Una sonata para ti - Un libro para Cash - Erika Fiorucci - E-Book
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Una sonata para ti - Un libro para Cash E-Book

Erika Fiorucci

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Beschreibung

Una sonata para ti Andras Nagy es un virtuoso del piano, un hombre estricto y serio que ha evolucionado de niño prodigio a alabado concertista y brillante director de orquesta. Pero su evolución exige que suba un nuevo escalón: la composición. Ser tutor de tres alumnos elegidos por él mismo en la prestigiosa escuela de música Juilliard de Nueva York le proporcionará el tiempo y también la publicidad necesarios. Entonces aparece ella, la chica gótica del maquillaje exagerado y las cadenas, y un talento que le recuerda mucho a sí mismo… Un libro para Cash Georgia era el tipo de niña buena que estudia y hace lo que se espera de ella. No se queja; después de todo, ¿qué otra cosa hay para hacer? La respuesta vendrá con Cash: tatuado, con piercings en las cejas y botas de cuero. Desde luego, Georgia no está preparada para la irrupción de un músico de rock en su vida. Pero cuando se da cuenta de que sería capaz de dejarse poseer en la calle con tal de probar lo que Cash le puede ofrecer, entiende que está a punto de perder el control…

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Seitenzahl: 568

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación

de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción

prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 153 - septiembre 2022

© 2013 Erika Fiorucci

Una sonata para ti

© 2015 Erika Fiorucci

Un libro para Cash

Publicados originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013 y 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la

imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas,

vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son

pura coincidencia.

® Harlequin, Tiffany y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de

Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas

con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de

Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1141-045-8o

Índice

 

Créditos

Una sonata para ti

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

 

Un libro para Cash

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Epílogo

 

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Andras se moría del aburrimiento. Aunque sabía que hacía esto por una buena razón —necesitaba el tiempo libre que su nuevo trabajo le garantizaba—, el proceso de poner las cosas a punto era terriblemente fastidioso.

Necesitaba componer. Era el paso lógico en su carrera y estaba más que ansioso por recorrer ese nuevo camino y salir airoso, como siempre. Había hecho sin mayores traumas la transición de niño prodigio del piano, ganador de las más prestigiosas competiciones, a consagrado concertista. Luego había brillado como director de orquesta y ahora su carrera exigía la composición, no como una vía para expresar algo, sino como una nueva conquista.

A sus veintinueve años, estaba convencido de que en la música no había nada que no pudiese hacer. No se trataba solamente del talento con el que había nacido y de lo que se había esforzado desde que llegó a los pedales del piano. Sabía cómo publicitarse: bien vestido, bien peinado, con cierto deje presumido pero simpático y siempre haciendo un movimiento calculado que, aunque era lógico, nadie esperaba.

Sin embargo, sus fallidos intentos como compositor —ninguno que el público conociera, por supuesto— le habían demostrado que escribir música era un universo distinto a tocarla. Pero no había llegado hasta la cima precisamente por abandonar algo cuando no le salía bien al primer intento. Simplemente necesitaba más tiempo para explorar esta nueva faceta y finalmente dominarla como el maestro que era y no había mejor forma de obtener ese tiempo, sin mantenerse fuera del mapa, que aceptando ser el tutor de algunos alumnos destacados de la escuela Juilliard—o simplemente Juilliard como la llamaban los entendidos— en Nueva York.

La idea en un principio le había parecido brillante, podría componer y al mismo tiempo dar sus primeros pasos como tutor, y la cantidad de publicidad que estaba recibiendo el nuevo programa daba fe de que su decisión había sido acertada. Cerca de cincuenta estudiantes se habían inscrito para las pruebas y eso no era más que otra declaración de lo importante que el nombre de Andras Nagy se había vuelto en los últimos catorce años.

El problema era que él mismo había exigido ser el encargado de seleccionar a los alumnos que acogería bajo su ala y se le antojaba que el proceso era una enorme pérdida de tiempo.

Uno tras otro vio y escuchó a los mejores talentos de la nueva generación: niños prodigio, virtuosos que estaban por graduarse y destacados intérpretes a quienes solo les hacía falta depurar la técnica. Todos tenían algo, pero ninguno tenía nada que no hubiese visto antes.

A esas alturas, Andras estaba convencido de que decidiría quiénes serían los afortunados lanzando los expedientes al aire y seleccionando tres al azar. La cuestión era que su nombre estaba en juego. Si optaba por esa forma de selección y alguno de sus aprendices no resultaba lo suficientemente bueno, su reputación podría verse empañada y eso era algo que bajo ningún concepto permitiría.

Con un suspiro se frotó los ojos. Después de dos días de escuchar hasta la saciedad estudios de Chopin, sonatas de Schubert y Rachmaninoff, y de casi llegar a odiar la Rapsodia Húngara N° 2 de Liszt —que la mayoría de los aspirantes parecía haber elegido en honor a su gentilicio y al repertorio que lo había caracterizado durante casi una década— estaba a punto de perder la esperanza.

Hasta que entró ella.

—¡Qué demo...! —pensó, pero se detuvo en seco al darse cuenta que lo había dicho en voz alta.

Las botas de bombero de la chica, peladas en la punta de tanto uso, no eran lo más llamativo de su vestimenta. Las medias negras de malla con agujeros en las rodillas que desaparecían a la altura de los muslos debajo de unos shorts vaqueros que, aparentemente, habían sido cortados con un cuchillo de cocina, sin duda se llevaban el primer premio; aunque seguidos muy de cerca por la camiseta blanca con el cuello estirado y llena de dibujos que, evidentemente, habían sido hechos sobre la tela con un rotulador.

Para su aspecto había que crear una categoría especial que traspasara los linderos del vestuario. Era pequeña, delgada y muy muy pálida, casi traslúcida, lo que combinaba perfectamente con su cabello negro muy corto, con unos pequeños picos que le caían sobre la frente.

De lejos no podía ver el color de sus ojos, pero era evidente que estaban bordeados por gruesas líneas de maquillaje negro.

Luego de superar el shock que le causaron tanto su aspecto como su ropa, el paso completamente desinhibido con el que entró al salón fue otra de las cosas que despertó a Andras del letargo en que las audiciones lo habían sumido.

Él mismo había hecho su buena cuota de audiciones durante su vida y había presenciado muchas más. Siempre existía cierto temor, no importaba cuan bravucón o seguro se intentara parecer. Los que iban a hacer las pruebas entraban lentamente, buscando con la mirada baja en el fondo del salón a aquellos que los evaluarían. Algunos sonreían e intentaban ser simpáticos, otros trataban de parecer profesionales, pero todos sin excepción tenían esa actitud corporal que denotaba lo nerviosos que estaban.

Pero no esta chica.

Entró como quien se interna en un supermercado con aire acondicionado durante un caluroso día de verano. Estaba relajada y contenta, disfrutando cada paso que daba.

Andras sabía que en los conservatorios siempre había alumnos así y esto era Juilliard, con todo el ambiente bohemio que tanto la institución como la ciudad albergaban. Estrellas de rock, destacados músicos de jazz y compositores de las más diversas tendencias habían salido de esa escuela, pero no creía que entre las prioridades de ninguno de ellos hubiese estado obtener una tutoría con un importante pianista de música clásica.

Quienes habían peleado por esa audición tenían una sola meta y sus aspiraciones y talento iban orientados en esa dirección: un piano de cola, rodeado por una orquesta, fracs, vestidos largos y mucho Tchaikovski.

Por ello no alcanzaba a comprender cómo esa chica, no estaba seguro de si gótica o punk, había logrado obtener una audición o ni si quiera por qué le interesaba hacer la prueba, pero agradecía la distracción.

—¿Nombre? —preguntó desde el medio del auditorio buscando entre las solicitudes que aún le quedaban pendientes.

—Sorel Anglin — le dijo sin mayores reverencias, mirándolo directamente a la cara.

—Maestro... —la corrigió él.

—¿Perdón? —le respondió, pero no había ni un atisbo de disculpa ni en su tono ni en su expresión facial.

No estaba seguro de si la actitud de la chica hacia él le gustaba o le disgustaba, tal vez un poco de ambas cosas. Disfrutaba del respeto que su presencia generaba entre los músicos, estaba acostumbrado a eso y había trabajado muy duro para ganárselo. Que una estudiante le hablara sin el usual tono reverencial le resultaba chocante y al mismo tiempo extrañamente atractivo. No recordaba la última vez que la admiración no era la primera reacción que obtenía de una persona, al menos si había un piano cerca.

—Te dirigirás a mí como maestro Nagy, o si eres muy perezosa para decirlo completo solamente maestro. —Andras hizo un gran esfuerzo por que su pesado acento húngaro se notara más que nunca y luego guardó unos segundos de silencio para que su declaración se asentara hasta en las sillas vacías del teatro—. Puede comenzar, señorita Anglin.

—Sorel —le contestó ella con una media sonrisa mientras caminaba hacia el piano, cantando las palabras con un acento con el que él no estaba del todo familiarizado, pero que a todas luces parecía exagerado—. Soy del sur, de Nashville para ser más precisos. Allí no somos tan formales.

Andras tuvo que contener la risa. La chica estaba bromeando con él y nadie, mucho menos un estudiante, bromeaba con él. Los que lo intentaban, siempre salían con algún comentario que más parecía una lisonja que una broma propiamente dicha. Nunca sonaba espontáneo.

Como colofón, ella no esperó su reacción, como lo habrían hecho otros para ver qué tal le había sentado el comentario. Siguió caminando hasta sentarse en el banco frente al piano. Dejó caer sin ningún tipo de delicadeza la mochila de lona que llevaba al hombro y comenzó a ajustar la distancia del asiento hasta que estuviese acorde con el largo de sus piernas.

—Las pulseras —dijo Andras, dándose cuenta que el brazo derecho de la chica estaba lleno de pequeñas pulseritas de plata, ligas, trozos de cuero con dijes colgando y ristras de piedras. Eso sin mencionar sus dedos, todos adornados con pesados anillos—, no puedes tocar con ellas. Los anillos fuera también.

Ella lo miró divertida.

—No van a estorbar.

—Necesito profesionales para este curso, personas que se lo tomen seriamente y tocar con adornos no encaja en mi definición de seriedad.—La ropa podía soportarla, incluso podía convertirla en un elemento que llamara la atención, pero intentar tocar con todas esas pulseras estaba tan fuera de lugar como colocar un vaso de agua sobre el instrumento—. No sé cómo conseguiste esta audición, pero si crees que me vas a hacer perder...

—Confíe en mí,maestro Nagy—lo interrumpió ella con un guiño.

Andras se sentó de mala gana. Más que molesto con la chica, estaba frustrado consigo mismo. Por primera vez en mucho tiempo no sabía cuál era la manera correcta de reaccionar. Si ella hubiese sido belicosa o irrespetuosa, la audición habría terminado sin darle la oportunidad de tocar un acorde, pero no había nada de eso en sus palabras. Era juguetona, pero no condescendiente; no le temía, pero no era grosera. A falta de una descripción mejor, tenía personalidad.

«Que no toque la Rapsodia Húngara», Andras se sorprendió pensando. Por alguna razón que no podía precisar, quería que ella no fuese una más del montón, que siguiera sorprendiéndolo favorablemente.

Los primeros acordes sonaron y tuvo que contener la respiración. Un millón de emociones golpearon su alma con la sola anticipación de lo que vendría, incluso mucho antes de que los recuerdos inundaran su mente.

Ahora comprendía por qué las pulseras y los anillos que adornaban el brazo derecho de la señorita Anglin no le estorbarían.

El Nocturno para la mano izquierda de Alexander Scriabin era algo que él nunca había tocado en público, precisamente porque evocaba una de las épocas más nostálgicas de su vida. Tuvo que hacer un gran esfuerzo mental para recordar que tenía que evaluar la actuación de la chica y para ello empezó a enumerar todos los aspectos técnicos de la pieza, tratando así de expulsar las memorias.

No una elección usual para una audición. Para impresionar siempre era preferible algo cuyo virtuosismo fuese más evidente, que no dejara lugar a dudas, que usara la dos manos. Sin embargo, sí era una pieza difícil que requería de técnica pues tanto la melodía como la armonía eran tocadas con una sola mano.

No obstante, lo más llamativo de la interpretación de Sorel no era su sólida técnica, sin fallas, que le permitía manejar a su antojo la partitura de una de las piezas para la mano izquierda más difíciles del mundo, sino el sentimiento que arrancaba de cada una de las teclas convirtiendo la música que de ellas salía en algo vivo, que llenaba con su presencia hasta el último rincón del auditorio vacío y se colaba hasta el alma de Andras.

Los cinco minutos de la audición se le pasaron como si estuviese encerrado en una burbuja emocional en la que esa extraña chica y la música que hacía lo mantenían cautivo. No había tiempo ni espacio, solo emociones para las que no estaba seguro existiera una denominación aceptada.

Cuando sonó el último acorde tuvo el impulso de pedirle que tocara algo más, cualquier cosa, como si era «Cumpleaños Feliz» o «Estrellita, Estrellita». Lo único que lo detuvo fue lo agotada que Sorel parecía. Sus manos aún reposaban delicadamente sobre el teclado y su cabeza colgaba entre sus hombros. Aunque no podía verle la cara, estaba convencido de que sus ojos estaban cerrados.

Quería preguntarle si estaba bien, también por qué había seleccionado el Scriabin y sobre todas las cosas quería saber qué hacía allí, en aquella audición; pero mientras todas las preguntas hacían fila en su mente intentando decidir cuál saldría primero, la naturaleza del maestro se hizo cargo.

—Gracias, señorita Anglin —dijo tratando de sonar lo más neutral posible.

Sorel volteó lentamente como si hubiese olvidado que había alguien más con ella, que estaba haciendo una audición para que el maestro Nagy la aprobara. No se trataba de una mirada curiosa que intentaba adivinar qué pensaba él de su interpretación, sino más bien la de quien despierta de un sueño y descubre que no está sola.

Sin embargo, el momento duró poco. Sorel se puso de pie, retomando la actitud despreocupada que tenía cuando entró y sin prestarle mayor atención recogió su mochila del piso y se dirigió hacia la puerta.

—¿Por qué el Scriabin? —Finalmente, una de las preguntas que se agolpaban en la mente de Andras se había decidido a salir, aunque lo hizo sin su permiso.

Para disimular, tomó la hoja de la audición de Sorel y comenzó a garabatear cosas en ella a fin de que pareciera que la respuesta era algo que él necesitaba evaluar.

Sorel esperó hasta llegar a la puerta para voltear. Aún con la mano en el picaporte le sonrió como quien guarda un secreto.

—Por dos razones, pero la que le atañe, maestro Nagy—en este punto hizo una leve inclinación con la cabeza de fingida cortesía—, es que pensé que usted podría aprender algo.

Y con esa bofetada verbal salió, dejando la airada protesta de Andras dentro de su garganta.

Capítulo 2

«¿QUIÉN SE CREE QUE ES ESA NIÑA?», vociferaba el Maestro dentro de Andras en una diatriba silenciosa que se extendió en el tiempo que demoraron las restantes audiciones. Ella estaba allí para aprender de él. No había nada que una estudiante de conservatorio, por más talentosa que fuera, estuviese en disposición de enseñarle.

Él era Andras Nagy, ganador de los premios Chopin y Van Cliburn, había sido nominado al Grammy, era Embajador Honorario de las Artes de su país, estaba catalogado como el talento más grande al piano en la actualidad y era uno de los directores más respetados, todo eso antes de llegar a los treinta, y ninguna niñita iba a enseñarle nada tocando un Nocturno. No un Concierto, o al menos una Sonata o un Estudio, ¡un endemoniado Nocturno!

Sin poderse sacar a la chica de la mente, se quedó horas sentado en el auditorio después de que el último aspirante abandonara la sala, preparando mentalmente miles de formas de ponerla en su lugar. No obstante, más allá de los improperios que su ego profesional, que por cierto tenía una voz muy parecida a la de su padre, continuaba lanzado, el hombre dentro de él se entretenía simplemente con la idea de volver a verla, le intrigaba particularmente descubrir de qué color eran sus ojos.

—¿Te estás escondiendo, Andras? —La voz lo sacó de sus duales cavilaciones.

Aun si no hubiese conocido el tono de esa voz, el hecho de que lo llamara por su nombre era un identificador automático de la persona de donde provenía: para los demás era el maestro Cristóbal Noriega, director de la cátedra de Piano; para Andras, solamente Cris.

A pesar de los quince años de diferencia entre ambos, era el único amigo real con el que podía contar desde que era un adolescente que viajaba por todo el mundo rodeado de adultos.

En su juventud, Cristóbal Noriega había sido un pianista respetado, lo suficiente para compartir escenario con el niño prodigio, y prueba de ello era el puesto que ahora ostentaba en el conservatorio más prestigioso del mundo. Andras había crecido bajo el ala de Cris, su mentor, no en la música, sino en la vida. Fue él quien le compró su primera cerveza, le lavó la cara después de su primera borrachera, le encendió su primer cigarrillo y muchos otros «estrenos».

Nunca dudó que Cristóbal acabaría en la docencia, enseñando a los más jóvenes rutas y atajos. Eso había hecho con él y no precisamente en lo relativo a las escalas y arpegios.

—No forma parte de mi naturaleza esconderme.

—Y yo que creía que eso era lo que habías venido a hacer aquí.—Cristóbal atravesó el escenario hasta llegar al área del público del auditorio y se sentó, con esas maneras tan coordinadas que había exhibido toda su vida, en un asiento vecino al de Andras—. Y no me refiero solamente a la ciudad.

—Vine porque quiero compartir mis vastos conocimientos con la próxima generación —le contestó sonriendo.

—Guárdate el comunicado de prensa para alguien que se lo crea.

Los dos rieron de forma cómplice.

—¿Ya elegiste a los afortunados?

—Pensaba en eso precisamente...

—¿Y?

—Reduje la lista a diez.—Andras señaló los expedientes que reposaban en la silla que los separaba. El resto había sido descartado y ocupaba la mayor parte del piso frente a él—. Honestamente, no esperaba que fuera tan difícil.

—¿Qué te puedo decir? Tenemos estudiantes talentosos...

—Sí... —Andras meditaba sus palabras—. Todos están muy parejos, algunos tienen más técnica, otros más interpretación, pero una cosa compensa la otra. Tú los conoces más que yo, una ayuda me vendría bien.

—¿El gran maestro Nagy me está pidiendo auxilio? —El tono no podía ser más presumido—. ¿Admites que hay algo en lo soy mejor y mucho más experimentado que tú?

—No sería la primera vez...—una risa baja escapó de su garganta—, pero no se lo digas a nadie.

—Eso quiere decir que solo debemos descartar siete más... —Cristóbal tomó los expedientes, presto a echarles una ojeada.

—Ocho—dijo Andras mirando la hoja de papel que mantenía en su mano—. Seleccioné a alguien.

No valía la pena seguir esquivando el asunto. Para bien o para mal, la chica gótica de actitud amistosa y al mismo tiempo irreverente había resaltado en el grupo de excelentes pianistas que había escuchado en los dos últimos días. De hecho, la planilla de solicitud de Sorel era la única que no había ido a dar ni entre los «descartados» en el piso ni entre los «posibles» que ahora Cristóbal sostenía. Estaba adherida a su mano tanto como el recuerdo de su interpretación a su mente.

—¿Y se puede saber quién es este ser humano especial que te ha hecho mirar en su dirección?

—Sorel Anglin.—Andras no pudo evitar darse cuenta que hasta su nombre era musical.

—¿Sorel Anglin?

Para sorpresa de Andras, Cristóbal sonaba, más que sorprendido, completamente aterrado.

—Esperaba algo más como «tú sí sabes reconocer el talento» o, tal vez, «Andras, esa era la decisión obvia»—arqueó levemente las cejas—, pero nunca una cara como si te hubiera notificado que voy a unirme como trapecista al circo.

—Bueno, entre ofrecerle una tutoría a esa chica y unirte al circo... —Cristóbal movió las manos como si fueran una balanza.

—¡Por favor, Cristóbal!

—Entiendo, entiendo. Es la forma en que trabajas, todo este asunto de la publicidad. No niego que sería un golpe brillante poner a una chica como esa frente a un piano de cola a tocar Mozart o Bach, llamaría la atención, nadie lo esperaría de alguien tan tradicional como tú, pero ¿es necesario desperdiciar una tutoría en ella? Hay otros estudiantes que...

—¿Es por cómo se viste? —Andras sintió que un repentino malhumor lo llenaba. Sabía que ella era excepcional y le exasperaba que los demás no estuviesen de acuerdo con él—. Esa chica, como tú la llamas, es extremadamente talentosa y si vas a dejar que un prejuicio tonto te evite ver quién realmente tiene madera para esto...

—Vale, vale—. Cristóbal levantó las manos en señal de rendición—. Se me había olvidado lo mal que manejas que alguien te lleve la contraria, maestro y, para tu información, mis reservas con respecto a la señorita Anglin no tienen nada que ver con cómo se viste ni mucho menos con el aro que atraviesa su labio inferior.

«¿Qué aro? ¿Dónde? ¿Por qué no lo vi?», la mente de Andras divagó unos cuantos segundos antes de recordar que estaba sosteniendo una conversación que iba mucho más allá de los adornos corporales.

—¿Entonces?—Andras cruzó los brazos sobre el pecho, aún intrigado por cómo se vería ese aro en la boca de Sorel, pero haciendo un enorme esfuerzo por no demostrarlo—. ¿Nunca la has escuchado tocar? Porque es la única cosa que explicaría tu sorpresa.

—No niego que Sorel Anglin es talentosa, además tiene una técnica bastante limpia y buenas calificaciones, de lo contrario no se le hubiese permitido tomar la prueba, aunque me sorprende que lo hiciera, pero tienes que confiar en mí—. Cristóbal miró a Andras a los ojos tratando de hacerle entender—. En lo referente a los estudiantes y al potencial que pueden llegar a desarrollar, yo tengo más experiencia. La chica no merece tu tiempo.

—¡Es una virtuosa!

—¿Una virtuo...?—Cristóbal se interrumpió negando con la cabeza—. ¿Qué tocó?

La pregunta lo tomó desprevenido, pero trató de desviarla de la mejor manera posible.

—No es lo que toca, es cómo lo toca.

—¿Qué tocó, Andras?

En este punto no podía negar que cuando Cristóbal empleaba ese tono con él volvía a sentirse como el adolescente que escondía revistas para adultos en el bolso de las partituras.

—El Scriabin...

—Ah—. Una sonrisa medio triste, medio nostálgica se asomó en los labios de Cristóbal.

—No me vengas con ese «ah», no tiene nada que ver con eso. Era como si... —Andras se tomó unos segundos para intentar poner en palabras lo que había sentido—. Como si estuviese conversando con el piano. No era música, eran sentimientos.

—No trates de explicarme, yo estuve allí ese largo mes que no hacías otras cosa que tocar y tocar ese Nocturno. Estás obnubilado, no es que ella te trasmitiera nada, es esa música la que te hace sentir cosas.

—Soy un adulto ahora, Cris—. Andras trató de poner su mejor expresión de gran maestro—. Y sé diferenciar las cosas. No soy un perro de Pavlov. De ser así, todos los que tocaron la Rapsodia Húngara me hubiesen recordado a mi padre y por lo tanto habrían perdido su oportunidad, pero hay dos de ellos en la lista de los preseleccionados.

—A tu manera, quieres a tu padre y, confiésalo, te gusta la Rapsodia Húngara.

—¿Eres pianista o psicólogo?—Andras movió las manos exasperado—. Lo que no puedo entender es cómo tú precisamente no puedes ver lo excepcional que es esta chica.

—Sorel Anglin tenía todo el potencial para ser una virtuosa. Fue aceptada aquí a los diecisiete años y aún recuerdo el Chopin de su audición. ¡Magistral!

—Me estás dando la razón...

—Dije tenía, recalcando expresamente el tiempo verbal. —Cristóbal levantó uno de sus dedos—. En aquella ocasión, todos nos peleábamos por ser su tutor, pero ella nunca se matriculó.

—¿Qué?

—Tal y como lo oyes. —Movió la cabeza lentamente en señal de asentimiento como para reforzar sus palabras—. Esta es la Universidad con menor tasa de aceptación del país, la gente hace lo que sea por entrar, y ella hizo la audición, fue aceptada y nunca volvió. Ni siquiera contestó a su carta de admisión.

—¿Por qué?

—Nunca se supo.

—Pero está aquí ahora...

—Dos años después, sin argumentar una excusa válida, solicitó su reingreso. Créeme, alguien debió mover los hilos muy arriba para que se le permitiera la entrada. Este lugar no se toma muy bien los rechazos. Estamos acostumbrados a darlos, no a recibirlos.

—Es decir, que desprecias el talento de la señorita Anglin porque los dejó esperando.

—No es solo eso, cuando regresó ya no era la misma y no ha vuelto a serlo en los tres años que han transcurrido desde su vuelta. El momento de Sorel Anglin ya pasó y, lo que es peor, ella no ha hecho nada por recuperarlo. Viene a clases y, sí, es buena, pero nunca llegará a ser más que eso porque no está comprometida. Ese extra que se requiere, esa necesidad de ser mejor cada día no está en ella. Yo diría que toca el piano porque gracias a su talento es algo que le resulta fácil, pero tú mejor que nadie sabes que el talento no es suficiente. Hace falta pasión y ganas de trabajar.

—Ella tiene pasión, estoy seguro, pude sentirla aquí —Andras se tocó el medio pecho aun cuando se daba cuenta de lo dramático que el gesto podía parecer—,y el que haya hecho la audición demuestra que quiere esto.

—No sé lo que pasa por la mente de esa chica y no estoy seguro de querer averiguarlo, pero de acuerdo con su historial, hoy puede quererlo y mañana ni siquiera recordarlo—. Cristóbal trató de encontrar algún atisbo de razonamiento en los ojos de Andras, pero siempre había sido un testarudo. Eso era bueno cuando de estudiar música se trataba, pero a la hora de hacerlo reaccionar se convertía en un verdadero fastidio—. Haz lo que quieras...

—Eso dice mi contrato. —La sonrisa en la cara de Andras era tan grande que amenazaba con tragar todo su rostro. Había ganado y nadie lo iba a hacer cambiar de parecer.

—Pero tendrás que soportarme cuando llegue mi momento de decirte «te lo dije».

Cristóbal recogió los diez expedientes que reposaban imperturbables en la silla e hizo un esfuerzo por recordar algún rasgo de la cara de Sorel Anglin que le diera alguna pista sobre el desmedido interés de Andras. Era difícil, su apariencia general llamaba la atención en sí, y además usaba tanto maquillaje...

—Andras... —Lo miró como si tratara de examinar algo dentro de él—. ¿Tienes claro que Sorel Anglin es una estudiante y tú un profesor? No puedes...involucrarte con ella.

—¡Por favor!—Andras estalló.

Aunque la idea no le había pasado por la mente, una cierta ansiedad pareció apoderarse de su pecho al escuchar hacia donde se encaminaban los pensamientos de Cristóbal. Si hubiese sido una quinceañera seguro que se habría sonrojado o al menos tartamudeado.

—Sé que te gustan altas, rubias y sofisticadas. —Cristóbal pareció relajarse—, pero no estaba seguro de si no querrías probar algo nuevo. Tú sabes, parece que el cuero, los juguetes, látigos, esposas, ese tipo de cosas, están de moda.

—Vete de una vez. —Andras consiguió soltar una risita, pero millones de imágenes pasaron por su mente y no tenían nada que ver con la versión un tanto pervertida que Cristóbal había esbozado. Eran todas sobre piel blanca que él acariciaba con la misma suavidad que empleaba con las teclas de su piano cuando tocaba un Adagio.

Capítulo 3

El día del inicio de las tutorías llegó y Andras estaba tan ansioso como un chico en su primera cita. Nudos en el estómago, palmas sudorosas y demás.

Aunque atribuía la actividad acelerada de sus glándulas suprarrenales a su estreno como profesor, con todo el peso familiar que la historia llevaba consigo, sabía que esperaba de la jornada algo más que demostrar su capacidad de trasmitir conocimientos.

Los dos últimos días habían pasado para él en una especie de frenesí. Hizo de todo para reunir la mayor cantidad de información sobre Sorel Anglin, incluida una búsqueda por Internet que no arrojó más que una cuenta de Facebook y otra de Twitter debidamente protegidas. Eso no era sorprendente, aunque ella aún no era famosa y había otros con su mismo apellido que tenían más entradas.

Se volcó entonces en la información de su expediente académico: buenas notas sin ser sobresalientes, ninguna actividad extra para ganar créditos y muchas ausencias. También estaba el vídeo de la audición que había hecho cinco años antes.

Un sentimiento de satisfacción lo invadió cuando revisó la cinta y pudo reconocer esa chispa dentro de ella, esa cualidad que la hacía excepcional frente a un piano, y que todos parecían pasar por alto ahora.

Pero él la había visto, había sido testigo de que esa flama aún estaba encendida y deseaba estar frente a ella nuevamente. Se había convertido para él casi en una evocación, como el recuerdo que un caminante tiene del calor que existe dentro de su propio hogar cuando se encuentra en descampado en una noche de invierno.

Sin embargo, estaba ese vacío, ese hueco de dos años entre el vídeo que había visto y la Sorel que había regresado a Juilliard. No podía dejar de preguntarse qué le había pasado a esa niña encantadora de largos cabellos negros y mejillas llenas que tocaba el piano como un adulto, para transformarla en esa mujer de aspecto extraño que dejaba percibir parte de su verdadera naturaleza solo en raras ocasiones. Él se sentía afortunado por haber podido verla, pero también quería enseñársela al mundo.

Cristóbal había decidido poner la tutoría de Sorel a la última hora del día, argumentando que si ella decidía no aparecer, al menos Andras podría irse más temprano a casa y trabajar en el «verdadero propósito de su visita».

Las dos primeras sesiones fueron para Andras casi mecánicas. Buscó el repertorio que les hacía falta estudiar a sus pupilos de acuerdo con sus puntos débiles, impartió correcciones y sugerencias, y la mayor parte del tiempo estuvo pendiente del viejo reloj colgado en la pared. El segundero parecía conspirar en su contra actuando como un anciano perezoso que se negaba a moverse con rapidez.

Tras la partida de su segundo estudiante y la pausa para el almuerzo, Andras paseó intranquilo por el salón. Acomodó las partituras, tocó unas cuantas escalas, revisó en su teléfono los correos y mensajes que tenía y contestó algunos antes de que la desesperación comenzara a apoderarse de él.

Sorel llevaba ya diez minutos de retraso.

Una sensación muy parecida a la que siempre se presentaba justo antes de salir a escena, se apoderó de su estómago y el pesimismo más negro, de su cabeza. Ella no se presentaría, no la vería más, y además tendría que aceptar ante Cristóbal que se había equivocado. ¿Por qué se había obnubilado así? ¿Qué demonios tenía esa chica? ¿Por qué lo afectaba de esa forma?

Y ahora ella se atrevía a humillarlo, desperdiciando el favor que le había hecho al pelear para ofrecerle aquella tutoría. Esa chica extraña no tenía ni la más mínima idea de la oportunidad que él le estaba brindando en una bandeja de...

—Buenas tardes, maestro Nagy.

Sorel atravesó el umbral con ese andar desenfadado que la caracterizaba y Andras dejó escapar una bocanada de aire que ni siquiera se había dado cuenta de haber estado conteniendo. Pero ni el oxígeno, ni la aparición de Sorel, ni mucho menos la forma en que iba vestida, consiguieron amainar el mal humor que se desató dentro de él ocupando el mismo espacio que hasta ahora había ocupado su ansiedad.

—Llega tarde. —Andras echó una mirada significativa al reloj.

Después de ser su enemigo mortal durante todo el día, ahora había decidido convertirlo en su aliado, utilizándolo como la prueba de la irresponsabilidad de Sorel.

Ella hizo caso omiso del comentario y siguió avanzando hacia el piano. En esa ocasión vestía un pesado blusón negro de tela burda que le colgaba hasta las rodillas, unos jeans desgastados y las tradicionales botas. El morral de color indefinido volvía a formar parte de los accesorios, aunque esta vez estaban ausentes de ambas manos las pulseras y los anillos.

Andras no pasó por alto este último detalle que le dio cierta satisfacción, pero requería una explicación o al menos una disculpa por su tardanza. Posesivamente puso una mano sobre el piano y fulminó a Sorel con la mirada.

—A mi clase se llega a tiempo, señorita Anglin.

—El tiempo es un concepto muy subjetivo, maestro Nagy. —Y le sonrió con la expresión del gato que se ha comido al ratón.

—Debería buscar la definición de «subjetivo» en el diccionario. No hay nada más objetivo que la hora, segundos que conforman minutos y minutos que conforman horas. Si su clase es a las tres, señorita Anglin, y asumimos que trabajamos con la hora de Nueva York, no hay nada de subjetivo en relación con la hora en que debe atravesar esa puerta.

—¿Nunca ha sentido que las horas vuelan o los minutos pasan lentamente? —Ella lo miró curiosa y Andras sintió un temor absurdo ante la perspectiva de que pudiera leer su mente—. Todo depende de cómo llenamos esos segundos que conforman minutos y esos minutos que conforman horas. Se puede vivir una vida entera en un día o vegetar durante años. Esa, maestro Nagy, es la subjetividad del tiempo.

Andras abrió la boca para decir algo, pero se dio cuenta de que nada de lo que pasaba por su mente era lo suficientemente inteligente o elaborado. Con rabia agarró una de las partituras que había sobre el piano, una que cuidadosamente había elegido para ella, y se la extendió como si no fuera gran cosa.

—Veamos si también puede tocar con la mano derecha.

Sorel tomó la hoja sin siquiera echarle una ojeada, dejó caer la mochila en el piso y se sentó al piano.

—Estudio Opus 10 N° 1 de Chopin—. Sorel leyó el título de la partitura y luego levantó la vista mirándolo a los ojos con expresión divertida al tiempo que fruncía los labios—. Parece que el maestro Nagy quiere una exhibición.

Sin más comenzó a tocar. Durante los dos minutos de extensión de la pieza, mantuvo su mirada anclada en la de él tocando de memoria, sus manos moviéndose sobre el teclado con una digitación perfecta.

Andras pudo por fin ver sus ojos. Eran verde oscuro, como las aceitunas, salpicados de pequeñas motitas color coral que le daban luminosidad, cosa que a cualquier observador desinteresado se le hubiese pasado por alto con todo aquel maquillaje negro que los bordeaba.

Lo más perturbador en su cara era el pequeño aro que abrazaba su labio inferior en la esquina izquierda y que le hacía preguntarse si se sentiría frío contra la lengua, su lengua.

¡Alto! Algo no estaba bien.

Si él podría estar distraído con el color de sus ojos y pensando cosas completamente fuera de lugar sobre sus labios y los respectivos adornos —que por cierto mandaban un impulso directo a la parte inferior de su cuerpo— obviamente la música que ella estaba sacando del piano había perdido la cualidad maravillosa de hacerle sentir cosas, de transportarlo. Estaba escuchando a la Sorel Anglin de la que Cristóbal lo había advertido.

El pánico de haberse equivocado, de que el Scriabin hubiese enmascarado el talento de la chica y, sobre todas las cosas, de que Cristóbal tuviese la razón, sacó lo peor de él.

—¿Eso es todo lo que puede hacer?—le preguntó hostil y luego bufó—:Parece que me he equivocado con usted. El decano tenía razón. No sirve. Váyase de aquí antes que tenga la oportunidad de ponerme en ridículo.

Las palabras no habían terminado de salir de su boca cuando Andras quiso tragárselas y no se trataba de lo despiadadas que habían sido o de cómo podían afectar a Sorel. No. Lo que más lo aterró fue que había sonado exactamente como su padre.

—Pensé que quería una exhibición de técnica de la mano derecha—. Sorel se encogió de hombros, pasando completamente de los insultos que acababa de recibir y que habían sido soltados con la deliberada intención de herirla—. Son solo escalas, toco este estudio cada mañana para calentar. Si quiere que lo maraville, deme algo más difícil.

—¡Presumida!—Andras buscó en el rostro de Sorel algún signo de vergüenza por el regaño, pero solo encontró una expresión muy similar a la que exhibiría un jugador de ajedrez cuando, contra todos los pronósticos, está a punto de dar jaque mate a su oponente. Eso fue lo que lo impulsó a continuar. Si la hubiese visto herida, en alguna forma, de seguro se habría detenido. Él no era su padre—. Un verdadero pianista, uno que merezca mi tiempo al menos, puede tocar cualquier cosa y trasmitir algo. No se trata de sonidos y teclas, sino de emociones. No me interesan robots frente al piano; quiero artistas y si no eres capaz...

—Me alegro de que entienda la diferencia, maestro Nagy—lo interrumpió como si fuera ella la que estuviese a cargo de la lección.

No hubo tiempo de réplicas. Sorel volvió sobre las notas ya no sosteniéndole la mirada, sino completamente curvada sobre el piano, recorriendo la extensión del teclado con los ojos cerrados y el rostro contraído. El cambio fue tan abrupto que Andras sintió una especie de dolor placentero dentro del cuerpo. Nuevamente, esa cualidad especial que ella tenía estaba allí y quedaba demostrado que podía manejarla y ocultarla a placer. La pregunta era por qué.

—¿De qué te escondes Sorel?—le preguntó casi en susurro cuando el ultimo acorde dejó de escucharse.

No esperaba una respuesta. La interrogante era más retórica que otra cosa, una necesidad de su boca de verbalizar lo que estaba en su mente para evitar que su cerebro se colapsara ante tantas dudas.

Sin embargo, ella levantó la vista y lo miró sin sonrisa ni rastro alguno de beligerancia. La chica que hacía esa música estaba allí, frente a él, camuflada bajo mucho maquillaje y ropa poco convencional y era delicada y dulce como las melodías que tocaba.

Sentía la necesidad de alargar la mano y deslizar los dedos desde su mejilla hasta ese punto sensible en que hay en el cuello de los seres humanos donde una vena late demostrando que están vivos, para así cerciorarse de que era real y no un producto de su imaginación.

Más que eso, necesitaba saber si su piel era cálida o fría y si tenía la suavidad que, aunque nunca lo admitiría, ni siquiera a sí mismo, había imaginado.

—Al igual que todo el mundo—le contestó ella con una expresión amarga—, de algo que tarde o temprano terminará por encontrarme.

Como si de repente alguien hubiese abierto una puerta encontrándolos en una situación comprometida, Sorel se puso de pie abruptamente.

—Uff, mire como vuela el tiempo, ya tengo que irme.

—Pensé que el tiempo era algo subjetivo—le dijo Andras, aún medianamente atrapado en ese momento que, le parecía, habían tenido.

—¿El gran maestro Nagy me cita?—Sonrió ampliamente y levantó un par de veces las cejas—. Creo que debo ponerlo en Twitter.

Recogió su morral del piso y se encaminó hacia la puerta.

—Sorel...

Andras quería detenerla, decirle algo que la hiciera quedarse, aunque no tenía ni la menor idea de por qué, salvo la tonta impresión de que el salón se sentiría repentinamente enorme y vacío si ella no estaba. Sin embargo, su mente, esa que siempre tenía miles de millones de preguntas sobre esa chica, no atinaba a encontrar nada. Estaba abarrotada tratando de identificar los sentimientos que se superponían unos a otros desde que entrara por la puerta.

—Improvisación—le dijo ella volviéndose cuando estaba a algunos pasos de la puerta.

Aunque aquello no era una pregunta ni tampoco un tema claro sobre el cual elaborar una conversación, Andras decidió asirse a la idea como único recurso para que ella no se fuera, no tan pronto.

—¿Quieres mejorar tus técnicas de improvisación?—Ahora sí que su mente estaba trabajando en algo que podría ser productivo—. Ese tipo de entrenamiento requiere tiempo y de ninguna manera vamos a quitárselo a su tutoría, señorita Anglin. Si está muy interesada, podríamos estructurar una especie de estudio independiente, fuera del campus.

Imágenes de una Sorel sin maquillaje, sentada en el medio del apartamento en el que vivía en Nueva York y acariciando con suavidad las teclas de su piano del cual hacía brotar sonidos que lo transportaban, ocuparon todas sus neuronas y algo dentro de él se sintió tibio y denso, como bañado en miel.

¿Qué rayos estaba pensando? Y lo que era más preocupante, ¿qué rayos estaba sintiendo? Eso estaba mal en muchos aspectos. Lo único que le faltaba era imaginar cortinajes blancos cayendo en cascada alrededor del piano y a Sorel vistiendo una vaporosa bata.

—Es un bar. —Sorel rio por lo bajo y Andras se preguntó cuánto tiempo había estado atrapado en su diatriba mental para que la conversación hubiese avanzado hacia otro tema sin que él se diera cuenta—. Se llama Improvisación, está en Greenwich Village.

¿Lo estaba invitando a salir?

La perspectiva le generó un hormigueo en sitios verdaderamente incorrectos y tuvo que refrenar el impulso de sonreír satisfecho pues esa no era una conducta aceptable y él, como su maestro que era, tenía que hacérselo saber.

—Tal vez pueda aprender algo—dijo suavemente antes de salir sin darle tiempo ni a aceptar ni a rechazar la invitación.

El maestro en su interior estaba sorpresivamente callado, pero el hombre, el hombre sentía una necesidad irracional de correr hacia ella.

Capítulo 4

La inquietud lo estaba matando. Desde que salió del salón de clases hasta que llegó al apartamento que Juilliard le había asignado para su estancia en Nueva York, su mente no dejaba de trabajar. Toda su actividad cerebral se podía resumir en el dilema shakesperiano más viejo de todos los tiempos: ¿ser o no ser? o, como se ajustaba mejor en este caso, ¿ir o no ir?

Pensaba que era muy atrevido por parte de la chica haberlo invitado a salir. ¡Él era su profesor, por todos los Cielos! Además de una personalidad a la que se reverenciaba en el mundo de la música clásica. Ninguna estudiante, por más talentosa que fuera, podía estar invitándolo a un bar a tomar un trago como a cualquier vecino.

Aunque, en honor a la verdad, ella no lo había «invitado» a salir propiamente dicho. Solamente le había hecho una sugerencia sobre un sitio al que podía ir «para aprender algo».

Esa era otra cosa que lo irritaba profundamente. Sorel no dejaba de darle indicaciones en ese sentido como si milagrosamente sus posiciones se hubieran invertido y ella fuese la encargada de enseñarle. Si alguien tenía que aprender algo era ella, como por ejemplo controlar su abuso del Rubato y tocar la música en el tempo en el que había sido escrita —aunque no podía negar que su manera especial de desacelerar y acelerar era lo que hacía su interpretación tan maravillosa—, también podía enseñarle a parecer una pianista para que la tomaran en serio, aunque, claro, sin restarle nada a su aire rebelde que podría ser muy llamativo dentro de la música tradicional.

De una cosa no le quedaba duda, Sorel necesitaba una lección sobre la forma correcta de tratar a un maestro como él. Definitivamente, se quedaría en casa y así le mandaría un mensaje de cómo su relación maestro-estudiante debía funcionar.

—Esa será tu primera lección, mi joven Padawan —dijo en voz alta sonriendo. Siempre había querido utilizar esa frase de La Guerra de las Galaxias, aun cuando en esa oportunidad no hubiese más testigo que el salón vacío.

A pesar de la determinación de sus palabras, a su agitada mente parecía no haberle llegado el memorándum. ¿Qué sabía él de las relaciones entre estudiantes y profesores? Nunca había enseñado a nadie y sus tutores —primero su padre, luego en el conservatorio en París y finalmente Cris— siempre lo habían tratado con familiaridad. Cuando era invitado por alguna orquesta a participar en sus temporadas por lo general había fiestas o convites más «personales», pero se trataba de colegas de su misma edad, no de estudiantes siete años menores.

¡Sí, siete años! Había sacado la cuenta.

Cristóbal le había advertido que no se involucrara con Sorel, pero salir a tomar algo no era involucrarse, ¿o sí? Podían simplemente tener una discusión de tipo académica.

Para acallar las voces en su cabeza, Andras optó por darse una ducha. No era que tuviera pensado salir ni nada de eso.

En lo que se metió bajo el chorro de agua caliente no pudo evitar pensar que era cálido como la sonrisa de Sorel y se deslizaba por todo su cuerpo como la música que ella tocaba, envolviéndolo y llenándolo de una adrenalina de efecto extraño: lo inquietaba y al mismo tiempo le daba una sensación de paz.

Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, bajó la mano hasta su estómago rozando su piel delicadamente y algo más abajo se tensó con deliciosa anticipación.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Abrió los ojos de golpe y, entre el cristalino desenfoque que le producían las gotas de agua resbalando por sus pestañas, se encontró con que una de sus manos estaba apoyada en una de las paredes de la ducha y la otra...bueno la otra estaba haciendo algo que se sentía bien, pero estaba mal, si tenía en cuenta quién era la que ocupaba su mente en esos momentos.

Con una maldición terminó lo que había empezado, porque ya a esas alturas no había marcha atrás, pero la sensación final, la explosión caliente que tenía por toda intención liberarlo, lo dejó vacío.

Más frustrado que cuando entró, salió de la ducha, se enrolló una toalla en la cadera y se sentó al piano.

Desde que era niño, esa era la única manera que tenía de pensar con claridad. Solo así sus sentimientos se alineaban con su cerebro y las respuestas a sus dilemas surgían sin muchas complicaciones. A pesar de todo su publicitado exterior, la música para él seguía siendo lo mismo que al principio: la forma en la que se conectaba con el mundo.

Pero en aquella ocasión nada era suficiente. Intentó con Mozart, Schubert y Beethoven, pero Sorel seguía en sus pensamientos, con una mezcla de deseo y vergüenza que sustituían la curiosidad inicial.

Trató algo más técnico como Rachmaninoff o Liszt, pero ni aun así podía concentrarse.

Dejó que sus dedos resbalaran despreocupados por el teclado, sacando sonidos aquí y allá que le evocaban la sonrisa indescifrable de la chica, parte inocente, parte presumida. Pensó en lo blanco de su piel y en esa cualidad satinada que tenía, y en ese aro en su labio inferior.

Sorel era ruda y al mismo tiempo suave; inteligente y sarcástica pero contradictoriamente tenía cierto aire inocente. ¿Cuál era la verdadera? ¿Cuál era el interior y cuál la fachada? ¿Podía ser ambas sin ser una farsa?

—Debería escribir esto—se dijo Andras mirándose los dedos sorprendido.

Sin darse cuenta había empezado a tocar una melodía desconocida que bien podía transformarse en el tema de un primer movimiento de una sonata. Lo poco que había logrado sacar se escuchaba dulce y juguetón, pero tenía personalidad.

«Se parece a Sorel», le dijo una voz en su cabeza que por una vez no identificaba.

Tratando de convencerse a sí mismo de que algún mecanismo cósmico se había puesto en movimiento haciendo que las piezas invisibles engranaran, pues lo habían invitado a un bar llamado Improvisación e improvisar era lo que acababa de hacer luego de meses de la más extenuante sequía. Andras fue a su clóset a por algo de ropa y salió hacia el Greenwich Village.

Capítulo 5

El nombre Improvisación en un bar en la zona bohemia de Nueva York evocaba en Andras la idea de un antro de los años veinte donde talentosos músicos de jazz y soul daban lo mejor de sí en espera de ser descubiertos. Nada más alejado de la realidad que tenía al frente y que se le estampaba en la cara con las mismas dimensiones que el portero del único y real Improvisación en Greenwich Village.

Parecía que todos los que esperaban para entrar habían sido vomitados desde el interior de una tienda de sadomasoquismo. No recordaba haber estado en un sito con tanta abundancia de ropa negra, cuero y maquillajes dramáticos. A pesar de haber optado por un atuendo casual, se sintió completamente fuera de lugar con sus vaqueros oscuros, su camisa blanca de botones y su americana gris plomo. Tampoco ayudaba el hecho que no llevase ningún tipo de joyería pesada de color plateado o algo con púas y que su cabello color cobre no estuviese largo hasta los hombros o rapado, sino en un punto intermedio producto de un buen estilista.

Estuvo a punto de dar la vuelta e irse. Sin embargo, la curiosidad de saber si Sorel estaba dentro y, lo que era más importante, el orgullo de demostrarle que él podía ajustarse a cualquier ambiente, pudo más que cualquier imagen mental de él siendo aplastado por algún motorista molesto o, lo que era peor, de sus tímpanos destrozados por la estridencia que aquellos sujetos llamaban música, convirtiéndolo en una especie de Beethoven moderno, pero, y esa era la verdadera tragedia, sin el talento del alemán para la composición.

Andras no era ajeno a los bares o las discotecas. Cuando viajas por todo el mundo y tu compañero de habitación es particularmente fiestero, las escapadas nocturnas son materia obligada en el itinerario. Había bailado hasta el cansancio en discotecas en Praga y París, se había emborrachado en pubs de Londres y había fumado su primer cigarro en un bar que se asemejaba un invernadero en medio de un bosque cerca de Nápoles; pero aquel ambiente rock/trash/arrastramealinfierno, nunca había sido su escena, ni siquiera cuando era más joven.

Poniendo su mejor cara de «estoy acostumbrado a esto, solo que me gusta parecer diferente», pagó la tarifa de entrada, esperando que no le exigieran mostrar algún tipo de tatuaje para permitirle pasar, y trató de caminar hacia la barra sin dar muestras de estar buscando a alguien con la mirada.

Entre gritos pidió un tequila a una camarera cuyo top parecía más bien un collar largo hecho de intrincadas cadenas entrecruzadas que tapaban únicamente los puntos más sensibles, y rezó para que Dios le concediera la suficiente entereza para soportar el ruido que hacía la mal llamada música, conjuntamente con el coro exaltado de la multitud, el tiempo suficiente para que Sorel lo encontrara, en caso de que estuviera allí.

Al parecer uno de sus ruegos fue escuchado pues transcurridos unos cuantos minutos una voz diferente sonó desde el escenario. Era áspera pero poderosa, y los sonidos que escapaban de las guitarras, bajos y batería parecían tener no solo ritmo, sino también melodía. Aunque no podía identificar totalmente las palabras, la letra hablaba de expectativas no cumplidas, de sacrificios y de un futuro incierto. El conjunto de la voz, la música y la letra de alguna forma te tocaban, aun cuando estuvieras decidido a no prestarle atención.

Tratando de otear más allá de las fronteras de la multitud, pudo apreciar sobre el escenario lo que consideraba el típico espécimen de la música rock tradicional: un hombre alto, esbelto, con un cabello color chocolate claro que le caía más abajo de los hombros, vestido solamente con unos desgastados vaqueros y una guitarra terciada en el pecho. Cantaba con los ojos cerrados, prácticamente devorando el micrófono, como si estuviera en trance.

Ahora que la situación era más soportable, pidió otro tequila y se permitió escrutar más calmadamente sus alrededores, esperando encontrar a la responsable de su comportamiento errático y de la intranquilidad de sus pensamientos desde hacía unos cuantos días, sin mencionar el asunto de la ducha. Necesitaba preguntarle qué necesitaba aprender en un sitio como aquel y, lo que era más importante, por qué a ella parecía importarle tanto.

—¿Buscas a alguien? —le preguntó la camarera, mostrándose, a diferencia del resto de las mujeres en el lugar, más interesada en él que en el cantante sobre el pequeño escenario.

Era bonita. Rubia, curvilínea y no era una niña, cosa que era evidente a pesar de que la tirante cola de caballo que sostenía su melena en lo alto de la cabeza estirara cualquier incipiente arruga que amenazara con aparecer cerca de sus ojos.

Viendo una oportunidad, Andras decidió sacar todo su encanto para acabar con la situación de una buena vez y no había nada que llamara más la atención de las mujeres que un acento extranjero.

—Una amiga me invitó, pero no la he visto. No es que me esté quejando de la vista... —le guiñó un ojo y de un trago acabó con el tequila—, pero estoy empezando a temer que me equivoqué de lugar.

—Yo pensé lo mismo cuando te vi entrar. —Ella sonrió al tiempo que se inclinaba sobre la barra, y las cadenas que formaban su top tintinearon al chocar unas con otras—. Resaltas y no solo por lo lindo—. Echó una mirada significativa a la camisa y a la americana—. No eres de por aquí, ¿verdad?

—Soy húngaro. —Andras estaba convencido que la mujer no tenía idea de dónde quedaba Hungría, pero si esto lo hacía parecer más exótico, pues mejor—. Mi amiga, ella sí es de aquí y me refiero tanto a la ciudad como al ambiente. Estoy seguro que es una asidua a este lugar. Me gustaría saber si vino, para poder decidir qué voy a hacer con el resto de la noche.

Ella pareció captar la indirecta. Sonriendo de forma sugerente tomó la botella de debajo del mostrador y le sirvió otro trago.

—A este invita la casa.

—Gracias. —Haciendo el ademán universal del brindis hacia ella vació el vaso.

—¿Y esa amiga tiene nombre?

—Sorel, Sorel Anglin.

La mujer levantó las cejas sorprendida y dio un par de pasos hacia atrás, ladeando la cabeza para estudiar mejor a Andras, ya no viéndolo con ojos de interés, sino con genuina curiosidad. Poco a poco una sonrisa cómplice se le coló en los labios.

—¿Eres músico?

—Pianista—contestó cauteloso.

—Obviamente... Solo estaba confirmando. —Hizo un pequeño mohín—. Nunca pensé que...

Pero no pudo terminar la oración. Otra voz que, a pesar de haberla escuchado solo unas pocas veces, la mente de Andras ya identificaba tan fácilmente como un do mayor, llenó el lugar extendiéndose por el sistema de sonido.

Sorel.

—Saben que no subo aquí a menudo, pero hoy es un día especial.

La vista de Andras vagó por cada uno de los rincones del club hasta que encontró a Sorel en el escenario sentada frente a un desvencijado piano vertical. Hablaba a un micrófono colocado sobre un pedestal encima del instrumento, pero su vista estaba fija en él con una sonrisa que anticipaba travesuras o problemas, tal vez ambas. Parecía decirle: «has caído en la trampa y ahora voy a comerte, pero será divertido» y cuando ella sonreía de esa manera, él estaba más que dispuesto a lo que viniera.

En el momento en que sus ojos se encontraron fue como si todos los sonidos del atestado bar cesaran, tal vez lo hubieran hecho, no estaba seguro pues para él el tiempo se había detenido y toda actividad a su alrededor paralizado.

—Un amigo mío está aquí hoy—continuó Sorel exacerbando el acento cantarín que había exhibido el día que se conocieron—. Y quiero saludarlo de forma especial.

Andras levantó las cejas en un claro gesto interrogativo y por toda respuesta en el desvencijado piano Sorel comenzó a tocar la Rapsodia Húngara Nº 2 de Liszt.

No pudo menos que soltar una ruidosa carcajada.

—Shh—le susurró airado un sujeto de cabeza rapada, cráneo tatuado y un aro que atravesaba sus dos orificios nasales, dándole todo el aspecto de un toro con muy malas pulgas.

Fue entonces cuando Andras cayó en la cuenta de que el lugar estaba en completo silencio, salvo por la notas que tocaba Sorel. La situación era casi surrealista: punks, emos, rockeros, todos miraban abstraídos hacia el escenario y lo que era aún más extraño, nadie protestaba por el brusco cambio de repertorio.

Ellos tal vez no pudieran apreciar, como lo hacía él, los aspectos técnicos de la actuación de Sorel: su técnica brillante, su digitación perfecta y los sonidos precisos que lograba arrancar de un piano que no estaba a su altura. Sin embargo, tal y como le había sucedido a él mismo con el Scriabin, el público estaba rendido ante lo que su música trasmitía.

Cuando pensó que la situación no podía volverse más extraña, el rockero alto de cabello por los hombros se presentó en el escenario con la guitarra eléctrica y ambos se embarcaron en un dueto versionado sobre la partitura original.

Ese fue el momento en el que la audiencia estalló en gritos de aprobación e incluso Andras tuvo el deseo de hacer lo mismo.

Hipnotizado, como una rata por la música del flautista del cuento, abandonó su lugar frente a la barra y fue acercándose al escenario. La versión era magistral y la sincronización de los dos le decía no solo que estaba frente a un par de virtuosos, sino también que era imposible que aquella interpretación fuese algo del momento.

La pieza culminó y la ovación se incrementó como un coro embravecido pidiendo más. El rockero saludó levantando un brazo antes de dar un dramático giro para tomar la mano de Sorel, besarla y ayudarla a levantar.

En ese momento Andras pudo ver un tatuaje que hasta el momento le había pasado desapercibido. Desde la cara interna del antebrazo de la futura estrella del rock hasta casi su hombro estaba escrito en letra cursiva «Sorel».

Hasta ese entonces Andras no tenía idea de que un tatuaje pudiera tener el mismo efecto que un puñetazo en la boca del estómago. No es que le hubieran dado uno alguna vez, pero imaginaba que se sentiría de esa manera.

Por un breve momento pudo entender completamente a Otello, a Godzilla y hasta al mismo Anakin Skywalker en el momento de convertirse en Darth Vader. Pero al mismo tiempo, su parte racional, el maestro como solía llamarla, actuaba como la voz de la razón: «¿Qué te pasa? Ella es tu estudiante, no tu novia de secundaria. Claro que tiene una pareja con su nombre tatuado».

Sorel se inclinó hacia su acompañante y le susurró algo en el oído. El sujeto «algún día seré la portada de la Rolling Stone» lo miró directamente, saltó del escenario y ayudó a bajar a Sorel antes de desaparecer tragado por un océano de fanáticos.

Tras detenerse brevemente para recibir algunas felicitaciones, Sorel llegó frente a Andras quien no sabía exactamente dónde poner sus manos ni tampoco sus ojos. Las primeras las cruzó detrás de su espalda tratando de parecer serio y sosegado, pero los segundos tardaron un rato en decidirse. Viajaron desde el aro de su labio inferior, pasando por los pronunciados huesos de sus clavículas y su top negro de mangas largas anudado justo debajo de su busto, se detuvieron brevemente en su ombligo y amenazaron con ir más abajo.