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¿Debía dejarla dormida para siempre... o despertar la pasión que sabía había en ella? El frágil mundo de Triss Allardyce estuvo a punto de hacerse pedazos el día que se enteró de que su nuevo socio no era otro que el guapísimo empresario Steve Stevens, el protegido de su difunto marido. Aquel hombre siempre había despertado en ella los más peligrosos sentimientos... deseos que ella jamás había experimentado. Steve creía haber superado la atracción que sentía por Triss, pero en cuanto estuvo a su lado de nuevo se dio cuenta de que seguía sin poder resistirse a ese rostro angelical y ese cuerpo sensual...
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Daphne Clair De Jong
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Con un beso, n.º 5464 - enero 2017
Título original: With His Kiss
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8774-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Steve supo el momento en que Triss Allardyce lo vio desde el otro lado de la tumba de su marido, mientras el féretro era introducido en la fosa.
La mirada vidriosa desapareció de sus ojos azules, que abrió de par en par al verlo y en los que no se apreciaba ningún rastro de lágrimas.
Steve sintió una punzada de satisfacción. A modo de casi involuntario saludo, alzó levemente una oscura ceja y sonrió a medias.
Triss hizo un pequeño movimiento, como si hubiera dado un paso atrás de no ser por los jóvenes de rostro sombrío que la flanqueaban y del grupo de gente que los rodeaba. Luego apartó la mirada y tomó una rosa blanca de una cesta que sostenía un adolescente.
Su pelo de color miel cayó hacia delante y ocultó su rostro cuando dejó caer la flor en la tumba.
Después, los asistentes al funeral fueron pasando a su lado para besarla y transmitirle su pésame.
Steve se agachó a tomar un poco de tierra. Adornar la ceremonia con flores no hacía que la muerte de Magnus resultara más fácil de asimilar para aquellos que lo habían amado y respetado.
Triss había permanecido muy erguida y calmada en la primera fila de la iglesia mientras un adolescente lloraba desconsolado a su lado. Después había seguido al féretro y había permanecido pálida y aparentemente impasible mientras uno de los jóvenes acompañantes del séquito cantaba un desgarrador lamento Maori que hizo que a Steve se le pusiera la carne de gallina.
De haber sido por él, se habría ido de allí nada más terminar el entierro, pero el abogado de Magnus, que era quien se había ocupado de llamarlo a Los Ángeles para ponerlo al tanto del fallecimiento de éste, le había dicho que debían mantener una reunión privada.
—¿Después del funeral? —había preguntado Steve.
—La señora Allardyce ha aceptado que utilicemos una de las habitaciones de la mansión Kurakaha. Le gustaría librarse del tema cuanto antes.
Steve supuso que de lo que le gustaría librarse cuanto antes sería de él. Magnus debía haberlo mencionado en su testamento.
Esperaba que hubiera protegido la mansión y su trabajo de las avariciosas manos de su viuda.
Bellas manos, tuvo que admitir cuando, al entrar en el salón en que iba a tener lugar la recepción, ella le ofreció una de ellas. Tan bellas como el resto de ella, que apenas había cambiado durante los seis años que llevaba sin verla. Llevaba el pelo más corto y parecía haber adelgazado, o al menos esa impresión daba con el sencillo vestido de tubo negro que había elegido para la ceremonia.
—Me alegra que hayas venido, Steve —dijo con frialdad.
«Mentirosa», pensó él mientras reprimía una sonrisa sarcástica. Se habría sentido más feliz si no hubiera vuelto a verlo nunca.
—Magnus habría agradecido tu presencia —añadió ella sin mirarlo a los ojos—. ¿Te ha dicho Nigel que necesita hablar con nosotros?
—Sí —alguien distrajo la atención de Triss—. Discúlpame —dijo.
Steve estaba seguro de que se volvió con auténtico alivio hacia el recién llegado. Fue a servirse una bebida y luego buscó con la mirada al abogado.
—¿Steve? —un hombre corpulento de aproximadamente su misma edad le palmeó la espalda—. ¡Amigo mío! ¿Has volado desde los Estados Unidos?
—Llegué anoche —contestó Steve, sonriente—. ¿Cómo estás, Zed?
—Estupendamente. Aún trabajo en los jardines de la mansión y me ocupo de la carpintería y de todo tipo de chapuzas. Me casé y tengo dos hijos. ¿Y qué me dices de ti? Apenas he sabido nada de tus andanzas desde que te fuiste.
—No tengo esposa ni hijos.
Zed le dio un suave puñetazo en el hombro.
—De manera que sigues libre, ¿no? ¿Te has comprado una gran casa y un coche en Los Ángeles?
—Un apartamento. Y sí tengo un coche. ¿Y tú?
—Un Ford Falcon —Zed sonrió—. Está hecho un trasto. Seguro que el tuyo es mejor —pero su envidia no era real, y cuando su esposa y sus hijos se acercaron, su rostro resplandeció de orgullo mientras hacía las presentaciones. Después se puso más serio y añadió—: Es una pena que el viejo Magnus nos haya dejado.
Steve asintió.
—Supongo que no sabrás lo que va a pasar con la casa, ¿no?
—Creo que Triss va a seguir adelante como si Magnus siguiera aquí. Ella se ha hizo cargo de todo desde que se puso enfermo.
¿Para proteger su inversión?, se preguntó Steve con cinismo.
Pero tal vez había cambiado, se dijo. Debía concederle el beneficio de la duda. Tal vez no fuera la perversa bruja que creía.
—No sabía que Magnus estuviera malo.
—No quiso que la gente se enterara.
¿La gente? Steve sintió que su corazón se encogía.
«Yo no soy la gente. Alguien debería haberme avisado».
Ella debería haberlo avisado. Volvió la mirada hacia Triss, resentido. Estaba junto a un atractivo hombre de pelo gris cuyo rostro le resultó vagamente familiar. Tras unos momentos recordó que había sido ministro del gobierno cuando él estaba allí. Sostenía una de las elegantes manos de Triss en las suyas y le sonreía mientras escuchaba con gran atención lo que le decía.
Un nuevo residente de Kurakaha se acercó a saludar a Steve y quiso saber qué había hecho desde que se había ido de Nueva Zelanda. Otros lo siguieron y media hora después, Steve salía a la terraza sin dejar de buscar al abogado con la mirada.
Las ramas de unos viejos robles y un puriri aún más viejo proyectaban su sombra sobre la terraza. Steve recordó la primera vez que vio la blanca mansión de dos plantas desde la verja de entrada. Magnus detuvo el coche allí, se volvió hacia él, que por aquel entonces aún era un adolescente, y dijo:
—Esta es tu nueva casa.
A pesar de sí mismo, Steve se quedó impresionado con el tamaño del lugar y su refinado aire colonial. A su modo, Magnus también era impresionante; alto, erguido, con el pelo ya gris y cierta tendencia al desarreglo, había sido una extraña mezcla de artista, idealista y pragmático.
El joven Steve permaneció suspicaz y hosco durante meses, hasta que acabó por darse cuenta de que Magnus no pretendía reformarlo. Lo único que le preocupaba era rescatar el talento en bruto que de algún modo había sabido ver en aquel muchacho de quince años.
Aquello había sucedido catorce años antes. Y ahora Magnus se había ido para siempre.
Steve se volvió de nuevo hacia la entrada del salón y vio al abogado, Nigel Fairbrother, junto a la puerta.
—Tendremos que esperar un momento —dijo Nigel cuando lo abordó—. Triss quiere asegurarse de haber hablado con todo el mundo antes.
—Creía que sólo íbamos a reunirnos tú y yo.
—Será mejor que estéis juntos. De todos modos, no hay prisa.
Cuando gran parte de la gente se había ido ya, Nigel se acercó a Steve.
—Por aquí.
Triss los esperaba en el salón de lectura de la casa. Además de muchos libros había vídeos, CDs y una gran pantalla de televisión en una esquina.
Ella se hallaba de pie ante las ventanas, con las manos enlazadas, mientras el sol del atardecer se reflejaba en su pelo. Cuando Nigel cerró la puerta, ella se sentó en una de las sillas que había en torno a una pesada mesa.
El abogado hizo una seña para que Steve se sentara junto a ella. Steve dejó una silla entre ambos.
Nigel sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre largo.
—Esto no va a ser exactamente una lectura del testamento, pero… —miró de Steve a Triss—… no sé si alguno de los dos sabe cómo dispuso Magnus sus… asuntos.
Triss pareció ponerse pálida. Debía estar ansiosa por su herencia.
Steve se encogió de hombros.
—Ni idea.
—He hecho dos copias para que las examinéis tranquilamente pero, esencialmente, el grueso de la fortuna de Magnus irá a parar a su esposa, con algunas… condiciones. Hay una cartera de acciones e inversiones reservada para mantener Kurakaba en su estado actual como centro educativo para jóvenes desfavorecidos que debe ser administrada como un fideicomiso…
Steve dio un silencioso suspiro de alivio y se relajó contra el respaldo del asiento, pero volvió a erguirse de inmediato cuando el abogado concluyó:
—… por ambos.
—¿Qué? —espetó Steve.
—¿Por ambos? —repitió Triss, que se había puesto muy pálida. Steve pensó que iba a desmayarse, pero enseguida recuperó el color.
—¿Cuándo hizo Magnus ese testamento? ¡Tiene que haber otro!
—Me temo que no. Nunca nos presentó ningún otro.
—Pero… tuvo tiempo de sobra —Triss se inclinó hacia delante con el ceño fruncido—. Déjame verlo.
Nigel le alcanzó una copia y la otra a Steve.
—¿Lo redactaste tú? —preguntó Triss.
—Porque Magnus me lo solicitó, por supuesto. Si tienes alguna pregunta…
—No tengo preguntas. Está muy claro. Insultantemente claro. Y supongo que es irrebatible.
Nigel no parecía precisamente contento.
—Le dije a Magnus que si te dejaba todo dependiendo de que siguieras viviendo de Kurakaha, porque eso fue lo primero que pensó, tendrías posibilidades de recurrir el testamento. Tal y como ha quedado quedarás perfectamente provista en cualquier caso, aunque si dejas la mansión habrá bastante menos. Su contable te informará de la cantidad exacta de su patrimonio.
—Sé exactamente lo que valía mi marido, gracias —dijo Triss con cierta aspereza.
«Seguro que lo sabes», pensó Steve con ironía, y notó que ella sostenía la copia del testamento con tal fuerza que le temblaban las manos.
—Tendremos que llegar a un acuerdo —dijo Triss en tono ligeramente vacilante y, sin apartar la mirada del abogado, añadió—: No creo que Steve piense volver a Nueva Zelanda, de manera que supongo que no sentirá la necesidad de interferir con…
—¿Interferir? —interrumpió Steve.
Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla, aparentemente consciente de algún error táctico.
—No hay necesidad de que te impliques en esto sólo porque Magnus no diera el paso de cambiar su testamento —dijo ella con cuidado, sin mirarlo.
—Estoy implicado. Este testamento nos convierte a ambos en fideicomisarios del testamento. No puedo decir que lo esperara, pero pienso cumplir la voluntad de Magnus.
—¿Y crees que yo no? —preguntó Triss, tensa.
Sus miradas se encontraron y Steve se preguntó cómo era posible que una mujer con un aspecto tan refinado y delicado pudiera tener aquella mirada de acero.
—Creo que Magnus pensaba que tenéis talentos complementarios —intervino Nigel—. Por eso quería que ambos…
—¡No era eso lo que quería! —protestó Triss—. Simplemente no tuvo oportunidad de cambiar su testamento. Siempre estaba demasiado ocupado, pero seguro que esa era su intención —se volvió hacia Steve—. ¡Y tú lo sabes!
—Cómo tú misma has dicho —replicó él—, tuvo mucho tiempo para cambiarlo. Pero ahora no está aquí para explicar por qué no lo hizo, y yo tengo intención de tomarme en serio mi responsabilidad.
—¿Como fideicomisario ausente? —preguntó ella en tono burlón.
—No saques conclusiones precipitadas —aconsejó Steve secamente—. Y no creas que vas a poder hacer lo que quieras sólo porque no esté pisándote los talones cada minuto del día.
Supo que había dado en la diana cuando Triss lo taladró con su mirada azul un momento antes de bajar las pestañas. Cuando lo miró de nuevo, la máscara de serenidad volvía a estar en su sitio.
—Naturalmente, consultaré contigo cualquier decisión importante que haya que tomar. Espero que seas razonable y no vetes mis sugerencias de antemano.
—¿Y por qué iba a hacer algo así? —Steve ocultó su enfado tras una engañosa suavidad.
La mirada de Triss le hizo ver que no había picado el anzuelo, pero fue Nigel quien habló.
—Estoy seguro de que ambos estáis igualmente interesados en que las cosas sigan como hasta ahora, como quería Magnus.
Steve miró a Triss y, sin poder contenerse, preguntó:
—¿Lo estás tú?
En lugar de responder, ella recogió la copia del testamento de la mesa y se puso en pie.
—Debo volver a atender a mis invitados —dijo—. Gracias, Nigel —se volvió hacia Steve, reacia—. Supongo que tendremos que hablar antes de que vuelvas a los Estados Unidos. Llámame dentro de un día o dos.
Sin darle tiempo a responder, se encaminó hacia la puerta. Pero Steve llegó antes que ella y se detuvo un momento con la mano en el pomo mientras ella esperaba, impaciente.
No era un hombre al que le gustara presionar a las mujeres, pero aquella siempre se había metido bajo su piel y la brusquedad con que le había ordenado que lo llamara lo había irritado.
Deslizó la mirada de arriba abajo por la sensual y femenina figura de Triss Allardyce a la vez que dejaba claro con su expresión que no se sentía impresionado.
Ella alzó levemente la barbilla y dejó bien claro con su mirada que lo consideraba despreciable.
El problema era que, tras abrir la puerta para permitirle salir, Steve se sintió inclinado a compartir su opinión.
Aunque aquello no afectó a la opinión que tenía sobre ella, pensó unas horas más tardes, mientras consumía su segundo whisky en la habitación de su hotel en Auckland, a casi una hora de Kurakaha. Triss se había enfurecido ante la perspectiva de compartir el fideicomiso. Debía haber mucho dinero en juego, y era evidente que la perspectiva de no poder aprovecharse de ello por su cuenta no le había hecho ninguna gracia.
Después de todo, era posible que Magnus no hubiera perdido por completo la cabeza. Parecía haber conservado el suficiente sentido común como para no fiarse de que su esposa fuera a llevar adelante su proyecto sin alguien que la vigilara.
Steve era ese alguien y, aunque estaba verdaderamente sorprendido, no pensaba tomarse a la ligera los deseos del que fue su protector.
Sonrió. Con el carisma de los auténticos genios, Magnus había sido un director de orquesta brillante y respetado en todo el mundo hasta que la artritis cortó en seco su carrera. A partir de entonces comenzó a dedicar más y más tiempo a dar la oportunidad a jóvenes músicos con talento y problemas económicos de completar su educación. No reparó en gastos para llevar adelante su proyecto.
Hasta que Triss llegó a la mansión con su mentalidad cicatera. Steve recordaba sus aparentemente delicadas quejas sobre los presupuestos y los costos, y las bromas que hacía Magnus respecto a su innecesaria preocupación. Nacido en una familia privilegiada, Magnus había heredado un gran patrimonio y además había ganado mucho dinero en su breve pero fulgurante carrera internacional y, como él mismo solía decir, no tenía familia en que gastarlo; sólo en Kurakaha y en sus habitantes.
Steve fue el primer estudiante en llegar a la mansión. A pesar de que su mentor siempre estuvo en contra de su plan de ganar dinero especializándose en la fabricación de teclados y de equipos de sonido en lugar de centrarse en la música, Steve era consciente de la tremenda influencia que Magnus había ejercido en su vida.
Steve llamó a Triss dos días después y quedaron en Kurakaha a las diez y media de aquella mañana.
Fue ella misma quien abrió la puerta cuando Steve llegó. En aquella ocasión él mantuvo la mirada fija en su rostro, aunque no pudo evitar ver de reojo las solapas abiertas de su blusa color crema, que revelaban una ligera sombra entre sus pechos, y la estrecha falda azul marino que ceñía sus caderas.
Y mientras lo guiaba hacia el despacho de Magnus, tampoco pudo evitar notar que había perdido algo de peso, pero que aún había un cuerpo muy femenino bajo aquella ropa.
Siempre había sabido que era una mujer superficialmente atractiva. De hecho, debía admitir que siempre se había sentido físicamente atraído por ella, un reflejo biológicamente masculino que debía compartir con al menos la mitad de los miembros de su género. Ni siquiera Magnus había sido inmune a su atractivo. Y, con su pe culiar candidez, se casó con ella, probablemente porque no supo de qué otro modo manejar su reacción cuando, al menos según Steve sospechaba, se enamoró por primera vez en su vida… y de una mujer que tenía la mitad de su edad.
Triss ocupó el asiento de respaldo alto que había tras el escritorio e hizo una seña para que Steve se sentara en el que había al otro lado.
Mientras se sentaba, pensó que ella estaba utilizando el escritorio a modo de escudo. Probablemente encontraría intimidantes su altura y sus anchos hombros de jugador de rugby. Dejó de jugar cuando se fue a Estados Unidos, pero aún se mantenía en forma corriendo y haciendo pesas, todavía influido por la idea que le inculcó Magnus de que sólo en un cuerpo sano podía haber una mente sana.
—He consultado con otros abogados y no parece haber ninguna manera de evitar esto —dijo Triss sin preámbulos.
Steve pensó que no había perdido mucho tiempo tras la muerte de su marido.
—A menos que Magnus modificara su testamento después de que te fueras —continuó ella—, y Nigel parece convencido de que no lo hizo, tendremos que aceptar las condiciones que ha impuesto. Aprecio tu… disposición a cumplir con tu parte, y yo me mantendré en contacto contigo. ¿Tienes dirección de correo electrónico? Sería más conveniente que andar utilizando el teléfono con los problemas de los cambios horarios.
—Después de leer el testamento me ha quedado la impresión de que Magnus esperaba que viniera a vivir aquí.
Triss miró a Steve como si acabara de olfatear algo que oliera realmente mal.
—Sabes que redactó su testamento cuando aún vivías aquí. Estoy segura de que no esperaría que lanzaras por la borda una lucrativa carrera en Estados Unidos para cumplir con un capricho trasnochado.
—Magnus no actuaba siguiendo «caprichos» —excepto uno, pensó Steve. Cuando decidió casarse con ella—. Era un viejo testarudo y… —se interrumpió—. Era testarudo y quijotesco y no le gustaba nada admitir que pudiera estar equivocado…
—¿Cómo te atreves a criticarlo? —espetó Triss, indignada—. Después de…
—¿Después de todo lo que hizo por mí? —concluyó Steve por ella, impaciente—. Siento un gran respeto por Magnus y lo sabes, pero eso no significa que no supiera ver sus defectos.
Magnus había sido temperamental y a veces obcecado. Podía ser extraordinariamente generoso, pero también era capaz de aferrarse a su rencor como un hombre hambriento a un mendrugo de pan.
—¿Y qué piensas hacer?
—Magnus tendría sus motivos para incluir esa cláusula en el testamento, y yo debo respetarla. Voy a volver a vivir aquí —Triss se quedó boquiabierta al oír aquello, pero Steve siguió hablando—. Es lo que Magnus quería. En un par de días volveré a Los Ángeles a organizar las cosas para venir.
—¡No puedes hacer eso! —dijo Triss, que no se molestó en ocultar el pánico de su voz.
—¿Por qué no? ¿Acaso tienes algo que ocultar?
—¡Claro que no! Pero… aquí no hay sitio para ti.
Steve miró a Triss a los ojos sin preocuparle que pudiera sentirse intimidada por él, incluso esperando que así fuera. Pero ella no se asustó en lo más mínimo.
—En ese caso, tendrás que solucionar de algún modo el problema del espacio —ambos sabían que en la mansión había sitio suficiente para acomodar a otra persona a pesar de que los profesores y los estudiantes se alojaran allí.
Steve se puso en pie, decidido a ser él quien diera por zanjado el encuentro en aquella ocasión.
—Te avisaré cuando haya organizado las cosas en Los Ángeles. Entretanto, espero que no se te ocurra tomar ninguna decisión sin consultarme antes —sin prisas, sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta y la dejó en el escritorio ante ella—. Ahí está mi número de teléfono y las señas de mi correo electrónico.
Fue muy satisfactorio darle la espalda y encaminarse hacia la puerta. Salió del despacho sin mirar atrás.
Triss se dio cuenta de que sus dedos aferraban con fuerza un pesado pisapapeles que tenía sobre el escritorio.
Habría supuesto un auténtico placer arrojarlo contra la morena cabeza de Steve, pero ya era demasiado tarde, porque se había ido.
Soltó el pisapapeles y contempló el ordenado escritorio. Lo había recogido el día anterior y tan sólo había dejado el pisapapeles, un juego de escritorio y una carpeta de cuero, todo regalos de antiguos estudiantes de Magnus.
Era una tarea de la que inevitablemente habría tenido que ocuparse antes o después, y había preferido hacerla cuanto antes.
Además, lo había hecho con la esperanza de encontrar algún papel en el que su marido revocara su testamento anterior.
Steve, cuyo nombre real era Gunther Stevens, tal y como aparecía en el testamento de Magnus, había sido su enemigo desde el momento en que se habían conocido. Triss trató de llevarse bien con él por Magnus, pero Steve no hizo nada por ayudarla a cruzar el puente. Finalmente, el abismo que los separaba creció tanto que quedó claro que uno de los dos tenía que irse. Incluso Magnus tuvo que notarlo. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que el testamento que redactó poco después de casarse sólo podía llevar al desastre?
—Magnus, Magnus… —murmuró a la vez que apoyaba la frente en una mano—. ¿En qué estabas pensando, querido?
