Anatomía de la modernidad - Marcelo Barros - E-Book

Anatomía de la modernidad E-Book

Marcelo Barros

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Beschreibung

Los terraplanistas que salieron a las calles durante la pandemia de covid-19 han tenido alguna razón al proclamar que el mundo es plano. La homogeneidad generalizada que Hannah Arendt nombró como la "perversión de lo igual", es un pilar del orden simbólico del capitalismo tardío. Ese aplanamiento de todo lo existente está signado por una adoración del número que hace del mundo una realidad homogénea, sin cualidades, sin relieves, y sobre todo sin excepciones. Por lo tanto, maleable de forma ilimitada según los designios de la gestión poblacional. Pero el poder de la modernidad presenta un paradigma post-político, consumando lo que Aldous Huxley llamó "la revolución definitiva", el punto de llegada a un modelo de orden mundial que ya no admitiría ser cuestionado, y en el que al anhelo de dominio se satisface sin el recurso a la autoridad.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Anatomía de la modernidad

Anatomía de la modernidad

Marcelo Barros

Índice de contenido
Portadilla
Legales
El aplanamiento de la clínica y los últimos hombres
La masa moderna y su miseria psicológica
El paradigma líquido y su historia
La aceleración y la cultura del descarte
El poder post-autoritario
El sadismo ilustrado
La increencia en lo real
Destitución del erotismo
Violencia post-autoritaria
La ilusión del porvenir
Bibliografía

Barros, MarceloAnatomía de la modernidad / Marcelo Barros. - 1a ed - Olivos : Grama Ediciones, 2021.

Archivo Digital: descargaISBN 978-987-8372-84-6

1. Psicoanálisis. I. Título.

CDD 150.195

© Grama ediciones, 2021

Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA

Tel.: 4781–5034 • [email protected]

http://www.gramaediciones.com.ar

© Marcelo Barros, 2021

Diseño de tapa: Gustavo Macri

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8372-84-6

“Wir haben das Glück erfunden” - sagen die letzten Menschen und blinzeln.

F. Nietzsche, Also sprach Zarathustra

We no longer see ourselves as guests in someone else’ s home and therefore obliged to make our behavior conform with a set of preexisting cosmic rules. It is our creation now. We make the rules. We establish the parameters of reality. We create the world, and because we do, we may no longer feel beholden to outside forces and universal truths.

Jeremy Rifkin, The biotech century

Look at this stone. It has been lying in the water for a very long time, but the water has not penetrated. Look, pefectly dry. The same thing has happened to men in Europe. For centuries they have been surrounded by Christianity, but Christ has not penetrated. Christ doesn’t live within them.

The Godfather III (Coppola, 1990)

El aplanamiento de la clínica y los últimos hombres

En su diario del 20 de mayo de 1910, León Bloy anunciaba que la cantidad llegaría a ser la divinidad de los tiempos modernos –el Dios Quantum– cuyo culto sería más implacable que el de cualquier otra religión precedente. Casi un siglo después, 2007, J.-A. Miller en su curso Todo el mundo es loco–p. 147– entiende que lo propio del sujeto moderno es “la adoración del número”. Esa idolatría está vinculada con una visión aplanada del mundo que lo concibe, como “una realidad homogénea, una realidad en la que todo es cantidad, incluso la cualidad.” En esa concepción “aplanada” de todo lo existente, las cosas y las personas son eventualmente configurables según los designios del poder. Es ahí que reside la esencia de lo que de aquí en adelante llamaré modernidad, que es la sociedad post-paterna fundada por el discurso capitalista. J.-A. Miller recordaba entonces el libro de Francis Fukuyama El fin de la historia y el último hombre (1992) en el que se presenta al liberalismo económico y a las democracias liberales como el punto de acabamiento de los conflictos ideológicos que desangraron al siglo XX. Se trataba a fines del siglo pasado de reducir al mínimo la intervención del estado, a la vez que de rebajar el protagonismo de la autoridad política en tanto tal. Lo que de ello interesa al psicoanalista es lo que puede vincularse con el complejo paterno en sus múltiples proyecciones y registros. El discurso capitalista introdujo un paradigma post-político y post-autoritario del poder que, como Marx vaticinó, afectaría a todas las relaciones humanas. Al final, la perspectiva que cifra los destinos de la sociedad en el juego de un mercado lo más libre posible de intervencionismos políticos se demostraría supuestamente como el camino necesario, “sin otra alternativa”, según la expresión de Margaret Thatcher. Desde esa perspectiva, eso determinaría la aceptación de un pensamiento único en cuanto al rumbo de la economía y la relación entre la sociedad y el estado. La tesis del fin de la historia no se refiere obviamente a la detención del tiempo, sino a lo que Aldous Huxley llamó “la revolución definitiva”; el punto de llegada a un paradigma de orden mundial incuestionable. La tesis de Fukuyama propone a la vez un tipo humano, la figura del “último hombre” como el exponente del ciudadano democrático. Es el producto subjetivo final de un largo proceso signado por la muerte de Dios. Aunque la descripción que Nietzsche hace en Así hablóZaratustra de los últimos hombres no es precisamente auspiciosa. Coincide en parte con lo que José Ingenieros marcó bajo la rúbrica de la mediocridad inherente al sujeto maleable según el programa del poder establecido. También converge con la figura del burgués, que León Bloy describió como aquél que tiene un instinto infalible para detectar la grandeza, y al encontrarla la rechaza con entusiasmo. No es difícil considerar la referencia a “la grandeza” como algo que compromete a la instancia paterna y su oscura autoridad. Pero también hay una vaga referencia a lo real de lo que no se deja reconfigurar según los designios de la gestión poblacional. A propósito de esto, no está de más recordar que lo maleable también tiene la connotación de lo corruptible, lo dispuesto a dejarse echar a perder.

El espíritu de la modernidad se levantó contra toda tiranía patriarcal, lo cual fue su aspecto político más positivo. No incumbe al psicoanalista esclarecer de qué manera ese proceso de emancipación respecto de la autoridad patriarcal llevó a nuestro tiempo tan acobardado y tan sombrío –según la expresión de Borges– y marcado por un “todos iguales” que no es precisamente el de la justicia. Lo que sí concierne al psicoanálisis es que la destitución de la cualidad que el imperio de la cantidad determina es inseparable de la preterición de la función del Nombre-del-Padre mencionada por Lacan en su Seminario del 19 de marzo de 1974. Muchos, acaso la mayoría, siguen confundiendo esa función con las diversas especies del patriarcalismo, del mismo modo en que confunden la autoridad con las vanidades de la jerarquía, o la virtud de la fuerza con las impotencias de la agresividad. Hay que decir que cualquiera de esas torpezas es lo propio de los últimos hombres y del falso psicoanálisis. Si Lacan distingue el psicoanálisis verdadero del falso en uno de sus Otros escritos, hay que decir que la interpretación del Nombre-del-Padre o del Edipo como algo “patriarcal” es lo propio del segundo. En la página 160 de su Seminario 18 Lacan aclaró que el Edipo no tiene nada que ver con lo “patriarcal”. Concebirlo así lleva de modo inexorable a una perspectiva pedagógica de la experiencia. La modernidad implica la preterición del Nombre-del-Padre por su esencial odio hacia la excepción. Porque nada excepcional puede tener lugar en una realidad aplanada, en la que nada sobresale ni se distingue.

El nominalismo marca en la historia de la filosofía la primera expresión de la modernidad y de la sociedad post-patriarcal, porque abrió el camino de la desacralización de los conceptos. La posición nominalista reside en pensar que sólo hay singularidades, y que todo concepto o estructura no sería más que una etiqueta provisoria que responde a la necesidad práctica de agrupar esas individualidades de alguna manera, que bien podría ser otra. La autoridad del concepto –por así llamarla– es destituida. Esto interesa al psicoanálisis en tanto implica el rechazo del realismo de las estructuras cínicas, así como la liquidación de todo el andamiaje conceptual freudiano que los ultimísimos psicoanalistas celebrarían. Es la lectura que hace J.-A. Miller en la página 139 de El ultimísimo Lacan. Según ella la enseñanza tardía del maestro apuntaría a la liquidación del psicoanálisis, sobre todo en el sentido de la des-solidificación. El aplanamiento de la clínica que según J.-A. Miller en Sutilezas analíticas –p. 93– distingue al último Lacan llevaría a postular que la psicosis no existe como entidad real y que sólo cabría admitir la existencia de sujetos a los que, provisoriamente y por convención práctica, les aplicamos el rótulo de “psicóticos” hasta que hallemos una clasificación mejor, o no usemos ninguna. La perspectiva nominalista inauguró la modernidad favoreciendo el desarrollo de una sociedad para la cual la libertad irrestricta es el máximo valor. El nominalismo previene de tomar en serio cualquier noción, y la destitución de la “autoridad” de las categorías no marcha sin la que afecta a toda autoridad, más que nada la de las figuras de excepción en el campo que sea. Por ello, el espíritu de la época lleva a considerar que así como toda noción puede ser dejada atrás –la del inconsciente freudiano, por ejemplo– tampoco existe ningún autor que no pueda ser preterido. Aquí encontramos la conexión con el complejo paterno, en tanto la modernidad es irreverente, no sólo ante los autores y las ideas, sino también ante esa sabiduría que es inherente al mito y a la poesía. Porque si hay algo que se desprende de la enseñanza de Lacan –según la entiendo– y de Freud, es que la autoridad y la poesía son oscuras. Y es por eso que Las Luces no guardan ningún lugar para ellas.

La sacralización es perjudicial porque impide servirse tanto de los conceptos como de los maestros. ¿Cómo servirse de lo que es intocable? Pero la irreverencia moderna, sin embargo, no ha hecho más que perfeccionar ese impedimento por cuanto lleva al descarte de aquello de lo que se trataba de servirse. Esto aparece como el beneficio de no estar ya atados a nociones fijas, establecidas de una vez y para siempre. Tampoco a autores como Freud o Aristóteles, a los que se da por anacrónicos. El realismo medieval sostenía un orden “natural” de las cosas, un esencialismo que se presentaba como inamovible. Tal rigidez legitimaba el dominio patriarcal, incompatible con los cambios que los tiempos modernos exigían y que habrían de llevar con el tiempo al establecimiento del orden simbólico tal como hoy lo conocemos, cuyo rasgo más sobresaliente es la fluidez que Z. Bauman nombra como “modernidad líquida”. La consecuencia de esa primacía del fluir es la de percibir como un acto autoritario el afirmar que algo es, plantear un punto de solidez o de fijación cualquiera. La perspectiva nominalista, fundamentalmente deconstructiva, lo licúa todo, y en esa operación residiría el fundamento de la sociedad liberal. La evitación del “autoritarismo” de los conceptos inaugura la era post-paterna. El rechazo de las estructuras clínicas y de la psicopatología analítica es propio de una bourgeoisie de gauche que las identifica a una concepción normativista del padecimiento mental que atenta contra los derechos del individuo. Todo diagnóstico sería un acto autoritario. El ala derecha de la modernidad no es menos nominalista cuando sigue la tradición anglosajona que desprecia la clínica, así como cualquier teoría del sujeto. Se prefiere un enfoque a-teórico, pragmático, en el que los diagnósticos son meras clasificaciones o sumatorias de índices sin más fundamento que el acuerdo de los expertos, como es el caso del DSM. El psicoanálisis falso, según Lacan, no es solamente ése que se vería reducido a la biología, sino principalmente aquél que se degrada a un enfoque psico-socio-educativo, es decir, psicogenético. Son las dos caras, derecha e izquierda, de la degradación que afecta al psicoanálisis de hoy. Porque si el sujeto de la experiencia analítica no tiene nada que ver con el organismo neuronal, Lacan nos dice a la vez en la página 17 de Las psicosis que el gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis. Y es en nombre de la psicogénesis y de la concepción pedagógica de la psicoterapia que se intima a los psicoanalistas a que se pongan a tono con la época. Léase, a conformarse a sus ideales renunciando a los propios fundamentos. Los ultimísimos psicoanalistas califican de “nostálgicos” a quienes se opongan a esa claudicación. Apelando a la retórica del Mariscal de La Palice proclaman urbi et orbi que “el psicoanálisis ha cambiado”, acaso sin saber que prolongan una vieja posición que es la de la resistencia al acontecimiento Freud, que empezó desde su momento inicial.

Para un freudiano la renovación sólo puede tener lugar en el marco de una tradición. En lo cambiante se manifiesta el fundamento, y por ello la renovación no tiene nada que ver con el culto moderno a la novedad. Martin Buber lanzó una dura crítica a la modernidad cuando en su ensayo “El mito del judío” sostuvo que era propio de “un intelecto vil y ciego” no comprender que “en el transcurso de la historia las nuevas construcciones son la presentación diferente de un material eternamente idéntico”. Sólo desde una ética realista se entiende lo que afirma Lacan cuando escribe en los Écrits –p.193– que hay autores que no pueden ser superados. Ya entonces advertía sobre la moda, hoy acrecentada, de dar por caducos a los pensadores clásicos desconociendo que, según dijo Max Jacob, lo verdadero es siempre nuevo. Ciertamente podemos cambiar la enseñanza de Freud según nuestra circunstancia histórica particular, o encontrar mejores formulaciones para su descubrimiento original. Pero actualmente la “herejía” ha dejado de ser tal, porque es obligatoria. La consigna imperante es que todos seamos heréticos y entusiastas de la deconstrucción. Es difícil para el sujeto moderno percibir que no se trata de las ideas en sí mismas, sino de cómo uno se sirva de ellas. Si está en posición de elegirlas o no, siendo que el herético –αἱρετικός– es aquél que elige. Hay quien opta por ser freudiano –es mi caso– en tanto se ha separado de Freud lo bastante como para elegirlo. Cuando Lacan hizo la apología de lo herético en El sinthome no se privó de advertir que “hay que ser hereje de la buena manera” –p. 15–. Lo que significa que, entonces, hay una mala manera de serlo. No da lo mismo una que otra, lo que va contra un orden simbólico que lo aplana todo. Por eso, más allá del debate filosófico entre el realismo y el nominalismo, la ética del psicoanálisis freudiano no es ciertamente la de la modernidad y su anything goes. Tiene razón E. Roudinesco al decir que Freud fue anti-moderno porque valorizó el mito y la tragedia, pero también lo fue porque jamás avaló la zoncera de que el sujeto “siempre es feliz a su manera”. En la sociedad de los últimos hombres todos son felices y a nadie le falta nada. Da lo mismo tomar un camino que otro, y por eso nadie pierde el tren. Freud, al revés, se atrevió al escándalo de postular en El malestar en la cultura la existencia de “verdaderos valores de la vida”. Esos que a menudo resignamos tras ilusiones narcisistas. Reconocía la diferencia entre el coraje y la cobardía, entre la envidia y la gratitud, entre haber amado o no. Ese reconocimiento va en contra del aplanado espíritu de la modernidad. No está de más notar que en su “Discurso a los católicos” Lacan se mostró, pese a todo, del mismo parecer.

En el contexto del debate sobre la vigencia o caducidad de las estructuras clínicas, cabe recordar lo que D. W. Winnicott escribía en una carta a Hanna Segal: “si usted no diferencia la neurosis de la psicosis, que Dios ayude a sus pacientes psicóticos”. Para él, al igual que para Freud, la diferencia entre ambas estructuras no era una cuestión de nomenclaturas sino algo real. El psicoanálisis freudiano considera que hay posiciones subjetivas estructurales que son avatares de la dimensión trágica de la existencia del sujeto hablante. En los Otros escritos se leerá cómo hasta el final de su enseñanza Lacan sostuvo la existencia de tipos clínicos y tipos de síntomas –p. 583–. No desestimó esas estructuras que dan testimonio de la verdad, la de nuestra relación con el significante. Y es en esa verdad, que es la de la relación del sujeto con la palabra, que encontramos el fundamento del psicoanálisis verdadero –Otros escritos, p. 181–. Si lo que aprendimos de un obsesivo no tiene ninguna utilidad para el análisis de otro obsesivo, ello no permite desestimar el estatuto real de esa posición subjetiva que persiste a través de los siglos con diversos nombres. El tipo clínico y la estructura son cosas que un psicoanalista debería tener en cuenta a escuchar al sujeto que sufre. Jean Claude Maleval en su excelente obra La lógica del delirio fundamenta el realismo de la estructura al advertir que la semiología psiquiátrica siempre identificó en el campo de la locura la diferencia entre el onirismo y el parasitismo del significante. Los clínicos de antaño vieron algo real allí, aunque lo teorizaran de un modo diferente. Como fuere, si Winnicott hizo aquella advertencia a su colega fue porque ya entonces se tendía a desconocer la diferencia entre las estructuras clínicas, diferencia que pone en juego la dimensión de la cualidad.

Contrariamente a algunos de sus seguidores, Lacan afirmó en su seminario del 20 de enero de 1971 que si había algo a lo que él no adscribía era al nominalismo. Al formular esto, aclaró con pertinencia que no se trataba de ser realista al modo de la Edad Media. El realismo analítico puede formularse de muchas maneras. Una de ellas es que la experiencia se funda en el hecho de que en la palabra hay cuerpo, que lo real del sexo y el pensamiento se tocan, tal como lo reconoce J.-A. Miller en Todo el mundo es loco –p. 51–. Algunos psicoanalistas intentan una transacción al plantear un realismo de las estructuras y un nominalismo del síntoma, o del sinthome. Es una facilidad pueril, dado que incluso la noción de sinthome que se quiere ver como “lo singular” no está exenta de una conceptualización general, al menos en la enseñanza de Lacan que asigna a todo sinthome una función de reparación. Pero lo principal es que lo más íntimo y singular del goce de cada quien se inscribe en el marco de lo que Unamuno llamó el sentimiento trágico de la vida. Cada destino único, al igual que cada contexto histórico, son avatares de la general pasión humana, y es esto lo que Freud puso de manifiesto en una época que creyó haber dejado atrás la tragedia. Por eso la diferencia relevante entre el realismo analítico y el nominalismo es ética. Por lo pronto, no es forzoso ser nominalista o moderno para no caer en el dogmatismo. ¿Acaso Freud postuló sus conceptos como intocables? No dudó en rectificar sus nociones. Probó caminos que después abandonó. Pero conservó una orientación, fundada, como toda orientación, en el origen. Así lo muestra el prólogo a la segunda edición de la Traumdeutung:

Quien conozca mis trabajos (sobre la etiología y el mecanismo de las psiconeurosis) sabrá que jamás hice pasar lo fragmentario por algo acabado y que siempre me esforcé por modificar mis formulaciones de acuerdo con el progreso de mis conocimientos; en el terreno de la vida onírica, en cambio, pude atenerme a mis palabras originales. En los largos años de mi labor con los problemas de las neurosis, muchas veces llegué a vacilar y en múltiples ocasiones me encontré confundido, pero siempre recuperé mi seguridad acudiendo a La interpretación de los sueños.

El psicoanálisis, al igual que el sujeto, tiene un núcleo –Kern– que permanece. Y el estatuto de ese núcleo es, como lo afirmó Lacan en más de un lugar, más ético que ontológico. De lo que se trata es de admitir o no la maleabilidad infinita de lo que sea. Es una ética realista la que define al psicoanálisis en tanto la experiencia pone en juego lo incurable, que no es solamente “la singularidad del goce del síntoma”, sino también la dimensión trágica de la estructura como destino. Por eso Lacan postula en “Variantes de la cura tipo” que sin esa ética lo que tendremos es una psicoterapia, por más que esté atiborrada de nociones analíticas. ¿Hasta qué punto podemos cambiar la teoría y la experiencia sin que deje de ser psicoanálisis? ¿Acaso ese término, “psicoanálisis”, es una mera etiqueta? ¿Su diferencia con la ego psychology, por ejemplo, es “bagatela”?

En conformidad con los ideales de la época, hoy se defiende el aplanamiento de la clínica –como de todo lo demás– en nombre del “estado de derecho”, al cual se lo identifica con el respeto a las minorías. Por ello se hizo de “la singularidad” un fetiche ideológico que está en conformidad con los ideales modernos. Un problema actual que algunos empiezan a notar es que el respeto de las minorías se muestra cada vez más compatible con el más radical desprecio de las mayorías. Tampoco se trata de privilegiar a estar últimas para oprimir a las primeras. Sería más cercano a la ética del psicoanálisis pensar el estado de derecho como el principio de la división real de los poderes. Y esto significa la división de los poderes reales. El verdadero estado de derecho se pierde toda vez que haya una concentración monopólica de poder, sea del signo que fuese. Ante este problema, lo fundamental será entender que la libertad ilimitada que el nominalismo favorece no es la del individuo, sino la del mercado y los poderes que determinan la gestión poblacional. J.-A. Miller lo admite en la página 148 de Todo el mundo es loco. La concepción de la realidad como un material amorfo, aplanado, homogéneo, la hace configurable según la demanda de los poderes dominantes. Tras el frenesí emancipador y empoderado de la modernidad se deja ver, en la eliminación de la función de la excepción, una voluntad de dominio que se beneficia de la primacía de la cantidad sobre la cualidad. Si nada es