Agua Sucia - Nemesio Díez Arce - E-Book

Agua Sucia E-Book

Nemesio Díez Arce

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Beschreibung

Agua Sucia es una suma de historias cuyo escenario es la inundación de 1973 en la ciudad de Irapuato. Como mucho se ha dicho, nada es sino como se recuerda. Las memorias, con sus escondrijos y sus callejones, son las tejedoras de recuerdos para varios personajes, cuyas vidas y experiencias resurgen y se entrelazan en el drama de la inundación en aquel verano. Solamente algunos días para que el agua de una presa destruida con intención, malévola, violenta y particularmente sucia, fuera la protagonista de frente y de fondo junto con varios habitantes en aquella ciudad de Irapuato: un molinero, un fotógrafo, un velador, un panadero, una madame, más de un cura, un niño, soldados y otros más, rememoran sus vidas mientras enfrentan el agua, llena de cadáveres y de colchones. El México de los setenta se revive, con sus realidades políticas y sus bizarros eventos, sabiendo que hoy en día están de regreso. Nada es sino como se recuerda.

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Seitenzahl: 450

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Nemesio Díez Arce

Agua Sucia

Díez Arce, Nemesio Agua sucia / Nemesio Díez Arce. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-5109-2

1. Narrativa. I. Título. CDD M863

EDITORIAL AUTORES DE [email protected]

Índice

Prólogo

Introducción

Antes

Mañana

Tarde

Noche

Al día siguiente y después

Para Martha, Nemesio, Guadalupe y nuestro Irapuato.

Prólogo

La fuerza imbatible del agua

La corrupción que ataca hasta a los lugares más insignificantes

La incredulidad del ser humano

La trascendencia de lo efímero

Las similitudes innegables de nuestros países latinoamericanos

La impaciencia del tiempo

La pérdida

La memoria

La familia

Todos estos son elementos que en un solo relato Nemesio Díez logra combinar de manera fluida, sarcástica, triste y real. Cada personaje y cada diálogo evocan el pensar típico de cualquier vecino de pueblo. Nada es ficción. Lo que nos une está tan lleno de ironías y drama que, sin importar el acento, terminamos siendo una sola nación.

Todos lavados por la misma agua, por las mismas avalanchas, por la misma espera eterna, por la angustia y la esperanza.

Y es que de este lado “del charco” estamos en una constante espera... esperamos que el próximo dirigente sea más honesto (o menos ladrón), esperamos que cada promesa del pasado se cumpla... esperamos siempre más justicia, más equidad, menos pobreza, menos sangre. Y así estamos, desde siempre, desde la conquista y desde la independencia...

Y así estaban en Irapuato desde antes de 1973. Esperando lo inminente pero no lo sabían. Solo algunos hubieran podido predecirlo y solo un par hubieran podido prevenirlo. Pero es que la tragedia al final llega sin aviso.

Al igual que Tierra de Manzanas, Agua Sucia es una narración honesta, contada desde el espíritu de esos personajes que todos hemos visto alguna vez. Que parecen macondianos pero son de carne y hueso, tan humanos en su mirada, su ignorancia y sus creencias. Y tan cercanos que podrían vivir con nosotros bajo el mismo techo...

Nemesio conecta sutilmente: agua, aire, fuego y tierra... esa tierra a la que nos aferramos con las uñas sabiendo que es temporal... que no nos pertenece y que basta una sola lágrima para desaparecerla ante nuestros ojos.

Beatriz Rodríguez

Escritora colombiana

Introducción

Escribir Agua Sucia significó revisitar mi infancia, en tiempo y espacio. Yo tenía ocho años en ese agosto de 1973, vivía en la casa de mis sueños posteriores. Lo recuerdo perfecto, era sábado y me iban a llevar al cine. Recuerdo los gritos de “ahí viene el agua” por parte de soldados en las calles. Recuerdo haber visto muertos y colchones sobre el agua. Recuerdo el color y el olor pútrido del agua. Y recuerdo el ulular del viento mientras pasábamos la noche en los pisos superiores de una harinera, entre molinos y lo que yo siempre pensé que eran fantasmas de harina.

Las historias que se cuentan aquí son ficción, claro, pero son tomadas de recuerdos y narraciones de amigos y familiares. Muchos de Irapuato recordamos esos días, la injusticia del gobierno, las barridas de la presidenta, las marcas de hasta dónde subió el agua, y las estimaciones irreales de los pocos que murieron cuando se recuerdan miles.

La leyenda local, más cierta que la verdad, se basó en que las lluvias no cesaron en esa primavera y en ese verano, que el gobierno tuvo que dinamitar la pared de la presa para evitar que estallara y matara la ciudad, que se equivocaron, ¿se equivocaron? Esa dinamita cambió la vida de mucha gente, incluyendo la mía y la de mi familia.

Estas historias, como se recuerdan, tienen que contarse porque nuestro querido México ha estado siempre lleno de ellas. Y en ellas, la realidad es más surrealista que la ficción misma. ¿Por qué escribir Agua Sucia? Porque así fue, en mi memoria y en la de otros.

El diluvio cayó durante cuarenta días sobre la tierra.

Crecieron, pues, las aguas y elevaron el arca muy alto sobre la tierra.

Las aguas subieron y crecieron enormemente sobre la tierra, y el arca flotaba sobre las aguas. Subió el nivel de las aguas, y crecieron más y más sobre la tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay bajo el cielo.

Las aguas subieron todavía quince metros después de cubiertos los montes más altos.

Todo ser mortal que se mueve sobre la tierra pereció: aves, bestias, animales, todo lo que tiene vida y se mueve sobre la tierra - y toda la humanidad.

Todo ser vivo que existía sobre la tierra murió.

Así perecieron todos los vivientes que había sobre la tierra, desde el hombre hasta los animales, los reptiles y las aves del cielo.

Todos fueron borrados de la superficie de la tierra.

Sólo sobrevivieron Noé y los que estaban con él en el arca.

Las aguas inundaron la tierra durante ciento cincuenta días.

Génesis, 7,17 a 24

...

Las gotas golpeaban el vidrio, una a una, como bombas en cámara lenta, como si quisieran entrar a través del cristal, partículas cósmicas en un universo de agua. Cada gota moría al golpear el cristal y resucitaba resbalando por la ventana, limpiando el polvo que la ciudad y sus millones de habitantes dejaban al transitar por la vida. Llovía, llovía como había llovido todo ese verano, como si no fuera a parar nunca.

“¿De dónde sale tanta agua?” pensó el sargento primero Osvaldo Fonseca mientras observaba la lluvia como si quisiera mojarse, aunque lo que quería era matar el tiempo para terminar su turno. Esto de las guardias de cuarenta y ocho horas lo mataban y en la hora cuarenta y siete, como era el caso en este momento, se ponía de mal humor, algo no muy bueno para un enfermero de primera clase en el Hospital Militar, algo menos bueno en el ala de geriatría donde los pacientes eran de coronel para arriba.

Fonseca dejó de ver las gotas de la ventana y enfocó la mirada en la enorme bandera colgada de su gigantesco mástil, plantado en el patio principal del hospital, junto a la estatua del héroe desconocido de una guerra que el país había perdido. La bandera era un monstruo ondulante de treinta metros y por lo menos un par de toneladas, y era un espectáculo patriótico verla moverse, pero hoy no hay espectáculo, la lluvia es la lluvia, la lluvia detiene monstruos, y la gran insignia patria está de hombros caídos. “Un día de éstos esa madre se va a zafar y va a caer sobre los autos del Periférico. Ese día se va a armar un super pedo” pensó Fonseca, quien era pelado hasta en sus pensamientos.

El paciente del cuarto 108 comenzó a hacer ruidos inquietantes. Algunos de los aparatos que le medían ritmos y cosas al anciano postrado en la cama empezaron a parpadear y hacer más ruidos inquietantes. “Calmado mi general, calmado, aquí estoy, no se me altere ¿le está doliendo?” El general no respondió, pero sí abrió los ojos, primero mirando al techo y luego volteando hacia Fonseca. El anciano abrió la boca y un hilito de saliva le resbaló por las comisuras. En ese momento la habitación se iluminó y exactamente un segundo después tronó el trueno rimbombante. “Jesús mil veces” dijo Fonseca para sí. El general volvió a quejarse, cerró los ojos y comenzó a llorar un llanto de silencio. “Tranquilo mi general, son rayitos nada más, ya sabe lo que dicen, si lo vio o lo oyó, no le pegó. Así decía mi mamá, que en paz descanse. Déjeme le paso un llegue de morfina.” Fonseca empezó a poner medicamento en el suero del general. “Qué jodido acabar así, no manches” se le salió decir en voz alta.

El general Miguel Escutia Márquez, alias el Pataseca, como se le conocía en los cuarteles, se moría de cáncer en los pulmones, más bien de cáncer en todos lados, porque la metástasis ya se había desarrollado y las células malignas ya se le habían pasado a cuanto órgano posible. Ya nada había que hacer más que esperar, porque ni la radiación, ni los fármacos, ni el agua bendita de Tlacote le habían funcionado. Llevaba en cama casi tres meses y ahora, lo último, le habían salido unos tumores en la garganta que hacían que la voz le sonara a pito de tono bajo. A los ochenta y nueve años, Escutia se estaba muriendo a la mala, entre conciencia e inconsciencia, con dolores de infierno y solo como la soledad misma. La esposa había muerto hacía años y no habían tenido hijos. Por ende, su única compañía en estas últimas eran Fonseca y los otros enfermeros del piso. Le habían dado tres meses de vida después de las últimas radiografías. “Híjole mi general” le había dicho el especialista “los tumores hasta dientes tienen.” Escutia no le dijo nada a su doctor aquella tarde, él sabía que se moría porque los que se mueren saben de estas cosas.

El general Escutia era de tres estrellas, esto es, de alcurnia marcial. Por eso la habitación 108 era de lujo, con televisor, baño privado y una salita de espera con amenidades que nadie usaba. El cuarto tenía grandes ventanales para colmo del general, porque Escutia odiaba ver llover, y eso veía todos los días desde que empezó su calvario. Aquel verano de 2014 llovió hasta que volvió a llover.

Ya no había rayos, fueron pocos aquella tarde, pero la lluvia se convirtió en aguacero y ahora las gotas hacían un ruido ensordecedor. Fonseca tuvo que hablar más alto: “¿ya está mejor mi general? ojalá que sí porque si le pongo más morfina me lo chuto.” A pesar de todos sus años de experiencia Fonseca aun olvidaba que los viejos oyen más de lo que parece. Escutia abrió los ojos de nuevo y le dirigió al sargento una mirada de ruego. El general comenzó a mover la mano derecha haciendo señas como de escribir. “¿Quiere escribir algo mi general?” dijo Fonseca que ya conocía las manías de su paciente y sabía que a veces escribía garabatos que nadie entendía. Fonseca le acercó una libretita amarilla y un lápiz que había sacado de su bata blanca. El lápiz estaba mordido porque Fonseca era nerviosito desde pequeño. El sargento tuvo que ayudar al general deteniéndole la muñeca. Escutia empezó a escribir con mucha dificultad y con mucha fuerza y después de algunos garabateos soltó el lápiz. El general cerró los ojos y pareció tranquilizarse.

La lluvia se calmó entonces. No se detuvo, pero su ruido era ya muy tenue, dejando escuchar la palabrería que venía del pasillo. Eran casi las siete de la noche, la hora cuarenta y ocho del turno y los reemplazos venían llegando. Fonseca tomó la libreta y se acercó a la lámpara porque la penumbra había aumentado de repente. El papel estaba marcado por la fuerza del lápiz mordido. Solamente había una palabra: “mátame.”

...

Antes

Francisco Domínguez observaba las volutas de humo elevarse hacia el parabrisas del auto, su visión se mezclaba con las miles y millones de gotas de agua gris que golpeaban el vidrio. Llovía en aquel agosto de 1973, llovía como nunca había llovido, cosa bien sabida por los viejos de aquellos lares quienes decían esto cada año que llovía, pero que ahora sí sospechaban estar diciendo la verdad. Las gotas eran grises y algo tenían de negro en el alma porque caían y caían sin parar, y más de alguno, de esos que elucubran profecías y conspiraciones mágicas, ya pensaba, sin decirlo a nadie, que eran las mismas gotas que al chocar en el suelo, de alguna manera, fantasmagórica y espectral, regresaban a las nubes a arrojarse de nuevo, en un círculo interminable que ya a todos había puesto los nervios de punta.

Ya eran más de ocho semanas de llover, todo estaba mojado y la humedad estaba incrustada en los huesos. Por doquier corrían los riachuelos de lodo, las cosechas se arruinaban, los sapos verdes y granulados se encontraban en lugares insospechables, y ya ni siquiera se vendían paraguas en las esquinas - ¿para qué? - de todos modos, se terminaba empapado.

Pero todo esto eran molestias y no problemas, la gente se quejaba, la gente mascullaba y vituperaba levantando el puño al cielo, los lectores de periódico propio y ajeno leían entre líneas tratando de profetizar cuándo saldría el sol por más de un par de horas, pero todo quedaba en los murmullos de una molestia crónica. Algún día pararía de llover, se pensaba, y seguro que para Navidad se podrían colgar las piñatas en las Posadas, y la ropa podría secarse al fin sin que le quedara ese olorcillo a moho de trópico, las rodillas dejarían de doler, y las pelotas de jugar al futbol dejarían de atorarse en los charcos.

A Francisco Domínguez no le preocupaban las molestias o las Posadas, ni las rodillas, ni la ropa mohosa, tampoco el futbol; le preocupaba un gran problema. Estas lluvias habían llenado las presas de la región hasta el tope y, si habías vivido suficientes años en este Bajío histórico, las inundaciones no te eran ajenas. Francisco se dirigía aquella mañana gris de lluvia gris hacia una de estas presas, la llamada Presa del Conejo; viajaba con su compadre Ismael Heredia, el dueño de la Panadería San Ignacio, establecimiento afamado en toda la región por una leyenda basada en hechos reales al respecto de que, desde fundada, en esta panadería se hacían las mejores conchas en sus clásicos sabores de vainilla y chocolate. Esto lo menciono porque en este narrado momento ambos hombres habían terminado de comer un par de esas conchas, y con los bigotes y el cuerpo lleno de murusas, efecto inmemorial del pan que se come en un auto, los dos amigos fumaban el primer cigarrillo del día. “Nada como un cigarrito para cuando llueve, o para cuando no llueve” dijo Ismael quien de los dos era al que le gustaba hablar.

Iban en el auto de Francisco y ya habían dejado atrás en el camino al cerro de Arandas, la terracería se había convertido en lodo y piedras, y el riesgo de quedar atascado había aumentado de manera considerable. El Dodge Dart, comprado y estrenado por Francisco a principios de aquel año, hacía su mejor esfuerzo en salir adelante. Por ironías del destino, o más bien por ser de los años setenta, el auto era de color café con vestiduras verdes en la parte trasera del techo, así que el lodo que saltaba y se pegaba en el chasis no hacía más que resaltar la belleza del vehículo. Insisto, eran los setenta. Lo de que el auto enlodado se veía más bello era, por supuesto, una fantasía de Francisco, pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Cuando se compraba un carro en los setenta era como tener un hijo, uno pensaba que se le iba a tener y querer toda la vida.

Ismael manejaba el auto de Francisco porque, aunque amaba su coche, prefería que lo llevaran, y a aquel le gustaba manejar y pasársela hablando y fumando mientras conducía.

La lluvia había arreciado y ya no se veía nada en el camino. “Me parece que nos hemos perdido, el de la gasolinera dijo que era adelantito, y ya llevamos media hora sin ver la cerca esa que dijo.” Pausó un momento y continuó: “¡pero qué coño de lluvia, no se ve un carajo! y mira esas nubes, parece que va a anochecer y apenas son las ocho de la mañana, te digo que se acaba el mundo Paco.” Ismael iba a hablar de nuevo, pero Francisco le interrumpió: “ahí se ve algo, a la derecha, vete despacio, sí, ahí, mira, es la cerca, y tiene un letrero. Párate, déjame ir a ver qué dice.”

El auto se detuvo patinando un poco. Francisco abrió la puerta y sin acordarse del paraguas, corrió hacia una cerca de alambre casi invisible. Como si lo hubieran puesto para que nadie viera nada, la cerca tenía un letrero pequeño amarrado con un mecate: A partir de este punto Zona Federal, prohibido el paso, decía el anuncio pintarrajeado con una calavera pirata. Francisco desenredó el nudo de alambre que hacía que la cerca se mantuviera cerrada y sin trabajos pudo abrir la entrada lo suficiente para que avanzara el auto. Al puro tanteo, en medio del chubasco que arreciaba, regresó empapado al carro todavía con el cigarro en los labios. “Vamos bien, síguete, nada más que con cuidado porque el camino va hacia abajo.” El Dodge Dart avanzó patinando lodo, el parabrisas ya solamente empujaba agua de un lado a otro sin ayudar en nada a la visibilidad. Ismael navegaba con el instinto no con los ojos. “Mira Paco, ya no veo un carajo, hay que bajar otra vez para ver si no nos vamos al barranco.” Ismael detuvo el auto y ahora se apeó él, no para solamente averiguar, sino porque quería orinar, el efecto de tanta lluvia era poderoso. Ismael se alzó el cuello de la gabardina y avanzó un poco por el camino lleno de agua y piedras, y por andar sacando otro cigarro del bolsillo no se percató de las tres sombras que se le acercaron de frente.

“¡Alto cabrón, quieto o te quebramos!” gritó una de las figuras. Ismael se desorientó, se le cayó el cigarro, se le cortó la orina y se le aflojaron las piernas. Tres soldados envueltos en impermeables verdes le apuntaban con fusiles y por varios segundos se hizo un inmenso silencio a pesar de que la lluvia seguía cayendo a cántaros.

Francisco Domínguez Rivera recordaba pocas cosas de cuando fue niño. Uno de esos pocos recuerdos tenía especial lugar en los cajones de su memoria: el olor del pan. Un hijo de panadero recuerda el olor del pan hasta después de muerto. “Abuelo panadero, padre panadero, hijo que le gusta el olor del pan, por lo menos, y a mucha honra” decía su madre, Emiliana Rivera, esposa de panadero. El padre de Francisco se llamó Francisco, como su abuelo. Decía el mito histórico de la familia que todos los antecesores se llamaron así hasta los tiempos del primer Francisco, un caballerango de los tiempos del Campeador (otro mito histórico). Decenas de Franciscos a lo largo de los siglos de la España heroica. Esto provocaba confusión, pero al final del día, padre, hijo y madre encontraban manera de llamarse sin que respondieran todos juntos.

La familia Domínguez vivía en el mejor lugar del mundo, al menos para los que les gustaba el pan, y el vino, y algo de jamón de la sierra, y un queso por ahí si no es mucho pedir. Era un pueblo en la vieja España, a la orilla de un río llamado Duero, en medio de viñedos verdes y oscuros, y campos de trigo hasta donde uno podía ver, porque también uno veía, en el horizonte, los castillos donde se ganó la causa a los moros, y los molinos de viento donde se ganó la causa a la locura. Las uvas, el trigo, el pan y el río eran los elementos primarios del pueblo de los Domínguez. Al menos así los recordaba el hombre.

De su niñez, Francisco también recordaba no haber usado zapatos, no por pobreza, sino porque a sus pies les gustaba sentir el camino y la hierba, y el polvo; y aparte hacía calor, o hacía en el verano, porque los inviernos de Castilla son para hombres, y entonces sí, a calzarse no sólo las botas, sino también el abrigo y las ganas de no morirse. Francisco recordaba que cuando niño había vivido cerca del río y que trabajó con Don Francisco en el horno de pan del pueblo; recordaba que siempre lo llevaban a misa en una iglesita de piedra que parecía un castillo; y que su madre y su padre fumaban un puro, y se tomaban una copa de vino los cuatros de octubre, cuando y porque era el día del santo de toda la familia. Así que, en resumen, la infancia de Francisco Domínguez Rivera había sido de trigo, pan, uvas, más pan, y unos padres que lo amaban entre puros y vinos, en una tierra que nada le pedía a ningún lugar del mundo. De niño había sido pues, feliz.

Pero en la vida, lo bueno dura poco y un día gris de octubre, después del cuatro, Francisco Domínguez se volvió hombre. El invierno del año treinta y dos había llegado antes de tiempo y con ganas de venganza. La gente del pueblo hablaba de un frío que no se sentía desde los tiempos de Aníbal el Cartaginés. La nieve cubría casas, trigales, vides, vacas y sombreros. Luego de la nieve venía la lluvia, helada, imprudente, maldita, una lluvia que mojaba sin misericordia y congelaba desde los huesos hasta las almas. Aquel octubre nadie salió de sus casas, ni el cura salía de la sacristía, ni los gendarmes de la guardia civil de su cuartelito. Sólo Don Francisco se levantaba temprano, se ponía el abrigo milenario y la boina que una vez fue negra, y con valor de sangre caminaba la distancia que le distaba de la panadería del pueblo. Ahí trabajaba todo el día, como siempre en su vida, al calor del horno de piedra hacía sus panes al pie de la letra, y al caer la tarde regresaba de la misma manera y con la misma lluvia, porque sí, parecía que las gotas que habían caído en el suelo del camino regresaban a pegarle a uno a la cara. Fue así como Don Francisco contrajo la pulmonía fulminante que terminó por matarlo. Lo triste, si uno lo ve así, es que el hombre no se dio cuenta que se moría hasta el mismo día que se murió. Nunca se percató de la fiebre, ni del dolor que tenía en el cuerpo, ni notó su tez pálida o los sopliditos al respirar. En la tarde del veinticinco de octubre del treinta y dos, escupió sangre, y al regresar a casa no podía ni abrir la puerta, y el Francisco de trece años lo recibió en brazos cuando se le desmayó apenas al abrirle la puerta, y entonces en ese momento y sólo en ese momento, Don Francisco se dio cuenta que ese día se moría, y en vez de un doctor pidió un vaso de su vino y un puro, fue a acostarse, y con una voz de ultratumba les pidió a su esposa y a su único hijo que lo taparan con mantas. Así lo hicieron porque no sabían qué otra cosa hacer. Don Francisco le besó a Emiliana la mano y le dijo que la amaba más que a la vida y a Francisco le guiñó el ojo izquierdo. Entonces dio un suspiro y se quedó dormido.

Emiliana recuperó la compostura y con autoridad le dijo al niño Francisco que corriera por ayuda. “No vayas por el doctor Merino, vete por el padre Ulpidio, no pierdas tiempo, dile que es una extremaunción.” Francisco que no era tonto y tampoco cobarde, se tragó las lágrimas, el susto y las ganas de pedirle a su papá que no se muriera, y salió como alma perseguida por el diablo en medio de la lluvia que seguía jodiendo.

Ismael comenzó a decir tarugadas como cuando se ponía nervioso al hablar en público y los soldados se miraban entre ellos sin saber qué hacer. Francisco, quien no veía nada por la lluvia, se bajó a ver qué pasaba porque solamente oía lo que decía Ismael y por instinto supo que algo andaba mal. Francisco tuvo la suerte de siempre, porque uno de los soldados se puso nervioso, le apuntó el fusil e incluso le apretó el gatillo, pero el seguro estaba puesto. La verdad es que era un recién reclutado que no entendía bien el castellano que se necesitaba para comprender las instrucciones del cuartel. El caso es que entre la lluvia que arreciaba, los soldados confundidos, e Ismael que decía incoherencias, Francisco tuvo la oportunidad de hablar con claridad en medio del tumulto: “No disparen, venimos con permiso del coronel Escutia.” Uno de los soldados dio un paso adelante y bajando el fusil les dijo: “esto es zona federal y tenemos la orden de que no pase nadie, estamos haciendo labores de zapado, y ustedes no pueden estar aquí.” Ismael se había callado, aliviado de que Francisco fuera el que dirigiera la conversación y mantuvo los brazos en alto por aquello de la obediencia civil ante la autoridad armada. “Mire sargento, somos industriales de Irapuato, aquí el señor Heredia es dueño de la Panadería San Ignacio, y yo trabajo para los Montesinos de la Harinera Montesinos, vendemos pan y harina al cuartel de la zona militar, y conocemos al coronel muy bien.” El supuesto sargento, quien era en realidad un soldado raso, se puso a dudar, lo que le habían dicho le sonaba a cierto, así que tomó la decisión marcial de decir: “Pérense aquí, voy por el sargento Vázquez, él es que tiene el mando.” Ismael y Francisco y los dos soldados se quedaron bajo la lluvia por un largo rato. “Baja los brazos Ismael, pareces pendejo, hay que esperar a que vuelva.”

Un rato después el sargento Vázquez encontró al grupo fumando en medio de la lluvia que no paraba. Ismael había ido por los dos paraguas al auto y ahora todos estaban debajo de ellos como si fueran colegiales recién salidos de la escuela. “¡Órale cabrones, atención ¿qué es eso de fumar y fraternizar con civiles? nada más los dejo un rato y se me apendejan! ¿Quién es el que dice que conoce al coronel?” gritó Vázquez. Francisco sacó otro cigarro, se lo ofreció al recién llegado, y comenzó a explicar qué hacían él e Ismael ese viernes de agosto en el camino de Arandas, rumbo a la Presa del Conejo, en medio de una lluvia terca y fría.

El padre Ulpidio dormitaba en la pequeña casa de piedra al lado de la iglesia del pueblo. Llevaba días sin salir porque las reumas lo hacían sentir como un San Esteban atravesado. Llevaba largo tiempo con calenturas, y con la llovedera se le agravaban todas las dolencias, las reales y las inventadas. A los ochenta años, al padre Ulpidio ya no le quedaban muchas ganas de nada, y en aquella tarde de octubre, el hombre sentía entre sueños que estaba a punto de ver visiones. Por esto, cuando escuchó los primeros golpes en la puerta se le salió decir con voz trémula: “Loquere Domine, quia audit servus tuus.” El niño Francisco escuchó algo del otro lado de la puerta, pero no entendió nada, entonces empezó a gritarle al padre que necesitaba que fuera corriendo a la casa de los Domínguez porque se le moría el papá, pero justo en ese momento empezó a tronar el cielo y los relámpagos se dejaron venir con furia de tempestad, el viento arreció, y el ruido de las grandes gotas chocando en techo y paredes ahogaron todos los gritos y los golpes en la puerta. Por primera vez en su vida a Francisco se le erizaron los pelos del cuerpo, por la electricidad estática y por el terror que traía en el alma. La gente de campo le teme al rayo por muchas buenas razones. Francisco se dio cuenta de que perdía el tiempo. El padre Ulpidio ya no oía nada más que los truenos y también se le habían erizado los pocos pelos que le quedaban, así que se quedó sentado en su sillón, dormido y soñando los sueños de un profeta.

Francisco regresó corriendo en medio de la tormenta creyendo que se ahogaba. La lluvia parecía querer cerrarle el paso y los truenos se oían más cerca y todo olía a pintura. Después de una eternidad pudo llegar a casa, empujó la puerta y un calor abrasador le secaron el cuerpo y el alma en un instante. Vio a su madre sentada en la silla de la mesa de comer, y no tuvo que preguntarse por qué no estaba ella junto a la cama de su padre. Francisco vio las lágrimas de Emiliana mojar el pañuelo que estrujaba, nerviosa, herida, con el pesar de quien lo ha perdido todo. Francisco fue a la recámara de sus padres. Don Francisco estaba en su cama, recostado y con los brazos cruzados, con la mirada en techo viéndolo todo sin observar nada. Había muerto apenas se había ido el niño.

Francisco Domínguez le contó al sargento Vázquez las razones que explican el por qué buscaban la presa del Conejo en la mañana de un sábado de diluvio. “El señor Heredia compra mucha harina a los Montesinos para hacer sus panes, yo soy el gerente de la Harinera y le compro el trigo a los agricultores de la zona, incluyendo todos los de por acá, en los alrededores de Arandas. Ha estado cayendo El Diluvio desde hace semanas, las cosechas se están jodiendo. Y para terminarla de arruinar, ahora nos han contado que la Presa del Conejo está tan llena, que hay peligro que se parta y se inunden todos los campos, terminando de jodernos a los de la Harinera, a los panaderos, y pues bueno, también estamos preocupados por la ciudad, porque usted sabe que de vez en vez y de cuando en cuando, nos inundamos y hay muertos, usted sabe, así que pues como conocemos al Coronel Escutia, y sabemos que él trabaja con la Secretaría de Hidráulica, pues que vamos al cuartel y le preguntamos, y entonces el coronel nos invita un puro y nos dice que somos bien pendejos los gachupines, y que no hay nada de qué preocuparse, y que sus muchachos zapadores ya están estudiando el caso y tomando las medidas precautorias que se necesitan, y que no pasa nada y que si no le creemos, pues faltaba más, váyanse a dar una vuelta tempranito el sábado que viene y se me tranquilizan, y me tranquilizan también a la Cámara de Industriales para que sepan que el Ejército Mexicano está para proteger el suelo y la patria, y gracias por los puros, y ya váyanse porque estoy muy ocupado. Así que, pues aquí estamos, queríamos ver cómo está la presa y cuáles son las medidas precautorias y así nos vamos todos tranquilos. Y usted disculpe las molestias que le podamos causar.”

Vázquez se les quedó mirando un rato sin decir palabra. El soldado era un hombre de pensamientos simples, pero tenía amplia experiencia castrense y poca paciencia con los civiles. Pensó lo que siempre pensaba cuando hablaba con gente que no vestía uniforme: “si estos pendejos supieran las cosas que he hecho, ahorita saldrían corriendo.” En efecto, en aquellos años setenta, gente como Vázquez tenían un historial negro. Francisco pensó que tendría que explicar todo de nuevo, pero entonces el sargento dijo. “Ta bueno, vénganse los dos, necesitamos caminar como un kilómetro, así que fájense.” Los dos españoles siguieron al sargento, y el resto de la tropa se esfumó de repente. La lluvia se había calmado y ahora solamente era un susurro de agua, incluso empezaba a hacer calorcito, a pesar lo temprano de la hora.

Llegaron en poco tiempo a un promontorio, y ahí pudieron verlo todo, un lago gigantesco donde antes hubo un valle, contenido por una pared de rocas, lodo y buena voluntad. “Desde aquí se ve perfectamente la cortina” dijo Vázquez “y como pueden observar, ya está toda agrietada y con muchas filtraciones. No ha parado de llover durante semanas y esto ya está a mucho más del tope de contención. Y para terminarla de fregar, desde anoche tengo dos presas desbordándose varios kilómetros arriba del cauce natural, o sea que, aunque ya no llueva, si se truenan las dos presas de allá, se nos deja venir el equivalente de dos tercios de esta presa para esta presa, y entonces sí valemos madre.” Francisco e Ismael quisieron decir algo, pero no pudieron y el primero mejor sacó cigarrillos para los tres. El sargento continuó después de prender el cigarro: “Así que las medidas precautorias son muy sencillas, tenemos que desahogar controladamente esta presa. Le hacemos un hoyo del lado oeste, y pues ni modo, inundamos casi todos los campos de trigo, pero así evitamos que agarre el cauce hacia el Lerma. En el peor de los casos llega algo de agua a la colonia Españita, pero eso es todo.”

Francisco agarró entonces valor y preguntó: “Y cuando dice lo de hacer un hoyo ¿cómo le van a hacer?” “Pues con dinamita, con qué otra cosa, ya mis muchachos están poniendo las cargas, así que pos ya vieron, ya supieron, ya se van. En las próximas horas aquí la cosa se pone peligrosa. Lo único que espero es la orden de mi coronel y ¡pum!” “Oiga, ¿pero entonces cuál cree que sea la extensión de los daños? dijo Francisco ya nervioso. “¿Qué parte de ya se van no me entendiste güerito?”

Justo en el momento que Vázquez terminó de hablar, la lluvia arreció de nuevo, como si lo hubieran ensayado, el cielo se había puesto oscuro y el agua de la presa comenzó a agitarse como si hubiera llegado la marea. Francisco e Ismael no necesitaron más mensajes de despedida, arrojaron los cigarros al suelo, dieron las gracias como se hacía en aquellos años, y regresaron el camino andado tropezando entre el lodo y las piedras. “Qué diablos, ya se nos fue la cosecha del año con esto, vamos a tener que traer el trigo de otro lado” dijo para sí Francisco.

Muchos años antes, en esa casa, de ese pueblo, de esa España a punto de desangrarse, el pequeño Francisco se puso a llorar junto a su madre Emiliana. Afuera de la amada casa de su infancia, Francisco vio a través de la ventana como la lluvia siguió arreciando.

...

La calle se llamaba Isabel La Católica, extraño nombre para una avenida poblada de bares pobres y burdeles de poca monta. Pocas reinas católicas y muchas putas pobres. Ahí se encontraba la Harinera Montesinos, en medio de una zona industrial de muchas promesas y pocas empresas, justo al frente de la estación de ferrocarriles donde llegaban mercancías y, de vez en vez, pasajeros creyendo que habían llegado a León, cuando en realidad habían parado en Irapuato. Y ahí se quedaban, porque por muchas torres mochas y calles chuecas que abundaran en ese municipio, los viajeros se quedaban para siempre, agarrándole cariño a la ciudad que en esos años setenta aún tenía el alma y el cuerpo de un pueblo grande. La Harinera Montesinos se encontraba en un lugar de paso, entre ferrocarriles, bares y prostíbulos.

Francisco Domínguez había llegado a Irapuato una década antes de nuestro principal relato. Un sábado de mil novecientos sesenta y tres, un tren que venía de Chiapas dejó a Francisco a sólo dos cuadras de donde sería su casa y su trabajo. Cuando nuestro protagonista pudo encontrar sus maletas, las cuales estuvieron a punto de ser enviadas a Pénjamo, se acercó a uno que vendía boletos de lotería y le preguntó por la dirección que traía apuntada en un papelito. El hombre, aparte de venderle el número ganador del domingo, el 310365, le dijo que la Harinera Montesinos estaba a dos calles, en contra esquina de la Cantina del Corsario. No se podía perder, porque dicha cantina tenía en la entrada unas figuras de piratas gigantes talladas en madera de colores. “Además” continuó el hombre “ahí siempre están las pirujas esperando clientela, entonces uno cruza la calle y se pega en la cabeza con el portón rojo de la Harinera, son cinco pesos, gracias.” Francisco pagó, dio las gracias y arrojó el boleto a la basura sabiendo que nunca se sacaba nada. Al día siguiente el 310365 salió como número de ganador de la nada desdeñable suma de quinientos pesos antes de impuestos.

En todo caso, la Harinera Montesinos podía verse a kilómetros de distancia, sus gigantescos silos de grano, puro cilindro de cemento, se elevaban al cielo. “Cuando veas una cajota de cigarros, ya casi llegaste” les decía Francisco, ya instalado y acostumbrado al barrio, a todos los que le pedían señas para llegar a la fábrica de harina de trigo, la mejor harina del Bajío, y de México, y si me dan vuelo, del mundo. Los silos de grano estaban coronados por una especie de caseta con ventanas lo que, a opinión del que escribe, le daban más un aire de barco bucanero que de caja de cigarros. La gran entrada de la Harinera era, y es aún, un gigantesco portón de hierro que alguna vez fue rojo, y que abría con los grandes ruidos de un metal aquejado por el dolor del tiempo y de los óxidos. Ninguna grasa y ninguna lubricación servía, siempre que se abría el gran portón, el ruidero les anunciaba a todos que alguien llegaba o que alguien se iba.

Pero antes de seguir hablando de esta famosa Harinera, uno de los centros de esta historia, es necesario que presentemos a otro de sus protagonistas, el hijo único de Francisco Domínguez Rivera: Francisco Domínguez Arce, niño que en este relato tiene ocho años, todos vividos en estos rumbos, en la casa de al lado de la Harinera, donde habita con su padre, con una nana llamada Juana, con dos perros pastor alemán llamados Marco y Laika, con una docena de gatos sin nombre, con un par de palomas gordas y corrientes, y con un amigo imaginario al que él llama Yerbi. Ni idea de dónde sacó el nombre de este ser imaginario, sólo sabemos que era un guerrero medieval, diestro en la espada y el arco, y que sabía jugar con el pequeño Francisco en su compartida soledad. Porque Francisco Hijo era un niño solitario, en parte por el carácter taciturno que le salió del abuelo materno y de un tío llamado Casimiro, pero sobre todo porque Francisco Hijo llegaba de la escuela marista a las dos de la tarde exactas, y de ahí no salía de casa hasta el otro día cuando marchaba a la misma escuela.

Todos sabemos que una calle de puteros y cantinas no es lugar para los juegos de los niños. Francisco Domínguez Arce, al que llamaremos Paco, para dejar de confundirnos, era un niño tímido y taciturno, hablaba poco, a tal grado que alguno que otro primo le preguntó en varias ocasiones si era mudo. Paco no era mudo, en realidad hablaba muchísimo, pero para sí, o con su amigo el guerrero medieval, o con las docenas de gatos que habitaban la fábrica y la casa. Los gatos eran muchos y permanecían en el lugar porque Don Gaspar Montesinos, el dueño de la Harinera, había establecido que el mejor método para que en los almacenes de harina no hubiera ratas, es que hubiera gatos, así que todos los felinos eran bienvenidos. A todo el que haya convivido con un gato, sabe que estos animales no eran tontos, cazaban los roedores sí, pero lo que comían en realidad eran las sobras de comida que les daba Juana en la casa de los Domínguez. Pero me estoy desviando, volvamos a Paco.

Paco era un niño solitario y callado, pero, aunque nadie lo sospechaba, era un niño feliz. ¿Por qué la felicidad? porque la casa donde habitaba con su padre y con la nana Juana era en realidad un castillo medieval lleno de aventuras todos y cada uno de los días de su vida. Así es, la casa ubicada en la calle de Isabel la Católica No.1 era una casona antigua como lo antiguo, llena de cuartos y sótanos misteriosos, y poseía el jardín más increíble que cualquier niño de ocho años hubiera podido desear.

A la casona de los Domínguez se entraba por donde se guardan los carros, aunque solo había uno, el Dodge Dart café con verde, orgullo del patriarca Domínguez. El lugar en realidad no era un garaje, era un gran patio sin techo y paredes de ladrillo mal puestos, con maleza por todos lados que nadie se encargaba de podar. Otrora época, este era el patio donde llegaban las carretas de caballo a traer el trigo, hecho que les dará una idea de lo vieja que era esta casa.

Atrás de una de esas zonas de maleza, estaba uno de los lugares prohibidos para Paco, una zona llena de cascajos, maquinaria oxidada del Porfiriato, donde el niño tronaba los cuetes que le llevaba Juana cuando iba al mercado por las verduras, todo de manera clandestina como era de esperarse. Paco amaba los cuetes, sobre todo los palomones gigantes y los chilladores, y más de una vez, los castillos enemigos hechos de cascajo y fierro viejo volaron por los aires cuando la artillería del Cid -Paco- y su fiel escudero Sancho -Yerbi- atacaron las posiciones de moros imaginarios; y más de una vez Paco se quemó hasta las cejas en estas peripecias pirotécnicas, y Juana había tenido que untarle los ungüentos de su pueblo para disimular las ampollas de la tatemada, al tiempo que chasqueaba la lengua como siempre le hacía: “Ay chamaco menso, un día te vas a volar la cabeza. Ya no te voy a traer nada del mercado, aunque me ruegues” le decía Juana sabiendo que se le iba a olvidar y que en el próximo mandado llegarían más petardos.

Caminando hacia el sur, el patio de los cuetes daba a un taller abandonado con más maquinaria rara y sin uso, pero ahí sí Paco no se metía porque una tarde de domingo le espantó una sombra negra que se le apareció antes de que comenzara a llover. “¡Qué sombra ni qué la chingada!” -le dijo Juana en aquella ocasión en su lenguaje pelado y florido- “ha de haber sido un pinche perro, tu na’ más échale agua y vas a ver cómo se va corriendo.” A partir de esa vez, en las pesadillas de Paco aparecían sombras negras como personajes principales, y cuando les echaba cubetazos de agua, los seres oscuros chillaban y desaparecían, así que Paco siempre le estuvo agradecido a Juana, no sólo por los cuetes, sino también por los buenos consejos contra las pesadillas, las sombras negras y los perros, dicho sea de paso. En resumen, diremos poco del taller abandonado porque Paco nunca iba por ahí.

Al Este según se miraba, en cambio, estaba un pasillo antiguo y misterioso, todo pintado de cal blanca y de manera perentoria lleno de telarañas negras, tejidas por unas arañas negras que amaban la casona. El pasillo de cal llevaba a unas escaleras y bajando las mismas, El Jardín, el jardín del misterio, el jardín que salvó la casa cuando llegó el agua sucia. Pero no nos adelantemos.

El Jardín era gigantesco, al menos así lo percibía Paco, y al centro de aquel se encontraba una pila de cemento que nunca tuvo agua, pero que pretendía representar una Roma grandiosa, aunque olvidada, y lo digo porque en el piso de la pila había unos mosaicos desangelados que parecían representar letras en latín, que decían algo así como Vitae sinentibus moram quidem mortis. Alrededor de la pila, que en la realidad era uno de los barcos bucaneros que abundaban en el mundo de Paco, estaban plantadas docenas de rosales de rosas rojas y amarillas, sembradas en radiales y que floreaban solamente un lunes de mayo. Los rosales eran, en una realidad mágica, un bosque maléfico, lleno de bestias y reptiles venenosos, y habían recibido dicha denominación porque cuando Paco, a sus seis años, empezó sus pininos en el arte de andar en bicicleta -un artefacto chino de segunda mano comprado por el padre de Paco- se había ido de boca contra esas flores llenas de pétalos y espinas. El padre de Paco le había regalado la bicicleta pensando que las ganas de surcar el mundo arriba de la misma le quitarían al niño otras excentricidades. Pero las excentricidades no desaparecieron porque al segundo día, cuando intentó sostenerse solo, al tercer pedalazo Paco se fue derecho contra los rosales, quedándole los brazos y los cachetes tatuados con las garras de la bestia, las espinas ufanas que defendían las flores de los niños y de los caballeros intrépidos y sus excentricidades.

Pasando los rosales había unos caminos de piedra rodeados de césped eternamente verde, que tenía ese color porque Juana acostumbraba cada noviembre fertilizar el pasto con excremento de chivo, el cual dejaba apestando el jardín secreto hasta las navidades. El padre de Paco odiaba el olor, pero sabía que a Juana había que hacerle caso en estas tarugadas porque el día que se fuera de la casa se le acabaría la paz y por esto nunca se atrevió a contradecirla. Cuando el césped no tenía excremento, servía para el futbol, o el beisbol, o el bádminton, o cualquier juego que Paco, solitario, pero bien acompañado con su amigo imaginario, quisiera jugar por las tardes, después de la tarea, y antes que arrancaran las caricaturas vespertinas en la tele con su único y solitario canal de aquellos años.

El jardín al Sur tenía una pared gigante llena de enredaderas, las cuales se podaban solas por medio de algún mecanismo fantasmagórico. Este era otro de los lugares malditos en las fantasías infantiles, otro bosque peligroso. Cuentan las historias que un día de Reyes, algunos años antes, Paco, todo vestido de Robin Hood, con gorrito y todo, comenzó a practicar con el arco de madera y las flechas plásticas que amablemente Baltazar le había dejado en su zapato, junto con el traje de Robin, otro sweater que nunca se puso, y una tarjeta firmada por el mismísimo Rey Mago pidiéndole mejor comportamiento para el año que entraba en curso. Paco disparó sus flechas hacia la enredadera, buscando clavarlas de manera gallarda y así recrear la atmósfera de los bosques de Nottingham. Después de mucho intento, Paco logró el cometido, una flecha plástica surcó los aires y con un sonido feudal se hundió en la enredadera. Helo ahí, un dragón menos. Paco, diligente, fue a recoger la flecha, la cual salió de la enredadera con el corazón del dragón clavado, corazón que en la vida real era un panal de avispas rojas las cuales, ante este agreste acto, procedieron a atacar al niño, quien no reaccionó rápido como lo hubieran hecho los alegres forajidos de tiempos perdidos. Una avispa, como un dragón, clavó su aguijón a milímetros del ojo izquierdo de Paco. Entre el dolor, el susto, y el coraje, los gritos de Paco se oyeron hasta las torres de la Harinera. Juana llegó corriendo, sopesó la situación en segundos, le quitó la flecha a Paco, pisoteó el panal sin piedad, y se llevó cargando y casi volando al joven arquero. “Ay chamaco menso ¿cómo se te ocurre arrancar un panal? de milagro nada más te pico una, y de milagro no te sacó el ojo, ya deje de chillar y aguántese.” Las hierbas de Juana hicieron maravillas, como siempre, y el dolor se mitigó muy rápido, pero lo hinchado le duró toda la tarde, y cuando Francisco Domínguez Padre llegó a cenar esa noche, tuvo que contenerse para no reírse del hijo y su ojo gigante. “Ay Paco, ¿a quién se le ocurre?” fue lo que atinó a decir mientras abrazaba al niño.

Hacia el Oeste del jardín, al final de las enredaderas, existía un árbol de mandarinas y, a su sombra, un lavadero de ropa, otro barco bucanero, pues el jardín misterioso era como el Mar Caribe del siglo diecisiete. En la casa de los Domínguez había mandarinas todo el año y, salvo de noviembre a diciembre, el olor de la mandarina le hacía saber a sus habitantes que habían llegado a casa. Paco recordaría en toda su larga vida el olor de la mandarina, la textura del tronco negro, la manera de cómo partir la fruta, el disfrutar de los gajos uno a uno, y el siempre desconocido arte de desaparecer las cáscaras después de estrujarlas en las manos para que el poder mágico de la mandarina llegara al alma.

Al Oeste del jardín, cruzándolo todo todo, se encontraba la puerta que daba a un corredor sin techo, el camino para ir a la Harinera, y justo a su lado, la caseta de los perros, con su techo de asbesto, material en aquella época aún considerado inocente. La caseta era el hogar de Marco y Laika, los perros pastor alemán, de edad incierta, aunque ya en sus hocicos se asomaban los bigotes blancos de la experiencia. Paco pensaba que, si él no hubiera existido, estos perros tendrían la herencia de su padre, tal era el amor que Francisco Domínguez Rivera les tenía a estos animales. Cuenta la historia familiar que cuando los Domínguez vivían en Arriaga, un domingo en la playa fue consternado por un barco que apareció de la nada y que frente a todos los paseantes comenzó a incendiarse. Francisco y varios más empezaron a correr hacia el mar con la idea de nadar hasta los que estaban saltando de la embarcación. Los perros estaban con los Domínguez y comenzaron a ladrar como ladran los perros cuando enloquecen, Marco incluso empezó a dar mordidas a Francisco, quien entre el escándalo y los ladridos recordó lo mal que nadaba, y entonces se detuvo el tiempo suficiente para poder ver cómo a lo lejos se aparecían unas aletas negras alrededor del barco en llamas. Toda la gente que ya había entrado al mar se regresó más rápido de lo que entró. La historia familiar no relataba si los tiburones se habían comido a alguien, pero enfatizaban cómo el Marco y la Laika habían salvado a Francisco de una muerte segura. Por historias así, los perros eran parte del paisaje familiar de los Domínguez. Paco los conocía desde que había nacido. Juana la nana, incluso, les tenía tanta confianza que cuando Paco aún gateaba, dejaba al niño en el jardín teniendo por compañía únicamente a los dos perros, los cuales se sentaban en posiciones estratégicas y permanecían vigilantes por el tiempo necesario. Por eso o por suerte, nunca bestia alguna o robachicos alguno se le acercaron a Paco.

A la derecha de la caseta de los perros se encontraban otras escaleras de piedra por donde se llegaba a una de las puertas de la casa en sí. La puerta nunca se cerraba, solamente el mosquitero. Otro pasillo y a la izquierda, un cuartito pintado de azul triste donde se planchaba la ropa propia, y la ajena que Juana contrabandeaba. Otra vez a la izquierda y se entraba a la cocina, con sus pisos de mosaico negro, una mesa de madera hecha polvo, estufa, refrigerador Mabe –quizás el primero que diseñó el señor Mabe- y un par de alacenas y los espacios para hacer labores de cocina. Las dos alacenas se encontraban de esquina a esquina y dejaban un pequeño resquicio usado por Paco para sostenerse cual gimnasta prematuro, y balancearse en un jueguito que sólo él entendía. Juana siempre le decía “ya bájate chamaco que te vas a caer y te vas a romper la choya” y Paco nada más se reía pues a los ocho años uno se piensa indestructible. Una tarde, ya casi lista la cena, el indestructible se balanceó demasiado, dio un giro mortal y cayó de frente al piso sin alcanzar a meter las manos. Juana vio la escena en cámara lenta, pero nada pudo hacer, más que decirle a Paco que era un chamaco menso y desobediente, aplicarle las hierbas, rezarle la novena y ponerle el hielo para desinflamar el chipote, esperando que llegara a un tamaño aceptable, hasta que llegara el papá, porque ella se quería ir a bailar esa noche y ya se le estaba haciendo tarde.

Al un lado de la cocina había una despensa que olía a polvo y a insecticida, y que tenía una ventanita que nadie desempolvaba y que daba al patio de maniobras de la Harinera. Los domingos Paco se subía a las cajas de latas y por la ventanita observaba si había camiones en el patio, porque si no había, podía escaparse a jugar a la Harinera. En una de esas ocasiones lo único que logró fue la picadura de una araña cuando el niño la aplastó con la mano sin haberla visto, evento que también causó revuelo porque todos creyeron que se trataba de una araña capulina, especie publicitada por Juana como la araña más letal del universo. La especie sin embargo se identificó como una Lycosa malitiosa, araña modesta y no venenosa, que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Tampoco nadie estuvo seguro si el piquete en el brazo de Paco era de araña o si el dolor venía de los escrúpulos del aplastamiento, pero todo quedó ahí, en una más de los cientos de confusiones que pueblan la infancia de todos.

La despensa era un lugar de polvo, olores y cajas que nunca se movían de lugar, pero que guardaban vituallas españolas muy apetecidas y algunos de los vinos que Francisco Domínguez Rivera había podido contrabandear en el capazo de Paco, cuando al niño de brazos se le llevó a conocer los pocos parientes que quedaban en Castilla. En ese viaje, algunos Vega Sicilia fueron ocultados en la parte inferior del capazo y a ningún aduanero se le ocurrió preguntar por qué el infante Paco parecía salirse de la cunita.

Saliendo de la cocina se pasaba a una pequeña antesala de piso de cemento negro y de techos de madera apolillada, lugar con la dudosa reputación de ser el lugar donde siempre se aparecían las cucarachas rojo oscuro que tanto asustaban y asqueaban a Paco, sobre todo desde aquel verano cuando, descalzo, había pisado una que trataba de llegar a la cocina. Paco sólo escuchó un crack, sonido que se oye cuando se muerde una hojuela de maíz tostado, y sintió un cosquilleo maldito entre los dedos, señal de que el insecto se debatía entre la vida y la muerte. Al final la muerte le ganó al insecto y el niño salió corriendo. Paco no volvió a ser el mismo, no volvió a descalzarse, no se quitaba los calcetines para dormir y a veces ni los zapatos. Y así, como por arte de magia, desde esa tarde fatídica el niño dejó de descalzarse en todos los lugares como era su costumbre.