Recuperar la pasión - Laurey Bright - E-Book
SONDERANGEBOT

Recuperar la pasión E-Book

Laurey Bright

0,0
3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Dejar a Kier Remington había sido duro, pero vivir sin él había sido aún peor. Shahna Reeves nunca había esperado que la buscara y mucho menos que la encontrara, pero Kier había regresado a su vida para recordarle las cosas que había estado intentando olvidar.No había pasado ni un solo día en que Kier no pensara en Shahna, deseando sentirla de nuevo en sus brazos. Se había convencido de que sólo se preocupaba por su bienestar, pero al tenerla de nuevo en su vida, a ella y al bebé cuya existencia desconocía, supo que era mucho más que eso…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 270

Veröffentlichungsjahr: 2018

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Daphne Clair De Jong

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Recuperar la pasión, n.º 55 - julio 2018

Título original: Shadowing Shahna

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-742-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lo vio salir de la bruma.

Las nubes de primera hora de la mañana reptaban por los valles de las colinas azules, abrazando la bahía de Hokianga y asomándose a sus cristalinas aguas. Shahna Reeves, a punto de entrar en su cabaña, se detuvo al oír el petardeo de un motor. Sosteniendo una pequeña cesta de huevos en la mano, observó la blanca proa de una lancha emergiendo de la niebla.

El bote aminoró la velocidad y se acercó al viejo embarcadero. Llevaba dos hombres a bordo. Su piloto y propietario, el fornido Timoti Huria y… De repente Shahna se quedó sin aliento, con el corazón acelerado. El más alto de los dos saltó al muelle y recogió la mochila que le entregó el otro. Llevaba una camiseta gris que resaltaba sus músculos y unos vaqueros caros, de marca. Timoti la llamó en aquel instante:

—Te he traído un visitante. ¿De acuerdo?

El recién llegado, colgándose la mochila de un hombro, alzó la cabeza y la miró con una expresión desafiante en sus ojos azules. No, no estaba de acuerdo. Para nada. Pero si Kier Remington había venido desde tan lejos para verla, resultaba obvio que no iba a conformarse con una negativa. Además, no quería mezclar a Timoti en una discusión.

—De acuerdo. Gracias, Timoti.

Satisfecho, aceleró de nuevo y se alejó del embarcadero, dejando una estela de espuma detrás. Su pasajero subió la pequeña cuesta y se detuvo frente a Shahna. Debido a la pendiente, sus ojos quedaron a la misma altura. La sometió a una inspección detallada: desde su melena rizada de color castaño hasta sus piernas levemente bronceadas, pasando por la ancha camiseta y los vaqueros cortos. Se fijo también en las viejas zapatillas que se había calzado para ir al gallinero. Por último, posó la mirada en la cesta de huevos.

Una sonrisa de incredulidad asomó a sus labios. Shahna recordaba muy bien el contacto de aquellos labios, firmes y suaves, ávidos y ardientes. Para su propia consternación, recordaba con extraordinaria nitidez el deseo que había sentido por él, por sus besos, por sus caricias… Un anhelo familiar y largamente negado asaltó a traición su cuerpo, debilitándole las piernas.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Lo último que había esperado era que Kier fuera a buscarla. La consternación y el entusiasmo batallaban en su interior.

—Creo que eso debería preguntártelo yo.

Desvió la mirada hacia la cabaña. A pesar de la nueva capa de pintura y del tejado de calamina, resultaba obvio que era un edificio muy antiguo, de principios de la era colonial.

—El Hokianga es uno de los lugares más hermosos del mundo —respondió, evitando realmente la pregunta.

Kier se volvió para contemplar la profunda bahía que se internaba en la Isla Norte de Nueva Zelanda, con sus miles de islotes. El sol ya había asomado en el horizonte mientras la bruma empezaba a disiparse.

—Sí que es hermoso. En eso tienes razón.

La cabaña estaba rodeada de césped, donde solían pastar las ovejas. Un grupo de coníferas y palmitos, con helechos gigantes, parecía proteger el claro donde se levantaba. Kier volvió a mirarla y extendió una mano para retirar una diminuta pluma que se había adherido a uno de los huevos.

—Pareces la viva imagen de la madre naturaleza.

Shahna se tensó, incómoda.

—¿Vas a invitarme a entrar?

Sintió una punzada de pánico tan intensa que a punto estuvo de entrar corriendo en la cabaña y cerrar la puerta. Lo cual habría sido una reacción pueril, además de fútil. No tenía otro remedio.

—De acuerdo. Entra —lo invitó, reacia.

Kier dejó la mochila en el banco que estaba al lado de la puerta. El suelo era de madera barnizada y estaba cubierto por coloridas alfombras. La cocina, separada del salón central por un mostrador, era pequeña y estrecha. Shahna había instalado una mesa redonda de comedor y cuatro sillas en el salón, después de que el propietario de la cabaña derribara el tabique que antiguamente separaba las dos habitaciones.

Kier se apoyó en el mostrador y se dedicó a observarla con detenimiento. Parecía un extraño allí, lejos de su ambiente natural y de su propio país, Australia. Shahna casi tenía la sensación de estar soñando, como si su inconsciente lo hubiera conjurado. Sólo que era demasiado real, demasiado masculino, demasiado peligroso…

Guardó los huevos, procurando no mirarlo. Si lo hacía, terminaría cediendo a su hechizo. Intentando adoptar un tono de perfecta naturalidad, le preguntó:

—¿Qué te apetece? ¿Té? ¿Café?

—Café, gracias. Veo que tienes luz y agua corriente —comentó, observando cómo calentaba agua en un recipiente eléctrico.

Disponía de una estufa de leña para calentar agua, pero hacía demasiado calor para encenderla.

—No necesito más —repuso, esforzándose por disimular sus sentimientos. El miedo, la culpable excitación, el maravillado asombro que le producía su presencia.

Kier desvió la mirada hacia el teléfono que estaba sobre el mostrador.

—Tú número no figura en la guía.

—Está a nombre del propietario. La cabaña me la alquila el granjero de al lado. Antiguamente era la casa de los colonos que le arrendaban las tierras.

—¿Las ovejas no son tuyas? —se refería a las que había visto antes, pastando en el césped.

Shahna se echó a reír.

—Los Mckenzie poseen unas cuantas ovejas, aparte del ganado vacuno para su industria lechera.

Sacó dos tazas y un azucarero de un armario, obligándose a mantener ocupadas las manos. Mientras servía el café, vio que lo estaba mirando todo con expresión crítica, incluso despreciativa. El mobiliario no era nuevo. No se lo había podido permitir, pero además le habría parecido poco apropiado para una casa tan antigua. Había elegido tonos pastel para las paredes, la tapicería y los marcos de ventana. Tonos azules que se mezclaban con grises y verdes, con ocasionales toques rosados y malvas. Colores que se asemejaban a la bruma que empañaba las lejanas colinas y a las aguas siempre cambiantes de la bahía.

Fue esa mirada crítica de Kier lo que la ayudó a controlar sus emociones. Hasta el momento, todo indicaba que se trataba de una visita casual. Con un poco de suerte y mucho de autocontrol, lograría sobrevivir con su tranquilidad emocional, su autoestima y su carga de secretos intacta.

—Has salido temprano —le comentó ella. Todavía no eran ni las ocho de la mañana.

—Timoti tenía que aprovechar la marea. Iba a recoger a la hermana de su mujer y aproveché el viaje.

—¿Has desayunado?

—Sí, su encantadora mujer me preparó unos huevos con beicon.

La pareja poseía una pensión en la población costera de Rawene.

—¿Y tú? ¿Qué tal estás? —le preguntó él.

—Bien. Me las voy arreglando —dejó un plato de galletas de coco en la mesa, sirvió los cafés y se sentó.

Se llevó la taza a los labios con las dos manos, para disimular su leve temblor. Kier volvió a mirar en torno suyo, fijándose en el antiguo aparador lleno de platos y tazas, en los tarros de hierbas que había en el alféizar de la ventana, en el escaso mobiliario de la cabaña.

—Todo esto no encaja para nada contigo, Shahna.

Con gesto indiferente, se encogió de hombros:

—Quizá no me conozcas tan bien como creías.

—¿Qué quieres decir? —inquirió de pronto, con tono brusco.

—Lo que he dicho —respondió con frialdad. Pensó que Kier jamás había sospechado lo mucho que la había afectado su relación. Afortunadamente. Nunca se había molestado en averiguarlo. Aunque, para ser justos, había guardado muy bien el secreto.

Kier seguía mirándola, como si esperara más. Pero Shahna no estaba dispuesta a revelarle lo que había mantenido oculto durante tanto tiempo y a un coste tan grande. Aunque sus sentimientos hubieran cambiado a esas alturas, demasiadas cosas se interponían entre ellos. Ya no había marcha atrás.

—Después haber pasado tres años juntos, creo que me debías algo más que tres renglones de despedida.

—Yo no te debo nada, Kier. Eso formaba parte de nuestro… arreglo. Nada de compromisos, ¿de acuerdo? Así era como tú lo querías.

Un leve parpadeo fue el único indicio de su desconcierto.

—Y lo que querías tú también, si mal no recuerdo.

Una vez más, se había engañado a sí misma. Tuvo que recordarse que se había lanzado a aquella relación con los ojos bien abiertos, consciente de las condiciones, y había dicho sí a todo, imaginándose que estaba entrando en el mejor de los mundos posibles. Mucha gente lo habría considerado una locura. A veces hasta ella misma lo pensaba.

—Pues ya no lo quiero.

—¿Y esto sí? —barrió una vez más con la mirada el espacio circundante—. No me lo creo —declaró, rotundo.

—¿Cómo me encontraste? —le preguntó, optando por cambiar de tema.

—Vi parte de tu joyería expuesta en el aeropuerto cuando volé a Auckland para una reunión de negocios y… y cuando terminé me encontré con que me sobraba tiempo —explicó, bajando la mirada mientras acariciaba el borde de su taza con el pulgar.

Así que todo había una simple casualidad. Kier no la había estado buscando durante todo ese tiempo. Una diminuta y fútil chispa de esperanza se apagó en su corazón, dejándole un amargo sabor en la boca.

—¿Te dieron mi dirección en la tienda?

Las elegantes tiendas de recuerdos del aeropuerto eran buenos clientes de su joyería artesanal. Todas sus piezas llevaban una etiqueta con su nombre y su logotipo. No se le había ocurrido pensar que Kier pudiera verlas a la venta en el aeropuerto, en alguno de sus vuelos desde Sydney.

—No fue tan fácil. Pero al menos era un comienzo.

¿Por qué había ido a buscarla? ¿Por curiosidad? ¿Para terminar un asunto empezado? En cualquier caso, estaba claro que una vez que se lo había propuesto, no había parado hasta encontrarla. Era esa férrea determinación, junto con una intuición especial para las inversiones, lo que había convertido a Kier Remington es un hombre rico y respetado.

—Bueno, ahora que ya me has encontrado… ¿qué es lo que quieres?

—Saber cómo estás. Y lo que te ha movido a marcharte.

—Estoy bien. Y me marché porque quise.

Vio que tensaba la mandíbula, apretando los dientes. Era extraño. Kier tenía un gran temperamento que habitualmente mantenía bajo un estricto control.

—Ésa no es una respuesta. ¿Por qué no me dices la verdad?

¿La verdad? ¿Por dónde empezar?, se preguntó Shahna.

—La verdad es que me había cansado de todo. De Sydney, de la competitividad de la vida moderna —«de llevar una vida superficial, de una relación que no me llevaba a ninguna parte, de disimular mis sentimientos porque tú no querías saber nada de ellos, de temer que tú los descubrieras y decidieras romper conmigo tan implacablemente como habías hecho con tus anteriores aventuras», añadió para sus adentros—. Necesitaba… quería algo diferente.

Prefirió no entrar en detalles sobre la razón concreta que había desencadenado esa decisión.

—Pues lo has conseguido.

Era verdad. Había conseguido no solamente alejarse del encanto de Kier, sino de aquel lejano mundo de empresarios y políticos, y de una vida social tan vana como interesada.

En aquel momento, en cambio, estaba plenamente satisfecha con la vida que llevaba. Diseñar joyas artesanales inspiradas en la naturaleza era lo más alejado del mundo que había dejado atrás.

—¿Cuánto tiempo durará esta escapada?

El cinismo que destilaba esa pregunta le puso la carne de gallina.

—El que yo quiera —contestó con tono deliberadamente tranquilo—. Adoro este lugar.

—¿Vives aquí sola?

El corazón le dio un vuelco. ¿Acaso Timoti y Meri no se lo habían dicho? Agradeció inmensamente su discreción. Los habitantes de aquel pueblo se protegían los unos a otros, respetando su intimidad.

—¿Te refieres a si la comparto con un hombre? —evidentemente se refería a eso—. No lo necesito.

—Ya, claro. Tú nunca necesitaste un hombre en tu vida, ¿verdad, Shahna? Sólo compartías tu cama conmigo cuando te convenía.

Cerró con fuerza los dedos sobre su taza, tentada de arrojársela a la cara. ¿Cómo se atrevía a acusarla a ella, y además con aquel tono? Sobre todo cuando le había dejado claro desde un principio lo que pensaba de su relación.

—Tú tampoco me necesitabas a mí. Cualquier otra mujer habría satisfecho tus… necesidades adecuadamente.

Shahna vio que cerraba un puño sobre la mesa. Volvió a abrir la mano antes de responder, dominándose.

—Tú lo hacías más que adecuadamente.

—Vaya, gracias —repuso, ruborizándose muy a su pesar.

Pensó que tal vez Kier la había echado de menos por un tiempo. Habría echado de menos la pasión que le había dado, el gozo que había encontrado en su cuerpo. Ella, en cambio, había suspirado desesperadamente por sus caricias, por su manera de hacerle el amor, a veces tierna, otras lúdica, teñida siempre de la misma dedicación que ponía en su trabajo o en sus actividades cotidianas.

Incluso en la cama su espíritu competitivo había surgido a la superficie, junto con su deseo de perfección. Curiosamente, siempre había sabido percibir sus propias necesidades antes que ella, provocándole sensaciones que jamás había creído posibles. Dejándola cada vez, después de acto amoroso, saciada y feliz, en un estado de eufórica letargia. Aquellos recuerdos la inflamaron de deseo y se apresuró a levantar su taza.

Con una punzada de celos, se preguntó qué cama estaría compartiendo ahora. Aunque no era asunto suyo. Y sentir celos era absurdo. Siempre lo había sido. Habían acordado ser fieles el uno al otro mientras durara su aventura, pero ella le había puesto fin y en aquel momento Kier era libre para acostarse con quien quisiera.

Shahna también era libre, por supuesto. Llevaba siéndolo desde que le dejó una breve nota con la copia que le había dado de la llave de su apartamento de Sydney, un par de horas antes de abordar un avión para Nueva Zelanda.

Aunque volviera a presentársele una oportunidad semejante, no podía imaginarse a sí misma volviendo a desear a otro hombre. Sin quererlo, Kier se había labrado un lugar en corazón. Mientras que ella no había dejado ninguna huella duradera en el suyo.

—Estoy segura de que no anduviste corto de candidatas para ocupar mi lugar.

—Soy exigente —entornó los párpados, disimulando su expresión.

«Y precavido», añadió Shahna para sus adentros. No fue hasta varias semanas después de haberse conocido cuando le pidió que salieran juntos. Y todavía pasaron meses antes de que se acostaran en su apartamento. Kier Remington, millonario hecho a sí mismo, líder de su propia empresa y figura de referencia en el mundo financiero de Australia, era conocido por su rapidez de decisiones, así como por su habilidad para calcular en poco tiempo las posibles consecuencias de cualquier acto. Pero, al mismo tiempo, era capaz de desplegar una paciencia infinita.

Shahna había descubierto que en su vida privada era tan astuto y meticuloso como en sus negocios. Habían pasado cerca de un año durmiendo juntos antes de que él le confesara que, ya desde su primer encuentro, había decidido que fueran amantes. Y que si se había tomado tanto tiempo para llegar a conocerla bien era porque no estaba interesado en una aventura fugaz.

Pero también se había encargado de asegurarle que no le estaba ofreciendo una relación estable, permanente. La única promesa de fidelidad que había estado dispuesto a darle, o a recibir de ella, había quedado restringida desde un principio a una situación de provisionalidad. Cuando cualquiera de ellos quisiera ponerle fin, la relación se acabaría. Sin reproches ni recriminaciones.

Por eso no podía evitar sorprenderse de su actitud. Todo indicaba que lo había molestado que, al cabo de tres años de relación, ella hubiera decidido ponerle fin. Quizá fuera porque la decisión la había tomado ella, y no él. Tal vez no le había gustado perder la iniciativa de esa manera.

Pero Shahna se había visto obligada a tomar esa medida, mientras que él no tenía ni la menor idea de lo mucho que había sufrido antes, durante y después de hacerlo. Y de las inesperadas complicaciones que siguieron, aunque de eso era ella la única culpable. En cualquier caso, lo último que quería en ese momento era enredarlo en ellas. Lanzó una mirada nerviosa al reloj de la cocina.

—¿Tienes prisa? —le preguntó Kier.

—Tengo cosas que hacer —esperaba que hubiera captado la indirecta—. Dentro de un cuarto de hora Timoti pasará por aquí de vuelta con la hermana de Meri. Si lo esperas en el embarcadero, te recogerá.

—¿Tantas ganas tienes de deshacerte de mí?

—No tenemos nada más que decirnos, ¿o sí? —intentó adoptar un tono de indiferencia, cada vez más inquieta—. Te agradezco que te hayas pasado por aquí para verme, Kier, pero como ves, no tienes ninguna necesidad de preocuparte.

—Tengo muchas más cosas que decirte. Y sigo queriendo saber qué fue lo que funcionó tan mal en nuestra relación para que decidieras esconderte en otro país.

—Yo no me escondo de nadie. Sólo quería volver a casa.

—Tú misma me dijiste que aquí no te quedaban ni parientes ni vínculo alguno. Llevabas viviendo fuera de Nueva Zelanda desde… ¿cuándo? ¿Desde que tenías veinte años?

—Dieciocho. Pero no es un problema de vínculos familiares. Hay otras cosas que he echado de menos. Cosas de las que no era consciente que echaba en falta hasta que…

—¿Hasta que qué? —Kier se inclinó hacia delante—. ¿Se trata de algo que yo hice?

Shahna sonrió débilmente.

—Te recuerdo que no todo el mundo gira en torno a ti… No, simplemente un día decidí que no me gustaba la vida que estaba llevando. Así que la cambié.

Se la quedó mirando fijamente, evidentemente incapaz de comprender su decisión.

—¿Qué tenía de malo esa vida? Tenías un trabajo interesante en el que estabas triunfando, tu propia familia, amigos… y, al menos eso pensaba yo, una satisfactoria vida amorosa.

Todo eso era cierto. Shahna estaba ganando un gran salario en una empresa de publicidad. Había empezado a trabajar en su departamento artístico y acababa de descubrir que poseía un gran talento imaginativo a la vez que sentido de la organización del trabajo, motivo de su rápida promoción profesional. Se había comprado un apartamento, cerca de la sede de la compañía y con unas espectaculares vistas del puerto de Sydney.

Sus amigas eran prometedoras empleadas que vivían para su trabajo y aprovechaban al vuelo la menor oportunidad para escalar puestos. Durante un tiempo había sido divertido y estimulante vivir en aquel mundo que tan poco tiempo dedicaba a la introspección, a la reflexión sobre la propia vida. Y Kier Remington había formado parte de aquel mundo.

Su jefe la había llamado un día a su despacho para presentarla como una de sus más jóvenes promesas, a la que pensaba poner al frente de la campaña publicitaria de Remington. Cuando entró, Kier se levantó inmediatamente para saludarla. Al instante, su mirada azul la deslumbró. A juzgar por todo lo que había oído sobre él, había esperado encontrarse con un hombre frío, inexpresivo, duro. Porque algo de dureza habría de debido necesitar para llegar hasta donde había llegado con tan sólo veintinueve años.

Por aquel entonces había saltado a los titulares por culpa de los planes de remodelación que había llevado a cabo en una de sus empresas. Altos ejecutivos se habían visto de repente privados de sus puestos. Los medios habían acosado a Kier, que se había limitado a no hacer comentarios. Era comprensible que quisiera lavar la imagen de su compañía con una eficaz campaña publicitaria.

Lo que Shahna no pudo imaginar era que su sonrisa la haría ruborizarse como una colegiala. Ni el brillo de humor y de interés inequívocamente sexual que asomó a sus ojos. Ya durante aquel primer encuentro no se molestó en disimular la inmediata atracción que parecía haber sentido por ella.

Cuando se marchó, Shahna se sintió aliviada y decepcionada a la vez. Por supuesto que resultaba halagador que un hombre tan atractivo como Kier Remington se hubiera mostrado tan interesado por ella. Pero no debía distraerse. Diseñar la campaña de Remington era un paso de coloso en su carrera, y no quería arriesgar sus buenas perspectivas laborales mezclando el sexo con los negocios. Demasiada gente había perecido en el empeño de compaginarlos.

No volvieron a tener ningún contacto hasta que Shahna empezó a trabajar en la campaña y lo telefoneó con una lista de sugerencias. Después de escucharla, Kier le sugirió con tono enérgico:

—Necesitamos vernos para analizar todas esas ideas tuyas. ¿Quedamos a comer? ¿Qué tal lo tienes mañana?

Se lo preguntó con un tono tan profesional, tan distante, que le fue imposible negarse. A su llegada al restaurante, la saludó con un brillo burlón en los ojos mientras ella le lanzaba una mirada helada. Su trato, sin embargo, fue absolutamente correcto y en ningún momento abordó ningún tema que no estuviera relacionado con su trabajo.

Sí, Kier era un hombre muy inteligente. Y calculador. Cuando descubrió la maestría con que había hecho su juego, con una campaña tan sutil como efectiva, se quedó estremecida. Pero para entonces ya era demasiado tarde.

 

 

Sentada frente a él, volvió a experimentar aquel mismo estremecimiento. Una vez que Kier tomaba una decisión, nada lo detenía. Se levantó con la taza en la mano, esperando que se marchara de una vez.

—¿Y bien? ¿Qué haces aquí durante todo el día?

No pudo evitar lanzarla una agónica mirada al reloj.

—Tengo un taller fuera —señaló por la ventana la esquina de un pequeño edificio, a unos metros de la casa—. Es un lavadero restaurado. Ahí es donde trabajo.

—¿De nueve a cinco? —preguntó Kier, mirando también el reloj.

—No exactamente. Cuando yo… bueno, trabajo las horas que me apetece —dejó su taza en el fregadero. No pensaba rellenarle la suya—. Si quieres que te lleve Timoti… —añadió, desesperada.

—Ya le dije que no pensaba volver a Rawene hoy.

—¿De veras? —se acordó de la mochila que llevaba—. ¿Estás de vacaciones? —inquirió, nerviosa—. ¿Qué planes tienes?

—No tengo ningún plan fijo —respondió al cabo de un tenso silencio—. Excepto verte, hablar contigo, enterarme de lo que haces. ¿Por qué tienes tantas ganas de que me vaya?

De repente, un leve murmullo llegó hasta sus oídos procedente de la habitación contigua, seguido de los gorjeos de un bebé:

—¡Ma-má!

Kier se quedó muy quieto. Su rostro parecía una máscara de mármol. Shahna se había quedado paralizada, con nudo en el estómago y el pulso atronándole las sienes.

—¡Eso es un bebé! —constató Kier lo evidente, apretando con tanta fuerza su taza que los nudillos se le pusieron blancos.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Shahna salió por fin de su mutismo:

—Sí.

Podía decirle que estaba trabajando de niñera, intentar engañarlo de alguna manera. Pero Kier, lo sabía perfectamente, no se dejaría engañar. Y además, ¿qué sentido tenía mentir? Habría acabado por descubrirlo tarde o temprano.

—¡Ma-má!

—Será mejor que te vayas —le dijo a Kier—. Tengo que levantarlo.

—¡Yo no me voy a ninguna parte!

—Ma-má —el grito era ya más desesperado, seguido de un corto silencio y, por último, de un sonoro llanto.

—Tengo que levantarlo —repitió Shahna, distraída, dirigiéndose al dormitorio.

 

 

Un bebé. Kier se sintió como si acabara de recibir un puñetazo en el estómago.

Shahna tenía un bebé. No podía dejar de pensar en ello. Durante todo el tiempo que habían estado juntos, nunca le había dicho o dado a entender que deseara tener niños. Él había confiado en que no dejaría de tomar la píldora.

Y minutos antes le había dicho que no vivía con ningún hombre… Aunque eso no significaba necesariamente que fuera célibe. Después de todo, ella tampoco había vivido con él, sólo se habían acostado juntos de manera regular, sin mezclar sus respectivas vidas. «Un arreglo conveniente», como ella se había encargado de recordarle.

Un arreglo que había convenido a Kier. Pero sólo al principio.

No sabía muy bien cuándo había empezado a encontrarlo cada vez menos satisfactorio, o a acariciar la idea de pedirle que se fuera a vivir con él, algo a lo que había renunciado porque Shahna se había mostrado perfectamente contenta con la vida que llevaban. Y porque había necesitado estar absolutamente seguro de ella antes de atreverse a dar un paso semejante y arriesgarse, por ejemplo, a perderla. Una perspectiva que le había hecho sentir cosas que no había sentido en años, incómodamente cercanas al miedo y a la impotencia. Una perspectiva que, en suma, lo había hecho dudar a la hora de poner en peligro lo que ya tenía.

A pesar de aquellos tres años de relación inmensamente satisfactoria en el plano sexual, seguía teniendo la sensación de que apenas había arañado la superficie, el intrigante aspecto exterior de la personalidad que le había mostrado durante su primer encuentro. Por ese motivo había temido su reacción en caso de que le hubiera planteado su deseo de una mayor intimidad.

De alguna manera, Shahna se le había metido en la piel, al contrario que todas sus amantes anteriores. Había algo diferente en ella, algo que le hacía ansiar, anhelar mucho más. No sólo su cuerpo hermoso y su mente rápida y sutil, con aquella creatividad que la hacía destacar tanto en su trabajo, sino sobre todo a la verdadera Shahna que se ocultaba debajo…

Pero justo cuando ya había empezado a pensar en una estrategia para convencerla de que fuera a vivir con él… ella se marchó. Se evaporó en el aire, sin previo aviso, sin ninguna explicación. Nada excepto una nota de tres líneas agradeciéndole los buenos momentos que habían pasado juntos.

Nunca en toda su vida se había sentido tan furioso. No tenía sentido decirse que había tenido perfecto derecho a marcharse de esa manera, que él no le había pedido explícitamente nada más, que no le había prometido nada. Lo súbito de su marcha, la falta de toda razón aparente, lo habían hecho sentirse humillado.

Y ese día, cuando llegó a su cabaña, toda aquella furia y aquella humillación lo habían asaltado de golpe una vez más. Parecía distinta, algo más rellenita que la última vez que la había visto, como más dulcificada. Llevaba el cabello más corto, con su rizado natural. Y no se había maquillado. Estaba más deseable que nunca. Sin siquiera tocarla, su cuerpo había reaccionado de la misma forma que siempre…

No era que fuera más hermosa que las numerosas mujeres con las que había tenido ocasión de relacionarse. Ni más inteligente. Precisamente durante el último año y medio, en vez de lamentar la pérdida de Shahna, se había dedicado a frecuentar a algunas de esas mujeres. Incluso se había propuesto acostarse con ellas. Pero antes de que llegara ese momento, y muy a su pesar, había perdido todo interés. Ninguna de ellas era Shahna.

Era Shahna quien lo atormentaba en sueños, a quien ansiaba abrazar por las mañanas antes de que se hubiera despertado del todo. Era su perfume el que aún impregnaba su apartamento, sorprendiéndolo a traición cuando abría la puerta de un armario. O cuando encontraba su lencería de encaje y seda en un cajón de la cómoda, o sus cremas en el armario del cuarto de baño, todo lo cual se había olvidado de llevarse dado lo apresurado de su marcha. O quizá las había dejado allí a propósito, tal y como había dejado las joyas que él le había regalado por su cumpleaños o por Navidad, argumentando unos principios éticos que sólo ella compartía. Su rechazo de aquellas joyas tan caras lo había disgustado, pero reconocía y respetaba la integridad de su actitud.

Seguía oyendo el llanto del bebé, y a Shahna tranquilizándolo con palabras que no alcanzaba a distinguir. Un nudo de temor le atenazó el estómago. De repente apareció en el umbral, con la criatura en los brazos. Kier no sabía mucho de bebés, pero aquél no era un recién nacido. Pataleaba con sus regordetas piernecillas mientras Shahna lo sostenía contra su cadera. Llevaba un peto rojo y blanco y una camiseta amarilla. Aquella visión lo dejó conmocionado. Nunca la había visto antes con un niño en los brazos.

El bebé giró la cabecita hacia él, agitando su pelo oscuro y rizado, y se lo quedó mirando con sus grandes ojos azules durante unos segundos. Hasta que enterró el rostro en el hombro de su madre.

—Te presento a Samuel —le dijo a Kier—. Más popularmente conocido como Scamp.

 

 

Shahna le sostuvo la mirada. No tenía otro remedio. Kier parecía un boxeador noqueado. Se había quedado absolutamente inmóvil, mirando a Scamp como si fuera la primera vez que viera a un bebé.

Lo bajó al suelo, pero el niño le echó los brazos, temeroso del extraño. Se acercó al banco de madera que estaba al lado de la puerta y se sentó con él en las rodillas, para que inspeccionara al visitante a una prudente distancia.

Vio que Kier tomaba aire para espetarle, furioso:

—Deberías habérmelo dicho.

Pensó que quizá debería haberlo hecho, en lugar de haber esperado a que se marchase antes de que se despertara Samuel, evitándose así cualquier explicación. Porque ahora estaba deseoso de hacerle preguntas. Y quería respuestas.

El bebé la miró con expresión interrogante y Shahna le lanzó una sonrisa tranquilizadora, como diciéndole que todo estaba bien, que ella lo protegería de aquel hombre furioso. Porque Kier estaba furioso. Podía verlo en la tensión de su mandíbula, en el fuego azul que despedían sus ojos.

—Te enterraste en vida en este lugar por él, ¿verdad? Una decisión un tanto exagerada…

—No me avergüenzo de él, si es eso lo que estás insinuando —replicó, indignada—. Mucha gente sabe que soy madre soltera. Aquí, por lo menos, lo sabe todo el mundo.

Kier pareció hacer un esfuerzo por tranquilizarse, pero seguía apretando los labios.

—Yo no.

Samuel miró de nuevo a su madre, perplejo. Shahna le tomó la mano.

—No pasa nada, Scamp. Tenemos visita —miró a Kier, y el bebé siguió la dirección de su mirada.

Decidiendo aparentemente que no corría ningún peligro, Samuel soltó un gorjeo. Shahna lo bajó al suelo y el crío empezó a gatear velozmente hacia Kier.

Lo observó con una especie de inquietud, hasta que la cabeza de Samuel chocó casi contra sus piernas. Seducido por los cordones de colores de sus botas de montaña, el niño tiró de uno de ellos y se llevó el extremo a la boca, sentándose al mismo tiempo en el suelo.

—¿Es seguro que haga eso? —le preguntó a Shahna, pero no esperó su respuesta. Siguiendo un impulso, se agachó para tomarlo en brazos y se sentó con él a la mesa.

Pero en lugar de quedarse sentado en sus rodillas, Samuel se irguió y alzó los brazos, gorjeando. Quería dar saltos. Kier tardó en captar la idea. El niño gorjeó, feliz, disfrutando del juego.

Su rígida expresión empezó lentamente a relajarse. Parecía asombrado, casi sobrecogido. Shahna se rió para sus adentros.

—Es fuerte —comentó, sorprendido, mientras Samuel saltaba una vez más sobre sus muslos.

Shahna sonrió, orgullosa de su hijo. Durante las primeras semanas que siguieron al parto había estado muy preocupada, pero ahora era un niño sano, lleno de energía. Había empezado a caminar apoyándose en los muebles, aunque por el momento seguía prefiriendo el gateo. Cansado ya del juego, Samuel se quedó sentado y se dedicó a estudiar el rostro de Kier, alzando una manita para acariciarle una mejilla. Incluso dijo algo en un tono satisfecho. Luego le agarró la camiseta con su puñito, a la altura del pecho, y empezó a chupársela.

—¡Eh! —Kier intentó retirarle la mano suavemente—. Eso no es comestible…