Amor eterno - Donna Clayton - E-Book
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Amor eterno E-Book

Donna Clayton

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Beschreibung

El hombre más temido escondía un corazón de oro… Sophia Stanton había trabajado demasiado en su agencia de niñeras como para ponerla en peligro tratando de compaginar el trabajo y la familia. Pero cuando Michael Taylor despidió a tres de sus niñeras en rápida sucesión, Sophia decidió enfrentarse a la Bestia, que era como llamaban sus empleadas a aquel padre soltero. Así fue como Sophia se convirtió en niñera de la pequeña… Después de que la madre de su preciosa hija le hiciera sufrir tanto, Michael tenía sobrados motivos para desconfiar de las mujeres. Pero en cuanto Sophia entró en su casa y se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de la niña, los muros que protegían su corazón empezaron a derrumbarse. Maravillado por la belleza y la ternura de la niñera, Michael empezó a preguntarse si podría confiar en su propio corazón y hacer que aquello saliera bien…

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Seitenzahl: 149

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2006 Donna Fasano

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor eterno, n.º 2101 - enero 2018

Título original: Nanny and the Beast

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-9170-764-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

ES ÉL! ¡Es él! Acaba de aparcar en la puerta.

Sophia Stanton no pensaba dejar que los gritos de Karen la pusieran nerviosa. Su ayudante era una chica que se ponía nerviosa a menudo.

–¿Él? –repitió Sophia, dejando su bolígrafo sobre el escritorio–. ¿Quién?

Karen, como de costumbre, abrió mucho los ojos y bajó la voz:

–La Bestia –contestó, mirando por la ventana–. Acaba de sacar a la niña del coche… –Karen dejó escapar un gemido– y Lily ha salido también. Está colorada como un tomate.

Sophia contuvo un suspiro. Lo que le faltaba. Aquella mañana dos de sus chicas habían llamado para decir que estaban enfermas y aún no había encontrado a nadie que pudiera reemplazarlas. Pero conociendo a Michael Taylor, alias «La Bestia», se preparó para lo peor.

En lo que se refería a las niñeras que cuidaban de su hija, una niña de un mes, aquel hombre era absolutamente imposible. Había despedido nada menos que a dos de sus chicas en las últimas tres semanas. Las jóvenes volvieron a la oficina diciendo que era demasiado exigente, demasiado inflexible; tanto que todo el mundo en la agencia La Niñera en Casa pensaba que tenía cuernos y un rabo acabado en punta.

Una cosa era segura, el señor Taylor estaba empezando a ser un serio dolor de cabeza para Sophia.

–Bueno, vamos a tranquilizarnos. Dile que pase inmediatamente… ah, y llama a Terry. Pregúntale si puede ocupar el sitio de Isabel por hoy.

–Terry vive a las afueras –le recordó Karen–. No llegará al centro a tiempo porque la señora Schaffer tiene que ir a trabajar.

–Pues llama a la señora Schaffer para explicarle el problema –Sophia tomó los papeles que había sobre su escritorio y los colocó ordenadamente a un lado. La Bestia llegaría en cualquier momento–. Y también hay que encontrar a alguien que sustituya a Paula. Lo haré en cuanto haya solucionado esto.

Karen se colocó el pelo detrás de las orejas, nerviosa, a punto de sacarse un ojo con el bolígrafo que tenía en la mano.

–Ya está aquí. Buena suerte –le dijo, antes de desaparecer por el pasillo.

Sophia se levantó, pasándose la mano por la falda del traje oscuro y respiró profundamente, como había aprendido en las clases de yoga. Su instructor decía que el yoga podía ayudarla en todos los aspectos de la vida y, desde luego, en aquel momento necesitaba ayuda.

Michael Taylor no entró en su despacho, irrumpió en él, cerrando de un portazo. Sus gestos eran furiosos, en contraste con el cuidado con el que sujetaba a su hija.

Sus ojos castaños brillaban de ira… y algo más, aunque no sabría definir qué era. Algo muy poderoso que emanaba de Michael Taylor y lo haría destacar en cualquier parte. Era un hombre tan guapo y atlético que cualquier mujer se sentiría atraída por él e incluso consideraría hacer cosas que, en circunstancias normales, no haría nunca. A Sophia no le habría sorprendido saber que las mujeres lo silbaban por la calle.

–Buenos días, señor Taylor –le sonrió, intentando pasar por alto el evidente enfado de su cliente.

–Me temo que de buenos no tienen nada –replicó él.

Ah, sí, las mujeres podrían silbarle por la calle, pero lo único que iban a conseguir como respuesta era un ladrido.

–He despedido a Lily esta mañana.

A Sophia le dieron ganas de soltar una palabrota, pero se contuvo. Al fin y al cabo, Michael Taylor era un cliente y ella era la propietaria de la agencia. Pero, ¿había alguna chica en La Niñera en Casa… o en el mundo entero que quisiera trabajar para él?

–Tenemos que solucionar los problemas que crean las niñeras que me envía, señorita Stanton, y tenemos que solucionarlos ahora mismo.

–Sí, por supuesto. Y lo haremos, se lo aseguro. ¿Qué ha hecho Lily para que la despidiera?

–Más bien pregunte lo que no hizo. No siguió las reglas. No es que quiera ponerme difícil, pero insisto en que la niñera que trabaje para mí respete las malditas reglas.

«Las malditas reglas» era una descripción adecuada, pensó Sophia. Por lo visto, había literalmente páginas y páginas llenas de reglas para trabajar con aquel hombre y cubrían cualquier situación que tuviera que ver con su hija. Incluso había un código de etiqueta en el vestido. No era suficiente que todas ellas fueran niñeras entrenadas, Michael Taylor quería que vistieran y se portaran como a él le parecía adecuado. Para concentrarse mejor, decía.

El problema era que a ninguna chica le gustaba que le dijeran que no podía pintarse las uñas o ponerse maquillaje o llevar pendientes. O que su falda debía llegar por debajo de las rodillas o que debía llevar moño. ¡Moño! ¿Qué era aquello, un colegio de monjas? Qué ridiculez.

–Para empezar, las niñeras que me envía son prácticamente adolescentes. ¿Cómo pueden unas niñas tomar decisiones sensatas y serias en el día a día, por no hablar de situaciones de emergencia? ¿Cómo voy a confiarles a mi hija?

–Perdone, señor Taylor. Las dos… las tres niñeras a las que ha despedido este mes son niñeras entrenadas. Las tres tienen un diploma en cuidados infantiles y el certificado de haber hecho un curso de enfermería y primeros auxilios. Ésa es la única manera de entrar en la base de datos de esta agencia. Yo misma investigo la autenticidad de esos datos y le aseguro que su hija ha estado en manos muy capaces…

–Mire, yo me dedico a dirigir gente –la interrumpió él–. Y sé por experiencia que el entrenamiento y los estudios no son suficiente. La experiencia de la vida, la madurez es lo único que vale para tomar decisiones sensatas. Prefiero una niñera de cuarenta años sin estudios que una niñata que haya ido a la universidad. Las chicas que me manda necesitan eso, una buena dosis de experiencia en la vida. Y no quiero que adquieran esa experiencia mientras cuidan de Hailey.

–Pero…

–No –volvió a interrumpirla él–. Nada de peros. Quiero que me envíe a una mujer mayor. Alguien más preparado, más serio. Lily ha trabajado para mí durante tres días y conoce bien las reglas, pero se metió en la ducha cinco minutos antes de que yo tuviera que irme a trabajar. Quiero que me envíe a alguien que sepa seguir las reglas que se le marcan.

Sophia contuvo un suspiro. Lily iba a llevarse una buena reprimenda.

–Señor Taylor…

–Quiero una profesional, alguien con experiencia. Alguien que haya vivido lo suficiente como para saber lo que es necesario para cuidar de una niña casi recién nacida. Una madre… o mejor, una abuela.

–Ya, vamos, que quiere usted a la señora Doubtfire –replicó Sophia, irónica.

Él se quedó callado, mirándola. Y entonces soltó una carcajada. Esa risotada tan deliciosa fue completamente inesperada. Aquél era un lado de La Bestia que no había visto antes.

–Señor Taylor, supongo que sabrá que, aunque era de mediana edad y estupenda con los niños, la señora Doubtfire era un hombre disfrazado, ¿no? Un personaje de ficción creado en Hollywood.

–Claro que lo sé –la risa desapareció como por ensalmo, pero no así la reacción que esa risa había provocado en Sophia–. Creo que he dejado bien claro lo que quiero. Si no tiene entre sus chicas a alguien que reúna las condiciones que exijo, entonces su agencia es un engaño…

–¡Señor Taylor!

–Y estoy pensando seriamente en buscar otra agencia. O buscar a una niñera por mi cuenta.

–Un momento –dijo Sophia–. Cancelar el contrato me parece un poco extremo, ¿no cree?

–No, no lo creo. Ha tenido tres oportunidades para encontrar una niñera que obtuviera mi aprobación y ha fracasado en las tres ocasiones.

Desde luego, aquel hombre no tenía ningún problema para ser franco. O grosero.

Y ella no había tenido un problema parecido desde que abrió su agencia. Nadie le había dicho nunca que fuera un engaño. Al contrario, la revista Delaware Today había dicho de La Niñera en Casa que era «la mejor agencia de cuidados infantiles de la ciudad de Wilmington» durante dos años seguidos.

–Lo que usted parece no entender, señor Taylor, es que cuando las mujeres llegan a esa edad en la que pueden ser madres, normalmente no se dedican a cuidar de los hijos de otras personas. Y cuando son abuelas, en general están jubiladas y no les apetece seguir trabajando. Lo que quieren es irse de vacaciones a la costa…

–Eso no es problema mío.

–Mire, señor Taylor, sólo tengo dos mujeres por encima de los veinticinco años. Y las dos están colocadas en dos casas de Wilmington. Lo lamento, pero no están disponibles.

Taylor miró a la niña, que dormía entre sus brazos, y luego miró a Sophia.

–¿Está diciéndome que voy a seguir siendo un cliente insatisfecho?

–Yo pretendo que sea usted un cliente muy satisfecho, señor Taylor. Aunque tenga que ser yo misma quien cuide de su hija.

Él arqueó una ceja.

–No me parece mala idea.

Sophia sólo había dicho eso para asegurarle su honestidad y su deseo de complacerlo. Aparentemente, él lo había tomado de otra forma.

–Señor Taylor…

–Usted debe tener más de veinticinco años –la interrumpió él, acariciando la mantita de la niña–. Y el hecho de que éste sea su propio negocio indica que es usted una mujer inteligente y con sentido común. Dos características importantes en la persona que debe cuidar de mi hija.

–Pero oiga…

–Si aceptara usted pasar dos semanas en mi casa, conociendo a Hailey, conociéndome a mí y la situación en la que me encuentro, le sería mucho más fácil encontrar una niñera que me pareciese satisfactoria.

Sophia lo miró, atónita. Entendía su problema, siendo padre soltero y todo lo demás, pero ella no podía hacer eso, no podía ponerse a trabajar como niñera. Ella tenía que llevar un negocio.

Desde luego, tenía entrenamiento en cuidados infantiles, de modo que era perfectamente capaz de…

–Normalmente entiendo el silencio como una negativa –siguió él, estudiándola intensamente–. ¿Debo pensar que está diciendo que no? ¿Debo pensar que el lema de su agencia: «Ningún cliente quedará insatisfecho» es sencillamente una frase vacía? Si ése es el caso, entonces no me queda más remedio que cancelar el contrato a partir de este mismo instante.

–Espere. Yo no he dicho eso. Tampoco estoy diciendo que vaya a hacerlo, claro. Pero… lo pensaré. Intentaré encontrar una solución para usted, señor Taylor.

¿Qué iba a pensar? Podía hacer su trabajo por teléfono. Y su ayudante, Karen, le había estado pidiendo… no, suplicando que le diese tareas de más responsabilidad.

–Espero que piense con rapidez –insistió él–. Porque no tengo todo el día. De hecho, tengo que estar en la oficina en cuarenta y cinco minutos.

Sophia apretó los dientes. Aquel hombre sólo pensaba en sí mismo. ¿Y su negocio? ¿Y la gente que dependía de ella?

Pero, ¿qué podía hacer para contentar a Michael Taylor? Todo el mundo sabía que un cliente insatisfecho era la peor publicidad para un negocio…

Satisfacer a Michael Taylor significaba mantener su reputación intacta y eso era muy importante para ella. Sophia se enorgullecía de que ningún cliente hubiera tenido un solo problema con su agencia desde que la abrió. En fin, había habido alguna contrariedad de vez en cuando, pero nunca una queja formal, nada que ella no pudiera solucionar.

Y se negaba a que aquel hombre se cargara todo eso de un plumazo.

–Muy bien, lo haré –dijo por fin–. Si me permite solucionar unos cuantos detalles de última hora, estaré en su casa en cuarenta y cinco minutos.

–Estupendo. Menos de cuarenta y cinco minutos, en realidad. Ya le he dicho que tengo que ir a la oficina –contestó Michael Taylor, abriendo la puerta.

–Un momento –dijo ella entonces–. ¿Por qué no me deja a Hailey y se va a trabajar? Si me deja la sillita de seguridad la instalaré en mi coche. De ese modo no llegará tarde a trabajar y yo podré tomarme mi tiempo para dejarlo todo solucionado en el despacho.

A Sophia le parecía un plan estupendo pero, evidentemente, él no pensaba lo mismo.

–No, lo siento. Tenemos que hablar sobre las reglas y sobre el horario de Hailey. Las reglas están en mi casa, impresas. Además, me sentiría más cómodo si pudiera enseñarle dónde está todo. ¿Tiene mi dirección?

–Sí, por supuesto –suspiró ella–. Un momento, le acompaño a la puerta.

–Muy bien.

Cuando llegaron a recepción, vio a Lily hablando con Karen, que aún tenía el pelo mojado por la infausta ducha.

Michael Taylor estaba de espaldas a ella, con una camisa de rayas que acentuaba sus anchos hombros y unos pantalones azul marino que no podían disimular un apretado y muy masculino trasero. Cuando se detuvo, ella levantó la cabeza para mirar lo que debía mirar… su cara.

–Nos vemos en media hora, señorita Stanton.

Y después de decir eso, desapareció.

Ella siguió mirándolo mientras salía de la agencia hasta que abrió la puerta del coche para colocar a Hailey en su sillita. Luego parpadeó para ponerse en acción. Tendría que darse prisa si quería solucionar todo lo que tenía que solucionar: una corta charla con Lily, darle instrucciones a Karen, un par de llamadas de teléfono, una rápida visita al lavabo y podría irse.

–Lily dice que la ha despedido –le informó Karen.

–Ha sido una injusticia –protestó la niñera.

–¿A quién vas a mandar esta vez, Sophia? ¿Nos queda alguien que no le tenga miedo a La Bestia?

–Desde luego que sí –contestó ella, sin dejar de mirar a Michael Taylor.

El sol de la mañana hacía brillar su pelo rubio oscuro y sus movimientos mientras colocaba a Hailey en la sillita y subía al coche eran muy masculinos…

Por qué estaba allí, perdiendo el tiempo, era algo que no sabría explicar; pero había algo en aquel hombre que hacía difícil apartar los ojos de él.

–¿Quién?

Sin prestar atención a la pregunta de su ayudante, Sophia se volvió hacia Lily.

–¿Qué ha pasado esta mañana? ¿Cómo has conseguido que te despidiera en sólo tres días?

Lily levantó la barbilla, orgullosa.

–Yo no he hecho nada.

–Pues el señor Taylor dice que te has metido en la ducha tarde, que no has seguido las reglas…

–Esto no tiene nada que ver con sus preciosas reglas –replicó la niñera–. Ha sido por la tontería del albornoz. Esta mañana no me lo he puesto.

–¿Tiene una regla sobre llevar albornoz? –preguntó Karen–. Ésa es nueva, ¿no?

–La añadió el segundo día. Tiene reglas para todo –se quejó Lily–. Reglas para la hora de comer de su hija, para la hora de dormir. Qué música debe sonar en la casa, qué libros hay que leer y cuándo. Hay páginas y páginas llenas de reglas y cada día añade alguna más.

Sophia había oído todo eso antes y seguía perpleja.

–Y las que se refieren a la forma de vestir son las peores. Me daban ganas de mandarle a la porra, pero te aseguro que me he controlado, Sophia. Y aunque me ha costado el puesto, me niego a decir que he hecho algo mal porque no es así. Sencillamente, estaba siendo yo misma.

Sophia se cruzó de brazos.

–¿Y qué significa eso exactamente?

Lily dejó escapar un suspiro.

–La niña había estado despierta casi toda la noche y cuando por fin se durmió, a las siete de la mañana, decidí darme una ducha para sentirme humana otra vez. Estaba agotada y se me olvidó el albornoz. ¿Por qué importa tanto si mi habitación está enfrente del cuarto de baño?

–Muy bien, ya está claro que no llevabas albornoz. ¿Qué llevabas entonces?

Lily no contestó.

–¿Llevabas una de esas braguitas de Woman’s Secret?

Sophia la miró, boquiabierta.

–¡Lily! ¿Cómo has podido? Tú sabías que Michael Taylor quiere que las niñeras vayan tapadas de la cabeza a los pies. ¿Por qué te has paseado por la casa en bragas?

Lily la miró, con una mezcla de indignación y rabia.

–No estaba paseándome por la casa, estaba entrando en el cuarto de baño. Además, no iba en bragas, llevaba un camisón… un poco corto –contestó. Luego hizo una pausa–. Aunque él ni se fijó siquiera. Ese hombre tiene hielo en las venas.

Sólo una chica de diecinueve años se sentiría ofendida porque su jefe no se había fijado en su camisón.

–O sea, que lo hiciste a propósito.

–¡Claro que no! Ya te he dicho que había estado de pie la mitad de la noche intentando dormir a Hailey. Estaba agotada. Y lo que me ponga para dormir es asunto mío.

Sophia se llevó una mano a la sien.

–No entiendo nada. Que te haya pillado en camisón no es razón para que te despida.

–Es que… no era la primera vez –le confesó Lily entonces–. Ni la segunda.

Karen soltó una risita, pero Sophia la silenció fulminándola con la mirada.

–Lo que estás diciendo es que tenía razón para incluir la regla de ponerse un albornoz. ¿Te das cuenta? Bueno, da igual, no tengo tiempo para esto. Lily, si no puedes tener en consideración a la gente que te contrata, quizá no deberías formar parte de esta agencia.

–¡Pero necesito este trabajo!

–Lo sé. Por eso no voy a despedirte yo también. Pero estás a prueba a partir de ahora. Si me demuestras que has aprendido de la experiencia…

–Sí, seguro. Ahora tendrá que comprarse un pijama de franela –rió Karen.