Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Un libro que te ayudará a entender por qué tus relaciones pasadas no funcionaron. Por qué duelen tanto los «casi algo». Por qué hace tiempo que no conectas con nadie. Por qué alguien que iba muy a tope se ha desinflado de repente. Cuál es la probabilidad de que una no-relación se convierta en relación. Cómo romper ese patrón que se repite una y otra vez. Cómo elegir a la mejor pareja para ti. Cómo construir una relación sana… Y muchas cuestiones más.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 417
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Ahí no es, Mari Carmen
Adiós, tontos del higo
Silvia Llop
Primera edición en esta colección: febrero de 2025
© Silvia Llop, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87568-14-6
Diseño de portada: Isabel González (@muchacha_pinta)
Fotocomposición y realización de cubierta: Grafime, S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Para ti, Mari Carmen, que sigues levantándote después de cada caída en busca de ese amor que sumará en tu vida.
Parte 1. ¿Qué me está pasando?
Antes de leer este libro
Dejar ir a alguien a quien quieres
Hemos roto
Liebres y
desgasting
Segundas oportunidades… ¿Pueden ser buenas?
Contacto cero y amistad con un ex
Estándares
Parte 2. Ahí no es
Atracón de química
No-relación
Casi algo, tocatimbres y banquillazo
Relaciones tóxicas
Salvadora del mundo
Parte 3. Los cimientos de una buena relación
Saltar de liana en liana
Si te comparas, pierdes
Barbecho
Mira, Manolo
Bloqueos emocionales
Teoría de la silla
Regla n.º 1: no tirarás del carro
Regla n.º 2: si te hacen
ghosting
, no te preguntarás por qué
Regla n.º 3: no quedarás si no se cumplen tus estándares
Regla n.º 4: te centrarás en un solo hombre
Construir una relación desde los inicios
Epílogo
Agradecimientos
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Índice
Comenzar a leer
Agradecimientos
Colofón
Llevaba unos meses viviendo con mi novio y mi proyecto como «la psicóloga del amor» estaba empezando a dar sus frutos. Sentía como si las piezas principales de mi vida estuvieran colocándose en el espacio donde tocaba, y eso era un alivio.
Me había costado lo mío llegar a este punto, especialmente con respecto al terreno sentimental. No solo por todo el trayecto que traía a mis espaldas, que había sido largo y algo desesperanzador en ciertos tramos, sino porque la relación con Jero me había puesto a prueba, porque él era alguien que avanzaba muy, pero que muy lento.
La primera vez que nos enrollamos en una fiesta de cumpleaños, ya me lo advirtió: «Silvia, yo soy de ritmos lentos».
En realidad, no es que fuera lento, es que pensar en plural no era lo suyo. Y no lo digo porque fuera una persona egoísta, sino más bien una especie de lobo solitario que se encontró por el camino con alguien que le gustó y se esforzó mucho por intentar darle un lugar en su vida. Y yo, que llevaba años pegando bandazos entre casi algos, no-relaciones e historias que no llegaban a despegar, anhelaba un poco de paz y una estabilidad emocional que no se dignaba a llamar a mi puerta.
Así que, aunque Jero fuera lento, yo podía ser paciente. Y lo conseguí. ¡Vaya, si lo conseguí! Encontré la forma de silenciar algunas de mis necesidades y adaptarme completamente a las suyas por el bien y la continuidad de la relación.
Qué bien suena eso, ¿verdad?
¿Que él se agobiaba por decirle cosas demasiado románticas después de meses de relación? Pues bajaba tres puntitos la intensidad y listos. ¿Que no se sentía cómodo presentándonos a las familias? No importa, ya llegaría el momento adecuado. ¿Que le costaba muchísimo expresar sus sentimientos con palabras o gestos? Bueno, yo le podía enseñar, poquito a poco. ¿Que era impensable hablar de temas como casarse y tener hijos durante más de treinta segundos porque en ese momento no era una prioridad en su vida? Vale, pues ya volvería a sacar el asunto un poco más adelante. Paciencia.
Para ser justa, Jero también estaba haciendo un sobreesfuerzo para adaptarse a mí. Cada paso que daba iba un poco más deprisa de lo que a él le habría gustado y siempre se prestaba a tener conversaciones para las que no estaba demasiado preparado, aunque no nos sirvieran realmente para avanzar.
En realidad, parecía que todo iba bien, que ambos estábamos poniendo nuestro granito de arena para encontrar un equilibrio en nuestra relación, lo cual, más o menos, funcionó durante unos años. Pero llegó un momento en el que empecé a sentir algo demasiado familiar.
¡Mierda! Otra vez el vacío. El maldito vacío que no me deja vivir en paz. Ya lo había sentido antes, ¿sabes? Lo sentí con mi primer novio. Con el segundo. Con el tercero… ¡Joder! Lo había sentido con todos. La diferencia era que esta vez ya me estaba dedicando a la psicología del amor y sabía lo que me estaba pasando, aunque aún tardaría un poco en desarrollar el concepto que me ayudaría a entender por qué todas mis relaciones habían fracasado (y cómo evitarlo). Te lo contaré un poco más adelante, que primero tienes que acompañarme a ver cómo esa relación, que con tanto esfuerzo había construido, se fue a la mierda.
Cuando empecé a sentir el vacío, intenté ignorarlo, como solemos hacer a menudo. Sabía perfectamente que, si era real, no tendría escapatoria, pero tenía que intentarlo. ¿Cómo se ignora un vacío? Pues, muy fácil:
Regla número 1. No se lo cuentes a nadie. Si no hablas de ello, no existe, ¿verdad?… ¿verdad?
Regla número 2. Cada vez que sientas el vacío, busca una explicación lógica que vaya acorde con lo que quieres creer. Por ejemplo, puedes decirte a ti misma que sentirte así es normal en las relaciones de pareja y lo mejor es seguir con tu vida, sin darle ningún tipo de importancia.
Regla número 3. Intenta tapar el vacío llenándote la agenda de planes y actividades, reservando viajes y desviando tu atención hacia cualquier otro ámbito. Es decir, despistándote a ti misma.
Esa fue mi brillante estrategia durante algunos meses. A veces, la sensación de vacío remitía un poco y pensaba que me había librado de ella, pero siempre acababa volviendo con más fuerza y se colaba dentro de mí, como una bacteria de la que no podía deshacerme. Además, cada vez me embestía de una forma más incómoda y ocupaba un espacio más grande en mi interior.
Creo que el universo (llámale universo, intuición, Dios o lo que sea en lo que creas) nos habla para ayudarnos a encontrar nuestro camino. Si no lo escuchamos, cada vez va subiendo un poquito más el volumen hasta que el ruido es completamente ensordecedor, como si te pusieran una bocina en la oreja.
Yo empecé a escucharme cuando me di cuenta de que no paraba de pensar en un chaval que había conocido a través de mi grupo de amigos. Esa obsesión era desproporcionada, dada la poca interacción que habíamos tenido, así que entendí que era producto de mi imaginación y que estaba proyectando en él algo que anhelaba porque, justamente, me parecía que su personalidad era todo lo contrario a la de mi novio. ¡Fíjate tú, qué casualidad!
Cuando me paré de verdad a escuchar mis propios pensamientos, ya no pude posponer más lo inevitable: tenía que enfrentarme a lo que me estaba ocurriendo. Tragué saliva y empecé a bucear en mi interior.
Lo que encontré fue un barco a la deriva. Una relación construida con todo el amor del mundo, pero a la que le faltaban ingredientes demasiado importantes como para ignorarlos. Es como si preparas una paella y te olvidas del arroz. Sin arroz, no hay paella.
A mi relación le faltaban nutrientes que eran esenciales para su correcto funcionamiento, y seguir en ese barco solo me llevaría a perder más años de mi vida autoengañándome para alcanzar un futuro que Jero no me iba a poder dar. ¿Y cómo sabía que no me lo iba a poder dar? Porque él seguía siendo exactamente igual que cuando lo conocí. Seguía sin darme cariño en un formato que a mí me llenara. Seguía sin tener ningún deseo de casarse o formar una familia, aunque no lo descartara en un futuro. Seguía necesitando meses o incluso años para dar cualquier mínimo paso hacia delante en la relación. Y todo eso ya me estaba pesando como una losa.
Me pasé semanas reflexionando, hablando con él de todo lo que me preocupaba, de lo que sentía, de lo que pensaba. Él trató de convencerme de que podíamos funcionar, de que podría esforzarse por ser más cariñoso y en un futuro podríamos casarnos y tener hijos. Pero ese era mi futuro soñado, no el suyo. Y aunque me quisiera lo suficiente como para sacrificar, en algún momento, sus sueños por los míos, yo no quería que lo hiciera.
La conclusión era irreversible: éramos incompatibles como pareja. Habíamos sobrevivido los casi tres años que duró nuestra relación a base de que yo intentara aflojar en mis necesidades y de que él avanzara más rápido de lo que le era cómodo. Ya no tenía sentido, porque seguíamos a la misma distancia que al principio, con la diferencia de que yo ya no tenía la fantasía de que en algún momento nos nivelaríamos y avanzaríamos a la misma velocidad.
Eso fue el fin, pero también fue el principio. El principio de la elaboración de uno de los conceptos más importantes que he creado con respecto a la psicología del amor y que empezaría a desarrollar justo en el instante en el que se terminó mi relación con Jero, y que llegaría a su culminación justo después del final de mi siguiente historia amorosa, que ya te adelanto que no fue especialmente tranquila.
Antes de ponerte a leer este libro, quiero que sepas que sigue a mi primer libro: Mándalo a la mierda (mereces algo mejor). No necesitas leerlo para hincarle el diente a este, porque ambos son independientes y autoconclusivos, pero si te apetece empezar por el principio, es recomendable que leas primero el anterior.
La historia principal de este libro, que es la mía, se inicia dos años después del final de Mándalo a la mierda.
Que sepas que estás a punto de adentrarte en mi mundo, el de la psicología del amor. Si no me sigues en Instagram (@silviallopb), probablemente aprendas un montón de conceptos nuevos y, cuando pases la última página, te des cuenta de que ves el amor de una forma completamente diferente, con más claridad y esperanza.
Soy Silvia Llop, la psicóloga del amor, y quiero que, a través de mi historia y de todos los casos reales que vas a encontrarte en estas páginas, puedas ir resolviendo tus dudas sobre el misterioso mundo de las relaciones de pareja y también tengas espacio para reflexionar sobre tu propia vida y la forma que tienes de enfocar ese ámbito. A lo largo del libro, vas a encontrar diversos ejercicios, así que te va a tocar currar un poco.
Verás que te llamo Mari Carmen. Ese es el nombre que empecé a utilizar cuando grababa los primeros vídeos de Instagram, hace ya unos cuantos años, y nos hemos convertido en la comunidad de las Mari Cármenes. Mari Carmen eres tú, soy yo y somos todas las personas que estamos dispuestas a trabajarnos, entendernos, querernos y construir relaciones sanas.
Te hablaré en femenino porque el 95 % de mis lectoras, seguidoras y clientas de mi membresía, cursos y sesiones son mujeres. Si eres un hombre, siéntete siempre incluido porque el amor es universal y probablemente te sientas identificado con muchas de las problemáticas que voy a exponer en estas páginas.
A lo largo del libro verás que sale varias veces la expresión «tonto del higo». Eso tiene un significado dentro de nuestro diccionario particular y se trata de esas personas que te están demostrando con actos o palabras que no te van a ofrecer la relación que quieres y mereces. Un tonto del higo puede ser, por ejemplo, alguien que te está diciendo que no quiere una relación, pero quiere seguir viéndote. No tiene por qué ser una mala persona, ni albergar malas intenciones. Simplemente, no te va a ofrecer lo que buscas y es importante identificarlo y tomar decisiones al respecto, para que luego no tengas que lamentarte de haber invertido tu precioso tiempo en una historia que nunca tuvo futuro.
Y esto es todo, Mari Carmen. Vamos a empezar un trayecto juntas que, probablemente, te conectará con vivencias pasadas, con historias que resuenan en tu momento presente y otras que te impulsarán hacia ese futuro que quieres vivir.
Si, además de este libro, quieres recibir mi newsletter diaria y una clase de autoestima gratis que te va a encantar, solo tienes que visitar http://silviallop.com/libro-inicio.
Toda ruptura voluntaria pasa por un momento clave. Podríamos llamarlo «el momento de la verdad». Me refiero a cuando haces ese clic en tu cabeza y te das cuenta de que la relación en la que estás va a terminar. ¿Por qué? Pues, quizá, porque no ves que vuestros problemas se puedan solucionar, porque no sientes que haya un futuro, porque el daño ya es irreversible o porque se te han terminado las ganas y la fuerza para intentarlo de nuevo.
Este es un punto al que se llega después de muchas desilusiones, después de muchas discusiones, después de sentir que tus emociones llevan un tiempo empujándote hacia otro lugar o después de intentar arreglar, en balde, algo que no está funcionando. Es como que ya has agotado todas las vías posibles y llegas a la conclusión de que no hay nada que hacer. Hay que abandonar el barco. Un barco al que te has dedicado en cuerpo y alma. Un barco que pensabas que te llevaría a cualquier lugar para siempre.
Pero ¿qué pasará cuando abandones ese barco? Que te quedarás sola en medio del mar. Completamente perdida en la inmensidad del océano. Da miedo porque en ese momento no sabes si saldrás a flote o te hundirás, y puede que la mera idea de perderte en la inmensidad del vacío, te empuje a quedarte un rato más en ese barco que sabes que no te lleva a buen puerto, pero que definitivamente te parece más seguro que lanzarte al mar. El agua está demasiado turbia como para que puedas ver qué hay ahí dentro.
En tu mente aparecen argumentos en contra de que rompas esa historia. Se trata de tu cerebro intentando protegerte como sea de lo desconocido, de lo nuevo. Así que te pasas horas y horas con el runrún en la cabeza, sin saber muy bien cómo moverte, porque dar un paso hacia delante te aterroriza, aunque tampoco te sientes bien quedándote, porque hay una parte de ti que te dice que eso es perder el tiempo.
Estás perdida en un laberinto emocional del que no sabes cómo salir y no entiendes cómo es posible que hayas llegado allí. ¿Qué hiciste mal? ¿Qué fue lo que no viste? ¿Podrías haber hecho algo para salvaros? La relación sobrevive con respiración asistida, pero te niegas a desconectar la máquina porque las sombras han empezado a colarse dentro de ti.
Esas sombras tienen nombre: miedo a la soledad, miedo a no enamorarte nunca más, miedo a que nadie te elija, miedo a perder las «comodidades» que tienes en tu relación, miedo a repetir la misma historia, miedo a romper una familia y hacer daño a tus hijos, miedo a no haberlo intentado lo suficiente y que esta decisión represente el peor error de tu vida y arrepentirte para siempre. Nuestra parte sombría no tiene piedad a la hora de lanzarnos miedos. Especialmente, si está intentando convencernos de que nos quedemos en esa relación. Cuando una parte de tu cerebro está comodísimo porque se encuentra en un espacio emocional que le es familiar y le da confort, incluso cuando la relación es muy tóxica, se esforzará por lanzarte sus pensamientos más hirientes y aterradores para conseguir que te quedes en ese lugar y no des, lo que considera, un paso en falso.
Eso es precisamente lo que le está ocurriendo a Marta. Lleva diez años de relación, en los que ha pasado de todo: tiempos buenos, tiempos malos, tiempos mejores… Hace tres años se quedó embarazada y, a partir de ahí, sintió que su marido perdió el interés por completo.
Siguen estando juntos, tienen sexo esporádico (buenísimo), pero Marta está agotada por todo lo que conlleva vivir con él. Apenas pasa tiempo con su hija y alabado es el día en el que siquiera tira la basura, porque en casa la única que limpia, cocina y se encarga de que todo esté bien es ella. Él está entregado a su trabajo y tiene cero iniciativa en ningún plan conjunto, ni entre semana, ni los fines de semana.
Marta lleva más de un año diciéndole que así no pueden seguir. Siente que está dejando escapar los mejores años de su vida por estar con una persona que no sabe o no quiere darle lo que necesita. Cuando habla con él sobre este tema, en lugar de buscar soluciones para comprometerse más con la casa, su hija y su relación, la ataca reprochándole que ella no es perfecta, que tiene mal carácter. De este modo, consigue que su mujer se sienta culpable y posponga lo inevitable.
Tiene varios miedos: qué pasará con su hija, miedo a dejar una relación que ha durado tanto, a no saber cómo gestionarlo… ¿Y si se separa y luego se da cuenta de que ha sido una exagerada, de que la situación tenía arreglo?
Todas estas dudas y miedos son muy habituales cuando estamos pasando por un duelo anticipado. Porque en el momento en el que empiezas a cuestionarte seriamente la relación, das el pistoletazo de salida al duelo, aunque no sea de forma voluntaria.
Así que es importante saber que, probablemente, sentirás miedo, estarás perdida y le tendrás vértigo a un futuro que es totalmente desconocido. Pero también es fundamental saber que, si acabas tomando la decisión, vas a salir de esta; detrás del miedo hay una vida nueva y si aprendes de tus experiencias y trabajas en ti, resultará mucho mejor que la que abandonaste.
Esa vida la estás construyendo con cada paso que das. Con cada decisión que tomas. Así que puedes elegir quedarte un rato más en la negación y hacer ver que todo es solucionable (cuando en tu fuero interno ya sabes que no hay nada que hacer) o puedes dar un paso hacia delante, con miedo, pero con la seguridad de que estás caminando hacia un lugar mejor, aunque aún no sepas cómo llegar hasta allí. Para eso estoy yo aquí, para ayudarte a que te dirijas hacia la dirección adecuada.
Ejercicio 1: el amor que mereces
Escribe aquello que realmente querrías sentir y tener en tu relación de pareja y que sabes que la persona con la que estás no te puede dar. Quiero que crees una imagen nítida de lo que buscas en el amor (y no estás obteniendo en tu relación actual) y que lo describas en un papel.
Por ejemplo, si pienso en mi relación con Jero, había dos cosas que no me daba y que para mí son muy importantes. Esos dos elementos fueron los que me llevaron a tomar la decisión de dejarla, porque sentía que no podía ser feliz a largo plazo en esos términos. Sentía que mi vacío crecería cada vez más porque no estaba recibiendo lo que necesitaba.
¿Qué era aquello tan imprescindible para mí que no se estaba cumpliendo?
El primer elemento deficiente en nuestra relación era el cariño. Te lo voy a explicar con la teoría de los lenguajes del amor de Gary Chapman. Este autor llegó a la conclusión de que hay cinco lenguajes del amor, es decir, cinco formas diferentes de expresar tu amor y de recibirlo.
Todos usamos, en mayor o menor medida, los cinco lenguajes del amor, pero siempre hay un par de ellos que son nuestros predilectos y los utilizamos para expresar lo que sentimos por alguien. Mis dos lenguajes principales, por ejemplo, son el contacto físico y las palabras de afirmación.
Los lenguajes de Jero eran el tiempo de calidad y los actos de servicio.
La pregunta lógica que todo esto suscita es: ¿se puede tener una relación con alguien con quien no compartes ninguno de tus lenguajes del amor? La conclusión a la que he llegado, no solo a través de mis experiencias, sino también a través de las de las personas que han pasado por mi consulta, es la siguiente:
Es complicado ser feliz a largo plazo con una pareja que expresa su amor en un lenguaje que no es el tuyo.
Al principio, vas a poder saltar este obstáculo sin demasiadas dificultades, porque la química que acompaña a las primeras fases del enamoramiento va a ser más poderosa que las carencias que tengáis. Más adelante, tu química cerebral volverá a sus niveles habituales y la relación se estabilizará. Esa necesidad no cubierta comenzará a notarse más y, quizá, os traiga discusiones o, tal vez, elijas vivirlo en silencio, pero probablemente querrás pasarla por alto porque sentirás que lo que habéis construido vale mucho la pena y puedes prescindir de un lenguaje del amor afín a ti. Vuestra historia vale más que eso.
Y no lo pongo en duda. De hecho, si lo único que falta es un lenguaje del amor, creo que una relación sana puede sobrevivir, siempre y cuando ambos os comprometáis a hablar de vez en cuando en el lenguaje del otro. Pero si existe algún otro elemento importante que no esté presente, ahí es donde la relación se va a tambalear.
Ejercicio 2: tus lenguajes del amor
¿Cuáles son tus lenguajes del amor? Te los recuerdo: contacto físico, palabras de afirmación, tiempo de calidad, regalos y actos de servicio.
Piensa en cómo expresas tu amor hacia los demás y cómo sientes que los demás te quieren y elige los dos que más te representen.
A continuación, pregunta a varias personas de tu entorno cuáles son sus lenguajes del amor y escríbelos para podérselos mostrar de vez en cuando. Eso fortalecerá tus relaciones.
Antes te he comentado que había otro motivo por el que se rompió mi relación con Jero. Se trata de nuestros planes de futuro. Yo tenía clarísimo que quería casarme y tener hijos. Y cuando digo clarísimo, me refiero a cristalino. Son dos deseos que he tenido toda la vida y que se han ido reafirmando conforme he ido creciendo. Él no estaba en contra de casarse, ni de tener hijos, pero no era algo que deseara. Lo expresaba diciendo: «No está en mi lista de prioridades».
Yo pensaba que quizá, conforme avanzara la relación, esos objetivos irían avanzando algunos puestos en su lista de prioridades, pero la realidad es que no se movieron ni un poquito. Cuando tuvimos la conversación definitiva, me dijo que se lo había pensado mucho: en un futuro nos podíamos casar y tener hijos. Si eso era lo que hacía falta para que siguiéramos juntos, estaba dispuesto a ofrecérmelo.
Un matrimonio es un papel firmado con una promesa implícita a la que se le puede poner fin en cualquier momento. Que él lo aceptara, sin ser un deseo propio, es algo con lo que yo habría podido vivir. Pero no quería a alguien que me ofreciera tener hijos en un futuro solo para que me quedara a su lado. Creo que es demasiado importante, serio y permanente para usarlo como moneda de cambio. Yo quería a alguien que quisiera tener hijos porque era su deseo, y que me eligiera a mí como la mujer con quien materializar ese futuro. Pero mientras yo fantaseaba con crear un hogar lleno de amor y humanos chiquititos, él soñaba con viajar por el mundo en su moto, sin ataduras y en plena libertad.
Así que, con todo el dolor de mi corazón, elegí soltarlo. Por mí, por él y por el futuro que ambos merecíamos y que no nos podíamos dar. Y, mientras tomaba esa dura decisión, rememoraba mis anteriores relaciones, dándome cuenta de algo importante: siempre había intentado estirar la relación al máximo, aunque no me sintiera del todo bien. ¿Por qué? Pues porque tenía en la cabeza que debía conseguir una relación que durara toda la vida. Ese era mi objetivo: encontrar un novio que pudiera conservar para siempre. Pero cuando te marcas un objetivo así, pierdes la perspectiva porque pones a tu cerebro a funcionar en una única dirección: preservar la relación.
El objetivo no debería ser que una relación dure toda la vida, sino que sea sana y feliz. La duración es una mera consecuencia, pero nunca debería ser el objetivo, porque si tu objetivo es que esa historia dure para siempre, será mucho más fácil que te comas mierdas como pinos, pues estarás enfocando el cerebro en la duración, no en lo que te está aportando esa relación.
Si consigues poner el foco en lo que esa persona está aportando a tu vida, evaluando si tus necesidades están cubiertas y si te sientes bien, entonces estarás dándole a tu cerebro la orden de que el objetivo es ser feliz, no que la relación sea eterna. Habrá relaciones que no van a durar para siempre, pero eso no debe suponer un fracaso y eliminar toda la felicidad que has vivido con esa persona. Si construiste una relación sana y feliz durante el tiempo que duró, tómalo como un éxito rotundo que puedes replicar en otros momentos de tu vida con otras personas.
Creo que aquí tienes una clave muy importante a la hora de evaluar tus relaciones. Si las analizas solo atendiendo al parámetro de la duración o piensas que has fracasado porque se terminaron antes de lo que esperabas, entonces no estarás valorando todo lo bonito que has vivido, lo que has experimentado y el aprendizaje atesorado y, al no hacerlo, te estará quedando un poso negativo que puede perjudicarte a la hora de abordar tus próximas relaciones.
Cuando pensé en la relación que había vivido con Jero, me sentí feliz por esos años compartidos, pero esa ruptura también cavó un agujero dentro de mí que no quise pasar por alto. Me prometí, al estilo de Lo que el viento se llevó, que nunca más iba a meterme en una relación que no cubriera mis necesidades afectivas o en la que no viera un futuro, ya fuera por incompatibilidad en nuestras personalidades, en el plan de vida o en cualquier otro tema que fuera crucial para que nuestra historia tirara hacia delante.
Poco imaginaba que en mi siguiente relación me iba a comer banderas rojas con las que nunca me había topado. Pero eso, Mari Carmen, lo abordaremos en la segunda parte de este libro.
—Tuvimos una relación muy bonita de dos años y un par de meses —suspiró Anabel—. Decidimos irnos a vivir juntos a su casa y, a los dos meses de convivencia, tras algunas discusiones, me ha dicho que se ha quemado, que se le ha pasado la chispa.
La animé con mi mirada a que me siguiera explicando.
—He intentado dialogar, diciéndole que todas las parejas pasan períodos de baches, que la fase de la química se pasa y que ser diferentes es lo normal.
—¿Y cómo reaccionó él? —le pregunté.
—Me dijo que ya tenía la decisión tomada.
—Lo siento mucho, Anabel.
Me lo estaba contando desde ese lugar de tristeza absoluta en el que te sumerges cuando acabas de darte cuenta de que la persona a la que más quieres ha decidido que no quiere estar más contigo y que ya no hay vuelta atrás.
—Hace poco, recogí mis cosas de su casa y, durante un par de semanas, estuve pensando que era solo una crisis, que había tomado la decisión en un momento de agobio o de dudas y que cuando sintiera mi ausencia, se daría cuenta de que no quería perderme, pero pasaban los días y no me llamaba.
—¿Cómo estás ahora mismo?
—Bueno… no hay día en que no llore y lo pase mal. Hace poquito de esto, ni un mes, sé que tengo que darme espacio y tiempo, pero duele mucho. Era una relación sana y bonita; de verdad pensaba que estaríamos juntos para siempre. O, por lo menos, durante muchos años.
—¿Has podido hablar con él después de la ruptura?
Hay personas que, una vez que comunican su decisión, desaparecen de la faz de la tierra, y quería saber si ese era el caso del ex de Anabel.
—Cuando él estaba más tranquilo, un día me llamó por teléfono y me dijo que necesitaba tiempo para encontrarse a sí mismo, para verse solo. Nos despedimos llorando. Dice que me quiere, pero que quererse no lo es todo, que somos muy distintos, que vemos la vida muy diferente… Pero no veo esas diferencias tan fuertes. Yo quiero estar con él. No paro de pensar en llamarlo y decirle que nos demos otra oportunidad.
—Él te está contando por qué ha tomado esa decisión, pero a ti los motivos que te da no te acaban de encajar —me aventuré.
—Exacto, me dice que me quiere, pero yo creo que eso no puede ser verdad, porque si quieres a alguien, no quieres que salga de tu vida, ¿no?
—Bueno, a ver, tú puedes sentir que quieres mucho a alguien, pero creer que la relación no va a funcionar porque vuestras diferencias te pesan, porque la otra persona no te da lo que necesitas o porque sientes que tenéis expectativas de futuro muy diferentes.
Es difícil aceptar una ruptura cuando no compartes ni entiendes los motivos por los cuales se está cortando la relación. Cuando alguien nos deja, es muy difícil no señalarnos con el dedo y cuestionar cada uno de los pasos que hemos dado en esa historia. A veces, incluso nos torturamos releyendo mensajes, como si la respuesta a nuestros interrogantes se pudiera encontrar entre líneas de WhatsApp, y nos preguntamos si nos ha contado la verdad o solo ha usado excusas.
—¿Tú piensas que de verdad me ha dejado porque cree que no encajamos o me está ocultando algo? —Anabel estaba torturándose y cuestionando cada palabra que había salido por la boca de su ex.
—Lo que creo es que esa respuesta no la vamos a tener, así que tendrás que aceptar lo que te ha dado y tirar hacia delante con eso.
—Es que no me parece un motivo de suficiente peso como para dejar la relación.
—Vale, entonces cuéntame qué crees que ha pasado realmente.
Ella se quedó pensativa.
—Creo que, al irnos a vivir juntos, la relación ya no era tan emocionante como antes, lógicamente, y eso es lo que hizo que perdiera la ilusión. Pero ¿cómo va a ser igual una relación en la que nos vemos un par de veces a la semana que vivir juntos?
—No lo es.
—Desde que empezamos a vivir juntos, nos enfadábamos por cualquier tontería. Bueno, ahora que lo pienso, era él quien estaba más irascible, como si yo le sobrara.
—¿Piensas que quizá le quedó grande la convivencia?
—Empiezo a creer que sí.
—¿Y tú hubieras querido seguir la relación cada uno en su casa?
—No. Hacía tiempo que quería dar el paso y me costó un montón convencerlo, así que no pensaba volver atrás.
—Vale, en ese caso, ¿quieres estar con alguien que, después de dos años de relación, le queda grande la convivencia y te deja a los dos meses, sin posibilidad de hablarlo o poder arreglarlo? ¿Es eso lo que tú estás buscando en una pareja?
—Desde luego que no.
—Entonces no quieres volver con él —la reté.
—Bueno, sí, quiero volver con quien él era antes de vivir juntos.
—O sea, quieres estar con una versión de él que está bien contigo porque no estáis conviviendo.
—No, eso no…
—Es que la persona con la que realmente quieres convivir no existe. Tú quieres estar con todas sus cualidades positivas, pero renegando de aquello que no te gusta, como, por ejemplo, que el compromiso de irse a vivir contigo le venga grande. O que su forma de gestionar su frustración sea a través de enfados. O que cuando se le llene el vaso, porque no ha sabido entender lo que le pasaba, te deje, sin más. Todo eso no lo quieres. Pero eso también forma parte de él. Así que voy a volver a preguntártelo: ¿es este el tipo de pareja con quien quieres un futuro?
—A ver, visto así…
—Es que esta es la realidad. Lo otro es la fantasía del futuro que a ti te hubiera gustado vivir, pero no es el futuro que él te podía ofrecer. Te has enamorado de su potencial y has ignorado el tipo de relación que te ofreció desde el primer momento: una historia bonita, pero que no tenía posibilidad de avance. Y que conste que cada uno puede elegir el tipo de relación que quiere, y hay parejas que están maravillosamente bien cada uno en su casa, pero esto no es lo que tú deseas.
—No…
—Así que él tiene razón, aunque te lo haya explicado regulinchi: veis la vida de un modo diferente. En realidad, lo que veis diferente son las relaciones. Tenéis expectativas muy distintas. Él se ha agobiado porque ha dado un paso que probablemente no quería dar, pero sabía que si seguía echando balones fuera lo ibas a dejar y te quiere y quería estar contigo, pero cuando se encontró en medio de la convivencia, sintió que ese no era su sitio.
—Joder…
Sí, joder. Descubrir que tu pareja y tú no queréis lo mismo, aunque exista amor por ambos lados, es duro. Antes de que acabes esta primera parte del libro, te voy a mostrar el que probablemente sea el concepto más importante que he desarrollado en toda mi trayectoria profesional: los estándares. Tiene todo que ver con lo que le ha pasado a Anabel.
Después de nuestra conversación, volvió a hablar con su ex y le hizo preguntas más concretas porque ella necesitaba saber lo que había pasado. Podría haberse encontrado con una negativa y, en ese caso, habría tenido que hacer el cierre por su cuenta, pero él accedió a quedar y le acabó confesando que realmente no quería vivir con ella. No porque no la quisiera, sino porque no se sentía preparado para asumir ese compromiso y sentía que su libertad se veía coartada. También le contó que no estaba preparado para formar una familia, algo que para Anabel era muy importante. Eso le ayudó a cerrar la historia concluyendo que, lamentablemente, sus expectativas para la relación no eran compatibles.
Creo que es crucial tener buenas conversaciones de cierre en las que se puedan obtener explicaciones, si se necesitan. Pero no podemos perder de vista el hecho de que no todo el mundo va a saber o querer explicar lo que realmente ha pasado. Quizá por no entender lo que le ocurre o por no querer hacer daño.
En el caso de que te encuentres en esa situación y las explicaciones de tu ex no te satisfagan (o sean muy deficientes), puede que tu cerebro se quede dándole vueltas, como cuando el ordenador se queda colgado y no responde. Entonces, vas a tener que darle el cierre tú misma. ¿Cómo? Pues te lo voy a explicar con este ejercicio.
Ejercicio 3: el cierre
Escribe un e-mail como si fueras tu ex, explicándote el motivo de la ruptura. Elige un motivo que a ti te pueda encajar y que creas que te ayudará a hacer el cierre que necesitas. Puedes dar más detalles a las explicaciones que te ha dado o inventarte un motivo del que tienes cero indicios, pero que es más amable contigo y tu autoestima. Intenta que ese correo suene como tu ex, con expresiones suyas, su forma de escribir y su tono.
Cuando estés satisfecha con el texto, vas a mandártelo a tu dirección de correo y no vas a leerlo en este momento, sino que vas a esperar unas horas o incluso un par de días (según lo que tú creas que más te conviene) para que, cuando lo abras, no lo tengas tan fresco y lo puedas leer como si de verdad fuera él quien te lo hubiera escrito.
Luego decide si necesitas responderle para decir lo que piensas o ya das por cerrada la historia. En cuanto sientas que está todo dicho, elimina los mensajes, incluso de la papelera.
Ahí va otro ejemplo:
Alejandra llevaba ocho años con Patricia. Se habían casado un año antes en la Toscana, en una boda preciosa, muy íntima y llena de detalles que imprimieron una sonrisa en la memoria de cada invitado. Tenían un bebé de dos meses que les había iluminado la vida, pero que también había puesto en evidencia algo que no estaba funcionando.
Alejandra y Patricia eran como la noche y el día. La primera, extrovertida, curiosa, aventurera, emocional, positiva. La segunda, introvertida, hogareña, con una personalidad más distante, tal vez fría, y a la que los problemas muchas veces la sobrepasaban.
La dinámica creada había funcionado hasta entonces, aunque pasando por épocas de crisis. Alejandra siempre le pedía a su pareja que tomara más la iniciativa, que salieran más, que organizaran viajes. Patricia era feliz en su casa, con su ordenador, y no sentía la necesidad de hacer muchos planes ni de gastarse el dinero en experiencias que consideraba efímeras. Cuando Alejandra llegaba a su límite, Patricia se esforzaba por salir más o compartir un fin de semana fuera y así Alejandra se relajaba y tenía la sensación de que todo estaba cambiando. La realidad era que nada lo estaba haciendo realmente. Patricia le ofrecía lo que ella quería solo cuando sentía que, de no hacerlo, la relación podría estar en juego.
Esta dinámica se replicaba en otros ámbitos, como el de las tareas del hogar. Alejandra llevaba el peso de todo: limpieza, compra u organización. Lo hacía de buen grado y realmente no le pesaba, pero a veces, cuando estaba más atareada con su trabajo, se sentía muy agobiada y pedía ayuda a su mujer, pero normalmente no obtenía el resultado deseado.
Cuando tuvieron a su hijo todo lo que parecía funcionar, dejó de hacerlo. Alejandra estaba convaleciente de la cesárea y se dio cuenta de que todo se quedaba por hacer, porque como ella no podía apenas moverse, nadie se estaba encargando de las tareas del hogar. Patricia parecía totalmente desbordada por lo que estaba viviendo, como una niña perdida en un supermercado. La situación era nueva para ambas, pero su forma de afrontarla era completamente distinta.
Alejandra se crecía ante la adversidad, mientras Patricia se hacía cada vez más pequeña y entraba en un bucle de negatividad que afectaba también a su relación con el bebé. Alejandra quería echarle un cable a su mujer, pero toda esa energía que antes tenía para tirar del carro ahora estaba destinada a su hijo. Así que la relación frenó en seco, como un carro que ha perdido a sus caballos en medio del bosque. Alejandra estaba convencida de que eran un buen equipo y si ella no podía con todo, Patricia la cubriría. Sin embargo, con el tiempo se fue dando cuenta de que eso no iba a suceder, lo cual despertó su ira.
De repente, le molestaba todo, hasta el más pequeño gesto de su pareja. Era como si llevara una venda en los ojos y se le hubiera caído. Todo ese amor y admiración que sentía hacia su mujer se estaba desvaneciendo a una velocidad que no podía controlar y eso la asustaba. Intentó buscar soluciones, pero nada surtía efecto. Ni siquiera el calendario colgado en la nevera con las tareas que debían realizarse cada día y a cargo de quién estaban. Cuando llegó a su límite, propuso ir a terapia de pareja, pero Patricia le dijo que ella no creía que tuvieran un problema tan grave como para ir al psicólogo, así que Alejandra, con todo lo resolutiva que era, se quedó sin opciones.
Un año y medio tardó en romper la relación. Durante todo ese tiempo, una parte de ella estaba pasando el duelo y otra parte luchaba con uñas y dientes para que la relación se mantuviera a flote. A veces, veía un pequeño destello de lo que buscaba en su mujer, pero duraba poco, como una estrella fugaz. Eso le compraba tiempo de vida a la relación, sin embargo, llegó un momento en que lavar los platos por la noche y darle el biberón a la niña por las mañanas no fue suficiente. El amor tan grande que había sentido Alejandra se había ido consumiendo como una vela hasta que la relación se quedó completamente a oscuras.
Fue en ese momento cuando Alejandra ya no tuvo dónde agarrarse y se vio en la obligación de aceptar que su relación con Patricia se había convertido en una carga. No eran dos personas formando equipo y sumando, sino que sentía que se había convertido en madre de dos sin haberlo buscado. Había luchado para que su historia funcionara y sabía que su mujer también había dado el máximo que podía, pero su máximo no llegaba al mínimo que Alejandra necesitaba para poder sentirse feliz en esa relación, así que, con todo el dolor de su corazón, tuvo que romper.
Si una ruptura ya es complicada por sí sola, cuando los hijos forman parte de la ecuación, todo es mucho más arduo. Por eso, cuando alguien que tiene una ruptura de esta índole me cuenta que hace dos años que está mal con su pareja, le digo: «Súmale dos más».
Primero me miran raro, pero luego sus ojos se abren porque comprenden lo que les estoy diciendo. Quizá hace dos años que esta persona está aceptando conscientemente que la relación va mal, pero antes se ha tirado mucho tiempo intentando negar la realidad, justificando lo que está ocurriendo y tratando de pensar en cualquier cosa menos en la posibilidad de tener que romper. Una vez que se toma conciencia de que existe un problema, es cuando empieza a buscar soluciones, a probar cosas distintas y a tener conversaciones al respecto. Si nada de eso da sus frutos, entonces es cuando se empieza a plantear la posibilidad de romper.
La ruptura se alargará más o menos en el tiempo, según un montón de factores, como el miedo a romper la familia, a quedarse sola, a cometer un error, el nivel de autoestima (si es bajo, romper la relación será mucho más trabajoso), las presiones familiares o las creencias que tenga la persona sobre el amor y el matrimonio.
Lo que está claro es que ninguna ruptura es sencilla, especialmente si la ves como un fracaso, cuando en realidad se trata de un paso necesario para poder avanzar y tener la vida feliz que mereces.
Si estás pensando en romper con tu pareja, o estás pasando por una ruptura, ya sea de una relación larga, de una corta, de una historia que nunca llegó a formalizarse o de un casi algo de quien te has pillado hasta las trancas, entra en http://silviallop.com/fases-duelo porque quiero regalarte un vídeo para ayudarte con tu proceso de ruptura.
Lola llevaba nueve años con su novio. La relación era sana, congeniaban a la perfección y todo iba bien… Bueno, eso es lo que parecía desde fuera.
Desde dentro, Lola sentía como si estuviera en punto muerto. Como si se hubiera montado en un tren que iba hacia la dirección que se suponía que era la adecuada, pero una parte de ella no sentía que fuera la correcta (como cuando eres pequeña, tus padres te obligan a ir a casa de sus amigos y tú sabes que te vas a aburrir como una ostra, pero tienes que ir igualmente). Pues esa sensación de incomodidad la acompañaba todo el tiempo, pero cuando evaluaba su relación, no conseguía encontrarle ninguna pega. Estaba con un hombre bueno, fiel, sincero, cariñoso, detallista, su familia lo adoraba… Vamos, que en apariencia no había ningún motivo para querer salir de ahí.
Pero, entonces, ¿por qué se sentía tan atrapada? ¿Por qué diablos fantaseaba constantemente con tener una vida completamente diferente? Cada vez que pillaba a su imaginación perdiéndose en las playas del Caribe con un morenazo al que no había visto en su vida, de ojos color café y una lengua que le hacía ver la vía láctea entera, se reñía: «Lola, que no tienes quince años, mujer». Pero luego pensaba que tampoco estaba prohibido recrear el Kamasutra con un hombre que solo existía en su mente. Eso no eran cuernos, ¿verdad? No, definitivamente no era delito si el acto solamente tenía lugar en su cabeza. Si no, tendrían que haberla arrestado ya por haber matado a su jefe de veinte maneras distintas.
Lola se tiraba horas debatiendo la moralidad de su pecaminoso acto mental, pero no se le ocurría pararse a pensar desde cuándo tenía esas fantasías y a qué respondían. Si lo hubiera hecho, quizá se habría dado cuenta de que todo esto empezó después de una conversación con unas amigas suyas, en la que se dio cuenta de que ellas sentían algo mucho más fuerte por sus parejas y llegó a la conclusión de que no admiraba a su chico. Le parecía una buena persona, pero carecía de ambiciones, siempre le daba la razón y todo era absolutamente predecible con él. Su forma de pensar era muy simple y nunca tenían conversaciones estimulantes. Ella se sentía llena de ideas y sueños, que él siempre le animaría a cumplir, pero en los que nunca participaría de forma activa para hacerlos realidad.
Cuando habló ese día con sus amigas, se dio cuenta de que, aunque sus relaciones no eran perfectas, ellas sí contaban con un compañero con quien intercambiar ideas, hacer planes que se salieran de la rutina y sentirse mentalmente estimuladas. Fue a partir de ese día cuando el vacío empezó a aparecer de una forma mucho más obvia, pero Lola barrió esa desagradable sensación debajo de la alfombra y siguió tomando su café con leche, como cada mañana.
El problema de tener una sensación de vacío o de desencanto tan fuerte y no atenderla es que crece día a día y llega un momento en que se convierte en un imán para todo lo que sientes que te está faltando. En el caso de Lola, le faltaba emoción, aventura, motivación y conversaciones profundas. La relación era buena, pero funcionaba de forma mecánica, por pura inercia. Ya no salían a cenar como antes, ni se acurrucaban para ver una película. El sexo era algo que practicaban más porque «tocaba» que porque realmente les apeteciera, y cada vez era más escaso. Y nunca hablaban de cómo se sentían el uno con el otro. Daban por sentado que la relación estaba bien porque no tenían grandes discusiones, pero las conversaciones de verdad escaseaban porque cada uno se perdía en su propia vida.
Lo que pasó a continuación es que apareció lo que yo llamo una liebre. Bueno, si te digo la verdad, este concepto es de mi padre, pero se lo vamos a pedir prestado porque es muy, pero que muy interesante. Verás, en las carreras de galgos, se usa una liebre mecánica para que los perros la persigan. Si no, sería imposible que echaran a correr todos a la vez y en la misma dirección.
Usando este concepto de base, establecemos el paralelismo siguiente: llamo liebre a esa persona que aparece en tu vida en un momento en el que estás estancada, metida en un hoyo. Su función es clara: obligarte a mover el culo. Despertarte de tu letargo. Desactivar el modo automático, o el modo supervivencia, y conseguir que tomes las riendas de tu vida.
Imaginas lo que le pasó a Lola, ¿verdad? Efectivamente, se topó con una liebre en forma de compañero de trabajo. Entró un chico nuevo a trabajar a su oficina y la química fue palpable desde el primer día. Cada vez que interactuaban, se les dibujaba una sonrisa de oreja a oreja y no podían evitar flirtear. La cosa fue subiendo de nivel hasta que llegó un momento en el que Lola solo podía pensar en él. Se levantaba y se acostaba con su imagen dando vueltas en su cabeza.
El morenazo anónimo del Caribe que había inaugurado el rincón de fantasear en la mente de Lola se había echado a un lado para dejar sitio a un hombre de carne y hueso que le estaba robando el sueño. Ese salto de un hombre imaginario a uno real generó un nuevo debate: ¿es infidelidad tontear con alguien y no dejar de pensar en comerle la boca (y otras partes)? Se estaba moviendo en un terreno peligroso porque, conforme pasaban los días, sus interacciones iban subiendo de nivel y sus fantasías, también.
Un día, Lola y su novio tuvieron una discusión absurda y, no sabe ni cómo ocurrió, ella le pidió un tiempo. No era algo que tuviera planificado. Simplemente, surgió así. No tenía ni pajolera idea de lo que estaba haciendo, pero una voz en su interior le susurraba que necesitaba vivir esa aventura. Su mente no pensaba en otra cosa, así que era inevitable que ocurriera, y no quería engañar a su pareja.
