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Lacy Rivers no podía seguir haciendo caso omiso de su reloj biológico. Quizás hubiera renunciado al matrimonio, pero la maternidad era su destino. Así que decidió acercarse al que siempre le había parecido el hombre perfecto, aunque esta vez como posible padre de su hijo. Pero Dane Buchanan tenía un secreto trágico que Lacy no sabía ni podía imaginar... Habían pasado veinte años desde su primer encuentro con la seductora Lacy Rivers. En ese tiempo, Dane había aprendido que la paternidad podía representar la tristeza más devastadora, pero también una alegría indescriptible. ¿Estaría dispuesto a arriesgarse para ser feliz?
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Donna Fasano
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tormentas de verano, n.º 1216- junio 2020
Título original: Who Will Father My Baby?
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-178-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
PERO qué les pasa a los hombres con su esperma? —Lacy Rivers ordenaba su correo, pero estaba tan distraída que cumplía con aquel ritual matutino por pura inercia—. Si les sugieres una noche loca, saltan sobre ti sin pensárselo dos veces. Pero si se te ocurre mencionar la palabra «hijos», se comportan como si sus fluidos corporales fueran más preciosos que el oro puro —por el rabillo del ojo, Lacy vio la mueca de Sharon, su asistente y amiga—. Perdona —murmuró al darse cuenta de que sus palabras habían sido demasiado crudas hasta para lo que era habitual en ella—. No quería hacerte sentir incómoda.
Sabía que, a menudo, su costumbre de llamar a las cosas por su nombre hacía que las personas que la rodeaban, incluso las que mejor la conocían, se sintieran incómodas. Sin embargo, no pudo evitar añadir por lo bajo:
—Pero es la pura verdad, maldita sea.
Sharon, que siempre se recobraba con rapidez de las salidas de su jefa, sonrió con ironía.
—Con las cosas que dices, cualquiera diría que saltan sobre ti con mucha frecuencia —arqueó una de sus finas cejas—. Y tú y yo sabemos que eso no es verdad.
—Chist —Lacy se llevó el dedo índice a los labios—. No vayas diciendo por ahí que soy una buena chica, justo ahora que intento conseguir un hombre, el que sea, para que me haga un hijo.
Las dos mujeres rieron suavemente, pero, a decir verdad, a Lacy no le hacía ninguna gracia su situación.
Frustración. Eso era lo que sentía aquella mañana. El desaliento amortiguaba casi, solo casi, el eco siempre presente que la perseguía: una angustia que le salía del fondo del alma.
Lacy quería un hijo. Necesitaba tener un hijo. Y sabía que, con treinta y ocho años, se le estaba acabando el tiempo. El tictac de su reloj biológico sonaba más fuerte cada día que pasaba.
—Me parece que el nubarrón que tienes encima esta mañana —mientras hablaba, Sharon se acercó a una mesa de roble y comenzó a ordenar los contratos que Lacy le había dejado para archivar—, significa que tu cita de anoche con el señor Fitzgerald no salió bien.
Lacy dejó escapar un gruñido de disgusto; el correo que tiró encima del escritorio se desparramó por la amplia superficie de cristal.
—El tipo reaccionó como si le hubiera pedido su brazo derecho —se pasó los dedos por el pelo corto—. Y eso que le ofrecí un contrato blindado por el que me comprometía a no pedirle ayuda económica. Tengo más que suficiente para darle a mi niño o a mi niña todo lo que necesite.
Sharon ladeó la cabeza.
—Eres una mujer de negocios fantástica. Por eso Lacy Webs tiene tanto éxito. Antes de crear una página en Internet para un cliente, te aseguras de que todo esté sellado y firmado. Pero no puedes hacer contratos con los asuntos del corazón.
—Esto no es un asunto del corazón —dijo Lacy y se rio por lo bajo—. Es un asunto de riñones.
—Eres increíble —rio Sharon, meneando la cabeza mientras volvía al archivador.
Lacy se quedó pensando. Había organizado la búsqueda de un padre para su hijo igual que sus negocios: de manera lógica y racional. Había hecho una lista de candidatos y le había presentado a cada uno de ellos un plan sensato. Pero, en los últimos meses, había aprendido que, cuando se trataba de donar su esperma, los hombres no se comportaban de manera lógica ni racional.
Por supuesto, más de uno le había sugerido que acudiera a un banco de semen, pero no se veía haciéndolo. Le parecía muy frío. Por no mencionar las historias horrorosas que había leído en los periódicos sobre mujeres fecundadas por error con esperma equivocado. No, gracias.
—Quizá deberías pensar en volver a casarte —sugirió Sharon—. Los maridos suelen estar más abiertos a la paternidad que los tipos solteros, ya lo sabes.
—Ya he probado el «hasta que la muerte nos separe», y no tengo ninguna fe en las relaciones de pareja —aquella afirmación, y el sentimiento de derrota que conllevaba, convirtió la voz de Lacy en un hosco susurro.
Pobre Richard. Su matrimonio, que había durado dos años, no había tenido ninguna oportunidad desde el principio, porque Lacy, en silencio pero de forma constante, no había dejado de comparar a su marido con el hombre más perfecto sobre la faz de la tierra…
Dane Buchanan.
Eso era un hombre. Inteligente. Divertido. Interesante. Deportista. Compasivo. Completamente fascinante. Y, además, endiabladamente guapo.
Lacy sintió un escalofrío de euforia al recordar la química que había entre Dane y ella durante sus años en la universidad, cuando ella era una novata y él un alumno veterano.
Seguramente, si Dane supiese lo que la atormentaba… si supiese que su instinto maternal era como un tornillo que horadaba implacablemente su corazón… él comprendería. Se compadecería de ella. La ayudaría.
Si cerraba los ojos, recordaba fácilmente la electricidad que sentía cuando Dane la tocaba. Cuando la había besado. Incluso en ese instante, sentada a su escritorio, de solo pensar en él se le erizó la piel y el corazón comenzó a latirle más fuerte.
Durante aquellos años, su recuerdo le había venido a menudo a la cabeza. Pero últimamente se sorprendía pensando en él por el día… y soñando con él por la noche. Esas visiones nocturnas eran más sensuales, más eróticas cada vez que cerraba los ojos…
El golpe del cajón del archivador la sacó de sus pensamientos.
—No te preocupes —dijo Sharon, que, con la mano en el picaporte, se disponía a salir del despacho de Lacy—. Ahí fuera hay un hombre esperándote… El hombre perfecto para ti —cerró la puerta tras ella.
Lacy se quedó boquiabierta y con los ojos como platos. La había dejado perpleja la coincidencia de las palabras de Sharon con sus propios pensamientos.
¿Coincidencia? Parpadeó. Aquello no era una coincidencia. Era una señal. Una señal del destino. ¿No acababa de pensar que Dane la ayudaría si supiera el apuro en que se encontraba?
En las últimas semanas, su subconsciente había estado mandándole mensajes velados en forma de pensamientos y sueños eróticos sobre aquel hombre. ¿Por qué no se había dado cuenta? ¿Por qué no había comprendido lo que aquello significaba?
Se volvió inmediatamente hacia el ordenador, maniobró con el ratón y se metió en Internet. Debía de haber algún modo de encontrar a Dane Buchanan. Tenía que haberlo.
La esperanza reavivó en su interior una especie de optimismo gozoso, una alegre ansiedad que hacía muchos meses que no sentía.
UNA hora de atasco en la ciudad. Lacy gruñó y encendió el aire acondicionado del coche. Agosto era un mes infernal en Virginia. No era el calor, sino la humedad, lo que hacía que uno se sintiera marchito como una flor cortada.
Debía haber pensado que no convenía salir de la ciudad un viernes por la tarde. Debía haber esperado hasta el sábado por la mañana, cuando las carreteras estarían vacías. Pero estaba demasiado impaciente por emprender su viaje como para esperar ni un solo minuto más.
Solo habían pasado dos días desde que había unido el recuerdo de Dane Buchanan y su deseo de tener un hijo. En ese tiempo, había logrado encontrar algunos datos sueltos y una dirección. Pero eso había bastado para ponerla en camino.
Le resultaba difícil de creer que su encuentro con Dane hubiera tenido lugar hacía casi veinte años. «¿Encuentro?», preguntó una tímida vocecilla en su cabeza. Había sido una cita. Una cita en toda regla, culminada con un beso. Un beso, recordaba Lacy, que casi había derretido las suelas de los zuecos que solía llevar en esa época.
Sin embargo, los acontecimientos que siguieron a su única noche juntos fueron decepcionantes. Dane nunca volvió a llamarla. Nunca le pidió que salieran otra vez, aunque ella se lo había sugerido claramente. Y, cuando lo había vuelto a ver en el campus, normalmente en la biblioteca, había sido ella quien le había hablado. Si ella no se le hubiera acercado, seguramente Dane se habría conformado con saludarla con la cabeza. Por fin, Lacy había tenido que afrontar la realidad: Dane Buchanan no estaba interesado en ella.
Pero aquel beso… ¿Cómo podía no haberlo afectado igual que a ella? Lacy suspiró y echó un vistazo al mapa desdoblado en el asiento de al lado. Aún tenía un largo camino por delante.
Descubrir que Dane todavía vivía en el estado había sido una sorpresa. Lacy le había explicado a Sharon que Dane era tan inteligente que podía haberse convertido en un as de los negocios en cualquier parte del mundo. Si no le fallaba la memoria, se había especializado en ciencias. Era fácil imaginárselo explorando la selva del Amazonas, en busca de una cura para el cáncer. O recluido en un laboratorio, inventando una nueva droga sintética para los enfermos de Alzheimer.
Las historias sobre él se extendían entre las estudiantes como fuego de pólvora. Lacy había sentido una terrible curiosidad. Y era tan temeraria como solo podía serlo una novata. Su descaro la había llevado a pedirle que salieran a tomar un café… oferta que él, sorprendentemente, aceptó. Hablaron durante horas, mientras sus cafés se quedaban helados.
Así fue como Lacy descubrió que Dane Buchanan había conseguido una beca para estudiar en una de las universidades más prestigiosas del país y que, sin embargo, eligió la Universidad de Richmond para estar más cerca de su padre enfermo. Era, además, el delegado de la clase de último curso y había sido elegido mejor jugador del equipo de fútbol. Su atractivo físico y sus proezas en el campo de deportes despertaron el interés de una agencia de modelos de Nueva York, pero Dane rechazó su oferta de trabajo. Sencillamente, no se veía a sí mismo sonriendo a una cámara por dinero. Lacy esbozó una sonrisa al recordarlo.
En esa única noche que había pasado con Dane en aquel café, había llegado a la conclusión de que cualquier chica podía fácilmente perder el corazón por él. Dane era todo lo que una chica podía desear. Era inteligente. Era bueno. Era endiabladamente guapo. Y, cuando se dieron el beso de despedida, Lacy pensó que iba a derretirse.
Poco después del beso, Dane desapareció misteriosamente del campus durante casi dos semanas. Y cuando regresó, fue como si el beso no hubiera ocurrido nunca.
Sí, se vieron a veces en la biblioteca. Dane siempre era amable, pero, al mismo tiempo, nunca buscaba el contacto, por muy evidente que fuera el deseo de Lacy de que volvieran a salir.
Después, un semanario se hizo eco de los éxitos de Dane. El periodista lo llamaba «El Hombre Perfecto», y a Lacy le pareció muy bien. Pensó en pedirle otra cita, pero los exámenes finales se le echaron encima y nunca encontró la ocasión. Él se graduó. Dejó la universidad. Y Lacy nunca volvió a verlo. Fin de la historia.
Seguramente estaría casado, le había dicho Sharon, y Lacy tuvo que darle la razón. Seguramente. Y su mujer habría participado en el concurso de Miss América y le habría dado un montón de preciosos chiquillos.
Pero algo dentro de ella la había impulsado a salir en hora punta un viernes por la tarde para internarse en la Virginia rural y buscar a aquel hombre. Quizá, solo quizá, Dane Buchanan haría honor a su título de hombre perfecto y se convertiría en el padre perfecto para su hijo.
—Vámonos a cenar al pueblo.
Dane Buchanan miró primero el cielo pizarroso y luego la cara barbuda de su suegro.
—Parece que va a llover, Alva. El hombre del tiempo ha dicho que va a haber tormenta. Deberíamos quedarnos para vigilar al ganado. Además, tengo dos chuletones en la nevera.
—Bah, los viernes siempre cenamos lo mismo —se quejó el viejo mientras cerraba la puerta del establo—. Un poco de lluvia no hace daño. Venga, vámonos. Hay que vivir un poco. ¿No te apetece un buen plato de la lasaña de Lottie? Esta noche me apetece comida italiana.
Dane meneó la cabeza y reprimió una sonrisa. Sospechaba que las ganas de pasta de Alva no tenían que ver con la lasaña, sino con su deseo de que Dane y Lottie «se hicieran compañía». Su suegro se sorprendería si supiera que Dane había descubierto su plan. Antes de Lottie, lo había intentado con Cindy, de la oficina de correos; y antes de Cindy, con Lorraine, la organista de la iglesia metodista. Estaba claro que Alva pensaba que Dane ya llevaba demasiado tiempo viudo.
Era curioso, pensó Dane, que el padre de la mujer con la que se había casado, la mujer que había muerto tan trágicamente por su culpa, hiciera lo posible por ponerle a otras mujeres en el camino.
—El orégano me sienta mal —le dijo a Alva—. Y a ti también. Y Lottie lo usa a mansalva, ya lo sabes.
—Podemos decirle que nos haga unas hamburguesas —Alva le dio un codazo—. Creo que le gustas.
Dane meneó la cabeza.
—Prefiero mi chuletón con una patata asada. Y, además, tengo flan de chocolate de postre —saltó de la empalizada y se alisó los rizos de la nuca; sabía que su suegro no podía resistirse a su postre favorito—. Pero vete tú al pueblo, si quieres.
—No, qué va —dijo Alva—. El chuletón está bien —sonrió y le brillaron los ojillos—. No sabía que habías hecho flan. Voy corriendo a casa para darme una ducha. Dentro de media hora estaré en tu casa, así que date prisa y enciende la barbacoa.
Los dos hombres se giraron al oír ruido de neumáticos sobre la grava.
—No sabía que esperabas visita.
Dane frunció el ceño al ver el coche deportivo de color rojo brillante.
—No. ¿Y tú?
Era una pregunta tonta, desde luego. Trabajaban mano a mano todo el día. No tenían secretos. Si Alva iba a tener visita, Dane lo sabía, y viceversa.
El coche se detuvo frente a la entrada de ladrillo del rancho, a unos cincuenta metros de donde los dos hombres estaban de pie junto a la puerta del establo. De él salió una mujer que fue directa hacia la casa. El sol hacía brillar su pelo corto y rubio.
Alva silbó por lo bajo, aunque desde aquella distancia la mujer no podía oírlo.
—¡Qué pequeño bombón!
«Bombón» era una descripción precisa. ¿Pero «pequeño»? Dane estuvo a punto de reírse. El cuerpo de aquella mujer tenía más curvas que una carretera comarcal y parecía invitar a reptar por sus suaves colinas y valles. Y era alta. Sus piernas, kilométricas y bronceadas, acababan en una caderas muy sexys. De pronto, el aire de agosto se puso tan caliente que Dane pensó que le abrasaría los pulmones…
—Parece que te has quedado mudo… —Alva se rio por lo bajo y le dio a Dane otro codazo, sacándolo de una especie de extraño hechizo hipnótico.
—Debe de ir vendiendo algo —gruñó Dane, intentando ocultar la incomodidad que le producía ser el blanco de las bromas de Alva—. Seguramente querrá que le compre una enciclopedia o que me suscriba a una revista o a un seguro de vida.
—Bueno, muchacho —dijo Alva—, será mejor que te ocupes del asunto. Yo voy a darme una ducha y a ponerme ropa limpia.
El comentario de su suegro hizo que Dane se diera cuenta de que llevaba los pantalones sucios y que todo él estaba cubierto de polvo. Le pareció increíble que, de pronto, algo tan trivial le hiciera sentirse tan incómodo. Llevaba trabajando todo el día. La mugre y el sudor formaban parte del negocio ganadero. No podía hacerse nada al respecto.
La mujer había llegado al porche y se disponía a llamar a la puerta. Dane dio un paso hacia la casa.
—Te veré dentro de… —se interrumpió al ver que Alva ya había doblado la esquina del establo para tomar el camino a su cabaña, la cual se levantaba sobre la colina.
A grandes zancadas, Dane cruzó en un santiamén la explanada de hierba que lo separaba del porche. Se echó hacia atrás el sombrero y preguntó:
—¿Puedo ayudarla?
Ella se giró sobre los puntiagudos tacones de sus sandalias.
—Hola —dijo.
Su sonrisa brilló como el sol de verano, en directa contradicción con las nubes de acero que empezaban a arracimarse sobre sus cabezas. Dane tuvo la extraña sensación de que la conocía.
—Estoy buscando a… —el resto de la frase se desvaneció cuando, al reconocerlo, brillaron sus grandes ojos azules—. ¿Dane? ¿Dane Buchanan?
Dane sintió que se le aceleraba el corazón y quiso atribuirlo al trabajo o al calor del día de verano.
—No me recuerdas, ¿verdad?
Su voz tenía una cualidad cantarina que despertó los recuerdos de Dane… espléndidos recuerdos que yacían enterrados desde hacía muchos años.
El esmalte rosa pálido de sus largas uñas resaltó sobre el azul celeste de la blusa cuando ella se llevó la mano al pecho.
—Soy yo. Lacy.
Lacy Rivers. Involuntariamente, Dane esbozó una sonrisa.
Los años la habían cambiado. La habían rellenado en los sitios adecuados. Se había cortado aquel glorioso pelo. Tenía un aspecto elegante. Profesional. Con un toque sensual que volvería loco a cualquier hombre. Mucho más sofisticada que la descarada jovencita que él recordaba.
La descarada y fresca muchacha que, hacía muchos años, había estado a punto de desbaratar sus planes.
Aquella idea sacudió su cerebro y difuminó al mismo tiempo los cálidos recuerdos y la sonrisa de la cara de Dane.
—Lacy Rivers —continuó ella—. Por favor no me digas que te has olvidado de mí.
Él dio unos pasos despacio, intentando recobrarse de la impresión. Solo consiguió decir:
—¿Cómo iba a olvidarme?
Se quitó el sombrero con una mano y le tendió la otra. Ella se la estrechó con ambas manos y Dane no pudo decidir si el sudor que sentía en la frente era culpa del calor opresivo o de la abrasadora intensidad de la piel de Lacy sobre la suya. Deseaba con toda su alma que fuera culpa de la temperatura.
Las uñas de Lacy le arañaron ligeramente la muñeca y la palma de la mano callosa y algo dentro de él le hizo preguntarse cómo sería sentirlas en otras partes del cuerpo.
La idea lo turbó tanto que se sobresaltó y retiró la mano. Carraspeó y, tratando de ocultar su azoramiento, se golpeó el pecho con el puño.
—¿Estás bien? —la preocupación nubló los espléndidos ojos azules de Lacy.
—Sí, sí —dijo él, y dio un paso atrás. Tenía la necesidad imperiosa de poner un poco de distancia entre los dos. Así podría pensar, intentar poner sentido en los pensamientos extraños que habían invadido su mente.
—Hace calor aquí fuera. Necesito beber algo —un trago de whisky era lo que necesitaba para aplacar la rara impresión que lo sacudía. Abrió la puerta mosquitera y metió la llave en la cerradura—. ¿Puedo ofrecerte algo? Tengo limonada, té helado, cerveza…
—Una cerveza estaría muy bien —Lacy sujetó la puerta mosquitera.
Dane se giró para mirarla y ella estaba tan… cerca. El azul de sus ojos era asombroso. Su nariz era provocadora. El arco de su labio superior parecía decir su nombre… lo llamaba… Dane tragó saliva.
—Aquí hace calor, pero dentro es aún peor. Como estoy fuera trabajando todo el día, no dejo puesto el aire acondicionado. La casa tardará unos minutos en refrescarse.
—Ah —ella asintió—. En ese caso… —dio un paso atrás—, te esperaré a la sombra del porche.
—Ponte cómoda. Vuelvo enseguida.
