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Sanela Darby siempre ha sido considerada "una chica con suerte": adoptada por millonarios, heredera de una corporación, directora ejecutiva antes de los treinta y con un novio perfecto por más de una década. Sin embargo, una figura de su pasado aparecerá en su fiesta de compromiso para recordarle un secreto que se ha esforzado en olvidar, pero que sin darse cuenta ha moldeado cada paso de su vida. Tal vez sea el momento de soltar el peso que lleva en su conciencia, de dejar de desafiar la gravedad y caer, probando por primera vez qué se siente al estrellarse contra el pavimento sin red de seguridad. Es una novela sobre los recuerdos que nos atormentan y moldean quienes somos, sobre el primer amor que a la distancia siempre parece mejor de lo que fue, sobre las máscaras que usamos durante tanto tiempo que terminan convirtiéndose en nuestro verdadero rostro. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 315
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2019 Erika Fiorucci
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Antes de caer, n.º 217 - febrero 2019
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1307-537-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Ahora
—Buenos días, señorita Darby.
Mi asistente, Lisa, me esperaba de pie a la puerta de la oficina con una mirada expectante y un poco aprehensiva. No era una alerta que indicara algún tipo de problema, era su forma tradicional de recibirme.
—Aquí están las fotografías de la nueva colección de joyas, las trajeron muy temprano y esperan por su aprobación para el catálogo y la publicidad —prosiguió, entregándome el libro—. En su correo electrónico está la lista de las modelos seleccionadas para la sesión de fotos de la colección de otoño, y del departamento legal pidieron una cita para que revise algunos contratos pendientes.
—Buenos días, Lisa —dije con una sonrisa que ella devolvió de forma tímida antes de apresurarse a abrir las puertas dobles del despacho.
—Déjeme saber si quiere que mande a buscar por su desayuno —ofreció parada en el umbral—, o si desea café u otra cosa.
Me limité a enseñarle el vaso de Starbucks que había comprado al final de la calle, justo antes de entrar al edificio. No valía la pena recordarle, por enésima vez, que solo en muy contadas ocasiones llegaba a la oficina sin desayunar, por aquello de que en casa había menos tentaciones en forma de esos muffins con lluvia de chocolate o de pastelillos llenos de crema con tendencia a cruzarse en mi camino cuando tenía hambre.
—¿Quiere que tome su bolso? ¿Su chaqueta? —insistió acompañándome al interior.
—No, gracias, yo puedo hacerlo. —Dejé el café sobre el escritorio, el bolso sobre una silla y procedí a sacarme la chaqueta; todo mientras en mi mente hacía los ajustes necesarios para acomodar las tareas pendientes típicas de un viernes y cualquier otro imprevisto que pudiese presentarse a lo largo del día—. Hazle un hueco a la gente de legal en mi agenda, no más de cuarenta y cinco minutos, eso bastará. Cancela mi reservación para almorzar en Scampi, ya no voy a necesitarla, y recuérdale a la oficina de talentos que no tomen ninguna decisión sobre las modelos hasta que yo las vea. No quiero chicas anoréxicas pretendiendo ser felices en nuestros vestidos. Diles que no me bastan fotos, quiero vídeos, nada de caminatas robóticas o estampando los pies, quiero que se vean naturales.
—Inmediatamente, señorita Darby.
—Gracias, Lisa.
Apurada, como si de sus gestiones dependiera el fin del calentamiento global, Lisa salió de la oficina cerrando la puerta tras ella.
Lamentaba decepcionarla. Cada día, durante el mes y medio que Lisa había trabajado para mí, mi pobre asistente esperaba que me convirtiera en un diablo que viste de Prada, y no sabía cómo explicarle que no todas las mujeres con altas posiciones en el mundo de la moda eran una copia al carbón de Miranda Priestly.
A pesar de ser la directora ejecutiva de la casa de modas con mi apellido, de tener un asiento reservado en las semanas de la moda de Nueva York, París y Milán; a Michael Kors y a Carolina Herrera en mi agenda personal y asistir, sin perderme una, a las fiestas corporativas de Vogue; compraba mi propio café todas las mañanas, no tenía chófer porque consideraba que la mejor manera de moverme en Nueva York era el subterráneo y, si dependiera de mí, vendría a trabajar en zapatillas y vaqueros. El glamour nunca había sido lo mío.
La compañía era realmente el «bebé» de mi tía Ally y me preparó desde que fui una adolescente para que me ocupara de todos esos asuntos corporativos que le daban fastidio. Con el pasar de los años, y un crecimiento que nunca anticipó, más cosas del manejo de la compañía la aburrieron, y ahora viajaba por el mundo casi todo el tiempo, dedicándose, mayormente, a ser una especie de «embajadora» de la marca que construyó desde cero como una salida a su aburrida vida de esposa trofeo.
No odiaba mi trabajo. Sin embargo, lo trataba como lo que era: un negocio, una compañía que debía dar dividendos, una marca que por fuerza debía mantener estándares de calidad, así como su sello personal, para poder perdurar en el tiempo.
Claro, que al trabajar en un mundo en el que la imagen lo era todo, estaba prácticamente obligada a vestir bien, arreglar mi cabello de una forma determinada y a hacer dieta, entre otras cosillas incómodas. Era un precio pequeño por heredar un imperio enorme que otros habían construido y del cual disfruté los beneficios la mayor parte de mi vida sin pagar ninguna contraprestación, por sentarme como reina designada de una corporación multinacional con apenas veintiséis años sin haber tenido que «subir la escalera» por el solo hecho de ser una Darby, aunque fuese una solo de papel.
Era una privilegiada y no me permitiría olvidarlo. Eso me convertía en una jefa seria, exigente, organizada, dispuesta a probar, en cada paso del camino, que tenía lo necesario para ocupar la oficina principal.
Antes de dirigirme a mi escritorio, me paré frente a las ventanas enormes desde las que podía ver el tráfico de Manhattan, como una pequeña colonia de hormigas perfectamente organizada.
Sonreí con satisfacción recordando que hacía muchos años alguien me había dicho que esta ciudad desayunaba chicas como yo.
«¡Mírame ahora!», pensé mientras mi sonrisa se ensanchaba cada vez más. Cuando me di cuenta del lugar hacia donde se dirigían mis pensamientos, un horror parecido al pánico me asaltó.
¿De dónde rayos había venido ese recuerdo?
—¡Feliz cumpleaños, jefecita!
El director creativo de Darby, Quincy Stanford, entró a mi oficina sin anunciarse ni llamar a la puerta, deslizándose como una brisa de verano (no estaba segura de si alguna vez lo había visto caminar como cualquier persona normal) y recordándome con sus palabras que hoy debería ser una fecha especial, desterrando de un porrazo aquel pensamiento intrusivo e inadecuado.
Como demandaba su cargo, estaba impecablemente vestido con una combinación de colores poco ortodoxa, pero trendy, y el cabello peinado a la última moda. Aunque ya no podía ser llamado por nadie un hombre joven, Quincy poseía cierta elegancia intrínseca gracias a la cual su vestuario llamativo no lo hacía parecer excéntrico, sino que marcaba tendencia.
Por eso le pagaba la cantidad que le pagaba. Era él el encargado de suplir lo que a mí me faltaba, más desde que mi tía prácticamente se había retirado.
Quincy se inclinó para darme un par de besos en las mejillas y, en el proceso, dejar sobre mi escritorio un pastelillo cubierto por una gruesa capa de chocolate para luego limpiarse los dedos con una toallita húmeda que apareció de la nada desde el interior de uno de sus bolsillos.
—¿No te provoca? —le pregunté sarcástica.
—Ni muerto me conseguirían comiéndome esa cantidad calorías —dijo dejándose caer en una de las sillas y mirando el pastelillo con desdén—, y tú tampoco deberías envenenar tu cuerpo con ellas. Me haré de la vista gorda, y sí, estoy haciendo un juego de palabras, debido a la fecha tan especial.
—Gracias —le dije haciéndole un guiño y antes de dar una mordida al pastelillo, miré a ambos lados como una chiquilla a punto de hacer una travesura.
En lo que mis dientes se cerraron sobre la delicia azucarada, Quincy cerró los ojos como si me estuviese comiendo una rata cruda y no tuviera la fuerza de estómago para atestiguarlo.
—¿La señora Darby-Mountagh, inspiración para todos nosotros y líder espiritual de esta compañía, nos honrará hoy con su presencia? —preguntó mientras el chocolate todavía se disolvía en mi boca.
—Ally está en Indonesia —respondí, todavía saboreando el chocolate.
—¿Qué demonios hace allá? —preguntó con una mueca de horror.
—¿Probando comidas exóticas? ¿Surfeando en Kuta? ¿Quién sabe? —Me encogí de hombros mientras terminaba de dar cuenta del dulce—. De todas formas, es mejor así.
—¿Es mejor que tu tía, la única familia que tienes, se salte tu tradicional almuerzo de cumpleaños? ¡Hiciste esa reservación en Scampihace meses!
—Es mejor que no venga ahora cuando la nueva colección de joyería y accesorios está prácticamente lista y, conociéndola, tendría unas cuantas ideas locas sobre cualquier cosa que, sin duda, lanzaría al descuido a última hora, lo que nos obligaría a hacer cambios y, en consecuencia, a perder un montón de dinero y retrasar el lanzamiento. Dividendos, Quincy, dividendos.
—Eres toda una sentimental —dijo arrugando la boca—. De todas formas, no puedo creer que tu tía no venga para tu cumpleaños.
—Nunca le he prestado mucha atención a la fecha —dije convencida—. No es importante. En este negocio a nadie le gusta envejecer y, a fin de cuentas, no es mi verdadero cumpleaños.
—Lo ha sido por más de veinte años, es el que figura en tu certificado de nacimiento y tus padres siempre, siempre, se encargaban de que fuera un día especial. No puedo creer que Allison…
—Ally tampoco es mi tía —dije levantando una ceja tratando de dar por terminada la conversación.
Quincy abrió la boca para decir algo, pero un par de golpes en la puerta precedieron a Lisa, quien entró cargando un enorme ramo de margaritas frescas.
—Acaba de llegar este ramo para usted, señorita Darby —anunció asomando la cabeza por un lado del enorme arreglo floral—. ¿Dónde quiere que lo ponga?
—Aquí, en mi escritorio.
Quité de en medio unos cuantos papeles para hacerle un espacio justo donde lo quería: a mi izquierda y un poco hacia adelante, para poder verlo durante todo el día, para que me hiciera sonreír con su simplicidad en medio de tanto glamour artificial.
Nunca lo reconocería en voz alta, pero, aunque no me importaba la fecha, daba cierto calorcillo delicioso que alguien la recordara.
—Los del departamento legal vendrán a las once de la mañana —explicó Lisa tras dejar el ramo sobre el escritorio—, y ya cancelé la reservación para almorzar. En la oficina de talentos esperan su respuesta sobre las modelos.
La miré levantando una ceja. Había trabajado mucho para perfeccionar el movimiento.
—Dile a la oficina de talentos que tendrá mi respuesta cuando yo esté lista, no les conviene presionarme —dije en voz baja, aparentemente tranquila—. Por favor, haz arreglos de una vez para que me envíen algo de almorzar aquí a mi oficina. Aparentemente será un día largo y no quiero terminar muy tarde.
—¿Alguna preferencia?
—Cualquier cosa estará bien.
—No cualquier cosa —intervino Quincy dirigiéndose a Lisa—. Ni se te ocurra ordenar una ensalada o un plato de salmón. Pide algo grasoso, algo que nunca haya ensuciado este templo dedicado a la talla 0, como una pizza o una hamburguesa, Dios nos perdone a todos. —Teatralmente juntó sus manos como si estuviera rezando—. Eso sí —continuó cuando su breve momento de introspección religiosa pasó—, todo debe venir acompañado con una Coca-Cola de esas que tienen azúcar. ¿Todavía existen de esas en el mercado?
—Creo que sí, señor Stanford —respondió Lisa.
—Bien. Hoy es un día especial para nuestra querida Sanela, así que podemos permitirnos algunas indulgencias.
Lisa me miró dudosa, como si Quincy acabara de pedirle que cometiera un robo a mano armada, exhumara un cadáver o usara sandalias con medias. Estuve a punto de decirle que lo olvidara todo, que ordenara algo a base de espinacas o lechuga solo para hacerla sentir mejor; pero era mi cumpleaños y si quería «ensuciar», tal y como había dicho Quincy, las oficinas de un imperio de la moda con comida basura de alto contenido calórico con una perfecta justificación, no habría nunca mejor ocasión, más cuando mi tía estaba al otro lado del mundo.
—Y si viene acompañado con patatas fritas, mucho mejor —dije finalmente con una sonrisa.
—Sí, señorita Darby —respondió Lisa y salió de la oficina apurada, probablemente para hacer una investigación exhaustiva sobre la existencia mítica de alguna subespecie llamada «comida basura gourmet de bajas calorías».
No se había terminado de cerrar la puerta cuando Quincy y yo estallamos en carcajadas.
—Eres malvado —le dije.
—No, tú lo eres. Esa chica, con toda seguridad, no se ha comido una patata frita desde que tenía doce años.
—Por favor.
—Tienes que ver la cara de cada una de nuestras empleadas cada vez que anuncio que vamos a hacer espacio en el armario de las muestras.
—A todo el mundo le gusta la ropa gratis.
—Sí, pero esa ropa es la usada por las modelos en desfiles y sesiones de fotos, lo que implica que es talla dos o cuatro. Si quieren algo de alta costura gratis, deben matarse de hambre.
—Es por eso que nuestras próximas modelos serán talla seis. Es mi guerra actual con la oficina de talentos.
—Siempre he sabido que, detrás de ese frío corazón, eres buena persona.
—Con una campaña de promoción adecuada sobre el tema de las tallas, nuestra nueva colección estará en los titulares.
—Retiro lo dicho sobre tu corazón de hielo.
Comencé a poner los ojos en blanco, pero el gesto no concluyó porque mi mirada se topó nuevamente con el ramo de margaritas sobre mi escritorio.
—Imagino por tu expresión bobalicona que las flores son del doctor Clermont —dijo Quincy con una sonrisita.
—Imaginas bien.
—Un hombre llamado Agusten Clermont debería tener un gusto más refinado en cuanto a flores, y sin embargo… —Negó con la cabeza y suspiró—. Envía margaritas, y no es porque le falten fondos. Definitivamente, tu novio tiene en flores el mismo gusto que tú tienes en comida.
—Son mis flores favoritas —dije presumida—. Agusten me conoce bien.
—Más le vale. Son novios desde siempre. —Volvió a negar con la cabeza—. Todavía no concibo la existencia en este siglo de una mujer que permanezca por años con su primer y único novio, sobre todo alguien de tu posición rodeada de los más bellos, famosos y ricos.
—¿Qué te puedo decir? —Me encogí de hombros—. Todo me salió bien en el primer intento.
Y aunque estaba convencida de mis palabras, una sensación extraña se apoderó de mi estómago, la misma que me asaltaba cuando de niña les decía a mis padres que tenía muchos amigos en la escuela o que me había comido todo el almuerzo.
—Agusten y yo tenemos los mismos gustos, los mismos intereses, nos entendemos. Siempre ha sido así —insistí como si necesitara justificarme—. Ambos estamos comprometidos con el trabajo que realizamos, nos gusta llevar una vida tranquila, ver películas de superhéroes, comer comida basura, quedarnos en casa los viernes por la noche…
—¿Estás segura de que es lo que les gusta a ambos o solo lo que le gusta a él?
—No empieces, Quincy.
—¿Dónde queda el misterio? ¿La aventura? ¿El drama? —insistió desafiante—. ¿Dónde dejas el glamour de un amor atormentado? ¿De esos imposibles que desafían las adversidades? Imagino que Agusten nunca te ha hecho sufrir, llorar, esperar sentada al lado del teléfono.
Nuevamente la maldita sensación en el estómago.
Tal vez simplemente tenía hambre.
—Dirijo una compañía de modas que cotiza en Wall Street y tiene dos páginas mensuales aseguradas en Vogue. Mi existencia está rodeada de temperamentales modelos, misteriosos diseñadores y aventureros fotógrafos, eso sin mencionar las apariciones intempestivas de Ally y los chismes de pasillo que dicen que no tengo lo que se necesita para dirigir esta compañía. Te aseguro que tengo todo el drama que puedo soportar.
—Primero que nada, nadie dice eso, y segundo, tienes que admitir que Agusten y tú parecéis una pareja de sesenta años lista para mudarse a Florida y asistir a tardes de Bingo. Ambos son jóvenes, exitosos y viven en Nueva York. Un poco de brillo tormentoso no les vendría nada mal.
—¿Qué tienes en contra del amor tranquilo? —me quejé—. Amo a Agusten y él me ama a mí. Es así de simple. ¿Qué más puedo buscar por ahí? ¿Cuántas personas tienen la dicha de encontrar a ese alguien perfecto al primer intento? ¿A ese ser que encaja contigo en cada sentido, en cada situación? Esa fantasía del chico malo, de los hombres misteriosos, oscuros y maltratados, nunca funciona en la vida real.
Quincy me miraba ligeramente asombrado. No era típico de mí entrar en una tirada de explicaciones sobre mi vida privada, y mucho menos ser tan vehemente, pero las palabras se me habían escapado. Tal vez era la fecha, la llegada inexorable del verano.
—Dicen por ahí que toda chica necesita que le rompan el corazón alguna vez para saber apreciar lo bueno.
—No tengo ninguna tendencia masoquista y no necesito un corazón roto para apreciar a Agusten por todo lo que es.
—Pero ¿cómo sabes que eso es amor tranquilo, como tú lo llamas, y no simple camaradería si nunca has experimentado otra cosa?
—No hacen falta comparaciones ni tampoco es necesario hacer una cata de hombres porque no son vinos…
—Algunos pueden ser tan deliciosos como un buen Merlot —me dijo con un guiño.
«Y otros se te suben a la cabeza como una botella de Patrón haciéndote olvidar hasta tu nombre».
Suspiré frustrada.
—Si te preocupa tanto la falta de drama en mi vida sentimental, te confesaré que Agusten me engañó una vez. Durante su segundo año en Harvard, cuando yo todavía iba al instituto, se fue de spring break a Florida y, bueno, hizo lo que todo estudiante hace en unas vacaciones en la playa con sus amigotes. Me lo confesó a su vuelta y lo resolvimos. ¿Feliz?
—Cariño, hasta tu drama es libre de drama.
—Tengo una buena vida que me fue regalada, un trabajo que me encanta por el que no tuve que luchar, un coche que no uso y que pagó la compañía, y un buen novio. Soy una chica con suerte.
Antes
«Una chica con suerte».
Eso es lo que las personas suelen decir de mí, lo que piensan cuando escuchan mi historia. Hay días en los que el sol brilla en medio de un cielo azul sin nubes, donde el aire huele a mar y el verano se presenta como una promesa, una nueva oportunidad. En días así, yo también lo creía.
Mi historia hasta los siete años prácticamente no existió: una huérfana, como tantos otros miles, abandonada en un orfanato en Sarajevo al inicio de la guerra de los Balcanes, sin familia, sin pasado, sin historia ni contexto. Si me esfuerzo mucho puedo recordar esos días y, tras lo que aprendí con el paso de los años y la madurez que me impulsó a buscar más información, puedo decir que la institución era buena. Desvencijada, con poca comida y demasiados niños, pero sin el maltrato que tanto han denunciado los organismos internacionales.
Fui adoptada por una pareja de adinerados norteamericanos retirados que hacía trabajo voluntario para la ONU y mi vida cambió. Durante los ocho años siguientes mis horizontes se ampliaron y conocí el amor de una familia. Los Darby me llevaron a vivir a Suiza, donde se habían radicado para pasar sus años dorados y, si antes todo había sido gris y viejo, mi vida se llenó de colores y cosas nuevas.
«Una chica con suerte».
Definitivamente, aunque también, en esos años, tímida y un poco asustadiza; insegura. No fue fácil pasar de tener nada a tener todo, de no tener ningún contacto social a aprender a relacionarme; de no hablar con nadie a estudiar diferentes idiomas, de no tener expectativas de nada a tener los ojos de una familia entera que había apostado por mí, fijos en mi comportamiento y en mi adaptación.
Ocho años después de mi rescate, cuando creí que le había agarrado el paso, cuando ya no temía que cada mañana al despertar me anunciaran que no llenaba los requisitos y que sería enviada de vuelta, mis padres murieron: George de un ataque cardíaco y Martha lo siguió un mes más tarde aquejada por la tristeza. Supongo que, a pesar de mis esfuerzos, no fui suficientemente buena para que, al menos mi mamá, decidiera seguir viviendo por mí. Tampoco lo esperaba cuando la de verdad, la que me trajo al mundo, me dejó en una puerta en medio de la noche.
Allison, la hija biológica de George y Martha, técnicamente mi hermana y legalmente mi tutora, me rescató de ese nuevo abandono. Esperó que terminara el semestre en Suiza y me llevó a vivir con ella: una nueva mudanza, una nueva familia, un nuevo país, una nueva forma de vida, diferente a la tranquilidad que había disfrutado en Europa con el amor de un par de sexagenarios retirados.
—Sanela, cariño, el desayuno está listo —me llamó la tía Ally desde la cocina.
No podía llamarla Allison y se sentía raro atribuirle el calificativo de «hermana» a una mujer veinticinco años mayor que yo que nunca había vivido conmigo, a pesar de que regularmente nos visitaba en Navidad y me llevaba regalos. Siempre, desde nuestro primer encuentro hacía muchos años, había sido «tía Ally».
—Ya voy.
Bajé las escaleras de la enorme casa en la que Ally y su esposo, un próspero inversionista de Wall Street, acostumbraban pasar los veranos en Los Hamptons.
—Buenos días —dije entrando en la enorme cocina y encontrando a Ally impecablemente vestida, maquillada y peinada, lo que me hizo sentir más desarreglada que de costumbre, pues todavía tenía puesto el pijama y el peine no había entrado en mi cabello desde la tarde del día anterior.
—Tenemos granola, yogurt descremado y frutas —dijo señalando un enorme bufé de cosas saludables colocadas con estilo sobre el mesón de mármol—. Siempre olvido si prefieres café o té.
—Té está bien —dije sentándome en uno de los altos taburetes.
—Los europeos y sus costumbres —dijo poniendo a hervir la tetera, una acción que parecía demasiado doméstica para alguien como ella—, aunque creo que ya hace demasiado calor para estar tomando bebidas calientes. Leí en alguna parte que no es sano. —Se quedó pensando un momento como tratando de recordar dónde había escuchado la información—. Mandaré a que hagan jarras de té frío con limón y las tengan listas en el refrigerador para cuando te provoque.
Sonreí sin ganas.
Allison se esforzaba demasiado. Era una mujer de negocios y no del tipo «doméstica» como mamá, que mostraba su amor horneando galletas y bordando toallas en punto de cruz, enseñándome en el proceso todas esas labores que creaban un vínculo entre nosotras. Mi tía, por el contrario, no estaba acostumbrada a velar por el bienestar de otra persona y probablemente no tenía idea de qué hacer ante un catarro o una fiebre pasajera, y eso le preocupaba.
Algunas veces quería decirle que no tenía por qué cambiar quien era solo porque yo había llegado a su vida de forma inesperada; que, al igual que yo, también había perdido a sus padres hacía apenas seis meses, que podíamos apoyarnos una en la otra, permitirnos recordarlos, estar tristes de vez en cuando. Yo lo estaba, todavía, la mayoría de las veces. Algunas mañanas solo quería quedarme en la cama viendo fotografías viejas, recordando buenos momentos, mi vieja vida, y aunque no deseaba nada más que Ally me acompañara en esos momentos, no era algo que podía pedirle. No podía recordarle su propio dolor, una pérdida que no era exclusivamente mía. Si ella era fuerte por mí, yo lo sería por ella, sin importar qué tan inadecuadas me parecieran unas vacaciones en la playa en esos momentos.
Entendía su fachada, su deseo de ser una roca, de continuar. Les había prometido a George y a Martha que se haría cargo de mí. Desde el principio, y debido a que no eran precisamente jóvenes cuando me adoptaron, sabían que, probablemente, tendrían que dejarme antes de tiempo y le arrancaron esa promesa.
Allison y su esposo Mark no tenían hijos propios, por lo que estaban haciendo lo mejor que podían, lo que su visión del mundo les indicaba por instinto, y yo también cumpliría mi parte en ese trato, aunque desde mi perspectiva, en esos momentos, todo pareciera un océano negro de soledad garantizada que había comenzado a llenarse poco a poco de oscuridad en esos seis meses en Suiza, sola, en un internado, con la muerte de mis padres tan reciente y sin nadie con quien hablarlo, con quien llorar. Solo que ahora, con únicamente un viaje de avión de por medio, Ally quería que socializara, que tuviera amigos, como si el duelo fuese un abrigo que pudieras quitarte cuando cambia la estación, un par de zapatos que descartas cuando pasa de moda, algo que dejas atrás con tu anterior código postal.
Nadie le había dicho que la tristeza y la soledad, aunque escondidas debajo de una fachada tranquila, pueden convertirte en blanco de depredadores que pueden oler el miedo a distancia.
—¿Tienes algún plan para hoy? —preguntó sentándose a mi lado, mirándome esperanzada.
—Quedé con Vida para ir a la playa —dije llenando un plato con yogurt y granola.
—¿Vida?
—La chica que conocimos cuando llegamos. —Me metí un par de cucharadas en la boca—. La que trabaja en la tienda de antigüedades en Montauk.
—¿Una chica local? —dijo y sonrió nuevamente, aunque en esta oportunidad le salió un poco forzada—. Bien. Te ayudará a conocer el lugar. Ya tendrás tiempo de frecuentar otras personas cuando la temporada comience. Creo que Mark tiene algunos amigos o socios con hijos de tu edad y, con uno que conozcas, ya llegarán otras invitaciones.
—¿Y tú qué vas a hacer? —pregunté, tratando de no pensar que conocer demasiadas personas al mismo tiempo seguramente me abrumaría, sin mencionar que no me atraía en lo más mínimo. No era precisamente extrovertida y todo era tan diferente. Lo último que quería hacer era avergonzar a mis tíos frente a sus amigos.
—Mark y yo vamos a almorzar con algunos conocidos en un yate. Algo sobre organizar una cena de caridad, creo. —Hizo un gesto con la mano y se puso de pie para verter el agua caliente en una taza—. Aunque lo llamemos vacaciones no significa que dejemos de hacer negocios. Las relaciones públicas son importantes. —Me trajo el té, se me quedó mirando por unos momentos y una duda pareció asaltar su rostro—. ¿Quieres que le diga al personal que te prepare algo para comer cuando regreses?
—No te preocupes. De seguro comeré algo con Vida por ahí.
—Ten cuidado. En el verano tendemos a cometer excesos y cuesta un mundo sacarse luego los kilos. —Me sonrió indulgente—. Por cierto, usa el bañador azul que te traje. Ese color te queda perfecto y es de la nueva colección, que es más grande atrás para chicas con algo de trasero como tú. ¡Me siento tan orgullosa de haber descubierto el camuflaje perfecto para las menos afortunadas! —Hizo un gesto presumido con las manos. Así, hablando de moda, de su marca, de sus diseños, era cuando la verdadera Ally salía a flote, dándole a sus ojos color café un brillo especial—. También puedes ponerte el vestidito blanco con las sandalias, es un atuendo que grita: «¡Comenzó el verano!». Y no olvides las llaves, el dinero, la tarjeta de crédito y el Blackberry que te compró Mark. Cualquier problema, puedes llamarme y me bajaré de ese bote, aunque tenga que regresar remando.
—Todo está en mi bolso. —Aparté el plato vacío.
—No es un bolso, es un Anya Hindmarch.
Sonreí ante esa costumbre de llamar a los objetos por su marca. Para mí era solo un bolso, uno muy bonito, con unos ojitos que lo hacían gracioso, pero un bolso.
—De todas formas, no creo que haya necesidad de que aprendas a remar —dije intentando tranquilizarla—. No pasará nada. Seguramente me encontrarás en la cama con un libro cuando llegues.
—Espero que no —dijo con horror—. A tu edad y en unas vacaciones en la playa tienes permiso de ser un poquito irresponsable. Pero, ojo, solo un poquito.
—Solo un poquito —asentí—. Queda debidamente registrado.
Ally me miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—¿Estás segura de que estarás bien por tu cuenta? —preguntó, y nerviosa se mordió el labio.
—Segura. Solo iré a la playa. —Me puse de pie. Quería decirle algo de cómo me sentía en realidad, pero se veía tan incómoda… Además, mi presencia era un cambio en su vida y no quería interrumpir su rutina más de lo necesario—. Mejor voy a cambiarme.
—¡No olvides el protector solar! —dijo como si la idea la hubiese asaltado de repente—. Ustedes las rubias tienen una piel muy delicada y las arrugas no son bienvenidas en este hogar.
—No lo olvidaré. —Me empiné y le di un beso—. Que tengas un lindo día.
—Tú también, y diviértete.
El exhorto parecía casi una orden difícil de llevar a cabo. Sin embargo, un par de horas después, y usando mi bañador azul, ese que cubría bien mi poco afortunado trasero, estaba tirada con Vida en la arena de la playa tomando un poco de sol y, aunque no era precisamente una diversión extrema, al menos no estaba triste.
¡Un hurra por la vitamina C!
—Este verano va a ser fantástico —dijo Vida con convicción, casi como si pudiese adivinar el futuro.
Eso era lo que me había atraído hacia ella desde el momento en que Ally me arrastró hasta la tienda de antigüedades el día que llegamos. Vida era una joven hermosa, feliz y optimista, como se supone que deben ser los jóvenes a los que la tragedia no ha tocado; que no han estado solos, con frío, con hambre; que nunca se han ido a dormir intentando arrullarse con el sonido de su propio llanto. Para ella, la vida era una enorme lista de posibilidades, todas buenas, que se extendían, listas para ser tomadas, como inocentes manzanas maduras en las ramas de un árbol. Seguramente nunca se le habría ocurrido pensar a quién pertenecían las manzanas, cuánto había costado cultivarlas, si eran solo manzanas o tenían un nombre que las asociara con quien las había creado, qué pensarían de ella si las tomaba sin permiso, si tenían muchas calorías…
—Poco a poco esto comenzará a llenarse de gente —continuó mientras hacía una trenza en su largo y rebelde cabello castaño. El mío era liso, plano y sin mucha forma—. Luego vendrán las fiestas en la playa, las tardes cerca de las piscinas, las recepciones en todas las casas por allí por donde vives, los cócteles gratis… —Me guiñó un ojo.
—No bebo. Solo tengo dieciséis —me sentí en la necesidad de aclarar en caso de que Vida, que recién había cumplido dieciocho años, lo hubiera olvidado.
—Seguro. Todas decimos eso a los dieciséis —dijo con una sonrisita—. Mi novio Aaron llegará pronto —explicó como si no lo hubiese mencionado ya un millón de veces—. El año pasado se fue a la universidad en Nueva York, en tres años se graduará, conseguirá un trabajo y me iré a vivir con él. Claro, si ahorro lo suficiente, tal vez pueda irme antes y hacer pruebas como modelo.
—Yo voy a ir a vivir a Nueva York después del verano —dije con toda la aprehensión que ese hecho me generaba—. Terminaré la escuela en un instituto privado.
—Pues entonces tienes que conocer a Aaron, así tendrás un amigo allá hasta que yo llegue a la ciudad.
Sonreí prácticamente sin notarlo. La perspectiva de conocer a alguien en esa ciudad que me aterraba era más que reconfortante, y mucho más que Vida, la única amiga de mi edad que había podido hacer en mis pocos días en un nuevo país, pudiera también acompañarme.
«Amiga».
Cuando eres adolescente, los amigos se hacen en un minuto y crees que durarán toda la vida. Más cuando se trataba de alguien como Vida, que prácticamente hacía todo el trabajo en esa nueva relación y yo me limitaba a ser quien era: callada, tímida y un poco triste.
Seguimos por un rato allí, echadas en la arena, en tranquilo silencio en algunos momentos o con mi compañera parloteando como una loca en otros, hasta que una sombra tapó el sol que nos calentaba y Vida lanzó un grito como si el extraño parado sobre nosotras fuese el mismísimo monstruo de la laguna negra.
—¡Aaron! —gritó poniéndose de pie de un salto y echándole los brazos al cuello al joven que nos espiaba desde las alturas—. Dijiste que llegarías pasado mañana.
Se separó un poco de él, lo suficiente para darle un manotazo en el hombro, y luego volvió a echarse en sus brazos plantándole un beso apasionado en los labios, y otro y otro…
—Esta es mi nueva amiga Sanela —me presentó cuando la sesión de besos parecía haber terminado o su necesidad de tomar copiosas cantidades de aire había puesto fin a la muestra pública de afecto—. Está aquí por el verano y luego vivirá en Nueva York, así que eventualmente volveremos a ser vecinos.
—Encantado. —Sonriendo estrechó mi mano. Tenía una linda sonrisa, casi que de catálogo. Es más, Aaron era la perfecta descripción del «típico muchacho norteamericano»: es decir, alto, rubio, ligeramente fornido y con un aire relajado que se contagiaba al instante—. ¿Te estás quedando en uno de los hoteles aquí en Montauk?
—No seas tonto —le dijo Vida poniendo los ojos en blanco—. Es la sobrina de Allison Darby y Mark Mountagh.
—Me agrada tu tío, es un tipo guay, a pesar de lo que dicen de los de Wall Street —me dijo Aaron sonriendo todavía un poco más.
—¿Conoces a Mark?
—Solía limpiar piscinas para ganar dinero extra en el verano y la de tu tío estaba en mi lista. —Me guiñó un ojo—. Por cierto, tu piscina es de las más bellas de por aquí. La diseñó alguien que solo se dedica a eso, por lo que tiene todo un trabajo paisajístico alrededor.
—Aaron va a ser arquitecto —explicó Vida con orgullo—. No se cansa de hablar de esas cosas.
—Por cierto, yo también tengo un nuevo amigo por el verano. —Aaron se dio la vuelta como buscando a alguien—. ¡Jer! Ven acá para presentarte a mi novia.
Incluso antes de que el joven, alto y delgado, que estaba de espaldas a unos cuantos pasos de nosotros, concentrado mirando el mar, se volviera, de alguna forma lo supe, mi cuerpo lo supo.
Fue como una premonición, ese segundo justo antes de que la gravedad haga su trabajo, en el que te das cuenta de que la caída es inevitable.
Cuando se volteó dejé de respirar y sentí como si todos los huesos de mi cuerpo, mis músculos, resintieran el daño de estrellarse contra el pavimento.
Tenía el cabello negro más desordenado que hubiese visto en mi vida, gracias a la brisa del mar que parecía no resistirse a jugar con las suaves hebras. Por alguna razón su existencia no combinaba con el sol radiante y la arena bajo mis pies, y esa disonancia lo hacía resaltar todavía más.
Evidentemente era mucho mayor que yo, incluso parecía más maduro que Vida y Aaron. Era algo pálido, con los pómulos y la quijada perfectamente definidos, una nariz aristocrática y los ojos oscuros más penetrantes que hubiese visto. Iba vestido de negro: vaqueros negros, camiseta negra; lo que completaba ese aspecto de incongruente dibujo en tinta sobre un fondo de color. Se veía como yo me sentía.
—Vida, él es Jericho —dijo Aaron señalando al extraño—. Es inglés, pero está pasando una temporada en Nueva York. Nos conocimos por allí casi por casualidad y decidí traerlo a ver si agarraba un poco de color.
Vida estrechó la mano de Jericho y, por el cambio en su rostro, pude adivinar que le había causado una impresión similar a la mía. Creo que incluso se sonrojó un poco y no era para menos, no todos los días se estaba frente a lo que parecía ser uno de esos modelos que adornaban las portadas de las revistas que mi tía Ally tenía por toda la casa.
—Ella es mi amiga Sanela —dijo Vida señalándome y parecía un poco nerviosa.
Cuando los ojos de Jericho se enfocaron en mí, el efecto de su presencia dejó de ser moderado, indirecto, y me quemó con la intensidad de ver directamente el sol durante un eclipse. La arena se movió bajo mi cuerpo y todo lo que estaba a mi alrededor: sol, mar, personas, pareció desaparecer o, al menos, hacerse borroso.
—Jericho Huxley —se presentó estirando su mano en mi dirección y creo que la tomé, no estaba segura. Todo parecía estar envuelto en medio de una especie de bruma onírica. Ni siquiera podía afirmar si había vuelto a respirar desde que lo vi.
—Y ahora —dijo Aaron trayéndome de vuelta y solté un poco de aire, prueba irrefutable de que mis pulmones seguían funcionando tal y como fueron diseñados—, a seguir la tradición del comienzo del verano.
Sin explicar más nada, se sacó la camisa y corrió hacia el mar con Vida a su lado, ambos tomados de la mano para enfrentarse a las olas que, aparentemente, Vida trataba de amedrentar con sus gritos de felicidad.
Me quedé a solas con Jericho sin ser capaz de articular palabra. Lo único que pude conjurar fue un intento, nada agraciado, de sonrisa antes de bajar nuevamente la vista y concentrarme en el brillo encantador, y mucho menos letal, de la arena.
