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Este ensayo no solo se atarea en el esclarecimiento de la noción de trauma en el nivel del sujeto, sino también en el nivel de la comunidad. ¿Hay traumas colectivos? ¿Qué determina que un acontecimiento histórico merezca el apelativo "traumático", sobre todo cuando nos referimos al suceder de la vida de un país? La noción de trauma es inseparable de la que nos podamos hacer respecto de la memoria y del testimonio. Este último no se resigna al despliegue de información, a la prolija enumeración de datos y circunstancias. La primera es de linaje de construcción activa y no de mera reproducción. Hay sucesos que sólo pueden abordarse a través de un esfuerzo de poesía, por mínimo que este sea. Eso nos lleva desde la concepción documental de la historia hacia su vertiente literaria y hasta mitológica. En estas páginas se invocará la terrible sombra del conflicto del Atlántico Sur para interrogar el trauma en estos dos niveles, el del destino individual, y el de una nación. La historia de esa guerra –y nombrarla así, ya suscita debates– muestra que el trauma del sujeto no se limita a la conmoción sufrida en el teatro de operaciones, sino que su elaboración depende de la que la sociedad pudo –ella también– hacer de esa herida en la memoria.
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Seitenzahl: 138
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Las islas
Marcelo Barros
Las islas
Un aporte a la teoría del trauma
© Grama ediciones, 2022
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Tel.: 4781–5034 • [email protected]
http://www.gramaediciones.com.ar
© Marcelo Barros, 2022
Barros, Marcelo
Las islas : un aporte a la teoría del trauma / Marcelo Barros. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8941-49-3
1. Psicoanálisis. I. Título.
CDD 150.195
Diseño de tapa: GustavoMacri
Primera edición en formato digital: diciembre de 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Hecho el depósito que determina la ley 11.723
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por medios gráficos, fotostáticos, electrónico o cualquier otro sin permiso del editor.
Next to a battle lost, the greatest misery is a battle gained
Duke of Wellington
La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuanto es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares.
José de San Martín,
Código de Honor del Ejército de los Andes
El mito es la última verdad de la historia; lo demás es efímero periodismo.
Jorge Luis Borges
Der Einzelne, der nicht selbst ein Kämpfer und somit ein Partikelchen der riesigen Kriegsmaschinerie geworden ist, fühlt sich in seiner Orientierung verwirrt und in seiner Leistungsfähigkeit gehemmt.
Sigmund Freud, Zeitgemäßes über Krieg und Tod
Advertencia al lector
No es éste un trabajo de investigación que responda a las exigencias del discurso universitario y tampoco un estudio clínico específico sobre las neurosis de combate o el llamado síndrome de estrés post-traumático. Menos todavía una colección de testimonios sobre la guerra del Atlántico Sur de 1982 que conlleven un análisis político, histórico o militar de ese conflicto. Si aquí se habrá de incurrir en la mitología histórica de Argentina, será para tomar en cuenta lo que de esa guerra no pudo ser asimilado por ella. Aunque este ensayo se enmarca en la teoría psicoanalítica, es ante todo una serie de observaciones personales que no aspiran a verse por completo libres de las influencias de la raison du cœur, tratándose de un tema sensible a muchos argentinos, entre los que me cuento. Por eso, es en parte por convicción y también por convención que los nombres de los lugares aludidos serán los usados en Argentina. La finalidad que mueve estas consideraciones es la de indagar qué aporta la experiencia de los actores del teatro de operaciones de Malvinas a la teoría general del trauma. Las páginas que siguen no disimulan las muchas carencias que presentan en cuanto a información bibliográfica y casuística. Tampoco pretenden estar a la altura de un tema controversial que todavía sangra en la memoria de nuestro país. Si este ensayo tuviese algún mérito lo deberá a la fortuna y a la voluntaria o involuntaria generosidad del lector. Pero también a la memoria de los caídos en la guerra y la posguerra, así como a los testimonios de los combatientes y sobrevivientes de ambos bandos. No puedo eludir en esta inscripción el recuerdo y la gratitud debida a mis mayores, quienes me concedieron el don de sentir la tierra natal y su historia.
De la exposición del problema
Esclarecer lo que hemos de entender por trauma es el objetivo ordenador de los desarrollos que dan sustancia a este ensayo. Como se anunció antes, el trabajo busca apoyarse en el acontecimiento bélico del Atlántico Sur para esclarecer la teoría general del trauma. Se apunta a establecer sobre todo que la experiencia que calificamos como traumática no está limitada, al menos en este caso, a las vivencias que tuvieron lugar durante la guerra, sino que ella se extiende al período del arduo retorno a la vida civil. Es ésta una parte capital que debe tomarse en cuenta, porque si la guerra es una conmoción elaborada con mayor o menor fortuna, su choque se ve redoblado en la retroacción que implica la confrontación posterior con la pretendida normalidad. ¿Cómo alguien que no ha sido preparado para el arte de las armas –sobre todo él, pero sin excluir al militar de profesión– puede integrar a su estructura subjetiva una experiencia que tal vez lo habite como un cuerpo extraño? Esta pregunta es inseparable de otra. ¿Cuán posible es para quien pasó a través del fuego y carga con las cenizas de la memoria, llegar a integrarlas –y junto con ellas a sí mismo– a una vida futura cuyo lazo con la cotidianidad del pasado fue cortado por una brusca grieta temporal? Así como en la física cuántica el estado de una partícula se ve modificado por el hecho de observarla, el carácter traumático o no traumático de una experiencia depende de la significación que el Otro le asigne, lo cual incluye también –y sobre todo– el que no le asigne ninguna.
No se aspira a la iluminación histórica ni al análisis político o militar de los hechos referidos. De linaje de prevención, la salvedad denuncia el carácter conflictivo de un tema que difícilmente puede ser tocado. Y esa intocabilidad, inherente a esos tópicos incómodos que solemos designar como “tabú”, pone de manifiesto el problema de los hombres marcados por los 74 días durante los que se desarrolló un drama que fue destinado al silencio o a la representación clausurada. Es el silencio y la clausura lo que habilitan la competencia del psicoanalista en el caso. No discutiremos las razones políticas de lo que se ha designado como “desmalvinización” ni sus justificaciones, acertadas o no. Lo que cabe destacar es el hecho de que ese proceso haya sido operado desde una punta a la otra del espectro político. Más allá de los partidismos, la sociedad argentina se encontró en dificultades para alojar el suceso en su memoria, y hubo un consenso implícito sobre su clausura. Nos atarea entonces la incidencia que ese olvido tuvo en quienes participaron activa o pasivamente, ya fuese con resignación o con entusiasmo. Pocas veces hubo un acuerdo social tan extendido, si bien desde argumentos muy diferentes, como en el objetivo de borrar ese incómodo capítulo de la historia nacional. Tal embarazo se verifica sólo con examinar la ambigüedad del homenaje que se dedica a la marca del 2 de abril –el día en que se tomaron las islas-. La democracia restaurada en 1983 privilegió la fecha del 10 de junio, que era el tradicional día de las Malvinas antes de la guerra. Esta opción tenía la ventaja de estar desligada de lo que fue una iniciativa de la dictadura cívico-militar (1976-1983). Permitía simbolizar el reclamo de soberanía por medios diplomáticos sin hacer referencia a la guerra. Sin embargo, algo falló en ese esfuerzo por borrar la problemática conmemoración del 2 de abril, dado que retornó con la investidura de feriado nacional en el año 2000 para conmemorar el “Día del veterano y los caídos en Malvinas”. Esa reaparición no borró la ambigüedad, porque hasta hoy se discute el significado de los términos “veterano” o “caído en Malvinas”. ¿Se trata de soldados argentinos que combatieron, de sobrevivientes de una pesadilla, o de víctimas de la dictadura militar? Las tres cosas podrían nombrar a cualquiera de los afectados de manera simultánea. Para un sector de la sociedad la fecha del 2 de abril vendría a redoblar lo que se conmemora el 24 de marzo, que es el “Día de la memoria, la verdad y la justicia”. En cierto sentido puede ser así, pero hay una diferencia. Y es esa diferencia la que introduce una dificultad. No se trata de una cuestión de efemérides, sino de un activo desconocimiento que no puede dejar de llamar la atención del analítico en tanto muestra un impedimento a la hora de integrar el tema en la memoria colectiva.
Prescindiendo de las versátiles estadísticas, los casos de suicidio que se produjeron entre los veteranos de guerra –argentinos y británicos–, son más que numerosos. Son significativos. Eso por sí solo justifica que nos ocupemos del problema, como Freud y sus discípulos lo hicieron con motivo de las injurias subjetivas que generó la Primera Guerra Mundial. El penoso quiebre de tantos destinos no puede dejar indiferente al psicoanalista. Lo que debe resaltarse en el caso de la guerra de Malvinas es el hecho de que la posguerra haya producido tantas bajas como el enfrentamiento mismo. Algunos sostienen que el número de suicidios supera al de los caídos en el campo de operaciones. Así lo declara el libro Batallas de Malvinas de Pablo Camogli, aunque su trabajo se atarea de manera exclusiva con los hechos de combate y los aspectos técnico-militares. Lo mismo es denunciado desde otra punta del arco ideológico por las páginas preliminares del libro Las otras islas, escritas por Edgardo Esteban. Sólo por dar un ejemplo, en 2006 un diario de Buenos Aires publicaba un artículo titulado “No cesan los suicidios de ex combatientes de Malvinas” (La Nación, 26-2-2006). La nota hablaba de la alarmante cantidad de los inmolados en el altar del olvido. Se mencionaba también el caso del veterano Ignacio Bazán que había sido conde-corado con la medalla de honor al valor en combate, y que después, acosado por la pobreza y la indiferencia, tuvo que empeñarla. Mucho más grave que eso fue que después se ahorcase en su casa de Lanús. Del otro lado del Atlántico, en 2013 una nota consideraba que “la cifra de suicidios de veteranos británicos estaba sobreestimada” (BBC News, 14-5-2013), aunque el Ministerio de Defensa reconocía 95 suicidios. No eran pocos, teniendo en cuenta que los muertos ingleses (reconocidos) en la guerra llegaron a 255. Aunque sobre el final se menciona la estimación de la Asociación de la Medalla del Atlántico Sur –el organismo que representa a los veteranos del Reino Unido– para la cual la cantidad de suicidios superaba ya en 2002 a la de bajas en el conflicto. El texto de Camogli confirmaría este dato, afirmando que al momento de escribir su trabajo sobre Malvinas los suicidios de veteranos ingleses llegaban a ser 300, superando al número de caídos en la guerra. Como psicoanalista he de considerar el valor simbólico de estas estimaciones con independencia de las prolijidades de la información que ocuparán al cronista o al historiador. Desde una perspectiva analítica estos datos nos llevan a pensar que lo traumático es algo más complejo que la puntual conmoción psíquica producida por las exigencias de la lucha y de la vida militar. Ello arroja una luz diferente sobre la noción de trauma que habilita ir más allá del suceso desencadenante y su vínculo infaltable con los acontecimientos de la prehistoria infantil.
Por convención nombramos veteranos a los que pasaron por la experiencia, sin desconocer que algunos podrían rechazar una denominación que tiene connotaciones militares. Lo que cabe postular es que además de la devastación que la guerra y la posguerra tuvieron sobre muchos de los veteranos en el plano del sujeto, Malvinas –así nombraremos al conflicto en adelante– nombra un hecho traumático de la historia argentina. Sostener esto nos lleva a dos hipótesis que plantean sendos problemas. La primera, es la que supone la guerra del Atlántico Sur como un trauma colectivo. Esto es algo que podría ser discutido, no porque se ponga en duda la gravedad del evento sino porque desde los relatos dominantes –de derecha y de izquierda– no se ve Malvinas como un hecho disruptivo, sino como la continuación y el corolario final de los estragos de la dictadura cívico-militar de 1976. En todo caso, de existir algo así como un trauma colectivo, ése sería el del terrorismo de estado que dejó 30.000 desaparecidos y privó de identidad a parte de sus descendientes. Hasta los que se esmeran en menguar los horrores de la dictadura sostienen una perspectiva similar, y explícitamente expresan su negativa a ver a los veteranos y a los caídos como “héroes” para resaltar su condición de “víctimas” (La Nación, 30-3-2012). La visión de lo que podríamos rubricar bajo el vago término de “progresismo” –teniendo en cuenta la polisemia de ese significante–, no difiere de la perspectiva de la derecha. Para los unos y los otros el conflicto de Malvinas habría sido un apéndice del terrorismo de estado, sin un estatuto propio ni un relato que aloje su especificidad. Lo que resultó elidido fue su carácter de acontecimiento bélico que enfrentó a los efectivos argentinos con una potencia extranjera. No había que considerar Malvinas como una guerra con otro país, sino como un asunto interno de la política argentina. Es precisamente el que haya existido un conflicto armado con los británicos lo que se canceló desde perspectivas políticas que pueden ser opuestas, pero que convergen en ese punto. ¿Cómo podría reivindicarse una guerra, y sobre todo una como esa? Antes de cualquier consideración es una prioridad saber que la “desmalvinización” empezó con la dictadura militar. Fue puesta en acto con una violencia infame por la misma oficialidad superior que desató la guerra, y que de manera explícita impuso un silencio opresivo sobre los sucesos que concernían al conflicto. Si la guerra hirió a los combatientes, la segunda y más cruel herida les fue inferida por los altos mandos de las Fuerzas Armadas que en ese momento gobernaban, y que al ocultar hechos y actores inyectó una significación de culpa y vergüenza sobre todo el asunto.
Lo que se impone junto con la hipótesis mencionada es el problema de cómo pensar la noción de trauma colectivo. ¿Es algo determinado por la magnitud de un desastre cualquiera? No faltarían razones para pensar que la dictadura de 1976 habría sido el verdadero trauma histórico, y la guerra del Atlántico Sur fue una metástasis de ese nefasto acontecimiento. Pese a ello, dos objeciones se presentan ante esta disolución del tema Malvinas. La primera tiene en cuenta que, si bien la dictadura de 1976 ejerció una devastación incomparablemente mayor que las que provocaron todas las otras, no deja de inscribirse en una larga serie que llegó a ser la regla. Los gobiernos militares de facto no fueron la excepción en Argentina entre 1930 y 1983. Al contrario, lo excepcional fueron las “interrupciones democráticas”, sobre todo teniendo en cuenta que el esfuerzo de democracia empieza a partir de la Ley Sáenz Peña y las elecciones de 1912. Por eso la última dictadura no significó una ruptura en la continuidad histórica, sino que llevó hasta el límite el modo en que cierto sector político –la derecha liberal, digamos– intentó contener el avance de los movimientos populares, que siempre fueron vistos como una amenaza para sus intereses, o como peligros para la democracia según la perspectiva liberal. Pero los hechos mostraron que las dictaduras de 1930, 1955, 1966 y 1976 no dejaron ningún saldo positivo. Si Jorge Luis Borges opinaba que el pueblo argentino no tenía la madurez necesaria para vivir en democracia y que las dictaduras militares eran la mejor opción ante la idiosincrasia nacional, esa no fue la opinión de un solo y excéntrico individuo. Los gobiernos de facto, que incluso contaron con el aval de los EE.UU., salvaban un orden económico y una alineación geopolítica que se veían perturbados por las periódicas emergencias de diversos “populismos”.
