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Cindy Cooper llevaba enamorada de su jefe varios años; pero ni una sola vez él la había mirado como mujer. Pero gracias al cambio de su aspecto físico, por fin había conseguido atraer su atención. Sin embargo, había descubierto que había bastante distancia desde la oficina hasta el altar. Y como Kyle era un solterón empedernido, suponía que tendría que esforzarse mucho para demostrarle que el amor estaba muy cerca de su despacho.
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Seitenzahl: 153
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1998 Harlequin Enterprises Ulc
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Cerca de ti, n.º 1071- junio 2022
Título original: The Boss and the Beauty
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-676-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Los segundos corrían. Cindy miró el reloj de pulsera.
Faltaban ocho minutos para medianoche. Ocho minutos antes de que abajo, en el auditorio de Barrington Corporation, la gente estallara en aplausos y gritos de «¡Feliz Año Nuevo!» Ocho minutos para el intercambio de buenos deseos, abrazos, besos…
Eso último la hizo levantar la cabeza despacio y mirar subrepticiamente, por encima de las gafas, al hombre sentado delante del enorme escritorio de madera de roble al fondo de la habitación. Estaba examinando unos archivos en la pantalla del ordenador. A la luz de la lámpara, sus cabellos color caoba brillaban, y sus anchos hombros bajo la chaqueta del traje estaban ligeramente encogidos. Los dedos que tecleaban eran fuertes y bronceados, de piel color oliva, al igual que las manos… y que los brazos.
Kyle Prentice era el hombre de sus sueños. El hombre que le había robado el corazón, aunque no era consciente de ello. El vicepresidente del departamento de Nuevos Productos. El hombre para el que trabajaba en calidad de ayudante personal.
En otras palabras, Cindy Cooper estaba desesperadamente enamorada de su jefe. Y él no tenía ni idea.
Cindy bajó la cabeza y trató de concentrarse en los papeles con los balances que tenía encima de las piernas. Pero no conseguía ver los números con claridad, lo único en lo que podía pensar era en la música que estaban tocando cuatro pisos abajo de donde se encontraba y en la oportunidad desperdiciada de bailar en los brazos de Kyle.
Pronto, las mágicas campanadas anunciarían la medianoche y se descorcharían las botellas de champán. Todos los empleados de Barrington Corporation, y los invitados, se divertían y reían.
Todos, excepto ella… y Kyle. De nuevo, volvió a lanzarle una mirada.
¿Por qué estaba tan obsesionado con su trabajo?, se lamentó Cindy. ¿Por qué era tan excesivamente responsable? ¿Y por qué demonios tenía que ser tan atractivo?
Cindy, sentada en el sofá de piel, cambió de posición. Pero, ¿no era por eso precisamente por lo que lo que sentía por Kyle era tan profundo? Kyle tenía verdadera y absoluta pasión por su trabajo… además de unos ojos castaños para morirse. Cindy, de ser capaz de cautivar su atención por un momento…
Estuvo a punto de lanzar un suspiro, pero se contuvo a tiempo; entre tanto, se preguntó por qué motivo iba Kyle a fijarse en ella. Con cabello castaño y normales ojos verdes, sabía que no era una belleza. ¿No le habían dicho precisamente eso durante toda la infancia?
Pero estaba completamente dedicada a Kyle, al departamento de Nuevos Productos y a Barrington Corporation; trabajaba horas extras y nunca se quejaba. Esas cosas eran importantes. Su dedicación y su lealtad debían ser un incentivo para que Kyle se fijara en ella.
Tres golpes en la puerta hizo que ambos levantaran las cabezas. Mildred Van Hess, la ayudante personal del presidente de la empresa, Rex Barrington II, asomó la cabeza por la puerta.
—No puedo creer que estéis trabajando —les dijo Mildred. Después, suspiró y los miró con cariño—. Bueno, sí, pensándolo mejor, sí puedo imaginarlo.
Kyle sonrió de esa manera sensual que siempre hacía que a Cindy se le acelerara el pulso.
—Cindy y yo hemos venido al despacho un momento para revisar unos cuantos detalles del proyecto —le dijo Kyle a Mildred—. Ya sabes que vamos a presentárselo al señor Barrington dentro de dos semanas.
—Sí, y todos estamos deseando saber qué habéis fraguado esta vez —dijo Mildred—. Pero van a dar las doce campanadas dentro de unos minutos, así que será mejor que bajéis ya. Y es una orden del número uno en persona.
Mildred bajó el tono de voz para añadir en tono de conspiración:
—Va a anunciar algo justo después de las doce.
—¿Sí? —Kyle arqueó las cejas con gesto de curiosidad.
Entonces, Mildred miró a Cindy.
—¿Crees que podrás convencer a este hombre de que se una a la fiesta?
A Cindy le latió el corazón con fuerza. Le habría gustado darle un abrazo a Mildred. Lo que más quería en el mundo era dejar el trabajo y bajar a la fiesta.
Cindy se quitó las gafas y contestó:
—Haré lo que pueda —y lo dijo con la suficiente seriedad como para provocar la risa de la otra mujer.
—Estupendo —dijo Mildred—. El señor Barrington quiere que la fiesta de Noche Vieja sea perfecta para todos.
Mildred se marchó y Cindy miró a Kyle.
—Sólo un minuto o dos más —le dijo Kyle—. Te prometo que después bajaremos.
—Sí, seguro —Cindy asintió, pero no sin sentir una cierta frustración al darse cuenta de que no se iban a reunir con los demás inmediatamente.
Transcurrieron los minutos. Cindy se miró el reloj de pulsera. Cinco segundos para que dieran las doce campanadas. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Bien, el Año Nuevo había llegado, pero ella no había oído ni las campanadas ni el descorchar de botellas de champán. Ni buenos deseos ni abrazos. Ni besos…
Se le hizo un nudo en la garganta de desilusión. Pero no podía dejar que se le notara la frustración que sentía, no podía permitirlo sabiendo que, al final, acabaría reuniéndose con sus compañeros en el auditorio. No quería estropearles la fiesta, y tampoco quería que Kyle le notara lo disgustada que estaba.
No, iba a mantener la cabeza bien alta y a reír con los demás. Estaba decidida a que nadie se diera cuenta de lo mal que se sentía.
Sintiéndose sumamente desgraciada, Cindy se mordió el labio inferior y se deseó a sí misma un Feliz Año Nuevo.
Cindy cerró el cajón del archivador y luego se acercó a su escritorio para dejarlo en orden antes de marcharse a casa. Lo hizo rápidamente, antes de que Kyle pudiera pedirle que se quedara a trabajar unas horas más aquella tarde. Se habría quedado cualquier otro día, pero aquella tarde tenía planes. Planes importantes; al menos, lo eran para ella.
Estaba disgustada con Kyle, a pesar de haber hecho lo posible por ignorarlo.
Durante la semana y media que había transcurrido desde la fiesta de Noche Vieja, Cindy no se encontraba como de costumbre. Sentía enfado, descontento, amargura y disgusto. Hasta el momento, había conseguido que ni sus compañeros de trabajo ni su jefe se lo notaran. Hasta el momento, esos sentimientos no habían afectado a su trabajo. Pero cada día que pasaba se intensificaban; sobre todo, ese día.
Desde luego, sabía la razón por la que empezaba a no poder controlarse emocionalmente. La causa era el estrés. El estrés y la atracción frustrada que sentía por Kyle, una atracción que él continuaba sin descubrir. Y ella iba a tener que hacer algo si no quería que esa frustración interfiriese en su trabajo. Hasta el momento, había controlado sus sentimientos, pero ese día lo había pasado muy mal.
Si Kyle se hubiera acordado de que era un día especial para ella…
Oyó el picaporte de la puerta y levantó la cabeza. Kyle entró con una enorme carpeta negra en los brazos y varios archivos.
—No te vas todavía, ¿verdad? —preguntó él—. Tengo unos documentos para revisar y también tengo que hacer una llamada telefónica, pero esperaba…
—Hoy no puedo quedarme —le interrumpió ella con el fin de no darle tiempo a que le pidiera que se quedara a trabajar hasta tarde—. Tengo planes.
—Bueno, en ese caso…
Kyle se quedó sorprendido.
—Voy a salir a cenar —le informó Cindy.
Los preciosos ojos castaños de Kyle brillaron.
—Ah, ya, vas a salir a cenar con las chicas.
Cindy asintió ocultando su irritación. No iba a revelarle el motivo de la cena… ¡Una celebración en honor suyo!
¿Y por qué, en el momento en que le dijo que iba a salir a cenar, Kyle había dado por sentado que era con las «chicas»? ¿Por qué no con un hombre?
Una pequeña voz interior le dijo: «Bueno, imaginar que vas a salir con un hombre es imposible dado que tu trabajo en el departamento de Nuevos Productos te impide hacer amistades con gente que no sea de la empresa. Además, no te interesa salir con ningún hombre… que no sea tu jefe».
No obstante, Kyle no tenía derecho a hacer ninguna suposición referente a su vida social.
—No te preocupes, lo comprendo. Que lo paséis bien —dijo Kyle.
Y, al instante, Kyle desapareció, dejándola sola y muy enfadada.
—Es mi cumpleaños —le dijo a la vacía habitación apretando los dientes—. Y se te ha olvidado otra vez, Kyle.
Estaba resentida, mucho. Tenía que hacer algo para cambiar la situación, algo drástico.
—Feliz cumpleaños, querida Cindy —cantaron las cuatro mujeres al unísono, aunque fuera de tono.
Una vez controlados su resentimiento y frustración, Cindy obsequió a sus amigas con una enorme sonrisa.
—Gracias, muchas gracias, sois un encanto —una elaborada tarta de cumpleaños adornaba la mesa en el centro—. Pero… ¿qué pretendéis, cegar a los habitantes de Phoenix con todas estas velas?
Rachel Sinclair se echó a reír.
—Pues apágalas de un soplo. La luz me está haciendo daño a los ojos.
Rachel, que trabajaba como contable en Barrington, era la primera amiga que Cindy había hecho en la empresa.
—Puede que las velas de mi tarta den mucha luz, pero las tuyas deslumbran —le dijo Cindy a Rachel.
—No me lo recuerdes, ya sabe todo el mundo que soy la más vieja del grupo —se quejó Rachel.
Cindy sonrió traviesamente.
—Y no tenemos intención de que lo olvides —bromeó Cindy.
Después, se inclinó sobre la tarta.
—¡Espera! —Molly Doyle le puso una mano en el brazo a Cindy.
Molly trabajaba en el Departamento de Publicidad de la empresa. Era un genio del marketing y la promoción—. Tienes que pedir un deseo. A las mujeres no se nos presentan muchas oportunidades de pedir deseos.
—Es verdad —interpuso Olivia McGovern, que trabajaba en la sección jurídica de Barrington.
—Y, si no me equivoco —dijo alegremente Sophia Shepherd—, su deseo va a tener algo que ver con Kyle Prentice.
Los ojos de Cindy se agrandaron al mirar a Sophia. La tímida y callada secretaria había sorprendido a Cindy al mencionar a Kyle.
El rostro se le encendió y Cindy se llevó las manos a las mejillas. No podía avergonzarse delante de esas mujeres, eran sus amigas y sabían lo que pasaba entre ella y Kyle. O mejor dicho, lo que no pasaba.
De nuevo, se inclinó sobre la tarta.
—El deseo —le recordó Rachel.
—Está bien, está bien —respondió Cindy.
Tan pronto como bajó los párpados, su mente conjuró el hermoso rostro de Kyle. Durante un segundo, se debatió entre desear un simple beso de ese hombre o ir a por todas y desear una proposición matrimonial. Una profunda risa surgió de su garganta.
—¿Por qué te ríes? —le preguntó Molly.
Cindy se limitó a sacudir la cabeza.
—Nada —respondió ella al darse cuenta de la irónica verdad: o reía, o lloraba. Pero esa noche decidió reír.
Por fin, tras decidirse a desearlo todo, recitó en silencio sus esperanzas matrimoniales y luego apagó las velas de un soplo. Sin embargo, sabía que había desperdiciado un deseo.
Sus amigas aplaudieron y Cindy, subiéndose las gafas, volvió a su asiento.
—Ah, espero que no os moleste, pero he invitado a Patricia —dijo Olivia.
—¿Patricia Peel? —preguntó Cindy.
Sophia arqueó las cejas.
—¿La de Personal?
Olivia asintió.
—Es muy tímida y se me ocurrió que le vendría bien reunirse con nosotras, salir un poco de su caparazón y formar parte del grupo.
Las demás asintieron y sonrieron.
Rachel se dirigió a Olivia.
—No sabes si tiene más de treinta y un años, ¿verdad?
—Lo siento, pero me parece que es más joven —respondió Olivia.
—Ya, lo suponía —murmuró Rachel.
Cindy se echó a reír.
—Estás destinada a ser la más vieja. Vamos, es hora de que lo superes.
—Patricia me ha dicho que tenía una reunión y que llegaría un poco tarde —dijo Olivia.
En ese momento, Olivia miró hacia la puerta y el rostro se le animó.
—Mirad, ahí está.
Con la mano, hizo un gesto a Patricia para que se acercara a la mesa.
—Siento llegar tarde —dijo Patricia a las mujeres del grupo; después, se dirigió a Cindy—. Feliz cumpleaños.
—Gracias —respondió Cindy—. Vamos, chicas, hacedle un sitio a Patricia. Me alegro de que hayas venido.
Corrieron las sillas. Patricia se sentó, apoyó los codos en la mesa y suspiró.
—Desde el día de Año Nuevo, tengo la impresión de que lo único que hago en la vida es ir de reunión en reunión.
—¿Por lo de la gran noticia del señor Barrington? —preguntó Olivia.
Patricia asintió.
—Aún no puedo creer que decidiera anunciar su intención de jubilarse en Noche Vieja —comentó Rachel.
—Yo creí que iba a desmayarme —comentó Molly.
—Puede que pensara que, al anunciarlo en la fiesta de Noche Vieja, íbamos a tomarlo como un motivo de celebración —comentó Cindy—. Quizá quería evitar que nos preocupáramos. Estoy segura de que su intención era que lo viéramos como algo bueno.
—Es posible que pretendiera evitar que nos angustiáramos, pero la empresa entera está revolucionada —dijo Sophia.
—Según los rumores que han llegado a mis oídos, los del departamento jurídico sí que lo están —observó Olivia.
—Y pobre Mildred —dijo Rachel—. ¿Qué va a pasar con ella?
—Lleva prácticamente toda la vida de ayudante personal del señor Barrington —comentó Cindy.
—¿Crees que van a obligarla a que también se jubile? —Olivia dirigió la pregunta al grupo entero, pero Cindy notó que su mirada estaba fija en Patricia.
Como subdirectora del Departamento de Personal, Patricia debía saber mejor que nadie el destino de Mildred Van Hess. Las miradas de todas se centraron en Patricia.
—Debido a la lealtad que Mildred siempre ha mostrado al señor Barrington y a la empresa, no se la va a obligar a nada. Si quiere seguir trabajando, habrá un puesto para ella.
Cindy notó el alivio de todas.
—Lo que me gustaría saber es quién va a ocupar el puesto del señor Barrington —comentó Sophia.
De nuevo, todas miraron a Patricia. Pero por la expresión de Patricia, Cindy vio que la subdirectora de personal no tenía idea de quién iba a ser el sucesor del presidente de la compañía. No obstante, era evidente que tenía información al respecto y que quería compartirla con ellas. Se la veía con ganas de integrarse en el grupo.
—Se ha barajado una posibilidad —comenzó a decir Patricia.
Cindy casi rió al ver que sus amigas se habían callado de repente y se inclinaban sobre Patricia. Y ella hizo lo mismo. Todas querían poseer esa importante información.
—Pero, naturalmente, es sólo un rumor, nada más —añadió Patricia—. En fin, se ha mencionado el nombre del hijo del señor Barrington, Rex, Barrington III. Pero no lo olvidéis, se trata sólo de un rumor.
—¿Pero Rex Barrington no está a cargo del Departamento de Asuntos Extranjeros? —preguntó Rachel.
Patricia asintió.
—Mmmmmm. ¿Es soltero? —preguntó Molly.
Sophia se llevó una tortilla mexicana a la boca.
—¿Es guapo?
Todas se echaron a reír.
—No estaría mal que Barrington III se enamorara de alguna de nosotras y que ese amor llevara al matrimonio —añadió Sophia.
—Sí, no estaría mal —respondió Rachel.
—Sería un milagro —dijo Olivia, empujando el cuenco con guacamole hacia Sophia—. Toma, come. Creo que me va a dar gripe, porque no puedo soportar mirar al guacamole.
En el momento en que se mencionó el matrimonio, Cindy sintió una enorme opresión en el pecho. Lo mejor era cambiar de tema.
—¿Dónde está la camarera? Estoy muerta de hambre. Venga, vamos a pedir la cena. Después, de postre, nos comeremos esta maravillosa tarta.
Durante los siguientes minutos eligieron el menú.
Cuando la camarera se marchó con el pedido, Rachel preguntó:
—¿De qué estábamos hablando?
—Estábamos soñando despiertas —contestó Sophia—. Estábamos hablando de casarnos con El Tercero.
A pesar de que no quería que se hablara de matrimonio, Cindy rió por el apodo que Sophia le había puesto a Rex Barrington.
—Pues bien, el hombre con el que yo me case tendrá que ser tierno y sensible —dijo Molly sonriendo con expresión ensoñadora—. Y tendrá que querer al menos cinco hijos.
Cindy se quedó mirando a Molly. Su amiga nunca mencionaba a sus padres ni a sus hermanos, se limitaba a soñar con la familia numerosa que un día llegaría a tener. Molly era más compleja de lo que parecía a simple vista.
—Estable y de fiar —observó Olivia—. Eso es lo que quiero en un hombre.
Y Stanley Whitcomb, el jefe de Olivia, lo era. A Cindy le parecía que Stanley era un poco mayor para Olivia; pero si eso era lo que quería su amiga, se alegraría por ella.
—¿Y qué hay de la pasión? —preguntó Rachel—. Todo el mundo necesita un poco de pasión.
Las demás se echaron a reír.
—Seguridad, ésa es la clave del éxito en una relación —declaró Olivia.
—¿Y tú qué opinas, Patricia? —preguntó Sophia—. ¿Qué clase de hombre quieres como marido?
Patricia guardó silencio. Sus ojos verde pálido reflejaron temor y sus mejillas enrojecieron.
«Está enamorada», pensó Cindy. «Está profundamente enamorada y lo lleva en secreto. Interesante». Cindy se preguntó quién sería el afortunado.
—Dejad a la pobre Patricia en paz —dijo Rachel—. Es nueva en el grupo, así que no podéis esperar que presente una confesión el primer día que se reúne con nosotras.
