Alma Blake 1: La Escuela Fantasmagórica - Victoria Álvarez - E-Book

Alma Blake 1: La Escuela Fantasmagórica E-Book

Victoria Álvarez

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Beschreibung

La primera saga infantil de Victoria Álvarez Nada más pisar su nueva casa (pegadita a un cementerio), Aruv descubre que puede ver fantasmas. Alma es su nueva amiga espectral, una niña victoriana que está a punto de empezar las clases en su academia para espíritus. También hay un streamer cazafantasmas chiflado, una gata que ya ha vivido casi todas sus vidas, un espíritu japonés con un humor de perros y todo tipo de criaturas del otro barrio.

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Seitenzahl: 80

Veröffentlichungsjahr: 2024

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ÍNDICE

1. ¿Hogar, dulce hogar?

2. Visita a medianoche

3. Tostadoras y palomiteros

4. El primer día

5. Dos escuelas en una

6. Transfiguración

7. El peor fantasma de Inglaterra

8. Arañas radioactivas fantasmas

9. El arte de sembrar el caos

10. El doctor Westwood

11. Cacería fantasmal

12. El congelador iónico

13. ¡Asalto a la escuela!

14. Entre la niebla

15. El mayor de los horrores

16. El universo patas arriba

17. Un reencuentro inesperado

18. El Más Allá y el Más Acá

Créditos

Para Patricia García-Rojo,amiga, compañera y persona genial

1

¿Hogar, dulce hogar?

A dos horas de Londres, en un pueblecito de tejados de pizarra, chimeneas ennegrecidas y callejones encharcados, había una casa en venta.

Delante del jardín había un coche recién aparcado.

Y dentro del coche, aferrado a una mochila con sus cómics y su videoconsola, había un niño llamado Aruv Khan cuya vida estaba a punto de cambiar…, aunque no como él esperaba.

En realidad, Aruv andaba con la mosca detrás de la oreja desde que su madre consiguió aquel trabajo del que no dejaba de hablar. Por genial que fuera su nuevo bufete de abogados, tendrían que dejar Londres para empezar de cero en otro lugar. Concretamente en aquel pueblo al que Internet parecía llegar de milagro y en aquella casa que Aruv, medio hundido en su asiento, no dejaba de mirar con desconfianza.

Si hubiera sabido lo que pasaría en cuanto entrase, habría puesto pies en polvorosa. Pero no tenía ni idea, y solo sintió una pizca de sospecha cuando su madre, después de quitar el cartel de SE VENDE del jardín, regresó al coche para decirle: «Aruv, cariño…».

No había que ser Sherlock Holmes para adivinar que ocurría algo. Aruv se sabía de memoria las entonaciones de su madre.

—Aruv, cielo. —Eso era cuando estaba animada. Todo en orden.

—¡Aruv! —Eso era cuando se había acordado de algo. «Corre a comprar el pan», por ejemplo. Nada por lo que preocuparse.

—¡ARUUUUUUUUUUUUUV! —Eso era cuando había metido la pata pero bien. Normalmente, por haber dejado su cuarto patas arriba, con las zapatillas sobre la cama, envoltorios de chicle tirados… Alerta rojo tomate.

Esa tarde, sin embargo, su madre le habló de un modo distinto. Como si supiera que se iba a producir una catástrofe, y de las gordas.

—Aruv, cariño… —Sus ojos pasaban de la casa a Aruv y de Aruv a la casa. Si seguía así, iba a quedarse bizca—. Debo contarte algo.

«Ya está», pensó emocionado. «Se ha dado cuenta de que es un error».

—Es sobre la casa —siguió diciendo su madre—. Mejor dicho, sobre lo que hay cerca…, detrás de esa tapia. —Hasta que no señaló en esa dirección, Aruv no distinguió un pequeño muro en el jardín—. No te va a gustar.

—Dijiste que viviríamos cerca de la escuela —se horrorizó Aruv—. Eso no es cerca, mamá, ¡es al lado! ¡Todos sabrán dónde encontrarme!

—No, la escuela está al final de la carretera. Lo que vamos a tener al lado es… En fin —suspiró ella—, mejor descúbrelo tú mismo.

Entonces bajó del coche, abrió la puerta del copiloto y Aruv, sin entender nada, bajó también. Un caminito rodeado de flores serpenteaba hasta la casa, cuya puerta estaba pintada de blanco, pero su madre no le condujo hasta allí. En vez de eso, le agarró de la mano para acompañarlo hasta la tapia.

Cuando Aruv asomó la nariz por encima, casi le dio un infarto.

—¿Un cementerio? —Con las prisas que se dio por apartarse, se cayó de culo sobre un arbusto—. ¿Nuestra casa está en un cementerio?

—Claro que no, tonto. Te he dicho que viviríamos cerca, no que…

—¡Pero sabes el miedo que me dan! ¡Y no dijiste ni mu!

—Porque la casa es preciosa —se enfadó ella—, queda a cinco minutos de mi trabajo y tú, Aruv, tienes diez años. Ya eres demasiado mayor para esas tonterías. ¿Qué puede haber ahí que te dé tanto miedo?

¿Qué podía haber? Si Aruv empezaba, no acabaría nunca. Esqueletos en cada rincón. Zombis asquerosos y malolientes. Vampiros sedientos de sangre.

—Voy a meter el coche en el garaje —continuó su madre—, y tú deberías ir subiendo tus cosas. Cuanto antes nos instalemos, antes podremos cenar.

Los de la empresa de mudanzas se habían adelantado con los muebles, así que lo único que Aruv tuvo que sacar del coche fue su mochila. Al entrar detrás de su madre, todavía con la piel de gallina, vio que la casa parecía normal y corriente. Una de las puertas daba a un salón, otra a una cocina y, junto a una pared, había una escalera.

«Por ahí se irá al primer piso», pensó mientras Durga, su gata, salía disparada escalera arriba. La muy ingrata ya se había olvidado de Londres.

—Mamá tiene razón —susurró Aruv mientras la seguía—, ya soy mayor para esto. Es como si fuese un jardín, lleno de hierba, flores y…

Pero, al pasar frente a la ventana de la escalera, sintió otro escalofrío.

Era como si fuese un jardín, sí… solo que decorado para Halloween por unos duendes aburridos de ser los buenos de los cuentos.

Había tantas cruces de piedra que Aruv no pudo contarlas. Panteones del tamaño de casitas asomando entre los árboles. Estatuas de ángeles que, pese a estar cubiertas de cacas de paloma, seguían siendo terroríficas.

—¡Aruv! —volvió a llamar su madre desde abajo—. ¿Quieres hacer el favor de subir? Tu cuarto es la segunda puerta a la derecha.

—Ya… ya voy —contestó Aruv, temblando—. Solo estaba…

Pero entonces vio algo, entre dos ángeles de mármol, que casi hizo que se cayera de culo por segunda vez. Una persona que observaba la casa con los ojos muy abiertos. Una niña de su edad con dos trenzas larguísimas…

¡Una niña que flotaba a más de dos metros del suelo!

2

Visita a medianoche

Esa noche, la primera en la casa nueva, Aruv no bajó a cenar.

Tuvo que inventarse un dolor de cabeza para que su madre dejara de insistir. Una parte de él estaba desesperada por contarle lo ocurrido («había una niña flotando en el cementerio», lo normal un domingo por la tarde), pero no se atrevió a hacerlo. Llevaba nerviosa desde que empezaron con la mudanza, y Aruv no quiso preocuparla más.

En vez de eso, se encerró en su cuarto en cuanto pudo y se arrebujó bajo las sábanas como un valiente. Cuantas más vueltas le daba, más claro tenía que debía de haber una explicación.

Le dio tiempo incluso a hacer una lista:

1. Solo había sido un efecto de la luz.

2. Las samosas de su madre le habían sentado fatal.

3. Había una niña haciendo un picnic en el cementerio a la que acababa de echarle un hechizo de levitación una bruja salida de detrás de una tumba.

Por supuesto, existía una cuarta posibilidad, la peor de todas:

4. La niña estaba muerta: era un fantasma.

Lo cual implicaría algo aún más escalofriante:

¡¡ARUV PODÍA VER FANTASMAS!!

Si era cierto, le había tocado un superpoder horrible.

Había mil cosas que Aruv habría preferido ser capaz de hacer. Saltar de un rascacielos a otro con una telaraña como Spiderman. Convertir el agua corriente en chocolate con leche. Comunicarse con Durga, que estaba muy callada esa noche, como si la cosa no fuera con ella (lo cual era normal: a los gatos se les da genial pasar de lo que no les interesa).

Pero hasta Aruv acabó notando que estaba demasiado callada. Se había sentado en el alféizar de la ventana mientras el sol, primero naranja y después rosa chicle, empezaba a apagarse a medida que se acercaba el anochecer.

Cuando estuvieron a punto de quedarse a oscuras, Aruv sacó un brazo de entre las sábanas para dar la luz, pero la bombilla del techo estaba fundida. «Porras», pensó mientras miraba a su alrededor. No tenía un móvil a mano, pero la videoconsola podría servir.

Al encenderla, el cuarto se inundó de luz.

—No pasa nada, Durga —susurró cuando la gata empezó a gruñir—. No voy a jugar a estas horas. Solo quiero una lucecita.

Pero Durga tampoco le hizo caso. Siguió con la mirada fija en el exterior hasta que Aruv reparó en algo.

Su ventana no daba al jardín: daba al cementerio.

El escalofrío que volvió a sentir pareció trasladarlo hasta el Polo Norte.

—Durga. —La gata le ignoró—. Gata boba, ven aquí. —Aruv apartó las sábanas—. Me estás dando más miedo tú que…

Cuando Durga arqueó el lomo, se detuvo en seco.

De repente parecía más puercoespín que gata. Tenía el hocico abierto, enseñando los colmillos, y los ojos clavados en la ventana.

—Eso es que… has visto un ratón —susurró Aruv, acercándose a ella, pero entonces entendió lo que pasaba.

La niña del cementerio estaba al otro lado del cristal.

Solo que ahora flotaba aún más alto, a la altura del cuarto de Aruv. Cuando lo vio junto a Durga, una sonrisa se le dibujó en la cara. Una sonrisa cada vez mayor, de oreja a oreja, antes de pronunciar una única palabra:

—BU.

Al retroceder, Aruv tiró la videoconsola al suelo.

—¿Te he asustado? —exclamó la niña, emocionada.

El ruido que hizo el aparato fue tremendo, pero la madre de Aruv no apareció. Seguía roncando tan tranquila en el cuarto de al lado.

—Dime, ¿te he asustado? —Cuando la niña se acercó más, sus trenzas ondearon en el aire—. ¿Te he asustado de verdad, como en las pelis?

—¿Qué…? —consiguió decir Aruv—. ¿Qué pelis?