Alquimia vital - Jaime Hales - E-Book

Alquimia vital E-Book

Jaime Hales

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Beschreibung

Alquimia Vital ofrece una guía práctica y accesible para el autoconocimiento y el desarrollo personal. Jaime Hales y Maru Hernández-Celis, experimentados en el campo del desarrollo humano, comparten en esta obra su método único que combina la sabiduría ancestral de la alquimia con técnicas modernas de transformación personal. A lo largo de cinco partes, los autores nos llevan en un viaje fascinante que comienza con una introducción a los fundamentos de la alquimia y su aplicación en la vida cotidiana. Luego nos guían a través de un proceso de autodescubrimiento utilizando los elementos alquímicos como metáforas poderosas para nuestro mundo interior. El libro incluye ejercicios prácticos, meditaciones y herramientas de introspección que permiten al lector aplicar los conceptos de manera inmediata. Los autores integran sabiamente disciplinas complementarias como el tarot, la numerología y la astrología para ofrecer una visión holística del ser humano. Alquimia Vital es una invitación a emprender un viaje transformador. Con un lenguaje claro y accesible, los autores nos muestran cómo despertar nuestro potencial oculto, superar obstáculos y alinearnos con nuestro propósito de vida. Tanto los que se inician en el camino del autoconocimiento como los que se consideren buscadores experimentados, encontrarán en estas páginas inspiración, sabiduría práctica y un mapa para navegar los desafíos de la existencia humana. Una obra indispensable para todo aquel que aspire a enriquecer su vida, a vivirla de manera plena, consciente y en armonía con su verdadera esencia.

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Seitenzahl: 407

Veröffentlichungsjahr: 2024

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HALES, JAIME – HERNÁNDEZ-CELIS, MARU

ALQUIMIA VITALUn camino para el desarrollo personal

Santiago de Chile: agosto, 2024

256 pp. / 15x23 cms.

ISBN: 978-956-415-103-8

ISBN digital: 978-956-415-104-5

AUTOAYUDA Y DESARROLLO PERSONALVX (THEMA)

Diseño de portada: Guarulo & Aloms

Imagen de portada: composición de Felipe Campos

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Composición interior: Salgó Ltda.

Director editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: agosto de 2023

ISBN: 978-956-415-103-8

ISBN digital: 978-956-415-104-5

RPI: 2024-A-3514

© Jaime Hales, Maru Hernández-Celis, 2024

© Catalonia Ltda., 2024

Santa Isabel 1235, Providencia, Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Dedicamos este libro a todas las personas que acceden a él, con el deseo de que puedan avanzar en su propio desarrollo y contribuyan a que nuestro planeta sea un mundo mejor.

Índice

PRESENTACIÓN

PRIMERA PARTEAproximaciones a la alquimia

Capítulo I ¿Qué es la Alquimia?

Capítulo II El secreto y la rebeldía

Capítulo III Alta Magia o la transformación de sí mismo

Capítulo IV Los alquimistas

Capítulo V La palabra divina y los libros de sabiduría

Capítulo VI La piedra filosofal

Capítulo VII ¿Qué es Alquimia Vital?

Capítulo VIII Las señales desde el nacimiento

Primer Ejercicio

Capítulo IX Las etapas del trabajo alquímico

Capítulo X Los Cuatro Elementos

Segundo Ejercicio

Tercer Ejercicio

Capítulo XICuánto sé de mí

Cuarto Ejercicio

Capítulo XII Mi historia: La línea del tiempo

Capítulo XIII Mi familia originaria

Capítulo XIVMis características

Capítulo XV Mis emociones y mis miedos

SEGUNDA PARTELos materiales del alquimista

Capítulo XVI Preparando el trabajo

Capítulo XVII Presentación y procedimientos

Capítulo XVIII Las etapas del trabajo

Capítulo XIX La observación

Capítulo XX El Mercurio

Capítulo XXI El Azufre

Capítulo XXII El Plomo

TERCERA PARTECompletando los materiales en el laboratorio

Capítulo XXIII Generalidades

Capítulo XXIV Los Aceites Conductores

Capítulo XXV El Agua

Capítulo XXVI Las Sales

Capítulo XXVII El Fuego

CUARTA PARTEComplementos para el trabajo de la Alquimia Vital

Capítulo XXVIII Introducción

Capítulo XXIX Símbolos y Signos

Capítulo XXX El Tarot y el Arcano Personal

Capítulo XXXI

PRESENTACIÓN

Escribir un libro entre dos personas es una tarea apasionante, porque significa ser capaces de entregar cada uno sus conocimientos, buscar puntos de entendimiento, superar las tonalidades individuales o compatibilizarlas y, sobre todo, tener el respeto por el trabajo de cada uno.

Este libro lo hemos escrito con el deseo de entregar nuestros conocimientos y nuestras experiencias a las personas que quieran avanzar en su desarrollo personal mediante el autoconocimiento.

Hemos incorporado visiones teóricas, explicaciones, experiencias, testimonios y ejercicios. Lo que pretendemos es que sea una obra útil para personas que no requieren ser especialistas ni tener más conocimientos o formación que lo que en el texto se entrega. Pretendemos ayudar a que cada uno despierte su chispa interior para ir en busca de su tarea, active sus recursos, reconozca sus límites, con el objetivo de ser mejor persona y más feliz en el cumplimiento de los compromisos de vida que tomó al resolver encarnar.

Estamos en los primeros tramos de una nueva Era para la humanidad. Con la mirada puesta en ella, pretendemos poner nuestro grano de arena para que las personas que accedan a estas páginas encuentren una orientación útil. Todos los humanos tenemos un rol que desempeñar en la construcción de un mundo más armónico, humano, respetuoso; en suma, donde todas las personas podamos ejercer nuestro derecho y cumplir la tarea de ser feliz.

Jaime Hales

Maru Hernández-Celis

Santiago de Chile, otoño de 2024

PRIMERA PARTEAproximaciones a la alquimia

Capítulo I ¿Qué es la Alquimia?

La palabra Alquimia se ha hecho común en el uso de las personas interesadas en los temas llamados místicos, esotéricos u holísticos. Incluso hay quienes, en los tiempos actuales, han intentado apropiarse del término para popularizar ciertas técnicas desarrolladas por ellos mismos, con el ánimo de unir cabos con las más antiguas tradiciones, no siempre con éxito. Hemos encontrado casos en los cuales, para no ser confrontados con la naturaleza y esencia de la Alquimia, modifican la grafía, hablando de “alkimia” en lugar del término Alquimia.1

En el caso de “Alquimia”, recurrimos al Diccionario de la Lengua Española, que define la palabra como: “Conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a las transmutaciones de la materia, que influyó en el origen de la química”. Es decir, estamos frente a un acto de transformar una realidad en otra diferente, mediante el uso de ciertos y determinados procedimientos.

El Diccionario de la Lengua Española nos informa que el origen de la palabra proviene del idioma árabe,2 pues serían los filósofos árabes los primeros en asumir la búsqueda de aquella sustancia que fuera capaz de transformar lo imperfecto en perfecto, los metales corrientes en oro, sabiendo probablemente que eso no era más que un símbolo de la aproxi­mación humana a la divinidad.

Cuando buscamos los orígenes –ya no de la palabra sino del concepto– nos encontramos con un paradigma tan extenso y antiguo que nos puede remontar no sólo a culturas muy antiguas, sino que además a civilizaciones distantes entre sí.

Este paradigma lleva al ser humano a conectarse con la realidad, no como algo que está dado e inamovible, sino con la capacidad de introducir desde su experiencia y su creatividad, desde su intuición y su raciocinio, modificaciones que vayan haciéndola mejor para su propia vida.

El investigador y escritor español Juan Atienza nos dice, en el prólogo de su Diccionario de Alquimia, que “tanto los numerosos tratados como los abundantes estudios a los que podemos recurrir no pasan de ser, en general, puntos de vista concretos, expuestos casi exclusivamente desde la perspectiva de quienes los escribieron; expresiones espontáneas de las conciencias individuales de sus autores y de sus condicionamientos culturales”,3 por lo que apenas constituirían aproximaciones incompletas de “una disciplina de dimensiones cósmicas, que trasciende lo personal, aunque se manifieste a su través, y que plantea, como muy pocas otras experiencias humanas, el acercamiento a ese punto crucial en que el individuo toma contacto consciente con la totalidad en la que está integrado”.4

Hay tantas diferentes maneras de aproximarse a la Alquimia, desde aquellos que la ven sólo como una fuente de la química contemporánea hasta los que tienden a buscarla únicamente como una posibilidad de enriquecimiento “transmutando oro o fabricando esa panacea universal que el ser humano viene buscando desde que tuvo conciencia de sus propias carencias vitales”.5

El ser humano es la integración de la realidad corporal con la realidad inmaterial, donde se contienen la emoción, la mente y la espiritualidad, que es lo que da continuidad a la experiencia al vincularla a la trascendencia o a la divinidad. Desde ese punto de vista, vale señalar que las personas somos seres integrales que contenemos esa esencia divina y nos abrimos a partir de las experiencias concretas hacia la armonía completa de lo existente.

La Alquimia en sí supera cada una de las experiencias concretas que los humanos vivimos, pero nos invita a combinar adecuadamente todas nuestras facetas, informaciones, deseos, conoci­mientos, experiencias, para avanzar armónicamente hacia la perfección.

No nos engañemos: la perfección jamás se alcanza en la esfera humana, sino tan sólo cuando llegamos a la meta final. Pero si pesquisamos en nosotros mismos y en nuestra relación con el mundo en el que hemos elegido nacer, estaremos iniciando un camino que nos conduce por el proceso de perfeccionamiento hacia esa estación terminal.

Por lo tanto, la propuesta alquímica es simultáneamente personal y universal. Universal, por cuanto allí está el punto de llegada y nos conectaremos con todo cuanto existe (experiencia de divinidad). Personal, en la medida en que eso lo vive cada cual con su propia conciencia y su proceso de inserción en una realidad en la que están los otros seres humanos con quienes nos relacionamos y la naturaleza de la que formamos parte esencial.

La experiencia del trabajo con Alquimia sólo se anida en la conciencia propia y las experiencias ajenas son únicamente anécdotas, pues no sustituyen ni manejan la propia. Queremos decir que no debemos apropiarnos de los éxitos y logros de otros, pero sí podemos aprender de sus experiencias, especialmente aceptando que es posible conseguir avanzar en el camino del desarrollo personal. Podemos aprender algo, especialmente aceptar que es posible avanzar en el camino del desarrollo personal. No cambiaremos en esencia, pero expandiremos la conciencia para progresar en el cumplimiento de esa mágica y terrenal misión de cumplir con las tareas que prometimos al decidir el nacimiento.

La Alquimia es una forma de transmutación que, al decir de los diccionarios, resulta ser “maravillosa e increíble”.

Reiteremos una idea que ya está insinuada: la Alquimia no es un aprendizaje teórico, sino que una experiencia. Es decir, una persona puede tener una aproximación intelectual, pero ello nunca le permitirá comprender cabalmente lo que es el trabajo alquímico mientras no lo inicie en la práctica.

Cada uno hace su trabajo y quienes difundimos el concepto y lo utilizamos en la práctica no pretendemos más que mostrar aplicaciones concretas que pueden permitir a cada uno hacer su propia búsqueda. La Alquimia es conocimiento de sí mismo, integración de las partes, desarrollo de la conciencia, aplicación en la vida diaria de aquello que descubrimos en nosotros mismos mediante métodos muy diversos.

Por eso en este libro, escrito desde nuestra experiencia, queremos mostrar nuestro método, el que hemos descubierto y desarrollado desde hace ya muchos años, sin pretender que sea la “panacea universal”, sino solamente que ha sido útil y eficaz para las personas que lo han aplicado. Incluidos nosotros.

No se trata de vivir las etapas del proceso alquímico como un rígido aprendizaje, pues sabemos que cada vez que nos revisamos volvemos a partir desde un punto cero. Esto no se aprende de memoria, se vive. Quienes persiguen mediante la Alquimia construir un mundo mejor, deben saber que ese resultado sólo puede producirse cuando todos los seres humanos alcancen un estado de desarrollo pleno de su conciencia. Mientras eso no sea así, la Alquimia es un método de desarrollo personal; es decir, un movimiento de expansión de la conciencia y de la potencia de divinidad que vive en cada ser humano, que lo ayuda en el cumplimiento de sus tareas de vida y, de ese modo, contribuye a mejorar el mundo.

La Alquimia no es EL camino, sino UN camino. Un método madre de muchas variantes. Lo que exponemos en estas páginas es una de esas variantes. Hay otras opciones de trabajo para avanzar en el desarrollo de la conciencia.

Es evidente que la vida concreta cambia cuando avanzamos en este proceso, siendo capaces de construir belleza desde las experiencias más variadas. Hay cosas que ya no haremos igual que antes, se nos abren nuevas perspectivas y se cierran para siempre desvíos del camino que nos alejaban del propósito.

Capítulo II El secreto y la rebeldía

Cuando se inicia el camino de la aproximación al conocimiento de la Alquimia, nos adentramos en lo más profundo de los secretos. Queremos saberlo todo y al mismo tiempo nace la tentación de manejarlo todo, sin darnos cuenta de que ambas cosas son imposibles. El deseo de saberlo todo es un impulso poderoso que nos inicia en la búsqueda, pero al poco tiempo de andar por esa ruta vamos percatándonos de una realidad agobiante: el “todo” es imposible para los humanos, puesto que sólo somos una parte de la realidad. Nunca la parte podrá contener al todo y por lo tanto nuestro conocimiento irá creciendo, pero jamás será total. Incluso nos atrevemos a sostener que mientras más sabemos, más se abren las perspectivas de información, conocimiento y sabiduría,6 quedando la meta más lejos de nuestro alcance. “Mientras más aprendo, mientras más sé, tomo conciencia de lo mucho más que me falta por conocer”, dijo un sabio sufí a sus amigos, pues es como querer alcanzar el horizonte, que siempre está lejos y cargado de realidades desconocidas.

Es decir, parece que el gran secreto consiste en descubrir quiénes somos los humanos, cuál es nuestro origen y cuál es nuestro destino. La historia humana está plena de misterios y mientras más se avanza en la investigación de las diversas ciencias, mientras más sabemos, más compleja se hace la comprensión de la realidad.

Por muchos años (siglos, tal vez) la enseñanza en Occidente estaba marcada por el predominio cristiano y eso llevaba a una lectura bíblica muy precaria, hasta el extremo de creer que las cosas habían sucedido tal y cual se relatan en esos libros. Incluso todavía hay algunas religiones que siguen creyendo que los libros precristianos (llamados comúnmente Antiguo Testamento) son un relato exacto de la historia humana. La ciencia ha ido demostrando que las cosas han sido muy diferentes y, por otra parte, los estudios bíblicos de teólogos y científicos han llegado a la conclusión de que no se trata de textos históricos, aun cuando contengan alusiones a hechos sucedidos efectivamente.

Nadie –excepto ciertas religiones o sectas– se atreve a sostener en estos tiempos que la humanidad tenga poco más de cinco mil años de antigüedad o que el mundo haya sido creado según el relato del Génesis. No entender o no aceptar que estos libros son textos poéticos, plagados de metáforas y orientados a una enseñanza religiosa, es intentar tapar el sol con un dedo.

Las ciencias han ido ampliando la mirada sobre la trayectoria humana, hasta el punto de irse abriendo a la posibilidad de la coexistencia de seres humanos de distintas procedencias y naturalezas y no descartando al cien por ciento la existencia de anteriores poblamientos humanos en el planeta. Incluso encontramos a científicos rigurosos que se han abierto a la posibilidad de que el origen de la humanidad esté en la intervención de homínidos por seres de conocimientos y tecnologías superiores provenientes de otros lugares de nuestro enorme universo.

Ni el mero creacionismo religioso ni la teoría darwiniana de la evolución dan cuenta definitivamente de lo que ha sido el devenir humano y de este desarrollo crecientemente acelerado en muchos aspectos de la cultura. Pensemos solamente en que el conocimiento se multiplica de un modo impactante en el siglo XXI. Hay quienes sostienen que la información disponible para los humanos se duplica cada 6 años. Eso sería imposible en el ritmo normal que la evolución tuvo durante dos o tres millones de años y que de pronto –en diversos momentos– cambia bruscamente su ritmo. Tampoco es suficiente aceptar el creacionismo en la versión religiosa, por cuanto eso situaría al ser humano desde ya en la perspectiva actual, lo que sabemos que no es cierto.

Entonces, en nuestra mirada debemos decir que la divinidad es todo cuanto existe y que de ella emanan los impulsos creadores de lo que está en su propia naturaleza. Si la divinidad es el todo, los seres humanos –como los demás elementos de la existencia– no somos más que partes de ella. Como partes, tenemos una potencia divina que, en el caso de los seres humanos, debemos desarrollar en un trabajo de conciencia y perfeccionamiento hasta alcanzar la plenitud. Es decir, sostenemos que los humanos –al menos– podemos (y debemos) ir desarrollando la conciencia de divinidad a partir de nuestras experiencias de encarnaciones en un largo y permanente proceso de vida.

La naturaleza humana contiene una parte física y otras partes no físicas. La parte física es perecible, tiene una duración breve y la dimensión no física contiene un principio de infinitud. Es lo que algunos llamamos “alma” o “espiritualidad”. Entre el cuerpo y el alma se comparten las esferas de habilidad humana: mente y emociones, que también son inmateriales pero que se expresan materialmente.

Nuestra dimensión infinita mantiene el valor de las experiencias humanas y de ese modo se puede enriquecer la conciencia.

Aquí radica el secreto esencial y es lo que debemos buscar: conocer cuál es el camino que cada alma hace en sus procesos de encarnación, penetrando el origen de esta experiencia humana concreta y en busca del sentido específico de cada encarnación. Yo, de nombre XX, tengo un plan que se expresa en la realidad contingente y una finalidad trascendente que deberá realizarse en el curso de la vida material.

Tras este secreto camina la Alquimia, postulando que cada ser humano puede incrementar su conciencia en la medida en que hace un esfuerzo por conocerse de verdad. “Conócete a ti mismo” decían las sacerdotisas del oráculo de Apolo en Delfos, Grecia, frase que todos los sabios fueron repitiendo como un mandato misterioso hasta el día de hoy, en el primer cuarto del siglo XXI.

Al nacer, la persona vive un proceso de adaptación a la vida humana que le tomará entre 7 y 9 años: aprende a caminar, a reconocer su cuerpo y su nombre, a hablar, a relacionarse. Luego de eso debe comenzar a avanzar hacia su tarea, pero… es tan enorme el proceso vivido en esos pocos años, que ha ido olvidando el plan pactado en la dimensión espiritual. Comenzará así un esfuerzo por recuperar la información postergada en su conciencia. En este momento entran en la vida real las distintas fórmulas o estrategias para avanzar en esos secretos y develar la propia tarea.

¡Es el momento de la Alquimia!

Recurriendo a sus propias técnicas y desarrollos metodológicos, los alquimistas del mundo hemos querido penetrar en la búsqueda de las respuestas que lleven al ser humano hacia la perfección; convertir lo imperfecto en perfecto, lo impuro en puro, lo ignorado en sabido, lo desperdigado en integrado, las creencias en certezas, lo aparente en real, lo inconsciente en consciente.

Entonces la Alquimia se topa con el poder establecido, con las estructuras que no siempre apuntan a la perfección humana, sino que básicamente a estrategias de dominación y sometimiento, con las cuales minorías quieren ser dueñas de todo, manteniendo a las mayorías marginadas de los beneficios de la vida humana. Unos pocos, autoconstituidos en reyes o sacerdotes de dioses de mirada humana, se erigen como dueños de los derechos y dispensadores de las libertades. La fuerza física y la ambición desmedida han sido los ejes principales de la construcción de las sociedades, mientras los “alquimistas”, aquellos que buscamos algo más allá de ese poder mundano para beneficios concretos, intentamos abrir puertas en medio del arte, la creatividad, la espiritualidad, los oráculos, el trabajo interior.

Así, de esos secretos cuya respuesta buscamos, nace una profunda rebeldía que será duramente reprimida por siglos y a veces milenios, pero que, finalmente, va consiguiendo abrirse paso y ganar posiciones. El mundo oficial ha sido hostil a esta búsqueda, pero poco a poco han surgido grupos humanos dispuestos a escuchar y a interesarse en esta búsqueda. Esto nos lleva a concluir que, de esa hostilidad manifiesta, han surgido miradas de asombro a la ruptura de los márgenes establecidos desde el poder, cuando se rebasa “el desorden establecido”7 en cuya caracterización encontramos la injusticia, el poder desmedido, la mentira, la violencia, como elementos propios de su existencia.

Cada vez más la humanidad se abre a miradas diferentes, surgen espacios nuevos en los que es posible proponer ideas distintas, se alzan voces que invocan principios y propuestas que permitirán, desde la rebeldía inicial, construir un mundo de personas más conscientes.

Capítulo III Alta Magia o la transformación de sí mismo

“El hombre es un intermediario entre las criaturas, el amigo íntimo de los seres superiores y el rey de los seres inferiores, el intérprete de la naturaleza por la agudeza de sus sentidos, por la indagadora curiosidad de su razón, por la luz de su inteligencia, el intervalo entre la eternidad permanente y el flujo del tiempo”.

GIOVANNI PICO DELLA MIRANDOLA, texto de 1486.

Sin duda, estamos viviendo una época en la que son evidentes grandes transformaciones. Algunos se han asustado y temen el fin del mundo, las guerras y la destrucción de la humanidad. Otros anticipan tiempos terribles en los cuales la tecnología y las máquinas someterán a los humanos o, un poco menos, habrá ciertos humanos que, manejando las máquinas, podrán controlar la vida de miles de millones.

Ante esta realidad surge la capacidad humana de producir transformaciones, de hacer cambios, de reorientar los procesos humanos y naturales. Somos capaces de hacer eso, tanto por acciones directas como indirectas e incluso a veces hasta involuntarias. Sin embargo, las que importan son aquellas que nacen de la decisión consciente y voluntaria de modificar el orden imperante y la dirección que normalmente toman los acontecimientos.

Esta capacidad de modificar la realidad la llamamos “magia” y los magos son aquellas personas capaces de introducir –en forma consciente y voluntaria– las transformaciones en todo lo ancho y largo de la experiencia vital humana.

La más grande de las transformaciones es la de la persona desde su propia esencia para acceder al camino de la plenitud y la perfección. Esa es la Alta Magia. Esa es la Alquimia Vital.

Es verdad que la magia puede ser “blanca” o “negra”, según su intención. La primera apunta a la perfección y a conseguir que las relaciones humanas sean mejores. La segunda, activa la negatividad, el daño, la destrucción. El mago blanco quiere hacer transformaciones en busca de la esencia misma de todas las cosas, conectado a la raíz del conocimiento, definiendo desde allí el ámbito de acción y el método, el objetivo y la intención.

La magia blanca puede ser Alta o Baja, según los métodos que utiliza y los objetivos finales.

La Alta se refiere a lo que conduce o relaciona a la persona con la trascendencia. Los procesos transformadores de sí mismo, los cambios que tienen que ver con la espiritualidad, las acciones que conducen a una comprensión profunda para modificar las relaciones entre las personas son de Alta Magia.

La Baja es la que se remite a temas concretos y específicos de la experiencia humana, “la vida diaria”, para decirlo de manera sencilla. Se trata de contribuir a la solución de las dificultades emergentes, tanto del entorno como de la realidad personal. Eso va desde encontrar pautas para tomar decisiones relevantes pero especificas –como elegir qué equipo debo adquirir para el trabajo– hasta resolver problemas muy focalizados, como sería cambiar el aspecto personal.

Para avanzar en ese camino el trabajo consistirá en explorar la magia blanca, ya sea en los temas concretos del mundo (baja magia) o en las cuestiones propias de la conexión humana con la trascendencia (alta magia). Quienes proponen acciones de magia negra trabajan en el sentido contrario. Eso lo vemos habitualmente cuando algunas personas anuncian, por ejemplo, que pueden unir o separar parejas, pues eso significa intervenir en la voluntad humana para forzar acciones e inhibir la libertad. La magia blanca, aun en las cuestiones más concretas, actúa para incrementar la conciencia en el camino de la perfección.

La Alta Magia la identificamos con la Alquimia Vital cuando es blanca y apunta a la transformación de sí mismo en el camino de la perfección y a la cercanía con la trascendencia. Como veremos en la sección siguiente, esta es la propuesta de los magos más relevantes, que, para evitar las persecuciones, se mantuvo en secreto en el seno de las comunidades esotéricas. Ha llegado hasta nosotros a través de las tradiciones de esas comunidades que han seguido estudiando y trabajando en una tarea que, aunque difícil, no ha desanimado a los eternos buscadores. Por el contrario, los reveses dieron más ánimo para seguir avanzando en un mundo hostil, con la esperanza de que en la Era de Acuario, esta hora nuestra, las cosas serían más fáciles. O menos difíciles por lo menos.

Esta propuesta secreta de los magos de Alta Magia Blanca nos orienta a encontrar y desarrollar la potencia divina de cada ser humano y, merced a las combinaciones adecuadas, hallar el camino para el cumplimiento de la tarea personal. Pues, no hay nada más perfecto que cumplir la tarea para la cual se ha nacido. Y sólo es necesario encontrarla. Eso lo lograremos cruzando el pórtico que se alza frente a nuestros ojos, ese mágico umbral que debemos atravesar para adquirir conocimientos teóricos y prácticos útiles a nuestro propio proceso de desarrollo.

Si hacemos un ejercicio de imaginería podremos ver nuestra vida como un viaje singular, en el que buscamos ese umbral.

En ese desplazamiento por las edades (el tiempo) y el espacio nos vamos encontrando con otros que hacen el mismo peregrinaje en busca del gran umbral, pero que sólo cruzan pórticos menores, que se remiten a experiencias personales muy concretas, en las que no se logra el sentido de trascendencia. Cruzamos muchos de ellos, creyendo a ratos que es el definitivo y luego nos damos cuenta de que el camino continúa. Nada mejor que hacer ese camino en compañía de otros. Algunos permanecen largo tiempo, otros van siguiendo sus propias rutas y bifurcaciones. Esos encuentros son insustituibles y debieran ser inolvidables. Todos, unos más, otros menos, unos con dolor, otros con alegría, van marcando nuestra vida, y si no hubiesen estado, nosotros hoy no seríamos los que somos, no estaríamos en este proceso de hacer consciente nuestro recorrido.

Viajamos hacia la divinidad, pero lo hacemos como humanos. La meta del viaje es nuestra conciencia de ser lo que somos, nuestra conciencia de “seres trascendentes”, nuestra conciencia de “seres encarnados”.

Los seres humanos tenemos la experiencia de las emociones, los instintos, la racionalidad y también las preguntas acerca del universo o la espiritualidad. Somos un tipo de seres muy complejos, seres únicos que podemos o no cuestionarnos una y otra vez acerca de nosotros mismos. Tenemos identidades diversas para movernos y poder adaptarnos a la sociedad y escuchamos voces internas que nos llaman a tratar de entender qué pasa en nuestro interior y en nuestro entorno.

El concepto más habitual de los tiempos actuales para referirse a este proceso es “desarrollo personal”. Preferimos la expresión “desarrollo” por sobre “crecimiento”, ya que la primera nos insinúa un proceso más integral, holístico, que permite que la persona vaya expandiéndose en forma más armónica. Por cierto, no es más que una cuestión de palabras y uso del lenguaje, sin descalificar los discursos de otros ni querer abrir una discusión bizantina sobre “cuantos ángeles caben en la cabeza de un alfiler”.8

Entendemos por desarrollo personal la expansión de la potencia divina que todos tenemos, inmersos en la realidad terrestre. En cada ser humano hay un germen de divinidad que debe ser expandido para alcanzar la meta final. Esa expansión es un aprendizaje que debe hacerse, en la generalidad de los casos, en varias encarnaciones. Puede haber excepciones; es decir, almas que hayan encarnado una sola vez en la Tierra como humanos. Hay grupos que así lo señalan respecto de algunos de sus líderes o maestros.9 Somos humanos y en esa perspectiva nuestra corporalidad en esencial: somos gregarios y necesitamos de otros para existir desde la concepción hasta la muerte, experimentando intensamente cada momento de la vida. Somos seres del mundo y requerimos de las relaciones con otros. En ese mundo, en esa realidad, debemos cumplir con nuestra tarea. Es la hora de aprender algo nuevo y llevarlo a cabo en el curso de los años que pasamos en el planeta como seres de carne y hueso.

Conocernos y ser conscientes de quiénes somos y cómo somos es fundamental para la expansión de nuestro ser. La tarea que hemos de desempeñar nace desde nosotros mismos. Por eso volveremos constantemente al histórico mandato de todos los grandes sabios de la humanidad: “Conócete a ti mismo”.

La felicidad es un estado del alma que resulta del cumplimiento de nuestra tarea de vida. Es posible ser feliz en medio de las penas, porque la alegría transitoria, el contentamiento, pasarlo bien son situaciones puntuales, tanto como las penas, los dolores y los malestares. La felicidad es un estado permanente que se consigue al encontrar la ruta hacia el pórtico final, aunque eso sea en el último momento de nuestra existencia humana.

Capítulo IV Los alquimistas

¿Quiénes son los alquimistas? ¿A quiénes atribuimos ese título?

No existen hoy escuelas de alquimistas, como probablemente sí las hubo en la Edad Media. Cuando luego de la cristianización de Roma se inició la persecución de todo aquel que osara desafiar las creencias oficiales, el mundo esotérico comenzó a sumergirse en túneles como los que antes usaron los cristianos para protegerse de la intolerancia romana. El trabajo de quienes tenían otros pensamientos, otras religiones, otras ideas, otros ritos, se hizo secreto. Los conocimientos comenzaron a entregarse en pequeños grupos y bajo estrictas medidas de protección, evitando así que se enteraran las autoridades seculares y eclesiásticas.

La organización represiva, a la que gozosos se sumaron muchos príncipes y dignatarios, llevaba a la tortura, a la muerte y a la hoguera a todas las personas sospechosas de tener una creencia diferente, bajo la imputación de servir intereses diabólicos. En el caso de los grupos esotéricos –tal como sucedió con los cristianos perseguidos en su momento–, si bien la conducción doctrinaria y sacerdotal estaba en manos de hombres, salvo excepciones,10 la fuerza que movía y daba sustento al trabajo desarrollado estaba a cargo de mujeres. Por eso, aunque se pretendía tomar detenidos y hacer desaparecer a los maestros esotéricos, los detenidos, torturados y ejecutados fueron mayoritariamente mujeres. Ellas preferían morir en la hoguera antes que denunciar a sus líderes, leales y comprometidas con una manera de entender el mundo.

Aunque es posible que hubiese cultos demoníacos, la mayor parte del mundo esotérico optó por un camino espiritual de desarrollo integral del ser humano. La conformación de grupos cerrados por razones de seguridad condujo a que surgieran sectas que desviaban la atención de lo central, pero nunca dejó de haber grupos cuyo objetivo principal era la plenitud del desarrollo humano.

Pero vamos más atrás en el tiempo.

Nos atrevemos a sostener que durante milenios existieron grupos de personas que trabajaron por una mirada completa del ser humano, entendiendo que los desarrollos civilizatorios debían ir de la mano con una aproximación a la trascendencia y al camino de la perfección. Mientras unos tomaban acciones orientadas al poder temporal, sustentado en la violencia y en la acumulación de riquezas, había otros que buscaban la sabiduría y el entendimiento.

Los relatos llamados “mitos” sobre la presencia de “dioses” en la Tierra (Sumeria, Egipto, Grecia y espacios propiamente asiáticos y americanos) exhiben a personajes que no son diferentes de los seres humanos, salvo en cuanto a manifestaciones mágicas o expresiones de alto poder. Si observamos con atención, en forma paralela a ciertas acciones que muestran el poder, la capacidad de conflicto, las ambiciones de algunos de esos dioses, siempre hay en el trasfondo expresiones de una sabiduría que invita a los seres humanos a desarrollarse en los dos sentidos que hemos expresado: la perfección personal y el desarrollo de la civilización en busca de una mejor forma de vida.

Es verdad que en esos relatos aparecen dioses brutales, vengativos y violentos, que hacen pactos con pueblos específicos y se alejan de una mirada general de la humanidad. Esos dioses, cuya enseñanza no considera ni el amor ni el entendimiento humano, pasan por periodos de gran irritación e incluso de arrepentimiento de haber creado a la especie humana y a toda especie viviente. Desconfían de los seres humanos y llegan a temer que, en su ambición desatada, puedan competirles a ellos en el poder. Relatos como el de la Torre de Babel y el Diluvio Universal en la Biblia se refieren justamente a esto y argumentaciones similares encontramos en las religiones de Mesopotamia.

Los grupos que se instalan en el poder invocarán a esos dioses para establecer su dominio con métodos igualmente salvajes y destructivos. Las instrucciones de Yahvé por medio de Moisés,11 sobre la necesidad de exterminar a pueblos que vivían en la Tierra que los suyos querían ocupar, no dejan dudas al respecto.

En los mismos territorios se desarrollan otros modos de pensar y actuar que deben mantenerse a buen recaudo para eludir a quienes creen que la violencia es el camino. Aparecen y desaparecen en distintos lugares, pero existe una continuidad de grupos que siguen un modo de pensar y de vivir. Esas personas se mueven por los territorios que van desde la India por el este hasta el Atlántico por el oeste, entre el Trópico de Cáncer y el paralelo 45º norte. Mujeres y hombres que viven en comunidades activas y se relacionan en forma pacífica y respetuosa, marcados por su convicción de ser portadores de la presencia de un dios sabio y amoroso que les pide que esa misma sea su norma central de conducta.

Ellos –a quienes llamamos “los sabios”, hombres y mujeres– aparecen en diversas culturas, conectados a religiones diferentes o sin religión, pero todos creyentes en la existencia de la divinidad como fuerza creadora y amorosa, a la que le interesan los seres humanos tanto en el nivel personal como general.

Su fuente más remota está en los sufís, personas que desde hace más de 8.000 años ejercen su oficio de sabios y guías. No son, como se tiende a creer, una facción musulmana, sino que su mirada puede ser asumida desde cualquier religión. Ellos simplemente tienen la sabiduría de la conexión con la divinidad y la sencillez de la vida. “Los sufís no son una secta porque no están sujetos a dogmas religiosos por sencillos que sean, ni utilizan lugares de culto.”12 Su oficio puede ser cualquiera: comerciante, campesino, abogado, dueña de casa, profesor, en fin… Están en el mundo, pero no son del mundo: carecen de codicia, sus ambiciones son mínimas, no hay en ellos jactancia intelectual ni prepotencia, no temen a los que lucen más rangos, respetan los diversos credos, buscan la armonía en la sociedad, se iluminan desde su propia experiencia y creen que “el conocimiento se alcanza por el amor, tomando a este en el sentido poético”13.

Porque no hay nada más cercano al método de un sufí que el oficio de poeta. El sufí persa Nizami dice: “Bajo la lengua del poeta se esconde la llave del tesoro”.14 Y del amor, al éxtasis, que es la perfección. En todo caso –y aquí vamos directo a la Alquimia–, los sufís siempre han insistido en que sus ideas anidan en la vida práctica y concreta. Toda metafísica requiere de asiento material y lo que define al humano no es sólo su alma, sino que el hecho de que esta anida en un cuerpo. Y desde esa realidad, serán los actos más que los discursos la forma de definir la sabiduría.15

Esos sabios buscan la perfección y han inspirado a una sucesión de personas y personajes que a lo largo de la historia han ido preparando el camino para la construcción de una sociedad armónica y justa, integradora, holística, en la cual las personas podrán sentir que la felicidad no sólo es un derecho y una tarea, sino que también una realidad posible de conseguir.

A todos ellos podemos llamarles “alquimistas”, pues precisamente sus objetivos coinciden con lo que definíamos previamente, aunque ellos no se autodenominaran de ese modo. Pensadores, profetas, filósofos, poetas, líderes religiosos, científicos, que a lo largo del tiempo trabajan en una perspectiva plenamente humanista.

Entonces, los principales alquimistas son los sabios de todos los tiempos, aquellos que, con sus propuestas, contribuyen a que el mundo sea cada vez mejor.

En Occidente podremos encontrar a los más grandes alquimistas entre los árabes, los sabios esotéricos de la Edad Media y del Renacimiento de la Europa cristiana, principalmente católica.16

Pero, podemos decirlo con claridad, también somos alquimistas –en una escala más concreta– todos los que trabajamos en nuestro propio desarrollo y buscamos ser personas conscientes de nuestro papel en la sociedad.

Los alquimistas no cejamos en los esfuerzos por colaborar con una vida mejor para todos.

Capítulo V La palabra divina y los libros de sabiduría

Partimos de la base de la existencia de una divinidad, a la que definimos como un todo. La divinidad es todo cuanto existe y está fuera del tiempo y del espacio. Aceptamos la divinidad como una energía consciente, creadora, generadora de vida desde la nada y luego desde lo que ella misma ha creado. Hasta ahí podemos tender a estar de acuerdo muchos, pero la pregunta que surge es si acaso esta divinidad, luego de crear, sigue interesada en lo que ha creado. Particularmente importa esto respecto del ser humano, cuya génesis y existencia desafían las probabilidades de que hubiera surgido espontáneamente.

La consiguiente teoría de la evolución nos dice que hubo un proceso evolutivo para el desarrollo del ser humano, desde el homínido primitivo hasta el ser civilizado. Esa teoría parece ser muy razonable, pues considera que la aparición del humano es el resultado de la evolución de los primates, que ciertamente se le parecen en ciertas materias. Sin embargo, el estudio detallado de las especies vivas semovientes nos puede llevar a la constatación de altísimas similitudes genéticas y biológicas de otros seres con el humano, como, por ejemplo, ciertas variedades de gusano, de cerdo y de insectos.

La falta del “eslabón perdido” y la existencia continua de los primates más avanzados sin nuevos cambios introducen más dudas respecto de que la evolución sea la única explicación de la aparición de los seres humanos en el planeta. Más aún, si bien existe la posibilidad de que los seres humanos hayan alcanzado el desarrollo actual en un proceso crecientemente acelerado en los últimos 50 mil años, luego de más de dos millones de años sin movilidad ni cambio notorio, la probabilidad es baja. Desde la “Lucy africana”, hace dos millones de años, hasta la aparición del homo erectus nada se modifica, pero al poco tiempo empiezan los cambios y surgen el hombre de Neanderthal y el hombre de Cromañón, el homo habilis y finalmente el homo sapiens.

Cada vez transcurre menos tiempo entre uno y otro proceso, y desde hace ya 11 mil años el conocimiento se acelera hasta el punto de que podemos llegar a hablar del homo sapiens-sapiens; es decir, el hombre que sabe que sabe y que en los tiempos modernos multiplica el volumen del conocimiento disponible en períodos de 6 o 7 años. Esto es, en una vida humana se duplica más de 10 veces.

Esto no parece posible en un acto espontáneo, sino que se explica por la intervención de una fuerza externa al propio ser humano que modifica la especie. Esta intervención se mueve en dos direcciones: un proceso civilizatorio y un proceso de desarrollo espiritual. Es el nexo entre la trascendencia y la realidad concreta, siendo el elemento central el sujeto humano que une en sí ambas vertientes.

Entonces, nos hacemos la siguiente composición de lugar: cuando la divinidad decide la existencia del humano, es decir, un animal –bípedo implume– con más inteligencia y habilidades, con mayor conciencia de sí mismo y de la trascendencia y sobre todo –como bendición y tragedia– de libertad, interviene produciendo cambios que van desde la biología a la conciencia espiritual. Tal intervención la hace la divinidad pues le interesa el destino de su propia obra.17

¿Cómo hace tal intervención? ¿Cómo se comunica la divinidad?

La primera pregunta se responde de manera simple: de todas las formas posibles, incluso aquellas que hoy ni siquiera estamos en posición de imaginar o suponer.

Respecto de la segunda, ya dijimos que la divinidad va en busca de un doble objetivo para los seres humanos: el proceso civilizatorio y la convocatoria a la trascendencia. Al revisar la trayectoria humana sobre el planeta mediante las disciplinas conocidas –como la historia, la arqueología, la antropología, la biología y sus derivados, la geografía, entre otras–, vamos a observar que se repiten ciertas formas que podemos considerar apropiadas para el proceso de civilización y la conexión con la trascendencia: la presencia de mensajeros que se nos presentan como avatares, profetas, canalizadores y escritores de “libros sagrados”.

LOS AVATARES

Esta expresión proviene de la religión hindú, fuente de muchas de las menciones en el moderno pensamiento holístico y parte de las tradiciones espirituales. Se refiere a la encarnación de una “deidad”; es decir, una figura divina que toma forma humana. Esta expresión considera el carácter sobrenatural del encarnado y de la encarnación en sí misma, ya que se trata de una “parte” de ese Dios total, de esa divinidad que lo incluye todo. Es una figura divina, aunque menor que la divinidad toda. Es un emisario o una expresión específica de esa divinidad que se hace presente en el mundo físico y social.

Respetados por muchos hombres y mujeres de todo el mundo, revisten ese carácter divino para los seguidores de las religiones específicas que los ponen en el más alto nivel, como sucede en el hinduismo y en la mayor parte de las vertientes cristianas. Pero también hay otras figuras a las que se atribuye ese carácter divino sin mencionarlo específicamente o se les da el carácter de importantes mensajeros, sin que ni ellos ni sus seguidores hayan pretendido que sean encarnaciones divinas.18 Debiéramos mencionar como avatares a las principales figuras del panteón griego, egipcio y sumerio.

Los avatares vienen al mundo humano o irrumpen en él cuando las condiciones de vida así lo exigen. El sagrado libro Bhagavad-gītā pone en boca de Krisna, encarnación de Vishnú, las siguientes palabras: “Siempre que la rectitud decae y aumenta la injusticia, yo me manifiesto; y para la protección de los virtuosos, la destrucción de los viciosos y el restablecimiento de la rectitud, yo encarno de era en era” (capítulo IV, versos 7-8).

LOS PROFETAS

El profeta es una persona concreta, encarnada, que recibe mensajes de la divinidad para ser entregados. Es un intérprete de la palabra divina, que por su gracia y disposición entrega esos mensajes al pueblo, anunciando y denunciando, advirtiendo, anticipando.

Durante los dos milenios anteriores a Cristo, en el mundo semítico se desarrolló un verdadero oficio de profeta en las distintas religiones. Ellos, por sus quehaceres más habituales, estaban a medio camino entre el sacerdocio y el chamanismo. Los profetas judíos de los que da cuenta la Biblia se distinguen claramente de los sacerdotes e incluso muchas veces parecen ser sus enemigos, por cuanto denuncian las iniquidades de los gobernantes, sacerdotes y en general de las clases superiores.

El profeta es de lenguaje duro en la denuncia y en la advertencia, pero suave en el anuncio. Y junto con hablar a las “Vacas de Bazán”,19 denunciando su corrupción y la explotación que hacen del pueblo, anuncia la tierra de la que manan leche y miel. La función profética, de cierto modo, es parte de la propia naturaleza humana, ya que cualquiera de nosotros puede ser elegido por la divinidad para ser portador de sus mensajes. En el ámbito privado, muchas veces lo hacemos, incluso sin tener conciencia de ello. En la medida en que avanzamos en el conocimiento de nosotros mismos e incrementamos nuestra conciencia, podremos servir con modestia y autoridad en la función profética en el ámbito que nos corresponda actuar.

LOS MENSAJES DIRECTOS, CANALIZACIONES O REVELACIONES

Son una tercera forma que ha estado siempre presente y que hoy se ha extendido mucho. Sin que lo esperemos –y probablemente tampoco lo merezcamos–, la divinidad nos usa de mensajeros para otros. Sin saberlo, llega hasta nosotros una palabra que debe ser dicha a alguien. Y lo hacemos, servimos de canal o de mensajeros para una persona que lo está necesitando.

Otras personas reciben de pronto mensajes más evidentes o revelaciones sobre ciertas cosas, muchas veces en relación con su profesión o actividad. Lo corriente es atribuirlo a la intuición, como si esta fuera un mérito propio y no el misterioso modo de conocer inspirado por la divinidad. Estos mensajes nos pueden llegar también a través de los sueños y muchos relatos dan cuenta de eso, incluso en libros de sabiduría de carácter religioso.

LOS LIBROS DE SABIDURÍA

La divinidad nos ha entregado “libros” en los cuales están escritas pautas sobre los procesos de civilización y conexión con la trascendencia, para que sean leídos por los humanos en la medida que los vayamos necesitando. Al aumentar la conciencia de sí y la de su civilización, los seres humanos estamos más dispuestos a acceder a esta sabiduría y podemos verla con mayor integridad. Lo que en un momento puede haber sido sólo una guía elemental, se va convirtiendo en un libro que da señales sobre cómo actuar ante todos los dilemas que la vida propone continuamente.

Ahora bien, hay libros religiosos y libros no religiosos, estos últimos llamados también mágicos o simplemente oráculos. En el comienzo todos los libros eran tanto religiosos como oraculares y mágicos, pues no había distancia entre el sacerdocio y la magia. A medida que las religiones se fueron sustentando en el poder, la magia fue quedando relegada a un plano secundario u oculto y sus libros fueron vistos como rivales de la religión.

Cuando tomamos un libro en función de lo religioso descubrimos que los mensajes que entrega son de carácter general para los seres humanos que adhieren a esa religión específica. Entre ellos se cuentan, por ejemplo, los Vedas de la India, el ya citado Bhagavad-gītā, la Biblia en sus versiones judía y cristiana, el Talmud escrito por los sacerdotes y sabios judíos, el Corán, el Libro de Mormón. Por cierto hay muchos más. Hay otros libros de sabiduría vinculados a lo religioso, pero que son de un nivel menor, pues tienen más de elaboración intelectual que de revelación o inspiración divina, como por ejemplo el Zohar, la poesía árabe religiosa, el Tao, los evangelios apócrifos, las obras de Tomás de Aquino.

Los libros no religiosos responden preguntas formuladas por una persona y por lo tanto tienen mensajes directos para explicar (describir con sentido), aconsejar y pronosticar frente a lo que cada sujeto consulta. Son señales para recuperar la memoria del alma: saber cómo soy y qué debo hacer en la vida.

Mencionemos entre los más importantes:

–La Astrología: el libro basado en el mapa del Cielo. Ese Cielo se ve en el instante en que la persona nace y señala dónde está cada planeta, cada luminaria, cada estrella. Usa los planetas, las constelaciones y las Casas Astrológicas.

–Las manos o el oráculo del cuerpo, basado en la disciplina llamada Quirología.

–La Numerología.

–La geometría sagrada.

–El Tarot, que es el libro que señala el camino humano: nos propone un mapa con arquetipos, tareas, desafíos, metas por alcanzar.

–El I Ching, de la cultura china.

–Las runas escandinavas.

La Alquimia trabaja con todos estos libros.20 Es la disciplina de los 4 elementos y, como hemos dicho, pretende guiarnos hacia la armonía mediante el autoconocimiento y la combinación perfecta de los elementos de la realidad.

Capítulo VI La piedra filosofal21

Hemos dicho que los más grandes magos de los tiempos antiguos fueron los alquimistas, precursores de las ciencias, quienes buscaban transformar la imperfección en perfección. Hemos sostenido que la sabiduría que sustenta la Alquimia está en el mundo de los sufís. Peter Marshall cita a un catedrático chino que era considerado el mayor experto en Alquimia de ese país. Él explica que alquimistas y taoístas coincidían en la búsqueda de la longevidad y la inmortalidad. “Todos los alquimistas son taoístas, aunque no todos los taoístas son alquimistas”.22 Lo que conecta con lo que sostenemos: todos los alquimistas son sufís, aunque no todos los sufís sean alquimistas.

Simbólicamente, ellos decían que transformarían los metales impuros en oro, porque el oro representaba para ellos el más perfecto de todos los productos de la tierra. No se trataba de hacer oro con fines comerciales o de enriquecimiento, sino como base del elixir de la felicidad.