El vecino perfecto - Erika Fiorucci - E-Book
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El vecino perfecto E-Book

Erika Fiorucci

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Beschreibung

Este relato forma parte del libro "Tiempo de estrellas", publicado en papel junto a las autoras Nora Roberts, Isabel Keats y Anna Casanovas. Sasha Collins odiaba la Navidad, y tenía buenas razones para ello, hasta que, literalmente, cayó a los pies de su nuevo vecino, el chef serbio Irek Dragic, quien le enseñó, a fuerza de comida casera, galantería y un poco de seducción, que la fecha no era solo decoraciones y compras excesivas, sino estar allí para quienes amas. Otros libros de esta autora: Cuatro días en Londres, Una sonata para ti y Tres días en Moscú. "La autora nos tiene habituadas a historia de amor divertidas y esta no se queda atrás, esta novela viene ni que pintada para estas fechas navideñas. Solo os digo que como comedia romántica en sus inicios te da mucho de que reír en su comienzo como vecinos en estas fechas tan señaladas." Adicta books - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 52

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por Harlequin Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2014 Erika Fiorucci

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

El vecino perfecto, n.º 51 - diciembre 2014

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-4921-1

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Publicidad

Capítulo 1

 

—¡Odio la Navidad!

Lo exclamé en voz alta cuando la desesperación por estar atascada en el tráfico de la ciudad de Miami a las seis de la tarde me hizo caer en el fútil, pero reconfortante acto, de gritar sola encerrada en mi coche. Era mejor esa simple afirmación que perderme en los recuerdos.

Al momento en que escapé de los fríos inviernos de Seattle, creí que el frenesí que se apodera de los seres humanos cuando pasan los primeros quince días del mes de diciembre no se presentaría con tanta fuerza en una ciudad donde, debido al calor, todos se ven en la necesidad de andar por la calle medio desnudos.

Sin embargo, esa bacteria que solo ataca en el último mes del año y que impulsa a las personas a colocar luces de colores, comprar con compulsión y volcarse a la calle en un patético intento por forzar a todos a su alrededor a estar alegres, aparentemente no tenía nada que ver con el estado del tiempo.

Cuando mi plan de liderar una revolución que prohibiera el uso de los colores verde y rojos al mismo tiempo estaba casi listo, ya había llegado a mi edificio. Aparqué justo al frente y me apresuré para poder encerrarme en mi cueva donde los pinos, los renos y las imágenes del hombre gordo con barba blanca tenían prohibida la entrada.

Sin embargo, las festividades parecían perseguirme. Mi pasillo estaba lleno de cables verdes, con todo tipo de adornos y lucecitas titilantes, desperdigados por el suelo como restos de espagueti al pesto destinados al plato de un gigante. Como colofón una voz grave y ligeramente desafinada cantaba a todo gañote All I want for Christmas is you.

Tanto las luces como la voz parecían provenir del departamento vecino al mío que, hasta ese día, habría jurado que estaba desocupado.

Me apresuré para escurrirme sin ser vista hasta mi puerta, pero eso de caminar apuradita por un pasillo cubierto de cables, mientras tanteas con una mano el interior del bolso para encontrar las llaves, probó ser más peligroso que correr con tijeras. Mi traidor tacón se enredó en una de las extensiones eléctricas y todo se vino abajo.

Literalmente.

Ese par de segundos, cuando te das cuenta de que tus sesenta kilos van derechito al suelo y que para amortiguar la caída vas a tener que soltar la bolsa de comestibles que llevas en los brazos, son desesperantes.

La bolsa fue lo primero que se estrelló. Vi mi caja de cereal y el litro de leche salir airosos del impacto al igual que unas cuantas manzanas, pero mi cena congelada no corrió la misma suerte. La tapa de plástico se abrió y el contenido, un bloque sólido de hielo destinado al horno de microondas, quedó solitario en la alfombra tras deslizarse unos cuantos centímetros.

Yo fui la siguiente. El golpe en la planta de mis manos, así como en mis rodillas, se extendió como una caja de resonancia por todo mi cuerpo.

—¡Por Dios! ¿Estás bien?

¡Perfecto! Ahora no solo mi encantadora persona y mis prácticos alimentos estaban en el suelo, sino también mi honor. Honestamente, si hay algo peor que rodar por el suelo como un espantapájaros sin corazón, es que existan testigos de ese hecho.

—ESTOY BIEN —respondí más molesta que adolorida sin el valor necesario para voltear a ver quién era el intruso en mi momento de vergüenza. Simplemente traté de mitigar mi aparatosa caída con una rápida recuperación.

—Déjame ayudarte.

Una figura pasó a mi lado mientras aún me encontraba en cuatro patas y, para mi tranquilidad espiritual, no hizo el menor amago para ayudarme a salir de mi comprometida situación. Siguió derechito hacía mis compras tratando de regresar el contenido a la bolsa de papel, que ahora exhibía una raja más grande que la del vestido negro de Angelina Jolie en aquella edición de los Óscar.

—La Navidad debería estar prohibida por decreto —dije cuando finalmente me puse de pie—, representa un claro riesgo para la salud pública.

—¿Seguro que estás bien?

El extraño acento me hizo levantar la vista de los brazos que contenían mi maltrecha bolsa de comestibles. De hecho, más que levantar la vista fue más bien como abrir la toma en una cámara de video, porque aquel que recogía mis compras era de ese tipo de sujeto que no se puede apreciar por partes.

No era su nariz, alejada de todos los cánones clásicos; ni su cara irregular; tampoco su cabello oscuro cortado en una forma impecable ni sus ojos color miel lo que lo hacía tan llamativo. Ni siquiera se trataba de que, en conjunto, tuviese uno de esos rostros que por raros son extrañamente atractivos. Era una especie de vibra de «yo soy el jefe» que emanaba de él, aun cuando estaba vestido en un simple pantalón de ejercicios y una camiseta sin mangas.

—Estoy perfectamente —le respondí con una sonrisa, tratando de aparentar que eso de lanzarme al suelo como clavadista sin piscina era parte de mi rutina diaria de ejercicio—, y no tienes que disculparte. Podemos echarle la culpa a la necesidad de ciertas personas de relacionar el mes de diciembre con decoraciones inútiles en los pasillos.