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Marcus Crossan era un tipo misterioso y acostumbrado a tenerlo todo bajo control que, de pronto, se convirtió en el salvador de Jenna Harper, cuando su hermano llegó a casa prometido a otra mujer. Jenna llevaba toda la vida soñando con convertirse en la esposa de un Crossan, y ese sueño ya nunca podría convertirse en realidad. Hasta que Marcus le hizo una proposición sorprendente: que se casara con él en lugar de con su hermano. Los apasionados besos de Marcus hacían que le resultara muy difícil pensar con claridad..., pero sí era consciente de las ganas que tenía de casarse. Una vez casada, Jenna se encontró confundida entre tantas emociones. Las caricias de Marcus hacían que ella deseara oír también palabras de amor de boca de su apuesto marido. Justo en ese momento el hermano de este se quedó soltero de nuevo...
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Seitenzahl: 186
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Daphne Clair De Jong
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Palabras de amor, n.º 1681 - octubre 2019
Título original: Marrying Marcus
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1328-646-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
JENNA Harper, ardiendo de excitación, ojeó al primer grupo de pasajeros que desembarcaba del vuelo Los Ángeles-Auckland.. Jóvenes con mochilas, vaqueros y botas, ejecutivos trajeados, padres con niños adormilados y un matrimonio de mediana edad que fue inmediatamente asaltado por sus nietos.
Entre la gente que se encontraba en la sala de espera, destacaban los vivos colores de la ropa floreada de los isleños y de un sari hindú.
Katie Crossan, la mejor amiga de Jenna, estaba junto a ella, removiéndose inquieta. La hermana de Katie, Jane, tenía en brazos al más pequeño de sus hijos, mientras que su marido intentaba controlar a los dos mayores, que empezaban a impacientarse.
–¿Cuándo llega el tío Dean? –exigió la niña de cuatro años.
–Pronto –aseguró su abuela.
Toda la familia Crossan había ido a dar la bienvenida a Dean, incluido Marcus, su hermano mayor. Jenna se preguntó si Marcus lo habría hecho si Katie no le hubiera suplicado que la llevara, con Jenna, al aeropuerto.
Estaba algo apartado del grupo, y era más alto que ninguno de ellos. Su cabello oscuro, peinado hacia atrás, enmarcaba perfectamente un rostro inteligente y angular; tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón verde grisáceo, que coordinaba con una camisa crema.
Marcus giró la cabeza y vio a Jenna observarlo. Arqueó levemente una ceja y torció una esquina de su firme y bien dibujada boca. Sus ojos, de un gris tormentoso, eran muy penetrantes.
Jenna le sonrió con nerviosismo, se echó un mechón de pelo fino y castaño detrás de la oreja y apartó la vista, concentrándose en el siguiente grupo de pasajeros.
Marcus era mayor que Katie y Dean, los gemelos, que habían nacido cuando él tenía seis años y Jane cinco.
Katie y Jenna, sabían que echarían mucho de menos a Dean, pero habían estado de acuerdo en que una beca de cuatro años en Estados Unidos lo ayudaría a dejar de estar a la sombra del formidable Marcus. Pero la espera había sido difícil.
–Ahí llega –dijo Marcus, viéndolo primero.
Katie, separándose del grupo, gritó el nombre de Dean y se colgó de su cuello; él la alzó en brazos. Los niños, tímidos ante el desconocido, rodearon a Jane, impidiendo que ella y su marido avanzaran.
Jenna no pudo evitar una sonrisa de júbilo, burbujeante como un sorbo de champán, pero se obligó a esperar. Dean la buscaría cuando terminara de saludar a su familia. Era feliz solo con mirarlo.
No era tan alto como su hermano, pero tenía el cabello casi igual de oscuro y suavemente ondulado. Sus rasgos regulares y sus ojos, de color azul cálido, le daban aspecto de actor de cine. El afecto y ternura con que miraba a su familia le hacían aún más atractivo a ojos de Jenna.
El señor y la señora Crossan le dieron un abrazo, y los tres niños lo rodearon mientras Jane lo besaba en la mejilla y su marido le daba una palmada en el hombro.
Jenna dio un paso hacia delante, pero se detuvo al ver que la bronceada y alta rubia que había detrás de Dean se situaba junto a él. Dean la rodeó con un brazo y sonrió.
El movimiento pareció ralentizarse como en una película a cámara lenta. Jenna, con la boca seca y la sangre helada, sintió que se ahogaba.
–Esta es Callie… vamos a casarnos –explicó Dean a la familia, con voz de felicidad.
EL MUNDO se detuvo para Jenna, aunque a su alrededor todos gritaban, se abrazaban y besaban, y empujaban carritos llenos de maletas. Toda la familia reaccionó al unísono.
–¡No nos lo habías dicho! –gritó Katie, golpeando a Dean en el pecho. Su madre volvió a abrazarlo y besó a la chica en la mejilla. Su padre le dio la mano con calidez.
Dean ni siquiera había mirado a Jenna. Ella sintió que todo a su alrededor se nublaba y los sonidos se confundían. Estaba paralizada. Una mano se cerró sobre su brazo con tanta fuerza que le hizo daño. Eso la alegró necesitaba convencerse de que aún era capaz de sentir.
–¿Quieres que te saque de aquí? –susurró la voz profunda de Marcus en su oído.
–No –dijo ella cuando recuperó la voz, aunque deseaba lo contrario. Él no podía abandonar a su familia–. Claro que no. Aún no… no has saludado a tu hermano –apartó los ojos de Dean y vio que Marcus lo miraba con expresión sombría y poco acogedora.
–Tú tampoco –dijo Marcus, mirándola–. ¿Te sientes capaz de hacerlo?
A Jenna la invadió una oleada de pánico y vergüenza. Se sentía enferma y, temiendo abrir la boca, intentó asentir.
–Pareces a punto de desplomarte –dijo Marcus sin rodeos.
–No lo haré –Jenna apretó los dientes y aguantó la respiración, intentando recuperar el color.
El grupo familiar se acercaba. Marcus no le soltó el brazo cuando Dean, viéndola, abandonó el carro del equipaje y corrió hacia ellos. Jenna hizo lo posible para forzar una sonrisa y se obligó a respirar. Marcus se adelantó y extendió la mano que tenía libre hacia Dean, obligándolo a parar y dándole a ella algo más de tiempo para recuperar la compostura.
–Hola, Dean –dijo Marcus fríamente–. Enhorabuena. Y bienvenido a casa.
–Gracias –Dean le agarró el brazo–. No has cambiado nada, Marc.
Detrás de ellos, Katie lanzó a Jenna una mirada inquieta. Dean se volvió hacia Jenna y abrió los brazos de par en par.
–¡Hola Jen! Que amable has sido al venir a esta hora de la mañana. ¿Cómo estás? –la abrazó, sin notar que ella no le correspondía–. Tienes que conocer a Callie.
Ella supuso que tenía razón. Dio un paso atrás y chocó con Marcus, pero él no se movió, y Jenna agradeció la protección que le brindaba su sólido pecho. Volvió el rostro hacia la chica.
–Encantada de conocerte –dijo con una sonrisa dolida.
–Lo mismo digo –Callie tenía un cálido acento americano y una sonrisa sincera–. Dean me ha hablado mucho de ti.
Jenna se preguntó frenéticamente qué le habría contado. ¿Le habría dicho que estaba enamorada de él desde que eran niños y que había esperado que se casara con ella a su vuelta? ¿Que, aparte de Katie y su madre, se consideraba la persona más próxima a él?
–Eres la mejor amiga de Katie –dijo Callie–, y su compañera de piso –arrugó la nariz y soltó una risita–. ¿Verdad?
–Sí –Jenna fue incapaz de decir más. Deseaba gritar, llorar, correr. El orgullo la mantuvo en pie, sonriente.
–Y tú eres Marcus –dijo Callie, mirándolo con ojos muy abiertos y francos–. El hermano mayor –su mirada pasó de amistosa a admirativa–. Dean me ha contado todo lo referente a su familia.
–En cambio, ha nosotros no nos ha dicho nada de ti –replicó Marcus.
–Quería que fuese una sorpresa –rio Callie.
–Y sin duda lo eres –Marcus hizo una pausa–. Bienvenida, por supuesto. Espero que disfrutes de Nueva Zelanda.
–Estoy deseando conocerla, y a todos vosotros. Oh… y a Jenna también.
Aunque el comentario fue cariñoso, hizo que Jenna fuera consciente de que no era parte de la familia, que no debía estar allí. Los niños de Jane se hicieron cargo del carro del equipaje, y una maleta resbaló. Mientras Callie los ayudaba, se dio la vuelta, siguiendo su instinto de escapar.
–Quédate aquí –ordenó Marcus, interponiéndose en su camino, y rodeando su brazo con los dedos un momento. Ella obedeció, mientras él intercambiaba unas palabras con sus padres y con Katie, que miró a su amiga con preocupación. Poco después, Marcus volvió a su lado y le puso la mano en el codo–. Vamos.
–¿Katie…? –preguntó ella débilmente sin importarle adónde iban, aliviada de que la sacara de aquella pesadilla.
–Hay sitio en el coche de mis padres, y no querrá separarse de Dean. Eso es algo a lo que Callie tendrá que acostumbrarse… los mellizos son inseparables.
Era obvio que con Callie en el asiento trasero, no habría sitio para Jenna. Los Crossan suponían que Dean se quedaría en su casa, a media hora de Auckland, hasta que se asentara. No habían esperado que llevara a su prometida con él, pero no tendrían problema para acomodar a otra persona en la gran casa familiar, que Jenna conocía tan bien como la que había compartido con su madre, justo al lado.
Una vez en el aparcamiento, a pesar de que el cielo empezaba a ponerse azul, sintió el frescor del aire. Marcus la llevó hacia su elegante coche granate y le abrió la puerta. No volvió a hablar hasta que se alejaron del aeropuerto.
–Le dije a la familia que nos reuniríamos con ellos después –comentó él–. ¿Has desayunado?
–¿Desayunado? –repitió Jenna vagamente.
–Sí, desayunado. Eso que suele hacer la gente por la mañana.
–No –Katie y ella habían estado demasiado nerviosas para desayunar tan temprano.
–Yo tampoco –dijo Marcus–. Pararemos por el camino. Jenna no discutió, aunque nunca había sentido menos hambre. Igual que los hermanos menores de Marcus, estaba acostumbrada a hacerle caso.
Cuando llegaron a las afueras de la ciudad, Marcus se detuvo en un restaurante, pidió zumo, tostadas y tortitas para dos, e hizo que Jenna tomara café cargado y caliente, con azúcar.
–Eso está mejor –dijo, después de que ella se comiera dos tostadas y se acabara el café–. Empiezas a parecer humana de nuevo.
–Nunca tengo buen aspecto por la mañana.
–Lo siento, Jenna –comentó Marcus, mirándola pensativamente.
–Gracias –ella bajó los ojos sabiendo que, al rescatarla, le había impedido comportarse como una idiota–, por el desayuno. Pagaré mi parte.
–No seas tonta –una mano la detuvo cuando intentaba abrir el bolso–. Pagaré yo.
–Quizá debería irme a casa –dijo Jenna, ya en el coche.
Katie había asumido que pasaría el fin de semana con los Crossan, dado que su mellizo llegaba un sábado y no tendrían que perder ningún día de trabajo. A Jenna le había parecido una suerte, pero en ese momento le hubiera encantado poder alegar una emergencia laboral o cualquier excusa que le permitiese escapar. Marcus, con la mano en la llave de contacto, la miró interrogante.
–Un compromiso es una celebración familiar –aclaró Jenna con voz tensa–. Yo no soy parte de la familia.
–Eso suena algo amargo –comentó él con gentileza–. ¿Quieres que nos sintamos culpables?
–¡No! Estábamos… estabais deseando tener a Dean en casa de nuevo. Quiero que todos disfrutéis con él y… con Callie.
–Muy noble –replicó él con voz seca–. Sospecho que en realidad te gustaría pegarle un bofetón. Es lo que deseé hacer yo en el aeropuerto.
–Nadie me echaría de menos –Jenna parpadeó, sorprendida por la fuerte reacción de Marcus.
–Sabes que no es así –gruñó Marcus–. Claro que te echaríamos de menos –hizo una pausa y, dubitativo, añadió–: Si es lo que deseas, te llevaré al piso y le diré a la familia que no estás bien.
Jenna supuso que todos adivinarían que tenía el corazón destrozado. Y si Katie creía que estaba enferma, la preocuparía que Jenna estuviese sola, y no disfrutaría del regreso de su hermano.
–Imagino que toda tu familia siente lástima de mi –dijo, mordisqueándose el labio.
–Es posible que Katie sí. Le has dicho lo que sientes, ¿no?
–En realidad no. Al menos, no directamente ––Jenna negó con la cabeza. Sospechaba que Katie lo sabía, pero también lo había creído de Dean, y en eso se había confundido por completo–. Creía que todos lo sabíais –alzó los ojos, acusadores –. Tú lo sabías.
–No creo que mis padres se hayan dado cuenta aún de que tú y los mellizos sois adultos. Nunca se tomaron tu adoración por Dean en serio. Y Jane lleva unos años demasiado ocupada con su propia familia –esbozó una leve sonrisa–. Imagino que no has estado intercambiando cartas de amor con mi hermanito, ¿verdad?
Siempre que le escribía, firmaba: Todo mi cariño, Jenna, y Dean hacía lo mismo, pero sus cartas eran mucho menos frecuentes, y estaban dirigidas tanto a Jenna como a Katie. Cuando él telefoneaba al piso, la que contestaba llamaba a la otra e intercambiaban el auricular hasta que Dean colgaba. Los mellizos tenían un vínculo especial y Jenna agradecía a Katie que compartiera a Dean con ella. Se preguntó si Callie entendería ese vínculo.
–No, no se podrían llamar cartas de amor –admitió Jenna. Dean y ella se conocían desde hacía tanto, que no tenían por qué expresar sus sentimientos con palabras extravagantes. Se hubieran sentido raros.
–Dean no es cruel –comentó Marcus–. Pero no suele fijarse en los sentimientos de la gente. Probablemente, como habéis crecido juntos, nunca se dio cuenta. No ha visto lo que lleva teniendo ante las narices toda la vida.
Jenna comprendió que, si Marcus tenía razón, marcharse solo serviría para alimentar las sospechas de todos, incluidas las de Dean. O las de Callie, y eso sería lo peor de todo.
–¿Cómo se te da el teatro? –preguntó él con voz enérgica–. Solías ser muy buena de niña. Sobre todo cuando se trataba de salvar a Dean de un rapapolvo.
Ella recordó que nunca había engañado a Marcus con esos subterfugios. Tampoco lo había conseguido en el aeropuerto.
–Es decisión tuya, pero si vienes, te prometo que haré lo posible para suavizar las cosas –añadió Marcus ante su silencio–. Y nos iremos temprano.
–Iré –replicó Jenna, inhalando con fuerza. No supo interpretar la mirada de él; tenía los labios apretados y sus ojos la escrutaban. Marcus le apretó suavemente la mano y arrancó el coche.
Fue tan horrible como ella había imaginado.
Marcus aparcó en la zona asfaltada que había ante la vieja casa, recién pintada en honor del regreso de Dean. Subieron la escalera, perfumada por fragante lavanda, y llegaron a la puerta de entrada, que estaba abierta.
Los adultos estaban en la sala de estar, tomando té y café, mientras los niños correteaban entre las sillas y se perseguían, entrando y saliendo por los ventanales que daban al jardín y a la piscina cercada.
Marcus justificó el retraso explicando que necesitaba comer algo después de que su hermana le hubiera sacado de la cama a una hora inhumana y haber pasado una hora en el aeropuerto.
–Podrías haber comido aquí –regañó su madre.
–Tenía demasiada hambre para esperar –sonrió–. Y no desayunar tampoco le había sentado bien a Jenna.
–Estás algo pálida –la señora Crossan la miró comprensivamente, bajó la voz y murmuró con inquietud–: No estás molesta por el compromiso de Dean, ¿verdad, querida?
–Creo que es maravilloso –mintió Jenna con valentía–. Callie es preciosa, y Dean parece muy contento.
–Sí –la señora Crossan miró a la pareja y no pudo evitar una sonrisa–. Son muy felices.
La pareja se había refrescado un poco y Callie estaba aún más bella que en el aeropuerto. Dean parecía incapaz de dejar de mirarla y solo lo hizo para saludar con la mano a su hermano y decir: «Hola, Jenna».
Ella debería haberse alegrado de que no la mirara con detenimiento pero, en cambio, sintió unos celos tan fuertes que tuvo que ponerse un puño en el estómago para controlar su dolor. Los dedos de Marcus se cerraron sobre los suyos.
–¿Hay café? Vamos a tomar uno, Jenna– dijo, arrastrándola con él hacia la soleada cocina.
–Acabamos de tomar café –dijo ella cuando él le soltó la mano y fue hacia la cafetera.
–Tomaremos más. ¿O prefieres algo más fuerte?
–No –Jenna negó con la cabeza; necesitaba mantenerse alerta. Él agarró dos tazones que colgaban bajo el armario y los llenó.
–¿Estás bien, Jen? –preguntó Katie, llegando con un montón de tazas y platillos en las manos.
–Estoy perfectamente –Jenna intentó sonar levemente sorprendida–. ¿Estás contenta de tener a tu hermano en casa? No contestes. Es una pregunta estúpida.
–No sabía cuánto lo echaba de menos –Katie no pudo evitar una gran sonrisa, pero se puso seria de repente y dejó las tazas en la encimera–. Pero Callie es una sorpresa inesperada –con ojos preocupados preguntó–: Él no te había dicho nada… de ella, ¿verdad?
–Ni una palabra –Jenna hizo que su voz sonara alegre–. Si hubiera dicho algo, habría sido a ti.
–¿Ha sido un idilio arrollador? –interpuso Marcus–. Si ni siquiera tú lo sabías, Katie…
–La mencionó un par de veces, pero no pensé que fuera tan especial, y últimamente no me ha dicho nada. Dice que tenía miedo de que lo rechazara, y no quería volver a casa y que todos supiéramos que tenía el corazón destrozado. Hace un par de semanas accedió a venir a Nueva Zelanda con él, y Dean prefirió mantenerlo en secreto para ver nuestras caras de sorpresa cuando nos diera la noticia.
Jenna dio gracias al Cielo porque no hubiera visto la suya y apretó con fuerza la taza caliente.
–Sospecho que temía que ella cambiara de opinión –añadió Katie pensativamente.
–Bueno, es una sorpresa agradable, ¿no? –Jenna forzó una sonrisa.
–Supongo –concedió Katie dubitativa–. ¿Estás segura de que no te incomoda, Jenna?
–Claro –dijo Jenna, esperando reflejar asombro e inocencia–. Dean es feliz. Y yo me alegro por él. ¿Tú no?
–Siempre pensé que tú y él acabaríais juntos –comentó Katie–. Cuando éramos niños decíais que os casaríais de mayores.
–¿Qué teníamos? ¿Ocho años? –la carcajada de Jenna fue digna de un oscar–. ¡Venga ya, Katie!
–A veces, ya mayores, tuve la impresión de que erais algo más que amigos.
Jenna también lo había creído. De vez en cuando intercambiaban besos. Había supuesto que Dean, como ella, prefería que siguieran siendo amigos íntimos mientras estudiaban la carrera; eran demasiado jóvenes y carecían de medios para casarse.
Cuando se graduaron, a él le ofrecieron la beca de cuatro años en Estados Unidos. Le pidió su opinión a Jenna, haciendo hincapié en que pasaría mucho tiempo lejos de casa, y ella, ocultando su pánico y desolación, le aconsejó que aceptara, que no perdiera una oportunidad así. Él la había besado de una manera que era imposible considerar meramente amistosa, y ella había aceptado el beso como una promesa, un compromiso de que compartirían un futuro juntos, más tarde.
Había atesorado ese recuerdo durante cuatro años y probablemente Dean ni siquiera lo recordaba. Era obvio que para él no había significado lo mismo. Jenna hizo un esfuerzo para expresar con palabras lo que acababa de entender.
–Se nos pasó. Si hubiera sido algo serio, Dean no me habría dejado para irse al otro lado del mundo durante años, ¿no crees?
–Ilusiones vanas, Katie –añadió Marcus–. Entiendo que quisieras emparejar a tu mellizo con tu mejor amiga, pero en la vida real los amores de infancia crecen y se casan con otras personas.
–¿Hizo eso el tuyo? –preguntó Katie.
–Por supuesto –replicó Marcus–. Y no perdí ni minuto de sueño por eso.
–¿Han sido todo imaginaciones mías? –insistió Katie, volviéndose hacia Jenna.
–No perderé ni un minuto de sueño –Jenna repitió las palabras de Marcus, esforzándose por parecer tan convincente como él.
–Bueno, es un alivio –Katie optó por aceptar lo que decía su amiga. La miró pensativamente unos segundos y después comenzó a llenar el lavavajillas.
Jenna y Marcus se acabaron el café y los tres salieron a reunirse con los demás. Llegaron vecinos a saludar y una prima llamó para interesarse por el recién llegado. Dean la invitó, junto con su padres y novio, a que fueran a verlo.
La reunión se convirtió en una fiesta. Algunos invitados se sentaron en el patio y los niños obtuvieron permiso para bañarse en la piscina. Jenna charló, rio e incluso mantuvo una conversación con Callie y Dean, que la convenció de que Callie era exactamente lo que parecía: una dorada chica californiana. Había estado estudiando en la misma universidad que Dean, pero solo hacía unos meses que se conocían.
–Cuando abrió la boca y oí ese encantador acento –confesó Callie, acariciando el brazo de Dean–, fue amor al primer sonido.
–Pensó que era australiano –se burló Dean, mirándola con adoración–. Tuve que explicarle la diferencia.
–Tardó toda la noche –Callie le lanzó una mirada seductora.
–Aprende muy despacio –Dean movió la cabeza de lado a lado y le devolvió la mirada.
Jenna se sentía como si tuviera la sonrisa tallada en el rostro. Estaba segura de que si todos hubieran desaparecido en una nube de humo, la pareja no lo habría notado.
–Papá dice que no has visto su última adquisición –Marcus le puso una mano en el hombro–. Quiere que te la enseñe.
Agradecida, siguió a Marcus al jardín trasero, a un invernadero que había en una esquina, rodeado de arbustos de flores rosadas. El señor Crossan era aficionado a cultivar orquídeas, y cuando entraron en el invernadero se vieron rodeados por tiestos y cestas colgantes de las exóticas flores.
El aire era fresco, húmedo y fragante, y los trozos de corteza que cubrían el suelo apagaban el ruido de los pasos. Jenna caminó entre los bancos que alojaban hileras de orquídeas. Había tanto delicadas y pequeñas, como grandes y opulentas, y las flores caían en cascada hasta el suelo.
–¿Cuál es la nueva?
–Aquella de color rosa –Marcus puso una mano en su espalda y la guio hasta allí, para que observara las flores pálidas y rizadas, salpicadas con motas doradas en el interior.
–Es muy bonita –dijo ella tocando un pétalo.
–Se llama «Amor Adolescente» –le dijo Marcus, mirándola de reojo–. Personalmente, prefiero las variedades más sofisticadas.
Jenna parpadeó para evitar las lágrimas. «Amor Adolescente», una flor frágil. Aunque las orquídeas duraban más que otras flores, al final también se secaban y morían. Se alejó de la planta y Marcus se apartó para dejarla pasar.
