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Las cárceles dicen mucho de los lugares en los que vivimos. Quienes las padecen se transforman, a veces son doblegados, generalmente se ven arrastrados a una experiencia cuyas secuelas no les permiten permanecer inmutables. Pese a ello, en nuestras sociedades abundan el simplismo y el prejuicio sobre lo que en ellas acontece, sobre el papel que desempeñan o deberían desempeñar. Privilegio, castigo, derroche, aislamiento son los conceptos que suelen ser utilizados y que el punitivismo instrumentaliza, para referirnos a un modelo que, según el marco legal actual, pretende reinsertar y reeducar. Nada más lejos de la realidad. Desentrañar qué es y qué comporta su existencia es el reto que se ha propuesto uno de los políticos encarcelados e inhabilitados a raíz de los juicios del procés, Raül Romeva i Rueda. Su paso por diversas cárceles del Estado ha sido un motivo de peso para analizar nuestro modelo penitenciario, aprovechando y haciendo uso de su vivencia personal, mostrando una vida intramuros que en nada se parece a los relatos de ficción. Un ejercicio sincero y ameno para repensar las prisiones y todo lo que las rodea ―un asunto tan trascendental como el que implica la privación de libertad y que tantas veces se enfoca desde una perspectiva represiva―, cuya intención es remover conciencias, proponer fórmulas más humanas y derribar ideas preconcebidas.
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Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Akal / FOCA / INVESTIGACIÓN
Raül Romeva i Rueda
AL OTRO LADO DEL MURO. REPENSAR LAS PRISIONES PARA MEJORAR LA SOCIEDAD
Las cárceles dicen mucho de los lugares en los que vivimos. Quienes las padecen se transforman, a veces son doblegados, generalmente se ven arrastrados a una experiencia cuyas secuelas no les permiten permanecer inmutables. Pese a ello, en nuestras sociedades abundan el simplismo y el prejuicio sobre lo que en ellas acontece, sobre el papel que desempeñan o deberían desempeñar. Privilegio, castigo, derroche, aislamiento son los conceptos que suelen ser utilizados y que el punitivismo instrumentaliza, para referirnos a un modelo que, según el marco legal actual, pretende reinsertar y reeducar. Nada más lejos de la realidad. Desentrañar qué es y qué comporta su existencia es el reto que se ha propuesto uno de los políticos encarcelados e inhabilitados a raíz de los juicios del procés, Raül Romeva i Rueda. Su paso por diversas cárceles del Estado ha sido un motivo de peso para analizar nuestro modelo penitenciario, aprovechando y haciendo uso de su vivencia personal, mostrando una vida intramuros que en nada se parece a los relatos de ficción. Un ejercicio sincero y ameno para repensar las prisiones y todo lo que las rodea ―un asunto tan trascendental como el que implica la privación de libertad y que tantas veces se enfoca desde una perspectiva represiva―, cuya intención es remover conciencias, proponer fórmulas más humanas y derribar ideas preconcebidas.
Diseño interior y cubierta: RAG
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota a la edición digital:
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© Raül Romeva i Rueda, 2023
© Ediciones Akal, S. A., 2023
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 9788416842827
A Elda y a Noah, no dejéis que nunca, nadie, os arrebate la libertad.
A Diana, hasta el infinito, sin muros.
La lista de personas a las que he de agradecer su acompañamiento y ayuda en el proceso de redacción de este volumen es enorme. En primer lugar, a mis compañeros de reclusión, en Estremera, en Soto del Real y, por descontado, en Lledoners, especialmente a los que me han acompañado en el día a día del módulo 2. Cada uno con su singularidad me han mostrado una realidad que no me había atrevido a mirar hasta que los conocí.
Por otro lado, ha sido mucha la gente que me ha ayudado en diversas fases del proceso de redacción de este texto, aunque algunas de ellas quizás no son del todo conscientes de ello. En concreto quiero mencionar algunos nombres, como por ejemplo Carles Mundó, Ester Capella, Amand Calderó, Susanna Gracia, Jordi Enjuanes, Elena Pla, Elisabet Ruz; Estefanía Torrente, Dani Villalain, Xavier Buscà, Xavier Pujadas, Andreu Van del Eynde, Marisa Díaz, Ivan Altisent y Sira Abenoza. Así mismo quisiera hacer un reconocimiento especial a los y las profesionales de las áreas físico-deportiva, cultural, educativa y de salud del C.P. Lledoners, así como a los y las profesionales de seguridad con quienes he tenido la ocasión de tratar a lo largo de todos estos años de reclusión, tanto en Cataluña como en Madrid.
Finalmente, para esta versión en español, deseo agradecer la traducción hecha de forma entusiasta y profesional por Margarita López-Nieto Truyols, así como a todo el equipo de Akal, por su complicidad y compromiso con la justicia social.
Nadie conoce realmente un país hasta que no ha
visitado sus prisiones.
No se puede juzgar a una nación por cómo trata
a sus miembros más distinguidos, sino por cómo
trata a los más humildes.
Nelson Mandela
En una democracia ideal, la prisión no tendría que existir. Como máximo, se la tendría que considerar un mal menor. Y, por descontado, su función no debiera de ser nunca el castigo por el castigo, la venganza social, sino retirar de la sociedad, de manera temporal, a las personas que manifiestan comportamientos peligrosos y que, en consecuencia, ponen en riesgo la convivencia o la integridad física de otras personas.
Pero no vivimos en una democracia ideal. De hecho, no conocemos ninguna democracia ideal. Todas las democracias son imperfectas y, por tanto, mejorables. Eso sí, algunas tienen más carencias que otras. La prisión es un claro indicador del grado de madurez de una democracia. No sólo por a quién aloja en ella (como apunta Mandela), sino porque muestra de manera clara y transparente cómo gestiona la justicia y aún más la injusticia.
Es difícil imaginarse la vida sin prisiones. Como dice Angela Davis, la gente las da por asumidas. En el fondo, sabemos que la prisión es un espejo que nos muestra nuestro fracaso como sociedad, y no nos gusta vernos reflejados en él. Nos incomoda porque nos avergüenza de nosotros mismos; por eso no nos enfrentamos a ella como corresponde. Está ahí, pero preferimos no verla o al menos intentamos verla distorsionada para no despertar mala conciencia.
Sin embargo, la prisión existe. Y dentro hay personas, sea cumpliendo penas privativas de libertad, sea como profesionales a los que se ha encomendado la misión de trabajar en ellas. Unas y otras suelen preferir el anonimato, o al menos la discreción, justamente para huir del estigma que acompaña su condición o su función.
La singular situación en que nos ha tocado vivirla a algunos y a algunas de nosotros supone una oportunidad, a la vez que una obligación, para hablar de esta realidad de forma abierta y crítica con la voluntad de transformarla. Y esto es precisamente lo que me propongo en este ensayo.
Después de casi cuatro años viviendo en diversas prisiones, en Cataluña y fuera de Cataluña, constato que el espíritu con el que se redactó el artículo 25.2 de la Constitución española, donde se establece de forma explícita que las penas privativas de libertad han de estar orientadas a la reeducación y a la reinserción social, ha resultado fallido. Hay que reconocer la buena intención de los redactores constitucionalistas que en 1978, después de cuarenta años de franquismo, quisieron ver en este texto un instrumento para poner fin al uso de la prisión como fórmula de represión. Pero cuarenta años más tarde puedo afirmar que este deseo bienintencionado no se ha cumplido, por lo menos no en la dimensión que seguramente se esperaba.
Atribuyo este fracaso a la combinación de tres factores: un franquismo sociológico que nunca ha desaparecido y que contamina todas las estructuras del Estado, incluyendo el Ejército, la Policía, la Judicatura y la Fiscalía; un populismo político cada vez más desacomplejado y un simplismo de los medios de comunicación progresivamente sometidos a la dictadura del clikbait y del titular sensacionalista, que viven más pendientes del ruido en las redes que del deber de informar y que, a fuerza de alimentarse de noticias falsas, construyen una no-verdad cada vez mayor y más peligrosa. La prisión es un magnífico indicador de cuáles son las principales fortalezas y carencias de nuestra sociedad. En el Estado español, al igual que en la mayor parte de las llamadas «democracias occidentales», quienes acaban en la cárcel acostumbran a ser mayoritariamente hombres, con un nivel cultural bajo, una formación profesional también baja, procedentes de entornos familiares desestructurados y con poca red social. Por otro lado, quien envía a esta gente a la prisión suelen ser personas procedentes de entornos socioeconómicos altos, pertenecientes a familias acomodadas, bien situadas en el entramado social y político, mayoritariamente de mentalidad conservadora o directamente de derechas.
La relación entre estas dos realidades es como mínimo compleja, a menudo tensa y por descontado desigual, injustamente desigual. Y es que detrás del fracaso penitenciario hay un evidente sesgo de clase. No únicamente, pero sí en esencia. Tal como yo lo veo, es como aquella pareja que, después de años de casados, no para de discutir sobre quién ha de lavar los platos. Llega un momento en que hay que entender que el problema no son los platos sucios (la existencia de gente que comete delitos y cómo los afronta el poder judicial), sino la misma relación de pareja (el funcionamiento de la democracia). En vez de hablar de la prisión, como se suele hacer, en términos circunstanciales (como quien habla de la última visita al zoo o de la última película que ha visto en el cine), es hora de hacerlo con una perspectiva estructural. ¿Qué es una prisión y, sobre todo, qué comporta su existencia?
Vivir la prisión desde su interior y durante tanto tiempo me ha ayudado a entender mucho mejor la necesidad de verla diferente, y de querer cambiarla a partir de una mirada netamente republicana, que ponga la justicia social y la determinación democrática en el centro de las políticas penitenciarias.
A decir verdad, si bien hablo a partir de mi propia experiencia, este camino de iluminación no lo he hecho solo. Me han acompañado centenares de presos y presas, profesionales del ámbito carcelario y familiares que, cada uno desde su situación personal, y cargando con sus circunstancias, me han mostrado el carácter caleidoscópico de la cuestión. Pero sobre todo me han reiterado la importancia de no ver el mundo en blanco y negro, de dar mucho más valor a los matices y a los grises, incluso a la duda como principio moral.
Asimismo, he de mencionar algunos autores y autoras que, también fruto de sus experiencias previas, me han ayudado a desbrozar el trayecto. Una es Angela Davis (Are Prisons Obsolete?), a quien cito a menudo en las páginas que siguen. El otro es Louk Hulsman, quien, respondiendo a las preguntas de Jacqueline Bernat de Celis en Sistema penal y seguridad ciudadana: hacia una alternativa, critica la actual concepción dominante del sistema penal, al que considera un sistema de coerción del Estado y por el Estado. El individuo se deshumaniza, pierde así la esencia de su personalidad y queda reducido a ser víctima o autor del delito o de la infracción. Se institucionaliza el sistema. En realidad, ni el autor del delito ni la víctima tienen ninguna importancia. Para Hulsman, por muchas reformas e inventos que se lleven a cabo (se denominen «reinserción social», «respeto a la víctima» o «restauración»), el sistema siempre será ineficaz respecto al individuo. Y el motivo, dice, es porque el sistema no tiene en cuenta al individuo, sólo al Estado.
Finalmente, el tercer autor que quiero mencionar es Nils Christie. Su aproximación se sitúa en el campo del dolor (Los límites del dolor). Parte de la base de que lo que persigue la imposición de un castigo, aunque sea en el marco de la ley, no es más que causar dolor de una forma deliberada. Según Christie, los intentos por cambiar a una persona, en este caso al infractor de una ley, comporta problemas de justicia. Asimismo, cuando sólo se quiere infligir una pena justa, se crean sistemas rígidos, insensibles a las necesidades humanas. Christie se propone poner fin a este dilema. Si se ha de infligir dolor, remarca, ha de quedar desposeído de cualquier propósito manipulador. Ha de tener una forma social similar a la que se considera normal cuando la gente tiene una aflicción profunda. Formulada así, como un ideal, esta situación podría ser tan valiosa como aquellas en las que se persigue el predominio de la bondad y las ideas humanitarias. Ya sabemos que son ideales que nunca se alcanzarán, pero vale la pena perseguirlos y hacer cuanto sea posible para acercarnos a ellos.
En línea con estos tres autores, entre muchos otros, escribo estas páginas con el deseo de que también ayuden a otra gente a transitar por el camino de la transformación política, social y comunicativa de una de las estructuras más oscuras y desconocidas de nuestra democracia y, de hecho, de cualquier sistema político: la prisión. En definitiva, con el presente ejercicio aspiro, al menos, a poner en cuestión la comunicación, a fuerza de titular estridente y contenido tergiversado, la política de fachada y la justicia de bragueta.
No hay peor tiranía que la que se ejerce a la
sombra de las leyes y bajo el cobijo de la justicia.
Barón de Montesquieu.
Tu celda no es tu prisión. Lo eres tú.
Sylvia Plath
Jonás nunca olvidará el sonido de hierro oxidado de la puerta que se cerraba tras él. Ni el dolor en las muñecas a causa de las esposas. Ni el color gris de aquella sala sórdida donde le hicieron desnudarse para una revisión integral. Tampoco le será fácil olvidar la primera noche en una celda. Le ha tocado compartirla con un compañero colombiano, no muy limpio, aunque tampoco especialmente molesto. Ha descubierto que una celda no es más que un váter con una litera; cuando hay que utilizarlo, se utiliza y punto. No está acostumbrado a hacer sus necesidades en compañía, pero ha tardado poco en entender que aquí dentro la dignidad adopta unas connotaciones diferentes. Vale más que se acostumbre o lo pasará muy mal.
El caso no tiene buen aspecto. Su abogada, veterana y bregada, le ha recomendado paciencia. Su asunto es de los medianos, aquellos que no despiertan demasiado interés, pero tampoco simpatía. Uno más entre la mayoría.
La primera noche no ha dormido. Ni la segunda. Ni la tercera. No ha hecho más que pensar en su pareja y en sus hijos pequeños, de tres y cinco años. Y en su madre enferma. En su padre no ha pensado demasiado; de pequeño los abandonó y nunca más supo de él. Pero sí se acuerda de sus amigos, de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos. De momento, nadie sabe que está allí; sólo su mujer, Gisela.
Su caso no ha salido en las noticias ni por quién es, puesto que no es un personaje público, ni por lo que ha hecho. Confía en que, con un poco de suerte, quedará en libertad antes de que su entorno sepa que está aquí. Piensa en lo que dirían sus compañeros del barrio o del trabajo si supieran que está encerrado. Le resulta fácil imaginárselos fuera de la prisión gritándole, insultándole.
Tiempo atrás el mismo Jonás llevaba pancartas en contra de la construcción de esta prisión; era partidario de que hubiera prisiones y cuanto más duras mejor, pero lejos de casa. Él, como tanta gente, medía la seguridad a tanto el kilo de preso. Pensaba que cuantos más presos, más seguridad. ¿Aún lo piensa? La verdad es que ya no lo sabe. Está confuso. Nunca se habría imaginado que la prisión fuera tal como es; claro que nunca había pensado que acabaría en una. De hecho, nunca había pensado demasiado en la prisión. Creía que la prisión era para otro tipo de gente, gente… diferente. No para gente como él.
Antes no había hablado del tema en profundidad con nadie, ni había mostrado interés en saber nada. Le bastaba con criticar a quienes se encontraban dentro, aunque no los conociera de nada, ni supiera nada de sus circunstancias personales. Si estaban allí, era porque debían estar y punto.
Ahora que está dentro y que podría hablar de ello, no quiere. Le da vergüenza; en realidad, más que vergüenza. Le aterra que le señalen, que le estigmaticen, que se aparten de él, como hasta ese momento él se había apartado de los que entraban. Le aterra que le griten lo que tantas veces ha gritado él: ¡que se pudra!
Jonás existe, aunque no se llame Jonás. En este libro hablaremos de muchos Jonás. Cada uno tiene su historia particular, sus motivos, sus entornos. Cada uno es responsable de sus actos, y de cómo afronta sus consecuencias. Hablaremos de cómo cualquiera de nosotros puede acabar siendo un o una Jonás. Su nombre real es absolutamente irrelevante. Lo importante es que tomemos consciencia de que estas personas existen y que hemos de hablar de ellas. De ellas y de sus circunstancias.
Claro que hay personas que han cometido un delito por convicción y sabiendo qué hacían. Como también lo es que hay individuos especialmente agresivos que amenazan la convivencia e incluso la integridad física de las personas del resto de la sociedad. Para estos últimos supuestos, la prisión puede tener un sentido, pero en la gran mayoría de los casos son las circunstancias personales y la falta de alternativas sociales y vitales las que empujan a algunas personas a un pozo sin salida, del que es muy difícil escapar, y que los encamina hacia una vida delictiva.
Del mismo modo, muchas de estas personas sufren enfermedades mentales de diversa magnitud, que no han estado detectadas a tiempo y por tanto tampoco han sido tratadas de manera adecuada. Que esas personas acaben delinquiendo no deja de ser, en parte, una carencia del sistema, por ejemplo, en relación con las necesidades vinculadas con la salud mental. ¿En qué ayuda la prisión a afrontar estas situaciones? Absolutamente en nada.
No se trata de exculpar al o la delincuente, sino de plantearnos si aquella persona que acaba en prisión ha tenido las oportunidades necesarias para no llegar allí. Si no es así, quizá tendríamos que reconocer que no toda la culpa es suya y que, como sociedad, deberíamos asumir la parte de responsabilidad que nos corresponda y aplicar los medios necesarios para corregirlo.
El simplismo imperante, político y mediático, ha impuesto cada vez más la tesis según la cual cuando alguien comete un delito debe ir a prisión, sí o sí, y debe quedarse dentro tanto tiempo como sea necesario. Sin embargo, el «tanto como sea necesario» es una medida imprecisa; de hecho, mucha gente considera que, por más tiempo que alguien esté en prisión, siempre es «poco». Por ejemplo, en muchos países de nuestro entorno europeo, condenas de cinco años de prisión se consideran largas y se reservan para los delitos más graves. En cambio, en el Estado español se ha llegado a banalizar tanto la prisión que cinco años parecen pocos.
Cada vez oímos más gritos y manifestaciones reclamando «¡más prisión!». Da igual cuál sea el delito o el supuesto delito que se haya podido cometer. Incluso si el delito es inexistente y sólo responde a una malintencionada interpretación del Código Penal, basada en una determinada opción ideológica, la respuesta es: «¡a prisión!». Lejos de lo que debiera ser una sociedad plenamente democrática y republicana, en el sentido cívico del término, asistimos a una deriva reaccionaria que, entre otros indicadores, se traduce en un populismo cada vez más punitivo.
Todo ello demuestra el gran desconocimiento que existe en torno a la prisión. Y es que hablar de la prisión, de la verdadera prisión, incomoda. Por eso no se habla demasiado. Por eso preferimos no mirarla. Por eso la escondemos. No nos perturba el edificio, sino sus inquilinos y sus entornos. Poco nos importa quiénes son, de dónde vienen, cómo viven, si sufren -o han sufridoalguna forma de maltrato, de enfermedad o de exclusión. No sabemos qué han hecho, ni siquiera si han hecho algo que merezca la prisión, pero es igual; son presos y presas. Mala gente. Allá ellos. No es mi problema.
Y sin embargo, sí es nuestro problema. Así pues, hablemos de ello.
De entrada, quiero dejar claro que no quiero hablar de mi prisión, de la nuestra, de la de los presos y presas políticos. Esto ya lo hemos hecho en otros textos. En mi caso, por ejemplo, en Esperança i llibertat[1] (2019), Des del banc dels acusats[2] (2020) o Ubuntu: la República del bé comú[3] (2020). Aquí se trata de hablar de la otra prisión, de la que ya existía antes de que entráramos nosotros y que continuará existiendo ahora que hemos salido. De aquella de la que casi nadie habla.
Antes del 2 de noviembre de 2017 creía que conocía muy bien qué era una prisión. Cuando era eurodiputado visité unas cuantas: en Cataluña, en el Estado español y también en otros países, como Francia o Italia. Pensaba que, por el hecho de haber entrado en ellas en calidad de visitante institucional, sabía de qué hablaba. Creía que bastaba con hablar con algunos internos y funcionarios o que haber atravesado algunas veces las puertas y los muros de esta institución total, sabiendo siempre que saldría, me otorgaba una indiscutible autoridad para opinar. Casi cuatro años después, y tras haber vivido en tres centros penitenciarios diferentes, dos en Madrid y uno en Cataluña, reconozco que estaba equivocado y que tenía una idea muy sesgada de la prisión.
Nadie puede conocer una prisión por el solo hecho de haber visitado alguna; ni siquiera si la visita de una manera regular. Entrar no tiene nada que ver con estar allí. Y verla en ningún sentido es comparable con vivirla. Sólo cuando se está sometido al régimen penitenciario y a las limitaciones del espacio, de comportamiento y de comunicación con el exterior que la prisión comporta, se puede llegar a comprender la brutalidad que representa la privación física de libertad.
Hoy día, para entrar en prisión no es necesario haber hecho nada demasiado grave, ni ser un peligro para la sociedad; a veces, ni siquiera haber cometido un delito. En el Estado español basta con tropezar con un fiscal o un juez que tengan espíritu de shérif y sed de castigo. En términos jurídicos, de manera eufemística, se llama tener conciencia retributiva. Yo prefiero llamarlo «sufrir el síndrome de Eróstrato» o, lo que es lo mismo, tener un deseo patológico de popularidad.
Estos jueces y fiscales se sienten especiales, escogidos, y quieren ser reconocidos. Creen que las prisiones están para llenarlas y que cuanto más llenas mejor. Se comportan como aquel mal árbitro que se enorgullece de sacar muchas tarjetas o como aquella profesora que se siente importante porque con ella suspende todo el mundo. Actuar así, con dureza, los hace sentirse poderosos, importantes. Notan que la gente los teme y creen que por eso los respeta. Saben mucho de leyes, pero poco de personas. Su poder es inmenso; consiste en privarte a ti de libertad y privar a tu gente de ti. Es tan grande este poder, que quienes lo ostentan no necesitan ni mirarte a los ojos cuando lo ejercen. Si no te mereces su mirada, cuanto menos su comprensión o empatía. Nunca han pisado el patio de un módulo ni tienen intención de hacerlo. Están por encima del bien y del mal. Cuando decretan prisión para alguien, posiblemente nunca se han cuestionado nada sobre el daño que causan a la persona y a su entorno, especialmente si nos referimos a la prisión preventiva, es decir, cuando ni siquiera ha habido juicio. En la mayoría de los casos es un daño que resulta irreversible.
¿Se puede resarcir con dinero a alguien que ha pasado dos años encerrado con carácter preventivo, a quien en el juicio se le absuelve de cualquier responsabilidad penal y que, a lo largo de esos dos años, ha perdido la empresa y un hijo suyo ha quedado en una silla de ruedas por culpa de un accidente? Que conste que no se trata de un caso hipotético.
Por otra parte, ¿qué precio compensaría a unos hijos pequeños, a quienes de forma arbitraria se ha privado de su padre durante la fase más tierna de su infancia? ¿Dónde quedan los derechos de los niños en esta ecuación? ¿O de la pareja, a quien, de forma repentina, se ha obligado a convertirse en familia monoparental con todas sus consecuencias?
A este tipo de fiscales o jueces no les importa todo esto. No es su problema. No es el bien común lo que les mueve, sino el interés particular, la mirada sesgada propia de quien sabe que forma parte de una elite y que, por tanto, tiene una muy pronunciada conciencia de clase. De clase alta, claro. Se saben privilegiados y, en consecuencia, se protegen unos a otros.
Como republicano, pero sobre todo como demócrata, me resulta sobrecogedor comprobar cómo algunas de las personas que tienen una relación estrecha con la prisión, en la medida que se ganan la vida encerrando en ella a la gente, desconocen su más básica esencia. Pero lo más sorprendente es la absoluta normalidad con que lo viven, llegando en algunos casos incluso a presumir de esta ignorancia.
El Estado los ampara. Su impunidad es prácticamente total. Nadie les ha votado, ni existen mecanismos democráticos para relevarlos de sus cargos cuando actúan de manera impropia de la función que ejercen. Y no pasa nada. Si a ello añadimos la falta de vocación que hay en Cataluña para integrarse en las estructuras del Estado, es fácil entender por qué la presencia de fiscales, juezas y jueces catalanes que puedan tener una mínima mirada empática con lo que tenga que ver con determinadas cuestiones, también la nacional, es prácticamente testimonial.
Casi cualquier persona puede acabar siendo un día un Jonás. O puede conocer a alguno. Y digo casi porque también es un hecho que algunos estamentos tienen carta blanca.
Hay que decir que no todas y todos los jueces y fiscales actúan de esta manera impropia. Generalizar nunca es justo, tampoco aquí. Hay quienes son más conscientes que otros de su responsabilidad y ejercen su gran poder con más humanidad. Pero la realidad es, al menos de acuerdo con mi propia experiencia, que las voces discrepantes son a menudo tímidas y resultan fácilmente reconducidas, incluso recurriendo a las amenazas si es preciso o al referido corporativismo.
Por ejemplo, preguntémonos cuantos jueces o juezas acaban denunciados por sus colegas y son finalmente procesados o condenados por mala praxis o incluso por haber delinquido. Lo mismo podemos decir respecto a la Fiscalía. La cifra es bajísima, prácticamente tiende a cero. Sin embargo, por un simple motivo estadístico, habría que imaginar que, como pasa con todos los colectivos, también en el judicial se dan manzanas podridas. La diferencia es que las suyas las esconden o las cambian de cesta, a menudo en forma de promoción (patada para arriba, lo llaman).
Por otro lado, la mayoría de las voces críticas y discrepantes (que también las hay) pocas veces aparecen cuando están en ejercicio de la profesión, sino que afloran cuando ya se han jubilado. Y es que nadie quiere arriesgarse a malograr una carrera profesional con tantas prerrogativas y por la que ha quemado tantas horas de sueño y estudio.
