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¿Qué ocultaba aquella mujer? Cuando la sofisticada Amy Edwards aceptó cuidar a aquellos gemelos de manera temporal, no esperaba disfrutar tanto de la compañía de los niños, ni enamorarse de su guapísimo y brillante tío. Pero sabía que si el doctor Pierce Kincaid descubría su secreto, no podría sentirse atraído por ella. ¿O sí? Pierce no podía resistirse a los encantos de la dulce Amy, y las tretas de sus sobrinos para unirlos no lo ayudaban nada. Pero cuando por fin se dejó llevar, fue Amy la que se echó atrás. Pierce sabía que ocultaba algo y estaba dispuesto a utilizar todos sus conocimientos científicos, y sus besos, para descubrir su misterio.
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Donna Fasano
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un trabajo temporal, n.º 1861 - agosto 2016
Título original: The Nanny’s Plan
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8705-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
AMY Edwards se había pasado toda su vida huyendo de las trampas. Había evitado las relaciones afectivas, el amor, el matrimonio y, sobre todo, los niños. Entonces, ¿por qué había aceptado ocuparse durante el verano del cuidado de dos gemelos de seis años?
La única respuesta posible que le venía a la cabeza era que había perdido el juicio por completo.
Sofocó una sonrisa privada mientras apagaba el motor del coche.
–¡Imagínate! –murmuró para sí, sacó la llave de contacto y abrió la puerta del coche–. La enajenación mental transitoria me ha convertido en una niñera temporal.
A causa de una infección del oído interno, el médico de la compañía aérea le había dado la baja durante un periodo de dos meses en su nuevo trabajo de azafata. En ese tiempo no había hecho otra cosa más que ver cómo crecía el maíz en los campos de Kansas mientras se curaba. Y la paga que le habían ofrecido había sido suculenta.
Pero… ocuparse del cuidado de unos niños.
Si se lo hubiera pedido cualquier otra persona distinta a su padre, habría rechazado la oferta de plano. Pero habría escalado hasta la cima del Everest sin más ayuda que sus propias manos por su padre. El Buen Señor sabía que se había sacrificado por ella a lo largo de toda su vida.
Sacó la maleta del coche y levantó la vista. La casa de piedra y estuco parecía salida de una revista de arquitectura. Los amplios jardines estaban muy cuidados y las flores exhibían un auténtico derroche de color. El agua azul verdosa de la Bahía de Delaware ofrecía un sereno telón de fondo al conjunto de la escena. Ni siquiera la idea de ocuparse de los críos podía frustrar la maravillosa perspectiva que prometía una estancia de ocho semanas en ese paraíso.
Sintió vértigo en la boca del estómago ante la urgencia de asomarse a la cala y contemplar la panorámica. Tendría que reprimir esos impulsos. El excesivo entusiasmo que le consumía por dentro desde que había escapado del Medio Oeste le haría parecer demasiado… provinciana. Poco refinada, en definitiva. Pero, hasta hacía algo menos de unas pocas semanas, nunca había visto una masa de agua más grande que el estanque donde la gente pescaba a las afueras de Lebo.
La Bahía de Delaware estaba ahí para que ella se regalara la vista con el espectáculo. Apartándose del camino que serpenteaba hasta la puerta principal de la casa, fue directa hacia el mar.
Escuchó las voces infantiles antes incluso de que descubriera a los chicos. Conjeturó enseguida que serían su tarea. Dos guisantes de una misma vaina. O, más bien, en una barca de remos. Se balanceaban sobre el agua cerca de la costa. Frunció el ceño y buscó con la mirada a la persona que, supuestamente, cuidaba de ellos. Los niños pequeños y las aguas profundas eran una combinación que, a su juicio, no funcionaba nada bien.
–¡Jeremiah! –llamó y levantó la mano en un saludó amistoso–. ¡Benjamin!
Cuando la madre de los chicos había volado hasta Kansas para reunirse con Amy, la mujer había dejado muy claro que Benjamin se llamaba Benjamin. No era Ben, ni Benny, sino Benjamin.
Los gemelos parecían sorprendidos ante la aparición de Amy. Sin embargo, devolvieron el saludo tímidamente. Comprendió entonces que uno de los niños había estado llorando.
Dejó la maleta sobre la hierba.
–¿Qué estáis haciendo ahí fuera, muchachos?
Era totalmente imposible diferenciarlos, así que no tenía la menor idea de cuál de los dos chicos había erguido la barbilla en un gesto desafiante.
–Vamos hacia el este. Vamos a cruzar el Océano Atlántico –sentenció con orgullo.
Amy pensó con rapidez. Reprimió un primer impulso para gritarles que regresaran a la costa de inmediato. Decidió que sería más inteligente ganarse su confianza y engatusarlos para que se pusieran a salvo.
–Yo no soy una experta en geografía –dijo con amabilidad–. Pero estoy bastante segura de que si os dirigís hacia el este, iréis directos a la costa de Nueva Jersey.
Los chicos parecieron sorprendidos ante la noticia.
Antes de que se recuperasen, Amy aprovechó su desconcierto.
–¿Qué os parece si volvéis a tierra firme y entramos en la casa? –propuso–. Así podréis mirar el Atlas y comprobar vuestra posición exacta.
El gemelo que tenía los ojos rojos se incorporó, notablemente impaciente ante esa sugerencia, y habló con firmeza.
–Sabemos dónde estamos.
El pánico enfrió el tono de Amy.
–¡Siéntate! Ahora mismo.
Una ola meció la barca y los gemelos abrieron los ojos de par en par con expresión de espanto. Uno de los remos se deslizó fuera de su argolla y el impulso lo alejó un par de metros de la barca.
–¡Ahora mismo voy!
Sin pensar en lo que hacía, Amy se quitó los zapatos de tacón alto y fue hacia ellos. Confió en que el agua no cubriera demasiado. La natación no era un problema en Kansas, donde vivían rodeados de granjas.
El agua de la bahía estaba fría, pese al cielo despejado y al sol que lucía en lo alto. Se le puso la piel de gallina cuando el agua llegó a la cintura y se estremeció. Tenía la barca al alcance de la mano cuando se dio cuenta de que los gemelos se habían sumido en un extraño silencio. Entonces escuchó una voz masculina a sus espaldas.
–Puede que esto ayude.
Se volvió justo en el momento en que cerraba la mano sobre la proa del bote.
La luz del sol doraba el pelo negro azabache del hombre y arrancaba destellos de la mirada más verde sobre la faz de la tierra. Los ángulos afilados de la cara lo hacían singularmente guapo. Un rostro deslumbrante.
Amy se quedó boquiabierta.
Entonces se dio cuenta, inexorablemente, de que el apuesto hombre que estaba junto a la orilla sostenía una cuerda en las manos. Siguió con la mirada el cabo húmedo sobre la superficie del agua y se sonrojó, avergonzada, cuando comprendió que el extremo de la cuerda estaba amarrado al bote.
–¡Jeremiah! –ordenó el hombre–. ¡Siéntate!
El chico obedeció. La barca se meció pese a la sujeción de Amy.
–No os mováis –dijo a los gemelos–. Voy a remolcaros.
Amy atisbó el remo con el rabillo del ojo. Avanzó lentamente hasta que rodeó con los dedos la superficie suave de la madera mojada y, en ese momento, cayó en la cuenta de que lo más probable era que el agua salada de la bahía hubiera arruinado por completo su vestido de seda. Tendría un aspecto lamentable cuando saliera del agua.
Confianza. Ante todo, debía adoptar un aire de gran seguridad en sí misma. Su instructor en la escuela de azafatas había sido inflexible en ese punto. La primera impresión era determinante. Si un pasajero sentía que estabas tranquila y tenías todo bajo control en cualquier situación, la batalla estaba prácticamente ganada.
Caminó pesadamente sobre la arena y la tela de su vestido se ciñó a sus muslos como si estuviera pegada a su piel.
El hombre había arrastrado la proa del bote hasta tierra firme y estaba ayudando a los gemelos a salir de la barca. Entonces, se volvió hacia ella.
–¿Eres Amy Edwards? ¿La niñera?
–Sí. Esa se supone que soy yo –avanzó hacia él con la mano tendida, pero notó a tiempo que tenía los dedos fríos y húmedos, así que retiró la mano a sus espaldas–. Y usted es el doctor Kincaid. El tío de los niños.
Amy hizo gala de su tono levemente engreído, que tanto había practicado, de modo natural. Pero no se sentía nada segura de lo que había dicho. Los padres de los gemelos habían previsto que se ausentarían antes de su llegada a Glory, Delaware. Pero era perfectamente posible que los planes hubieran cambiado. Cynthia Winthrop le había dicho que los chicos estarían con su hermano cuando ella llegara. En todo caso, el hombre podría ser cualquiera. Otro familiar, un amigo de la familia, un vecino.
El hombre sonrió y Amy creyó que se volvía loca. Sintió como si su cuerpo fuera a derretirse sobre la alfombra de mullido césped que pisaban sus pies descalzos.
–En efecto –dijo–. Puedes llamarme Pierce.
Entonces se acuclilló y dirigió su atención hacia los sobrinos.
–Creía que os había dejado frente al televisor viendo una película en vídeo –dijo con bastante severidad.
–Pero la película se ha terminado hace mucho, tío Pierce –se quejó uno de los chicos.
–Hace mucho –repitió su hermano.
La sorpresa se reflejó en sus rasgos. Miró su reloj de pulsera. Arqueó levemente la espalda y se volvió hacia sus sobrinos.
–Sí, tenéis razón. Lo siento, muchachos. Creo que he perdido la noción del tiempo con el trabajo –se disculpó.
Una vez más sintió esa vívida mirada intensamente verde sobre ella y se incomodó. Reprimió el impulso de alisar el vestido empapado con la palma de la mano.
–Debo decir –dijo el hombre mientras apoyaba las manos en las rodillas y se incorporaba– que me ha impresionado cómo has reaccionado para ir en busca de los chicos. Aunque me haya parecido bastante gracioso que te lanzaras al agua. Tenías el cabo ahí mismo.
El corazón le latió con fuerza. No le resultaba fácil explicarse, en especial si era el centro de atención. Su padre le había advertido que el doctor Pierce Kincaid era un hombre sumamente inteligente… y Amy, normalmente, evitaba esa clase de hombres. Y tenía buenas razones para hacerlo. En todo caso, ni su padre ni Cynthia Winthrop le habían prevenido que el doctor también podía comportarse como un viejo gruñón cuando quería.
Durante los dos días de viaje desde Kansas, había imaginado un centenar de situaciones en las que podría quedar como una idiota delante del doctor y todos los medios para evitar dichas situaciones. Pero no había previsto la escena en que se encontraba inmersa en ese momento.
–¿Y cómo iba a verlo? –preguntó cuando la idea le cayó como una bomba–. Estaba sumergido hasta que lo has sacado del agua.
La boca perfecta del doctor dibujó una línea recta y perdió la sonrisa.
–Supongo que eso es cierto –murmuró.
–Además –añadió Amy–, alguien tenía que recuperar el remo.
Pierce asintió y sus facciones se relajaron mientras la miraba.
–No deberían haberse subido al bote sin vigilancia –señaló sin ánimo de crítica, pero las palabras salieron de su boca por propia iniciativa.
–Tienes toda la razón –el arrepentimiento oscureció su mirada–. No debería haberme entretenido de esa forma.
Después de unos segundos, suspiró y centró la atención en los gemelos.
–¿En qué estabais pensando vosotros dos?
–El bote no estaba en la lista de reglas que nos diste –replicó uno de los chicos en actitud defensiva–. Así que pensamos que no hacíamos nada malo.
El hombre arqueó una ceja con recelo.
–Está claro que vuestra capacidad deductiva no ha madurado lo suficiente.
–¡Fue idea de Benjamin! –acusó el otro gemelo.
–¡No es verdad!
–¡Claro que sí!
–Chicos.
No había elevado la voz por encima de lo normal, pero los niños guardaron silencio. Amy rió sin disimulo.
Horrorizada al sentir todas las miradas sobre ella, se llevó los dedos a la boca. Había sido una reacción nerviosa. No tenía dudas al respecto. Estaba tan tensa como un animal en una cacería.
–Lo siento –se excusó, reacia a revelar su estado de ansiedad, y se encogió de hombros–. Los gemelos son un encanto cuando se pelean.
–Resultan mucho más monos cuando no se meten en problemas –replicó Pierce mientras sus labios se curvaban con una media sonrisa.
Amy dirigió de inmediato su mirada hacia los gemelos. Los ojos rojos, llorosos, de uno y la barbilla alzada, desafiante, del otro. Una sensación extraña le removió las tripas. Sintió que todo se volvía blando y cálido en su interior.
–Habéis dicho que os dirigíais al este –recordó–. Directos al Atlántico. Ibas tras los pasos de papá y mamá, ¿verdad? Habíais puesto rumbo a África.
El chico que había estado llorando parpadeó y la barbilla le tembló ante la mención de sus padres. Amy pensó que su corazón iba a derretirse dentro de su pecho.
Se acercó a él, se agachó y ladeó la cabeza. Sintió la mejilla suave bajo la yema de sus dedos.
–¿Eres Jeremiah? ¿O Benjamin?
–Jeremiah –balbuceó el chico, que apenas podía hablar a causa de la emoción.
–Bueno, Jeremiah, sé cómo te sientes. Yo también echo de menos a mis padres.
–¿Tu mamá y tu papá también se han ido a África? –dijo entre sorbos.
–No –esbozó una sonrisa–. Mi padre está en Kansas. Mi madre… se ha marchado a un viaje muy largo.
–¿Más lejos que África? –preguntó Benjamin impresionado.
–Sí, más lejos que África –sonrió al chico–. Pero, ¿sabéis lo que hago cuando los echo mucho de menos?
Los chicos aguardaron con reverencia, subyugados por el misterio.
–Me mantengo ocupada haciendo cosas divertidas –dijo y después sonrió–. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer este verano. Vosotros y yo. Un montón de cosas divertidas.
–Y ya que hablamos de cosas divertidas –intervino el tío de los chicos–, ¿quién está listo para cenar?
Amy se levantó y vio que Pierce había cargado con la maleta que había dejado en la hierba. También había recogido del suelo los zapatos. Permitirle que se hiciera cargo de sus zapatos le pareció a Amy… demasiado personal. Se apresuró a quitárselos para que no cargara con ellos. Sus miradas se encontraron y ella susurró su agradecimiento. Por un instante, pareció que la brisa del mar desapareciera y el calor del sol se intensificara. Amy tuvo dificultades para tragar saliva.
Pero la tensión se quebró cuando Jeremiah se enfadó de nuevo.
–Pero no me gustan las coles rizadas –se lamentó.
–Huelen muy mal –Benjamin arrugó la nariz.
–Son coles de Bruselas –corrigió su tío con una carcajada–. Y son muy sanas. Tienen un montón de vitaminas. Si no os gustan, no tenéis que coméroslas. Sólo os pido que las probéis.
Los gemelos avanzaron penosamente hacia la casa delante de ellos, mascullando entre dientes que sólo pensaban probar una y que su tío comprendería hasta qué punto les disgustaban con las arcadas que les iba a provocar.
Detrás de ellos, Pierce suspiró.
–Tendría que haberme puesto la alarma o algo parecido. No tendría que haberlos dejado solos tanto tiempo.
–Tienes tu propio trabajo –dijo Amy–. Cuando la señora Winthrop vino a verme la semana pasada, me recalcó que venían de ofrecerte un contrato especial. Me habló de un plazo improrrogable y es comprensible que…
–Pero los chicos podrían haberse lastimado –señaló, atormentado por la culpa.
–Lamento que haya habido este intervalo de tiempo entre la partida de sus padres y mi llegada –se sintió obligada a justificarse–. Pero no he podido evitarlo. No puedo volar.
–Sí. Cynthia me dijo que te habían obligado a permanecer en tierra.
–Es un problema del oído interno –señaló el lado de su cabeza–. No siento ningún dolor. Ni siquiera puedo decir que tenga un problema. Pero el médico de la compañía prefirió no correr ningún riesgo y que sufriera una perforación del tímpano en el caso de que se produjera una despresurización en cabina.
–Entiendo.
El silencio cayó como un balón de plomo. Se sentía vulnerable al caminar descalza sobre la hierba, pero no quería estropearse los zapatos. Todavía le corría el agua salada del mar por las piernas, que caía desde el dobladillo de su vestido. Se preguntó si él también sentía el olor tenue y picante de la bahía que emanaba de su cuerpo. Estaba hecha una pena.
–¿Tienes experiencia en el cuidado de niños?
–¿Qué? –la pregunta la sobresaltó–. No. No tengo. Pero tu hermana pensó que me las apañaría bien con los chicos.
–Esto no es una entrevista –aseguró–. No estoy cuestionando tus conocimientos.
Quizás no, pero estaba recabando información que le llevaría a formarse una opinión de ella. Y ella tenía por norma hablar lo menos posible de sí misma. Había algunos hechos sobre su vida que prefería que no se supieran.
–Es sólo que has estado magnífica con los chicos –prosiguió–. En especial, con Jeremiah. Se ha sentido muy triste desde que Cynthia y John se marcharon.
Las piedras de pizarra del patio estaban frescas y suaves bajo las plantas húmedas de sus pies descalzos.
–Bueno, no resulta difícil imaginar cómo se siente –se mojó los labios y se cambió los zapatos de mano–. Cualquiera que se sienta herido necesita un poco de compasión.
–Me tranquiliza mucho que vayas a ocuparte de él tal y como lo has hecho.
Esa extraña tensión cayó nuevamente sobre ellos y la temperatura volvió a subir, si bien Amy sabía que era del todo imposible.
–Tienes que estar exhausta –dijo Pierce con cierta intimidad–. Has estado conduciendo durante dos días. Te acompañaré a tu habitación para que puedas refrescarte.
Abrió la puerta corredera por la que habían entrado los chicos y le cedió el paso a Amy para que entrase en primer lugar.
–Pero estoy mojada –dijo, la vista fija en la alfombra–. Arruinaré…
–Está bien. Adelante, pasa.
Sintió la lujosa abundancia de la alfombra beige bajo sus pies mientras avanzaba de puntillas.
–Y no te preocupes si no te da tiempo a bajar para almorzar con nosotros –dijo mientras cerraba la puerta tras él–. Tómate tu tiempo. Te guardaré un plato caliente.
En ese instante escucharon el sonido de lo que parecía una silla que arrastraran sobre el suelo de la cocina, después un golpe sordo y, a continuación, el cuchicheo de los gemelos.
–¿Por qué no dejas que busque mi habitación yo sola? –sugirió–. Parece que los chicos empiezan a estar… hambrientos.
–Sí, ¿verdad? Son muy traviesos. Sube por las escaleras de atrás –le indicó el camino– y tu habitación es la amarilla, justo a la derecha. No tiene pérdida. Y más tarde, cuando todo esté más tranquilo, podíamos reunirnos en mi despacho y comparar nuestros horarios en torno a una copa de vino. Supongo que necesitarás algo de tiempo para ti. Podemos establecer cuáles serían tus días libres.
–Eso suena muy bien –admitió.
Pierce se dirigió hacia la cocina.
–Perdona –lo llamó y él se volvió para mirarla a la cara–. Creo que voy a necesitar la maleta.
–Sí, desde luego –se acercó para entregársela y murmuró una disculpa–. Lo siento.
Esa sonrisa tendría que considerarse ilegal y su despiste no le robaba ningún encanto. De hecho, resultaba bastante cautivador.
Ella estaba sonriendo cuando Pierce se alejó de nuevo. No pudo evitar llamarlo una última vez. A tenor de su expresión cuando se volvió de nuevo para mirarla, estaba claro que sentía totalmente desconcertado ante su presumible nueva distracción.
–Sólo quería decirte que me gustan mucho las coles rizadas.
No existía ninguna razón lógica que justificara los confusos sentimientos que bullían en la cabeza de Pierce. No existía la menor lógica. Se sentó en su despacho y se sujetó la barbilla entre el índice y el pulgar.
Había planeado con detalle esa habitación cuando había construido la casa. Con las estanterías hasta el techo, la amplia mesa de roble, el rincón para la lectura y la pared acristalada, su despacho semejaba una biblioteca. Un lugar en el que pudiera sentirse cómodo mientras leía, descifraba los datos de su investigación y anotaba sus descubrimientos científicos. Esa habitación profusamente revestida con madera era su oasis particular.
Sin embargo, esa noche no encontraba sosiego.
–Amy Edwards es una gran chica –le había asegurado su hermana–. Es modesta y, bueno… muy dulce. Será perfecta para los chicos y te gustará, seguro.
Cynthia le había explicado que, durante años, el padre de Amy había regentado un motel de carretera junto a la interestatal de Kansas. Amy lo había ayudado en el negocio. Cynthia y John habían conocido bien a la familia cuando John había sido destinado a una pequeña iglesia de Lebo al principio de su carrera.
–Es honesta y de toda confianza –había dicho Cynthia–. Y es muy responsable.
–Por lo que recuerdo –había añadido su cuñado–, era una chiquilla muy tímida.
Una chica sin pretensiones. Tímida. Por alguna extraña razón, esos dos rasgos se le habían quedado grabados cuando había accedido a que la niñera estuviera en su casa.
Pierce siempre había asumido que la modestia era sinónimo de la normalidad. Pero no había nada normal en Amy Edwards. Y tampoco parecía tímida. Era la imagen viva del aplomo desde la punta de su pulcra cabeza hasta las uñas pintadas de rojo escarlata de los dedos de los pies… y eran unos pies muy delicados, por cierto.
Frunció el ceño y tensó los músculos de la cara. No tenía que fijarse en esa clase de detalles acerca de Amy. Y tampoco en sus otros atributos físicos. Los muslos y las pantorrillas firmes, y la curva de su trasero.
Pero la seda mojada se había ceñido a su cuerpo como la piel de un melocotón maduro. Esa visión había resultado tan tentadora como una jugosa pieza de fruta y había terminado por sentir un hambre desmesurado por ese bocado.
La arruga de su frente se intensificó. Se levantó de la silla como un resorte y avanzó hasta la ventana. ¿Qué le había pasado?
La razón de que se hubiera sentido tan confuso se debía, según su opinión, a que había esperado una mujer totalmente diferente. Sin embargo, había ocurrido algo más aparte de su aspecto externo.
A tenor de lo que le había contado su hermana, Pierce había imaginado que Amy sería una joven normal, bastante corriente. Apenas una adolescente si creía la descripción de Cynthia. Pero la mujer que se había encontrado junto al embarcadero era elegante y profesional. Incluso metida en el agua hasta la cintura, su presencia había irradiado calma y sensatez. Y cuando había cuestionado sus métodos para rescatar a los gemelos, había replicado al instante y había rebatido sus argumentos con una explicación lógica que la exoneraba de cualquier decisión precipitada.
Si bien nunca lo habría admitido ante nadie, se había sentido un poco intimidado ante la magnitud de su porte. No estaba seguro, pero en un momento sospechó que ella se reía del modo en que manejaba la situación. Claro que había explicado su repentina carcajada amparándose en lo graciosos que resultaban los chicos, así que su sospecha podía ser fruto de su imaginación…
El golpe en la puerta de su despacho hizo que se volviera. Amy estaba en el umbral y vestía una blusa dorada que resaltaba sus ojos marrones. Llevaba una falda suficientemente corta para que se exhibieran sus perfectas rodillas. Se había calzado con unos zapatos de tacón alto que destacaban los tobillos estrechos y las pantorrillas bien formadas. Levantó la vista hasta su rostro. Entonces, al ver que todavía llevaba su bonito pelo castaño claro recogido por encima de los hombros, se preguntó cómo le quedaría suelto y hasta dónde le llegaría.
Su mente se vio acosada de pronto con la imagen de él mismo quitándole las pinzas y peinando esa cabellera oscura con sus dedos. Sintió un nudo en el estómago.
–Adelante –dijo, esforzándose por apartar esa seductora imagen de su cabeza.
–¿Vengo en buen momento? –preguntó, la cabeza erguida y los hombros rectos.
–Sí –dijo–. Siéntate. ¿Te apetece una copa de vino?
–Me encantaría, gracias –replicó con una sonrisa.
Pierce se acercó al mueble bar para servir las copas.
–He jugado una partida con los chicos después de cenar, los he bañado y los he acostado –dijo–. Esta noche ya están completamente atendidos.
Tendió a Amy la copa de Merlot.
–Por cierto –añadió–, están en la habitación contigua a tu dormitorio.
Ella bebió un sorbo, paladeó el vino y desvió la mirada. Su expresión resplandecía cuando volvió su mirada hacia él.
–Delicioso –señaló y se pasó la lengua por los labios.
Algo ocurrió en su bajo vientre. Una extraña sensación de intenso calor despertó a la vida de pronto.
–Estoy lista para ocuparme de los chicos a partir de mañana.
Se removió en la silla y Pierce notó el roce de la tela de la falda contra el cuero del asiento. Cuando Amy se cruzó de piernas, el roce de la piel contra la piel paralizó la respiración de Pierce.
Era realmente estúpida esa repentina fascinación por ese sonido.
Se sirvió una copa, tomó aire, y se decidió a deshacer esa niebla en su cabeza.
–Quisiera empezar por recomendarte, si me lo permites –y su mirada recorrió el cuerpo de Amy–, un cambio de indumentaria.
Una leve arruga asomó entre sus profundos ojos.
–Quiero decir –se apresuró Pierce– que Benjamin y Jeremiah son dos chicos bastante pendencieros. Les gusta correr, saltar y cavar en la tierra. ¡Y sabe Dios qué más cosas inventarán contigo!
–Entiendo –dijo con una sonrisa amable cuando comprendió que sólo quería ayudarla en su tarea–. Será mejor que vaya con pantalones.
–Exacto.
Pareció que la tensión en el despacho se desvaneció y pasaron un rato discutiendo sus respectivos horarios y lo que esperaban el uno del otro.
Amy tomó la palabra mientras Pierce le llenaba nuevamente la copa.
–Es maravilloso que hayas permitido que los niños se queden aquí. Cuando la señora Winthrop y yo nos reunimos en Lebo, parecía entusiasmada con su viaje a África.
Pierce también llenó su copa y dejó la botella sobre la mesa con tablero de mármol. Su boca se torció en una mueca de arrepentimiento.
–Al principio, me negué –admitió.
–¿Oh?
