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Carlitos Alcaraz surgió como un huracán en el tenis de élite a la edad más temprana de la historia: se convirtió en el jugador más joven en alcanzar el número uno de ese deporte. Este libro explora cómo se forjó esa leyenda. El entrenador de Alcaraz, entre sus cinco y sus doce años, una etapa fundamental del desarrollo humano y deportivo, nos cuenta cómo lo conoció, entrenó y formó (en parte) como persona, acompañándole a numerosos torneos en España y varios países europeos. Carlos Santos logró desarrollar un método propio que experimentó con Alcaraz haciendo no solo que golpeara la bola una y otra vez, sino que trabajó la motivación, la adaptación de actividades según el perfil, el respeto a los compañeros, la puntualidad y el esfuerzo total en cada entrenamiento. Santos vuelca sus experiencias de entrenador en esta obra y nos da pistas como formador de campeones. En palabras del autor: «Carlitos tenía algo distinto a los demás: aprendía muy rápido, sus golpes iban a gran velocidad para su edad, siempre pegaba limpio, la colocaba donde quería, era capaz de ejecutar todo lo que le pedías, sabía de dónde iba a venir la bola del rival…y, encima, se lo pasaba bien compitiendo. Nunca he visto cosa igual».
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Seitenzahl: 282
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CARLOS SANTOS BOSQUE
(Cartagena,1981) es un apasionado de la enseñanza del tenis, lo que le ha dado la oportunidad de enseñar a niños de todas las edades y niveles durante casi dos décadas.
A lo largo de los ocho años en que entrenó a Carlitos Alcaraz desarrolló un método de entrenamiento con todo lo aprendido, tanto práctico como teórico, y lo sometió a la prueba de fuego del jugador de tenis más precoz de la historia.
Además de formar a Alcaraz lo ha hecho con numerosos jugadores de competición que han desarrollado un gran nivel tenístico. Su pasión es la competición y el alto rendimiento deportivo.
Carlitos Alcaraz surgió como un huracán en el tenis de élite a la edad más temprana de la historia: se convirtió en el jugador más joven en alcanzar el número uno de ese deporte. Este libro explora cómo se forjó esa leyenda.
El entrenador de Alcaraz, entre sus cinco y sus doce años, una etapa fundamental del desarrollo humano y deportivo, nos cuenta cómo lo conoció, entrenó y formó (en parte) como persona, acompañándole a numerosos torneos en España y varios países europeos.
Carlos Santos logró desarrollar un método propio que experimentó con Alcaraz haciendo no solo que golpeara la bola una y otra vez, sino que trabajó la motivación, la adaptación de actividades según el perfil, el respeto a los compañeros, la puntualidad y el esfuerzo total en cada entrenamiento. Santos vuelca sus experiencias de entrenador en esta obra y nos da pistas como formador de campeones.
En palabras del autor: «Carlitos tenía algo distinto a los demás: aprendía muy rápido, sus golpes iban a gran velocidad para su edad, siempre pegaba limpio, la colocaba donde quería, era capaz de ejecutar todo lo que le pedías, sabía de dónde iba a venir la bola del rival…y, encima, se lo pasaba bien compitiendo. Nunca he visto cosa igual».
ALCARAZ
Alcaraz
La forja de un campeón
© 2025, Carlos Santos Bosque
© 2025, Arzalia Ediciones, S. L.
Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
ISBN: 978-84-19018-65-6
Impreso en Artes Gráficas Cofás, S. A.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Producción del ePub: booqlab
www.arzalia.com
Cubierta
Carlos Santos Bosque
Alcaraz
Título
Créditos
Índice
Introducción
1.
Así empezó todo
2.
Trabajar con los más pequeños
3.
Los Cuatro Magníficos
4.
El tenis, tradición familiar
5.
Carlos Alcaraz sénior
6.
Aprender para enseñar
7.
Jugar y ser siempre un equipo
8.
Competir y estudiar
9.
Respirando tenis, tocando bola: la familia Alcaraz
10.
Las dos caras de la moneda
11.
Talento, esfuerzo y diversión
12.
La importancia del método
13.
Un antes y un después
14.
Aquellos torneos épicos
15.
Pinceladas de una personalidad
16.
La figura del psicólogo
17.
El principio del fin
18.
Un adiós y una nueva ilusión
19.
Deber cumplido
20.
Una imagen, un partido
21.
En el tenis, como en la vida
Epílogo
Cover
Índice
Start
A Carlitos Alcaraz y su padre, Carlos.
Por la oportunidad que me dieron durante
ocho años de entrenar al que llegaría a ser
el número uno más joven de la historia.
Los QR que aparecen a continuación son un reflejo visual, complementario de las imágenes del encarte de este libro, de distintas actividades que desarrollé como entrenador de Carlitos Alcaraz y de alguno de sus compañeros «de promoción». Los vídeos cortos pueden visualizarse en forma de lista de reproducción. Todos ellos son inéditos y los derechos pertenecen al autor de esta obra.
Carlitos y Pedro (comienzos)
Entrenos Club de Campo. 2010 y 2014
Los 4 magnificos. 2013
Jugando al golf, Academia Ferrero. 2014
Entrenos MDZ. Verano 2015
Roland Garros sub-13. 2015
Delante de un arroz negro, Carlos, Pedro y yo nos hemos sentado a recordar.
2023 está terminando, hace ya mucho tiempo que el amor por el tenis nos llevó a establecer un vínculo que, a pesar de las ausencias y las circunstancias particulares de cada uno de nosotros, todavía hoy está presente.
Las exigencias de promoción y las campañas publicitarias de los patrocinadores imponen sus servidumbres al deportista de élite: viajes, posados, el mejor perfil… Pero hoy no nos sentamos a comer con el número uno del tenis mundial más joven de la historia, tampoco con la imagen pública de una casa de moda de renombre internacional encarnada en el tenista del momento. Hoy nos disponemos a disfrutar de una comida entre amigos.
Junto a Carlos —que siempre será Carlitos—, Pedro Cobacho, otro joven deportista de extraordinarias cualidades. Son amigos de la infancia, iniciaron de la mano su andadura en las pistas. Por determinadas circunstancias, los podios a los que Pedro ha subido a lo largo de su vida han sido otros.
Buscar una biografía de Carlitos Alcaraz en medios y redes sociales es toparse con un listado de torneos, fechas, clasificaciones, nombres de contrincantes… Un palmarés brillante, sobre todo ahora, en el momento en que se escriben estas líneas de introducción —que, como es sabido, suelen redactarse al final—, con el recuerdo imborrable de sus triunfos en Roland Garros y Wimbledon 2024, su medalla de plata en los Juegos Olímpicos o su éxito en la Laver Cup de este mismo año. No obstante, no encontrará el lector en estas páginas un registro exhaustivo de su participación en las competiciones ni su posición en el ranking actualizada hasta el presente. Este libro, que dio sus primeros pasos a finales de 2023 y completa su gestación más de un año después, es, ante todo, el recuerdo lleno de cariño de alguien que convivió con un niño que se hizo luego campeón, alguien que contribuyó lo mejor que supo a modelar sus capacidades como deportista y como persona, a lo largo de un periodo de tiempo, entre los 5 y los 12 años, determinante en la formación.
Aquella andadura conjunta concluyó a finales de 2015. Nunca hasta ahora había contado los detalles de mi separación profesional de Carlitos. Tal vez por eso, si el lector busca mi nombre en la red hallará pocas entradas: apenas alguna entrevista muy breve, una declaración en un diario local, siempre palabras de elogio sincero, a menudo teñidas de nostalgia. Sin duda su éxito en Roland Garros en junio de 2024 vino a cambiar un poco las cosas, en buena medida gracias a una fotografía que comenzó a circular aquí y allá, en la que aparecemos Carlitos y yo, con la torre Eiffel de fondo; la historia de esa imagen entrañable, a la que más adelante me referiré, está relacionada con su primera actuación en París (2015), en el torneo Longines, popularmente conocido como Roland Garros sub-13, donde llegó a semifinales y cayó frente al que luego sería campeón.
Mi método como entrenador es sencillo, tanto como lo es mi filosofía de vida. El esfuerzo no es nada si no es constante; el orden y la disciplina han de presidir cualquier actividad en la que uno quiera destacar; las rutinas, la combinación de técnica y táctica o el ejercicio del talento son tan importantes como el respeto y la apuesta por el trabajo en equipo… Y siempre, siempre, hay que disfrutar con lo que hacemos; es la ambición de ser felices.
Creo en la discreción dentro y fuera de la pista. Así como conviene al jugador no evidenciar sus sentimientos y medir sus reacciones durante el partido, guardar para sí mismo las quejas en los momentos de turbación, a ser posible de espaldas al público, yo he tratado de mostrar siempre respeto y ser moderado en mis actitudes. Aquí he querido expresarme con total sinceridad, desde ese lugar que guardo en mi corazón para Carlitos y todos aquellos que me acompañaron en una etapa fundamental de mi vida.
Todo comienza con un grupo de niños de apenas cinco años en las instalaciones deportivas de la Real Sociedad Club de Campo de El Palmar, también conocida como Tiro Pichón. Septiembre de 2008 echa a andar y yo, con 27 años, estoy a punto de convertirme en entrenador, maestro, acompañante y casi padre de cuatro mocosos que no levantan un palmo del suelo. Solo uno, con el tiempo, pasará a la historia de este deporte que es nuestra pasión compartida, pero todos ellos me han regalado momentos de felicidad.
Mi temprano interés por el tenis tuvo mucho que ver con que mi padre fuera un gran aficionado; fue él quien introdujo en mí el gusanillo de un deporte que enseguida hice mío. Los dos hemos jugado juntos desde que yo era pequeño, porque en la casa familiar de la playa, en La Manga, donde empecé a veranear con seis años, había una pista en la que se nos iban las horas. Muchos de nuestros amigos de la urbanización donde se encontraba esa residencia lo practicaban, había una gran afición y bastante nivel en general. Recuerdo que a mí me daba igual la hora; incluso aunque fuera un momento de máximo calor y tuviera prácticamente la comida aún en la garganta, no perdía oportunidad de empuñar la raqueta. En ocasiones participaba como comodín en encuentros de dobles con los mayores, para completar la ausencia de algún adulto. Y así, partido a partido, fui adquiriendo un buen nivel, pero, sobre todo, despertó en mí una pasión que todavía hoy es mi vida.
Al terminar el instituto, aunque no me había decantado aún por una opción definitiva, intuía que mi formación debía continuar en el campo del deporte, pues siempre he sido inquieto y ya desde pequeño odiaba quedarme en casa sin hacer nada. Analicé las posibilidades que me ofrecían las universidades públicas más cercanas, pero las alternativas no se adecuaban a mis necesidades. Mi única opción parecía la UCAM (Universidad Católica San Antonio de Murcia), una universidad privada, pero lamentablemente no había plazas para cursar la especialidad que yo buscaba: CAFD (Ciencias de la Actividad Física y del Deporte). Me propusieron matricularme en Nutrición, como paso intermedio hasta que hubiera posibilidad de dar el salto. Como no me pareció la mejor solución, me inscribí en ese mismo centro privado en Informática, probablemente llevado de una idea errónea acerca de la carrera que me hacía relacionarla intuitivamente con el mundo de las videoconsolas más que con el análisis de los componentes de un ordenador. Enseguida comprobé que pasar el día sentado montando y desmontando terminales no era lo mío… Afortunadamente, a mediados de octubre recibí una llamada de un centro académico de Cartagena donde se cursaba el ciclo formativo de grado superior que me interesaba: me informaban de la posibilidad de inscribirme en TAFAD (Técnico Superior de Actividades Físicas y Deportivas), equivalente al TSEAS (Técnico Superior de Enseñanza y Animación Sociodeportiva; hoy un grado), donde ya estaba en lista de espera; más adelante podría dar el salto a la carrera universitaria. Un conocido de la familia, buen jugador de tenis, me animó. La formación, muy amena, permitía hacer un recorrido por todos los deportes, tanto individuales como de equipo. Los profesores tenían gran nivel; con ellos aprendí que, más allá de los 18 años, seguía siendo divertido jugar.
Concluidos mis dos años en TAFAD, durante los cuales maduré como persona y tuve oportunidad de ampliar mis perspectivas profesionales, en septiembre de 2002 inicié por fin los estudios de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en la UCAM. Las salidas laborales no eran muchas, pero no lo dudé ni un segundo; era mi vocación. Tenía dos años más que la mayoría de los alumnos y eso se percibía en algunos detalles; por ejemplo, disponía de un conocimiento previo en cuanto al manejo de recursos y había adquirido cierta experiencia para hablar en público.
Ese año y el siguiente todavía me desplazaba a diario a la capital desde Cartagena, donde vivía mi familia, hasta que en 2004 me instalé definitivamente en la ciudad, al principio en un piso compartido con mi tía, hermana de mi madre. Para pagar mis gastos, compatibilizaba los estudios con el trabajo, dando clases de gerontogimnasia y aquafitness, así como extraescolares de tenis en varios colegios concertados.
Fueron cuatro años muy buenos, los recuerdo con especial cariño, y hoy en día sigo manteniendo muy buena relación con muchos de mis compañeros. La carrera tenía todo lo que me gustaba: una parte teórica y otra práctica, justo lo que necesitaba por mi forma de ser. Asignaturas como Biomecánica, Psicología, Fisiología o Anatomía resultaban un complemento indispensable: era necesario entender al ser humano de una manera global, combinando una serie de enfoques muy diversos. A lo largo de mis años como entrenador de tenis he podido aplicar esas enseñanzas casi sin ser consciente, puesto que las asimilé en profundidad durante la carrera. Hoy sigo pensando que un buen entrenador, del deporte que sea, debe tener un amplio conocimiento de todas estas materias; siempre es recomendable la visión de conjunto, más aún si, como fue mi caso, tu trabajo como preparador se centra en edades tempranas. La parte física es fundamental, pero no lo es menos la atención a los aspectos psicológicos o relacionados con la nutrición.
Al acabar la carrera, en 2006, comencé a cubrir algunas bajas en colegios, al tiempo que mantenía las lecciones de tenis extraescolar. Iniciaba así mi andadura profesional, aunque de momento sin dejar de lado mi formación. Continué con la misma dinámica durante 2007, trabajando en el Club de Tenis Cordillera, y en el verano de 2008 di un paso decisivo en mi carrera como preparador, incorporándome al Club de Tenis Mar de Cristal de Cartagena, que gestionaban los hermanos Miguel y Dani Dios. Conocía a Dani y Miguel de vista, pues habíamos coincido en La Manga Club, un complejo de lujo frecuentado sobre todo por ingleses, donde ellos daban clases de tenis y yo había sido socorrista en la piscina durante el verano de 2002.
El Club de Tenis Mar de Cristal era una institución privada a la que durante el periodo estival, en buena medida por su proximidad a La Manga, acudían muchos alumnos, bastantes de ellos extranjeros. Yo impartía clase de tenis a niños a partir de 4 años, y debo decir que la personalidad de Miguel me influyó notablemente; aprendí muchísimo de este entrenador que hacía de la motivación el eje principal de su trabajo con los más pequeños. Era una persona muy culta, que hablaba inglés perfectamente y destilaba amabilidad: siempre tenía buena cara para todo el mundo. Los monitores que trabajábamos con él gozábamos de su plena confianza, lo cual nos hacía sentir cómodos. Era una suerte aprender a su lado. Estuvimos en contacto nada menos que ¡durante catorce veranos!
Además de su decidida apuesta por la motivación, había otra cualidad de Miguel que casaba perfectamente con mi carácter; yo soy una persona activa, inquieta, nerviosa…, y Miguel, desde que entraba en la pista por la mañana temprano hasta que la abandonaba, nunca antes de las ocho de la tarde, era energía pura. De modo que encontré ese punto de coincidencia entre los dos, la vitalidad, que de manera espontánea me predispuso a favor de aquella experiencia. Aprendí mucho de Miguel aquel verano; me mostró las claves para enganchar a los pequeños tenistas: motivación y actividad constante.
Llegó septiembre y yo ya contaba con una trayectoria como profesor de tenis de categorías infantiles. Lo que buscaba entonces era un trabajo estable en Murcia. En Mar de Cristal me hablaron de la Real Sociedad Club de Campo de El Palmar, donde Carlos Alcaraz, destacado tenista tiempo atrás y entrenador de este deporte durante muchos años, coordinaba ahora la escuela de tenis. A través de Miguel concerté una entrevista con él. Por entonces, su hijo Carlitos tenía 5 años recién cumplidos; iba a empezar 3.º de Infantil en el colegio.
Además de activo e inquieto, soy una persona directa, que se expresa sin rodeos y prefiere presentarse tal cual es. El padre de Carlitos actúa de la misma manera. Por eso conectamos a la perfección desde el mismo momento en que nos conocimos. Ambos consideramos que no hay que dejarse nada dentro y que cuando uno piensa algo, por más que no sea lo que el otro desea escuchar, no ha de callárselo. Así nos comportamos en aquel primer encuentro y así hemos continuado haciéndolo a lo largo de los años. Hoy, lamentablemente, nuestra relación ya no es no tan estrecha como antes; coincidimos menos en el club, entre otras cosas por los compromisos internacionales de su hijo.
En aquella primera entrevista me confesó que, por el momento, no tenía muchas horas para darme; podía empezar con un horario limitado que, con el tiempo, si todo iba bien, se ampliaría. Me propuso comenzar entrenando a un grupo de niños de edades comprendidas entre los 5 y los 7 años. «Entre ellos está mi hijo Carlitos, el más pequeño —me dijo—; hay otro, Pedro, de 6; Javi tiene 7 y, por último, tenemos a Fulgencio», que se incorporaría más adelante. Hablaremos largo y tendido de aquel grupo, pero quiero adelantar que fue el que todo entrenador desearía tener a su cargo; asimismo, cualquier padre estaría encantado de que su hijo formara parte de él. Desde la primera vez que sostuvieron una raqueta en sus manos, aquellos pequeños, y de manera especial Carlitos y Pedro, demostraron una habilidad por encima de la media.
Aunque Carlos Alcaraz sabía que yo no había entrenado a niños de competición, confiaba en mí: lo que más apreciaba era la solidez de mi formación. Miguel Dios se había encargado de preparar el terreno, hablándole de mis cualidades y subrayando que yo tenía algo especial, muchas ganas de trabajar y una disposición inmejorable para embarcarme en la preparación de aquella camada de cachorros. Además, sabía que yo acababa de terminar mis estudios de CAFD —había hecho la especialidad de Alto Rendimiento y cursado la asignatura de Deporte de Raqueta—, de modo que para entonces todo lo aprendido estaba aún fresco en mi cabeza.
Hablamos alrededor de una hora, al cabo de la cual me propuso hacer una prueba; sería la mejor manera de ver cómo transcurría ese primer contacto con los chavales y observar sensaciones de uno y otro lado.
Nos dirigimos a la pista número 10, de tierra batida entonces —hasta no hace mucho, la única pista rápida del club, que ha ido completando su oferta poco a poco—. Coloqué a los niños en la parte central y comencé a lanzar las primeras bolas. Enseguida comprobé que me las devolvían fácilmente, de derecha, de revés…, en definitiva, que tenían habilidad, soltura. Daba gusto verlos, siempre moviéndose, sin parar un momento, todo un alarde de energía y un auténtico derroche de felicidad mientras jugaban. Así transcurrió aquella primera clase de alrededor de una hora y cuarto. Al terminar, chocamos los cinco, ellos abandonaron la pista para continuar con sus juegos y yo me dispuse a hacer mi valoración ante Carlos Alcaraz.
—Son muy hábiles, se mueven estupendamente —le dije.
—¿Te ha parecido bien, entonces?
—Sí, sí, perfecto —confirmé.
—Pues, si quieres, vamos a organizarlo… Podemos empezar dos veces por semana, clases de hora y cuarto u hora y media, ¿sí?
—Lo veo muy bien.
Y así lo hicimos. Acordamos entrenar en la pista número 12 cuando los chavales salieran del colegio. Para completar horario, Carlos me propuso preparar también a su hijo mayor, Álvaro, que estaba en otro grupo de niños y niñas, de cinco a seis y media de la tarde. De esa manera podría ir cubriendo una jornada cada vez más amplia.
Desde estos momentos iniciales se estableció una especie de acuerdo tácito entre Carlos Alcaraz y yo. Él apostará por mí para que prepare al grupo y, de manera específica, a su hijo. A medida que me vaya conociendo, tendrá cada vez más claro que ha hecho una buena elección. Le convencerá mi método, y la mejor manera para que yo continúe desempeñando mi tarea será tenerme contento, de modo que me ayudará siempre que pueda. Por mi parte, aunque mi dedicación, en principio, sea para el grupo al completo, cuando Carlitos y Pedro, que durante mucho tiempo evolucionaron en paralelo, empiecen a destacar, me consagraré en cuerpo y alma a tratar de sacar lo mejor de ellos.
Cuando entrenas a niños, sobre todo si tienes que lidiar con grupos numerosos, has de lograr que no dejen de moverse, tienen que estar encadenando ejercicios constantemente, no vale parar; hay que cambiar de actividad cada cierto tiempo, pero entre una y otra no debe quedar resquicio para la distracción, para la charla. Se golpean bolas, pero también se va a buscar las que han caído fuera de la pista para depositarlas en el cesto y evitar que se pierdan; se salta un aro, se salta una valla; se vuelve a golpear; se corre, se estira… Tanta actividad requiere, lógicamente, de un gran esfuerzo por parte del entrenador, que tiene que estar dando instrucciones, animando y mostrando una actitud decidida y de seguridad en toda ocasión.
En las escuelas donde había estado antes de mi paso por Mar de Cristal, las clases respondían a otro planteamiento; digamos que eran mucho más «tranquilas». En los momentos muertos entre bola y bola, siempre había chavales que se dispersaban y se quedaban parados. Y parar, detener la actividad, equivale a abrir la puerta al aburrimiento, que amenaza sobre todo si los pequeños acuden a clase de tenis como extraescolar, tras la jornada académica habitual. En estas circunstancias, como es lógico, están cansados, de modo que quien dirige la sesión ha de redoblar esfuerzos para mantener su interés y conseguir que se enganchen. A esas edades, la imposición no sirve de nada; si los chavales van a entrenar a disgusto, cansados y de mala gana, no darán lo mejor de sí, no se emplearán a fondo. No verán posibilidades de divertirse.
Un niño de 3 o 4 años se inicia en el tenis con la práctica de juegos de coordinación. Al principio, se trata de que se familiarice con la bola sin tocar la raqueta: bote con una mano y luego con la contraria, el juego del pañuelo con la pelota, circuitos de conos que han de recorrer botando, entre otros ejercicios. Actualmente, lo normal es empezar con pelotas de distintos colores y tamaños, con diferente grado de presión, aún lentas, de manera que ellos puedan aprender a encadenar más de un pase tras el primer lanzamiento del entrenador; de esta manera se favorece desde el inicio una interacción que al pequeño le resulta entretenida, al tiempo que se practica la técnica. Habrá oportunidad más adelante de concretar aspectos metodológicos y profundizar en ellos, pero insisto en que en estas primeras fases, como decía, se trata de evitar a toda costa el aburrimiento y motivarlos con la promesa de una actividad divertida.
Ahora bien, ya en estas edades tempranas no interesa únicamente golpear la pelota, sino entrenar la técnica. A menudo se dice que los niños son como esponjas, poseen una cualidad destacada: la disposición espontánea a aprender; de modo que, así como les enseñamos desde pequeños a coger el bolígrafo o el tenedor adecuadamente, les enseñamos a empuñar bien la raqueta, para que empiecen a familiarizarse con la técnica.
La bola blanda, con menos presión, más lenta, la que va y vuelve con más facilidad, hace que el gesto al golpear no se deforme. Sin embargo, la bola dura, puesto que el niño no tiene demasiada fuerza, obliga a desplazar hacia atrás la mano en un intento de compensar esa falta de potencia, y el resultado es que el movimiento se recorta. Para entenderlo, pensemos en un chaval que se dispone a chutar un balón de fútbol de los que se emplean en un campeonato profesional. Lo más lógico es que no consiga lanzarlo muy lejos; ahora bien, si le damos una pelota de plástico, recorrerá una distancia mucho mayor y evitaremos, además, que un mal movimiento pueda terminar en lesión de tobillo o de alguna articulación.
Lo anterior me hace pensar en cuántas veces en la vida, en el ámbito personal o en el profesional, nos empeñamos en golpear una bola demasiado dura, que tal vez nos llega muy rápida, con excesiva potencia. Ponemos toda nuestra energía en responder ante algo para lo que no tenemos suficiente preparación o sobre lo que no hemos reflexionado con la calma necesaria. El justo medio entre las ganas de emprender la acción y una respuesta precipitada se llama paciencia, y es una virtud en el juego del tenis y en el juego de la vida.
Transmitir a los niños que el horizonte de sus juegos infantiles se amplía cuando sostienen una raqueta en la mano constituye la prioridad de quien prepara a los más pequeños en este deporte. Tienen que motivarse divirtiéndose, hasta el momento en que empiezan a competir, cuando ganar al contrario, triunfar en la pista, se convierte en el incentivo principal de su actividad y los chavales hacen suyo el estímulo que los llevará a intentar ser los mejores. La coyuntura óptima para dar el paso a la competición no es la misma para todos ni, obviamente, llega siempre a una edad determinada. Es tarea del entrenador establecer cuándo han adquirido la destreza necesaria para ello: una vez que son capaces de sacar de fondo y realizar intercambios de derecha y revés, desde luego…, pero, sobre todo, cuando al niño le apetece. Hoy en día hay torneos de peque-tenis e inicia-tenis, justamente para que los niños vayan adentrándose poco a poco en este mundo de la competición, porque lo importante es que no dejen de disfrutar. En este sentido, es fundamental no llevarlos a medirse con jugadores de nivel superior, una estrategia que podría culminar en frustración y rechazo.
Una vez que los niños van teniendo mayor dominio técnico, la diversión sigue ocupando un lugar importante, pero motivarlos en ocasiones se complica, porque las horas de práctica aumentan y el entrenamiento físico gana en exigencia, con lo cual, el riesgo de abandono de algo que «cuesta más» se incrementa. De modo que aquí, sí, el impulso viene de la participación en campeonatos y torneos, de la posibilidad de alzarse con el triunfo, un aliciente que a edades más tempranas aún no está al alcance de la mano, si bien ya se va perfilando —en las categorías de prebenjamín (antes de los 8 años) y benjamín (8 a 10 años) se compite en diferentes torneos regionales donde el pequeño jugador ya tiene que poseer ciertas cualidades técnicas para pelear por el triunfo y pasarlo bien—.
¿Cómo logra el entrenador motivar a sus pupilos más pequeños? Básicamente, tirando de imaginación para idear juegos divertidos. Siempre traté de adaptar al tenis las numerosas variantes que aprendí en la carrera. Por otra parte, yo disfruto inventando, tengo capacidad para improvisar y para detectar qué me están demandando los niños en cada momento; hoy, aunque prepare un guion para mis clases en el colegio donde trabajo como profesor de Educación Física, lo normal es que no lo siga a rajatabla. Lo contrario puede llegar a aburrirme.
Creo que muchas ideas acerca de la práctica del tenis son también aplicables a nuestro desempeño profesional. Adoptar soluciones creativas en el ámbito laboral, por ejemplo, constituye un valor en alza. Y al mismo tiempo, si como responsable de un grupo de trabajadores intuyo que uno de mis empleados tiene algún problema, alejaré de él la presión, trataré de motivarlo para que, aunque él desconozca que estoy al tanto de lo que le ocurre, encuentre en mí apoyo y estímulo para continuar con su tarea. En definitiva, los entrenadores —como los buenos empresarios— hemos de tener dotes de psicólogos.
Motivación y juego van siempre de la mano. En relación con ello, mencionaré una estrategia que siempre me dio buen resultado cuando me embarqué en la aventura de entrenar a estos chavales. Me refiero a la gamificación de cada cosa que sucedía en la pista: hacer de cada movimiento que implicaba progresión un juego al que se asociaban puntos, con el fin de crear un ranking. Yo anotaba los detalles de esa clasificación en mi libreta, pero ellos la tenían bien clara en sus cabezas, y solían recordarla al inicio de los entrenos, lo que creaba un pique saludable y muy motivador. Así, un golpe especialmente difícil (un winner o tanto directo) puede valer 200 puntos; quien se lo juega dará lo mejor de sí porque sabe que eso puede situarle en un buen puesto de la clasificación que vamos estableciendo semana a semana entre los miembros del grupo. Pero no es solo un buen golpe lo que da puntos; también se premia recoger las bolas o ser ordenado, las raquetas con sus puños limpios, la toalla lista, la botella con suficiente agua para aguantar el entreno… De la misma manera que resta y, en consecuencia, nos hace descender en el ranking, llegar tarde a la pista o calentar con desgana.
El grupo del que me encargué a partir de 2008 tuvo siempre bien interiorizadas estas normas que podríamos calificar de «colaterales al juego», alguna de las cuales quizá a veces llevé hasta el extremo. Me viene a la memoria una anécdota relacionada, en concreto, con mi exigencia de puntualidad. En cierta ocasión, la madre de Pedro me llamó para decirme que el niño no quería ir a entrenar porque, consciente de que iba a llegar cinco minutos tarde, sabía lo que le esperaba: «¡Me va a quitar 500 puntos y, encima, voy a tener que dar varias vueltas a la pista corriendo, una por cada minuto que me retrase! Por favor, dile que estoy enfermo y no puedo ir…», le pidió a su madre. Sí, estaba siendo demasiado exigente, así que llamé al chaval para decirle que viniera tranquilo al entrenamiento, que ese día no habría represalias…
Habitualmente, recogíamos las bolas estableciendo un límite de tiempo: pasado un minuto, cada bola que quedaba sobre la pista suponía una vuelta corriendo. Pero como no quería que los niños asociaran la carrera a algo negativo, intentaba que no lo consideraran un castigo; en realidad, convenía recoger más rápido para tener más tiempo de clase y de juego, para pasárnoslo bien. Es decir, buscaba dar un enfoque positivo a cada cosa: «No te estoy castigando por no haber recogido todas las bolas, solo te digo que puedes hacerlo más rápido con un esfuerzo mayor. Pero, sobre todo, cuantas más vueltas corras, más ejercitarás tu velocidad y más bolas recogerás la próxima vez».
Además, solía organizar la recogida por parejas, porque así cada uno de ellos pinchaba al compañero para que se diera prisa; cuando uno sabe que su fallo repercutirá en quien tiene a su lado, se lo toma más en serio. Así comencé a introducir en sus mentalidades un elemento básico en el tenis, como en la vida: la noción de equipo. A lo largo de estas páginas habrá oportunidad de retomar este tema, de importancia capital.
En suma, más allá de la mejora técnica del juego y de la progresión continuada, lo que yo siempre he buscado al trabajar con niños ha sido que fueran ordenados, que llegaran puntuales, que mostraran educación, respeto… Considero que estas ideas están implícitas en el principio de la disciplina, quizá el soporte básico de este ejercicio de construcción de la personalidad en su totalidad que recae sobre el entrenador. Obviamente, hay que combinarla con flexibilidad y buen humor, pero es esencial a la hora de formar a los chavales en esos valores que, más allá del ámbito deportivo, harán de ellos adultos de provecho. Se llama compromiso y consiste en adquirir, desde la infancia, la responsabilidad de corresponder a lo que se espera de nosotros.
Y todo eso sin olvidar que tu material de trabajo es también sumamente frágil. Al respecto, viene a mi memoria una anécdota que me despierta una enorme ternura. Recuerdo el día en que, durante el entreno con Carlitos y Pedro, que debían de tener en torno a 6 o 7 años, nos cayó una granizada impresionante, acompañada de un viento huracanado: auténticos pedruscos de hielo que amenazaban a todo el que no estuviera a cubierto. Nos protegimos como mejor pudimos bajo un techado de chapa que había entre las pistas 11 y 12. El metal del tejadillo multiplicaba el ruido del granizo, y lo cierto es que estaban muertos de miedo. Lógico, eran aún muy niños. Los retuve a duras penas, porque lo único que querían era salir de allí corriendo.
A pesar de que eran todavía muy pequeños, como entrenador identifiqué pronto las virtudes y defectos de cada uno de los integrantes de aquel grupo de cuatro niños de los que me hice cargo a partir de 2008. Y no me refiero solamente a los rasgos que caracterizaban su juego, sino a los puntos fuertes y débiles de su carácter, aún en formación.
Carlitos se movía con soltura, lo que equivale a decir que, entre otras cosas, corría bien: pisaba, se deslizaba por la pista, se agachaba, se desplazaba lateralmente, saltaba y flexionaba con habilidad. Eso es un niño ágil, un niño coordinado, y son cualidades que se detectan al momento.
