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Cuando sus miradas se cruzaron en aquella fiesta, Alysia no habría podido imaginar que se casaría con el más fiel ayudante de su padre... ni que su boda sería más una fusión que un matrimonio por amor. Pero Alysia Kingsley era la heredera de un imperio empresarial y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de proteger un legado que era suyo por derecho, aunque eso significara casarse con un hombre que no la amaba... En realidad, Chase Osborne la deseaba con todas sus fuerzas y, a pesar del nerviosismo propio de su inexperiencia, Alysia esperaba con impaciencia la noche de bodas. Por muchos secretos que tuviera, Alysia sabía que Chase la trataría muy bien, pero ¿podría amarla cuando se enterara de que su "pequeña" no era exactamente como él creía?
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Daphne Clair de Jong
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Heredera y esposa, n.º 1706 - noviembre 2015
Título original: The Heiress Bride
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7316-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si te ha gustado este libro…
ERA UNA noche de verano húmeda, y la fiesta navideña anual del Clarion estaba en pleno apogeo. Alysia comprobó que todos los invitados se divertían y se detuvo ante las puertas del salón. Su padre, con una copa de vino en la mano, estaba rodeado de empleados. Spencer Kingsley era un hombre grande. Con su pose confiada, su voz de barítono y facilidad para expresarse, todo el mundo le prestaba atención. Solo una persona parecía no hacerle caso: Chase Osborne, el redactor jefe, que observaba ausente su copa.
Alysia lo observó. Chase alzó su cabeza morena, la miró directamente con sus ojos verdes, sin pestañear, y asintió cortésmente. Acto seguido desvió la vista hacia su padre, que se echaba a reír imitado por los empleados.
Chase apenas se había percatado de la presencia de Alysia, a pesar de su vestido de gasa verde que dejaba al descubierto brazos y hombros de fina piel, y enfatizaba el tono de sus cabellos rubios y ojos verdes, del mismo tono que los pendientes de jade. Los ojos de Alysia eran el rasgo más destacado. No era una gran belleza, pero aquella noche muchos de los invitados habían comentado favorablemente su aspecto. Incluso su padre había dicho que jamás había estado tan bella, lo cual había encendido en ella una llama de emoción. Para Chase Osborne, Alysia habría podido ser simplemente una pieza más del mobiliario.
–¡Allie! –la llamó Howard Franklin, el director de publicidad, una de las pocas personas que tenía por costumbre usar un diminutivo–. ¡Qué fiesta tan estupenda, has hecho un gran trabajo!
–Gracias, Howard. Espero que Mollie y tú os lo estéis pasando bien.
Todo el mundo parecía estar pasándolo bien. Los jóvenes estaban en la piscina y en la sala de juegos, unas cuantas parejas bailaban en la terraza, y el resto se reunía en el salón.
–Estupendo, estupendo –aseguró Howard–. Pero no estás bebiendo nada. Estás muy ocupada, con tantos invitados. Deja que te sirva una copa.
Howard la tomó del brazo y la guió a la mesa de las bebidas. Al llegar, un hombre de rostro sonrosado se volvió hacia ellos con dos jarras de cerveza. Era Verne Hastie, el jefe de imprenta.
–¡Allie, cuánto tiempo sin verte! ¡Y cuánto has crecido! –exclamó observando su vestido de tirantes finos, hasta los pies, y cuerpo ajustado. Alysia lo miró nerviosa. Verne sonrió en dirección a Howard–. ¿Cómo es que un viejo feo como tú está con la chica más guapa de la fiesta?
–Solo iba a ofrecerle a Alysia una copa –contestó Howard–. ¿Qué quieres tomar, Allie?
–Ginebra con tónica de limón –respondió Alysia aliviada, al ver marcharse a Verne–. Bien cargado.
–Bueno, ya has cumplido los veintiuno –rio Howard sirviendo la copa–. Toma.
Alysia dio un largo trago dejando que su mirada vagara por el salón. Enseguida se encontró con la de Chase Osborne, pero en esa ocasión él parecía alerta. Luego Chase bajó la vista, comprobando aparentemente el nivel de la copa de Alysia, y volvió a levantarla hacia ella con una expresión de curiosidad y algo más, que hubiera podido ser, quizá, preocupación.
De pronto el sonido de una cuchara chocando contra el cristal de un vaso llamó la atención de Alysia. Era su padre, de pie, muy cerca de Chase. Alguien apagó el equipo de alta fidelidad, y la gente se reunió en el salón. Spencer se aclaró la garganta y dijo, en voz alta:
–La Navidad es una fiesta familiar, y ya que todos formamos parte de la familia Clarion, creo que este es el mejor momento para anunciar algo.
Spencer miró a su alrededor. Alysia sintió una viva emoción en su interior. No esperaba un anuncio oficial. Seguramente, a esas alturas todo el mundo sabría ya que en breve se incorporaría al Clarion. Era su primer empleo, tras terminar la universidad.
–Los años no pasan en balde –continuó Spencer sonriendo y haciendo una pausa, que los invitados aprovecharon para murmurar y reír–, es hora de pensar en el futuro. Es bueno que entre sangre joven en cualquier empresa, y el Clarion no es ninguna excepción. Por eso he decidido crear el cargo de editor suplente.
¿Editor suplente?, se preguntó Alysia temblorosa. No era un cargo cualquiera, no ocuparía un puesto inferior, en la sala de prensa. En lugar de ello, Spencer había creado un nuevo cargo solo para ella. Quizá el curso financiero que había hecho antes de asistir a la Escuela de Periodismo le hubiera hecho pensar que sería más útil en dirección. No obstante, Alysia había esperado comenzar desde abajo, no ser presentada en la empresa directamente a su lado. Cohibida y entusiasmada, Alysia dio un paso al frente.
–Así que... –continuó Spencer alzando su copa–... bebed a la salud de mi mano derecha, el director suplente del Clarion –Spencer se giró en dirección a Chase y puso un brazo sobre sus hombros–. Chase, el cargo es tuyo. Felicidades.
Alysia palideció. Se quedó helada, trémula. Todo el mundo alzó su copa y gritó, incluso hubo aplausos. Por suerte, nadie observó su reacción. Había estado a punto de hacer el ridículo. Spencer estrechó la mano de Chase, que sonreía.
–Muchas gracias, Spencer. Es un verdadero honor ver cuánta confianza depositas en mí.
«Adulador, servil», pensó Alysia con un amargo sabor de boca. Mientras la gente se amontonaba para dar la enhorabuena, Alysia abandonó el salón casi corriendo, en dirección al jardín de atrás. Tenía que salir de allí. Se sentía traicionada.
Bajó las escaleras del porche y cruzó el pequeño prado iluminado por la luz de la luna, bordeado de exóticos hibiscus, rosas y lavanda. Las hojas del árbol de la pimienta rozaron su rostro sobresaltándola, pero Alysia continuó corriendo. Al fondo, un camino entre espesos arbustos llevaba a la pequeña tapia que servía de límite a la propiedad y, al mismo tiempo, de banco para sentarse y disfrutar de las vistas. Más abajo, en la distancia, se extendía un mar de luces dividido en dos por el serpenteante y negro río que atravesaba la ciudad. Y más allá de las luces, una cadena de colinas formaba otra línea negra bajo las estrellas y la pálida niebla blanquecina de la Vía Láctea.
Alysia se sentó en el murete, observando con mirada ausente las luces de la ciudad, que imitaban las estrellas del firmamento. El disgusto fue pasándosele paulatinamente, mientras se repetía en silencio que era una estúpida. Aquello no significaba que su padre no la quisiera, simplemente era demasiado joven y carecía de experiencia. Sencillamente, tendría que superarlo. En cuanto comenzara a trabajar, le demostraría de qué era capaz, se convertiría en la mejor periodista del Clarion. Mejor incluso que Chase Osborne. Y en unos años, su padre le ofrecería el puesto que le correspondía por derecho, como heredera de los Kingsley. Porque se lo habría ganado.
Alysia permaneció inmóvil, sin oír siquiera el ruido de la fiesta, hasta que la brisa que subía del río la hizo estremecerse. Entonces se frotó los brazos, se levantó, y gritó al ver un bulto negro de pie, a escasos metros.
–No pretendía asustarte –dijo Chase Osborne.
–¿Cuánto tiempo llevas ahí? –preguntó ella con aspereza.
–Tu padre me ha mandado a buscarte –contestó él tras una pausa.
–¿Y cómo sabías que estaba aquí?
–Me ha costado encontrarte. ¿Te encuentras bien?
–¿Y por qué no iba a estarlo? –contestó ella con otra pregunta, ruborizada, esperando que él no adivinara el motivo.
–Antes, en la fiesta, me pareció que te bebías la copa de un solo trago.
–Sé lo que hago. Era solo un gin tonic de limón, y ni siquiera lo terminé –contestó Alysia–. Estoy bien.
–Es una vista magnífica, ¿verdad? –comentó él acercándose y mirando para abajo.
La manga de la chaqueta de Chase le rozó el brazo. Alysia se estremeció y se echó involuntariamente a un lado. Chase volvió la cabeza. A pesar de la oscuridad reinante, ella pudo adivinar una sonrisa curiosa en él, antes de que volviera de nuevo la vista hacia el paisaje.
–Seguro que la has visto muchas veces.
–Nunca de noche –respondió él–. Los dominios de los Kingsley...
–Solo es una ciudad –respondió ella a la defensiva.
–La ciudad de tu familia –añadió él volviéndose hacia Alysia.
–No es nuestra. Ya no.
–En tiempos de tu tatara-tatarabuelo...
–Eso fue hace mucho –lo interrumpió Alysia. Jasper Kingsley, un inmigrante inglés, había comprado las tierras a la tribu local y había construido una ciudad a orillas del río, pero siglo y medio después la ciudad había crecido y todo había cambiado–. Ahora solo tenemos la casa y el periódico –señaló Alysia–. Y algún edificio viejo que otro.
–Sí, pero esos edificios están en puntos estratégicos –le recordó Chase–. Deben valer una fortuna, tal y como está el mercado. Y algún día todo será tuyo.
–Espero que falte mucho.
Chase se volvió y cambió de postura, de modo que pudiera ver el paisaje por encima del hombro de ella. Le bloqueaba el camino. Cuando ella dio un paso adelante, él no se inmutó. Alysia alzó la vista hasta su rostro, iluminado a medias por la luz de la luna. Jamás lo había considerado un hombre particularmente guapo, tenía unos rasgos demasiado duros. Sí era impactante, sin embargo, y de cerca tenía un aire formidablemente masculino. No recordaba haber estado a solas con él en ninguna ocasión, a menos que contara las veces en que le había abierto la puerta. Respiró la fragancia que emanaba de él. De pronto el ruido de la fiesta se le hizo distante. La luna desapareció detrás de una nube, aumentando la oscuridad. Alysia dio un paso atrás y tocó el murete con las piernas.
–A propósito, enhorabuena.
–Gracias. ¿Por qué tengo la sensación de que mi nombramiento no te ha emocionado, precisamente?
–Lo que mi padre haga en el Clarion es solo asunto suyo... al menos por ahora.
Entonces se hizo un silencio muy significativo, mientras Chase daba el sentido exacto a las palabras de Alysia, que suponían una advertencia.
–Esperas con ansiedad el futuro, ¿no es eso? ¿Quieres que tu padre se retire?
–¿Lo esperas tú?
Ambos se miraron, pero ella apenas pudo acertar a interpretar su expresión, en medio de la oscuridad.
–Yo no soy un Kingsley.
–No necesitas preocuparte por tu empleo, aún.
–¿Acaso he dicho que estuviera preocupado? –preguntó Chase confiado, divertido, como si no viera en ella una amenaza.
–Para cuando mi padre se retire, tú ya habrás encontrado pastos más verdes. Yo no voy a retenerte.
–¿No? –preguntó él metiéndose las manos en los bolsillos y ladeando la cabeza.
Alysia comprendió perfectamente el segundo sentido que Chase había dado a sus palabras. No pudo evitar ruborizarse.
–Eres ambicioso. Puede que mi padre piense que te quedarás con él por lealtad, pero...
–¿Y tú?, ¿qué crees tú?, ¿pretendes decirme que esta ciudad no es lo suficientemente grande para los dos?
–¿Es lo suficientemente grande para ti? –preguntó Alysia.
A ojos de Alysia la respuesta era no. Por respetable y provechoso que resultara un empleo en un periódico local, no era sino un paso más en la brillante carrera profesional de Chase.
–Eso depende.
–Mi padre no va a dejar el control del periódico en manos de nadie, de momento. Y siempre ha permanecido en manos de la familia.
–Y tú eres la única heredera.
–Dentro de cinco o diez años....
–¿Crees que para entonces estarás preparada para tomar las riendas? –preguntó Chase.
Alysia apretó los dientes. El dolor de cabeza que había comenzado a sentir al hacer el anuncio su padre se intensificó. No había pretendido llegar tan lejos, pero si Chase Osborne creía que llegaría a editor jefe, cargo que había ocupado siempre un Kingsley, había llegado la hora de que alguien le hiciera poner los pies en la Tierra. En realidad, lo más justo era decírselo alto y claro. Alysia respiró hondo y comenzó:
–Si mi padre quiere que yo, a falta de otro...
–Yo no he dicho que él te quiera a ti.
El desagrado personal que le había producido Chase, debido a su nombramiento, cristalizó de pronto en verdadero antagonismo.
–Has dicho que...
–Que me ha mandado a buscarte –la interrumpió Chase–. Se preguntaba dónde te habías metido.
–Bueno, pues ya me has encontrado. Ahora, o vuelves y le dices dónde estoy, o te apartas de mi camino.
–A su debido tiempo, princesa –alegó Chase sin moverse un ápice–. No soy tu lacayo.
El corazón de Alysia retumbaba inexplicablemente en el pecho. Él no se había movido, pero podía notar su enojo, tras aquel tono de voz amable y cortés.
–No, eres el lacayo de mi padre –respondió ella dando rienda suelta a un miedo irracional, alzando la cabeza arrogante.
Chase la contempló, dominándose hasta un punto inexplicable. De pronto la luna salió de su escondite, pero Alysia solo pudo ver el brillo de sus ojos. Chase hizo un ruido extraño, un ruido ronco que bien hubiera podido ser el comienzo de una carcajada, y contestó con otra pregunta:
–¿Es eso lo que piensas? Spencer no es más que mi jefe.
–Y por eso saltas cuando te ordena que saltes, y vas en busca de su hija cuando te lo manda. No sabía que esas tareas formaran parte de tu trabajo, como editor suplente.
–Forman parte del hecho de ser un invitado en la casa –respondió Chase–. Spencer no quería abandonar la fiesta, siendo el anfitrión. Pero supongo que tú no querías que te encontraran, claro.
–No, habría vuelto en unos minutos.
–Bien, entonces... –contestó Chase echándose a un lado al fin, para que ella pasara delante–... te acompaño.
Alysia pasó rápidamente por delante. Chase la siguió, sin decir una palabra. Ella podía sentir su mirada, clavada en la espalda. Al llegar al árbol de la pimienta él la adelantó para levantar las ramas y rozó su hombro desnudo con la chaqueta. La casa, iluminada de un extremo al otro, se alzaba ante ellos. Chase la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta. Sorprendida, Alysia alzó el rostro para preguntar:
–¿Qué ocurre?
–Solo esto –dijo él deslizando un brazo por su cintura y atrayéndola hacia sí.
El cuerpo de Alysia se curvó ante aquel brazo de hierro, mientras echaba involuntariamente atrás la cabeza, aturdida, antes de que él posara los labios sobre los de ella. Chase hizo caso omiso de su sobresalto y la agarró de la nuca, mientras exploraba su boca expertamente.
Demasiado sorprendida en un principio como para resistirse, Alysia permaneció inmóvil. Inmediatamente después, sin embargo, cerró con firmeza los labios oponiéndose a aquel seductor beso y tensó todo su cuerpo. Podía sentir la fuerza de los músculos de sus brazos, sujetándola. Los labios de Chase insistían en obtener respuesta. Alysia contó hasta diez, negándose a obedecer a su instinto. Chase enredó los dedos en sus cabellos y continuó, insistiendo en abrir su boca. Hasta que Alysia le mordió el labio inferior. Entonces gimió con voz profunda y alzó el rostro, liberándola. Los tacones de Alysia se habían hundido en el barro, haciéndola oscilar. Chase la agarró de la cintura abrazándola y sujetándola. Cuando por fin recuperó el equilibrio, Alysia descubrió que Chase reía. Se tocó el labio por donde ella lo había mordido, y dijo:
–No esperaba esto.
–¿Y qué esperabas, entonces? –preguntó ella en voz baja, trémula y enfadada, pero también excitada.
–Lo que has hecho al principio, hacerte de piedra –confesó él con franqueza–. Era bastante efectivo, además. Pero esto... –continuó en tono especulativo y lleno de respeto, volviendo a tocarse el labio–... es interesante.
Chase no le había hecho daño, pero su gesto había sido una expresión de poder. Ella se había burlado deliberadamente de él, invitándolo a tomarse la revancha. Y eso era lo que él había hecho, demostrándole que no iba a permitírselo. Hirviendo de rabia por dentro, pero sin dignarse a contestarle o a dejarse llevar por la tentación de abofetearlo, cosa que sin duda habría provocado en él una carcajada, Alysia dio media vuelta y se encaminó hacia la casa. Al llegar a los escalones, no obstante, él la había alcanzado.
Dentro el ambiente estaba cargado. Spencer despedía a los invitados en la puerta principal. Al ver aproximarse a Chase y a Alysia, exclamó:
–¡Aquí estáis! Ven a despedir a Howard y a Mollie, Alysia.
Alysia esperaba que Chase se marchara, pero en lugar de ello permaneció a su lado, junto a la puerta, y, tras despedirse Howard, dijo:
–Bien, yo también me voy.
–¡Pero si aún es pronto! –protestó Spencer–. Los jóvenes están bailando. ¿Por qué no vais a uniros a ellos? Alysia se merece un poco de diversión.
–¿Alysia? –preguntó Chase volviéndose hacia ella con perfecta cortesía, en tono de invitación.
–Gracias, pero me duele la cabeza, y la música está muy alta –se excusó ella.
–Quizá prefieras irte a la cama –sugirió Chase con un brillo malicioso en los ojos.
–Primero debo despedir a los invitados –respondió ella esbozando una expresión cortés–. ¿No te ibas?
Spencer la miró con sorpresa y desaprobación, pero Chase sonrió y contestó:
–Si no quieres bailar conmigo...
De improviso la sonrisa de Chase le resultó increíblemente atractiva. Él parecía haber olvidado su apasionamiento y enfado del jardín, pero Alysia no lo había olvidado.
–Creo que ya te has divertido bastante.
–Más de lo que esperaba –aseguró él–. Gracias por esta velada tan... estimulante. Ha sido una gran fiesta –añadió dirigiéndose a Spencer, que parecía no haberse dado cuenta de nada.
Verne Hastie se acercó a despedirse. Alysia esbozó una falsa sonrisa y volvió el rostro mientras él la besaba en la mejilla.
–Deberíamos invitar más a menudo –sugirió Spencer al cerrar la puerta, una vez solos–. El Clarion es como una familia, los empleados necesitan sentirse parte integrante del periódico.
–¿Una familia?
–Los jóvenes necesitan sentir que pertenecen al periódico –continuó Spencer–. Este año he perdido a dos. Volaron.
–Hoy en día no hay mucha gente que permanezca en la misma empresa toda la vida.
–Lástima –se lamentó Spencer–. No hay sentido de la continuidad, de la lealtad.
Para después de Año Nuevo, sin embargo, ganaría una joven y nueva empleada: Alysia. Y ella jamás se marcharía. A Chase conseguiría retenerlo unos pocos años. Por lealtad, por gratitud hacia la rápida sucesión de promociones de que había sido objeto. Pero la misma ambición que Spencer tanto admiraba en él, lo llevaría a abandonarlo algún día. ¿Es que Spencer no se daba cuenta?
–Chase Osborne no puede progresar ya más en el Clarion, ¿no?
–No le he enseñado todo lo que sé para verlo abandonarme por un periódico de una gran ciudad. Él sabe que haré lo que sea por él –contestó Spencer con mirada penetrante, al tiempo que su mente parecía estar en otra parte.
Los Kingsley siempre habían ocupado los puestos más importantes en el periódico. Era la tradición, la empresa era familiar. ¿Habría puesto los ojos Chase en otro periódico de más envergadura?, se preguntó Alysia mientras se preparaba para marcharse a la cama. ¿Era esa la razón por la que Spencer había creado ese prestigioso nuevo puesto, solo para él? Y si era así, ¿lograría ese empleo retenerlo, sabiendo que no podía llegar más lejos?
Alysia se revolvió en la cama, repitiéndose una y otra vez que el hecho de que Chase se marchara no tenía ninguna importancia, excepto porque decepcionaría a su padre. Se pondría furioso. Chase Osborne era un verdadero oportunista, por naturaleza. No había más que ver la forma en que había ido progresando en la empresa, desde el puesto inferior de reportero, mientras otros empleados mayores y con más experiencia seguían aún en la sala de prensa. Chase era el ojito derecho de su padre. Y su meteórica carrera debía haber suscitado envidias. Pero, según parecía, a Chase le importaba tan poco como a Spencer.
El sueño comenzó a apoderarse de Alysia, que revivió entonces una vez más el beso bajo el árbol de la pimienta. Se esforzó por abrir los ojos y se dio la vuelta en la cama.
Chase Osborne solo trataba de aprovechar al máximo todas las oportunidades. En el jardín, se había comportado pura y simplemente como un oportunista. Y se había quedado de piedra, al ver la reacción poco entusiasta de Alysia, ante él y ante su nuevo ascenso. Achispado por la bebida, quizá, se había atrevido a besar a la hija del jefe. Deseaba verla sucumbir ante él, ya que su alto puesto en el periódico no parecía haberla impresionado. Era una forma primitiva de afirmar su poder. Y quizá se arrepintiera. Si Alysia se quejaba ante Spencer, podía perder su puesto de favor.
Alysia consideró la idea, pero la descartó de inmediato. Spencer le diría que estaba haciendo una montaña de un grano de arena. Eso, si es que la creía. De pronto amargos recuerdos la asaltaron, pero decidió firmemente olvidarlos. El beso no era sino el producto de un exceso de espíritu navideño.
Sin embargo olvidarlo le resultó difícil. Alysia permaneció despierta durante horas, con la mente plagada de imágenes: una cabeza morena inclinada sobre ella, un brillo en los ojos, unos labios masculinos cálidos y seguros, unos brazos que la estrechaban firmemente. Y despertó por la mañana con el recuerdo de la fragancia del árbol de la pimienta.
