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Ella no entraba en sus planes. Benedict Faulkner había luchado mucho para salir adelante y convertirse en millonario, ahora tenía la intención de dar vida a su mansión con la esposa adecuada. Pero sus planes no incluían a Riley Morrisset, la alocada mujer que le había mordido la mano y lo había llamado asesino a gritos tras confundirlo con un atracador. Sin embargo, había algo en aquella chiquilla acostumbrada a luchar por llegar a fin de mes que lo volvía loco. Y ¿por qué la había contratado para trabajar en su casa? Iba a resultarle muy difícil buscar a la esposa perfecta mientras Riley se empeñara en despertar su libido y poner a prueba su autocontrol. Después de todo, quizá la vida con Riley fuera algo emocionante, divertido y maravilloso... ¡aunque eso no fuera lo que Benedict tenía planeado!
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Seitenzahl: 144
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Daphne Clair de Jong
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Alguien como ella, n.º 1758 - febrero 2016
Título original: Life with Riley
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones sonproducto de la imaginación del autor o son utilizadosficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filialess, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N: 978-84-687-8019-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
¡MALDITA sea!
Riley Morrisset piso el freno a fondo.
Acababa de sacar su vehículo del estrecho espacio del aparcamiento donde lo había dejado, pero giró demasiado pronto el volante y rozó el vehículo contiguo. Llevaba la ventanilla abierta, de modo que pudo oír perfectamente el ruido metálico.
Gimió, se apartó un mechón de cabello castaño de los ojos, apagó el motor y puso el freno de mano antes de salir a comprobar los daños que había sufrido.
Su viejo utilitario, de color rojo, parecía estar bien. Sin embargo, el moderno y brillante vehículo de color azul metalizado contra el que había rozado mostraba una larga raya en la pintura con un golpe profundo al final.
–Maldita sea –repitió.
Pensó que debía dejar su nombre y su dirección para que el dueño del otro vehículo se pudiera poner en contacto con ella. Pero ante todo tenía que retirar su utilitario de la vía para no entorpecer el tráfico. Precisamente en aquel instante, un coche gris avanzaba hacia el lugar del pequeño accidente.
Volvió a su vehículo y lo puso en marcha.
El coche gris había girado para aparcar en un espacio libre, pero podían llegar más coches en cualquier momento. Sin embargo, estaba a punto de alejarse cuando una mano entró por la ventanilla abierta, se dirigió hacia la llave de contacto y apagó el motor.
–Oh, no, de eso nada –dijo una voz de hombre.
Riley se asustó y sin querer pulsó el claxon con una mano.
–Pero ¿qué hace? –preguntó el desconocido, mientras la tomaba por la muñeca.
Presa del pánico, Riley lo observó de pasada. El individuo, de cabello oscuro y ojos entre azules y grises, la miraba con una expresión que le pareció amenazadora. Todavía tenía sus llaves en la mano, así que intentó quitárselas. Pero en lugar de recuperarlas, solo consiguió que cayeran al suelo del vehículo.
Intentó cerrar la ventanilla, sin éxito. Se había vuelto a estropear y maldijo al mecánico que teóricamente debería haberla arreglado.
Echó entonces el seguro de la portezuela, y al observar que su rostro se encontraba a escasos centímetros del brazo del hombre, no se le ocurrió mejor cosa que morderlo.
El hombre exclamó de dolor y se apartó un poco, pero no soltó su muñeca. Riley se creía realmente en peligro, así que gritó todo lo que pudo para llamar la atención.
El desconocido la soltó y un segundo después oyeron pasos que se acercaban.
Riley se sintió muy aliviada al ver a los dos hombres que caminaban hacia ellos. Llevaban vaqueros desgastados y grandes cinturones de metal, con tatuajes en sus musculosos brazos. Uno de ellos tenía el pelo afeitado al cero y lucía una camiseta naranja, con el estampado de lo que parecía ser un bulldog. El otro, de aspecto maorí, tenía unos hombros sorprendentemente anchos.
Al verlos, la mujer supuso que el desconocido saldría corriendo. Pero permaneció en el sitio como si no sintiera el menor temor. Riley aprovechó la ocasión para intentar volver a subir la ventanilla. Tampoco lo consiguió esta vez y de nuevo maldijo al mecánico.
–¿Tienes algún problema? –preguntó el calvo, mirando de forma amenazadora al desconocido.
El segundo de los recién llegados se situó junto a su compañero.
Antes de que Riley pudiera contestar, el hombre que le había apagado el motor, dijo:
–Desde luego que tiene problemas. Ha chocado con mi coche y estaba intentando huir. Cuando he querido detenerla, me ha mordido.
Riley se quedó boquiabierta. Miró al hombre, miró los desperfectos que había causado, y sintió que su corazón se detenía.
Por primera vez, observó al desconocido con detenimiento. Llevaba un traje carísimo, muy elegante, con una camisa blanca y una corbata gris, de seda, que parecía haber salido de la tienda de algún diseñador de moda.
Su aspecto no podía ser mejor, e incluso su acento era perfecto, sin la menor afectación.
Definitivamente, no parecía un ladrón en absoluto.
Riley comprendió lo sucedido y supo de repente que no había intentado atacarla, pero ya era demasiado tarde.
El calvo miró entonces los desperfectos que había sufrido el coche y dijo, con una sonrisa:
–Me temo que el arreglo te va a salir caro, amigo.
–¿Es tu coche? –preguntó ella, como si no lo supiera ya.
–Claro que es mi coche –respondió.
A pesar de lo embarazoso de la situación, Riley insistió en su desconfianza.
–Demuéstralo –dijo.
Riley pensó que era un hombre muy atractivo. Su cabello negro resultaba muy tentador. Sus facciones eran duras y marcadas; su mandíbula, recta. Y en cuanto a sus labios, imaginó que podían resultar seductores cuando no estaba tan enfadado como en aquel momento.
El hombre se limitó a mirarla durante unos segundos. Después, se llevó una mano a un bolsillo y sacó el mando de apertura a distancia de su vehículo. Lo apretó y dijo al calvo:
–No permitas que se marche.
–¡No pensaba marcharme! –exclamó Riley, indignada.
El desconocido se alejó un poco, miró el número de matrícula de la mujer y regresó. Para entonces, Riley ya había visto que las puertas del vehículo que había golpeado se habían abierto. No cabía duda alguna: era suyo.
–¿Satisfecha? –preguntó el hombre–. ¿Qué te parece si intercambiamos la información de las aseguradoras?
El calvo y el maorí miraban a Riley con cara de tan pocos amigos como el propio dueño del coche. La situación había cambiado por completo y ahora la vigilaban a ella.
–Está bien, hagámoslo. Pero que conste que no habría reaccionado así de no haber pensado que tus intenciones no eran buenas. Me has agarrado por la muñeca.
–Intentaba impedir que te marcharas –dijo el hombre, sin parpadear–. No te he hecho daño, ¿verdad?
Riley se miró la mano. Aún notaba la sensación de su contacto, aunque hacía tiempo que la había soltado. Pero, por supuesto, no tenía el menor rasguño.
–No –admitió.
–Entonces, vamos a arreglar esto.
Acto seguido, el hombre miró a los individuos de los tatuajes y añadió:
–Gracias por vuestra ayuda...
–De nada, amigo –dijo el calvo.
–Las mujeres conducen de pena –comentó su compañero, entre risas.
En cuanto se quedaron a solas, Riley apretó los dientes y dijo:
–Solo me estaba alejando para aparcar en otro sitio. Tenía intención de dejarte mi nombre y mi dirección para que te pusieras en contacto conmigo. Por si no te has dado cuenta, estamos interrumpiendo el tráfico.
Justo entonces vio por el retrovisor que se acercaba otro coche, así que añadió:
–¿Lo ves?
–Está bien, aparca.
El hombre se apartó y le dejó espacio para que pudiera aparcar en otro sitio.
Cuando Riley salió de su coche, él ya tenía un bolígrafo y una libreta en la mano. Escribió algo en una tarjeta y se la dio. Después, arrancó una página de la libreta, le dejó el bolígrafo de oro y dijo:
–Apunta tu nombre, dirección y el nombre de la empresa de seguros. Mis datos están en la tarjeta.
Riley se guardó la tarjeta en uno de los bolsillos traseros del pantalón y comenzó a escribir. Estaban tan cerca del uno del otro que podía sentir el olor de su traje y una aroma que podía ser loción de afeitar o tal vez jabón.
–Supongo que tienes permiso de conducir –dijo él.
–Por supuesto que sí –dijo ella.
–Pareces muy joven –declaró, con escepticismo–. El coche es tuyo, ¿o de tus padres?
–Tengo veinticuatro años. Y en cuanto al coche, es mío.
El hombre la miró de los pies a la cabeza, deteniéndose un momento en sus pequeños pero redondeados senos y en los vaqueros desgastados que llevaba puestos.
Cuando se había vestido, los pantalones están razonablemente bien. Pero aquella mañana se había hecho un agujero sin querer, que se había ensanchado horas más tarde cuando ayudó a levantarse a un niño en el centro de salud donde trabajaba.
Sin embargo, eso no justificaba que la mirara de un modo tan despectivo, de modo que Riley se dio la vuelta y lo observó a su vez con altanería. Apenas le llegaba a la barbilla, así que supuso que debía de medir algo más de metro ochenta. Pero la anchura de sus hombros y su seguridad lo hacían parecer bastante más grande.
Riley estaba acostumbrada a tratar con gente y raramente se sentía intimidada. Sin embargo, aquel hombre era demasiado grande, estaba demasiado cerca y ella no podía escapar.
–Deja de hostigarme –protestó ella.
–¿Estás paranoica o algo así?
–No hay que estar paranoica para desconfiar de los desconocidos. Sobre todo cuando se dedican a acosar a mujeres inocentes –declaró, mientras le devolvía el bolígrafo y la libreta.
–Yo no te estoy acosando. Aunque eres muy pequeña y supongo que te has podido sentir...
–Pues tú tampoco eres exactamente Arnold Schwarzenegger, ¿no te parece? –lo interrumpió, indignada.
Riley lo miró con insolencia y examinó tranquilamente su ancho pecho, el cinturón de cuero que se cerraba sobre sus pantalones y sus estrechas caderas. No le gustaban demasiado los hombres altos, porque la hacían demasiado consciente de su propia altura, pero debía reconocer que estaba muy bien.
Para su sorpresa, el hombre sonrió.
–¿Te gustaría que me pareciera a Arnold?
–No, claro que no...
–A mí tampoco me gustaría –dijo él–. Así soy afortunado.
El hombre bajó entonces la mirada y comprobó la mano que Riley le había mordido.
–Siento haberte mordido –dijo–. ¿Te he hecho daño?
De forma instintiva, y tal y como habría hecho en el ambulatorio donde trabajaba, Riley lo tomó de la mano para inspeccionar la herida.
La palma de su mano era ancha. Tenía dedos largos y las uñas perfectamente limpias y cortadas, y no llevaba más joya que un reloj de metal.
De nuevo, la asaltó aquel aroma. Resultaba muy seductor, así que intentó concentrarse en su mano. No le había hecho sangre, pero se veían las huellas de sus dientes.
–¿De verdad has pensado que te estaba atacando?
–Sí.
–No tenía intención de asustarte.
–No estaba asustada. Estaba furiosa.
El hombre sonrió de nuevo, divertido, y Riley pensó que había acertado con su boca: era muy apetecible.
–Yo también.
–Estaba a punto de aparcar para dejarte mi nombre y mi número de teléfono. No era necesario que me asaltaras de ese modo.
–No lo dudo, pero vi que regresabas a tu coche y pensé que querías huir.
–De haber querido huir, no me habría bajado para comprobar los daños –declaró, mientras observaba los desperfectos–. Oh, me temo que mi seguro no va a cubrir todos los gastos, y además me subirán la cuota después de esto.
–Si quieres, puedo pedir que me hagan un presupuesto para decirte a cuánto asciende, por si quieres pagarlo tú directamente.
–Bueno, no sé...
–¿Hay algún problema?
–No, prefiero ser responsable –respondió ella.
–Me alegra saberlo.
Riley volvió a indignarse otra vez.
–¡Soy una mujer responsable, y una buena conductora! –espetó–. Todos cometemos errores. Tú también lo has cometido al pensar que intentaba huir.
–Está bien, te creo.
Riley sonrió, sin poder evitarlo.
–Gracias.
Justo entonces, el hombre notó que uno de los dientes de Riley estaba mellado. Lo tenía así desde la infancia, y él la observó como si lo encontrara especialmente desconcertante.
De forma involuntaria, intentó pasarse la lengua por encima de los dientes. Pero en lugar de hacer eso, se humedeció los labios. Él la miró de un modo más intenso y entrecerró los ojos. Durante un momento, ella pensó que la deseaba, pero su expresión cambió de nuevo y volvió a la actitud anterior.
–¿Tienes trabajo? –preguntó él, de repente.
–Sí, a tiempo parcial.
–Entonces olvídate del seguro. Me encargaré de que lo arreglen y ya llegaremos a algún tipo de acuerdo.
–¿A qué tipo de acuerdo? –preguntó, desconfiada.
La pregunta pareció confundirlo. Volvió a admirar su cuerpo, sonrió y dijo:
–No al tipo de acuerdo en el que estabas pensando.
Ella se ruborizó y pensó que se había equivocado con él. Al parecer, no se sentía atraído por ella.
–Estaba pensando en la forma de pago –continuó el hombre.
–Es muy amable por tu parte... Siento sinceramente lo que ha pasado con el coche. Espero que no te cause demasiados problemas.
–Supongo que estará arreglado en un par de días, aunque tendré que buscarme otro medio de transporte para ir al trabajo.
–¿Dónde vives?
–En Kohi. ¿Por qué?
Kohi era la forma en la que la gente se refería normalmente a Kohimarama, uno de los barrios más caros de Auckland, a unos veinte minutos del destartalado piso de Riley, en Sandringham.
–Podría llevarte yo al trabajo e ir a buscarte mientras tu coche esté en el mecánico.
El hombre miró el viejo utilitario de la mujer, así que ella añadió:
–Cuando está limpio tiene mejor aspecto. Aunque supongo que no te agrada mucho la idea...
Por su expresión, tuvo la impresión de que iba a rechazar el ofrecimiento. Sin embargo, no lo hizo.
–¿Y qué hay de tu trabajo?
–Yo trabajo de una a cinco. Si no sales de tu oficina hasta después de esa hora, no hay problema. Solo tienes que decirme dónde quieres que te recoja y cuándo.
–Está bien. Acepto el trato.
–Magnífico –dijo ella, con una sonrisa.
–Solo espero que sea cierto eso de que eres una buena conductora. Te llamaré por teléfono.
Entonces, el hombre se despidió con un gesto y subió a su vehículo.
Riley entró en su coche y esperó a que se alejara antes de arrancar. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el desconocido. Se había guardado la tarjeta en un bolsillo del pantalón, pero ni siquiera la había mirado.
Cuando llegó a su casa, aparcó e intentó subir la ventanilla; esta vez lo consiguió a la primera. Después, recogió las bolsas de la compra que había dejado en el asiento posterior y salió del vehículo.
Linnet Yeung abrió la puerta de la cocina, con una enorme sonrisa en los labios en cuanto la vio. Riley le devolvió la sonrisa. Una de las razones por las que se llevaba tan bien con ella era que siempre estaba dispuesta a ayudar. Además, era ligeramente más baja que ella.
Mientras guardaban la compra, Lin dijo:
–Harry tiene nueva novia, así que no cenará aquí esta noche.
–¿Y qué hay de Logie y de Sam?
–Hoy te toca a ti cocinar, y ya sabes que no se perderían una comida tuya por nada del mundo –respondió–. ¿Qué tal te ha ido el día?
–He chocado con un coche en el aparcamiento del supermercado.
–Oh, vaya... ¿Ha sido muy grave?
–No, solo un arañazo. Pero era un coche muy caro. Sin embargo, el dueño se ha portado bastante bien conmigo. Sobre todo teniendo en cuenta que lo mordí.
–¿Cómo?
Riley le explicó lo sucedido y Lin no podía parar de reír.
–¿Cómo se llama?
Solo entonces, se sacó la tarjeta que se había guardado y leyó su nombre en voz alta.
–Benedict Falkner. Y aquí dice que es director ejecutivo de Industrias Falkner.
–Vaya... Empiezo a pensar que un simple arañazo no debe de preocuparlo demasiado. Seguro que puede comprarse otro coche en cuanto quiera. ¿Cuántos años tiene?
–No sé... Alrededor de treinta, imagino.
Lin no dijo nada, pero la miró con sumo interés.
–Es alto, y muy grande –continuó.
–Veo que te ha gustado...
–Para nada.
Riley mintió, pero sin convencimiento alguno. Benedict Falkner le había gustado mucho, aunque no tenía la menor esperanza de que se fijara en ella. Había dejado perfectamente claro que no la encontraba atractiva.
Además, aquel hombre estaba fuera de su liga. Con su traje hecho a medida, su coche caro y su cargo de ejecutivo, pertenecía a un mundo muy distinto al de Riley.
A LA NOCHE siguiente, Logie asomó su rubia cabellera por la puerta y vio que Riley estaba viendo la televisión con Lin y Harry.
–Te llaman por teléfono, Ri...
Riley se levantó del suelo y tomó el teléfono inalámbrico.
–¿Dígame? –preguntó, mientras se alejaba de la televisión para poder oír mejor.
–¿Riley Morrisset?
–Sí, en efecto.
