y mantener las propiedades familiares. En el siglo xiii, volvemos a encontrar indicios de la adopción en la península. Ésta se aplica de manera directa en Cataluña y Mallorca, e inspira la creación de las leyes de otros reinos. No obstante, si bien la adopción sigue como concepto, raras veces se lleva a la práctica.
Como dice Pilotti (1988), en la historia de la adopción podemos diferenciar dos grandes etapas:
a) La adopción clásica: tiene como objetivo solucionar las crisis de matrimonios sin hijos. Busca, pues, favorecer los intereses y deseos del adulto.
b) La adopción moderna: tiene como objetivo resolver las crisis de niños y niñas sin familia. En este caso, pues, prima el derecho del menor y se le asegura el entorno familiar correcto y estable que, por motivos diversos, no ha podido tener.
Haciendo un recorrido por algunos países, observamos que, en Inglaterra, entre los siglos xiii y xvii, no existía la adopción desde el punto de vista jurídico. No obstante, huérfanos y niños abandonados o cedidos por sus propios padres biológicos se integraban en calidad de aprendices en familias de artesanos de estratos socioeconómicos superiores. En estas familias sustitutas el menor no sólo establecía vínculos afectivos, sino que además adquiría los elementos que definirían su eventual posición en la sociedad. Esta práctica se extendió a lo largo del siglo xvii a las colonias americanas, donde la incorporación de huérfanos y abandonados en familias «adoptivas» cumplía con la finalidad de proveer a estas familias de trabajo infantil. Las primeras reglamentaciones sobre la situación de menores en familias sustitutas en Estados Unidos surgió a raíz del uso indiscriminado de menores huérfanos y abandonados como mano de obra infantil barata. El Estado de Massachusetts, en 1851, fue el primero en promulgar una ley destinada a proteger los intereses de los niños. En 1917 fue el Estado de Minessota el que aprobó un código de menores y, en la década de 1950, más de cuarenta Estados pedían ya informes sociales para la evaluación de la idoneidad en los matrimonios que solicitaban adoptar a un menor.
En Francia, parece que la adopción como institución formal desapareció de manera práctica en la Edad Media. El restablecimiento del Código Civil francés, en el año 1804, trajo consigo el establecimiento de ciertas regulaciones en las prácticas adoptivas, como la limitación de la edad del adoptante, entre otras. A raíz del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la legislación francesa introdujo en 1939 como nueva figura jurídica la legitimación adoptiva que beneficiaba a los niños abandonados, huérfanos o hijos de padres desconocidos menores de 5 años. En 1996 se sustituyó la legitimación adoptiva por la adopción plena y se conservó la adopción ordinaria como adopción simple.
En Europa, la Revolución industrial conllevó el abandono de un gran número de menores, muchos de los cuales pasaron a ser utilizados como mano de obra barata. Por otro lado, la vida urbana significó la consolidación de la familia nuclear y su independencia respecto a los valores y costumbres tradicionales, basados en la familia extensiva y los vínculos de sangre. Este hecho, junto con el elevado número de niños abandonados en las grandes ciudades y los cambios sociales del momento, puso de manifiesto la urgencia de una nueva orientación de la adopción. La Primera Guerra Mundial, y el elevado número de huérfanos que ésta generó, hizo que en países como Italia, Francia e Inglaterra se dictaran, entre los años 1914 y 1930, nuevas normas legales sobre la adopción que establecían entre los adoptantes y los adoptados vínculos casi idénticos a los que existían entre padres e hijos legítimos.
En el Estado español no será hasta 1958 cuando se publicará una ley de modificación del Código Civil en materia de adopción. Hasta entonces, el código hacía prevalecer los intereses de los adultos. Con esta nueva medida, se perfilará la tendencia a ver la adopción como una medida a favor de los niños y niñas privados de una familia. Posteriormente, el Código Civil ha sido reformado en temas de adopción en 1970, 1974, 1981 y 1987. La ley 21/1987 del 11 de noviembre fue la que llevó hasta el Código Civil la regulación de la adopción que rige en la actualidad y que se caracteriza por:
• El reconocimiento de un solo tipo de filiación independientemente de su origen natural o legal y la defensa del interés superior del menor como motor de la adopción.
Junto con la regulación del Código Civil, debemos tener en cuenta el Código de Familia de Cataluña, que recoge una regulación completa para adoptar y ser adoptado de la constitución y régimen de la adopción, de la adopción internacional y de los efectos específicos de la filiación adoptiva.
Con la ley del 11 de noviembre de 1987 se ha incluido en el artículo 9 del Código Civil una nueva normativa en lo que se refiere a la adopción internacional, concretamente en la adopción de niños extranjeros por parte de ciudadanos españoles, siempre pensando en el bien del menor.
En lo que atañe a la educación de menores en el extranjero, en el año 1993 se elaboró en La Haya el Convenio relativo a la Protección del Menor y a la Cooperación en Materia de Adopción Internacional. Se trata de un convenio orientado a la protección de los derechos del menor, en este caso, en lo relativo a la adopción. España firmó dicho convenio en 1995.
En su preámbulo, el Convenio de La Haya reconoce el convencimiento, por parte de los Estados firmantes, de que «para el desarrollo armónico de su personalidad, el niño debe crecer en un medio familiar y en un clima de felicidad, amor y comprensión». Asimismo, recuerda que «cada Estado debería tomar, con carácter prioritario, medidas adecuadas que hicieran posible la permanencia del niño dentro de su familia», aunque reconoce que «la adopción internacional puede presentar la ventaja de dar una familia permanente a un niño que no puede encontrar una familia adecuada en su país de origen». Finalmente concluye con el convencimiento de que «son necesarias medidas que garanticen que las adopciones internacionales se lleven a cabo pensando en el interés superior del niño y el respeto a sus derechos fundamentales».
La familia como institución, como sabemos, es tan antigua como la misma especie humana: desde el principio de la humanidad la agrupación en formas familiares acompaña el desarrollo filogenético del ser humano y ha sido uno de sus mecanismos de supervivencia. A lo largo del tiempo, ha sufrido un incesante proceso de transformación para adaptarse a las condiciones de vida imperantes; así, podemos encontrar distintas formas familiares en función de la disponibilidad de los recursos naturales, las variaciones históricas y las diferentes condiciones sociales, culturales e históricas.
Sin embargo, sean cuales sean las distintas circunstancias, la familia siempre ha cumplido dos funciones básicas:
• La función biológica de engendrar descendientes y, así, perpetuar la especie.
• La función de crianza y educación, tal como la entiende Meltzer (1989). El hombre, al nacer con una gran inmadurez en comparación con los otros seres vivos, llega al mundo en unas condiciones precarias y unas grandes necesidades materiales y afectivas. Tal como se dice hoy en día, nacemos en un estado «embrionario» y necesitamos de un útero familiar donde completar nuestro desarrollo para poder sobrevivir y convertirnos en adultos sociales y autónomos. Ésta es, tal como la describe Meltzer, la función psicológica de la parentalidad que acompaña al hijo en su crecimiento y atiende su formación como ser humano protegiéndole y dándole afecto, valores y normas, que lo ubicarán en la vida social.
Si bien la familia biológica cumple las dos funciones mencionadas, la familia adoptiva sólo cumple la segunda, que es la más importante desde el punto de vista psicológico. Antes ya hemos mencionado que la adopción, como otra forma de crear una familia, ha estado presente en la historia del hombre bajo diferentes conceptos y formas jurídicas.
Soulé (2000) explica que los tres ejes de la filiación son el biológico, el afectivo y el legal, y que cuando se dan dos de ellos, siempre que uno de los dos sea el afectivo, se produce ya un verdadero proceso de filiación. Así, la familia adoptiva se basaría en el eje afectivo y en el legal, que permitirían la vinculación del menor adoptado, la superación de lo biológico no compartido con sus padres, y su crecimiento dentro de la familia.
Adoptar es, como dice Levy Soussan (2001), aceptar como hijo a un menor que no lo es por la vía biológica, formando una familia o ampliándola, con todos los derechos y obligaciones legales, los mismos que tiene una familia biológica.
La parentalidad adoptiva se basa en la vinculación afectiva de los padres hacia el menor y la de éste con los padres, y en el soporte jurídico que legaliza la unidad familiar. La adopción implica este doble proceso, el de unos padres que adoptan a un menor como hijo y el de un menor que adopta a unos adultos como padres. Este proceso: afectivo y jurídico, permite el desarrollo del sentimiento de filiación entre padres e hijo y el del sentido de pertenencia: «Adoptar es criar un niño que dará continuidad a la familia y que a través de la crianza va adquiriendo el sentido de pertenencia a esta familia» (Levy Soussan, 2001).
Como dice Eva Giberti (1987), la crianza aparece como el punto de anclaje, de unión entre padres e hijo. Es en este día a día cotidiano donde se construye la familia. Ya no es la sangre sino la crianza lo que une y sostiene.
Así, adoptar es otra forma de crear familia, es ahijarse un menor que no procede de la propia biología. Este hecho nos pone delante de aspectos que tienen en común las familias adoptivas y las biológicas (muchos aspectos de la crianza y de la educación), pero también delante de lo que es diferente, que viene dado por la forma en que se construye la familia, en que los adultos llegan a ser padres y en que el niño llega a ser hijo.
En la adopción se dan, pues, dos situaciones complementarias: la de un niño que por distintas razones necesita de una familia que le dé afecto, estima y educación, y la de unos adultos que también por distintas razones desean desarrollar sus capacidades parentales convirtiéndose en padres.
Por eso mismo la adopción, como a veces se dice, no es un final feliz para la nueva familia, sino el inicio de una relación en la que confluyen dos historias marcadas por las pérdidas, las renuncias y, en mayor o menor grado, el dolor: por un lado, sin duda el dolor de un niño desprotegido que ha sufrido la pérdida de la familia biológica y ha vivido situaciones de carencia psíquica y/o física, y, por el otro, el de unos adultos deseosos de dar cariño que han sufrido, sin embargo, procesos difíciles en busca de la fertilidad.
A veces se oye decir que los adultos que adoptan son muy generosos y que tienen gran capacidad para dar estima; se entiende también que entonces el menor reaccionará con agradecimiento y con afecto delante de las atenciones de estos padres que le han rescatado de su vida anterior, tan penosa. Ninguno de estos presupuestos son ciertos y, si ésta es la expectativa de los adultos que adoptan, probablemente no se comprenderán los problemas que puedan surgir en el trato diario.
La adopción no se basa en la generosidad, la solidaridad o el altruismo; los padres que desean adoptar no son una ONG. Se llega a la adopción por un deseo de ser padres, por la ilusión de cuidar y educar a un niño y de desarrollar esta área de la afectividad, la parentalidad. Y se llega por distintos motivos, el más frecuente de los cuales es la incapacidad para procrear, a través del largo camino de sufrimiento emocional que ha llevado a tomar la decisión de adoptar.
Por otro lado, el menor que llega a la adopción ha vivido serias situaciones de pérdida y de carencias; estará forzosamente en una situación de fragilidad, con posibles retrasos en su desarrollo, y puede reaccionar con inhibición, reserva, indiferencia u hostilidad ante el encuentro con los adultos que serán sus padres. Éstos pueden quedar sorprendidos al no recibir las respuestas esperadas a sus muestras de cariño, atenciones y cuidados.
Nosotros pensamos que la adopción es necesaria, posible y viable, pero para que esto sea así los padres adoptivos han de tener en cuenta su propia realidad, la que les ha llevado a adoptar, y la del niño. En muchos aspectos su tarea cotidiana será igual a la de los padres biológicos, pero con un «plus» añadido: el de paliar y reparar con su estima, comprensión y sensibilidad los daños y secuelas que el niño lleva consigo debido a su historia previa. Para educar a un hijo siempre es necesario aceptar su diferencia personal, su identidad, pero en la adopción eso es aún más imprescindible, porque sólo aceptando su diferencia podrá sentirse querido y desarrollarse como persona.
En la adopción aceptar la diferencia implica aceptar que el hijo tiene un origen diferente al de los padres, ha sido engendrado por otros y ha nacido en otro lugar, en otra cultura. Tiene una historia previa que le pertenece y que está ligada a su vida y a su identidad. El hijo adoptivo tiene una dotación biológica diferente a la de sus padres adoptivos y tendrá una necesidad diferente de información respecto a sus orígenes, a sus raíces. Aceptar todo esto por parte de los padres implica estar al lado de su hijo, ayudarle a tolerar y entender los sentimientos que puede tener en los distintos momentos en que conecte con este hecho doloroso de su vida: que un día, la persona que le trajo al mundo no pudo cuidarlo, criarlo, y tuvo que dejarle. Aceptar la diferencia es ayudar al hijo a asimilar y elaborar sus orígenes, a reconciliarse con ellos a lo largo de su infancia y adolescencia hasta llegar a ser adulto.
Implica también aceptar que el hijo tendrá unas necesidades de adaptación al nuevo entorno que le ofrecen los padres y que al principio le será desconocido y extraño. El niño en este momento aún no sabe todo lo que va a ganar y que será para siempre; sólo conoce lo que ha vivido, que, a pesar de ser precario, le resultaba familiar y próximo, y puede que momentáneamente lo eche de menos.
Y, por último, implica captar cómo le pueden haber afectado las condiciones de vida que ha tenido hasta el momento de la adopción, qué carencias físicas y psíquicas ha sufrido, algunas de las cuales pueden haberle provocado heridas que necesitarán tiempo para ir cicatrizando. Esta percepción mostrará a los padres cuáles son las primeras necesidades de su hijo adoptado y cómo atenderlas.
La adopción es una verdadera forma de filiación que tendrá que responder a algunos retos, diferentes a los de los padres biológicos, que no son irresolubles, pero que exigen reflexión, conciencia y preparación acerca de las necesidades del hijo adoptado. Muchas de ellas serán propias de todo niño en proceso de crecimiento, otras serán específicas y diferentes, ligadas a su historia previa.
Cada hijo, biológico o adoptivo, es único y tiene la necesidad de ser reconocido en sí mismo, de ser querido en lo que es y ser aceptado como persona diferente de sus padres, con sus características particulares. También a los padres biológicos se les puede hacer difícil aceptar al hijo tal y como es: se trata de un proceso que, aunque más fácil y menos complejo que en la adopción, puede ser largo y costoso.
Si negamos la diferencia en el hijo adoptado es como si le transmitiésemos el mensaje de que un trozo de él no nos gusta y no nos permite aceptarlo y quererlo tal como es. Como dice Levy Soussan, en la adopción se desarrolla la parentalidad y la filiación psíquica siempre que se respete la identidad del hijo, que, en parte, viene dada por la historia previa y, en parte, se irá construyendo en el seno de la familia, sujeto a las variaciones propias de cada una de ellas y también de sí mismo.
Pensamos que el vínculo entre padres e hijos no necesita tener un origen biológico para ser amoroso y significativo. Todo hijo, biológico o adoptivo, necesita surgir del deseo de unos padres, sentirse deseado y querido en su realidad. Este deseo es el que posibilita el desarrollo de la autoestima y de la seguridad, ambas condiciones fundamentales para que pueda ser él mismo. La familia adoptiva, como dice Eva Giberti (1987), se constituye de forma diferente y tiene algunas características diferentes: «La clave está en incorporar el valor de lo diferente, aquello que lleva a aceptar las diferencias». Las diferencias de un niño que, para poder crecer, necesita reparar los daños que la vida le ha hecho, al lado de unos padres que tengan capacidad para acogerlo en sus necesidades y conectar con sus sentimientos y carencias, protegiéndole y dándole recursos.
Como dice Soulé (2000): «Aceptar a un niño como hijo es un proceso que se hace poco a poco, en el trato cotidiano. Los padres que cuidan para la vida son los únicos y verdaderos padres».
Los futuros padres
Hoy en día, el concepto de familia ha sufrido variaciones ligadas a la evolución y características de la sociedad actual. De hecho, a lo largo de la historia siempre ha sido así: el concepto de familia ha estado directamente relacionado con la estructura de la sociedad del momento y con sus necesidades; ha seguido así un proceso incesante de cambios y transformaciones.
En nuestra sociedad encontramos un amplio abanico de formas de hacer familia que hace medio siglo casi no se contemplaba. Así, por ejemplo, la ley de separación matrimonial y de divorcio ha propiciado la existencia de familias monoparentales o familias reconstituidas en las que conviven hijos de anteriores matrimonios con los del nuevo. O también vemos cómo los grandes avances médicos en la reproducción asistida permiten ser padres a parejas de más edad o a mujeres solas, lo que refleja los cambios sociológicos de una juventud que se alarga en el tiempo y de una independización de los jóvenes en edades más avanzadas. Todo ello podría llevarnos a reflexionar acerca de nuestra sociedad, donde cada vez hay un mayor divorcio entre el tiempo biológico para formar familia —aquella edad en la que el cuerpo está en condiciones óptimas para tener hijos— y el tiempo psicológico y social que, debido a las condiciones de vida del mundo occidental, cada vez se alarga más.
La familia adoptiva, al ser una forma de constituirse en familia, también ha sufrido estos cambios a lo largo de la historia. En este momento hay, pues, una diversificación de unidades familiares que solicitan realizar una adopción de un menor por la vía internacional.
Hoy en día, la mayoría de los solicitantes, alrededor de un 75 %, son personas que tienen serias dificultades para tener hijos por la vía biológica. De éstas, una tercera parte son infértiles por causa desconocida; el resto tienen un diagnóstico de esterilidad.
En general, tanto las parejas infértiles como las estériles han pasado por una gran cantidad de intervenciones médicas, que provocan sufrimiento físico y psíquico. A menudo las parejas explican cómo han sentido su intimidad invadida, controlada por las temperaturas y los días señalados, con gran tensión y desgaste. Con frecuencia también transmiten cómo, en algún momento, esta realidad ha incidido en su relación de pareja y en su propia personalidad. Bastantes parejas señalan que han podido pasar este período acompañándose y aprendiendo uno del otro; otras, en cambio, sienten que les ha sido más difícil. Pero siempre se sufren diversos duelos y altibajos emocionales en la oscilación entre la esperanza de un hijo y la decepción.
Como profesionales pensamos que es importante tener en cuenta estos sentimientos y el sufrimiento que han padecido. Percibimos con frecuencia un sentimiento de autodesvalorización por el hecho de no tener hijos en una sociedad que lo valora como algo preciado y como una verdadera forma de acceder a la adultez; a veces, también aparecen sentimientos de culpa por haber estado tomando durante años medidas anticonceptivas y ahora la naturaleza les «castiga» con la infertilidad…
Pensamos que es importante acogerles, deshacer malentendidos y ayudarles, si tienen suficientes recursos, a vivir la adopción como una legítima forma de filiación. Paralelamente, hemos ayudado a alguna pareja que no había podido asimilar su realidad a buscar ayuda psicológica para poder elaborar sus duelos.
Todo ello nos lleva a reflexionar acerca del papel del médico, que puede estimular los aspectos más realistas y sanos de una pareja, ser continente y ayudar a asumir el fracaso de los procesos de fertilización asistida o, por el contrario, estimular la idealización y la creencia en la omnipotencia de la ciencia, alargando durante años los procedimientos y las intervenciones médicas. En otros casos, aún frecuentes hoy en día, contribuyen a la negación del duelo y de la pérdida, y animan a las parejas a emprender el camino de la adopción, ya que «así es posible que se produzca un embarazo», sobre todo si no hay una causa concreta que justifique la infertilidad. En este caso, el hijo adoptivo tendrá la misión de hacer llegar al hijo biológico tan deseado, será un «utilitario», con todo lo que esto representa de negación de la identidad y dignidad del menor adoptado y del verdadero sentido de la adopción.
De hecho, ciertamente en algunas parejas infértiles la tensión por conseguir un embarazo lleva a un bloqueo psicosomático que impide la función reproductora. Después, en algunos casos, al tener el certificado de idoneidad para la adopción o, en otros, al tener al hijo adoptivo en casa, se produce un embarazo inesperado —como consecuencia de centrar la atención en un proyecto diferente o de tener menos dudas inconscientes acerca de su capacidad parental, disminuye también la ansiedad y el cuerpo se desbloquea—, a veces en momentos muy inoportunos y de sobreesfuerzo para todos los miembros de la familia.
Así, a veces se produce un embarazo poco antes de la asignación del menor que se va a adoptar, y entonces la madre no puede viajar para ir a recogerlo. Ello conlleva mayores dificultades para establecer una vinculación sólida entre padres e hijo. Pensamos que para los padres ha de ser difícil dar un espacio diferenciado a cada hijo, y atender y entender necesidades muy diferentes (no es lo mismo que tener hijos mellizos, como a veces se dice). A su vez, para el menor adoptado es una situación difícil de asumir: llega con muchas necesidades de afecto y comprensión no cubiertas en su vida anterior, y se encuentra con un recién nacido con necesidades también muy primarias y, por lo tanto, intensas.
Pensamos que la simultaneidad de los dos proyectos, el adoptivo y el biológico, válidos y legítimos por separado, pero muy diferentes, representa una situación de riesgo para toda la familia. Es posible que los padres, en función de sus capacidades y recursos y de las de los niños, puedan salir adelante, pero ésa no es ni mucho menos la situación más adecuada y deseable. Por esta razón pensamos que es importante explicar la importancia de la reflexión y de la prudencia, para poder tomar medidas anticonceptivas que eviten la simultaneidad de ambos proyectos. A veces vemos reacciones de extrañeza e incredulidad en los solicitantes, que a menudo llevan años buscando el hijo biológico; otras, en cambio, nos agradecen que les ayudemos a pensar.
Si la esterilidad es declarada, los sentimientos son aún más intensos, sobre todo si se determina cuál de los dos miembros de la pareja es el que tiene dificultades. La superación de este duelo estará en función de la personalidad de cada miembro, del apoyo que pueda tener de su pareja, de la renuncia del fértil a tener hijos biológicos con otra persona, y de cómo viva esta renuncia el que es estéril. Es una situación compleja, que más adelante explicaremos con más detalle y que se debe haber resuelto antes de la adopción; de lo contrario, el riesgo estaría en adoptar para conseguir un hijo, para darle un hijo al miembro fértil, y que no pueda entonces reconocerse lo específico de la adopción, con las consecuencias que esto conlleva.
Muchas veces vemos que este duelo se ha ido haciendo poco a poco: en la medida en que se han ido acumulando los fracasos médicos, se ha ido imponiendo en la mente la realidad. Entonces, cuando la pareja solicita adoptar, puede tener bastante asumida su realidad, con cierto dolor aún, pero orientados hacia la adopción como un proyecto diferente. Hay duelos en la vida que no se resuelven nunca totalmente; lo que es importante es que dejen espacio para ilusionarse y reconocer otras realidades.
Sabemos también que probablemente hay parejas en las que este duelo no está verdaderamente asimilado, a pesar de lo que verbalmente transmiten. Pensando en ellas nos preguntamos: ¿cómo será la vinculación con el hijo adoptivo?, ¿cómo ha quedado en su fantasía el hijo biológico que no han tenido? Ya que aquello que se espera y no llega con frecuencia se idealiza, y entonces lo que sí se tiene puede desvalorizarse.
Al mismo tiempo, es fácil que también se idealice el hecho de ser padre o madre después de haberlo perseguido durante tanto tiempo. Como consecuencia, es posible que también las expectativas acerca de la relación con el hijo adoptado sean ideales. ¿Cómo ayudarles a que no queden demasiado decepcionados de sí mismos, a que no se consideren rápidamente malos padres, y a que a la vez no se decepcionen demasiado del hijo adoptado?
Intentamos ser realistas: es preciso transmitir que no hay padres ideales, y que, en el inicio de la relación con el hijo, puede haber dificultades resultantes del proceso de adaptación de éste, y, más adelante, puede haberlas en distintos momentos de su crecimiento a raíz de lo que representa saberse de un origen diferente al de los padres. Será importante que los padres puedan permitirse tantear y equivocarse, tolerar rehacerse, aprender de la experiencia sin culparse demasiado, e ir entendiendo poco a poco a su hijo adoptivo. Como profesionales nos preguntamos acerca del juego de idealizaciones y pérdidas previas cuando éstas se actualizan en la crianza del hijo adoptado a través del trato diario.
Pensamos que algunos solicitantes tienen recursos y capacidades emocionales que les han permitido elaborar suficientemente sus pérdidas. En otros nos pueden quedar dudas e interrogantes sobre si su proyecto adoptivo está bien definido y orientado hacia el menor en situación de ser adoptado o si se están confundiendo y, en realidad, esperan encontrar al hijo biológico que no han podido tener; será esencial que sean honestos y sinceros consigo mismos para que su proyecto no corra riesgos. Por último, en otros solicitantes vemos que no han podido realizar un proceso de duelo y su proyecto se aleja mucho de la realidad de la adopción, por lo que no se puede recomendar su viabilidad.
Aunque son pocas las parejas que, pudiendo tener hijos biológicos, solicitan adoptar como primera opción de parentalidad, en la actualidad podemos constatar que su número va en aumento.
Unas veces son parejas vinculadas a ONG y que conocen la realidad de los países con precariedad social y económica, precisamente aquellos en los que existen muchos niños en situación de ser adoptados, y que se han quedado sensibilizadas e impactadas por lo que han vivido. La idea de la adopción surge entonces como una forma de ser padres y ayudar a un niño que lo necesita. Acostumbran a estar muy concienciadas de la necesidad de la adopción, perciben muy bien las diferencias propias del niño adoptado y respetan sus orígenes diferentes.
En estos casos es preciso que la motivación no se base únicamente en un deseo de solidaridad, sino que exista un deseo sólido de ser padres, sin el cual no podrían poner en marcha las funciones paternas-maternas. También es importante ayudarles a reflexionar sobre la experiencia vital de tener un hijo biológico, que a lo mejor se la pierden o en todo caso posponen (algunas parejas expresan su deseo de adoptar primero y después tener un hijo biológico para así poder dedicarse plenamente al que consideran que está más necesitado y, una vez está bien adaptado a la familia, plantearse la posibilidad de un embarazo). A veces no piensan en las posibles complicaciones de la biología —sobre todo relacionadas con la edad de la madre—: no es lo mismo tener un hijo biológico a los 35 años y después uno adoptivo que tener primero a éste y a los 40 años empezar a pensar en el biológico. Nos parece importante transmitir las diferencias entre la parentalidad adoptiva y la biológica: las dos son dignas y legítimas y, aunque ambas representan vivencias muy enriquecedoras, se trata de vivencias bien distintas. Es importante, pues, que reflexionen acerca de su decisión y de la posibilidad de que se les despierte la ilusión por un hijo biológico en algún momento, como algo natural y sano, de forma que no se sientan demasiado culpables por posponer o renunciar al proyecto adoptivo. Así, se les ayuda a afrontar y clarificar un posible sentimiento de culpa derivado de la fantasía muy corriente de que están abandonando al hijo adoptivo que empezaba a ocupar un espacio en su mente.
Nos preocupa la tendencia cada vez más frecuente de nuestra sociedad a borrar las diferencias, como si éstas fuesen negativas. Por debajo de la valoración de la diversidad como algo positivo y enriquecedor, a veces se percibe un discurso que lo iguala todo y que vive como algo malo el hecho de señalar las diferencias. Así, a través de la adopción, uno se puede sentir abierto y progresista, un gran aceptador de la diversidad. Pensamos que a menudo se confunde diferencia con discriminación. La diferencia es enriquecedora, nos ayuda a pensar, a intercambiar, a mirar el mundo desde distintas perspectivas. La discriminación es limitadora, establece muros de distancia y de desconocimiento.
Así, a menudo hemos visto cómo, para «normalizar» la adopción, se cae en: «Es igual biológico que adoptivo, todos son hijos y niños». Se niega entonces el valor que para los padres tienen las dos realidades con características también muy diferentes en muchos aspectos (historia previa, orígenes, etnia…). El riesgo es entonces negar la identidad distinta de los hijos, tanto del adoptivo como del biológico.
En otras ocasiones, vemos el miedo a descubrir la propia infertilidad-esterilidad en parejas sin hijos que llevan años viviendo juntas, y que no han realizado ninguna consulta médica. También hay parejas en las que se detecta el miedo al embarazo o al parto. Todos ellos son aspectos fóbicos, a veces relacionados con experiencias traumáticas vividas en la familia por parte de uno de los miembros de la pareja, otras con alguna área de la personalidad de uno de los solicitantes. En estas situaciones es preciso captar el grado de conciencia y, por lo tanto, de contacto con uno mismo, con la intención de detectar si los miedos quedan circunscritos a un núcleo de la personalidad y no impiden las funciones parentales, o si están invadiendo aspectos estructurales de la personalidad, lo que sería más grave y haría inviable el proyecto adoptivo.
Cada vez son más las familias con hijos biológicos que se plantean la posibilidad de adoptar, lo cual refleja una tendencia de nuestra sociedad. Pensamos que es importante que la pareja de padres se sienta satisfecha con los hijos que tiene y disfrute de un funcionamiento suficientemente adecuado que permita el crecimiento y la maduración de todos los miembros de la familia. De ello depende que las expectativas hacia el hijo adoptivo sean realistas o, al contrario, que inconscientemente se espere de él la reparación de un posible sentimiento de fracaso con los hijos biológicos (de forma que éste sí será entonces agradecido, de trato fácil, «viniendo de donde viene»). Esta situación conllevaría muy probablemente el fracaso de la adopción y un gran riesgo para la salud mental del menor y de toda la familia.
A menudo muchas de estas familias tienen un hijo biológico muy pequeño, de meses o de apenas un año. Tienen la impresión de que el proceso de adopción es muy lento (ciertamente es así en algunos países, pero ni mucho menos en todos) y que si no se mueven deprisa los hermanos van a llevarse demasiado tiempo entre ellos.
Una vez estén bien informados acerca de todo el proceso, será conveniente que puedan posponerlo por un tiempo, para preservar el espacio y la atención a las necesidades propias de cada hijo: el niño adoptado llega con unas necesidades básicas muy intensas y puede encontrarse con un hermano que aún necesita que atiendan las suyas de forma primordial. Hay familias que entienden enseguida esta cuestión; otras, en cambio, siguen deseando que todo el proceso vaya muy rápido y viven cualquier atraso como un obstáculo. Pensamos que esta actitud refleja también una tendencia de nuestra sociedad, en la que todo es rápido y a menudo no queda tiempo para disfrutar diferenciadamente de la crianza de cada hijo. Sin darnos cuenta les pedimos a los niños que crezcan muy deprisa y que sean autónomos enseguida.
A pesar de todo ello, con frecuencia estas parejas acuden a la adopción más tranquilas: ya son padres y desean ampliar la familia; por lo tanto, de la idoneidad no dependen para ellos tantas cosas. Sin embargo, algunas veces sienten que el proceso que deben realizar es inútil, precisamente porque ya son padres, ¿qué se les puede aportar entonces y para qué las entrevistas? Se sitúan entonces como la voz de la experiencia: ellos «ya saben» lo que son los niños. Poco a poco, empiezan a ver las diferencias entre el biológico y el niño en adopción así como a percibir la complejidad de la adopción.
Es importante preparar a estos padres ante las posibles reacciones que pueden tener los hijos biológicos en el momento de la adopción de un hermano adoptivo. Tal como explicamos en un capítulo posterior, será bueno que los hijos estén informados del proyecto de los padres y que sepan de las necesidades que su hermano puede tener en relación con la adaptación para que puedan entenderle. Sin embargo, siempre hay que tener en cuenta que quienes adoptan son los adultos y sobre ellos recae la responsabilidad de la decisión.
En la crianza, los padres tendrán que velar por las distintas necesidades de todos sus hijos y mediar en los celos, los sentimientos a veces complejos que se despiertan en los hijos biológicos respecto al adoptado y los de éste respecto a los primeros al verse diferente a ellos, tal como explicaremos más adelante.
