Alhucemas 1925 - Roberto Muñoz Bolaños - E-Book

Alhucemas 1925 E-Book

Roberto Muñoz Bolaños

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Beschreibung

El desembarco de Alhucemas, del que se cumple ahora un siglo, supuso una operación anfibia de una ambición y complejidad sin precedentes en la España contemporánea, que permitió, por fin, cerrar la pesadilla en que se había convertido la Guerra de Marruecos, tras desastres impresos en la carne y en la memoria del país como el Barranco del Lobo o Annual. En este ambicioso y provocador libro, que cuestiona las narrativas tradicionales en torno a Alhucemas, Roberto Muñoz Bolaños analiza el desembarco tanto desde las perspectivas militar, estratégica y táctica como desde el punto de vista de la política internacional, habitualmente olvidado. Un éxito que se comprende, además, merced a la colaboración militar entre los Ejércitos español y francés para poner fin a la dura resistencia rifeña. Las operaciones previas, los planes españoles con precedentes desde el siglo XIX y el análisis de la guerra anfibia se conjugan con un estudio riguroso del contexto posterior a 1918, el llamado «momento wilsoniano», que supuso el surgimiento de movimientos anticoloniales y nacionalistas en el norte de África y el Próximo Oriente, los cuales explican la sublevación de Abd el-Krim y la cruenta Guerra del Rif. Una obra fundamental que nos pone a pie de playa, pero también en las cancillerías europeas, para conmemorar los cien años de Alhucemas.

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Seitenzahl: 581

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Alhucemas 1925

Muñoz Bolaños, Roberto

Alhucemas / Muñoz Bolaños, Roberto

Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2025 – 372 p. ; 23,5 cm – (Historia de España) – 1.ª ed.

D.L.: M-17559-2025

ISBN: 978-84-129846-9-9

94(460:647)”1925”

355.46

ALHUCEMAS 1925

El desembarco que decidió la Guerra de Marruecos

Roberto Muñoz Bolaños

© de esta edición:

Alhucemas 1925

Desperta Ferro Ediciones SLNE

Paseo del Prado, 12, 1.º derecha

28014 Madrid

www.despertaferro-ediciones.com

ISBN: 978-84-129847-1-2

Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández

Cartografía: Desperta Ferro Ediciones

Coordinación editorial: Mónica Santos de4l Hierro

Primera edición: septiembre 2025

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados © 2025 Desperta Ferro Ediciones. Queda expresamente prohibida la reproducción, adaptación o modificación total y/o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento ya sea físico o digital, sin autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo sanciones establecidas en las leyes.

Producción del ePub: booqlab

 

 

A la memoria de mi padre y de mi tío Angelín.A mi madre.

A mis sobrinos, María y Fernando.

A mis hermanos, Fernando, Virginia y Mónica.

A mis cuñados, Fran y Lalo.

A mis mentores, Álvaro Soto Carmonay Fernando Puell de la Villa.

A mi amigo Antonio Hermosa Andújar.

Al maestro de historiadores, Stanley G. Payne.

 

«Cada día doy más importancia a Alhucemas y su zona desde el punto de vista de que allí pueda crearse un estadito independiente desde el cual, sirviendo Abd el-Krim de cabeza de turco puedan los comunistas, los alemanes o los mismos franceses inquietar a España con una base aérea o de submarinos. A esta bahía no le daba importancia alguna hace seis u ocho años y ahora se la doy extraordinaria como modo de frustrar designios que instintivamente me dan miedo».

Telegrama del teniente general Miguel Primo de Rivera para el general de brigada Francisco Gómez-Jordana, 3 de junio de 1925

 

«El desembarco de Alhucemas significó el final prácticamente de la lucha de Abd el-Krim. Ocho meses después de que las tropas del ejército español pisaran el suelo de Beni Urriaguel, el emir del Rif cejó en su resistencia y se entregó a las tropas francesas».

Ramón Díez Rioja

«El efecto moral del desembarco de Alhucemas puede asegurarse fué en parte perdido en estos meses de inacción [octubre de 1925/marzo de 1926] en los que sólo se consiguió volver a la sumisión a la cabila de Anyera, turbulenta y en rebeldía desde el repliegue de Xauen, de 1924, y que fué sometida por gestiones políticas del coronel Orgaz a la sazón inspector de las Intervenciones militares, hábilmente auxiliado por el capitán Boix, interventor de la cabila, y complementadas por una acción militar incruenta de las fuerzas jalifianas».

General de división Manuel Goded Llopis

Panorámica de Antonio Got, corresponsal del diario El Telegrama del Rif, de la bahía de Alhucemas y los buques que se desplegaron para el desembarco realizada desde el transporte Hespérides. El Telegrama del Rif, 15-9-1925.

Un soldado custodia la línea de costa tras el desembarco de tropas españolas en la bahía de Alhucemas. La Voz, 5-10-1925.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Agradecimientos

Introducción

1

LA GUERRA ANFIBIA

2

EL LARGO CAMINO A ALHUCEMAS (1859-1925)

3

UNA VIEJA OPERACIÓN

4

LA REPÚBLICA DEL RIF: EL CONTEXTO INTERNACIONAL

5

¡POR FIN! ALHUCEMAS, ¿UNA OPERACIÓN BIEN DISEÑADA?

6

¡HACIA ALHUCEMAS!

7

LA FASE DE CONSOLIDACIÓN (13 DE SEPTIEMBRE - 2 / 13 DE OCTUBRE)

8

LA FASE DE EXPLOTACIÓN: LA DERROTA DE ABD EL-KRIM (1925-1926)

Epílogo de una contienda.¿La resurrección de una forma de guerra?

Conclusiones

Bibliografía

Guide

Cover

Índice

Start

AGRADECIMIENTOS

Este libro, ¡y ya van dos!, hubiera sido imposible sin el apoyo de Alberto Pérez, de Javier Veramendi y de Javier Gómez, de Desperta Ferro Ediciones. Desde 2014 han mostrado su confianza en mi persona, la cual se ha plasmado en numerosos artículos para una revista tan prestigiosa como Desperta Ferro Contemporánea y en el encargo para escribir esta obra. ¡Muchas gracias!

Este agradecimiento lo hago extensivo a Mónica Santos del Hierro y a Carlos de la Rocha. A la primera, por la magnífica edición y maquetación de esta obra. Al segundo, por los excelentes mapas que la acompañan. A los dos, también, ¡muchas gracias!

Tampoco quiero olvidar a mis mentores, Álvaro Soto Carmona y Fernando Puell de la Villa, que tanto me han enseñado a lo largo de mi vida. Al primero, por la paciencia infinita que ha tenido conmigo y por lo mucho que me ha enseñado acerca de la profesión y de la institución militar. Al segundo, por la magnífica dirección de mi tesis doctoral y por el apoyo académico que siempre me ha brindado.

Mención aparte, y como hago en todos mis libros, nunca dejo de dar unas gracias infinitas a otras dos personas: al maestro de historiadores Stanley G. Payne y a mi gran amigo Antonio Hermosa Andújar.

Por otro lado, este libro hubiera sido imposible sin mis amigos de Magister –Eduardo, Dragan, Ana Rosa, Amanda, Ana, Camino, Carmen, Esther, Esther, Gloria, José Antonio, Paloma, Rakel, Renata, Raúl…–, todos. Fue el primero quien, hace veintiséis años, me dio su confianza para impartir docencia en ese centro y, desde entonces, sigo allí. Sin Magister jamás hubiera podido desarrollar mi labor investigadora y sin Dragan, Raúl y José Antonio, por su ayuda en el campo de la informática, tampoco habría redactado este libro. Muchas gracias a todos los miembros de mí querida institución.

Mi reconocimiento se extiende también a las universidades del Atlántico Medio, Camilo José Cela, Francisco de Vitoria y Nebrija; así como al Centro de Educación Superior de Enseñanza e Investigación Educativa (CEIE), instituciones académicas donde ejerzo, o he ejercido, la docencia.

Por último, tengo que hacer mención a las personas que más han influido en mi vida. En primer lugar, a los miembros de mi familia, tanto a los que no están –mi padre y mi tío Angelín–, como a los que están: mi madre y mis hermanos, Fernando, Virginia y Mónica; mis cuñados, Fran y Lalo; y… ¡cómo no! a mis sobrinos, María y Fernando. Igualmente, a mis amigos de la infancia: Álvaro, Carlos, Chus, Fernando, Ignacio, Javi, Juanjo, Marisa, Marta, Natalia, Nuria, Óscar, Raquel y Susana. Todos ellos son también autores de este libro, porque sin su aliento nunca hubiera podido desarrollar mi carrera académica.

INTRODUCCIÓN

En 1955, el historiador británico Sydney Coles escribió que el desembarco en la bahía de Alhucemas «probablemente fue estudiado detenidamente por el General Eisenhower y sus expertos en invasiones estadounidenses y británicos antes del desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial».1 Esta cita ha contribuido a gestar la leyenda en torno a este asalto anfibio,2 considerado el inicio del fin de la rebelión rifeña y de la Guerra de Marruecos, aunque los textos con los que comienza esta obra muestran que la sucesión de acontecimientos y la relación entre ambos hechos –desembarco y final del conflicto– no fue tan lineal como algunos autores la presentan.

El relato de Alhucemas empezó a construirse muy poco después de que tuviera lugar, gracias a la obra de tres militares que participaron en la operación como integrantes del estado mayor de la brigada a las órdenes del general Leopoldo Saro Marín: el comandante Mariano Santiago Guerrero y los capitanes José María Troncoso y Bruno Quintana Caicedo.3 Pocos años después, el ya general Manuel Goded Llopis, uno de los grandes protagonistas del desembarco y de las operaciones finales que culminaron en la ocupación y pacificación del Protectorado, escribió un estupendo libro en el que explicaba las campañas militares de Marruecos y en el que otorgaba un protagonismo principal al citado desembarco.4 La senda marcada por estas dos obras fue continuada por otros autores, entre los que destacaron Amador García Argüelles,5 Francisco Font Betanzos,6 Antonio Carrasco, José Luis de Mesa y Santiago Luis Domínguez Llosa7 y, sobre todo, Ramón Díez Rioja, autor del libro más completo y documentado acerca de los planes que se trazaron para acometer un desembarco en la célebre bahía desde 1911.8

En paralelo, también se fue desarrollando una notable historiografía relativa a las campañas militares de Marruecos. Tuvo su origen en un conjunto de obras contemporáneas a los hechos que empezaron a escribirse a partir de 1909, entre las que destaca sobre todas ellas la de Carlos Hernández de Herrera y Tomás García Figueras.9 Tras el final de la Guerra Civil empezó a publicarse la magnífica serie de volúmenes elaborados por los historiadores del Servicio Histórico Militar, caracterizados por su extraordinario detallismo en la explicación de las operaciones bélicas y por haber sido los primeros en abordar los diferentes planes para un desembarco en Alhucemas. Posteriormente, se han publicado numerosas investigaciones acerca del tema entre las que destacamos las de Víctor Morales Lezcano,10 Susana Sueiro Seoane,11 Pablo La Porte,12 Sebastian Balfour,13 José Luis de Mesa, Carlos Lázaro, Roberto Muñoz y Jesús Núñez,14 María Rosa de Madariaga,15 María Gajate Bajo,16 Salvador Fontenla Ballesta,17 Alfonso Iglesias Amorín,18 Rocío Velasco de Castro,19 Daniel Macías Fernández20 y la síntesis, muy reciente, de Javier García de Gabiola,21 que han permitido conocer aspectos inéditos de este periodo de nuestra historia. Sin embargo, a pesar de estas notables aportaciones, el estudio del desembarco de Alhucemas sigue presentando tres lagunas.

La primera, nunca se ha estudiado esta operación como lo que realmente fue: un asalto anfibio en el que el desembarco constituía una de las fases. Por el contrario, se ha considerado como una acción en sí misma y se ha establecido una relación directa entre su éxito y el final de las campañas marroquíes, lo que ha conformado la base sobre la que se ha construido su imagen legendaria. No obstante, ninguna de las dos ideas es correcta, ya que el final del conflicto en el país norteafricano fue consecuencia de un complejo proceso poliédrico en el que la operación sobre Alhucemas fue una de las causas que lo hicieron posible, pero no la única. La segunda, que, con la excepción de Rosa María de Madariaga y Susana Sueiro Seoane, no se ha explicado el contexto internacional germen de la rebelión de Abd el-Krim y el surgimiento de la República del Rif, definido por una doble dinámica. Por un lado, el «momento comunista» o «primera crisis general del capitalismo», que abarca desde 1917 hasta 1939 y cuyo origen se sitúa en la Revolución rusa de octubre de 1917;22 y, por otro, el «momento wilsoniano»,23 que supuso una oportunidad para el auge de los movimientos anticoloniales donde se sitúa el rifeño, entre otros. Y la tercera, consecuencia de la anterior, que los aspectos militares de las campañas de Marruecos se han estudiado como un asunto excepcional en el panorama bélico internacional, cuya manifestación más acusada lo constituyeron los llamados africanistas, un grupo de militares con unas características particulares que los hicieron diferentes de los oficiales del resto de Ejércitos occidentales.

Las dos primeras lagunas se abordan en el cuerpo de la obra, mientras que la tercera, vinculada con el concepto africanista, la presentamos a continuación, con el objetivo de que el lector conozca el significado que se atribuye a este término cuando se emplea en las siguientes páginas.

Existe un consenso casi universal en la historiografía española y también entre los hispanistas –en especial el británico Balfour– por el que se relaciona el calificativo africanista con un tipo de militar brutal en sus métodos de guerra –aprendidos en Marruecos y aplicados posteriormente en España en el transcurso de la Guerra Civil– e ideológicamente vinculado, en la mayoría de los casos, con el fascismo, la derecha monárquica o el republicanismo autoritario.24 Los oficiales con estas características, exclusivos de España y que dominaron el Ejército durante más de sesenta años,25 se dividieron en dos grupos: los africanistas militaristas, partidarios de acabar con la rebelión en Marruecos por la fuerza de las armas; y los africanistas progresistas, defensores de la penetración pacífica y la negociación con los indígenas. Sin embargo, y más allá de esta división, muy artificial a veces, ambas tácticas, como veremos, no solo tuvieron su origen en el siglo XIX y debían utilizarse de forma simultánea, sino que, con frecuencia, la elección de una u otra estuvo determinada por las circunstancias y el potencial militar disponible. Con todo, el aspecto más curioso de este planteamiento fue que los integrantes de ambos grupos eran partidarios del empleo de gases venenosos para poner fin a la rebelión rifeña.26 El entusiasmo de todos los africanistas por este tipo de armas los llevó a identificarse con el Ejército alemán, según Balfour:27

La atractiva idea de un ataque breve y devastador con sustancias químicas, similar al llevado a cabo por las potencias centrales durante la Primera Guerra Mundial, acabó siendo solo un espejismo. Así, los oficiales se vieron involucrados en una guerra química muy larga que erosionó profundamente lo que quedaba de los códigos de conducta militar hacia el enemigo.

Además, la íntima cooperación entre los Ejércitos alemán y español en relación con la ofensiva química no pudo por menos que fortalecer los vínculos que los unían.

Toma de posesión de Antonio Maura, en el centro, de la presidencia de la Liga Africanista Española el 12 de marzo de 1921. Biblioteca Nacional de España/José Vidal.

Dejando aparte el detalle de que los gases fueron utilizados por primera vez por los franceses en 1914, aunque luego les siguieron el resto de los contendientes en la Gran Guerra, en especial los compatriotas de Balfour, los supuestos elementos que definieron a estos oficiales no fueron exclusivos de España. Por el contrario, se vincularon con dos conceptos que afectaron a todas las fuerzas armadas de Europa y también a las de Estados Unidos.

El primero se denomina cultura militar europea occidental28 y está vinculado con el surgimiento de las instituciones castrenses modernas en el periodo de las Revoluciones liberales (1789-1848), más en concreto entre 1815 y 1848. El término se refiere a una forma de pensamiento surgida en este ámbito geográfico a mediados del siglo XIX y definida por su carácter ideológico conservador, incluso reaccionario. Se articuló en torno a un conjunto de valores muy precisos: nativismo, ultranacionalismo primario –apoyado en una mística y en conceptos clave como el amor a la patria o el deber de defenderla ante cualquier enemigo, lo que llevó a los militares a considerar que no debían lealtad al gobierno de turno, sino al concepto más abstracto de nación–, rígida disciplina, jerarquía, obediencia ciega, virilidad, cohesión interna, lealtad a la corona –países europeos– y autonomía frente a los políticos civiles. Valores cada vez más opuestos a la cultura política que se extendió en Europa durante el siglo XIX y que culminó con la aparición de los regímenes democráticos en la centuria siguiente.29

Las instituciones militares articuladas en torno a esta cultura no solo defendieron su parcela de poder con el argumento del «profesionalismo», lo que impedía la intervención de los civiles en los asuntos que estimaban dentro de su esfera exclusiva de decisión; sino que, al considerar su lealtad a la nación por encima de la obediencia al gobierno, se sintieron legitimadas para intervenir en el proceso de toma de decisiones políticas cuando sus valores e intereses –que eran para ellos los de nación– estaban en peligro.30 No obstante, la característica más acusada de esta cultura, con una notable influencia en el siglo XX, fue el empleo de la violencia extrema como mejor instrumento para hacer frente a los problemas político-militares.31 Es decir, la búsqueda de una «solución final» que proporcionara «resultados permanentes».32 «Este tipo de pensamiento conducía al deseo de exterminar»33 al enemigo, sin que se diera una oportunidad a la negociación.34 La idea de que era legítimo emplear una violencia sin límite se radicalizó aún más si cabe a consecuencia de la extensión del racismo. Una creencia común entre la población blanca que tomó forma «científica» a partir de la relectura del darwinismo social por el zoólogo alemán Ernst Haeckel. Según el padre de la ecología, existían razas «primitivas» que estaban en su infancia y precisaban la supervisión y protección de sociedades más maduras, de lo que extrapoló una nueva filosofía, que denominó «monismo». Sus obras sirvieron de referente y justificación científica para el racismo y el imperialismo y estuvieron en la base de las teorías nazis en este campo.35

La relación entre racismo, imperialismo y violencia extrema tuvo su primera manifestación en Argelia a partir de 1840, cuando el antiguo mariscal de Napoleón Bonaparte Thomas Robert Bugeaud fue nombrado gobernador general y comandante en jefe del Ejército, con la orden de poner fin a la rebelión liderada por Abd el-Kader. Para lograrlo, utilizó una forma de guerra donde no dudó en arrasar cosechas, sacrificar ganado, destruir pueblos y actuar de forma brutal contra la población civil. La estrategia de Bugeaud tuvo éxito porque consiguió el objetivo político perseguido: Argelia fue finalmente pacificada. Sin embargo, conllevó dos consecuencias negativas para Francia. La primera, la hostilidad de la población local hacia los colonizadores, que nunca se superó. La segunda, la división del Ejército francés entre los militares «africanos» y los «metropolitanos», ya que los primeros se consideraban incomprendidos y despreciados por sus métodos. Este sentimiento aumentó su corporativismo y les hizo identificarse más con Argelia, un territorio militarizado, que con la propia Francia.36 La forma de guerrear de los galos en Argelia y los efectos derivados de ello fue un antecedente de lo que ocurrió en España en el primer cuarto del siglo XX por la actuación del Ejército en Marruecos.

El segundo concepto, paralelo al anterior y que tuvo su primera manifestación en Argelia, precisamente, fue una nueva forma de conflicto bélico: la guerra total. Este tipo de contienda era resultado de una suma de elementos que se gestó en las tres grandes revoluciones que definieron la Primera Modernidad (1789-1870): liberal, nacional y, sobre todo, industrial. La aparición de nuevos medios de transporte y formas de producción no solo supuso una transformación total en el armamento, sino también en los sistemas de abastecimiento de los ejércitos y en el papel de la población no combatiente en los conflictos bélicos. A partir de ese momento, los campesinos que proporcionaban la alimentación a las tropas, los empleados de los ferrocarriles que las transportaban o los operarios de las fábricas que las abastecían pasaron a tener un papel tan importante en los conflictos bélicos como el soldado de primera línea; por tanto, se convirtieron en objetivos de los contingentes enemigos.37 Esta situación también se trasladó al ámbito colonial, donde se emplearían tácticas como la destrucción de cosechas, el ataque a los civiles o el bloqueo, incluido el de los alimentos, para someter a las poblaciones rebeldes. Un militar español, el comandante de artillería Hermenegildo Tomé Cabrero, explicó la efectividad de esta forma de guerra:38

Ahora bien, todos sabemos que en las guerras modernas se precisan dos ejércitos de capital importancia; uno, combatiente, en el campo de batalla; otro, no combatiente, encargado de suministrar las primero todos los elementos que necesita para la lucha. Ambos son imprescindibles, pues si falta el primero, la Patria caería en poder del enemigo; y destruido el segundo, el ejército combatiente no podría realizar su misión.

La suma de ambos conceptos radicalizados empezó a manifestarse en los conflictos que estallaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La Guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865) fue, en este sentido, la primera contienda industrial de la historia, pues conllevó una movilización total de la población para abastecer a las fuerzas combatientes. Pero también transformó en objetivos militares tanto a los hombres no encuadrados en unidades combatientes, los cuales, en numerosas ocasiones, actuaron como guerrilleros, como a los recursos del enemigo. Así quedó patente en las masacres de civiles acusados de francotiradores, donde destaca la que se produjo en el estado de Misuri, donde 10 000 individuos fueron asesinados por efectivos federales, así como en las célebres campañas de destrucción ejecutadas por las tropas federales a las órdenes de los generales de división William Sherman y Philip Sheridan.39 Estas acciones –acometidas por militares que pertenecían a una nación democrática–, sobre todo las de «tierra quemada» desencadenadas por Sheridan en el valle de Shenandoah, pueden considerarse un antecedente de los bombardeos aéreos del siglo XX, puesto que el objetivo era destruir los recursos materiales del enemigo y desmoralizarlo para acabar así con toda posibilidad de resistencia; con el añadido de que fueron infligidas contra la población de su propio país. En la Guerra Civil española ningún general africanista actuó con una brutalidad semejante a la de sus conmilitones del Ejército federal.

El conflicto franco-prusiano (1870-1871) fue otro ejemplo de esta nueva forma de combate, pues buena parte de la población francesa participó, en especial tras la guerre à outrance [guerra a ultranza] proclamada por Léon Gambetta contra los ejércitos invasores. Los prusianos respondieron con el aniquilamiento de los francotiradores y, sobre todo, con el bombardeo de París, que provocó una auténtica conmoción en los medios diplomáticos y en la opinión pública europea.40 Por el contrario, el ya teniente general Sheridan, destinado como observador en el cuartel general prusiano, consideró que el tratamiento que se estaba dando a los franceses era demasiado «humanitario». Llegó a afirmar ante sus atónitos interlocutores: «¡Lo único que se debe dejar a la gente son los ojos, para que lloren por la guerra!».41

Al mismo tiempo que tenían lugar las guerras de unificación alemanas el Imperio ruso puso en marcha el exterminio de los circasianos, un pueblo musulmán que habitaba en el Cáucaso y con el que los soldados del zar sostenían un enfrentamiento desde el siglo XVIII. En 1857, el conde Dimitri Miliutin, futuro ministro de la Guerra, escribió: «eliminar a los circasianos sería un fin en sí mismo: limpiar la tierra de elementos hostiles».42 El resultado fue que, entre 1864 y 1867, 400 000 circasianos fueron asesinados y 490 000 expulsados de su tierra. Solo 80 000 miembros de ese pueblo siguieron viviendo en su región de origen. Es más, durante la Guerra Ruso-Turca de 1877 los soldados del zar no dudaron en violar a las niñas circasianas refugiadas en el territorio balcánico bajo control turco para continuar el genocidio de este pueblo.43

Artillería pesada prusiana en la estación de Nogent-sur-Marne en 1871. Jules Claretie, Histoire de la Révolution de 1870-71 illustrée, 1874.

A finales del siglo XIX y principios del XX tuvieron lugar otras tres contiendas coloniales protagonizadas por las tres grandes potencias del momento y en ellas se volvió a manifestar esta forma de combate. La primera fue la Segunda Guerra Bóer (1899-1902), en la que el Ejército británico, a las órdenes de dos héroes del imperio, el mariscal de campo Frederick Roberts de Kandahar y su jefe de Estado Mayor, el teniente general Horatio Herbert Kitchener, combatió contra un pueblo blanco y, para derrotarlo, no dudó en articular un sistema de campos de concentración, lo que provocó la muerte de 27 927 mujeres y niños bóers y de 14 155 africanos negros por hambre, enfermedades y malos tratos.44 Este conflicto, como el de Secesión estadounidense, demostró que los principios vinculados a la guerra total no entendían de razas. La segunda fue la ocupación de Filipinas por parte de Estados Unidos entre 1899 y 1902, donde los generales estadounidenses ordenaron la destrucción de localidades enteras, el asesinato de la población –mujeres y niños incluidos– y el bloqueo de alimentos, con un saldo final de entre 200 000 y 1 000 000 de indígenas muertos, la mayoría de ellos por las dolencias derivadas del conflicto.45 En tercer lugar, la rebelión de los pueblos herero y namaqua contra la dominación alemana en Namibia (1904-1907), que el general de división Lothar von Trotha combatió con una política de aniquilación total que causó la muerte de 65 000 hereros y 10 000 namaquas.46

Tal inclinación de los ejércitos por la violencia extrema, fruto de la nueva cultura militar y del desarrollo de la guerra total, alcanzó su máxima expresión en la primera conflagración mundial: una contienda de blancos contra blancos.47 Tras el final de esta guerra, esta actitud se extendió a amplias capas de la sociedad y fue la causa del proceso de «brutalización» de la vida política que caracterizó el periodo de entreguerras. Esto adquirió carta de naturaleza académica con la publicación de la obra de George L. Mosse Soldados caídos en 1990,48 aunque no era una idea original del historiador germano-estadounidense, sino que ya la había desarrollado el teórico marxista alemán Karl Kautsky en 1920. Kautsky lo vinculaba –entre otras causas– con la extensión del servicio militar universal que «cultiva la afición a la lucha sangrienta»49 y con la Primera Guerra Mundial, que «brutalizó a casi todas las capas de la población» y «fomentó la aparición de concepciones primitivas porque desarrolló intensamente las ideas militaristas».50 Es decir, el pensador germano fue capaz de establecer la relación entre los excesos que caracterizaron la vida política a partir de 1919 y los cambios del ámbito castrense, entre ellos la aparición de esa cultura militar extraordinariamente violenta.

La guerra total no desapareció en 1918 con el final de la contienda mundial, sino que prosiguió en el periodo de entreguerras, como quedó patente con la campaña que desplegó contra los insurgentes sirios el general de división francés Maurice Sarrail entre 1924 y 1925, responsable de la muerte de 10 000 drusos y del bombardeo de Damasco el 30 de octubre de 1925.51 Fue precisamente la capacidad de bombardear ciudades desde el aire otra manifestación de la guerra total, sobre todo por la aparición de un nuevo concepto: el poder aéreo. Este fue definido por los líderes de la Real Fuerza Aérea [Royal Air Force, RAF], en especial por su fundador el 1 de abril de 1918, el mariscal Hugh Boom Trenchard. La idea se concretó inicialmente en los British «Humane Bombing»,52 que tuvieron por centro las colonias del Reino Unido. El primer ataque de este tipo tuvo lugar en mayo de 1919, cuando Trenchard, entonces jefe del Estado Mayor de la RAF, ordenó los bombardeos de Jalalabad y Kabul (Afganistán) en el transcurso de la Tercera Guerra Anglo-Afgana (1919). Esta campaña fue el primer éxito en la historia del poder aéreo porque demostró que golpear los núcleos habitados desmoralizaba al enemigo y acababa con su resistencia.53 Por esta razón se repitió la táctica en Irak entre 1921 y 1923.54 Estas acciones ejecutadas en las colonias británicas tuvieron un fuerte componente racista,55 vinculado con el carácter «nativista» que impregnaba la cultura militar occidental. Los pilotos españoles utilizaron las mismas tácticas que los británicos en Marruecos, aunque incluían el uso de bombas de gas venenoso.

Portada del Washington Times del 1 de septiembre de 1921 cuyo titular informa de que la flota aérea estadounidense ha sido enviada a Virginia Occidental para controlar a los mineros que luchan en la batalla de Blair Mountain.

La teoría del poder aéreo no se iba a utilizar exclusivamente en los conflictos exteriores, sino también para resolver problemas internos. Así, en Estados Unidos, el máximo exponente de esta forma de guerra, el general William Billy Mitchell, padre de la Fuerza Aérea de Estados Unidos [United States Air Force, USAF],56 era, en 1921, jefe de la Brigada Aérea 1.ª Provisional cuando se llamó a la gran huelga minera en el condado de Logan (Virginia Occidental), que pronto devino en una auténtica insurrección armada que culminó en la célebre batalla de Blair Mountain (25 de agosto-1 de septiembre). Para hacerle frente, envió catorce aviones Airco DH.4 y Martin NBS-1. La decisión fue aprobada por el presidente estadounidense Warren G. Harding (1921-1923), que también había autorizado el uso de tropas federales contra los mineros. Los medios que el general proporcionó iban más allá de los necesarios para enfrentarse a civiles armados, pues, si bien los DH.4 podían emplearse como aviones de observación, aunque fueran bombarderos ligeros,57 los NBS-1 eran bombardeos pesados,58 diseñados para la guerra convencional y completamente inútiles en labores de reconocimiento. Es más, Mitchell ordenó que las tripulaciones fueran las mismas que habían participado en los ensayos de julio de ese mismo año, donde habían hundido al antiguo acorazado alemán Ostfriesland (22 808 t) y que los aparatos estuvieran completamente armados para acabar con los mineros con las bombas y ametralladoras. Sin embargo, nunca actuaron contra los mineros –contraviniendo los deseos de Mitchell– porque el general de división Harry Hill Bandholtz, que estaba al frente de los efectivos federales desplegados en la zona, dio la siguiente orden al comandante Davenport Johnson, al mando del escuadrón aéreo: «Usted, bajo ninguna circunstancia, lanzará una bomba ni disparará sus ametralladoras».59 La decisión de Bandholtz evitó que Estados Unidos fuera el primer país en utilizar el bombardeo aéreo contra su propia población.

Por tanto, de los ejemplos anteriores se deduce que el empleo de una violencia extrema en los enfrentamientos coloniales y civiles no fue una característica exclusiva de los africanistas españoles, sino que también se manifestó en los ejércitos europeos y en el estadounidense, aunque, en la mayoría de los casos, a unos niveles muy superiores a los que se alcanzaron en Marruecos. Tampoco la supuesta adscripción ideológica conservadora puede considerarse otro rasgo distintivo de los militares españoles que combatieron en el país norteafricano, ya que la cultura militar europea occidental era netamente derechista. Esta adscripción se manifestó, por ejemplo, en la Guerra Civil española. De los 12 610 generales, jefes y oficiales en activo el 17 de julio de 1936, 5923 combatieron en el bando rebelde y otros 3000, que quedaron en la zona controlada por el Gobierno, fueron considerados «desafectos». De ellos, unos 2500 fueron enviados a prisión y fueron asesinados alrededor de 1500. El resto, 500, aproximadamente, logró ocultarse o refugiarse en alguna sede diplomática en espera de pasarse al otro bando. Por el contrario, 2980 sirvieron en el Ejército Popular y otros 650, que quedaron en el territorio controlado por los sublevados, perdieron su carrera o fueron ejecutados por negarse a unirse a la rebelión o por ser considerados republicanos.60 Unos datos que reflejan que más del 70 por ciento de los militares españoles –africanistas o peninsulares– en activo en julio de 1936 estaba a favor de la operación golpista contra el Gobierno del Frente Popular.

¿Este porcentaje comprendía a todos los generales, jefes y oficiales que habían combatido en Marruecos? La respuesta es no. En Madrid, la sublevación de los africanistas Joaquín Fanjul Goñi y Rafael Villegas Montesinos fue derrotada por el también africanista José Miaja Menant. En Granada, se enfrentaron dos de los africanistas más destacados: los generales Gonzalo Queipo de Llano y Sierra y Miguel Campins y Aura, lo que provocó el fusilamiento del segundo. En Valencia, la rebelión dirigida por el africanista Manuel González Carrasco fue aplastada por su colega Fernando Martínez-Monje Restoy, también africanista. En Barcelona ocurrió exactamente igual entre el sublevado Manuel Goded Llopis y el leal Francisco Llano de la Encomienda, con el primero también ejecutado. En Zaragoza, dos generales africanistas, masones y amigos –Miguel Cabanellas Ferrer y Miguel Núñez de Prado– se enfrentaron, lo que ocasionó la muerte del segundo. En La Coruña, el coronel africanista Pablo Martín Alonso destituyó al general africanista e íntimo amigo de José Sanjurjo Sacanell –líder de la sublevación– Enrique Salcedo Molinuevo, posteriormente fusilado. Finalmente, en las islas Canarias las tensiones entre los africanistas Francisco Franco Bahamonde y Amado Balmes Alonso terminaron con la muerte «accidental» de Balmes el 16 de julio de 1936, como se relata en el Epílogo.

La conclusión que se extrae de estos hechos históricos es que los africanistas españoles fueron un grupo de generales, jefes y oficiales cuya carrera militar se desarrolló, fundamentalmente, en Marruecos. Presentaron algunos rasgos particulares, sobre todo en el aspecto cultural, fruto del contacto con las sociedades indígenas del norte de Marruecos,61 y también en el táctico, plasmado en la defensa de la columna –agrupación de unidades carentes de relación orgánica– como gran unidad interarmas. Sin embargo, en relación con la violencia extrema que emplearon y su adscripción ideológica, mayoritariamente conservadora, fueron perfectamente homologables con los militares europeos y estadounidenses que participaron en los conflictos que se desarrollaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Sobre la base del párrafo anterior debe entenderse el calificativo africanista que se emplea en esta obra.

En relación con su articulado, este se desarrolla a partir de trece tesis que engloban, asimismo, las dinámicas propias de las campañas de Marruecos:

1. Los asaltos anfibios constan de seis fases: planificación y preparación, acciones previas, desplazamiento al objetivo, desembarco, consolidación y explotación. Por tanto, la cuarta –desembarco– no es una operación en sí misma y su éxito no garantiza el del asalto anfibio. Para que una acción tal termine en victoria es necesario culminar la última fase –explotación–, donde se definen y alcanzan los objetivos finales de la operación.

2. El interés de España en Marruecos no se vinculó con el «desastre del 98», sino que empezó a manifestarse en la segunda mitad del siglo XIX como resultado del inicio de la expansión imperial occidental y del deseo de los militares de «fortalecer» el espíritu nacional de los españoles mediante una guerra de conquista.

3. La idea de un desembarco en Alhucemas surgió en este momento y no a partir de 1909. Su progenitor fue el futuro general de división Francisco Martín Arrúe, la cual plasmó en dos artículos publicados en 1890.

4. El fracaso militar de España en Marruecos en las sucesivas campañas que se iniciaron a partir de 1909 y que culminaron con el desastre de Annual en 1921 se debió al estado lastimoso del Ejército y a las tácticas erróneas utilizadas, consecuencia de no haber estudiado las campañas del mariscal Bugeaud en Argelia.

5. Para poner fin a esta situación de impasse y derrota se resucitó la idea de un desembarco en la bahía de Alhucemas, considerada el corazón de la rebelión, por ser el hogar de la cabila más importante, los Beni Urriaguel, a la que pertenecía Mohamed Abd el-Krim el Jatabi y su familia. Sin embargo, los planes que se trazaron hasta 1923 jamás se pusieron en marcha por la desorientación que invadía la política española en relación con Marruecos y por el temor a las posibles bajas, ya que la guerra era extremadamente impopular en la metrópoli desde que comenzó en 1909.

6. A partir de 1921 hubo dos hechos de extraordinaria importancia en la zona española del Protectorado. El primero, que España tuvo que enfrentarse a la rebelión de una organización política protonacional, la República del Rif, dirigida por Abd el-Krim, dotada con el embrión de un ejército convencional y que gozaba de importantes simpatías internacionales. El segundo, la transformación progresiva de las fuerzas militares españolas en Marruecos en una organización profesional, eficaz y que empezó a emplear la guerra total para derrotar a los rifeños.

7. El desembarco de Alhucemas fue consecuencia del fracaso de la política «abandonista» del teniente general Miguel Primo de Rivera, dictador desde 1923, y del temor a las secuelas internacionales que podían derivarse de la salida española de Marruecos.

8. La ponencia para desarrollar esta operación fue encargada al general de brigada Francisco Gómez-Jordana Souza, autor de un diseño no solo incompleto, porque no incluía fase de explotación, sino poco original y subsidiario de la acción política, que este militar consideraba la mejor opción para alcanzar la paz en Marruecos. El desembarco de Alcazarseguir, realizado el 30 de marzo de 1925, sirvió como ensayo para esta operación mayor.

9. El plan final, elaborado por un grupo de oficiales de Estado Mayor, se caracterizaba también por su carácter incompleto, pues seguía careciendo de fase de explotación y porque la fase de operaciones previas fue muy poco exitosa. No obstante, contaba con una enorme ventaja: la cooperación del Ejército francés tras el ataque de Abd el-Krim a la zona gala de Marruecos y del deseo de París de frenar el «momento wilsoniano» en las colonias del norte de África y del Próximo Oriente.

10. El desembarco iniciado el 8 de septiembre fue un éxito, a pesar de las dificultades en la fase de desplazamiento y de la resistencia rifeña. Aquí desempeñó un papel fundamental el azar en forma de viento y el magnífico entrenamiento de la Brigada Saro.

11. La fase de consolidación terminó con una rápida victoria española, aunque a costa de numerosas bajas, que permitió el control de la bahía.

12. La inexistencia de la fase de explotación, unida a la desorientación que existía en Madrid y París en relación con Marruecos, brindó una oportunidad para el triunfo de Abd el-Krim por la vía de la negociación. Si esta opción no tuvo éxito fue por la negativa del líder rifeño a aceptar una autonomía que no incluyera la independencia y la soberanía completa del Rif –que incluía el control de los recursos mineros de la región– y por la insistencia del mariscal Philippe Pétain de buscar la derrota de Abd el-Krim por la vía de las armas, ya que solo así sería posible la pacificación definitiva de Marruecos.

13. El desembarco de Alhucemas fue conocido y estudiado en Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, aunque las enseñanzas que se extrajeron fueron muy diferentes en cada uno de los países. En el primero, tuvo alguna influencia en la elaboración de la doctrina anfibia que se plasmó en el manual de 1934 del U. S. Marine Corps. En el segundo, se estudió desde el punto de vista académico-militar, pero sin extraer enseñanzas, ya que la guerra anfibia no era una prioridad para las fuerzas armadas francesas. En el tercero, se consideró una operación de diseño «primitivo» de la que poco se podía aprender.

Para elaborar esta obra hemos utilizado, fundamentalmente, tres tipos de fuentes. Las documentales, en concreto las del Archivo General Militar de Madrid (AGMM), las del Archivo General de la Administración (AGM), las del Archivo del Congreso de los Diputados (ACD), las de la Central Intelligence Agency-Freedom of Information Act (CIA-FOIA), pertenecientes a la Agencia Central de Inteligencia [Central Intelligence Agency, CIA] de Estados Unidos y las de los Archivos Nacionales y Administración de Documentos [National Archives and Records Administration, NARA], del mismo país. Las hemerográficas, formadas por distintas publicaciones periódicas contemporáneas a estos acontecimientos. Y las bibliográficas, constituidas por las numerosas obras existentes acerca de las campañas de Marruecos y el periodo de entreguerras.

Por último, el cuerpo principal de la obra está dividido en ocho capítulos. En el primero se explica el concepto de guerra anfibia, se abordan las distintas operaciones que la definen, especialmente el asalto anfibio, y se describe su evolución histórica hasta 1925. Constituye la base teórica sobre la que se articula el análisis del desembarco de Alhucemas. En el segundo se analiza la compleja dinámica que culminó en el Protectorado español en Marruecos y la evolución de las campañas militares hasta 1925 y finaliza con el ataque de Abd el-Krim a la zona francesa de Marruecos y sus consecuencias. El tercero aborda el surgimiento de la idea de acometer un desembarco en Alhucemas, que situamos en la segunda mitad del siglo XIX, y se estudian los diferentes planes que se sucedieron hasta 1925, así como el desembarco de Alcazarseguir, considerado un ensayo de esta operación. El cuarto estudia la República del Rif y su ejército, así como los aliados internacionales que tuvo esta organización política protonacional. En el quinto se describen las fases de planificación y preparación y de acciones previas del asalto anfibio sobre Alhucemas, así como se analizan sus aspectos positivos y las limitaciones. El sexto explica las fases de desplazamiento al objetivo y de desembarco y se abordan los contratiempos que se produjeron, la intervención del azar en el desarrollo y las acciones que hicieron posible el éxito. En el séptimo se analiza la fase de consolidación y se explican las diferentes operaciones que tuvieron lugar en la misma, que culminaron con la razia de Axdir, capital de Abd el-Krim, el 2 de octubre de 1925. El octavo se centra en la fase de explotación, tanto de las operaciones que tuvieron lugar, así como de los diferentes intentos de negociación hasta la derrota del líder rifeño. Por último, el Epílogo explica las operaciones finales que permitieron la pacificación del Protectorado en 1927 y la posible influencia de la operación de Alhucemas en Estados Unidos, Francia y el Reino Unido.

NOTAS

1. Coles, S. F. A., 1955, 125.

2. José Miguel Quesada ha realizado un excelente trabajo acerca de la posible influencia del desembarco de Alhucemas en la doctrina anfibia del Cuerpo de Marines de Estados Unidos [U. S. Marine Corps] y del papel desempeñado por la cita de Coles en la mitificación de esta operación. Quesada González, J. M., 2023.

3. Santiago Guerrero, M., Troncoso, J. M. y Quintana, B., 1926.

4. Goded Llopis, M., 1932.

5. García Argüelles, A., 2000.

6. Font Betanzos, F., 2009.

7. Carrasco García, A., Mesa Gutiérrez, J. L. de y Domínguez Llosá, S. L., 2011.

8. Díez Rioja, R., 2019.

9. Hernández de Herrera, C. y García Figueras, T., 1929.

10. Morales Lezcano, V., 1998.

11. Sueiro Seoane, S., 1993.

12. La Porte Fernández-Alfaro, P., 1997.

13. Balfour, S., 2018.

14. Muñoz Bolaños, R., Mesa Gutiérrez, J. L. de, Lázaro Ávila, C. y Núñez Calvo, J. N., 2001.

15. Madariaga, M.ª R. de, 2009.

16. Gajate Bajo, M.ª, 2012.

17. Fontenla Ballesta, S., 2017.

18. Iglesias Amorín, A., 2014.

19. Velasco de Castro, R., 2014.

20. Macías Fernández, D., 2019; Macías Fernández, D. (ed.), 2021.

21. García de Gabiola, J., 2025.

22. Acerca de la «primera crisis del capitalismo», vid. Markov, W., 1961.

23. Acerca del «momento wilsoniano», vid. Manela, E., 2007.

24. Balfour, S., op. cit., 737.

25. Muñoz Bolaños, R., 2024, 76-81.

26. Balfour, S., op. cit., 558.

27.Ibid., 633.

28. Acerca del carácter «aristocrático», ruralista y conservador del Ejército de Estados Unidos, siguen siendo válidas las obras de Hope, J. F., 1956 y Cash, J., 1950.

29. Acerca de la cultura militar occidental, vid. Hull, I. V., 2005, 93-103.

30. Finer, S. E., 1969, 38-83.

31. Feld, M. D. (ed.), 1977, 71-84.

32. Hull, I. V., op. cit., 1.

33.Ibid., 100.

34. Algunos autores han descrito esta característica como exclusiva de los africanistas españoles. Macías Fernández, D., 2019, 370-404.

35. Larson, B. y Brauer, F., 2009, 59-123.

36. Porch, D., 1991, 397-401.

37. Ludendorff, E., 1964, 15.

38. Tomé Cabrero, H., 1936, 13.

39. Förster, S. y Nagler, J. (eds.), 2002, 308-309.

40.Ibid., 503-518 y 501-549.

41.Ibid., 308.

42. King, Ch., 2008, 94.

43. Richmond, W., 2013, 103.

44. Spies, S. B., 1977, 265.

45. La cifra de 200 000 víctimas en Foner, P. S., 1972, 626; la de 1 000 000 en Burdeos, R. L., 2008, 14.

46. Hull, I. V., op. cit., 5-90; Muñoz Bolaños, R., 2023, 117-131.

47. Un ejemplo de guerra total fue el asesinato de entre 3500 y 4000 serbios por las tropas austrohúngaras durante el 1 y el 14 de agosto de 1914; o los 1491 civiles alemanes que perdieron la vida ante los rusos en Prusia Oriental durante el mismo mes. Watson, A., 2024, 153, 192.

48. Mosse, G. L., 2017.

49. Kautsky, K., 1920, 191.

50.Ibid., 199.

51. Provence, M., 2005, 125.

52. Tanaka, Y. y Young, M. B. (eds.), 2013, 8-29. British «Humane Bombing» es la doctrina según la cual bombardear tribus, pueblos remotos o campamentos resultaba más económico, práctico y humano a largo plazo, ya que eliminaba rápidamente la resistencia enemiga y, en consecuencia, acortaba el conflicto, con lo que las bajas se detenían antes.

53.Ibid., 13.

54.Ibid., 19-22; Omissi, 1990, 152.

55. Tanaka, Y. y Young, M. B. (eds.), op. cit., 22.

56. Meilinger, P. S. (ed.), 1997, 79-114.

57. Este avión, diseñado en la Primera Guerra Mundial y de origen británico, había sido modernizado por el Servicio Aéreo de Estados Unidos al dotarlo de 4 ametralladoras Colt de calibre 7,62 mm. Su capacidad de transporte de bombas era de 150 kg.

58. Este avión, fabricado por la compañía aeronáutica estadounidense Glenn L. Martin, entró en servicio en 1920. Era un poderoso bombardero bimotor, armado con 5 ametralladoras Lewis, de calibre 7,6 mm y capaz de transportar 1700 kg de bombas.

59. Shogan, R., 2013, 202.

60. Martínez Reverte, J. (coord.), 2012, 79-82.

61. Macías Fernández, D., 2019, 187-272.

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LA GUERRA ANFIBIA

El desembarco de Alhucemas fue una acción perteneciente a una operación de más envergadura denominada asalto anfibio. Para comprender sus características y alcance es necesario situarla dentro del contexto militar, que corresponde a la guerra anfibia, así como conocer las fases que definen un asalto de este tipo, los objetivos que se persiguen y la evolución de esta forma de combate hasta 1925.

GUERRA ANFIBIA Y OPERACIONES ANFIBIAS

Uno de los grandes historiadores navales modernos, Geoffrey Till, ha escrito:1

La verdadera recompensa por tener el mando, o el control, del mar es la capacidad de utilizarlo para sus fines estratégicos y negar su uso a cualquier adversario. En términos generales, existen dos tipos de usos estratégicos: la capacidad de proyectar poder militar en tierra y la de utilizar el mar como medio de transporte. Cada uno de ellos tiene su reflejo: impedir que otro utilice el mar contra ti para cualquiera de los dos fines.

La capacidad de proyectar el poder militar en tierra ha desempeñado un papel clave en la historia de la guerra desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, resulta curioso que incluso hoy carezca de una definición clara. En este sentido, se utilizan términos como guerra anfibia, operaciones combinadas, operaciones tierra-mar, proyección de poder en tierra, incursiones e invasiones en ultramar, ataques a territorios desde el mar. Aunque el término más empleado es el de guerra anfibia. Tal calificativo, ἀμφίβίος, es una palabra compuesta por dos palabras griegas (ἀμφί, amphí, «ambos», y βίος, bíos, «vida») y puede traducirse como «ambas vidas» o «en ambos medios». Inicialmente, se creó para identificar y caracterizar las plantas y animales que vivían en la tierra y en el agua. Posteriormente, se empleó para definir una forma de combate, la «guerra anfibia», que puede definirse como «un tipo de operación ofensiva en la que se utilizan buques de guerra para desembarcar y apoyar el movimiento de fuerzas terrestres desde el mar hasta la costa».2 Esta modalidad de conflicto abarca un conjunto de acciones tácticas: las operaciones anfibias, las diferentes formas de bloqueo, el bombardeo de costa e incluso la «diplomacia de las cañoneras». Los objetivos que se pueden alcanzar con ellas son:3

Determinar el resultado de una contienda. La proyección del poder marítimo en tierra busca conseguir un efecto determinante y victorioso que conlleve la conclusión de una guerra. El asalto anfibio sobre Normandía constituye un ejemplo de consecución de este objetivo.

Apertura de nuevos frentes operativos. En este caso, la acción anfibia está destinada a mejorar la situación estratégica de un contendiente y abre una nueva zona de operaciones. La campaña de Galípoli de 1915 buscaba alcanzar este objetivo.

Apoyo directo a las fuerzas terrestres. Puede lograrse, por ejemplo, con desembarcos que permiten flanquear al enemigo, tal y como hicieron los angloestadounidenses en la campaña de Italia de 1943, o mediante la retirada de una fuerza copada, como hicieron los británicos en Dunkerque en 1940 o en Creta en 1941.

Desplazamiento de la fuerza. Se alcanza mediante desembarcos o amenazas de desembarco, ya que obligan al enemigo a repartir y fijar efectivos para evitarlos y lograr así un efecto estratégico desproporcionado al de la propia acción anfibia porque debilita al enemigo. La campaña británica contra Napoleón fue un ejemplo de este objetivo, como afirmó el propio emperador francés: «con 30 000 hombres en transportes en los Downs, los ingleses pueden paralizar 300 000 de mi ejército, y eso nos reducirá al rango de una potencia de segunda clase».4

Guerra económica. Se vincula con el ataque a las posesiones coloniales y a las fuentes de ingresos marítimos de otros países, pues perjudica la prosperidad y disminuye los recursos económicos, a la vez que se mejoran los propios. Un ejemplo fueron las acciones británicas contra las posesiones españolas y francesas a lo largo del siglo XVIII.

Ocupación o ataque contra bases y puertos navales. Tiene que ver con la agresión, mediante un bombardeo naval, o conquista, por medio de asaltos anfibios, de las bases enemigas con el objetivo de reducir su poder naval. Un ejemplo fue la toma de la base holandesa de El Cabo en 1794 por los británicos.

Coacción política. Se logra cuando, mediante la amenaza del bombardeo naval o de los asaltos anfibios, se puede influir en el comportamiento de otros gobiernos. Un ejemplo fue la actuación disuasoria de la Marina Real británica [Royal Navy] sobre el resto de países a lo largo del siglo XIX.

De entre las acciones que engloban este tipo de guerra, las más importantes son, sin duda, las operaciones anfibias, entre las que se distinguen cuatro tipos:5

1.Asalto anfibio. Sin duda, la más conocida de las operaciones anfibias. El objetivo es desembarcar una fuerza terrestre en territorio enemigo con objeto de consolidar una cabeza de playa que se utiliza como base para, posteriormente, lograr los objetivos previstos. El alcance de estos depende del tamaño de la fuerza desembarcada. Ejemplos de asaltos exitosos son Alhucemas en 1925 o Normandía en 1944.

2.Incursión anfibia. Se trata de una operación anfibia que implica la consecución de un objetivo inmediato por las tropas desembarcadas y su posterior retirada. Es, por tanto, una acción limitada en el espacio, en el tiempo y en el tamaño de las fuerzas implicadas. Un ejemplo fracasado fue la incursión de Zeebrugge (Bélgica) en abril de 1918 con la que los británicos intentaron bloquear el acceso al mar de los submarinos alemanes con base en el Flandes belga.

3.Retirada anfibia. Esta acción implica el embarque de personal militar o civil y de suministros y puede tomar dos formas: planificada y embarque de emergencia desde una costa hostil o potencialmente hostil. Algunos ejemplos fueron Galípoli en 1915-1916 o la evacuación del Ejército serbio en 1916.

4.Demostración anfibia. Se lleva a cabo para mostrar fortaleza ante el enemigo para engañarle y obligarle a otro curso de acción. El ejemplo más exitoso fue, probablemente, el del Cuerpo de Marines de Estados Unidos [U.S. Marine Corps] y la Armada de Estados Unidos [U. S. Navy] durante la Guerra del Golfo de 1991.

El asalto anfibio es, sin duda, la operación más característica de este grupo de acciones. Sin embargo, a veces se confunde «operación anfibia» con «operación de desembarco», cuando la segunda es una de las fases de la primera. Speller y Tuck señalaron cinco etapas en este tipo de acciones: planificación y preparación, desplazamiento hacia el objetivo, operaciones previas al asalto, desembarco y consolidación y explotación.6 Esta división resulta, a grandes rasgos, correcta. No obstante, nosotros consideramos que la última de las fases establecidas por los dos autores anglosajones debe dividirse porque un asalto anfibio puede consolidarse, pero puede fracasar a continuación en la explotación del éxito. Por tanto, distinguimos seis fases:

1.Planificación y preparación. Esta primera fase es determinante, ya que, si es errónea, las posibilidades de que la operación culmine con éxito son muy limitadas. En particular, las operaciones anfibias requieren la integración de elementos navales, terrestres y aéreos, así como la coordinación de los servicios, desde la intendencia a la sanidad. Una labor ardua y difícil en la mayoría de los casos y que exige, a veces, una planificación muy detallada, como quedó patente en el desembarco de Normandía en 1944. No obstante, existe otro elemento que puede neutralizar los errores de esta fase y que tiene un papel fundamental en los asaltos anfibios: el liderazgo y la capacidad de decisión de los jefes militares encargados de dirigir las fuerzas atacantes, capaces de superar los errores u omisiones existentes en la planificación y preparación de este tipo de acciones. La actuación de Francisco Franco, entonces coronel, en el desembarco de Alhucemas fue un ejemplo en este sentido.

2.Desplazamiento hacia el objetivo. Esta fase es la más peligrosa en una operación anfibia. El problema para los invasores está en la multitud de buques de transporte que deben proteger, puesto que un ataque enemigo puede dispersarlos y anular de ese modo no solo el factor sorpresa, sino incluso la operación. Para evitar que una situación así pueda producirse es absolutamente necesario el control del mar, por un lado, y la logística, por otro. No obstante, los problemas que pueden surgir en esta fase están directamente vinculados con la capacidad militar del enemigo y, sobre todo, con la distancia existente entre los puertos propios y el objetivo, pues la dificultad de la operación es directamente proporcional a ambos factores. En este sentido, debe destacarse el traslado de la Fuerza Expedicionaria Británica [British Expeditionary Force, BEF] a las Malvinas en 1982, tras una travesía de 13 000 km y sin un dominio total del mar y del aire.

3.Operaciones previas al asalto. Claves para el éxito de un asalto anfibio porque su finalidad es crear las mejores condiciones para el desembarco propiamente dicho, así como aislar la zona donde va a tener lugar el apoyo y los posibles refuerzos enemigos. Entre las acciones que pueden realizarse destacamos la obtención de información del espacio donde va a tener lugar el desembarco, utilizando incluso otras naves como los submarinos; las acciones de engaño y distracción para desviar a los efectivos enemigos; el dragado de las aguas para eliminar las minas; el bombardeo naval para debilitar la capacidad de resistencia de los defensores; el bombardeo aéreo para eliminar los obstáculos que puedan existir en las playas; las incursiones de fuerzas especiales, etc. El desembarco de Normandía fue el ejemplo máximo de operaciones previas eficaces para asegurar el éxito del asalto anfibio. Por el contrario, en Galípoli, en 1915, el escaso éxito de estas acciones arruinó el asalto posterior. Sin embargo, también debe considerarse que, si bien estas acciones pueden ser esenciales para culminar satisfactoriamente la operación anfibia, también pueden contribuir a su fracaso al anular el efecto sorpresa, la principal ventaja de una operación de estas características.

4.Desembarco. Esta fase es, sin duda, la más complicada en una operación de estas características por las dificultades logísticas que entraña, incluso cuando no hay oposición enemiga. Si, por el contrario, el enemigo espera el ataque se convierte, sin discusión, en una de las acciones militares más difíciles de culminar con éxito. Estas dificultades son aún mayores cuando la fuerza atacante es multinacional. Por estas razones, es decir, por las dificultades intrínsecas que conlleva, se suele elegir como punto de desembarco una zona en la que no haya oposición enemiga. Aunque esta opción acarrea el problema de que un espacio de estas características puede que no tenga ninguna importancia militar y, en consecuencia, la acción realizada no tenga apenas influencia en el curso del conflicto en el que se incardina. Por tanto, se hace necesario buscar un justo medio entre la resistencia prevista del enemigo y la importancia de la zona donde se llevará a cabo el desembarco. Además, en esta fase se debe tener en cuenta otro factor fundamental: la capacidad de la fuerza desembarcada, pues una vez lanzado el asalto, y aunque este tenga éxito, es necesario que sea capaz de asegurar una cabeza de playa lo suficientemente sólida para que los atacantes no sean desalojados por el enemigo. Normandía y Alhucemas son ejemplos de desembarcos exitosos que permitieron afianzar las cabezas de playa.

5.Consolidación. La operación anfibia no finaliza con la creación de una o varias cabezas de playa porque el desembarco no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir un objetivo mayor. En este sentido, la presencia de la fuerza atacante en las playas enemigas, una tarea compleja y peligrosa en sí misma, no implica el éxito total y definitivo de la operación, sino que este tiene que evaluarse en función de los resultados obtenidos tras el desembarco. Por tanto, se debe consolidar el triunfo obtenido, lo que implica alcanzar tres objetivos: lograr definitivamente el dominio de la zona donde se ha llevado a cabo el desembarco; preparar y aumentar los efectivos para explotar con éxito el asalto realizado; y desarrollar las infraestructuras necesarias en las cabezas de playa para abastecer a las fuerzas atacantes. Esta fase de consolidación es necesaria para ampliar las cabezas de playa hasta un tamaño adecuado que permita las operaciones ulteriores, para defenderlas contra los contraataques enemigos y, al tiempo, acumular poder de combate, poder de apoyo logístico y poder de mando y control, elementos esenciales para lograr los objetivos de la fase siguiente. Sin embargo, el éxito en esta fase no implica que la operación anfibia se resuelva satisfactoriamente. Así, por ejemplo, en Galípoli en 1915 las tropas aliadas desembarcadas tuvieron éxito en esta fase, sin embargo fracasaron en la siguiente, lo que supuso la ruina de la operación.

6.Explotación. Tras completar la fase anterior, las tropas situadas en la zona consolidada inician las operaciones contra el enemigo. Esta fase toma ya, por tanto, forma de campaña terrestre convencional. Precisamente por esta característica la fase de explotación es la clave de toda la operación anfibia. Durante la misma, los efectivos terrestres y aéreos avanzan con la finalidad de conseguir los objetivos últimos de la operación. El éxito de esta fase depende de que las tropas atacantes dispongan del abastecimiento necesario para poder internarse en el territorio enemigo. Igualmente, su fracaso supone el de toda la operación anfibia, como ocurrió en Galípoli en 1915 o en Anzio en 1944, donde las fuerzas asaltantes, tras consolidar las cabezas de playa, fueron incapaces de desarrollar con éxito la fase de explotación.

Para que estas seis fases puedan culminarse con éxito resulta necesario que se cumplan los siguientes requisitos:7

Superioridad naval. Esta dinámica se plasma en dos vectores. Por un lado, proteger la flota de desembarco de cualquier acción hostil en el trayecto hasta el lugar donde se va a producir el asalto. Por otro, ofrecer apoyo cercano para llevar a tierra a las fuerzas de desembarco, consolidar su posición y sostenerlas con suministros y refuerzos hasta que la operación deje de ser estrictamente anfibia.

Competencias y formación especializadas. Para organizar, embarcar y transportar una fuerza terrestre, desembarcarla, ofrecerle apoyo militar y mantenerla abastecida es necesario un alto nivel de formación y preparación, donde no cabe espacio para la improvisación.

Acción conjunta. Es necesario que no exista ningún tipo de fricción entre los servicios. «El ejército y la marina deberían funcionar como dos lóbulos de un mismo cerebro, cada uno autónomo e instintivo, con su propia vida y ley, pero inseparables el uno del otro: ninguno de los dos se mueve si no es por un impulso conjunto y unificado».8

Sorpresa y maniobra. Dos requisitos especialmente importantes, ya que la fuerza atacante quedaría inevitablemente expuesta si el enemigo tuviera conocimiento de dónde iba a desembarcar y pudiera enviar refuerzos antes de que las fuerzas de desembarco pudieran consolidarse.

Ventaja militar-tecnológica compensatoria. De suma importancia porque los defensores siempre tienen ventaja sobre la fuerza anfibia, pues no deben desplazar su fuerza por mar y disponen de tiempo para preparar las defensas. Si a estas dinámicas se suma, además, la superioridad militar-tecnológica, el asalto estaría condenado al fracaso. Por tanto, es absolutamente necesario que en una operación de este tipo el atacante tenga al menos esta ventaja para que su acción tenga alguna posibilidad de éxito.

El desembarco de Alhucemas que tuvo lugar el 8 de septiembre de 1925 fue un asalto anfibio organizado y preparado con antelación y suficiente eficacia, en el que existió una colaboración estrecha entre la Armada, el Ejército y los servicios aéreos de ambos vectores militares y donde las fuerzas españolas gozaron de superioridad naval y ventaja militar-tecnológica y actuaron con cierto grado de sorpresa sobre los rifeños.