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Cuando regresó a su pueblo natal, las aspiraciones de Hannah eran muy simples: reunirse al fin con su hermana, a la que hacía años que no veía y, después, volver a su absorbente trabajo en Nueva York. Pero en cuanto puso el pie en su antiguo hogar, intuyó que iba a necesitar mucho más que eso. Y desde el momento en que sus ojos se cruzaron con los del increíblemente apuesto Adam Roth, supo que él era precisamente lo que estaba buscando. En cuanto conoció a Adam, Hannah comenzó a suspirar por una casa llena de felicidad, niños y amor. Pero después de descubrir cuáles eran sus más íntimas aspiraciones en los brazos de aquel hombre, ¿sería capaz de conquistar su corazón?
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Donna Fasano
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Deseos de boda, n.º 1482 - marzo 2021
Título original: Her Dream Come True
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-548-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
QUÉ quieres decir con eso de que tendré que ir a Little Haven yo sola?
Hannah Cavanaugh se quedó mirando a su madre, que estaba sentada detrás de su imponente escritorio de madera de teca, simulando estar enfrascada en varias tareas, con el solo propósito de desviar su atención del tema que las ocupaba. Por suerte o por desgracia, Hannah estaba acostumbrada a que reaccionara de esa forma.
–La verdad es que me resulta completamente imposible ausentarme de la ciudad –dijo Hillary Cavanaugh sin levantar siquiera la vista de su famosa lista en la que figuraban exclusivamente las personas más importantes de Nueva York–. No hace falta que te diga lo ocupada que estoy: con tantas entrevistas en televisión, fiestas, sesiones fotográficas y demás no puedo dejar a mis clientes solos, eso minaría su confianza en mí, ya sabes…
Cualquiera que la estuviese viendo se hubiera quedado conmovido ante la expresión de sincero sacrificio con que Hillary dijo aquellas palabras; sin embargo, su hija sabía que era sólo el producto de una muy bien ensayada técnica.
–No puedo: en este negocio no existe la temporada baja –concluyó su madre con firmeza.
¿Cuántas veces había oído Hannah esa frase? Durante años, su madre había usado aquella misma excusa cientos de veces para evitar estar presente en los momentos más importantes de la vida de la joven.
«Olvídalo», se dijo Hannah a sí misma con firmeza: «Mamá ha trabajado muy duro; es cierto que se preocupa de sus clientes, pero también tú le importas, y todo lo que ha hecho ha sido sólo por tu bien… A fin de cuentas, ella fue la que quiso quedarse contigo, no lo olvides».
Las dos mujeres estuvieron en silencio un largo instante durante el cual Hannah consiguió reprimir el suspiro que le atenazaba la garganta.
–Pero, mamá –insistió al fin–, tu marido ha muerto. ¿No crees que deberías ir al menos para demostrarle tu respeto?
–Mi ex marido, no lo olvides –replicó Hillary–. Te recuerdo además que ninguna de las dos lo hemos visto en veinticinco años. Además, ya hace más de un mes que murió; ya habrán acabado con el funeral y todo lo demás… a no ser que esos pueblerinos celebren alguna especie de sórdido ritual funerario que dure semanas, lo que, sabiendo cómo son, tampoco me extrañaría, la verdad –añadió irónicamente.
Aquel tono frío y altanero de su madre le revolvía las tripas. A veces daba la impresión de que se consideraba muy superior al resto de la humanidad, y no le dolían prendas a la hora de criticar o zaherir a los demás.
–De verdad, mamá, sigo opinando que sería mejor que fueras…
Su madre le dirigió una mirada tan fulminante como un rayo láser.
–No pienso marcharme de la ciudad: tengo un negocio que atender– repitió obstinadamente con una fría sonrisa–. No creo que te lleve mucho tiempo poner en orden los asuntos de tu padre. Antes de que te des cuenta estarás de regreso en el hospital luchando a brazo partido para conseguir ese ascenso por el que tanto has trabajado.
Hannah no pudo reprimir una sonrisa ante aquellas palabras. Normalmente su madre no ahorraba la ironía cuando se refería a su carrera, pero, por lo visto, y con el único fin de que hiciera lo que ella quería, había optado por dorarle la píldora.
Ya casi hecha a la idea de que tendría que hacer aquel viaje al sur, Hanna dijo:
–Sí, tendré que dejarlo todo solucionado en un tiempo récord. Ese ascenso es muy importante, así que sólo podré ausentarme, una semana… dos a lo sumo.
–No creo que te lleve ni la mitad de tiempo organizar la venta de la casa y los muebles –comentó Hillary–. Tendrás que buscar una casa de subastas, y seguro que hay buenas agencias inmobiliarias hasta en ese rincón dejado de la mano de Dios. Déjalo todo en sus manos, ya nos avisarán cuando encuentren un comprador.
Hannah se quedó repentinamente pensativa. Tenía una pregunta en la punta de la lengua, aunque le faltaba el valor necesario para plantear aquel tema tabú durante tantos años. A decir verdad, en todos aquellos años, sólo habían hablado al respecto dos veces: la primera Hannah tenía diez años, si no recordaba mal, y su madre se había limitado a fingir que no había oído lo que ella le había preguntado. La segunda vez su pregunta había desembocado en una terrible discusión en la que madre e hija se habían lanzado acusaciones tremendas, y que hizo que se tambalearan como nunca los siempre frágiles cimientos de su relación. Tan grave había sido la cosa, que le quedaban muy pocas ganas de repetir la experiencia. Haciendo acopio de todo su valor, se irguió cuan alta era, sabiendo que no tenía más opción que plantear aquella dramática cuestión:
–¿Y qué hay de Tammy?
Su madre reaccionó haciendo una mueca de contrariedad apenas perceptible. Durante la larga pausa que siguió a sus palabras, Hannah intuyó que estaba sometiéndose a un terrible ejercicio de autocontrol para no estallar.
–Tendrás que averiguar dónde está –respondió al fin sin mirarla a los ojos–. Pregunta en los centros estatales de acogida de los alrededores; deberás asegurarte de que su parte de la herencia cubre los gastos. Supongo que estará internada en una institución de ese tipo, ya que tu padre era incapaz de mantener un trabajo más de un mes seguido.
Tu padre… Un estremecimiento le recorrió a Hannah la espina dorsal. Hillary casi nunca se refería así a su ex marido. En las raras ocasiones en las que lo mencionaba, siempre lo hacía por su nombre completo. Incluso ése había sido el modo de nombrarlo cuando le había dado la fatal noticia:
–Bobby Ray Cavanaugh ha muerto –le había dicho.
¿Qué es lo que había sentido al enterarse del fallecimiento de aquel padre, casi desconocido? Hannah era incapaz de contestarse aquella pregunta, ya que ni siquiera se había permitido mostrar la mínima reacción ante la noticia. Enterró aquel hecho en lo más profundo de su mente, sabiendo que era completamente inútil cualquier demostración de emoción delante de su madre. A Hillary no sólo no le gustaba el sentimentalismo, sino que, además, era muy capaz de usarlo en contra de la persona que incurriera en el error de confiarse a ella. Dejando a un lado sus sentimientos, Hannah se centró en la tarea que tenía por delante.
–Lo mejor será que en cuanto vendas la finca crees un fondo para la chica.
¡La chica! Hannah contuvo a duras penas la furia que se le escapaba del pecho. Sólo con un gran esfuerzo consiguió mantenerse impasible.
Su madre no podía evitar ser tan fría, se dijo para disculparla ante sus ojos por milésima vez. El alejamiento total había sido su único medio para enfrentarse a una situación tan problemática. Sin embargo, la muerte de Bobby Ray implicaba que indiferencia y frialdad ya no iban a servir mucho más tiempo.
Recuerdos vagos de Tammy le vinieron a la mente y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo renacía dentro de ella… ¿entusiasmo?, ¿alegría? No era capaz de definirlo, aunque intuía que tenía que marcharse enseguida de aquel despacho, antes de que su madre empezara a bombardearla con órdenes más detalladas acerca de lo que hacer con Tammy.
–Está bien, iré a Little Haven –aceptó, dirigiéndose hacia la puerta–. Me haré cargo de todo, no te preocupes.
–De acuerdo… –asintió su madre apresuradamente, como si temiera que se fuera a arrepentir–. Si tienes algún problema, llámame.
Hannah se puso muy tensa al oír esas palabras, aunque procuró disimularlo. Cuando su madre le espetaba aquella frasecita, lo que en realidad le estaba trasmitiendo es que no quería que la molestara a no ser que ocurriera algo realmente grave.
Sin embargo, Hannah reconocía que, en cierto modo, estaba agradecida por la forma despegada en que su madre la había educado ya que, a fin de cuentas, eso la había convertido en una persona más independiente y segura de sí misma.
–Oye, Hannah, no me gustaría que… –empezó a decir su madre.
–Te repito que podré hacerme cargo de todo –la interrumpió la joven justo antes de salir del despacho. En el corto trayecto hasta los ascensores sintió que crecía como una llama en su interior la alegría recién descubierta ante la perspectiva del reencuentro con Tammy. Estaba deseando llegar a Little Haven y encontrarse con ella, y esperaba contar con el tiempo suficiente como para disfrutar de su compañía.
A buen seguro Hillary se molestaría enormemente si llegaba a adivinar lo que estaba pensando. Hannah estaba prácticamente segura de que su intención había sido prohibirle terminantemente cualquier encuentro con ella; aunque lo hubiese hecho, Hannah la hubiese desobedecido, ya que, muerto Bobby Ray, no había nadie que cuidara de Tammy.
Ocurriera lo que ocurriese, Hannah estaba deseando reencontrarse con su hermana y más que dispuesta a hacerse cargo de ella.
HANNAH condujo su coche por el camino de tierra que llevaba a su hogar de la infancia. La luz del sol estaba tamizada por la exuberante vegetación que, además, contribuía a refrescar un poco la sofocante y polvorienta atmósfera. Todo el nerviosismo que sentía se le acumulaba en el estómago, como si revoloteasen en su interior un millón de mariposas; sin embargo, aún contaba con la presencia de ánimo suficiente como para dominar aquella ansiedad.
Era incapaz de definir con una sola palabra las emociones contradictorias que se agolpaban en su corazón. Sus recuerdos de aquel rústico lugar, y de la casona al final del camino, eran confusos, apenas unas cuantas imágenes borrosas, como fotografías desenfocadas.
Cuando pensaba en Bobby Ray, su padre, vagas escenas de su infancia pasaban delante de sus ojos: recordaba a un hombre alto y gentil, que le sonreía con dulzura, y cuya expresión y voz eran tan cálidas como el sol en un brillante día de verano. Sin embargo, aunque se esforzara no podría recordar ni el tono exacto de aquella voz, ni los rasgos del rostro de su padre.
De niña lo había querido como a nadie en el mundo, pero ese amor había sido enterrado por el dolor y la angustia que había sentido cuando se vio obligada a separarse de él, a marcharse de Little Haven para siempre.
Meneó la cabeza con disgusto: no estaba dispuesta a caer en la autocompasión, y tampoco a dejar que la dominaran los tristes recuerdos del pasado. Para evitarlo, decidió concentrarse en las cosas que tenía que hacer durante su estancia en el pueblo.
«Pensaré en la casa», se dijo resueltamente, mientras el coche avanzaba a trompicones por el descuidado sendero.
Desterrando los pensamientos tristes, evocó la imagen de su primer hogar con una sonrisa: tal y como ella la recordaba, era como una enorme casa de muñecas, con un precioso porche en la parte delantera. Durante todos aquellos años apenas se había permitido recrearse en aquella imagen, pero siempre que lo había hecho la había invadido la misma calidez, idéntica alegría. Los recuerdos de los años pasados en aquella casa, junto a su padre, habían sido un refugio, un antídoto contra la soledad y la tristeza que tan a menudo la habían asaltado durante su adolescencia. En su corazón, la casa, firme y resplandeciente como una joya, había sido su faro…
Justo cuando acababa de formular aquel pensamiento, el camino se abrió a un claro del bosque y la casa apareció ante sus ojos. Con los ojos abiertos como platos por el impacto, Hannah ahogó un grito de sorpresa. Detuvo el coche y se quedó mirando lo que tenía delante, incapaz de dar crédito a sus ojos.
La hermosa mansión de su recuerdo no era más que un destartalado y mugriento edificio: la pintura se caía a trozos y las malas hierbas habían crecido tanto en el jardín que casi tapaban las sucias ventanas; para remate, uno de los lados del porche parecía a punto de irse abajo.
Abatida, Hannah se dejó caer contra el respaldo del asiento. Aparentemente, su padre no había hecho absolutamente nada en todos aquellos años para mantener la casa en buen estado. ¿Cómo había podido consentir semejante decadencia? Con un triste suspiro, se dijo que nunca podría saber la respuesta a aquella pregunta.
Por fin se decidió a salir del coche. Los hierbajos casi le llegaban a la rodilla. Cuando abrió la puerta de la casa salió a recibirla el gato más gordo que había visto en su vida.
–Hola, minino –dijo, pero cuando se agachó para acariciarlo, el animal escapó corriendo hacia el jardín. Hannah miró a su alrededor y por primera vez se dio cuenta de lo extraña que era su situación, en aquella decrépita casa victoriana que se levantaba en medio del bosque, donde, lo más lógico hubiera sido esperar que se alzara una cabaña de troncos o alguna de esas casas prefabricadas…
La sacó de su ensimismamiento el inconfundible sonido de alguien martilleando en algún lugar indeterminado. Aunque no había visto ningún otro edificio en varios kilómetros, supuso que debía de haber más casas en las cercanías, tan escondidas entre los árboles como la de su padre. Sin embargo, cuando aguzó el oído se dio cuenta de que aquel sonido procedía de un sitio mucho más cercano de lo que había pensado en un primer momento.
Rodeó la casa para investigar el origen de aquel ruido, que, sin embargo, cesó en cuanto llegó a la parte trasera. Confundida, miró a su alrededor, y, al levantar la vista, encontró la respuesta al enigma.
Había un hombre en el tejado. Estaba de espaldas, con el torso desnudo; bajo aquel brillante sol parecía la estatua de oro de algún dios antiguo. Apoyaba todo el peso en una rodilla flexionada, y mantenía el otro pie extendido; llevaba un mandil de carpintero del que iba sacando los clavos para reparar las maltrechas tablas de la techumbre. Cada uno de sus movimientos estaba dotado de una gracia y belleza como Hannah no había visto jamás. No pudo evitar fijarse en sus bien modelados glúteos que, debido a la forzada postura que el desconocido había adoptado para mantener el equilibrio, eran la parte más destacable de su anatomía en aquellos momentos. Como profesional de la medicina que era, sabía que lo que tenía delante de sus ojos no era más que un simple músculo… sin embargo, no podía por menos que reconocer que aquel «simple músculo» era el más bonito trasero masculino que había visto en toda su vida.
El hombre hizo un alto en su tarea para sacar un pañuelo del mandil, secarse el sudor y anudárselo en la frente. Hannah contempló aquella sencilla operación como hipnotizada, incapaz de desviar la vista de aquel perfil tan atractivo. Fue entonces cuando se fijó por primera vez en sus manos, que imaginó fuertes y rudas, debido al duro trabajo que realizaba con ellas. Inevitablemente se preguntó cómo sería la caricia de aquellos dedos callosos sobre una suave piel femenina. Aquella era una idea tan erótica, tan sensual, que se le llenó de saliva la boca; por más que lo intentara, era incapaz de desviar la vista.
Se preguntó de repente si su pecho sería tan perfecto como la espalda y el trasero, y el inconsciente deseo de averiguarlo la llevó a dar un paso hacia delante. Justo cuando iba a hacerlo se le enganchó el tacón en una rama, y no pudo evitar lanzar un grito de sorpresa. Cuando consiguió recuperar el equilibrio, levantó la vista aparentando toda la naturalidad de la que fue capaz y dando gracias a Dios porque aquel percance había evitado que él la sorprendiera espiándolo. El carpintero se había dado la vuelta y la estaba mirando.
–Hola –la saludó con una sonrisa que hizo que aparecieran dos atractivos hoyuelos en las comisuras, al tiempo que sus ojos brillaban cálida y amistosamente. Hannah se quedó literalmente con la mente en blanco ante aquella deslumbrante sonrisa. No sólo se le olvidaron por completo las razones por las que había ido a Little Haven, sino que, incluso, si alguien le hubiera preguntado algo tan sencillo como su nombre, no habría sido capaz de responder.
Por suerte, el desconocido no le preguntó nada más, guardó los bártulos en el mandil y bajó del tejado por la escalera que estaba apoyada en uno de los lados de la casa. Hannah aprovechó aquellos instantes para calmarse un tanto, y dominar el temblor de sus manos.
Estaba comportándose como una tonta, se reprochó. En su trabajo en el hospital veía cada día decenas de hombres desnudos, se recordó, pero, ¿por qué la simple vista de aquel torso desnudo provocaba semejante terremoto en sus sentidos?
No le dio tiempo a pensar la respuesta a semejante enigma pues, en un momento, el desconocido se plantó delante de ella. De cerca era todavía mucho más atractivo. Sus ojos eran de un color entre el azul y el gris, enmarcados por unas pestañas oscuras. Las cejas también eran negras, y su frente despejada, aunque surcada por unas finas arruguitas que le hicieron deducir a Hannah que el desconocido pasaba de los treinta y cinco. Pequeñas gotas de sudor, producto del duro trabajo en el tejado, perlaban su frente y relucían en su pelo y en la piel del cuello y el pecho. Aunque estaba muy moreno, destacaba la negra aureola de sus pezones.
Inconscientemente, Hannah se pasó la lengua por los labios resecos; parpadeando un par de veces, se obligó a levantar la cabeza para mirarlo a la cara. La chispa de humor que sorprendió en sus expresivos ojos le reveló que el hombre había adivinado lo que estaba pensando. Sin poderlo remediar, enrojeció hasta la raíz del pelo.
–Perdona un momento –dijo el joven, y pasando delante de ella se dirigió a la bomba de agua que había al lado del cobertizo. Mientras accionaba la palanca con una mano, con la otra se echaba el agua sobre el pecho, hombros y nuca; se lavó la cara y pasó los dedos por el pelo.
Como llevaba puestos los vaqueros y unas botas de trabajo, no se podía decir ni mucho menos que su aspecto fuera indecente, pero, aun así, Hannah se sintió como si fuera una especie de voyeur, contemplando un acto muy íntimo. Se imaginó que se colocaba a su lado, y que se ponía a manejar la palanca, acariciándolo al tiempo muy suave y sensualmente para lavarlo.
La fantasía no duró mas que una fracción de segundo, pero fue tan intensa que tuvo que menear la cabeza con fuerza y cerrar los ojos con determinación para disiparla.
–Está yendo demasiado lejos, chica –murmuró.
–¿Cómo dices?
El joven había dejado de bombear agua y se secaba con el pañuelo. Después se puso una camiseta que colgaba de un gancho en la pared del cobertizo.
Frenética, Hannah se puso a pensar en qué decir para que aquel hombre no pensara que se había vuelto completamente loca de golpe.
–Decía que hace un tiempo estupendo.
Los rayos del sol hacían relucir como pequeñas joyas las gotitas de agua de su pelo. Una de ellas, como una perla, resbaló por su oreja hasta quedar colgando del extremo del lóbulo un instante antes de caer sobre su hombro. Fascinada, Hannah contempló aquella trayectoria, incapaz de reaccionar hasta que hubo culminado.
Sólo entonces se dio cuenta de que el desconocido parecía estar disfrutando de su evidente confusión. En realidad, parecía esta pasándoselo muy bien a su costa, reparó incómoda.
Pero, ¿qué demonios le ocurría? Ella siempre se había considerado a sí misma una persona seria, responsable, poco dada a las tonterías y el coqueteo.
Sin embargo, la culpa de su turbación no era exclusivamente suya: si aquel hombre se decidiera a abrocharse la camisa y ocultar la piel de su pecho, quizá ella podría concentrarse en cosas más importantes como averiguar la identidad del intruso, preguntar qué estaba haciendo en casa de su padre, quién le había dado permiso para…
–¿Quién eres? –preguntó abruptamente–, ¿qué estás haciendo?
A Adam le costó un esfuerzo notable reprimir la carcajada que le subía por el pecho y la sonrisa que le bailaba en los labios. Evidentemente aquella mujer había optado por ponerse a la defensiva para disimular un tanto el evidente interés con que lo había mirado desde el primer momento. En un intento por controlarse, se tomó su tiempo para ponerse la camiseta.
A decir verdad, él también se había quedado bastante impresionado por la belleza de aquella rubia de enormes ojos verdes. La forma en que lo miraba hacía que sintiera la sangre correr por sus venas con nuevos bríos, y eso era algo que hacía mucho tiempo que no le pasaba.
Tras estirarse la camiseta y atusarse el pelo, decidió que ya podía contestarla sin que sus nervios lo traicionaran.
–Me llamo Adam –respondió–, Adam Roth. Y he venido para arreglar el tejado.
–Sí, eso me ha parecido. Pero, ¿por qué lo hacías?
–Pues porque había goteras –replicó el joven, evitando con aquella obviedad tener que dar más detalles.
La chica se quedó tan chasqueada ante aquella respuesta, que a Adam le costó redoblados esfuerzos contener la risa, y más ante sus evidentes problemas por mantener la mirada fija en su rostro. La verdad es que se sentía más que halagado por el interés que había suscitado en una mujer tan encantadora.
Sin embargo, su respuesta había provocado un chispazo de indignación en aquellos preciosos ojos verdes, con lo que, en opinión de Adam, estaba aún mucho más hermosa.
–Perdona, creo que no me he explicado bien –dijo muy tiesa–. Lo que quiero saber es quién te ha pedido que lo arreglaras.
¿A cuento de qué venía aquel interrogatorio? Adam no estaba dispuesto a dar explicaciones, y menos cuando se las pedían de aquella manera.
–Antes de contestar –dijo, apoyando el peso sobre una pierna y cruzándose de brazos–, me gustaría saber quién eres tú.
