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En un mundo donde los límites entre lo humano y lo sobrenatural son borrosos, Alfa Lucien nos sumerge en una apasionante historia de fantasía. En un mundo donde el pasado acecha en cada esquina y la verdad es más escurridiza que nunca, los protagonistas deberán enfrentar no solo los peligros que acechan en la oscuridad, sino también sus propios demonios internos. Stephanie Ward nos lleva de regreso a su intrigante universo, donde los mundos fantásticos se entrelazan y los personajes, humanos, lycanos, brujas y demonios, se ven envueltos en una trama llena de giros inesperados. La novela explora temas como la libertad, la opresión, la superación de traumas pasados y la denuncia del maltrato sistemático, mientras desafía la percepción de quién es realmente bueno o malo en un mundo donde la moralidad es relativa. En medio de misterios sin resolver y conflictos de intereses, Alfa Lucien es una apasionante aventura que pone a prueba a sus personajes y a sus lectores, recordándonos que incluso en las sombras más oscuras, un diamante en bruto puede brillar con intensidad.
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Seitenzahl: 660
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Stephanie Ward
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-707-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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PRÓLOGO
En el reino de sombras donde los límites de lo humano y lo sobrenatural se desdibujan, un nuevo capítulo de la saga comienza. Los lectores que alguna vez se aventuraron en las páginas de Alfa Ares y El Rey del Hielo volverán a este mundo mágico, donde los portales conectan dimensiones y los secretos yacen en las profundidades de la noche.
En esta ocasión, los protagonistas son almas en busca de su destino en un reino donde las cintas de la vida están tejidas con oscuridad y misterio. Elena Jones, una intrépida reportera, persigue la historia de su vida: el esquivo Príncipe de las Tinieblas, una figura cuyos secretos podrían alterar el equilibrio de su mundo humano.
Lucien Blackner, lycano respetado y temido, se encuentra en la encrucijada de su vida mientras investiga los cruentos asesinatos que asolan a las manadas de su reino, perpetrados por los despiadados rogues, lycanos renegados que vagan al margen de la sociedad.
Y luego está Aurora, una criada maltratada que anhela con fervor el despertar de su lycana interior, el billete hacia la libertad que tanto anhela.
Sus destinos se entretejen en una danza cósmica de pasiones prohibidas, secretos oscuros y traiciones inesperadas. Pero en este mundo donde el pasado siempre está al acecho y la verdad es una joya esquiva, ninguno de ellos puede escapar de su destino.
Aquí, humanos, brujas y demonios desempeñan papeles cruciales, y giros de guion inesperados envuelven a todo el elenco en una densa niebla moral. Nadie es lo que parece, y la percepción de los personajes se teje con tonos de gris, donde las lealtades cambian según la perspectiva de quien las evalúa.
Así que, lector intrépido, prepárate para adentrarte en un mundo que promete envolverte en su embrujo hasta la última página. El viaje está por comenzar y, en el horizonte, la aventura y el misterio aguardan.
PDV: DESCONOCIDO
Camino por el bosque lo más silenciosamente posible, para no llamar la atención de los guardianes de la manada Crimson. Nunca es buena idea atravesar una manada sin permiso de su alfa en medio de la noche, y menos en compañía de dos niñas de cinco años. Intento pasar desapercibido, pero sé que el aura que desprende la pequeña Rora puede descubrirnos en cualquier momento; aun así, hago todo lo posible por tapar su fuerza con la mía, con la esperanza de poder engañar los sentidos de los guardianes y así ganar el tiempo de cruzar la manada antes de que nos descubran y nos maten a los tres. No me preocupo por Lena, ya que ella no representa ningún peligro para nadie, siendo una simple mortal que acogí para impedir que muriera congelada por el frío invierno hace dos años; lo más seguro es que no se percaten siquiera de su presencia.
Sé que asumo muchos riesgos haciendo esto, pero debo poner a las niñas a salvo antes de que me encuentren. Hace tiempo que sé que vienen a por mí y sé que mi final está cerca, pero hice la promesa de mantener a Rora a salvo y es lo que voy a hacer, aunque sea lo último que haga en esta vida.
Miro a las niñas que duermen plácidamente en el carrito y las tapo bien con las mantas gruesas. El viento frío sopla con fuerza, parece cortar mi rostro con pequeñas llamas de hielo y la humedad del aire puede congelar hasta los huesos; aun así, las niñas parecen mantener la temperatura constante gracias al carrito tapado y las tupidas mantas. Queda poco para cruzar la frontera de Crimson y encontrarme con mi contacto, el único hombre que puede ayudarme a poner a salvo a las pequeñas.
Cuando cruzo la frontera siento un enorme alivio, y en la distancia puedo ver a Damien esperándome frente a la entrada en la cueva. Me acerco a él rápidamente y los dos nos internamos rápidamente en la cueva, donde la temperatura es más agradable gracias a la falta de viento.
—Has tardado mucho, pensaba que no pudiste atravesar la manada Crimson sin ser detectado —me dice Damien mirando hacia el carrito con preocupación—. ¿Están bien?
—Sí, solo están durmiendo —le digo mirando a las dos niñas, mientras le entrego una bolsa negra—. Aquí tienes toda la documentación de las niñas; sus mantas y juguetes favoritos, y dinero suficiente para encargarte de mantenerlas a salvo hasta su mayoría de edad. Está todo en orden, Damien. Tienen toda la vida cubierta económicamente, solo necesitan una familia que las cuide y las quiera.
—No te preocupes, hermano, cuidaré muy bien de ellas —afirma Damien con sinceridad cogiendo la bolsa y abrazándome.
—Lo sé, hermano; solo puedo confiar en ti para cuidarlas.
Damien se acerca al carrito de las niñas, mirándolas atentamente, y de repente la expresión de su rostro cambia y se gira mirándome con preocupación.
—La más pequeña no es humana… —dice con asombro.
—No…
—Sabes que no puedo llevármela, ¿verdad?
—Damien, debes hacerlo. No puedo seguir con ella; la matarán. Necesito ponerla a salvo.
Damien me mira con pena, mientras mi alma se rompe mirando a la pequeña Rora.
—Lo siento. No puedo hacer eso. Debes llevártela a otra parte. No puedo arriesgar la seguridad de mi familia. No puedo quedarme con una híbrida.
—Damien…
—Lo siento. No puedo hacerlo. Sabes muy bien cuánta desgracia su presencia puede traer a mi vida. Lo lamento. Me puedo llevar a la niña humana, pero debes encontrar otra salida para la otra.
Sé que no hay nada que pueda hacer para convencer a Damien de que se quede a las dos niñas. Siempre supe que esto sería una posibilidad, siempre supe que era muy probable que se negara a quedarse con Rora, y en este momento todos mis miedos se están cumpliendo.
—Lo entiendo, Damien. Llévate a Lena; intentaré encontrar otra solución para Rora —le digo resignado tras varios intentos de convencerle. Saco los papeles de Rora de la bolsa y los meto en el bolsillo de mi chaqueta.
Damien se lleva a Lena en brazos y me echa un último vistazo apenado mientras sale de la cueva dirigiéndose a su coche. Los miro hasta que el vehículo desaparece de mi campo visual y me giro mirando a la pequeña Rora, que se ha despertado y abraza su osito de peluche con sus pequeños brazos. Me mira con sus ojos grandes y una sonrisa inocente se dibuja en su rostro.
—¿Estás bien, papi? —me pregunta preocupada viendo las lágrimas que bailan en mis ojos.
—Sí, pequeña, estoy bien, sigue durmiendo —le digo acercándome a ella y acariciándole el pelo hasta que se queda dormida de nuevo.
No sé qué hacer para mantenerla a salvo, cuando sé que mi propia vida pende de un hilo. Solo es cuestión de horas que me encuentren y no hay nada que pueda hacer para evitar mi muerte. Sé que estoy cerca de mi final y no hay nada que me duela más que dejar a Rora sola y desamparada. Es tan solo una niña pequeña, ojalá pudiera llevarla de vuelta con su madre…, pero esa nunca ha sido una opción, y lo único que me queda es rezar por encontrar rápidamente alguna forma de a salvo poner a Rora.
Respiro hondo y empujo el carrito fuera de la cueva, exponiendo a la niña al aire frío mientras empiezo a caminar por el bosque de vuelta a la ciudad. Es muy peligroso pasar la noche aquí con mi pequeña. Debemos ponernos a salvo cuanto antes. Parece que las temperaturas han bajado aún más y el viento sopla con más fuerza que cuando llegamos. Intento darme prisa para llegar cuanto antes al coche, haciendo todo lo posible para proteger a Rora del frío.
Estoy tan absorto en mis pensamientos que no vi ni sentí a los lycanos que me estaban vigilando desde las sombras hasta que no fue demasiado tarde. De repente siento un dolor punzante en el hombro derecho y un impacto me tira al suelo, mientras el carrito cae violentamente y la pequeña empieza a llorar asustada. Intento levantarme, pero siento otro dolor parecido en mi pierna, y cuando me doy cuenta de lo que está pasando, tengo tres lycanos encima, hundiendo sus colmillos afilados en mi espalda y mi torso. Vuelvo a caer al suelo, dolorido, luchando contra ellos en un intento por acercarme a la niña que llora desconsolada, llamándome por mi nombre mientras abraza con fuerza el peluche que lleva entre sus brazos. No quiero darme por vencido, pero son demasiados y yo no conservo ni la mitad de mis poderes. He sido despojado de la mayoría de ellos por el maldito brujo que nos metió a todos en esta situación desesperada de la que no podemos salir.
Los lycanos hunden sus colmillos en mi cuerpo, hasta que siento mi respiración ralentizándose y mi boca llenándose de mi propia sangre. Sé que este no es mi final, los lycanos no pueden matar un demonio, pero sí dejarme incapacitado por un tiempo. Siento la sangre manando de mi cuerpo, manchando la nieve a mi alrededor. Intento moverme, pero es inútil, no puedo hacer ningún movimiento, mi cuerpo está entumecido y mi vista borrosa. No puedo oír nada aparte de los llantos desconsolados de la pequeña a la que no puedo llegar. Siento cómo uno de los atacantes rebusca en mis bolsillos y se lleva el dinero y los papeles de Rora. Intento detenerle, pero tan solo oigo un débil gruñido saliendo de mi boca, mientras el lycano me proporciona otra patada en el estómago.
—¡Haced algo con la niña, estoy harto de oírla llorar! —dice uno de ellos, y se acerca a ella amenazante. Veo el brillo de la hoja de un cuchillo en su mano, pero otro se acerca a Rora y la coge en brazos.
—Se la llevaremos al alfa. Es muy pequeña y es una lycana, no representa una amenaza para nosotros ni para la manada. —Siento un poco de alivio, pero no estoy seguro de que Rora vaya a estar a salvo cuando el alfa Harris vea sus papeles y averigüe quién es en realidad.
—¿Qué hacemos con este? —dice uno de ellos mirando hacia mí.
—Lo dejamos aquí y los animales del bosque se encargarán de hacer el resto. No podrá llegar muy lejos en su estado.
Los lycanos se llevan a la niña dejándome aquí para enfrentarme a lo que ellos consideran mi suerte. Aunque mis heridas están empezando a curarse lentamente, no parece que hayan sentido mi aura. No saben qué soy y eso es bueno para la seguridad de Rora. Los oigo alejándose y me quedo en la nieve un tiempo hasta que empiezo a recobrar algunos de mis sentidos. Si tuviera mis poderes y si el Infierno no hubiera renegado de mí, habría acabado con todos ellos en un momento.
Me pongo en pie con dificultad, mientras aguanto el dolor que recorre mi cuerpo. Tengo la sensación de que un camión me ha pasado por encima, pero consigo empezar a andar y me arrastro detrás de ellos, intentando no hacer ruido y mantenerme escondido detrás de los árboles. Al llegar junto a lo que parece ser la casa de la manada, veo a los lycanos hablando con el que reconozco como el alfa Harris. Me acerco un poco más, hasta que puedo escuchar de qué están hablando. Veo cómo el alfa mira por encima los papeles que sus guardianes me han quitado y veo una sonrisa llena de malicia alargándose en su cara.
—Aurora Baden Arrow —dice satisfecho mirando a Rora, que sigue llorando desconsolada—. Esto es interesante —continúa—; parece que hemos encontrado un tesoro. Esta pequeña nos va a servir en el futuro para derrotar la manada Blood Moon. La mantendremos con vida. Llevadla con los omegas y aseguraos de que nadie sepa quién es. La verdad ha de seguir escondida incluso para ella —ordena en tono amenazador utilizando el poder de su aura, mientras los guardianes bajan la cabeza en sumisión.
El alfa entra en la casa llevando consigo los papeles de Rora, mientras el lycano que la lleva en brazos se apura a cumplir sus órdenes.
Sé que el alfa planea utilizarla para conquistar Blood Moon. Todos los alfas guerreros quieren poder conquistar la manada más grande y temida del reino y así aumentar su poder. No sé cómo exactamente planea hacerlo, pero sé que debo sacar a Rora de aquí, aunque sea lo último que haga en esta vida.
Supongo que Intentará mantener a raya los poderes de Rora, la quiere romper, pero no le daré esa posibilidad. Solo necesito un poco de tiempo para recuperarme y volveré a por ella. Por lo menos de momento está a salvo. Mientras el alfa tenga razones para mantenerla con vida, estará bien.
Me arrastro por el bosque camino a mi coche. Debo esconderme mientras curo mis heridas y recupero la mínima fuerza necesaria para poder volver a por ella. En mi estado actual no hay mucho que pueda hacer.
Tras un largo tiempo en el que siento que la vida se escapa de mi cuerpo llego al coche y caigo de rodillas. Respiro hondo mientras hago un tremendo esfuerzo para abrir la puerta, pero una vez lo hago, alguien la empuja pillándome los dedos y un terrible dolor envuelve mi brazo mientras oigo los huesos rompiéndose.
—¡Qué escena tan patética! Un demonio vencido por unos insignificantes hombres lobo de segunda clase.
Miro hacia arriba y me encuentro la mirada oscura de mi antiguo aprendiz, Baal.
—Baal…
—¿Me echabas de menos, maestro? —me pregunta con burla y su risa resuena en el bosque.
—Baal, no puedes hacerme esto —le digo y él me mira con pena.
—Claro que puedo, hermano. Cada uno tiene su papel en esta historia y el tuyo acaba de terminar. Es la ley de la magia la que nos trajo a los dos a este momento y sabes igual que yo que tengo que hacerlo. Debo acabar contigo para proteger a mi propia familia. Necesito volver a mi vida y no podré hacerlo hasta que no cumpla mi misión. No voy a acabar como tú, hermano.
—Lo entiendo. Hazme solo un favor.
—No puedo dejarte con vida, Khorne.
—No es eso lo que te pido, Baal. Sé lo que tienes que hacer y no te lo impediré, pero no desveles a nadie el paradero de la niña. Los hombres de Julen no pueden saber dónde está, vendrían a por ella y la matarían. La niña no puede morir —le digo suplicando la ayuda del que en tan solo unos momentos será mi verdugo, el mismo que pasó siglos siendo uno de mis hermanos.
—La niña no es mi problema, Khorne. Lo eres tú. Te has involucrado demasiado con ella y por eso estamos los dos aquí. Espero que haya valido la pena —me dice alzando las manos en el aire.
—Salvarle la vida es lo único bueno que hice en mi vida; esa fue mi mejor misión, Baal. Ha valido la pena.
Me mira con pena una vez más antes de apuntar sus manos hacia mi pecho y absorber mi esencia.
—Cuidaré de tu familia. Lo siento, hermano. —Es lo último que oigo antes de que mi esencia se escurra de mi cuerpo.
PDV: DESCONOCIDO
Él y yo hemos hecho un juramento, un juramento de amor eterno, un juramento que solo las almas gemelas pueden pronunciar y sé que algo ha cambiado, lo sé por la forma en la que me duele el alma. Hace meses que siento su amor congelando mis huesos, hace meses que ha decidido que ya no soy suficiente, que este amor no es real, que he jugado con él, a pesar no poder utilizar mi magia en su contra.
Cada vez que sugiero que sé lo que está pasando me dice que estoy perdiendo la cabeza, porque piensa que no sé lo que hizo y lo que está a punto de hacer. Ha sido tan frío últimamente, tan inaccesible, que hice aquello que prometí no hacer nunca. Miré nuestro futuro y desgraciadamente ahora sé que el hombre al que le entregué mi alma está a punto de destruirla.
Podría huir, pero no me quedan fuerzas para hacerlo. Creo que estoy aceptando la idea de mi muerte. Por alguna razón, él piensa que he traicionado su confianza, que es un hechizo lo que le conecta a mí, que un ser como él no puede sentir este amor tan fuerte, y está seguro de que yo tuve algo que ver en ello. Si hay algo que aprendí en mi larga existencia es reconocer a la gente rota y sé que tanto el como yo lo estamos. La única diferencia entre nosotros es que él está decidido a acabar conmigo, mientras que a mí no me quedan fuerzas para luchar. Me entregaré a mi suerte a manos del único hombre al que quise alguna vez. Me entregaré a la muerte mirando a mi amor a los ojos mientras sujeta el arma que acabará con mi existencia tal como la conozco.
Siento cerca su presencia. Sé que está llegando, lleno mis pulmones de aire y me preparo para la última jugada. Estoy lista para capitular.
Me quedo parada mirando por la ventana, mientras sus pasos se acercan a mí. Mis manos tiemblan levemente e intento esconderlo. No quiero que sepa que tengo miedo, no quiero que vea mi debilidad. Se para detrás de mí, sus dedos acarician mis brazos, mientras mi alma se rompe en pedazos sabiendo exactamente lo que está por venir. Pero decido disfrutar este último momento, esta última caricia antes del desastre, antes de que mi vida acabe y la suya se destruya para siempre. Sus labios se acercan a mi cuello y siento su respiración caliente acariciando mi piel, mientras abre un camino de besos suaves desde mi oreja hasta mi hombro. Puedo sentir el olor de la traición que está a punto de tener lugar, y casi me río de su intento de encontrar un poco más de cuerda para atármela al cuello, mientras veo claramente que, llegando el momento de arrojar mi cuerpo sin vida al suelo, no sentirá remordimiento alguno. Su alma está congelada y no puede ver más allá de su mente enferma.
—No quiero seguir ahogándome en este sentimiento que no me pertenece —me susurra al oído, mientras sus dedos siguen paseándose a lo largo de mis brazos—. Estoy harto de encontrarme a cada paso el mismo tipo de gente. Gente a la que le entrego mi alma y son capaces de venderla con tal de sacar un pequeño beneficio. Pero un hombre debe luchar en contra de la tentación, mantener los lobos a raya, aunque los oiga arañando la puerta. —Siento escalofríos recorriendo mi cuerpo mientras sus labios se apartan de mi oreja.
—Te hice una promesa de sangre. Los dos la hicimos… —le digo intentando retener el temblor en mi voz—. Probé tu sangre en mis labios y tú la mía en los tuyos. Prometimos amarnos para siempre, y tú estás rompiendo tu promesa, mientras mi alma todavía te pertenece —susurro intentando aguantar las lágrimas que amenazan caer por mis mejillas.
—Tus sentimientos parecían reales, tus votos de amor eterno son como agua turbia corriendo helada por mis venas. No significan nada. Sé lo que hiciste, Crystal. Me hechizaste, me hiciste pensar que lo que siento es real, cuando no es más que una ilusión, y has de pagar por ello.
—¿Estás seguro de lo que estás a punto de hacer? ¿Es así como quieres que acabe esto? —pregunto en un intento desesperado por hacerle reaccionar, por hacerle recapacitar.
—No hay otra manera de acabarlo. Debo alejarme de estos sentimientos mentirosos y fríos. Y aunque ahora duela, el tiempo curará esta herida; pero lo que me hiciste jamás se curará y nunca desaparecerá —afirma con sus ojos grises volviéndose negros como la oscuridad que reside dentro de él.
—Tus sentimientos son un tornado que parece que no cesará hasta verme muerta —le digo y siento su cuerpo tensándose, mientras sus manos se quedan inmóviles en mis brazos—. Ojalá hubiese podido hacer algo para que todo esto que tienes en tu mente deje de doler. Me destroza el alma saber que te darás cuenta de lo que estás haciendo cuando sea demasiado tarde, amor. Ojalá hubiera podido utilizar mi magia para hacer que tu corazón latiera mejor, que tu mente dejara de atormentarte con imágenes falsas de tiempos que ya no existen.
—Ahórrate los rezos y no llores por mí. Solo tienes que mirar hacia el rastro de almas perdidas que dejé tras de mí. Tú tan solo serás una más. —Su voz fría como el hielo me corta el alma en pequeños pedazos que jamás podré recomponer.
—Todos esos ojos temerosos que te siguen desde hace siglos permanecerán grabados en tu mente y tu perdición es el regalo que te dejaron; tus pecados pesan sobre ti como una maldición que, no obstante, te mereces. Haré una última cosa por ti, Alem. Borraré de tu vida todos los espíritus de todas esas personas cuyas muertes provocaste. Encontrarás la paz en mi muerte —le digo y levanto mis manos, reuniendo mi magia entre mis dedos y esparciéndola alrededor de nosotros, quemando de esta forma todas sus tormentas y pidiéndole a los dioses la paz para su espíritu.
—No necesito tu magia para salvarme de mis demonios. Estoy acostumbrado a estar atrapado en mi infierno. Tu magia ha hecho bastante mal —me contesta intentando retenerme, demasiado tarde… Como siempre.
—Estás atrapado entre el Infierno y el Paraíso, Alem, y me temo que solo mi magia puede sacarte de ahí. Y mientras que tú me ofreces la muerte, yo te ofrezco la vida —le digo mientras él gruñe descontento y sus ojos se llenan de llamas ardientes. Sus ojos perdieron la luz hace tiempo y el Infierno se hace cada vez más fuerte dentro de él.
—No necesito nada de ti. Tu magia nos ha traído a este momento —escupe furioso.
—Mi magia se desvanecerá a la vez que la última gota de vida se escurra de mi cuerpo. Quedarás libre de magia, libre de mí y libre de todos los demonios que llevas arrastrando a lo largo de tu existencia.
—¿Por qué harás eso? —me pregunta confundido—. ¿Por qué? ¿Sabiendo lo que estoy a punto de hacerte?
—Porque sería capaz de herir mi propio corazón si así el tuyo se quedara entero. Podría destrozarme a mí misma si eso pudiese curar tu alma. No necesito más razones para sacrificarme por ti. Cuando supe lo que estabas planeando hacer, sentí pánico por un momento, sentí miedo, pero no quise dejarte verlo. Parece que han pasado siglos, pero apenas han pasado unos días desde que averigüe la verdad. Solo puedo decirte que estoy lista para enfrentarme a mi destino, estoy lista para irme y pasar la eternidad queriéndote sin poder estar contigo, y rezo para que así encuentres tu felicidad. Siempre te querré, Alem.
Me mira desconcertado y puedo sentir la lucha que el bien y el mal lleva dentro de él desde que entró por esa puerta. Se lleva las manos a la cabeza como un loco intentando parar las voces que resuenan en su mente.
—Estás jugando con mi cabeza, como siempre has hecho. Nada de esto es verdad, solo es un patético intento de salvar tu vida. ¿Por qué dirías todo esto si no? —dice apretando mis brazos con sus manos.
—Porque te amo. Porque yo sí sé que eres mi alma gemela, y sé que mi muerte es el único demonio que te acabará acechando el resto de tu existencia —concluyo, mientras él me da la vuelta abruptamente y me obliga a mirarle a los ojos. Tras unos momentos, sus labios envuelven los míos en un beso apasionado que sella mi condena a muerte. Siento un dolor enorme envolviendo mi corazón, mientras mi cuerpo irradia una fuerte luz blanca y se desintegra en los brazos del hombre al que más quise en la vida.
—¿Sientes por qué te desvaneces, hechicera? Es por el juramento de la sangre que tomaste de mis venas y ahora se rompe. ¿Pensabas que no me enteraría de lo que has hecho? Este lugar en el que estamos atrapados, este escondite entre el Paraíso y el Infierno iba a ser nuestro lugar perfecto hasta que tú lo estropeaste todo con tu maldita magia. Me hechizaste, me hiciste creer que te amaba solo para cumplir con tus enfermizos propósitos de convertirte en algo más, de ser marcada por un híbrido que puede darte la inmortalidad entre el Cielo y la Tierra. Me utilizaste, hechicera, pero ya llegó la hora de que pagues por tus pecados. El arma de Caín con la que apuñalé tu negro corazón me da la certeza de que jamás podrás volver del mundo de los espíritus, donde estás condenada a pasar el resto de tu existencia.
—Estás completamente equivocado —le contesto justo antes de que mi cuerpo terrenal se termine de desintegrar y la luz de mi destrucción se apague.
—¿Por qué sigues aquí? —me dice mirando incrédulo cuando mi espíritu se revela ante él.
—Porque sigo viva en el mundo de los espíritus, Alem. Solo me quitaste el cuerpo, no el alma. Soy una hechicera de luz. Seguiré viviendo, aunque no sea aquí, contigo.
—¿Por qué siento este dolor tan grande oprimiéndome el pecho? ¿Por qué no puedo respirar? ¿Me estás matando?
Cae de rodillas haciendo un gran esfuerzo por respirar, mientras el dolor le rompe por dentro. Le miro con pena y sonrío acercándome a él. Intenta clavarme nuevamente el arma de Caín, pero esta pasa a través de mí como por una nube de humo.
—Es el dolor que provoca la pérdida de tu alma gemela. Deberás acostumbrarte a él, Alem, ya que fuiste tú el que acabo con mi vida, y eres tú el que debe soportar este dolor hasta el fin de los tiempos.
—¿Entonces fue real? —dice incrédulo, con su mano apretando su pecho, mientras gotas de sudor caen por su frente. Jadea buscando un último aliento de esperanza para sanar ese corazón que el mismo se ha roto y finalmente se da cuenta de que está en problemas.
—Aprenderás a vivir con ello, Alem. Eres un híbrido poderoso. El dolor no es más que una herida de tu alma que aprenderás a llevar contigo hasta el fin de los tiempos. Porque has matado todos esos momentos que estaban destinados a durar para siempre.
—Esto no es real, no puede ser…
—Pero lo es, y es la culminación de tus propias decisiones. Tú has elegido este final y yo te lo he permitido, porque si hay algo que siempre tuve claro es que yo no podría vivir sin ti; jamás podría aguantar tanto dolor. Lo hice porque te di muchas oportunidades, muchas pruebas de que esto es real, pero las ignoraste todas y me cansé de luchar. Intenté convencerme a mí misma de que me amabas de verdad, que estabas conmigo en cuerpo y alma como deben ser las almas gemelas; me intenté convencer de que lo que hacías era por miedo y por eso lo arruinaste todo una y otra vez. Justifiqué todas tus acciones porque no era capaz de aceptar que estabas luchando con todas tus fuerzas en contra de nuestro vínculo, en mi contra, pero tristemente, ahora ya no hay justificación posible, y espero que vivas arrepentido por todo lo que has hecho y lo que nos has hecho, porque no mereces que ese dolor que sientes ahora desaparezca jamás. Te mereces todo lo malo que te pase —le digo poniendo todo mi desprecio, toda mi rabia y todo mi dolor en mi voz.
—Crystal… Yo…
—Verte ahí de rodillas sufriendo, arrepentido al darte cuenta por fin de lo que has hecho, me hace pensar que todo esto ha valido la pena. Este es el momento en el que acabo mi viaje contigo y sorprendentemente ya no duele dejarte. Espero que, a pesar de todo, puedas encontrar la forma de ser feliz. Espero que encuentres tu lugar en el mundo, en el Infierno o en el Paraíso, espero que encuentres lo que estás buscando y ese lugar al que pertenecer.
—Nunca tuve más claro que en este preciso instante que mi lugar está a tu lado. Haré todo lo posible para encontrarte y devolverte a la vida, aunque esto signifique perder la mía en al proceso. Me he equivocado y pasaré el resto de mi existencia haciendo todo lo que esté en mis manos para buscar tu perdón —promete mientras le miro desde arriba, y aunque nunca pensé que esto pudiera ser posible, estoy disfrutando, viéndole sufrir.
—No busques mi perdón, ya lo tienes; te perdoné incluso antes de hacer todo esto. Desafortunadamente llegó el momento de mi partida. Mi espíritu debe avanzar, debe conducirme allí donde la confianza no conoce barreras, donde perteneceré a alguien que realmente me acepte y me necesite, donde nunca más volveré a llamar tu nombre. Este es nuestro final, amor.
Le miro una vez más antes de emprender mi vuelo hacia nuevos horizontes, hacia un nuevo mundo y una vida que me aleje de él y que, espero, pueda hacer que lo olvide. En el mundo de los lycanos encontraré mi consuelo, y mi alma partida se volverá a regenerar y romper una y otra vez por toda la eternidad, pero cualquier cosa es mejor que esto.
—Hasta que nos volvamos a ver, hechicera —me dice antes de que el dolor le derrumbe.
PDV: ELENA
Soy lo que se podría llamar una novelista fallida, aunque para ser novelista primero debes escribir una novela, cosa que yo nunca llegué a hacer, a menos que puedas nombrar un escrito no muy coherente, de unas veinticinco páginas, una novela. De hecho, tengo una un poco más larga, unas treinta páginas, en las que descubrí mi increíble talento para describir muebles y vestimentas. Así que mi sueño de ser novelista acabó abruptamente. Pero, como novelista frustrada, decidí emprender una carrera que me permitiera seguir escribiendo, así que estudié periodismo y es como acabe aquí hoy, feliz porque puedo utilizar mis habilidades de escribir para algo por lo que me llegan a pagar, por lo menos de vez en cuando.
Escribo para un periódico muy importante de Nueva York llamado La cara oscura de la luna, que básicamente informa sobre avistamientos de seres paranormales. Uno de mis compañeros ocupa el lugar más importante en la pared de los mejores reporteros desde hace un año, cuando consiguió una foto perfecta de un vampiro chupándole la sangre a una cabra; no es la mejor imagen, pero desde luego acabó en el panel de la fama de la oficina. Y después, en el otro extremo de la cuerda, estoy yo, la peor periodista independiente de la historia del periódico, sin nada interesante que contar más allá de la posición de las estrellas. Nunca pillé nada, ni una foto, ni un artículo, nada interesante que mereciera la pena ser contado. A veces consigo alguna entrevista con alguna bruja a la que le doy pena y se pasa el día entero contándome por qué sigue joven y guapa después de sus 150 años.
¿Te preguntarás por qué sigo insistiendo, o, mejor dicho, por qué sigo forzando mi entrada en este mundo? Bueno, no lo sé, probablemente por las sensaciones que me provocan ciertos momentos de búsqueda y por la esperanza de que en algún momento pueda encontrarme con el que siempre he considerado mi padre, y que da la casualidad de que era un demonio. Un buen demonio, por muy absurdo que esto suene.
Me encontró abandonada en un parque y decidió adoptarme y criarme junto a su propia hija. Éramos solo nosotros tres, y los recuerdos que guardo de aquellos tiempos son muy bonitos, aunque escasos. Solo sé que me entregó a mis padres adoptivos, Isabela y Damien, cuando tenía seis años, y siempre pensé que fue porque no podía mantenernos a las dos, pero una carta que encontré tras la muerte de Damien aclaró que Khorne hizo lo que hizo para intentar mantenerme a salvo… Mantenernos a salvo, mejor dicho, ya que al parecer la otra niña tampoco era suya. Desde ese momento empezó mi búsqueda y mi curiosidad por todo aquello que los humanos llamamos «paranormal», con la esperanza de que en algún momento pueda encontrar a Khorne y a la otra pequeña que este ayudaba a sobrevivir. Desde que leí esa carta, nunca dejé de pensar en ella y preguntarme si su suerte habría sido tan horrible y enfermiza como la mía.
Aunque el demonio pensaba que me estaba poniendo a salvo dejándome al cuidado de Damien, resultó ser todo lo contrario. Quizá hubiese sido mejor si no me hubiese recogido del parque aquella noche. Le estoy agradecida por salvarme, pero mi vida no fue más que una pesadilla hasta que Damien e Isabela fallecieron.
Todavía recuerdo esas noches en las que la pareja tenía visita. Isabela era la típica mujer maltratada que intentaba guardar las apariencias delante de la gente, pero sobre la que, una vez la puerta de su casa quedaba cerrada, se desataba el infierno en forma de puñetazos y patadas por parte de Damien. Hasta cumplir los diez años, solía esconderme en un armario, temblando y llorando mientras los gritos y los golpes llenaban la casa de dolor y lágrimas. Me sentía a salvo tras las puertas de ese armario, pero desafortunadamente para mí, eso no iba a durar para siempre.
Una noche, Damien llegó a casa con sus amigos. Recuerdo que estaba en mi cama intentando dormir, pero los ruidos de su llegada me lo impidieron. Al oírlos ya supe que no podría conciliar el sueño lo que quedaba de noche, pero pensé que esa noche al menos no le haría daño a Isabela. No solía hacerlo mientras sus amigos estaban allí, aunque en esa ocasión había algo diferente en su voz, y no pude darme cuenta de qué era hasta que la puerta de mi dormitorio se abrió de par en par. Sentí cómo la sangre se me congelaba en las venas, mientras el olor a whisky llenó la pequeña habitación. Intenté quedarme quieta; traté de no hacer ningún ruido, no moverme, pero mis ojos se abrieron de golpe en el momento en el que sentí cómo me agarraba de los tobillos. Las lágrimas empezaron a correr de mis ojos abiertos mientras miraba el techo, rezándole a Dios para que me ayudara a salir de esta… aunque eso nunca había funcionado. Le miré levemente, lo suficiente para ver su espalda mientras me arrastraba a la fuerza hacia la sala de estar donde estaban sus amigos.
Damien empezó golpeándome y después se turnó con sus amigos para seguir agrediéndome mientras yo yacía en el suelo frío sin poder defenderme. Las palizas a Isabela sucedían con la suficiente frecuencia como para saber que no le gustaba que ella hiciera ningún sonido, si lo hacía las cosas empeoraban rápidamente, así que hice todo lo posible para no gritar por el dolor que me estaban infligiendo y me limité a llorar en silencio mientras sus puños y patadas caían sobre mí.
Isabela se quedó en la puerta, mirando en silencio todo lo que estaba pasando. No pude culparla ya que era consciente de que, si intentara hacer algo, no solo no me hacía ningún favor, sino que sufriría la misma suerte que yo. Una patada conectó con mis costillas vaciando mis pulmones de aire y cerré los ojos en cuanto sentí el dolor. Quería morirme porque ya no podía aguantarlo más. Me quede allí inmóvil, hasta que pararon para ver si seguía viva. Finalmente pararon. Después de eso oí sus pasos caminando hacia la salida de la casa. Cuando la puerta se cerró abrí los ojos para encontrarme la mirada de Isabela. Le aseguré que estaba bien a pesar de sentirme tan débil que no pude siquiera secar las lágrimas que caían de mis ojos. Esa noche Damien volvió y acabó con la vida de Isabela, tras lo cual le hizo un favor al mundo y se quitó la suya. Nunca sabré por qué y sinceramente ni siquiera quiero saberlo. Esa noche había acabado mi infierno.
Mi vida no ha sido mucho más fácil desde ese momento, pero conseguí sobrevivir y eso me lleva a este momento.
Aquí estoy, a las 23:37, subida en un árbol, en medio de ninguna parte, armada con la mejor cámara digital que el dinero puede comprar, esperando a un rudo príncipe de las tinieblas, para que arrastre su culo peludo fuera de su castillo y aúlle a la luna llena, morfando en su lycano. Y todo eso justo delante de mí y mi super cámara digital, que he adquirido especialmente para esta ocasión utilizando todos mis ahorros. Esto me pondrá con seguridad en el panel de la fama de la oficina para el resto de mi vida. Si mi información es correcta, el príncipe vive aquí desde hace dos décadas, en este castillo que guarda una importante parte de la historia de los Blackners, y esta noche es luna llena, por lo que debe salir por alguna parte y yo le estaré esperando con mi cámara digital con visión nocturna. Me volveré rica y famosa y nunca más tendré que pasar la noche subida en los árboles en mitad del bosque ni mis días cazando brujas.
Por fin podré dedicarme a cuidar de los niños huérfanos, y por las noches, quedarme sentada en un sofá de piel bebiendo vino y escribiendo novelas que nadie leerá durante el resto de mi vida. Este es en líneas generales mi plan de futuro y estoy a unos cinco minutos de conseguirlo, así que me pongo cómoda y me preparo para sacar esa foto que me salvará la vida en cuanto el reloj toque las doce.
Según la información que tengo con respecto a los lycanos, no pueden resistirse a una luna llena como la de esta noche. Según los libros paranormales, en la primera luna llena del año, conocida en el mundo paranormal como «luna sangrienta», estos seres salen en busca de sus almas gemelas, a las que llaman mates. Morfan mientras aúllan a la luna para atraer a las parejas potenciales, y buscan aquella con la que pueden formar la conexión de pareja. Solo tienen un mate para toda la vida, y cuando se emparejan, son incapaces de tocar a otro ser. Vamos, el sueño de toda chica, pero imposible de cumplir en el mundo humano del que formo parte.
Empecé a investigar el mundo de los lycanos hace dos años, cuando escuché por primera vez la historia del príncipe lycano Ares Blackner y su mate híbrida Ramnusia de Bedlam Orlock. Me quedé fascinada con este mundo y decidí dedicarme a investigarlo.
Hasta hace unos cincuenta años, los humanos no teníamos ninguna prueba de la existencia del mundo de los lycanos, pero empezamos a recibir evidencias de ello cuando uno de ellos empezó la búsqueda de su mate por el mundo; el mismo lycano al que estoy acechando ahora mismo, el hijo del mismo príncipe Ares Blackner: Lucien Blackner.
Como era de esperar, mi información solo puede encontrarse en las calles del inframundo de Nueva York, y allí averigüé que Ares y Ramnusia tienen dos hijos. Lucien que es su hijo mayor y Ayla, su hermana menor, y los rumores dicen que está emparejada con un demonio. Lucien está vagando por las tierras de los mortales, buscando a su mate. Según mis datos, su abuela materna, Araceli de Bedlam —la reina de las brujas—, predijo que su nieto se encontrará a su mate en estos bosques que supuestamente pertenecen a la manada Blood Moon. Esta es la noche de la luna sangrienta, por lo que el príncipe debe salir de su castillo en cualquier momento. Desde hace más de una década, se han reportado las apariciones del príncipe lycano, corriendo por estos bosques cada luna sangrienta mientras busca a esa mujer destinada a pasar la eternidad junto a él.
Me ha costado dos años y muchas desilusiones encontrar este sitio, pero finalmente conseguí averiguar que las historias de Snow Peak, un pueblo junto a la montaña, hablan sobre avistamientos de lycanos, vampiros y otras especies. Llevo dos semanas aquí y finalmente pude encontrar el castillo del príncipe, o eso creo…, lo que me trae a este momento.
Llevo subida en este árbol unas quince horas y finalmente se aproxima la hora en la que mi tortura autoimpuesta llegará a su fin. Me siento feliz y a la vez asustada. Con suerte no podrá verme y tendré la oportunidad de tomar mi foto y seguir con la maravillosa vida que me espera tras todo esto.
El reloj emite un pequeño zumbido en mi muñeca, avisándome de que ya es medianoche y una sonrisa ilumina mi cara. La luna sangrienta brilla en el cielo, pero todo está en silencio. No se oye ni un ruido, ni aullidos, nada, solo un silencio inquietante. ¿Dónde están los lycanos que salen aullando a la luna en busca de sus mates? Quizá aquí solo está el príncipe. Agarro mi cámara con fuerza y me quedo preparada para su aparición, pero diez minutos más tarde todavía no se distingue ningún movimiento fuera del castillo, y empiezo a impacientarme.
PDV: LUCIEN
—Me pregunto cuánto tiempo más podrá sujetarse a esa rama —digo a mi beta, mientras los dos miramos a la mujer desde la ventana de mi despacho.
—Creo que es una humana muy cabezota, mi príncipe —contesta mi beta Abel, con una sonrisa en la cara, mirando el reloj que lleva en la muñeca—. Catorce horas y treinta y ocho minutos y seguimos contando —dice levantando las cejas.
—Tiene mucho aguante. Me pregunto qué la motiva para pasar por esta situación tan incómoda —le digo, tomando un trago de mi whisky.
—Lucien, perdona mi impertinencia, pero ¿crees que es ella? —me pregunta mirándome de reojo.
—Espero que lo sea, Abel. Espero que lo sea. —Vacío mi copa y me siento en mi silla, dejándome caer en el respaldar mientras sigo mirándola.
Tiene el pelo recogido en un moño despeinado y puedo ver sus ojos cansados brillando con esperanza, mientras la veo terriblemente incómoda colgando de esa rama del árbol. Parece ser una mujer fuerte y obviamente obstinada, lo que no puedo decir que me disguste, aunque va a sentirse terriblemente desafortunada cuando se dé cuenta de que no va a poder conseguir lo que vino a buscar.
Esa rama sostuvo muchos periodistas de lo paranormal a lo largo de los años, por lo que estoy bastante acostumbrado de ver alguno colgando de ese árbol las noches de luna sangrienta. Al parecer todos le cogen cariño al mismo árbol, desde donde supongo que tienen mejor vista a la entrada del castillo.
No soy un lycano demasiado antiguo, pero gracias a mi perfecta genética tengo muchos poderes que me acompañan por la vida, siendo uno de esos poderes la detección inmediata de intrusos en mis tierras. Puedo sentirlos desde que dan el primer paso en mi territorio, y con ella no fue diferente. Supe que estaba aquí desde que pasó las fronteras de Snow Peak. Es la mate totalmente humana de mi beta Abel, y estoy seguro de que no tiene ni idea de en qué se acaba de meter.
Hubo un tiempo en el que Abel pensó que mi abuela Araceli se había equivocado con sus visiones, que se estaba poniendo mayor y ya no sabía interpretar las señales de su magia; pensó que era imposible que su mate viniera en su búsqueda en un lugar tan remoto como la manada de Blood Moon, pero ahora, mientras la está mirando, estoy seguro de que se alegra de estar equivocado.
Debo reconocer que tiene un corazón muy valiente para adentrarse en un bosque lleno de criaturas desconocidas para ella, en busca de un príncipe lycano, y encima sola. Debe ser audaz e intrépida, o simplemente loca. Sea como fuera, está aquí, y finalmente mi beta encontró a su mate, aunque esto marca el principio de una aventura llena de baches para los dos. Por mucho que lo intento no siento ninguna fuerza emanando de ella, ninguna bestia, nada. Espero que Tique —la diosa del destino— supiera lo que estaba haciendo cuando le destinó a un hombre como él una mate como ella.
Abel es uno de los lycanos más fuertes y rudos que he conocido, por ello lo escogí como mi beta. Es hermano de Vlad e hijo de Victor Arrow, que a su vez es beta de mi abuelo Balthazar, el rey de los lycanos. Cuando mi abuela Araceli predijo que su mate iba a ser humana, los dos empezamos a reír, y ninguno nos lo terminamos de creer, a pesar de que mi abuela jamás se equivocó en sus predicciones; pero aquí estamos los dos viendo a su mate humana colgando de la rama del árbol intentando tomarme una foto.
Esto me da esperanza, porque según mi abuela, yo encontraré a mi propia mate poco después de hacerlo Abel. Por sus predicciones estamos los dos aquí a cargo de la manada. Esperando encontrar nuestras almas gemelas en tierras de Blood Moon, al igual que nuestros padres hicieron antes que nosotros. Aunque mi abuela no se pronunció en cuanto a la especie a la que pertenece mi mate, espero que no resulte ser humana.
No soy un buen lycano, soy justo, pero no tierno; más que tierno soy rudo y tal como mi padre, los límites de mi paciencia siempre andan por los niveles más bajos. Espero sinceramente que mi mate sea lo suficientemente fuerte para manejar un hombre como yo. El tiempo lo dirá, pero las probabilidades no juegan en nuestro favor si me pasase lo mismo que a mi beta.
—Lo harán. —Me sorprende la voz de mi abuela Araceli, que aparece justo detrás de mí.
—Realmente apreciaría que dejaras de hacer esto de aparecer de ninguna parte. Y definitivamente apreciaría que dejaras de leer mi mente. Es irritante.
Mi abuela me mira sonriendo mientras me besa en la frente.
—Nunca aprenderá, créeme. —Me sorprende otra voz, desde el extremo opuesto, donde mi abuelo está apoyado en el marco de la puerta, mirándonos con seriedad.
—Lo mismo te digo a ti también —le digo levantando las cejas, mientras los dos ríen.
—Oh, venga, relájate. Eres el mismo jovencito gruñón que eras hace pocos años —me dice mi abuela agarrándome por las mejillas.
—Parece que hay cosas que nunca cambian —les digo a los dos irritado.
—Parece que fue ayer cuando estaba corriendo por aquí sin calzoncillos, riendo y bailando —dice mi abuelo y los dos empiezan a reír, elevando así el nivel de irritación que siento.
—¡Oh, parad! Soy un hombre adulto. Solo fui un niño catorce años. ¡Superadlo! —les digo cogiendo la copa de whisky que Abel me acaba de extender con una sonrisa que también me irrita.
—¡Lo superamos! ¡Pero eras tan bonito! —dice mi abuelo, tomando un trago de su copa.
—Deberíamos dar por terminada esta conversación —les digo molesto, apoyando la copa sobre la mesa.
—Hugh… —responde mi abuela con cara de pena.
—¡Sois dos matones! —les digo a los dos enfurruñado.
—Me siento terriblemente ofendida por ese comentario —dice mi abuela llevando la mano con la que sostiene el Martini cerca de su corazón. Solo queremos relajar un poco la atmósfera. Lleváis tanto tiempo sentados aquí, mirando a esa joven que… ¡se va a caer del árbol…! —dice mi abuela visiblemente alarmada, con su cara cambiando a un gesto de preocupación.
Giro la cabeza y veo que lleva razón: la mujer se ha quedado dormida y está a punto de caer literalmente al suelo. La cara de Abel se vuelve blanca y se tira por la ventana, llegando bajo el árbol justo a tiempo para extender sus manos y evitar su caída, aunque no puedo decir lo mismo de su cámara, que yace rota en el suelo.
PDV: ELENA
Miro el reloj y ya es medianoche. La luna sangrienta brilla en el cielo, pero no puedo oír ni un ruido, ningún aullido, nada. Un cuarto de hora después, ni una sola alma salió de este castillo. Espero un rato más, todavía nada. Siento mis músculos relajándose encima de la rama en la que estoy tumbada y me doy permiso para relajarme, apoyando mi cabeza encima de mis manos. Estoy perdiendo la esperanza de que consiga nada. Parece que mi príncipe lycano no piensa sacar su cuerpo peludo de ese castillo esta noche.
Supongo que, en algún momento de mi larga espera, me debo haber quedado dormida, porque lo siguiente que se es que siento mi cuerpo cayendo rápidamente hacia el suelo, y dos brazos fuertes cortan mi caída. Cuando abro los ojos, estoy mirando en los ojos azules del hombre más guapo que jamás he visto en mi vida. Su mirada, sus labios moviéndose y esos brazos fuertes aguantando mi cuerpo, mientras millones de chispas recorren cada centímetro de mi piel, me distraen del hecho de que estuve a tan solo dos metros de encontrar mi muerte. Siento calma y a la vez incomodidad, me siento inquieta y preocupada y a la vez feliz y tranquila. No sé qué me pasa, pero me gusta lo que siento, aunque a la vez me confunde.
—Parece que está usted un poco lejos de casa, señorita… —Su voz retumba a través del bosque silencioso. Miro alrededor con pánico recordando por qué estoy aquí, pero no hay lycanos ni hombres lobo, no hay nadie aparte de este guapísimo desconocido, yo y la luna sangrienta brillando encima de nosotros.
—Tienes que dejarme en el suelo —le digo susurrando—. Él sabrá que estoy aquí. Y no querrá salir —sigo susurrando mientras pone mis pies en el suelo.
—¿Quién es «él»? —me pregunta también susurrando.
—Lucien Blackner, el príncipe lycano.
Levanta las cejas confundido, mirando alrededor, y puedo jurar que está sonriendo.
—¿El príncipe lycano? —me pregunta otra vez susurrando.
—Sí. Un hombre lobo superior a los normales. Es una criatura de las más poderosas que habitan en la Tierra, para algunos es un demonio y para otros es un ángel.
Me mira divertido, como si estuviese loca, y sonríe desvelando su dentadura perfecta y una sonrisa conquistadora.
—Este es el castillo de los Blackner, pero te puedo asegurar que no hay tal criatura como el príncipe lycano viviendo con ellos —siguió susurrando, pero la sonrisa de su cara me deja a la vista que su opinión sobre mí no es nada buena. Seguramente piensa que estoy loca.
—Sí, llevas razón, debería volver a mi hotel. Gracias por salvarme la vida —le digo manteniendo el susurro, mientras miro con desesperanza mi cámara rota en el suelo. Supongo que allí van mis ahorros de toda la vida, para nada…
Se gira mirando el aparato roto en el suelo.
—Lo siento por eso… —dice, aunque no puedo oír ni un mínimo de arrepentimiento en su voz—. Estaba demasiado ocupado salvándote la vida… —continúa, mirándome de reojo.
—Lo sé y te lo agradezco. —Recojo mi cámara del suelo y la guardo en la mochila—. Debería irme —le digo dándome la vuelta para irme, pero él me agarra el brazo y las chispas envuelven mi cuerpo de nuevo.
—Deberías quedarte. Los bosques no son un lugar seguro para nadie a estas horas de la noche. Quiero apartar mi brazo de su toque, pero no puedo hacerlo. Estoy disfrutando de las chispas que irradian desde su mano y llegan a mi cuerpo.
—¿Quedarme? ¿Dónde? ¿En el castillo? —le pregunto sorprendida, espantada y he de reconocer que algo ilusionada.
—Sí, debes pasar la noche aquí —me dice con decisión, mirando hacia el imponente edificio.
—Oh, no podría hacer eso, pero se lo agradezco, señor…
—Abel… Abel Arrow —me responde y en ese mismo momento siento mi alma cayendo a mis pies. Estoy delante del que se supone es el beta del hombre al que estoy acechando, diciéndole que le estoy acechando justo después de que él me salvara la vida. Siento la sangre acumulándose en mis mejillas, y miro hacia el suelo con la esperanza de que se abra y me trague en este momento, salvándome de la vergüenza que estoy pasando.
—Lo siento… —le digo incapaz de mirarle a la cara.
—¿Por qué sigues susurrando? —me pregunta sonriendo.
—¿Por qué lo haces tú?
—Porque tú lo haces, claramente porque estás acechando al príncipe y no quieres que te descubra —dice observándome con atención mientras mi cara se enciende cada vez más. Gracias a Dios es de noche y no puede ver lo avergonzada que me siento en realidad por haber sido descubierta.
—Lo siento… —es todo lo que puedo murmurar.
—No lo sientas. Eres la acosadora más bonita que tuvo nunca, y créeme, tuvo bastantes. —Me mira a los ojos con una sonrisa en la cara, mientras me atrevo a mirarle de nuevo. Tiene la apariencia de un dios griego. Su pelo negro recogido en un pequeño moño detrás, su barba corta y perfectamente marcada envuelve una mandíbula cuadrada y evidencia sus labios rellenos, mientras sus ojos azul oscuros me miran con interés, poniéndome nerviosa y entorpeciendo mis movimientos, tanto que no consigo cerrar la cremallera de mi mochila y esta se me escapa en el suelo. Él sonríe y los dos cogemos la mochila a la vez, el toque de sus dedos en los míos enviando señales eléctricas a lo largo de mi cuerpo, haciéndome soltar violentamente la mochila.
—Lo siento, yo… —las palabras se resisten a salir de mi boca, mientras él se limita a sonreír y a mirarme como si supiera exactamente lo que estoy sintiendo.
—Deja de sentirlo tanto y pasa. Hace frío y a juzgar por tu aspecto, creo que te vendrá bien un sofá caliente y una copa de vino —me dice, pero más que una sugerencia, parece una orden a la que, por alguna razón, estoy deseando someterme. Me quedo allí mirándole como una idiota, mientras él se queda mi mochila, colgándola en su hombro.
—Yo debería seguir mi plan —le contesto sin querer seguirle.
—¿Y cuál era el plan, más allá de tu caza de príncipes lycanos inexistentes? ¿Dormir en el árbol esperando que llegue la mañana? —Un gruñido sale de su pecho—. Te sugiero que pases la noche dentro de la casa, y mañana puedes volver de donde sea que has venido —me dice irritado y empieza andar hacia el castillo al que él llama casa—. Prometo no morder —añade girándose levemente para mirarme. No estoy muy segura de que no me muerda, pero lleva razón. Mi hotel está al otro extremo de un bosque poblado de lycanos y otras criaturas de la noche y si una de esas criaturas va a comerme, casi que prefiero que sea él.
Voy andando detrás de él, bueno, mejor dicho, corriendo, ya que sus pasos son muy largos y no consigo cogerle el ritmo, mientras puedo ver que se está aguantando la risa, a pesar de la seriedad de su cara. Al entrar por la puerta, todos mis sentidos se despertaron a la vida con el olor a pastrami recién hecho.
—Oh, Abel, cariño, no sabía que esperábamos invitados para cenar. —Nos recibe una mujer de cincuenta y pocos años, con una gran sonrisa en la cara y un plato de pastrami y ensalada en una mano. Mi estómago ruge a la vista del plato de comida caliente—. Oh, pobrecita, ven, siéntate, debes de estar hambrienta —dice la mujer llevándome al salón y sentándome en una silla, dejando el plato de pastrami delante de mí. Mis mejillas deben de estar muy rojas. Mientras, un hombre de edad cercana a la mujer se acerca también sonriendo.
—Gracias, señora —le contesto embarazosamente, mientras los tres me observan con atención y la sonrisa de mi beta lycano se alarga, llegándole a los ojos.
—Constantine, Araceli, les presento a… —Abel me mira y yo le devuelvo la mirada por unos momentos, hasta que me doy cuenta de que no me he presentado.
—Eh… Mi nombre es Elena Jones.
—Elena Jones. Ella es la acosadora del príncipe este año —concluye Abel con una gran sonrisa, mientras que yo siento que quiero deslizarme debajo de la mesa junto con mi plato de pastrami.
—Oh, encantado de conocerte, Elena —responde Constantine sonriendo, mientras tira de una silla y se sienta observándome.
—Por lo menos este año me ha tocado una acosadora guapa —se oye una voz detrás de mí, haciendo que la sangre se me congele en las venas. No tengo que mirar para saber que es el mismo príncipe de las tinieblas el que acaba de entrar por la puerta.
—Encantada de conoceros a todos y muchas gracias por recibirme en vuestra… casa —les digo intentando aguantar la tremenda incomodidad que estoy sintiendo, mientras Abel me llena la copa de vino y el príncipe me saluda, mirándome atentamente con sus ojos azul claro. Abel se sienta justo delante de mí, mientras Araceli toma el asiento de al lado, delante de Constantine. El príncipe preside la mesa.
Según los libros, uno nunca debe mirar a un alfa a los ojos y menos aún a un príncipe lycano, por lo que me limito a inclinar la cabeza ante él y dirigir la mirada a cualquier otra parte que no sea en su dirección. Tras un rato de silencio incómodo, los cuatro empiezan a tener una conversación casual, ignorando completamente el tema del acoso hacia Lucien, como si fuera algo normal, y empiezo a sentirme mal por ello. Sentada aquí, cenando junto a ellos, no parecen tener nada fuera de lo normal. No percibo nada raro, nada extraño, solo una familia normal cenando.
—Elena debe de pensar que no somos normales, cenando a estas horas de la noche, aunque la verdad es que hemos tenido un día muy ajetreado y no tuvimos tiempo para hacerlo antes —dice Constantine sirviéndose un poco de puré en el plato.
—Yo ni siquiera almorcé —dice el príncipe llenándose la boca de pastrami y puré, mientras Abel me mira en silencio.
—En realidad, no me parece nada extraño. Ni siquiera me paré a pensarlo. Supongo que mi trabajo me tiene despierta por las noches, por lo que suelo cenar a estas horas; a veces, hasta más tarde.
—¿A qué te dedicas? —pregunta Abel con curiosidad, mientras los miro aclarando mi garganta.
—Soy lo que llamarían una paparazzi. —Todos paran de comer y se me quedan mirando—. Una paparazzi de lo paranormal —añado para mayor efecto.
—¿Y eso qué significa? —pregunta Constantine confundido, tras un largo silencio.
—Pues… significa que me dedico a… acosar personas sospechosas de ser seres sobrenaturales.
Los cuatro se quedaron mirándome, sin masticar a pesar de que todos tienen las bocas llenas.
—Ella piensa que el príncipe Lucien es un príncipe lycano —rompe el silencio Abel, hablando como si nada y masticando su comida, mientras veo cómo cambian las caras de los demás.
—Sí, es lo que pensé. Eso dicen por el inframundo de Nueva York, yo solo quise encontrarle para poder sacarle una foto. Ese era el plan. Encontrarle, sacarle la foto, pasar la noche en el árbol e irme en cuanto salga el sol para publicar la foto y acabar en el panel de la fama del periódico para el que trabajo —les digo triste porque todos mis planes acabaron abruptamente.
—¿Cuál piensas que hubiera sido tu recompensa si hubieras sacado esa foto? —pregunta Araceli con curiosidad.
—Esa foto me haría rica. Con ese dinero podría dejar de pasarme la vida en los árboles o en las calles buscando seres paranormales y dedicarme a escribir artículos que nadie leería mientras tomo vino en mi sofá de cuero.
La habitación se queda en silencio, supongo que ahora me van a echar a fuera para irme solita al manicomio del que seguramente piensan que he salido. Sorprendentemente los cuatro empiezan a reír.
—¡No puedes hablar en serio! —dice Lucien, mirándome de forma extraña.
—En realidad hablo en serio. Ese era el plan, pero ya no. Además, mi herramienta de trabajo está rota, así que supongo que no me queda otra que apartarme un tiempo de los árboles y de los… lycanos.
Se miran los unos a los otros como si tuvieran una conversación por medio de sus miradas, y una vez más el silencio cae entre nosotros. Estoy disfrutando mi comida como una niña pequeña disfruta un trozo de chocolate. Hace mucho tiempo que no como una cena casera; siempre estoy fuera buscado alguna información, algún nuevo artículo, y siempre opto por comer bocadillos o comida precocinada. Es un cambio bienvenido en mi rutina diaria. Últimamente también he pasado de almorzar en condiciones, dedicando cada momento a mi búsqueda del príncipe lycano que está sentado delante de mí con una sonrisa en la cara y la boca llena de puré con carne. Vacío mis pensamientos antes de empezar a hablar en un intento de romper el silencio.
—Nunca pensé que una familia que vive en un castillo pudiera…, ya sabes, cenar como la gente normal… —les digo y todos paran de comer mirándome, mientras el príncipe levanta una de sus cejas perfectas en un gesto de confusión.
—¿A qué te refieres con «gente normal»? —pregunta, su voz profunda retumbando en el salón.
Creo que no podría ser más tonta ni siquiera si me esforzara, pero parece que esta noche no hago más que decir tonterías. Me pregunto si podría caer más bajo.
—Pues, no sé… Como yo. No formo parte de la realeza, así que mi familia cocina. Es solo que no me esperaba que los de la realeza cocinen por sí mismos. Siempre imaginé que detrás de las puertas de estos castillos hay un ejército de sirvientes haciendo todo el trabajo sucio.
Lucien me mira y sonríe.
—En realidad disfrutamos haciendo el trabajo sucio nosotros mismos siempre que nos es posible. No importan los títulos que otros nos pongan, seguimos siendo gente normal, ¿sabes?
Bajo la cabeza avergonzada, mirando mi plato de comida, dándome cuenta de que sí puedo caer más bajo. Por supuesto que son gente normal, enormemente rica, pero normal.
—Yo solo… Lo siento —digo avergonzada, mientras Abel me mira tomado un trago de su vino.
—Realmente deberías dejar de sentirlo por todo. Cada persona está en su derecho de tener sus propias opiniones. No hay nada malo en eso.
