El amor es como un par de zapatos - Erika Fiorucci - E-Book
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El amor es como un par de zapatos E-Book

Erika Fiorucci

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Beschreibung

Los hombres son como un par de zapatos: no te quedas con el primero que pruebas y debes cambiarlos cada temporada. Alexandra Brody es una mujer moderna. Presentadora de un programa de televisión de viajes, disfruta siendo soltera y es muy buena en ello. No busca al "señor indicado", sino al adecuado para esa semana, y siempre son educados empresarios o ricos herederos que fácilmente podrían pagar su enorme colección de zapatos. Sin embargo, una noche por pura casualidad termina en un bar de mala muerte donde conoce a un gigante tatuado del cual aprenderá que las apariencias engañan y que los estereotipos y las etiquetas las construimos nosotros de acuerdo a nuestros miedos e inseguridades. ¿Qué hace una mujer cuando consigue el par de zapatos que quiere tener en sus pies en cada ocasión, aunque no combinen con todo lo demás en su vida? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 288

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2022 Erika Fiorucci

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El amor es como un par de zapatos, n.º 314 - febrero 2022

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-483-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo uno. Alex

Capítulo dos. Mason

Capítulo tres. Alex

Capítulo cuatro. Mason

Capítulo cinco. Alex

Capítulo seis. Mason

Capítulo siete. Alex

Capítulo ocho. Alex

Capítulo nueve. Mason

Capítulo diez. Alex

Capítulo once. Mason

Capítulo doce. Alex

Capítulo trece. Mason

Capítulo catorce. Alex

Capítulo quince. Mason

Capítulo dieciséis. Alex

Capítulo diecisiete. Mason

Capítulo dieciocho. Alex

Capítulo diecinueve. Mason

Capítulo veinte. Alex

Capítulo veinte. Mason

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Capítulo uno Alex

 

 

 

 

 

—¿Qué dices Alexandra? ¿Tu casa o la mía?

Esas preguntas eran tan erróneas como aparentemente perfecto era el sujeto que las hacía. Casi que escuché la voz de mi abuela diciendo «¡modales, jovencito, modales!», porque era obvio que no me estaba preguntando sobre dónde tomaríamos el café.

¡Vaya que era presumido!

Aclaro que me gustan los hombres seguros de sí mismos y que se sienten en control en cualquier situación, pero yo no soy una situación y este tipo estaba confundiendo seguridad con buena suerte.

Samuel Goldberg Tercero era el tipo de hombre con el que acostumbraba a salir: joven, bello, exitoso y con una chequera que podía pagar fácilmente los cincuenta pares de Manolo Blahnik y Jimmy Choo que dormían plácidamente en mi armario y también esos incluidos en mi lista de deseos. No me llamen acumuladora, normalicemos que hay más de un par de zapatos para cada situación y nunca tendrás suficientes para enfrentar todas las situaciones en las que puedes encontrarte en la vida.

Pero disgrego, mi cita era mi territorio de cacería usual, el prototipo perfecto del campo donde buscaba al «señor adecuado» o, al menos y siendo completamente honesta, el señor adecuado para esa semana, porque, ¿quién quiere comprometerse con una sola cosa cuando hay tanta oferta? ¿Quién quiere un solo par de zapatos?

No obstante, y como vivía en Nueva York, me gustaba que mi vida pareciera un capítulo de Sexo en la Ciudad y esas preguntas me hicieron sentir como Holly Golitly de Desayuno con Diamantes.

No me malinterpreten, nunca fui ese tipo de niña pija que seguía la regla de la tercera cita para ver la mercancía. Esperar para ver si había algo por lo que valiera la pena quedarse, siempre me pareció una pérdida de tiempo, incluso cuando era una adolescente.

De jovencita descubrí que era mejor salir de dudas antes de que entraran en juego otras consideraciones que podían nublar tu juicio; porque si bien el sexo no lo es todo, es una parte importante y hay que decidir sobre él sin ese glamour en que los sentimientos tienden a envolver la realidad.

Sin embargo, y de regreso a mi cita, me gusta dirigir el espectáculo, sorprenderlos, decidir cuándo, cómo y con quién. Soy una dama, una mujer moderna y profesional y las opciones deben ser siempre mías; pero durante el transcurso de esa cena horrible en el nuevo restaurante del susodicho, donde sólo servían comida orgánica y bebidas saludables –que me hacían añorar algo frito y cubierto con mantequilla al igual que un Vodka Tonic– ningún tipo de insinuación salió de mi cuerpo, y mucho menos de mi boca, que le hiciesen pensar a ese imbécil que iba a tener la suerte de llevarse a este bello bomboncito a la cama.

Por el contrario, un par de veces tuve que esconder el bostezo ante su charla vacía e incesante donde lo único que parecía importar eran las personas que él conocía, la forma mágica en la que hacía sus millones y la manera «correcta» de tratar a sus empleados.

Tenía más de media hora buscando la excusa perfecta para escaparme del heredero de más de diez restaurantes en Nueva York y otros tantos en la costa oeste porque, siendo brutalmente honesta, me moría del aburrimiento.

«Aburrido en la cena, aburrido en la cama», siempre me decía mi abuela, y ese recordatorio en la voz de la mujer más importante de mi vida fue todo lo que necesité para tomar una decisión.

—Creo que voy a salir a fumar un cigarrillo —anuncié con una sonrisa que, además, me sirvió para no responder a su pregunta.

La afirmación era también una última oportunidad para mi cita porque en algún momento mencioné que había dejado de fumar hacía poco, pero no apareció ni un dejo de duda en su rostro. Es decir, no me había estado escuchando, así como yo tampoco lo había estado escuchando a él.

¿Para qué continuar la farsa?

Salí sin dedicar una última miradita a la minimalista decoración del lugar y, una vez fuera del restaurante, me coloqué mi abrigo para contrarrestar el helado aire del invierno que ya se cernía sobre Nueva York, y sin importar que mis Jimmy Choo fueran del tipo de zapatos que se exhibe y no se ponen en uso prolongado, me alejé del lugar caminando.

«Siempre sorpréndelos», pensé sonriendo al imaginar la cara del heredero cuando finalmente se diera cuenta de que no iba a regresar, que lo dejé plantado en medio de la cena frente a todos sus mal pagados empleados.

Irme era la respuesta más adecuada para su descortesía porque, honestamente, ¿quién se creía Samuel Goldberg Tercero?, y lo que era peor, ¿por quién me tomaba?

Alguien debía enseñarle una lección.

Él podía ser dueño de una cadena de restaurantes, muy rico, rubio y bien parecido, con esa apariencia pulida que da nacer con dinero; pero yo, Alexandra Brody, presentadora de un exitoso programa de televisión, famosa en ciertos círculos muy faranduleros y con más sellos en mi pasaporte que la mayoría de la gente, era quien decidía qué era lo que me apetecía del menú.

¡Vaya a tomar por el culo!

Debí haberme dado cuenta cuando sugirió que fuésemos a cenar un miércoles.

¿Quién demonios invita a alguien que realmente le interesa a una cita en mitad de la semana laboral?

Después de quince minutos de caminata por las calles del Greenwich Village, porque el muy idiota ni siquiera me llevó a uno de sus restaurantes de Manhattan, estaba lista para ir a casa y archivar esa noche en el cajón, no muy lleno, afortunadamente, de las malas citas. Sin embargo, ese ejercicio necesario para tranquilizar mi mente me había llevado a un lugar que parecía un depósito abandonado, solo que rodeado de una fauna de lo más variopinta.

Yo creía que el heavy metal había comenzado a boquear a finales de los 80, por lo que, según mis cuentas, ya debería estar muerto, porque nada ni nadie agoniza por tanto tiempo. Sin embargo, estaba allí, vivito y coleando, representado en decenas de desubicados llenos de cuero, tatuajes, y piercings. Eso sin mencionar que aparentemente no se habían enterado de que el naranja era el nuevo negro y que hasta el cantante de Metallica se cortó el cabello por allá a finales de los 90.

Estaba a punto de poner los ojos en blanco y seguir mi camino, pero como por arte de magia mi apetito regresó, y no estaba referido únicamente a la botella de vodka que de seguro podría encontrar dentro. Lo aburrido de mi cita me había dejado con un hambre por algo un poco más exótico que esos especímenes de traje y corbata con algún grado en finanzas de Yale o Harvard que formaban parte de mi dieta cotidiana. Se me antojaba algo menos educado, con menos conversación elevada y más diversión básica. Era momento de dejar de lado el strogonoff, al menos por una noche, y recordar a qué sabían las hamburguesas que venden en los puestos callejeros, esas que están llenas de salsas y calorías.

Además, me había puesto mi ropa interior especial y ella merecía recibir su cuota de admiración, de lo contrario podría sufrir de un grave problema de autoestima. ¡En serio! La ropa interior cachonda, así como tiene personalidad, también tiene sentimientos.

Estaba consciente de que mi abrigo Donna Karan y mi vestido Michael Kors de color amarillo tostado no eran la vestimenta adecuada para ese lugar y me harían resaltar como a una margarita en medio de una nevada, pero yo nunca tuve problemas con resaltar, por eso decidí trabajar en televisión.

«Si lo tienes, úsalo», siempre me decía mi abuela.

Me dirigí hacia la cuerda de terciopelo que marcaba la entrada y establecí contacto visual con el portero de casi dos metros. No había terminado de llegar cuando la barrera se levantó para mí. Era bueno saber que, a pesar de la noche que venía teniendo, aún mis trucos con el sexo opuesto funcionaban.

«¿Viste, ropita interior, querida, todavía tenemos sex appeal?».

—¿Cómo se llama este lugar? —pregunté al portero regalándole al mismo tiempo una de mis mejores sonrisas.

—Improvisación.

El nombre le venía de maravilla porque esta noche yo estaba improvisando.

Una vez que traspasé el umbral, la oscuridad me asaltó, así como el olor a cigarrillo, cerveza derramada y sudor. Estudié mis alrededores para establecer el punto desde donde operaría y ninguno era mejor que la barra que había a mi izquierda: podía conseguir un trago y evaluar los prospectos.

Siempre es bueno buscar el terreno alto. Eso nos lo enseñó Obi Wan Kenobi.

Pedí ese vodka tonic con el que llevaba soñando unas cuantas horas a una cantinera que, aparentemente, había ido a trabajar solo con su ropa interior, y dando traguitos a mi bebida me entretuve tarareando Smells Like a Teen Spirit de Nirvana, que era lo que se escuchaba a través del sistema de sonido.

Tenía siglos que no escuchaba esa canción y me sorprendí al darme cuenta que hasta conocía parte de la letra.

¿Quién lo diría?

«Me gusta este sitio», pensé un poco sorprendida, porque el lugar tenía una vibra increíble.

Definitivamente, saliera de allí acompañada o no, Improvisación sería una opción que mantendría en mi agenda para los días en que necesitara liberar tensiones y cambiar de ambiente. Para ser yo misma en un escenario diferente.

Fue en medio de mi disertación mental sobre la necesidad de tener un sitio así en mi lista de lugares de entretenimiento que lo vi: era tan alto que sobresalía entre la masa de cuerpos que sacudían sus cabezas y brincaban. Caminaba con parsimonia, como si tuviese todo el tiempo del mundo y la loca fiesta zombi a su alrededor ocurriera en una dimensión paralela.

Pero no era solo eso, no bastaba con ser alto para llamar mi atención. Su rostro era masculino, duro y serio, y su cabeza rapada y el aro que le atravesaba la nariz, como si fuera un toro, le daba un aspecto peligroso. No había nada de fragilidad en él, tampoco nada de interés en lo que le rodeaba, eso, claro, hasta que su mirada se topó con la mía y, a pesar de la oscuridad y el gentío, pude ver claramente la chispa.

¡Bien por mí!

¡Hurra, hurra, Alex!

Esta noche, de seguro no la pasaría sola.

El gigante supermasculino y con cierto aspecto malvado, que nada tenía que ver con el soso ejecutivo que había dejado atrás, comenzó a caminar hacia la barra, hacia mí.

Era momento de comenzar el juego.

 

Capítulo dos Mason

 

 

 

 

Mi amigo Cash estaba en modo «soy un puto estereotipo», lo que en su lenguaje significaba follarse a alguien en un baño, acompañado de un tercero y alguno que otro espectador. Sí, lo sé, Cash tenía sus «asuntos pendientes», pero yo no estudié psicología y, no podía negar que, en algunas ocasiones, estaba del humor correcto para unirme, lo que me convertía en un ángel de la guarda de mierda.

Normalmente, Cash controlaba bastante bien sus demonios, pero Sorel, su prima, acababa de salir del hospital con lo que supusimos inicialmente había sido una recaída de esa enfermedad que pendía sobre su cabeza como una Espada de Damocles. Durante todo el tiempo de pruebas y descartes, Cash se escondió en la casa de su familia en Los Hamptons temiendo lo peor, porque sí, él era de los que se escondía; aun estando a plena vista, aun llamando la atención con su comportamiento destructivo, estaba escondiéndose, lo admitiera o no.

Ahora que la mujer más importante de su vida estaba nuevamente fuera de peligro, Cash había regresado a la ciudad para liberar toda la frustración que acumuló de la única forma que le daba resultado: sexo, alcohol y rock and roll.

Sorel estaba bien, mejor que nunca; pero Cash, su contraparte, estaba en medio de su huracán personal.

Ese par era como una balanza. Si uno estaba arriba, invariablemente el otro estaba abajo.

Aunque había tomado como mi tarea personal vigilar a mi amigo para que no se excediera, porque para eso son los amigos, ese día no tenía ganas de pensar en demonios, en lo perdidos que estaban todos, en el existencialismo idiota con el que pretendían llenar sus vidas, dejándolas todavía más vacías.

¿Es que no quedaba gente normal en el mundo? ¿Personas sin traumas que recordar a cada momento para justificar sus patéticas existencias y reiterados errores?

Bufé.

Cash podía llegar a ser abrumador; mis intentos por mantenerlo en línea, agotadores, y follar con él en un baño se estaba volviendo cansón.

El sexo es divertido, delicioso, además de ser un amplio universo donde puedes explorar mucho si ambas partes lo desean y no te molestan las etiquetas. Solo allí, libre de prejuicios e ideas preconcebidas, descubres cosas de ti mismo que en otras condiciones no sabrías; pero no es una herramienta para descargar frustraciones, para olvidar, para sentirse mejor sobre uno mismo. Las respuestas no están en los orgasmos, tampoco en el fondo de una botella, y mucho menos en las drogas.

He disfrutado de las tres anteriores en reiteradas oportunidades, pero nunca como una tarea o como una casilla que debo rellenar cada día para continuar representando mi papel.

No tengo un papel.

Cuando vine a Nueva York a los diecisiete años con la idea clara de que no regresaría a casa, lo hice porque no quería continuar haciendo lo que se esperaba de mí, porque quería vivir y disfrutar de cosas que me estaban negadas desde el momento en que nací. No fueron las luces, la música, el sexo o el alcohol lo que me deslumbró, fue la cantidad de posibilidades de ser quien quisiera ser, de vivir a mi modo y que ese modo no estuviese representado por un camino en línea recta, sino con curvas y rectificaciones a cada paso.

En aquel entonces era un niño hambriento de conocimiento, del que se consigue en los libros y también del que se obtiene viviendo. Trece años después todavía sentía que aprendía algo cada día.

No fue fácil adaptarme a esa nueva vida, lo reconozco. En algunos momentos fue hasta espantoso y tuve que luchar con esa parte de mí que me recordaba que podía regresar a casa, a esa vida tediosa pero segura en medio de su orden repetitivo. Sin embargo, nunca me gustó vivir en el pasado ni quedarme en los días difíciles, siempre imagino que lo que viene será mejor.

Soy un maldito optimista de mierda.

Y mientras caminaba por Improvisación, que estaba tan atestada como siempre, el universo me hizo ver que tomé la decisión correcta al no quedarme con Cash y su amiga en el baño. Una mujer que era imposible no notar esperaba junto a la barra y no sé por qué tuve la sensación de que esperaba por mí.

Era como si una personalidad de televisión hubiese decidido parar en ese agujero en la pared por un trago y traído con ella todos los reflectores del estudio para que la apuntaran.

Lo que más llamó mi atención no fue ese vestido amarillo en un universo donde el negro y el gris parecían ser los únicos colores en los que hacían la ropa, ni que estuviera peinada y maquillada como si fuera a posar para una fotografía de una de esas revistas de moda, toda rubia y glamorosa; era que se veía llena de confianza. No parecía confundida, ni incómoda por el sitio en el que estaba ni la gente que la rodeaba.

Estaba sola, cosa inusual en una mujer en un sitio como este; estaba disfrutando y me estaba mirando.

Siempre he creído que la buena suerte no es más que un pequeño milagro que Dios pone en tu camino cuando más lo necesitas. Así que, como las oportunidades divinas deben ser aprovechadas, porque todo lo que Él hace forma parte de un plan mayor, fui hacia ella y la noté sonreír un poco más.

—Hola, Lara —saludé a la cantinera en lo que llegué a la barra. Pasaba más tiempo en Improvisación que en mi casa y todos los que trabajaban allí eran mis amigos.

—¿Patrón? —preguntó ella, y yo solo asentí sin dejar de notar que la rubia a mi lado me miraba como si me estuviese tomando las medidas para un traje.

Estaba de espaldas a la barra, un codo apoyado en ella, en la mano opuesta un vaso y los tobillos cruzados. No sé cómo hacía para mantener el balance en esos tacones de altura imposible, pero su postura era relajada y su mirada sobre mí directa e interesada.

No era de las que quieren aparentar no estar mirando y lo hacen discretamente entre pestañas cerradas, un truco infantil e inmaduro que siempre me ha molestado. Miraba sin importarle que yo me diera cuenta.

Lara me sirvió mi chupito.

—¿Tequila? —preguntó la rubia. Pude escuchar la sonrisa en su voz y tan solo el sonido era contagioso—. ¿No crees que es un poco estereotipado?

Tomé el vaso de tequila y lo bebí de una vez para ocultar la sonrisa que comenzaba a aflorar en mi boca desesperada por encontrarse con la que se reflejaba en la voz melodiosa, aunque un poquito ronca, de esa mujer.

Sentí el líquido caliente bajar por mi garganta y llegar a mi estómago. Entonces volteé, solo la cabeza.

Ya la había visto cuando me acercaba, pero así, de frente y de cerca, me convencí de que nunca había estado en presencia de una mujer tan hermosa. Sí, hermosa estilo comercial de televisión, estilo competencia de modelos; de ese tipo de seres humanos que ganaron la lotería genética y, además, lo saben.

—¿Estereotipado? —pregunté, no ofendido, más bien ligeramente presumido porque sabía exactamente qué vendría a continuación.

Ella sonrió más ampliamente y esa sonrisa era capaz de iluminar por sí sola todo ese lugar caracterizado por sus sombras. Era tan potente que hasta sentí que algo se iluminó dentro de mí, barriendo de un golpe las sombras de mi amigo Cash que siempre se quedaban colgando en mi espalda y hasta los remanentes de mis días tristes pasados, dejando un calorcillo residual agradable.

—Sí —me dijo levantando un hombro, coqueta—. Un hombre, así como tú, enorme, con tatuajes, con un piercing en la nariz y la cabeza rapada no puede beber otra cosa que no sea tequila. ¡Faltaba más!

Ahora sí volteé mi cuerpo completamente hacia ella y también, casualmente, apoyé un codo en la barra. No habíamos intercambiado más de dos frases y me estaba divirtiendo como un niño en un parque de atracciones.

—¿Y de dónde proviene el estereotipo? —pregunté y ella ladeó la cabeza, curiosa. Era obvio que esa no era la respuesta que esperaba—. El estereotipo lo construyes tú en tu mente, preciosa, gracias a tus experiencias de vida y expectativas. La que cree que los hombres grandotes y tatuados beben exclusivamente tequila eres tú, así como seguramente debes creer que los que usan traje y corbata prefieren el escocés en las rocas y, si son un poco melindrosos, con soda. —Me encogí de hombros—. Si quieres saber la verdad, bebo tequila porque me gusta el sabor no porque quiera dar alguna imagen en particular, no soy así. Si me gustara la Coca-Cola sería eso lo que pediría. No estoy pendiente de lo que la gente pueda pensar de mí.

—¿Y por qué no te gusta la Coca-Cola? —preguntó con una chispa diferente en su mirada, una que señalaba un interés que era más que físico.

«Sí, preciosa. También tengo un cerebro que ejercito tanto como mis otros músculos».

—Demasiado dulce —contesté.

—¿Tienes algo en contra de lo que es demasiado dulce? —insistió dando medio paso hacia mí.

No pude asegurar si ese paso fue dado a propósito, como un primer movimiento de ese baile tan divertido de seducción que, cuando estaba ejecutado apropiadamente, pasaba desapercibido. Solo sé que estaba más cerca y mi cuerpo se sentía atraído hacia ella como si fuese un imán y yo un pedazo de hierro.

Nunca fui de los que le niegan al cuerpo lo que quiere. Tuve muchos años de eso cuando estaba creciendo.

Así que también di un paso al frente y me incliné hacia ella. Me complació enormemente notar que no retrocedió, que no hubo ningún tipo de alerta en sus ojos, que, evidentemente, esa cercanía le agradaba tanto como a mí.

—No me gustan las cosas demasiado dulces —susurré en su oído y, cuando me incorporé me volví a encoger de hombros como si no fuera mayor cosa, como si esa aproximación no hubiese existido o importado—. Siempre prefiero un toque ácido.

—Puedes tomar la versión sin azúcar —ripostó.

—¿Por qué enmascarar lo que no te gusta con una versión diferente, insistir en ello, cuando hay tantas opciones en el mundo?

La rubia sonrió todavía un poco más y fue de esas sonrisas que son casi una carcajada silenciosa. Hasta sus hombros se movieron un poco.

Estiró su mano hacia mí.

—Soy Alex.

—Yo soy Mason.

Sus manos eran suaves como las de quien nunca en su vida ha hecho ni siquiera un trabajo de jardinería, pero el apretón fue seguro, confiado, no porque confiara en mí sino porque confiaba en ella. Esa mujer estaba convencida de que podía manejar a alguien como yo y no podía más que darle la razón. Es más, una parte de mí quería urgirla a que lo hiciera sin mayor dilación; pero otra, la que controlaba mi mente y no mi polla, no deseaba únicamente lo que estaba entre sus piernas, sino entender la razón por la que una chica, mejor dicho, una mujer como esa, cayó a través de la madriguera para aterrizar en mi esquina del mundo, precisamente ese día que estaba hastiado de todo lo demás, del ambiente y los amigos, del sexo vacío y el alcohol diluido.

Obviamente que no podía preguntárselo porque eso sí me convertiría en un estereotipo y, seguramente, ella no tendría la respuesta.

Tenía que descubrirlo.

Solo con esa perspectiva, mi noche pareció mejorar.

—¿Y vienes mucho a este lugar? —preguntó mirando casualmente a su alrededor.

—Casi todos los días.

Levantó las cejas un poco.

—¿Y qué haces aquí casi todos los días?

Lo preguntó con un tono casual y con una sonrisa. Sentía que me estaba entrevistando, que estábamos grabando un programa de televisión y que todos a nuestro alrededor eran escenografía.

—Algunas veces trabajo, otras solo vengo por la música y el tequila.

—¿Estás trabajando hoy?

—No.

«Cash puede arreglárselas solito».

—Tengo tequila en mi casa y un buen sistema de sonido —dijo dándole un trago a su vaso con una expresión de inocencia que no engañaba a nadie.

Allí estaba el ofrecimiento, ese que la parte inferior de mi cuerpo ansiaba recibir, y contrario a sus deseos, mi cabeza rechazaba con vehemencia y sin detenerse a considerarlo, casi como si le hubiesen propuesto ir a un servicio religioso.

Hacía un par de días, una semana, un mes, hubiese estado más que dispuesto a aceptar esa oferta tan poco encubierta. ¿Precisamente ese día? Debo decir que me decepcionó un poco porque estaba pasando un buen rato y sus palabras le ponían fecha de expiración.

Me iría con esta mujer, follaríamos y luego todo desaparecería.

Como con Cash, sus amigas y/o amigos de los que venía huyendo cuando me encontré con esta mujer, como muchos otros días los cuales ya no podía identificar.

Como mi vida sexual en los últimos años.

—Tengo como regla no ir a casa de desconocidas —mentí sonriendo, y le hice una seña a Lara para que llenara mi vaso nuevamente—. Uno nunca sabe bajo cuál delicioso aspecto puede esconderse una asesina serial.

—¿Te parezco deliciosa o una asesina serial? —preguntó y no parecía molesta u ofendida, era como si creyera que mis palabras formaban parte de un extraño juego previo, como si me estuviese haciendo el difícil.

—Deliciosa estoy segura que lo sabes, no necesitas que yo te lo diga. En cuanto a lo otro, nunca he conocido a una asesina serial, así que no puedo estar seguro e imagino que tú tampoco.

—Creo que me perdí.

Me tomé el tequila y dejé que me castigara, que despejara mi cabeza y espantara los consejos de ese pequeño diablillo que todos tenemos sentado en el hombro y que me decía «sabes que quieres hacerlo». Había tomado una decisión, una que de seguro me dejaría con fantasías masturbatorias por un buen tiempo, pero como siempre, si algo no se sentía correcto en el momento, pues no lo hacía. Era la única forma de vivir honestamente contigo mismo.

—Para algunos, yo tengo todo el aspecto de un asesino peligroso —expliqué—, y me estás invitando a irme contigo a tu hermosamente decorado apartamento en Manhattan.

—¿Cómo sabes…?

—¿Que vives en Manhattan? —Reí un poco—. Como si alguien que usa un vestido como ese y carga el bolso de esa manera pudiera vivir en otro lado. Tienes el código postal estampado en la frente.

—¿Tienes algo en contra de mi código postal? —preguntó mitad irritada mitad incrédula.

—Eres una mujer muy hermosa, Alex, muchos te dirán que demasiado para alguien como yo y, definitivamente, demasiado para un lugar como este. Si andas haciendo ese tipo de ofrecimientos a extraños, con un poco de suerte, terminarás con una infección después de que alguien te folle en un baño sin preocuparse de si te está gustando; o en el peor, atada a tu preciosa cama con sus sábanas de algodón egipcio mientras un rufián roba todo lo que puede de tu apartamento y llama a sus amigos para que disfruten de lo ofrecido.

Los ojos de Alex se agrandaron.

Estaba siendo severo, tal vez demasiado para la situación.

La mayoría de los sujetos que acudían a Improvisación no eran delincuentes, solo jóvenes que querían parecer «diferentes» o «artísticos», personas especiales con un estilo de vida alternativo; pero que terminaban integrándose a un rebaño igual a ellos, lo cual era una contradicción, si me preguntaban. Estaba seguro que no sabrían cómo hablar con una mujer como Alex, mucho menos encontrarían sus pollas ante una proposición tan directa, pero nunca se podía estar seguro de lo que se escondía entre las sombras y era mejor imaginar los escenarios más dantescos por su seguridad y mi paz mental.

Además, Cash todavía estaba por allí…

Cash y su carisma inagotable.

Cash y su apetito sexual que estaba más que desbordado después de su abstinencia.

—No necesito un príncipe en brillante armadura que me cuide —dijo Alex levantando la barbilla y cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿Te parezco un príncipe?

Me miró de arriba abajo y, a pesar de que estaba molesta, una de sus comisuras se movió hacia arriba.

—Tal vez uno medioeval o vikingo. —Encogió un solo hombro—. Pero seas cual seas, yo no soy una damisela en apuros, eso tenlo por seguro.

Suspiré.

La mayoría de las veces ser un tipo decente daba más trabajo que ser un hijo de puta.

—Vale, princesa guerrera, no quieres un príncipe en brillante armadura, y eso lo respeto. En tu lado de la ciudad, en tu reino, probablemente tengas razón y no lo necesites, pero aquí es otra historia, estás en territorio desconocido. Así que déjame acompañarte afuera hasta que encuentres un bonito carruaje y prometo amenazar al conductor con mi cara de malas pulgas para que te lleve directo a tu casa.

—No, gracias —dijo petulante.

—Te advierto que haré mi rutina de sujeto peligroso con cada tipo al que te acerques. —Crucé los brazos sobre el pecho—. Mi reputación me precede, así que huirán de ti, por muy deliciosa que seas.

—Puedo irme a otro lado. Este no es el único bar en esta zona.

La rutina de la princesa malcriada irresponsable estaba comenzando a irritarme, o tal vez fue simplemente la posibilidad de que se fuera a otro lado donde yo no pudiera vigilarla, pero tenía ganas de montarla sobre mi hombro y sacarla de Improvisación a la fuerza.

—Sí, puedes, y en ese caso mi conciencia estará tranquila —mentí nuevamente, obligándome a mantener la fachada de «todo me importa un carajo»—. Sin embargo, te pido, por favor, que no lo hagas porque como es seguro que más nunca te vuelva a ver, me forzarás a leer la sección de crímenes del periódico por meses para estar seguro que no te ocurrió nada y odio leer la sección de crímenes del periódico.

—¿Lees el periódico?

—Soy un ciudadano del mundo y como tal me intereso en lo que sucede a mi alrededor.

—Hazle caso, princesa guerrera —intervino Lara desde detrás de la barra—. Sabe de lo que habla.

Alex nos miró alternativamente a Lara y a mí con algo de rencor.

Ya no más sonrisa iluminada.

—Los únicos asesinos seriales aquí son ustedes dos porque matan sin remordimientos la diversión de una chica —dijo y supe que había ganado la batalla, aunque esa victoria se sintiera como una pérdida—. Ahora cada vez que vea un sujeto, voy a pensar si será él quien me cortará el cuello con una motosierra.

Lara se carcajeó, pero yo me cuidé mucho de que se me notara la sonrisa, no fuera a ser que Alex cambiara de idea solo para llevarme la contraria.

—Vamos —dije señalando con la cabeza hacia la salida—. Buscaremos un bonito taxi que de seguro combinará con tu vestido.

Puso los ojos en blanco, pero se despegó de la barra.

—Eso no ocurrirá —afirmó—, porque el amarillo del taxi colisionará horriblemente con el amarillo de mi vestido.

—¿Colisionará? —pregunté, y en esa oportunidad no pude evitar sonreír.

—De seguro tu teléfono tiene un diccionario. Busca la palabra.

—Sé lo que colisionar significa, solo me parece que es un verbo un poco dramático para la ocasión.

—Pues a mí no.

—Vamos, niña malcriada. El mundo real te espera.

—¿No vas a caminar a mi lado con tu brazo protector alrededor mío? —preguntó con una mueca.

—No, prefiero caminar detrás de ti. Tu trasero se ve genial en ese vestido.

—Son los tacones —dijo con una sonrisita—. Nadie nunca adivinaría que eres de los que prefiere ver y no hacer.

Batió las pestañas.

Obviamente lo iba a seguir intentando, y la culpa era mía por haber mencionado su culo.

—La sorpresa es mi arma secreta —dije.

—La mía también.

—Conformémonos entonces con saber que nos sorprendimos mutuamente.

Me miró unos segundos, de seguro esperando a ver si cambiaba de opinión y, luego, dándose por vencida, comenzó a caminar hacia la salida con una cadencia en sus caderas que se sentía como un espectáculo privado.

No lo negaré, vi su trasero mientras se alejaba y mis ojos viajaron hasta los tacones.

En ese instante, supe exactamente lo que haría esa noche cuando me acostara en la cama y apagara las luces: pensaría en esas piernas con esos tacones, y más nada, sobre mis hombros.

Afortunadamente, el frío que me asaltó cuando pisamos la calle fue suficiente para que mi mente se calmara y dejara de elaborar escenarios deliciosos, y con esa claridad de pensamiento, también llegó la quietud para todo lo que estaba de la cintura para abajo de mi cuerpo.

Me paré a su lado en la calzada, pero fue ella quien hizo la señal al taxi, y el vehículo se detuvo inmediatamente.

Le abrí la puerta y por un momento estuve seguro de que se iría sin dedicarme ni una miradita, pero a último momento, me miró y sonrió sin petulancia.

—Gracias, Mason.

Y todo el control que conseguí gracias al frío nocturno desapareció con solo escuchar mi nombre en sus labios. Quería subirme en ese taxi con ella, permitirle que me llevara a donde quisiese y hasta me atara con sus sábanas de algodón egipcio si me prometía que no se quitaría los tacones.

En un impulso alimentado de seguro por todas esas fantasías, la tomé por la cintura, la pegué a mi cuerpo y la besé.

Si habíamos hablado de sorprender, ese gesto me sorprendió hasta a mí mismo.

Era el beso de despedida de un desesperado, el de viejos amantes hambrientos que se han extrañado durante mucho tiempo, con lengua, con dientes, con fuerza.

Era la recompensa que le cobraba a la vida por ser un sujeto decente.

Tras unos segundos de asombro, sentí como sus manos asieron mis hombros, su cuerpo se pegó al mío y respondió a ese beso con la misma vehemencia con que fue ofrecido.

Si no iba a ver a esa mujer nunca más, al menos le dejaría un buen recuerdo.

Nunca me importó ser olvidado, mi memoria me bastaba, pero en este caso peleaba con lo único que tenía a mi alcance para no serlo.

Cuando nos separamos sus labios estaban ligeramente hinchados y su respiración mucho más agitada que la mía.

Vio el taxi que esperaba, levantó la ceja y ladeó la cabeza.

Una invitación, una última oportunidad.

La última fibra de decencia que me quedaba se activó, afortunadamente, como esa descarga de adrenalina que surge cuando creemos que no damos más, y negué con la cabeza.

No tuve idea de por qué lo hice. El encuentro llegaba a su fin, irme con ella representaría alargarlo un poco más, exprimir la vida como lo había hecho tantas veces; pero no pude.

Me quedé como un idiota viendo los faros traseros del coche alejarse en la noche y encendí un cigarrillo.

«Idiota», me gritaba mi mente con cada calada.

Cuando ya no quedaba sino la colilla de ese pitillo cuyo humo ahogó mis propias recriminaciones, me di la vuelta y volví a entrar en Improvisación.

Al llegar a la barra, Lara exhibía una sonrisita de burla.