¿Alguna vez fue real? - Erika Fiorucci - E-Book
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¿Alguna vez fue real? E-Book

Erika Fiorucci

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Beschreibung

Solo cuando estamos en las sombras no necesitamos máscaras. Viola Calhoun se gana la vida mintiendo. Se le da bien eso de cambiar de piel como una serpiente y seguir adelante. Sus colegas la llaman fría porque no duda en hacer lo que tiene que hacer para anotarse la victoria. Sin embargo, uno de sus objetivos, el único que logró calentar su corazón y hacerla dudar sobre su vocación, ha regresado con una oferta difícil de rechazar. Makar Volkov, capitán de la Bratva, puede ser un hombre despiadado y letal, y a la vez, todo un caballero. Para Viola siempre ha sido el hombre perfecto, un asunto inconcluso, su punto débil, lo que hace mucho más difícil ese juego de engaños en el que deberán fingir que todavía se aman para atrapar a dos peligrosos narcotraficantes que amenazan con tomar el control de la ciudad de Miami. Por primera vez en su vida, Viola deberá probar qué es estar del otro lado sin saber si el hombre que duerme a su lado la está utilizando para vengarse o verdaderamente la ama, y lo que más le preocupa es que sin darse cuenta puede haberle entregado su corazón a la única persona a la que no tiene permitido querer. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 336

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 Erika Fiorucci

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

¿Alguna vez fue real?, n.º 257 - enero 2020

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-326-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

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Capítulo 1

 

 

 

 

 

—Buenos días.

La voz ronca y sugerente trajo mi mente a la conciencia, aunque aparentemente unas manos andariegas ya lo habían hecho con mi cuerpo algunos segundos antes y todo parecía indicar que no tenían intención de detenerse.

—¿Cuál es tu problema? —protesté después de echar una miradita al reloj en la mesa de noche, aunque fue solo por decir algo. A pesar de mis palabras, mi espalda se pegaba a ese torso masculino y mis piernas se separaban un poco, esperando el avance de las manos que descendían por mi vientre—. ¡Son las seis y media de la mañana!

—Sabes que me gusta saber que desayunaste y, por sobre todas las cosas… —Las manos me tumbaron de espaldas y un rostro con una sonrisa pícara apareció sobre el mío—. Me gusta desayunar antes de irme a trabajar.

Solté una risita divertida. ¡Una maldita risita como de una adolescente avergonzada!

La hora, el desayuno no requerido y cualquier otra protesta quedó definitivamente para el olvido cuando sus labios se posaron sobre los míos en un beso suave, largo e insinuante y luego comenzaron a descender por mi cuerpo en busca de su tan cacareado «desayuno». Me entregué completamente a las sensaciones que esos labios generaban porque no tenía ningún sentido resistirse.

Solo siete meses habían pasado desde que un «amigo» en común me presentó a Makar Volkov y comenzamos a salir. Tres meses después de nuestra primera cita me pidió que me mudara con él y, aunque me mostré sorprendida y un poco reticente por aquello de las apariencias, no pude evitar que una enorme sonrisa satisfecha se colara en mi rostro cuando no hubo testigos.

De cara al mundo, Makar era un empresario ruso, dueño de Volk Servicios Financieros, una importante Banca de Inversión en San Francisco cuya cartera de negocios estaba siempre en el borde de la legalidad; amigo cercano de compatriotas inescrupulosos involucrados en muchas cosas turbias y, para colmo de males, diez años mayor que yo y millones de dólares más rico, lo que invariablemente, y gracias a la rapidez con que se movió nuestra relación, me hizo ostentar el título de «cazafortunas», aunque todos los que me llamaron así no pudieron negar que era una muy inteligente por atrapar a un hombre tan experimentado, calculador e incluso, para muchos, frío. Los que decían esas cosas no entendían a Makar. Yo sí. Me preparé para ello.

Llegué a su vida justo en el momento en que él deseaba compartirla con alguien, pero no con cualquier persona. Los hombres ricos y bien parecidos no sufren de carencia de compañía, el problema era encontrar la compañía adecuada: una mujer con suficiente cerebro para poder conversar sobre los temas más variopintos, con una vida independiente para que no se sintiera asfixiado o culpable por sus ausencias debido a su obsesión con el trabajo, con opiniones que no siempre fueran las de él; pero al mismo tiempo que lo quisiera suficiente para hacerse la vista gorda ante muchas cosas, entender su naturaleza dominante, sus eternos compromisos sociales y laborales, y su implacable deseo sexual.

Para Makar la mujer ideal era una fusión casi mítica entre la moderna e independiente y la complaciente gatita que siempre le daba prioridad.

Me había esforzado por ser ambas, tanto que ahora era mi actitud natural.

¡Era el puñetero unicornio de la perfección femenina!

Mi madre estaría orgullosa.

A pesar de mis esfuerzos, me sorprendía el nivel de intimidad sin subterfugios alcanzado en tan poco tiempo, de una forma casi natural. Algunas veces me ponía suspicaz y buscaba señales ocultas de que Makar tenía alguna especie de as bajo la manga, una jugada de último momento que yo desconocía y que vendría a morderme el trasero cuando menos lo esperara.

Tal vez simplemente estaba proyectando mi propio reflejo en el espejo.

Sus labios finalmente llegaron a mis otros labios, esos que no utilizaba precisamente para hablar, y un choque eléctrico mezclado con un ramalazo de ternura me inundó el cuerpo, tanto que podía perdonar esa obsesión con levantarse temprano y despertarme. A fin de cuentas, no era una mala forma de abandonar los terrenos de Morfeo.

Su boca, su lengua, sus labios, me mantenían al borde del abismo, pero sin permitirme caer. Tomé su cabello entre mis manos tratando de mantenerlo allí, de lograr más presión, no lo sé, tal vez fue solo instinto, pero solo obtuve una mirada un poco cínica de unos ojos de un azul tan claro que parecían blancos.

—¿Un poco codiciosa esta mañana? —preguntó mientras emergía de entre mis piernas, sin poder esconder la sonrisa de sus palabras—. Yo pensaba que tenías mucho sueño y poca hambre.

—¿Me vas a follar o no? —pregunté tratando de sonar aburrida, aunque todo en mi cuerpo, en mi respiración, me delataba.

—¿Qué lenguaje es ese, señorita?

—El de una mujer que sabe lo que quiere y lo quiere ahora.

—Tal vez deba enseñarte un poco de modales.

—No quieres hacer eso.

—No. —Comenzó a hacer el recorrido ascendente plantando besos andariegos sin ningún mapa aparente—. No quiero. Me gustas exactamente como eres.

«Te gusto exactamente como crees que soy», pensé, pero la idea se sentía, extrañamente, fuera de lugar.

—¿Has estado viendo películas románticas últimamente? —pregunté con una sonrisita.

Imitó el gesto antes de darme un beso en los labios con el que me traspasó mi propio sabor, tomó una de mis piernas por detrás de la rodilla, levantándola, antes de iniciar una invasión lenta de mi cuerpo.

—¿Es esto suficientemente romántico? ¿Despacito? ¿Quieres que encienda unas velas? ¿Te escribo un poema?

Con Makar moviéndose dentro de mí, incluso con ese paso lento, aunque constante, era una labor titánica intentar responder una simple pregunta, mantener el cerebro trabajando en algo, cualquier cosa que no fuera el choque de nuestras pieles, el sonido, el olor. Las sensaciones, tan intensas, convertían en una labor imposible hacer otra cosa que simplemente sentir.

Esa desconexión de mi ser racional me asustó en las primeras etapas de nuestra relación; me hizo sentir vulnerable, indefensa. Luego aprendí a disfrutar el simple hecho de dejarme llevar y no tratar de analizar, de buscar una explicación o, tan siquiera, una definición.

Estar con Makar era divertido, delicioso, intenso y millones de otras cosas más, todas al mismo tiempo; así que navegaba la ola, permitiéndome, al menos en ese momento, que fuéramos una sola cosa, una sola sensación que nos llenaba a ambos y que parecía quedarse flotando a nuestro alrededor, apropiándose incluso del oxígeno que nos rodeaba.

Luego habría suficiente tiempo para las recriminaciones, internas y externas, que con toda seguridad llegarían tarde o temprano.

Incrementó el ritmo y mis caderas lo siguieron, levantándose para ir a su encuentro. Los gemidos ahogados que escapaban de mi garganta eran la música y las palabras en ruso que Makar susurraba a mi oído eran la letra de una canción que, desde mi humilde punto de vista, merecería estar entre las más vendidas de iTunes, el nuevo éxito del verano, hablando metafóricamente, obviamente.

—¿Sabes que me vuelves loco? —preguntó Makar entre jadeos, cambiando al idioma que yo entendía—. Siempre tengo ganas de follarte, de verte caminar desnuda, de estar contigo, de tocarte. ¿Qué has hecho conmigo?

Traté de armar una oración coherente, una respuesta, pero la presión en mi estómago era deliciosa y no quería distraerme y perderla. En ese punto solo deseaba que aumentara y aumentara hasta que mi cuerpo no pudiera contenerla; así que emití algún sonido y, como única consideración, me aseguré de que fuera mucho más alto que los otros.

Makar incrementó el paso todavía más hasta el punto de convertirlo en un delicioso castigo y finalmente la presión se desbordó haciéndome gritar y él me siguió en nuestra perfectamente coreografiada danza que siempre tenía espacio para la improvisación.

—Y parece que yo te vuelvo loca —dijo cayendo a mi lado con una sonrisa como un gato que se comió un enorme tazón de leche.

—¿Quieres que lo diga en voz alta? —pregunté tratando de recuperar el aliento.

—No. Sé que tienes tus cosas raras. —Se inclinó y me dio un beso rápido en los labios—. Como ese terror casi patológico al compromiso.

—Me mudé aquí contigo cuando lo pediste —protesté—. Eso es compromiso.

—No es lo que haces —dijo mientras apoyaba la cabeza en el puño y me veía sonriendo—. Es tu actitud sobre lo que haces.

—Es muy temprano para una charla abstractamente filosófica.

—¿Por qué no conozco a tus amigos?

—Porque se quedaron en Tennessee cuando me mudé a San Francisco.

—¿Por qué no conozco a tus padres?

—Créeme, no quieres conocer al almirante Calhoun.

—Sí quiero.

—No sería placentero.

—¿Al condecorado oficial no le agrada que su única hija viva con un pobre inmigrante ruso?

—El pobre inmigrante ruso… —dije con sorna e hice una mueca—. Aunque no acertaste completamente, tu enfoque no está errado del todo.

—Tarde o temprano vas a tener que decirle con quién vives —dijo saliendo de la cama.

—Mejor tarde.

—Voy a creer que solo me quieres por mi cuerpo —dijo dándome una visual completa de su parte posterior desnuda y, si lo analizaba desde mi actual punto de vista, su razonamiento no carecía de fundamentos. Era sencillo querer solo eso.

A sus cuarenta y tres años, tenía un cuerpo envidiable, y su cabello rubio y ojos inusualmente claros le daban cierto aspecto de deidad implacable, incluso en ese momento, en el que estaba despeinado y la barba incipiente, que había crecido durante la noche, le daban un aire mucho menos distante al que normalmente tenía.

—Mejor que por tu dinero —dije encogiéndome de hombros y volviendo a tomar la sábana para cubrirme.

—Estoy extremadamente orgulloso de mi dinero —dijo viéndome sobre el hombro y haciéndome un guiño—. Trabajé mucho para conseguirlo.

Makar desapareció en el interior del baño y suspiré aliviada. Esas conversaciones sobre el estado de nuestra relación se estaban volviendo más frecuentes. Eventualmente me quedaría sin respuestas ingeniosas.

Me estiré en la cama y cerré los ojos disfrutando del ardor remanente en algunas partes de mi cuerpo. Todavía era temprano. Unos minutos más de sueño no me vendrían mal para recuperar energía o al menos el control de mis piernas que aún temblaban.

Lo siguiente que supe fue que el delicioso olor a Clive Christian N° 1 inundó mis sentidos y unos labios se posaron delicadamente sobre los míos.

—Desayuno en media hora —dijo Makar, pero me negué a abrir los ojos. Solo emití un sonido que quería pasar por un gruñido hastiado—. Mete tu delicioso trasero en la ducha.

—¿Y si no quiero? —pregunté sonando tan quejica como una niña pequeña a la que despiertan temprano para su primer día de escuela después de las vacaciones.

—Te vestiré yo mismo, así como estás, y tendrás mi olor contigo durante todo el día para que nadie más se acerque.

—Eres asqueroso.

—Sabes que lo haré.

—Sabes que no lo aceptaré.

—Desayuno en media hora. —Me dio otro beso rápido y unos segundos después sentí la puerta de la habitación cerrarse.

Media hora después, recién duchada y con mi ropa de trabajo, una falda tubular roja hasta debajo de la rodilla, una blusa de seda blanca y unos tacones que daban mareos, aparecí en la cocina donde una taza de café esperaba por mi sobre la encimera de mármol.

—Delicioso —dije en lo que le di un sorbo y no me refería únicamente a la popular bebida.

Makar vestía uno de sus usuales trajes Brioni de tres mil dólares, entallado de esa forma que hacía maravillas por su trasero. Estaba solo en chaleco y camisa, pues el saco reposaba en una de las sillas altas que rodeaban la isla de mármol del centro, y tenía la corbata echada sobre el hombro para que no interfiriera con sus labores frente a la estufa.

Me recosté en la pared, con mi taza en la mano, solo para disfrutar del espectáculo.

Era bueno perderse en la fantasía, aunque solo fuese por unos minutos.

—Para hoy tenemos —anunció Makar dándose la vuelta con dos platos humeantes en las manos—, omelette de champiñones y tostadas con queso crema.

—Ñumi.

Puso los platos sobre la mesa, uno frente a otro, y se sentó.

—Ven antes de que se enfríe.

—No entiendo por qué, con todo el personal que hay en esta casa, insistes en prepararnos el desayuno cada día.

—Me gusta cuidar de ti, disfruto nuestra cotidianidad.

—Eres un hombre muy dulce, Makar Volkov —dije sentándome finalmente y atacando el desayuno.

—Tú también lo eres, Viola Calhoun, aunque te empeñes en ocultarlo.

—Esto está delicioso —dije en el más abrupto cambio de tema conocido por la historia universal.

—Recuerda que esta noche tenemos la fiesta en lo de Arseny —replicó utilizando mi misma estrategia.

Hice una exagerada mueca de completo y absoluto desagrado.

—No sé cómo puedes ser amigo de un hombre como Arseny Vangushin. Es grosero, antipático y extremadamente desagradable.

—Hay amistades que se forman en la infancia y se fortalecen con el paso del tiempo gracias a favores, solidaridad e intereses comunes.

Cortó un pedazo de su tortilla, lo colocó con cuidado sobre la tostada y se lo llevó a la boca. Por siempre un caballero de modales impecables.

—¿Qué clase de intereses comunes puedes tener con Arseny Vangushin?

—No vayas por esa ruta, Viola.

—Arseny y todas esas mujeres que siempre lo rodean —insistí, aunque sabía que no era buena idea—. Es como una especie de Hugh Heffner, pero sin revista y, afortunadamente, sin la bata. Estoy convencida de que muchas de esas mujeres no son ni siquiera mayores de edad y todas vienen de países extraños y solo hablan su idioma natal.

—Viola…

—¿Es ese uno de tus intereses comunes con Arseny Vangushin?

—No. No lo es.

—¿Manejas alguno de sus intereses en ese sentido?

—Viola —dijo con un tono que sonaba a regaño y su rostro se volvió de piedra. Solo dijo mi nombre y eso significaba el fin de la discusión.

Algún día Makar Volkov sería un excelente padre.

«¿De dónde salió ese pensamiento?», me pregunté con una especie de susto en medio del pecho.

Sin terminar su desayuno, se puso de pie y recogió el plato con movimiento bruscos. Había traspasado una línea.

Si había aprendido algo de Makar Volkov en estos siete meses era que no había táctica que lo hiciera hablar de lo que no quería hablar. Claro, eso no quería decir que iba a dejar de intentarlo.

—Hay niños en el mundo que no tienen qué comer —dije con tono de mamá, que no era ni la mitad de efectivo que el de él, antes de lanzar una mirada cargada de intención a su plato sin terminar.

—No me des sermones sobre niños con hambre. Yo fui uno.

Tomó el pedazo de omelette abandonado, lo colocó sobre la tostada y se lo comió mientras enjuagaba el plato y lo ponía en el lavavajillas.

—¿Te llevo al trabajo o irás en tu coche? —preguntó sin verme.

Aparentemente era la mañana de los cambios abruptos de tema.

—Llevaré mi coche —respondí terminando el desayuno y pretendiendo que la discusión anterior no había existido—. Así podré regresar temprano y alistarme para la fiesta.

Levantó la vista y prácticamente me hipnotizó con un brillo extraño en la mirada. Era una mirada capaz de poner nervioso hasta al más valiente.

—No tienes que hacerlo si no quieres. Puedo ir solo.

—Quiero estar contigo. Es parte de nuestra cotidianidad. —Me encogí de hombros y sonreí—. Tus amigos pesados y políticamente incorrectos forman parte de tu vida y yo quiero estar en ella. De eso se trata, ¿no?

—De eso se trata —dijo asintiendo una sola vez y sonrió como si hubiese ganado la lotería.

—Recuérdalo cuando te toque conocer al almirante Calhoun.

—No puedo esperar para que finalmente eso suceda. —Tomó su saco del respaldar de la silla, se lo colocó y ajustó su corbata—. Tu padre me amará.

Se acercó y me dio un suave beso en los labios.

—Que tengas un lindo día haciendo muchos millones —dije a modo de despedida.

—Que tengas un lindo día vendiéndole supuestas obras de arte a ricachones que buscan algo que combine con sus muebles.

Me dio otro beso rápido y salió de la cocina dejándome con un sentimiento parecido a la tristeza, pero que no podía serlo, no realmente.

Sí, seguramente mi padre odiaría profundamente a Makar Volkov y un encuentro entre ambos sería un episodio que valdría la pena ver, con todo y palomitas de maíz.

Era una lástima que nunca fueran a conocerse.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Trabajar en una galería de arte era mucho peor de lo que Makar lo hacía sonar. Sin embargo, fue lo único disponible y, sobre todo, adecuado, cuando me trasladé a San Francisco y, finalmente, pude poner en uso esas clases de arte moderno que tomé en la universidad para satisfacer a mi mamá y obtener algunos créditos extras.

Era mucho más tolerable cuando tenía que visitar artistas desconocidos y evaluar sus trabajos, pero los días en que tenía que quedarme en la galería, usar un lenguaje lleno de florituras para referirme a una pintura o escultura que el comprador no entendía, mientras sonreía sin ser condescendiente, no podía sino pensar en que este trabajo podía llegar a ser un constante dolor en el trasero.

Finalmente terminé con el cliente de esa mañana con una venta bastante generosa con la que mi jefe, de seguro, estaría encantado y arrastré mis pies, torturados por los inmensos tacones, hasta una cafetería que estaba a una cuadra, donde preparaban los mejores bocadillos de atún conocidos por la humanidad. Esa era la razón primordial por la que la había elegido entre todas las opciones que me rodeaban como mi lugar favorito para almorzar; además de que no era muy popular por lo que nunca estaba atestado, a diferencia de otros, pertenecientes a conocidas franquicias, que inundaban la calle.

La camarera me atendió con la cortesía usual para el tipo de cliente que visitaba su establecimiento unas dos veces a la semana, siempre ordenaba lo mismo, nunca causaba problemas y dejaba buenas propinas.

Estaba a la mitad de mi bocadillo de atún cuando la chica entró.

Nada en ella llamaba la atención, ni sus facciones, ni su ropa, tampoco su actitud. Ordenó un café en la barra y tras darle una probada se dirigió a los servicios que estaban en la parte de atrás.

«Ni siquiera pudiste esperar a que terminara de comer. Desconsiderada», pensé con amargura mientras dejaba lo que quedaba del bocadillo en el plato, tomaba mi bolso y la seguía.

El servicio estaba vacío, salvo por la chica, que se lavaba las manos.

—El cubículo del centro está dañado —dijo prácticamente sin mirarme.

La aclaratoria estaba de más. El cartel que lo anunciaba estaba colgado en la puerta escrito en rojo con dos enormes puntos de exclamación.

Obviamente que ese fue el cubículo al que entré. Pude escuchar cómo la chica ponía el seguro a la puerta y salía del lugar.

Me senté en el inodoro y con las manos tanteé la parte posterior hasta que encontré el teléfono sujeto allí con cinta adhesiva.

Marqué el único número contenido en la memoria.

—¿Sí? —preguntó al otro lado de la línea una voz a la que me había acostumbrado.

—¿Sabes que todo esto del teléfono escondido en un baño se está volviendo dramático en exceso? Creo que has estado viendo muchas películas de espías.

—Hola, Viola.

—Puedes llamarme a mi teléfono. Desaparecerá en lo que deje San Francisco.

—No voy a discutir mis procedimientos en esta llamada.

—¿Los discutirás con tu psiquiatra, Frank?

—¿Alguna novedad? —preguntó tratando de sonar serio, aunque si aguzabas el oído podías escuchar al fondo la sonrisa que intentaba ocultar.

—Ninguna. La fiesta de esta noche en lo de Vangushin sigue en pie.

—Bien. Hay un nuevo jugador: Anto Savic, serbio, recién entró al país ayer en la noche y nuestras fuentes indican que viene a hacer negocios con Vangushin, así que abre los ojos. Allí podría estar la pieza que nos hace falta.

—Entendido.

Hubo una pausa, más larga de lo que una llamada de ese tipo ameritaba.

—Ya casi termina, Viola.

—No se acaba hasta que se acaba. Ambos lo sabemos.

Terminé la llamada, volví a poner el teléfono en el sitio donde lo había hallado y salí del servicio.

De regreso noté que mi mesa ya había sido levantada, por lo que mi bocadillo de atún estaba perdido, y la chica todavía sorbía su café en una de las mesas del fondo. En lo que me vio salir, se puso de pie para terminar su tarea. No sabía quién era, su cargo, su nombre, probablemente nunca lo supiera.

—¿Cariño, no te gustó tu almuerzo? —me preguntó solicita la camarera al verme caminar hacia la caja para pagar mi cuenta—. No lo terminaste.

—Estaba delicioso, solo que mi novio me preparó un desayuno enorme esta mañana —dije pagando mi cuenta y dejando suficiente para la propina—. Vine porque amo el bocadillo, pero, aunque mi mente es de glotona, solo hay cierta cantidad de comida que me puedo meter en el estómago.

—Ese novio tuyo suena como uno en un millón.

—Lo es.

—Tienes mucha suerte.

—Eso espero.

Regresé a la galería caminando y en cada paso hacía una promesa a cada deidad existente de nunca más volver a usar tacones una vez que regresara a casa.

Pasé la tarde revisando catálogos y haciendo citas para clientes importantes, sin dejar de organizar los detalles de la exhibición que mi jefe quería preparar para el mes entrante. Frank creía que todo estaba por terminar, pero nada mejor que estar preparada y mi currículo falso tenía que ser respaldado por mi capacidad de hacer el trabajo por el cual me estaban pagando.

Al terminar la jornada regresé a la casa de cuatro niveles y seis dormitorios de Makar en Pacific Heights, y por la cual había abandonado mi recién rentado y diminuto apartamento, el cual, secretamente, todavía conservaba.

La casa era una joya de 1917, completamente remodelada, y con una vista directa al Golden Gate. El porqué un soltero como Makar prefería vivir en ocho mil metros cuadrados y no en un loft en el distrito financiero era todo un misterio para mí, probablemente tendría algo que ver con limpiar algún tipo de capital o invertir en el mercado de bienes raíces, ambas opciones sonaban como a algo que él haría y no eran excluyentes.

Me recibió el ama de llaves, Alina, quien me hizo saber que Makar todavía no había regresado. Como buena novia de un magnate con múltiples actividades sociales, me dirigí a la habitación para darme un largo baño de burbujas y prepararme para mi noche de «acompañante muñeca» en la fiesta de Arseny Vangushin que, después de mi medio almuerzo, se había convertido en una perspectiva mucho más interesante.

Dos horas después, estaba ataviada con un elegante, vaporoso y bastante comedido vestido de Carolina Herrera y un recogido sobrio en el cabello. No quería que nadie me confundiera con una de las chicas de Vangushin.

Makar apareció en la habitación justo cuando estaba terminando de aplicar el maquillaje.

—¿Ya estás lista? —preguntó asombrado mientras dejaba caer el saco en la cama.

—No quiero ningún tipo de acusación sobre que llegamos tarde por mi culpa.

—Estás preciosa. —Me abrazó por la espalda y me dio un beso en el cuello—. ¿Qué tal tu día?

—Sin novedad. —Le sonreí a través del espejo—. ¿El tuyo?

—Ocupado —respondió separándose de mí con un suspiro cansado.

—¿Cuál es el motivo de esta fiesta? —pregunté mientras casualmente ahumaba un poco más mis ojos.

—Impresionar personas, cerrar negocios. —Makar se encogió de hombros y deshizo los botones de los puños de la camisa—. Es la forma en que las personas como nosotros funcionamos. Nada es simplemente por diversión.

—¿Personas como nosotros?

—Empresarios.

—¿A qué se dedica Arseny? —pregunté tomando el lápiz labial y aplicando una capa extra que no necesitaba—. Nunca puedo recordarlo.

—Importación, y sé que lo recuerdas muy bien —respondió muy serio—. Deja de perseguir el conejo en la madriguera, Viola. Hay cosas en las que es mejor ser ignorante.

Makar comenzó a desabotonar su camisa. Abrí la boca para replicar, pero decidí morderme la lengua. No era un buen momento para buscar una pelea. Ya había traspasado una línea en la mañana y necesitaba ir a la fiesta.

—Me daré una ducha rápida y estaré listo en quince minutos —anunció.

—Te esperaré abajo.

Me puse de pie, tomé los zapatos que había dejado a mi lado, y caminé hacia la puerta con los Manolos en la mano porque no iba a ponérmelos hasta que fuese estrictamente necesario.

—¿Por qué siento que estás huyendo?

—Porque es lo que hago. —Me encogí hombros—. Si sales del baño solo con una toalla, mi cabello, mi maquillaje y mi vestido quedarán arruinados y tendré que empezar todo de nuevo, y entonces sí llegaremos muy tarde.

Me miró por unos segundos, seguramente tratando de determinar la honestidad en mis palabras. Luego sonrió y se despojó de la camisa que fue a parar junto a su saco en la cama.

—Si es que llegamos… —Sonrió más ampliamente mientras lentamente desabotonaba su pantalón.

—Y luego dirás que fue una trama cuidadosamente elaborada de mi parte para evitar ir a la fiesta —dije ojeándolo de arriba abajo.

—No te salvarás cuando regresemos.

—¿Quién dice que quiero?

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Arseny Vangushin poseía un enorme pent house dúplex cerca de los muelles industriales, tal vez para estar más cerca de su «negocio de importación», el cual tenía unos registros comerciales bastante bien llevados al igual que un sistema contable impecable. Fue lo primero que investigué.

Aparcar en esa zona era un infierno, aunque eso no era un problema para alguien con un chofer con cara de palo y la apariencia de un guardaespaldas más que la de un conductor.

¡Las pequeñas e imprescindibles comodidades del mundo de los privilegiados!

El edificio, aunque preservaba su aspecto antiguo e industrial en el exterior, al entrar cambiaba abruptamente para convertirse en ese tipo de lugares con portero, seguridad y ascensor privado en el cual Makar y yo entramos tomados de la mano.

Una vez en el piso superior, las puertas del elevador se abrieron para dar paso al amplio espacio abierto, con algunos muebles de estilo recargado y demasiadas alfombras Aubusson. Nunca me acostumbraría al exceso de rojos y de dorados en el mundo de Vangushin. Era como vivir en un burdel en París a finales de 1800.

—¡Makar! Amigo mío —nos saludó a gritos Arseny con su pesado acento ruso en lo que nos vio traspasar el umbral.

—Sonríe —me susurró Makar a modo de advertencia al ver que su mejor amigo se acercaba a paso apurado entre sus invitados.

No era un hombre agradable y no me refería únicamente a su personalidad. Aunque, al igual que Makar estaba en sus cuarentas, evidentemente Arseny disfrutaba en exceso de la buena vida y así lo indicaba su estómago inflado, su piel sin brillo, su cabello grasoso y su nariz con los vasos sanguíneos tan dilatados que parecían a punto de explotar.

¡Que nadie diga que los rusos son inmunes a los efectos del vodka!

Sabía lo suficiente de la vida para no creer en eso de que las malas personas aparentan lo que son, existían pruebas a montones de lo contrario, pero en el caso de Arseny Vagushin el estereotipo funcionaba: el sujeto reprobable se veía como tal.

—¡Viola, tan hermosa como siempre! —Me abrazó y me dio un par de besos en las mejillas. —Y mi mejor amigo… —Tomó la cara de Makar entre sus manos y también le dio dos besos—. Siempre has sido un hijo de puta con suerte. ¿Cuánto te costó el vestido que lleva? —Hizo un guiño conspirativo—. Todo es poco para mantenerlas contentas.

—Compro mi propia ropa —dije con una sonrisa forzada.

—Claro, claro, para no levantar sospechas. —Se rio un poco y se volvió hacia Makar—. Aunque creo que te estás volviendo tacaño, amigo mío. Aunque proteste, una mujer así es para tenerla cubierta en diamantes, preferiblemente en nada más, y Viola tiene sin duda un cuerpo adecuado para ello y te lo digo yo que tengo un ojo de experto.

—No me gustan las joyas —dije con el tono más seco que pude encontrar y abandonando completamente la sonrisa.

—Eres una mentirosa —me dijo sonriendo—, solo estás esperando la joya más importante. —Puso su mano frente a mi cara y movió sus dedos. Makar cambió el peso en sus pies, incómodo—. Claro que las chicas finas e inteligentes como tú siempre se hacen las desentendidas, pero estamos entre amigos. —Me tomó por el antebrazo y se inclinó para adoptar un tono conspirativo—. Deberías mostrar un poco más de piel, atraer la atracción de otros hombres, tal vez así se ponga celoso y se apure. Yo puedo ayudarte.

Soltó una gruesa y obscena risotada.

—Parece que tienes aquí a cerca de sesenta de tus mejores amigos —intervino Makar dando un paso al frente. Era extraño lo amenazador que podía resultar ese simple gesto, tanto que Arseny dejó ir mi brazo y se retiró.

—Solo algunos valen la pena, esos que, como tú, me recuerdan la época en la que no teníamos ni para Kvas. Los otros… —Señaló la sala con una floritura—. Son solo decoración. Están aquí por el caviar, el vodka y la champaña gratis.

—Pero igual debes atenderlos. No queremos acapararte —dije sonriendo mientras tomaba el brazo de Makar y nos adentrábamos a la fiesta.

La mayoría de los asistentes eran rusos y se habían conocido por años. También estaban las ya usuales chicas de Arseny: bellezas eslavas, muy jóvenes, con vestidos sexys, maquillajes exagerados y sonrisas manufacturadas, que se mezclaban con aquellos invitados que les eran señalados. Otras, las que estaban castigadas, ejercían de camareras.

—Lamento lo de Arseny —dijo Makar en voz muy baja mientras me ofrecía una copa de champaña que tomó de una bandeja—. Sabes cómo es.

—No vamos a discutir más sobre Arseny esta noche.

—Gracias.

—No dije nada sobre mañana.

Le guiñé un ojo y él sonrió.

En el transcurso de la noche, muchos pasaron a saludar a Makar, intercambiaban algunas palabras en ruso y luego, al notar mi presencia, cambiaban a un idioma que todos pudiéramos entender. Las conversaciones eran, en su mayoría, sobre dinero, negocios e inversiones y, aunque me esforzaba por parecer distraída, mi mente absorbía todos los datos, aunque ninguno era particularmente interesante o nuevo.

—¡Allí están! —Arseny se acercó nuevamente unas horas después, aunque en esta oportunidad estaba acompañado de un hombre de unos cincuenta años, calvo y con los ojos grises más planos que hubiese visto en mi vida—. Anto —dijo dirigiéndose al hombre y todos mis sentidos se pusieron en alerta—, te presento a mi mejor amigo, Makar Volkov. Cualquier tipo de inversión que quieras hacer en el país, este es el sujeto al que tienes que acudir y te aseguro que todo quedará limpio.

Sentí a Makar tensarse a mi lado. Era un cambio sutil en su postura, pues la expresión de su cara no varió nunca.

Estrechó la mano de Anto y comenzó a hablar en ruso con una sonrisa en la boca. El serbio respondió en el mismo idioma y yo, como toda novia lo suficientemente inteligente para saber cuándo su presencia incomodaba a los hombres a su alrededor, apreté ligeramente el brazo de Makar y con una sonrisa me alejé de ellos.

Las conversaciones en otro idioma no eran algo que me fuera a servir de mucho cuando, obviamente, existían mejores opciones al alcance de mis dedos.

Caminé por el salón saludando a algunas personas que conocía por eventos similares, tomé otra copa de champaña y poco a poco, de forma casual y distraída, me fui acercando a la cocina.

Había visitado la casa de Arseny en suficientes oportunidades para saber que en la parte posterior había una escalera de servicio que llevaba al nivel superior donde se encontraban las habitaciones privadas.

No había personal de seguridad en esa escalera y los que entraban y salían de la cocina estaban lo suficientemente bien entrenados para no prestar mucha atención a los huéspedes de confianza de su jefe.

A pesar del tipo de negocios que manejaba Vangushin y de su excelente manera de llevar los libros, la seguridad en su casa era bastante relajada. Por lo general, su sistema era estilo «vieja escuela», con gorilas armados encargados de protegerlo físicamente y dar algunas vueltas de reconocimiento. Las cámaras de seguridad existentes en su residencia cubrían los accesos principales y algunas de las habitaciones. No los pasillos.

La tecnología no era lo suyo. Muy diferente a Makar, que llegaba al punto de colocar rastreadores GPS en su personal de seguridad.

¿Quién dijo dominante y controlador?

Llegué a la planta superior y espié el largo corredor: desierto.

Me apresuré hasta la oficina y, como anticipé, estaba abierta.

«Eres un descuidado, Arseny. Me sorprende que hayas durado tanto tiempo» pensé, aunque debía reconocer que estos sujetos, Makar incluido, no dejaban entrar en su círculo cercano personas en las que no confiaban completamente, y de allí su descuido.

Se sentían cómodos en su cerrado entorno y se apoyaban en el miedo que inspiraban. Siempre esperaban un ataque frontal, nunca a la pequeña hormiguita que recoge migajas para socavar el imperio.

Entré rápidamente y cerré la puerta tras de mí. En la oficina tampoco había cámaras, pero en ese caso no se trataba de una omisión o un error de juicio, sino a que, debido al tipo de tratos que realizaba en ese lugar, era preferible que no quedara ningún registro que pudiera resurgir en algún momento a morderlo en el trasero.

Eso me lo confirmó el propio Makar cuando en medio de una fiesta, en las etapas tempranas de nuestra relación, me trajo a la oficina de su mejor amigo para un poco de «tiempo de calidad».

Lamentablemente, eso estaba por acabar.

Mi primera parada fue el portátil de Arseny, que no estaba protegido por ninguna contraseña.

¡El sujeto siempre me lo ponía demasiado fácil!

En diferentes ocasiones había sacado de allí cualquier dato de interés, pero no estaba de más revisar por algo nuevo. Una vez que descargué en mi teléfono los datos que me parecieron interesantes y borré el registro de descargas, procedí a sacar de mi bolso un par de pequeños dispositivos inalámbricos que escondí en sitios estratégicos y envié un inocente mensaje desde mi móvil: un par de caritas sonrientes a un número registrado bajo un nombre falso. Era la señal para que los activaran.

Esperé recibir la confirmación y salí de allí, solo que al cerrar la puerta a mis espaldas noté la sombra de alguien que subía por la escalera principal. Crucé rápidamente el pasillo y entré al baño que estaba frente a la oficina.

No estaba desocupado.

Allí había dos chicas que no habían tenido el buen sentido de asegurar la puerta tras ellas, para mi buena suerte. Una estaba sentada en el suelo, llorando, mientras la otra le acariciaba el cabello susurrándole algo en un idioma extraño. Sus ropas reveladoras las señalabas inmediatamente como chicas de Arseny.

—¡Hola! —dije sonriendo—. No sabía que estaba ocupado. Disculpen.

Las chicas se miraron con el miedo en sus ojos. La que lloraba tenía un rosetón cerca del ojo que, si mis cálculos no fallaban, en breve se comenzaría a poner morado.

Como si no fuera mayor cosa, como si mi estómago no estuviera lleno de fuego, fui hasta el espejo, saqué mi pintura de labios y me di un retoque.

—Disculpe, señorita —dijo una de ellas con un acento ruso casi inentendible—. Ya nos íbamos.

—¿Tienen algún problema? —pregunté. Sabía que no debía, pero no pude contenerme. Viejos hábitos, reacciones de la profesión, sólidos valores morales, llámenlo como quieran—. ¿Las puedo ayudar en algo?

—No. No —dijo rápidamente negando con la cabeza—. Ningún problema. Todo bien.

Sabía que mentía, pero no había nada que pudiese hacer. Estuve tentada a darles la tarjeta de un amigo policía que atendía casos de violencia contra mujeres, pero nunca la utilizarían y hacerlo me metería en serios problemas.

Por más que costara, y en ese momento me estaba costando bastante, tenía que concentrarme en el panorama general y no en los pequeños dramas individuales.

—Si están seguras…

La chica ayudó a su amiga a ponerse de pie y salieron apresuradamente sin decir ni una palabra más. Las escuché alejarse por el pasillo y, una vez que el ruido de sus pasos cesó, yo también salí, para encontrarme con Boris, el guardaespaldas personal de Arseny, de pie en la escalera principal.

—Señorita Calhoun —dijo con esa mirada que no evidenciaba nada y comenzó a caminar hacia mí—. ¿Qué está haciendo aquí arriba?

—Hola, Boris —saludé como si no fuera mayor cosa, como si cada paso que el guardaespaldas daba hacia mí no se sintiera como una amenaza—. Los servicios de abajo estaban demasiado llenos. —Boris miró hacia donde las chicas habían desaparecido y lo imité—. Creo que les di un susto de muerte. Salieron despavoridas en lo que me vieron.

—La acompaño de regreso a la fiesta, señorita —dijo, e hizo un gesto con la mano hacia la escalera.

Con Boris pegado a mi espalda comencé a descender. El primero en verme fue Makar, quien, inmediatamente, y seguido de Arseny, fue a nuestro encuentro.

—¿Algún problema? —preguntó Makar con una expresión que no vaticinaba nada divertido.

—Para nada. —Hice un gesto despectivo con la mano—. Los servicios de aquí abajo estaban muy llenos y fui al de arriba. Ni siquiera me pasó por la mente que podía ser un abuso de confianza hasta que me encontré con Boris. —Miré a Arseny de lo más apenada. Creo que hasta logré forzar un sonrojo—. Disculpa el inconveniente, Arseny.

—Ninguna parte de mi casa está prohibida para ti, Viola —dijo Arseny con una sonrisa antes de mirar a Boris con una expresión muy seria—. La señorita Calhun es la mujer de mi hermano, es familia.

Boris soltó algo en ruso y Arseny le contestó un poco exasperado.

—Boris solo estaba haciendo su trabajo. —Puse mi mano en el antebrazo de Arseny y lo apreté un poco para llamar su atención—. No debes regañarlo por hacerlo bien. Siempre es mejor exceso de celo que un poco de descuido. Al menos es lo que yo quisiera para Makar.

—Eres toda una dama. —Arseny tomó mi mano y la llevó a sus labios.

—Todo aclarado entonces —dijo Makar quitando delicadamente mi mano de entre las de su amigo—. Vamos a bailar, Viola.

Me condujo hasta la terraza donde una pequeña orquesta tocaba música suave y los invitados aprovechaban la ausencia de alfombras para balancearse a su ritmo.

—Dime que esas chicas no te dijeron nada.

Makar habló en tono bajo mientras me balanceaba entre sus brazos y sus palabras dejaron claro de qué se trató el intercambio entre Boris y Arseny. Era mucho menos grave de lo que esperé.

—¿Qué podrían haberme dicho?

—Viola…