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En uno de sus escritos Lacan pregunta si acaso sea por la incidencia de la instancia social de la mujer que el matrimonio se sostiene en la declinación del patriarcado. Una breve consideración de la hipótesis contenida en esa pregunta da cuerpo a este ensayo, que es más la reflexión personal de un psicoanalista que la exposición del punto de vista del psicoanálisis, si es que tal cosa existe. Con mayor o menor fortuna, la puesta a prueba de esa hipótesis no apeló a concienzudas lecturas, sino que fue sometida al versátil talante que determinaron las fatigas del encierro en el contexto de la pandemia. El discurrir de este ensayo es la instrumentación de pertinaces insomnios, de dilatadas cavilaciones sostenidas entre copas de color amargo y espíritus que prestaron a la prosa una dudosa asistencia. Ese esfuerzo tal vez no halló otra luz que la de los amaneceres. Pero hizo más soportable un vivir que, se esté casado o no, siempre es compartido con Otro.
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Marcelo Barros
Barros, Marcelo
Matrimonio / Marcelo Barros. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2021.
Archivo Digital: descargaISBN 978-987-8372-62-4
1. Psicoanálisis. I. Título.
CDD 150.195
© Grama ediciones, 2021
Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA
Tel.: 4781–5034 • [email protected]
http://www.gramaediciones.com.ar
© Marcelo Barros, 2021
Primera edición en formato digital: febrero de 2021
Digitalización: Proyecto451
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-8372-62-4
He: -And then all we did was resent each other, and try to control each other and cause each other pain.
She: -That’s marriage
Gone girl (Fincher, 2014)
Estas pasajeras consideraciones fueron escritas entre diciembre de 2020 y enero de 2021. Mencionar la brevedad de la ejecución advertirá al lector que no hallará aquí algo que pueda nombrarse como un estudio –ni siquiera superficial– sobre el matrimonio, siendo un tema hacia el que convergen la historia, la sociología, el derecho, la filosofía, la teología, el arte, la economía y el psicoanálisis. Estos apuntes no pasan de ser una divagación centrada en una hipótesis de Lacan, sin la esperanza de confirmarla o refutarla. El matrimonio es un problema del que cabe preguntarse si el psicoanálisis tiene algo que decir más allá de las relaciones de pareja que, como tales, pueden prescindir de él. Porque una cosa son las uniones estables o no, heterosexuales o no, con hijos o sin ellos, y otra distinta es el matrimonio. Haber mencionado la palabra problema ya implica una toma de posición, y adelantamos que con ella apuntamos a la práctica de la monogamia. Decir que el matrimonio es problemático podría ser trivial en la medida en que desde nuestra perspectiva la sexualidad en sí misma es problemática. Si el matrimonio en su sentido fuerte, civil o religioso -que es el que tomaremos aquí– da ocasión a diversas formas de malestar sintomático, también lo hace el “matrimonio” –en sentido amplio y figurado– que un sujeto establece con lo que sea, dado que la relación con ese objeto del deseo que va “de la mujer a los libros raros”, nunca carece de disonancia. Lo mismo podemos decir del mal avenido “matrimonio” entre el significante y el significado, o entre un significante y otro. Es la consecuencia del postulado no hay relación sexual, que declara el instinto como perdido y la falta de un objeto natural de la pulsión. Si la vulgata nos fatiga con el imperio de la desconexión, el matrimonio obedece a ese discurso que es el reverso del psicoanálisis al postularse como el paradigma de la unión. Se podría matizar ese juicio al notar que desde siempre el matrimonio presenta una cara oculta que ha dado mucho material a la ironía, en tanto él es también el paradigma del enlace ridículo entre dos cosas que sólo a un cómico –acaso un poco sádico– se le ocurría emparejar.
Ante las fórmulas dilatadas como “no hay relación sexual” debemos guardarnos con alguna moderación. Si como bien notó Freud el “matrimonio” del bebedor con el vino, por ejemplo, no presenta la inestabilidad tan a menudo frecuentada por el vínculo –conyugal o no– con el partenaire sexual, entonces no todo da lo mismo. Sin profundizar, digamos que lo que nos ocupará no es tanto la pareja, como el que ella convoque a una autoridad competente, civil o religiosa, y ante la cual los interesados formulan una promesa, no sólo entre sí, sino también ante ese Otro que puede ser la comunidad, el estado, o la iglesia. Cada uno de los dos jugará su partida también con esa instancia y no sólo con el otro incauto. Decir esto no es poco. Los contrayentes no están solos en tanto han incorporado la levadura indigesta de la ley. Se podría tomar la noción de matrimonio en el sentido amplio de las parejas que viven juntas bajo un mismo techo y que eventualmente forman una familia o no. El matrimonio es cada vez más eso, y se prescinde de incurrir en su sentido fuerte que lleva a redoblar el compromiso mutuo en un acto formal. ¿Cuál es la necesidad, en los tiempos actuales, de ese redoblamiento simbólico? Pero los matrimonios “informales” por llamarlos así, igualmente obedecen al modelo de una unión monógama que –al menos en la actualidad– implica un doble monopolio sexual entre dos que deciden vivir en un domicilio común compartiendo monotonías, sucesos, y con suerte el sexo, quien más, quien menos, y a veces nada.
Alguna vez Jacques Lacan preguntó: ¿Alguien vio un matrimonio feliz? No discutiremos con quienes digan que sí. Lacan parece inscribirse en la dilatada lista de quienes han resaltado la amargura recóndita de las lunas nupciales, y en eso también fue un seguidor de Freud. Ello no implica necesariamente un juicio adverso hacia el matrimonio. Pero ciertamente el psicoanálisis no hace la apología de una práctica que ha sido la estrategia más destacada por el orden social para tratar las turbulencias de la sexualidad y llamarla al buen orden. Con fracaso considerable, hay que decir. Sus sinsabores fueron evidentes en todas las épocas y sobran los testimonios de ello. No es de hoy que eso está en crisis, por más que antes la autoridad patriarcal impidiera su zozobra. Por otra parte siempre hubo quienes prescindieron de la noble institución, sobre todo en las clases bajas. Hoy la intelligentzia lo entiende como un dispositivo patriarcal que sirvió a la opresión, explotación y control de las mujeres. Aunque los testimonios de los varones, por muchos que fuesen sus privilegios y libertades antes de la modernidad, distan de ser entusiastas. Y acaso la mayoría de los detractores del connubio se encontrarán, incluso hoy, en las filas del sexo villano. Cuando se le preguntó a Sócrates si convenía tomar esposa o no, él contestó que haga uno lo que haga al respecto, se arrepentirá. La única novela que escribió Nicolás Maquiavelo en 1515, Belfagor arcidiávolo, trata sobre el matrimonio. En ese relato el Diablo se sorprende ante la ingente cantidad de hombres que llegan al infierno diciendo que es por el matrimonio que están ahí. El Señor del Averno quiere saber más sobre esa institución que le aporta tantos clientes y decide enviar a un miembro de la jerarquía infernal para que asuma forma humana y tome esposa. Ninguno se anima. Lo echan a suertes, y le toca a Belfagor. El resto es la comedia del marido empeñado en satisfacer las demandas de la esposa, que como nadie ignora es la peor de las estrategias cuando implica eludir la dimensión del deseo –el de ella y el de él-. Al parecer ni los diablos se animan a entrar ahí. Tal vez las personas deberían leer los tratados políticos de Maquiavelo antes de casarse. Chesterton encontró que lo interesante de esta desquiciada invención es su estado de permanente crisis. Más lapidario es el juicio de Arthur Schopenhauer, para quien el matrimonio es el medio que encuentran dos personas para llegar a darse asco mutuamente. La lista de quejas es abundante. Al parecer los hombres de antaño no estaban tan satisfechos con esta práctica, incluso en las épocas en que estaban favorecidos. La mujer era una pertenencia del marido, a quien se le permitía satisfacerse libremente con otras. Con todo, el pasado no habla bien del matrimonio ni siquiera con la voz de los privilegiados.
No sería aventurado ver en el matrimonio, por su especial relación con la ley, el paradigma más destacado del malestar en la cultura. En cierto modo la representa, y por eso en gran medida la hostilidad que se guarda a la cultura a causa de las renuncias al goce que ella impone, se dirige hacia él. Con razón o sin ella, el compromiso nupcial aparece en el imaginario general como una renuncia al goce. Un lugar común lo ubica como la referencia destacada de lo que se llama “sentar cabeza”. Mejor no pensar adónde se sientan esas cabezas. Mejor no pensar cómo se las sienta, porque tal vez haya que perderlas antes de eso. Como sea, y acaso por ser considerada una institución patriarcal, ha suscitado encendidos rechazos y lamentos por parte de ambos sexos, que todavía se hacen escuchar. Hará falta tiempo para ver si los enlaces de personas del mismo sexo tienen mejor suerte, a pesar de ser matrimonios.
Se dirá que lo que fracasa también funciona, y de buena gana podríamos adherir al aforismo de Séneca que sostiene: “a pesar de todo, navegaba bien cuando naufragué.” Eso suena muy bonito, pero los que se ahogaron en el naufragio dirían otra cosa si pudieran. El elogio de lo “disfuncional” –tan caro al psicoanalista moderno– no debe enturbiar nuestro entendimiento a la hora de estimar diferencias. Decir que “no hay relación sexual” y que, por lo tanto, toda relación “fracasa”, es un juicio que por verdadero no deja de ser clínicamente estéril. Pesa sobre los psicoanalistas la prohibición de dictaminar el estatuto bueno o malo, sano o enfermo, mejor o peor, de una estrategia de vida cualquiera, siendo inherente a la teoría impugnar toda normalidad. Y es con razón que se nos invita a no devenir los garantes del orden conservador. Porque los progresistas piensan que los psicoanalistas somos defensores del matrimonio heterosexual. Lo gracioso es que los conservadores sostengan exactamente lo contrario. Unos y otros serán siempre enemigos del psicoanálisis, por la simple razón de que son moralistas. Y resulta patético el esfuerzo tartamudo de los colegas que pretenden dialogar con esos gusanos de la Inquisición. Es cierto que no debemos ser garantes de la tradición, pero por las mismas razones tampoco deberíamos convertirnos en los garantes del nuevo orden moral progresista. En La ética del psicoanálisis Lacan nos previene de ello.
Si la inexistencia de la “normalidad” de lo que sea es un fundamento del psicoanálisis, eso no significa que ignoremos la diferencia entre el sí y el no. Por lo pronto es una diferencia que cobra peso a la hora de casarse, por más que uno no sepa bien a qué se le dice que sí o que no en ese trance. Aparte de eso, si Freud supo que los conceptos de salud y enfermedad son por demás impropios para abordar los fenómenos con los que tratamos, también advirtió que no podemos prescindir de ellos. Del mismo modo nos avisó que el programa del principio del placer es incumplible y a la vez irrenunciable. Estamos “casados” con eso, así como con categorías binarias que nos complican, nos guste o no. Por ejemplo, con la terapéutica. Como psicoanalistas nos agobia ese “matrimonio” que está en constante crisis. Por eso, si es absurdo hablar de enlaces buenos o malos, tampoco podemos mirar para otro lado al considerar la diferencia entre uno que termina con el divorcio y otro que lo hace con un asesinato. Hay enfermedad y enfermedad. Y no da lo mismo una que la otra. La coquetería del intelectual puede pedir argumentos que justifiquen por qué sería de lamentar la devastación. Afortunadamente no los necesito.
Si el matrimonio ha sido algo problemático en todas las épocas, la era post-paterna, la nuestra, pone de manifiesto como nunca que “la cosa no anda” como dice Lacan en Aún. Incluso, según parece, en el matrimonio de personas del mismo sexo. Esta es la última innovación, precedida por el paso al plano de lo civil y la posibilidad del divorcio. Avances muy importantes que han aliviado al sujeto moderno, pero que no han hecho que esta institución deje de ser conflictiva. Tampoco ha dejado de ser visitada. Si su semblante ha “estallado”, como dicen los evangelistas del progreso, la experiencia demuestra que su eterna jaqueca no ha desaparecido. A pesar de la pérdida del prestigio sacro, seguimos viendo en la clínica las perturbaciones que emergen ante la opción de casarse o no casarse, lo cual de por sí ya es motivo de conflicto en algunas parejas. De hecho, percibimos hoy con mayor claridad que antaño los efectos del matrimonio en personas que convivieron sin él con relativa estabilidad y bienestar durante años, hasta que se les ocurrió casarse. Eso no siempre tiene un efecto adverso, pero es llamativo que a veces la formalización del vínculo anteceda a la ruptura, o acaso la provoque. El caso es interesante. Sea de entrada o de salida, el matrimonio es un paso. Y es uno que reviste gravitación por más a la ligera que se lo tome. Es verificable que para muchas personas genera inhibiciones, síntomas y angustias, además de controversias. El semblante del yugo, por muy “estallado” que esté, no ha perdido del todo su horror sacris. Sólo un freudiano puede percibir esto, porque El malestar en la cultura nos dice que “la conservación del pasado en la vida anímica es más bien la regla, que no una rara excepción”.
¿Por qué hay quien quiera casarse todavía cuando los progresos en el plano de los derechos civiles han reducido en extremo la diferencia entre el matrimonio y la convivencia estable? Por lo general se hace la pregunta inversa, y se piensa en por qué no casarse si las diferencias son casi inexistentes. Eso es no ver lo que está en juego, porque lo que nos convoca es el estatuto de ese casi. Al margen de las personas que profesan un credo religioso, hoy no hace falta contraer matrimonio para formar una familia. Son muchos los fallos judiciales que equiparan a los casados con los convivientes. El matrimonio aporta todavía algún beneficio jurídico desde la perspectiva sucesoria, o la de ser el atajo hacia una ciudadanía. Por otra parte, los valores tradicionales que todavía persisten no dejan de ejercer su presión. Pero esos aspectos jurídicos o religiosos no alcanzan a explicar la perdurabilidad del vicio de hacer una promesa ante la autoridad y por escrito. Las convivencias pueden estar certificadas y reconocidas por la ley, pero intuimos que eso no es lo mismo. Alguien puede escribir en su cuerpo la huella de su unión con otra persona, por medio de un tatuaje, por ejemplo. Muchos apelan a una ceremonia informal ante amigos y familiares. Pero no es sin razón que ahí se evita enfrentar al juez o al sacerdote, y se prefieren los oficios de un particular sin investidura legal. Si algo se evita, es porque hay una diferencia. No hace falta el matrimonio para que el amor aspire a la escritura, pero ella cobra un peso especial en su caso.
Lo que se escribe es una promesa. Y una bastante loca. Incluso el matrimonio civil se encuentra tomado por el ideal monogámico y su sólo contigo, que siempre fue a contramano de la realidad entera. En la modernidad esa promesa proclama a los que la formulan como compañeros sexuales exclusivos. Freud observa que el matrimonio es una grave restricción de la libertad sexual, y sobre todo una exigencia incumplible para la abrumadora mayoría. Es interesante que en alemán versprechen, “prometer”, sea un verbo que se usa también cuando se incurre en un lapsus linguae. Aunque esto vale para cualquier promesa, no podemos ignorar que el matrimonio es la promesa por excelencia, la más aventurada de todas. Por eso es un tropiezo, acaso el tropiezo, pero uno en el que deliberadamente los contrayentes incurren. Harto más fácil de cumplir es la promesa de morir por una causa cualquiera. Y son sobre todo los hombres, los pretendidos amos y señores, los que comparan la milicia con el matrimonio. Lo cierto es que los que llevan cincuenta años de casados tal vez merecen una medalla con más razón que quien combatió en Monte Longdon. Igual a éste se lo ignora también. ¿Por qué hay personas que se siguen casando? ¿Cómo sobrevive –hasta ahora– esta cómica y terrible institución en los tiempos del Gott ist todt?
