Una sonata para ti - Erika Fiorucci - E-Book
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Una sonata para ti E-Book

Erika Fiorucci

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Beschreibung

Andras Nagy es un virtuoso del piano, el pianista más joven de su generación, veintinueve años, un hombre estricto y serio, que ha evolucionado adecuadamente de niño prodigio, ganador de los más prestigiosos premios, a alabado concertista y brillante director de orquesta, pero su evolución exige que suba un nuevo escalón, la composición. Dar una tutoría personalizada a tres alumnos elegidos por él mismo en la prestigiosa escuela de música Juilliard de Nueva York le proporcionará el tiempo y también la publicidad necesarias. Entonces aparece ella, la chica gótica del maquillaje exagerado y las cadenas, y un talento que le recuerda mucho a sí mismo. Sorel. Pero Sorel, frágil por dentro aunque se empeñe en mostrar una fachada hostil y agresiva, guarda un oscuro secreto, un obstáculo que solo un amor muy fuerte podría superar. ¿Lo será el suyo? Otros libros de esta autora: Cuatro días en Londres, Tres días en Moscú y El vecino perfecto. _____________ De nuevo esta autora me ha conquistado, si con Cuatro días en Londres me conquistó, ahora me ha hecho subir un nuevo peldaño, cuando pensaba que es difícil encontrar una novela que me reconcilie con la novela romántica he chocado de bruces con la calidad, con una obra que despierta sentimientos que creía perdidos, me ha dado esperanzas al comprobar que tras mucho carbón de vez en cuando puedes encontrar un diamante. El tipo de narración me ha encantado, Erika ha conseguido que oyera el piano, que sintiera la música y la sonata que Andras escribe para Sorel. Parece mentira que de una novela tan corta puedan salir tantos sentimientos, pero lo que la hace única e inolvidable son los sentimientos que transmite, la fuerza y determinación de Sorel ante la vida, el amor y la pasión de Andras que queda plasmado en lo que compone… En fin, que me ha encantado. El Rincón de la Novela Romántica Una historia de pasión, de amor, pero también de lucha, de sufrimiento. Críticas de Libros de Romántica Esta historia me emociono por completo. La termine en un día, y estoy completamente segura que no será lo último que lea de esta autora. My personal blog Una sonata para ti es una historia apasionante, intensa, sensual, llena de emoción y delicadeza. Absolutamente recomendable. La Magia de los libros y yo Increíble que en una novela se puedan trasmitir tantas sensaciones, unos personajes nada típicos. El modo de narrar en tercera persona, donde es el protagonista masculino el que predomina, en un principio te extraña, o te sorprende, al final tienes claro por qué, me ha gustado mucho. Una autora muy recomendable en todos sus trabajos. Karenina Como en su anterior novela esta autora ha conseguido sorprenderme por su estilo de narración, los personajes...Personajes originales y temática diferente. Reyitas - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 237

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

www.harlequinibericaebooks.com

© 2013 Erika Fiorucci. Todos los derechos reservados.

UNA SONATA PARA TI, N.º 17 - octubre 2013

Publicada originalmente por Harlequin Ibérica, S.A.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

HQÑ y logotipo son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

I.S.B.N.: 978-84-687-3844-4

Editor responsable: Luis Pugni

Imágenes de cubierta:

Piano: ALENAVLAD/DREAMSTIME.COM

Flor: EDWIN LOYOLA/DREAMSTIME.COM

Capítulo 1

Andras se moría del aburrimiento. Aunque sabía que hacía esto por una buena razón —necesitaba el tiempo libre que su nuevo trabajo le garantizaba—, el proceso de poner las cosas a punto era terriblemente fastidioso.

Necesitaba componer. Era el paso lógico en su carrera y estaba más que ansioso por recorrer ese nuevo camino y salir airoso, como siempre. Había hecho sin mayores traumas la transición de niño prodigio del piano, ganador de las más prestigiosas competiciones, a consagrado concertista. Luego había brillado como director de orquesta y ahora su carrera exigía la composición, no como una vía para expresar algo, sino como una nueva conquista.

A sus veintinueve años, estaba convencido de que en la música no había nada que no pudiese hacer. No se trataba solamente del talento con el que había nacido y de lo que se había esforzado desde que llegó a los pedales del piano. Sabía cómo publicitarse: bien vestido, bien peinado, con cierto deje presumido pero simpático y siempre haciendo un movimiento calculado que, aunque era lógico, nadie esperaba.

Sin embargo, sus fallidos intentos como compositor —ninguno que el público conociera, por supuesto— le habían demostrado que escribir música era un universo distinto a tocarla. Pero no había llegado hasta la cima precisamente por abandonar algo cuando no le salía bien al primer intento. Simplemente necesitaba más tiempo para explorar esta nueva faceta y finalmente dominarla como el maestro que era y no había mejor forma de obtener ese tiempo, sin mantenerse fuera del mapa, que aceptando ser el tutor de algunos alumnos destacados de la escuela Juilliard—o simplemente Juilliard como la llamaban los entendidos— en Nueva York.

La idea en un principio le había parecido brillante, podría componer y al mismo tiempo dar sus primeros pasos como tutor, y la cantidad de publicidad que estaba recibiendo el nuevo programa daba fe de que su decisión había sido acertada. Cerca de cincuenta estudiantes se habían inscrito para las pruebas y eso no era más que otra declaración de lo importante que el nombre de Andras Nagy se había vuelto en los últimos catorce años.

El problema era que él mismo había exigido ser el encargado de seleccionar a los alumnos que acogería bajo su ala y se le antojaba que el proceso era una enorme pérdida de tiempo.

Uno tras otro vio y escuchó a los mejores talentos de la nueva generación: niños prodigio, virtuosos que estaban por graduarse y destacados intérpretes a quienes solo les hacía falta depurar la técnica. Todos tenían algo, pero ninguno tenía nada que no hubiese visto antes.

A esas alturas, Andras estaba convencido de que decidiría quiénes serían los afortunados lanzando los expedientes al aire y seleccionando tres al azar. La cuestión era que su nombre estaba en juego. Si optaba por esa forma de selección y alguno de sus aprendices no resultaba lo suficientemente bueno, su reputación podría verse empañada y eso era algo que bajo ningún concepto permitiría.

Con un suspiro se frotó los ojos. Después de dos días de escuchar hasta la saciedad estudios de Chopin, sonatas de Schubert y Rachmaninoff, y de casi llegar a odiar la Rapsodia Húngara N° 2 de Liszt —que la mayoría de los aspirantes parecía haber elegido en honor a su gentilicio y al repertorio que lo había caracterizado durante casi una década— estaba a punto de perder la esperanza.

Hasta que entró ella.

—¡Qué demo...! —pensó, pero se detuvo en seco al darse cuenta que lo había dicho en voz alta.

Las botas de bombero de la chica, peladas en la punta de tanto uso, no eran lo más llamativo de su vestimenta. Las medias negras de malla con agujeros en las rodillas que desaparecían a la altura de los muslos debajo de unos shorts vaqueros que, aparentemente, habían sido cortados con un cuchillo de cocina, sin duda se llevaban el primer premio; aunque seguidos muy de cerca por la camiseta blanca con el cuello estirado y llena de dibujos que, evidentemente, habían sido hechos sobre la tela con un rotulador.

Para su aspecto había que crear una categoría especial que traspasara los linderos del vestuario. Era pequeña, delgada y muy muy pálida, casi traslúcida, lo que combinaba perfectamente con su cabello negro muy corto, con unos pequeños picos que le caían sobre la frente.

De lejos no podía ver el color de sus ojos, pero era evidente que estaban bordeados por gruesas líneas de maquillaje negro.

Luego de superar el shock que le causaron tanto su aspecto como su ropa, el paso completamente desinhibido con el que entró al salón fue otra de las cosas que despertó a Andras del letargo en que las audiciones lo habían sumido.

Él mismo había hecho su buena cuota de audiciones durante su vida y había presenciado muchas más. Siempre existía cierto temor, no importaba cuan bravucón o seguro se intentara parecer. Los que iban a hacer las pruebas entraban lentamente, buscando con la mirada baja en el fondo del salón a aquellos que los evaluarían. Algunos sonreían e intentaban ser simpáticos, otros trataban de parecer profesionales, pero todos sin excepción tenían esa actitud corporal que denotaba lo nerviosos que estaban.

Pero no esta chica.

Entró como quien se interna en un supermercado con aire acondicionado durante un caluroso día de verano. Estaba relajada y contenta, disfrutando cada paso que daba.

Andras sabía que en los conservatorios siempre había alumnos así y esto era Juilliard, con todo el ambiente bohemio que tanto la institución como la ciudad albergaban. Estrellas de rock, destacados músicos de jazz y compositores de las más diversas tendencias habían salido de esa escuela, pero no creía que entre las prioridades de ninguno de ellos hubiese estado obtener una tutoría con un importante pianista de música clásica.

Quienes habían peleado por esa audición tenían una sola meta y sus aspiraciones y talento iban orientados en esa dirección: un piano de cola, rodeado por una orquesta, fracs, vestidos largos y mucho Tchaikovski.

Por ello no alcanzaba a comprender cómo esa chica, no estaba seguro de si gótica o punk, había logrado obtener una audición o ni si quiera por qué le interesaba hacer la prueba, pero agradecía la distracción.

—¿Nombre? —preguntó desde el medio del auditorio buscando entre las solicitudes que aún le quedaban pendientes.

—Sorel Anglin — le dijo sin mayores reverencias, mirándolo directamente a la cara.

—Maestro... —la corrigió él.

—¿Perdón? —le respondió, pero no había ni un atisbo de disculpa ni en su tono ni en su expresión facial.

No estaba seguro de si la actitud de la chica hacia él le gustaba o le disgustaba, tal vez un poco de ambas cosas. Disfrutaba del respeto que su presencia generaba entre los músicos, estaba acostumbrado a eso y había trabajado muy duro para ganárselo. Que una estudiante le hablara sin el usual tono reverencial le resultaba chocante y al mismo tiempo extrañamente atractivo. No recordaba la última vez que la admiración no era la primera reacción que obtenía de una persona, al menos si había un piano cerca.

—Te dirigirás a mí como maestro Nagy, o si eres muy perezosa para decirlo completo solamente maestro. —Andras hizo un gran esfuerzo por que su pesado acento húngaro se notara más que nunca y luego guardó unos segundos de silencio para que su declaración se asentara hasta en las sillas vacías del teatro—. Puede comenzar, señorita Anglin.

—Sorel —le contestó ella con una media sonrisa mientras caminaba hacia el piano, cantando las palabras con un acento con el que él no estaba del todo familiarizado, pero que a todas luces parecía exagerado—. Soy del sur, de Nashville para ser más precisos. Allí no somos tan formales.

Andras tuvo que contener la risa. La chica estaba bromeando con él y nadie, mucho menos un estudiante, bromeaba con él. Los que lo intentaban, siempre salían con algún comentario que más parecía una lisonja que una broma propiamente dicha. Nunca sonaba espontáneo.

Como colofón, ella no esperó su reacción, como lo habrían hecho otros para ver qué tal le había sentado el comentario. Siguió caminando hasta sentarse en el banco frente al piano. Dejó caer sin ningún tipo de delicadeza la mochila de lona que llevaba al hombro y comenzó a ajustar la distancia del asiento hasta que estuviese acorde con el largo de sus piernas.

—Las pulseras —dijo Andras, dándose cuenta que el brazo derecho de la chica estaba lleno de pequeñas pulseritas de plata, ligas, trozos de cuero con dijes colgando y ristras de piedras. Eso sin mencionar sus dedos, todos adornados con pesados anillos—, no puedes tocar con ellas. Los anillos fuera también.

Ella lo miró divertida.

—No van a estorbar.

—Necesito profesionales para este curso, personas que se lo tomen seriamente y tocar con adornos no encaja en mi definición de seriedad.—La ropa podía soportarla, incluso podía convertirla en un elemento que llamara la atención, pero intentar tocar con todas esas pulseras estaba tan fuera de lugar como colocar un vaso de agua sobre el instrumento—. No sé cómo conseguiste esta audición, pero si crees que me vas a hacer perder...

—Confíe en mí,maestro Nagy—lo interrumpió ella con un guiño.

Andras se sentó de mala gana. Más que molesto con la chica, estaba frustrado consigo mismo. Por primera vez en mucho tiempo no sabía cuál era la manera correcta de reaccionar. Si ella hubiese sido belicosa o irrespetuosa, la audición habría terminado sin darle la oportunidad de tocar un acorde, pero no había nada de eso en sus palabras. Era juguetona, pero no condescendiente; no le temía, pero no era grosera. A falta de una descripción mejor, tenía personalidad.

«Que no toque la Rapsodia Húngara», Andras se sorprendió pensando. Por alguna razón que no podía precisar, quería que ella no fuese una más del montón, que siguiera sorprendiéndolo favorablemente.

Los primeros acordes sonaron y tuvo que contener la respiración. Un millón de emociones golpearon su alma con la sola anticipación de lo que vendría, incluso mucho antes de que los recuerdos inundaran su mente.

Ahora comprendía por qué las pulseras y los anillos que adornaban el brazo derecho de la señorita Anglin no le estorbarían.

El Nocturno para la mano izquierda de Alexander Scriabin era algo que él nunca había tocado en público, precisamente porque evocaba una de las épocas más nostálgicas de su vida. Tuvo que hacer un gran esfuerzo mental para recordar que tenía que evaluar la actuación de la chica y para ello empezó a enumerar todos los aspectos técnicos de la pieza, tratando así de expulsar las memorias.

No una elección usual para una audición. Para impresionar siempre era preferible algo cuyo virtuosismo fuese más evidente, que no dejara lugar a dudas, que usara la dos manos. Sin embargo, sí era una pieza difícil que requería de técnica pues tanto la melodía como la armonía eran tocadas con una sola mano.

No obstante, lo más llamativo de la interpretación de Sorel no era su sólida técnica, sin fallas, que le permitía manejar a su antojo la partitura de una de las piezas para la mano izquierda más difíciles del mundo, sino el sentimiento que arrancaba de cada una de las teclas convirtiendo la música que de ellas salía en algo vivo, que llenaba con su presencia hasta el último rincón del auditorio vacío y se colaba hasta el alma de Andras.

Los cinco minutos de la audición se le pasaron como si estuviese encerrado en una burbuja emocional en la que esa extraña chica y la música que hacía lo mantenían cautivo. No había tiempo ni espacio, solo emociones para las que no estaba seguro existiera una denominación aceptada.

Cuando sonó el último acorde tuvo el impulso de pedirle que tocara algo más, cualquier cosa, como si era «Cumpleaños Feliz» o «Estrellita, Estrellita». Lo único que lo detuvo fue lo agotada que Sorel parecía. Sus manos aún reposaban delicadamente sobre el teclado y su cabeza colgaba entre sus hombros. Aunque no podía verle la cara, estaba convencido de que sus ojos estaban cerrados.

Quería preguntarle si estaba bien, también por qué había seleccionado el Scriabin y sobre todas las cosas quería saber qué hacía allí, en aquella audición; pero mientras todas las preguntas hacían fila en su mente intentando decidir cuál saldría primero, la naturaleza del maestro se hizo cargo.

—Gracias, señorita Anglin —dijo tratando de sonar lo más neutral posible.

Sorel volteó lentamente como si hubiese olvidado que había alguien más con ella, que estaba haciendo una audición para que el maestro Nagy la aprobara. No se trataba de una mirada curiosa que intentaba adivinar qué pensaba él de su interpretación, sino más bien la de quien despierta de un sueño y descubre que no está sola.

Sin embargo, el momento duró poco. Sorel se puso de pie, retomando la actitud despreocupada que tenía cuando entró y sin prestarle mayor atención recogió su mochila del piso y se dirigió hacia la puerta.

—¿Por qué el Scriabin? —Finalmente, una de las preguntas que se agolpaban en la mente de Andras se había decidido a salir, aunque lo hizo sin su permiso.

Para disimular, tomó la hoja de la audición de Sorel y comenzó a garabatear cosas en ella a fin de que pareciera que la respuesta era algo que él necesitaba evaluar.

Sorel esperó hasta llegar a la puerta para voltear. Aún con la mano en el picaporte le sonrió como quien guarda un secreto.

—Por dos razones, pero la que le atañe, maestro Nagy—en este punto hizo una leve inclinación con la cabeza de fingida cortesía—, es que pensé que usted podría aprender algo.

Y con esa bofetada verbal salió, dejando la airada protesta de Andras dentro de su garganta.

Capítulo 2

«¿QUIÉN SE CREE QUE ES ESA NIÑA?», vociferaba el Maestro dentro de Andras en una diatriba silenciosa que se extendió en el tiempo que demoraron las restantes audiciones. Ella estaba allí para aprender de él. No había nada que una estudiante de conservatorio, por más talentosa que fuera, estuviese en disposición de enseñarle.

Él era Andras Nagy, ganador de los premios Chopin y Van Cliburn, había sido nominado al Grammy, era Embajador Honorario de las Artes de su país, estaba catalogado como el talento más grande al piano en la actualidad y era uno de los directores más respetados, todo eso antes de llegar a los treinta, y ninguna niñita iba a enseñarle nada tocando un Nocturno. No un Concierto, o al menos una Sonata o un Estudio, ¡un endemoniado Nocturno!

Sin poderse sacar a la chica de la mente, se quedó horas sentado en el auditorio después de que el último aspirante abandonara la sala, preparando mentalmente miles de formas de ponerla en su lugar. No obstante, más allá de los improperios que su ego profesional, que por cierto tenía una voz muy parecida a la de su padre, continuaba lanzado, el hombre dentro de él se entretenía simplemente con la idea de volver a verla, le intrigaba particularmente descubrir de qué color eran sus ojos.

—¿Te estás escondiendo, Andras? —La voz lo sacó de sus duales cavilaciones.

Aun si no hubiese conocido el tono de esa voz, el hecho de que lo llamara por su nombre era un identificador automático de la persona de donde provenía: para los demás era el maestro Cristóbal Noriega, director de la cátedra de Piano; para Andras, solamente Cris.

A pesar de los quince años de diferencia entre ambos, era el único amigo real con el que podía contar desde que era un adolescente que viajaba por todo el mundo rodeado de adultos.

En su juventud, Cristóbal Noriega había sido un pianista respetado, lo suficiente para compartir escenario con el niño prodigio, y prueba de ello era el puesto que ahora ostentaba en el conservatorio más prestigioso del mundo. Andras había crecido bajo el ala de Cris, su mentor, no en la música, sino en la vida. Fue él quien le compró su primera cerveza, le lavó la cara después de su primera borrachera, le encendió su primer cigarrillo y muchos otros «estrenos».

Nunca dudó que Cristóbal acabaría en la docencia, enseñando a los más jóvenes rutas y atajos. Eso había hecho con él y no precisamente en lo relativo a las escalas y arpegios.

—No forma parte de mi naturaleza esconderme.

—Y yo que creía que eso era lo que habías venido a hacer aquí.—Cristóbal atravesó el escenario hasta llegar al área del público del auditorio y se sentó, con esas maneras tan coordinadas que había exhibido toda su vida, en un asiento vecino al de Andras—. Y no me refiero solamente a la ciudad.

—Vine porque quiero compartir mis vastos conocimientos con la próxima generación —le contestó sonriendo.

—Guárdate el comunicado de prensa para alguien que se lo crea.

Los dos rieron de forma cómplice.

—¿Ya elegiste a los afortunados?

—Pensaba en eso precisamente...

—¿Y?

—Reduje la lista a diez.—Andras señaló los expedientes que reposaban en la silla que los separaba. El resto había sido descartado y ocupaba la mayor parte del piso frente a él—. Honestamente, no esperaba que fuera tan difícil.

—¿Qué te puedo decir? Tenemos estudiantes talentosos...

—Sí... —Andras meditaba sus palabras—. Todos están muy parejos, algunos tienen más técnica, otros más interpretación, pero una cosa compensa la otra. Tú los conoces más que yo, una ayuda me vendría bien.

—¿El gran maestro Nagy me está pidiendo auxilio? —El tono no podía ser más presumido—. ¿Admites que hay algo en lo soy mejor y mucho más experimentado que tú?

—No sería la primera vez...—una risa baja escapó de su garganta—, pero no se lo digas a nadie.

—Eso quiere decir que solo debemos descartar siete más... —Cristóbal tomó los expedientes, presto a echarles una ojeada.

—Ocho—dijo Andras mirando la hoja de papel que mantenía en su mano—. Seleccioné a alguien.

No valía la pena seguir esquivando el asunto. Para bien o para mal, la chica gótica de actitud amistosa y al mismo tiempo irreverente había resaltado en el grupo de excelentes pianistas que había escuchado en los dos últimos días. De hecho, la planilla de solicitud de Sorel era la única que no había ido a dar ni entre los «descartados» en el piso ni entre los «posibles» que ahora Cristóbal sostenía. Estaba adherida a su mano tanto como el recuerdo de su interpretación a su mente.

—¿Y se puede saber quién es este ser humano especial que te ha hecho mirar en su dirección?

—Sorel Anglin.—Andras no pudo evitar darse cuenta que hasta su nombre era musical.

—¿Sorel Anglin?

Para sorpresa de Andras, Cristóbal sonaba, más que sorprendido, completamente aterrado.

—Esperaba algo más como «tú sí sabes reconocer el talento» o, tal vez, «Andras, esa era la decisión obvia»—arqueó levemente las cejas—, pero nunca una cara como si te hubiera notificado que voy a unirme como trapecista al circo.

—Bueno, entre ofrecerle una tutoría a esa chica y unirte al circo... —Cristóbal movió las manos como si fueran una balanza.

—¡Por favor, Cristóbal!

—Entiendo, entiendo. Es la forma en que trabajas, todo este asunto de la publicidad. No niego que sería un golpe brillante poner a una chica como esa frente a un piano de cola a tocar Mozart o Bach, llamaría la atención, nadie lo esperaría de alguien tan tradicional como tú, pero ¿es necesario desperdiciar una tutoría en ella? Hay otros estudiantes que...

—¿Es por cómo se viste? —Andras sintió que un repentino malhumor lo llenaba. Sabía que ella era excepcional y le exasperaba que los demás no estuviesen de acuerdo con él—. Esa chica, como tú la llamas, es extremadamente talentosa y si vas a dejar que un prejuicio tonto te evite ver quién realmente tiene madera para esto...

—Vale, vale—. Cristóbal levantó las manos en señal de rendición—. Se me había olvidado lo mal que manejas que alguien te lleve la contraria, maestro y, para tu información, mis reservas con respecto a la señorita Anglin no tienen nada que ver con cómo se viste ni mucho menos con el aro que atraviesa su labio inferior.

«¿Qué aro? ¿Dónde? ¿Por qué no lo vi?», la mente de Andras divagó unos cuantos segundos antes de recordar que estaba sosteniendo una conversación que iba mucho más allá de los adornos corporales.

—¿Entonces?—Andras cruzó los brazos sobre el pecho, aún intrigado por cómo se vería ese aro en la boca de Sorel, pero haciendo un enorme esfuerzo por no demostrarlo—. ¿Nunca la has escuchado tocar? Porque es la única cosa que explicaría tu sorpresa.

—No niego que Sorel Anglin es talentosa, además tiene una técnica bastante limpia y buenas calificaciones, de lo contrario no se le hubiese permitido tomar la prueba, aunque me sorprende que lo hiciera, pero tienes que confiar en mí—. Cristóbal miró a Andras a los ojos tratando de hacerle entender—. En lo referente a los estudiantes y al potencial que pueden llegar a desarrollar, yo tengo más experiencia. La chica no merece tu tiempo.

—¡Es una virtuosa!

—¿Una virtuo...?—Cristóbal se interrumpió negando con la cabeza—. ¿Qué tocó?

La pregunta lo tomó desprevenido, pero trató de desviarla de la mejor manera posible.

—No es lo que toca, es cómo lo toca.

—¿Qué tocó, Andras?

En este punto no podía negar que cuando Cristóbal empleaba ese tono con él volvía a sentirse como el adolescente que escondía revistas para adultos en el bolso de las partituras.

—El Scriabin...

—Ah—. Una sonrisa medio triste, medio nostálgica se asomó en los labios de Cristóbal.

—No me vengas con ese «ah», no tiene nada que ver con eso. Era como si... —Andras se tomó unos segundos para intentar poner en palabras lo que había sentido—. Como si estuviese conversando con el piano. No era música, eran sentimientos.

—No trates de explicarme, yo estuve allí ese largo mes que no hacías otras cosa que tocar y tocar ese Nocturno. Estás obnubilado, no es que ella te trasmitiera nada, es esa música la que te hace sentir cosas.

—Soy un adulto ahora, Cris—. Andras trató de poner su mejor expresión de gran maestro—. Y sé diferenciar las cosas. No soy un perro de Pavlov. De ser así, todos los que tocaron la Rapsodia Húngara me hubiesen recordado a mi padre y por lo tanto habrían perdido su oportunidad, pero hay dos de ellos en la lista de los preseleccionados.

—A tu manera, quieres a tu padre y, confiésalo, te gusta la Rapsodia Húngara.

—¿Eres pianista o psicólogo?—Andras movió las manos exasperado—. Lo que no puedo entender es cómo tú precisamente no puedes ver lo excepcional que es esta chica.

—Sorel Anglin tenía todo el potencial para ser una virtuosa. Fue aceptada aquí a los diecisiete años y aún recuerdo el Chopin de su audición. ¡Magistral!

—Me estás dando la razón...

—Dije tenía, recalcando expresamente el tiempo verbal. —Cristóbal levantó uno de sus dedos—. En aquella ocasión, todos nos peleábamos por ser su tutor, pero ella nunca se matriculó.

—¿Qué?

—Tal y como lo oyes. —Movió la cabeza lentamente en señal de asentimiento como para reforzar sus palabras—. Esta es la Universidad con menor tasa de aceptación del país, la gente hace lo que sea por entrar, y ella hizo la audición, fue aceptada y nunca volvió. Ni siquiera contestó a su carta de admisión.

—¿Por qué?

—Nunca se supo.

—Pero está aquí ahora...

—Dos años después, sin argumentar una excusa válida, solicitó su reingreso. Créeme, alguien debió mover los hilos muy arriba para que se le permitiera la entrada. Este lugar no se toma muy bien los rechazos. Estamos acostumbrados a darlos, no a recibirlos.

—Es decir, que desprecias el talento de la señorita Anglin porque los dejó esperando.

—No es solo eso, cuando regresó ya no era la misma y no ha vuelto a serlo en los tres años que han transcurrido desde su vuelta. El momento de Sorel Anglin ya pasó y, lo que es peor, ella no ha hecho nada por recuperarlo. Viene a clases y, sí, es buena, pero nunca llegará a ser más que eso porque no está comprometida. Ese extra que se requiere, esa necesidad de ser mejor cada día no está en ella. Yo diría que toca el piano porque gracias a su talento es algo que le resulta fácil, pero tú mejor que nadie sabes que el talento no es suficiente. Hace falta pasión y ganas de trabajar.

—Ella tiene pasión, estoy seguro, pude sentirla aquí —Andras se tocó el medio pecho aun cuando se daba cuenta de lo dramático que el gesto podía parecer—,y el que haya hecho la audición demuestra que quiere esto.

—No sé lo que pasa por la mente de esa chica y no estoy seguro de querer averiguarlo, pero de acuerdo con su historial, hoy puede quererlo y mañana ni siquiera recordarlo—. Cristóbal trató de encontrar algún atisbo de razonamiento en los ojos de Andras, pero siempre había sido un testarudo. Eso era bueno cuando de estudiar música se trataba, pero a la hora de hacerlo reaccionar se convertía en un verdadero fastidio—. Haz lo que quieras...

—Eso dice mi contrato. —La sonrisa en la cara de Andras era tan grande que amenazaba con tragar todo su rostro. Había ganado y nadie lo iba a hacer cambiar de parecer.

—Pero tendrás que soportarme cuando llegue mi momento de decirte «te lo dije».

Cristóbal recogió los diez expedientes que reposaban imperturbables en la silla e hizo un esfuerzo por recordar algún rasgo de la cara de Sorel Anglin que le diera alguna pista sobre el desmedido interés de Andras. Era difícil, su apariencia general llamaba la atención en sí, y además usaba tanto maquillaje...

—Andras... —Lo miró como si tratara de examinar algo dentro de él—. ¿Tienes claro que Sorel Anglin es una estudiante y tú un profesor? No puedes...involucrarte con ella.

—¡Por favor!—Andras estalló.

Aunque la idea no le había pasado por la mente, una cierta ansiedad pareció apoderarse de su pecho al escuchar hacia donde se encaminaban los pensamientos de Cristóbal. Si hubiese sido una quinceañera seguro que se habría sonrojado o al menos tartamudeado.

—Sé que te gustan altas, rubias y sofisticadas. —Cristóbal pareció relajarse—, pero no estaba seguro de si no querrías probar algo nuevo. Tú sabes, parece que el cuero, los juguetes, látigos, esposas, ese tipo de cosas, están de moda.

—Vete de una vez. —Andras consiguió soltar una risita, pero millones de imágenes pasaron por su mente y no tenían nada que ver con la versión un tanto pervertida que Cristóbal había esbozado. Eran todas sobre piel blanca que él acariciaba con la misma suavidad que empleaba con las teclas de su piano cuando tocaba un Adagio.

Capítulo 3

El día del inicio de las tutorías llegó y Andras estaba tan ansioso como un chico en su primera cita. Nudos en el estómago, palmas sudorosas y demás.

Aunque atribuía la actividad acelerada de sus glándulas suprarrenales a su estreno como profesor, con todo el peso familiar que la historia llevaba consigo, sabía que esperaba de la jornada algo más que demostrar su capacidad de trasmitir conocimientos.

Los dos últimos días habían pasado para él en una especie de frenesí. Hizo de todo para reunir la mayor cantidad de información sobre Sorel Anglin, incluida una búsqueda por Internet que no arrojó más que una cuenta de Facebook y otra de Twitter debidamente protegidas. Eso no era sorprendente, aunque ella aún no era famosa y había otros con su mismo apellido que tenían más entradas.

Se volcó entonces en la información de su expediente académico: buenas notas sin ser sobresalientes, ninguna actividad extra para ganar créditos y muchas ausencias. También estaba el vídeo de la audición que había hecho cinco años antes.