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Los individuos que experimentan problemas serios en regular su placer a menudo se ven atrapados en promesas mesiánicas, abrazando un orden de hierro como una búsqueda desesperada de identidad y proyecto de vida. Este libro explora cómo la 'víctima' de la promesa psicopática, desprovista de anclajes, se convierte en presa fácil para discursos que prometen renacimiento y pertenencia. Estas personas, cargadas con un inconsciente sentimiento de culpabilidad por el mero hecho de existir, encuentran en los psicópatas a quienes se les denomina coaches, "líderes", o "mentores" un interés que, aunque destructivo, se siente como un verdadero deseo por ellas. Viviendo bajo la cultura del mercado, se ven afectados por un íntimo sentimiento de superfluidad, inherente a un mundo en el que todo es funcional y donde lo económico es el valor absoluto. Pero además, los mecanismos psicopáticos no sólo se manifiestan en individuos, sino que son explotados por sistemas y figuras de autoridad que dominan el panorama político y económico actual. Este libro es un espejo crítico de nuestra cultura de mercado, donde lo funcional y económico predomina, y el narcisismo lleva inexorablemente a la catástrofe.
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Seitenzahl: 154
Veröffentlichungsjahr: 2024
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MARCELO BARROS
© Grama ediciones, 2024
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Tel.: 4781–5034 • [email protected]
http://www.gramaediciones.com.ar
© Marcelo Barros, 2024.
Barros, Marcelo
Psicopatía : cuestión preliminar a una psicopatología de las masas / Marcelo Barros. - 1a ed - Olivos : Grama Ediciones, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6643-11-7
1. Psicoanálisis. I. Título.
CDD 150.195
Diseño de tapa: Gustavo Macri
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Hecho el depósito que determina la ley 11.723
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor.
Portada
Portadilla
Legales
¿Existe la psicopatía?
Psicopatología de las masas
El canalla
La canalla
La masa
La turba
El sermón y las obras del Anticristo
, de Luca Signorelli
“El inconsciente es la política”
El psicópata: sueño del neurótico
Los tipos libidinales y el
sinthome
El tipo libidinal narcisista
“Los más agudos oponentes al psicoanálisis”
“Algo directamente siniestro”
Los monstruos
La hipnosis y el
Urvater
“Miseria psicológica” y “degeneración catastrófica”
El ataque al Nombre-del-Padre
La secta: un orden de hierro
La víctima
El
Urvater
: la víctima cero
El (H)Uno contra el Sistema
Identificación proyectiva
La identificación narcisista
La letra y la sangre
El segador
Bibliografía
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Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
La sociedad siempre se muestra inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por lo que pretende ser, de forma tal que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído.
H. Arendt, “Los orígenes del totalitarismo”
Cuando Dios construye una iglesia, el diablo construye una capilla.
Martin Lutero
A pesar de todos estos obstáculos, es lícito esperar que un día alguien emprenda la aventura de semejante patología de las comunidades culturales.
S. Freud, “El malestar en la cultura”
Habrá sido en 1987. Me habían recomendado asistir a la función de trasnoche en un cine donde proyectaban The Wall. Acompañado por un colega, nos interesaba más lo que sucedía en la sala todas las noches, que el filme. Ya había visto mucho antes la obra de Alan Parker, estrenada en 1982. Ahora la proyectaban todos los días en el horario más tardío, y una tribu urbana cumplía la ceremonia de verla cada noche. Venían haciéndolo durante meses. Con la sala completa, éramos los más añosos, desentonados y perdidos entre un público casi uniformado. La marihuana saturó el espacio de inmediato. Desde el primer minuto en que corrió la cinta, la nutrida asistencia comenzó a gritar. La agitación fue constante. Sin atender mayormente a la pantalla, la vociferación no expresaba entusiasmo. Eran gritos de ira. Injuriaban al protagonista. La trama gira en torno a una estrella de rock llamada Pink. El héroe carece de padre, quien fue masacrado durante la Segunda Guerra Mundial junto con muchos jóvenes británicos. Su niñez está signada por la sobreprotección de la madre. La escuela le depara la rigidez de maestros resentidos y humillados por sus mujeres. Los referentes viriles positivos no existen, y lo femenino prevalece bajo la forma de la mujer hostil y devoradora. El éxito artístico del protagonista no lo rescata de su crónica depresión, del abuso de drogas, y de la vida matrimonial marcada por la infidelidad de la esposa. Tras un intento de suicidio en la víspera de un espectáculo, la película muestra la transformación del héroe en un dictador autoritario. El recital sustituto condensa la estética del rock con la del nacional socialismo. Pink se convierte en aquello contra lo cual la generación de su padre había combatido. Hay una inversión de la metamorfosis de Kafka. El que fue siempre tratado como cucaracha, deviene líder carismático, frío y cruel. Entonces los gritos tribales cesaron. La horda juvenil pareció encontrar una oscura satisfacción que la llamó al sosiego. Buscaban un amo, y lo encontraron. La historia también les prometía algo: venganza y autocastigo.
La etimología del término -padecimiento mental- no ayuda a la delimitación. Si la expresión aparece en el siglo xix, la centuria siguiente la asoció progresivamente a formas de conducta antisocial, falta de conciencia moral, impulsividad, manipulación, engaño, y recurso a la seducción con fines agresivos. Son rasgos que acarrean una vaguedad considerable y que podemos encontrar en mayor o menor grado en cualquier configuración subjetiva. El psicoanálisis posfreudiano habla de trastornos fronterizos, o de narcisismo patológico, sin disipar el misterio de esas personas que son llamadas “psicópatas” y que dejan un rastro de perplejidad entre legos y expertos. El psicoanálisis de orientación lacaniana no presta entidad a este tipo clínico que nos remitiría a las mixturas de la psicosis o la perversión, a la vez que podrían reclamar ciertos aspectos de la neurosis. Pero innegablemente “psicopatía” es un significante que ha pasado al uso vulgar. Designaría a sujetos que pueden ser nombrados también como “sociópatas”, aunque no siempre plantean la transgresión de las leyes establecidas. Entonces se habla de psicópatas “integrados” y “no integrados”. Quiebre o no la ley, se imagina al “psicópata” como alguien que estaría libre de los pesares que ella implica, un sujeto capaz de sostener una voluntad de goce irrestricta, sin conciencia moral y exento del malestar que acarrea el vivir dentro de la civilización. Esto, sin dudas, es un fantasma. Acaso la mejor definición de la psicopatía es la que ofrece Marie-Hélène Brousse cuando sostiene que el psicópata es un sueño del neurótico. Este será nuestro punto de referencia. Se trataría de una ilusión popular, plasmada en la literatura, en el teatro y en el cine. Los referentes reales -que no faltan- mostrarían ser casos de psicosis o de perversión. Que nos basemos en esa tesis -el psicópata es un sueño del neurótico- no significa adherir por completo a ella.
Si de ensoñación se trata, nada impide analizarla. El psicoanalista se ocupa de las raíces subjetivas de lo que no existe, ya sea que hablemos del Hombre de la Arena de Hoffmann o lo que sea. Por cierto, podemos preguntarnos si el Cuco, el Flautista de Hamelin, el Hombre de la Bolsa o Slenderman, existen en el nivel de la política. El fantasma de alguien tentador y maligno, capaz de hipnotizar a los jóvenes para arrastrarlos hacia la perdición, no sólo interviene en el imaginario de las relaciones personales. Hoy Adolf Hitler no es una figura debatible, por más que no le falten admiradores. Su nombre ha quedado como la marca del infierno tan temido, de un peligro que acecha en la vida de las masas y de cuán lejos puede llegar una sociedad. Las pesadillas pueden hacerse realidad, incluso en la dimensión de lo social. Si toda estructura subjetiva compromete lo vincular, el psicópata -al margen de si existe o no- aparece como un peligro para la sociedad, con “integración” o sin ella. Lo paradójico es que sería más peligroso desde su conformidad con las normas sociales, como aquellos que hacen aportes considerables al bienestar comunitario. Ése a quien se llama “psicópata” -o “sociópata”- pone en jaque los semblantes de la cultura, y lo remarcable es que no lo hace a la manera de la esquizofrenia. Winnicott señaló alguna vez que la sociedad se muestra mezquina a la hora de usar recursos para asistir la psicosis, y que en cambio presta gran atención al sujeto antisocial. A menudo el psicótico no capta la atención del Otro social, y se ve en brazos del desamparo. Al contrario, el sujeto antisocial siempre logra que la comunidad le preste atención por su peligrosidad.
Un dato importante es que algunos de estos sujetos convoquen la adhesión de grandes o pequeños grupos. La idealizada ironía de la esquizofrenia no revoluciona nada. Salvo excepciones, el esquizofrénico no constituye una amenaza para la sociedad, y es más bien ella, la sociedad, la que representa un peligro para él. El fantasma del psicópata, en cambio, no configura un perfil de vulnerabilidad. Atrae un interés que no se le concede al psicótico, y a veces tiene seguidores o entusiastas, incluso si se trata de un asesino serial, cosa que no sucede con la mayoría de los delincuentes. No es raro que un alienado diga que es Jesús. Lo raro es que diga que lo es, y haya personas que le crean. Eso no se ve todos los días, pero es un hecho verificable. Si la ironía del esquizofrénico descree de los semblantes y del lenguaje, ellos, los semblantes, sobreviven airosamente a la deconstrucción esquizoide. El llamado “psicópata”, en cambio, hace del semblante su arma preferida. Más que al psicótico, él se acerca a la descripción que Lacan hace del padre del psicótico: el predicador, el legislador, el educador, el agente de la ley, hombres que hacen de su función social una impostura perversa. Se trata del padre de Schreber, más que de Schreber. Las deconstrucciones que tanto gustan a la cultura de la cancelación son una nadería comparándolas con Auschwitz. Adorno dijo que después de eso no podría haber más poesía, y algo de cierto hubo en ello. Los nazis estuvieron más cerca de acabar con la literatura que Joyce. ¿Hay algún “destructor creativo” que se compare con Hitler? La mortal fascinación que ejerció sobre las masas es un fenómeno que sigue interpelando a la modernidad que le dio origen.
Freud postuló una correlación entre el enamoramiento y la hipnosis, estados que pueden establecerse entre la masa y su líder. La estructura que él despejó puede aplicarse a una relación de pareja, lo que plantea el problema de la ubicuidad de lo “tóxico” en las relaciones amorosas. Lo relevante es que Freud haya puesto el acento en la raíz erótica de la hipnosis, y de todo magnetismo. Originalmente la hipnosis fue nombrada como “magnetismo animal” por F. A. Mesmer en el siglo xviii. La atracción siempre es “fatal”, a menos que algo diga que no, y lo que dice que no es el Nombre-del-Padre. Si el amor es una especie de locura, los hay más locos que otros. La coquetería de los intelectuales ignora esta diferencia. Tampoco da lo mismo un liderazgo que otro. De lo que no cabe dudar es de la existencia de la influencia, de eso que es uno de los temas delirantes principales. Sobre todo, la influencia del padre, en la que ya nadie cree a excepción de las feministas. Si sus argumentos son deplorables, las guía una intuición certera. Aquí cabe mencionar una hipótesis freudiana que concierne a nuestro tema: la masa es adicta a la autoridad, y por esa vía, además, busca satisfacer una necesidad de castigo. ¿Cómo hablar de “adicción a la autoridad” en una era en la que ella, la autoridad, ha sido destituida progresivamente en todos los niveles, al menos en las sociedades que se presentan bajo el signo de la modernidad?
Es paradójico que las feministas odien a Freud, cuando es uno de los pocos pensadores serios que le daría alguna razón a ese movimiento en su fatigada queja contra el patriarcado. Ciertamente el capitalismo representó la declinación de la instancia paterna en la cultura. Su fuerza revolucionaria -Marx dixit- determina el incesante cambio, la creciente emancipación del consumidor y la destitución de toda autoridad. Es a esto, y no a la bondad humana, que debemos los derechos civiles. Pese a todo, Freud nos enseña que en lo inconsciente los dinosaurios siguen caminando. Él introdujo la sombra del Urvater en los procesos políticos y sociales, en una época en la que semejante figura ya estaba fuera de lugar. “La primacía del padre no es más que un recuerdo”, nos dice J.-A. Miller. Aunque algunos hombres saben cómo despertar esos recuerdos que, según Freud, nunca mueren del todo. El fantasma del psicópata lleva la máscara del “Hombre de la Arena”, antigua versión alemana del Cuco. Hoy diremos que ese espantajo -que a veces es un payaso- ha quedado atrás hace mucho tiempo. No creemos en él. Hasta que aparece.
¿Hay pasajes al acto colectivos? Si la psicología de la comunidad es la misma que la del individuo, no es imposible que una sociedad de un salto al vacío. Sin negar las distancias que hay entre el III Reich y la Iglesia del Templo del Pueblo que lideró el Reverendo Jim Jones y que llevó al suicidio a mil personas en Guyana, es fundamental tener presente la homología estructural que Hannah Arendt postuló entre la dinámica de la sociedad totalitaria y la de las sectas en Los orígenes del totalitarismo. Esto plantea el problema de lo que habríamos de entender por “secta”; pero la hipótesis de Arendt es fecunda para el psicoanalista y permite anudar la psicopatía -incluso si es un fantasma neurótico- con una psicopatología de lo colectivo. Freud y sus discípulos supieron ver la existencia de una locura de masas, a partir del fenómeno del fascismo y el nacionalsocialismo. ¿Quedó eso atrás? Para Emmanuel Levinas el “hitlerismo” es la expresión de una tendencia potencial del sujeto hablante. Más allá de eso, la idea de una psicopatología de las masas se verifica en el hecho de que ella, la masa, puede sucumbir a la melancolía, la manía, o el pánico. Respecto de lo primero, es Freud quien rescata el testimonio de los médicos militares de todas las épocas, que pone en evidencia la mayor vulnerabilidad de los ejércitos en derrota frente a las enfermedades epidémicas. En cuanto a la manía, baste mencionar el fenómeno de la desmesurada expansión de las burbujas financieras. Por lo que concierne al pánico, eso no es ajeno a los talantes del mercado. Tal vez hablar de una psicopatología de las masas parezca algo vano frente al axioma “todo el mundo es loco”. Aunque verdadero, ese apotegma no lleva lejos. Freud dijo que invocar nuestra común descendencia de Adán en un juicio sucesorio es inútil. Habría que volver a la pregunta que Lacan hace en El sinthome sobre a partir de qué momento, y bajo cuáles condiciones, alguien -o un grupo- se vuelve loco, teniendo en cuenta sobre todo que el amor es una especie de locura.
Se podrá levantar un reparo a la noción de una “psicopatología de las masas” por el potencial riesgo de usar categorías clínicas para descalificar el pensamiento del oponente. Eso ocurre. Tal aberración no impugna el buen uso de la psicopatología. Freud no habría acordado con el imperativo progresista de despatologización. Su ética residía en la negativa a estigmatizar. A la vez nos recuerda que la interpretación como arma de controversia no conduce a ninguna parte. La patologización generalizada es un axioma del psicoanálisis, pero habilitar las categorías diagnósticas no avala que se “diagnostique” a quien no piensa como uno, como hacen los psicoanalistas de la derecha liberal que juzgan como locura de masas todo entusiasmo popular. Por su parte, la “izquierda lacaniana” no se muestra ni más democrática ni más juiciosa. Ciertamente es un problema determinar cuándo un fenómeno colectivo es una “locura de masas”, o cuándo la defensa de la libertad individual es “narcisismo”. ¿Quién puede juzgar eso y con qué criterios? Y, sin embargo, no podemos ignorar el testimonio de la masacre de Guyana, o los suicidios de los miembros de la Orden del Templo Solar. Todos los estados son capaces de cometer crímenes, pero acontecimientos como el Holocausto nos confrontan con algo diferente. No es un asunto de cantidad de víctimas. Buscamos la lógica de un fenómeno particular, que puede tener lugar en la pareja, la familia, o la sociedad. Hay movimientos de masas que dejan detrás de sí una estela destructiva sin promover ningún avance cultural y que aparecen teñidos de una enigmática irracionalidad. Si bien cualquier guerra es condenable, Freud no consideró que fuesen todas iguales. Estimó que algunas cumplieron una función positiva en el avance de la civilización, como las acciones militares que condujeron al establecimiento de la Pax Romana. Otras, en cambio, habrían sido -según él- meramente destructivas y ruinosas como las invasiones mongolas que azotaron a Europa en el siglo xiii.
Ya sea que pensemos la psicopatía como tipo clínico, como fenómeno vincular, o como sueño del neurótico, el lector se preguntará por qué este tema habría de presentarse como preliminar a la construcción de una psicopatología de las masas. La respuesta descansa en la misma concepción freudiana de la masa, que para él se presenta como una resurrección -Wiederbelebung- de la horda primitiva. Esto implica la interrogación sobre la figura del Urvater y su relación con la familia primordial. El hecho de que esta construcción freudiana haya sido desestimada, y se la haya considerado como una ensoñación personal de Freud -es la postura de Lacan- refuerza la idea de que el personaje que ejerce una influencia psicopática sobre los demás sería un producto de la fantasía, como the bogey man. Cabe decir que el monstruo es un avatar imaginario de lo real, y de ese real que es presentificado por la instancia moral. Es la tesis de Lacan en La ética del psicoanálisis. A fin de cuentas, los monstruos son fantasmas invocados para sostener el orden social, como cuando antes se asustaba a los niños con la figura del espantajo a fin de lograr su obediencia. Hoy es un pilar de la educación moderna el enseñarles a los niños que los monstruos no existen. No se los prepara para la realidad de la vida, y por eso es acertado hablar de una “generación de cristal”.
