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El Hotel Pan Hogar es una pensión de la gran ciudad. Martín, nuevo huésped, encontrará allí refugio, comprensión, desesperación, espejo… Doña Úrsula tiene el mando del hotel y de sus huéspedes. Allí, doce huéspedes y una empleada conforman una comunidad que va acercándose, intimando y desarrollando afectos. Hay también una habitación que no habita nadie, siempre cerrada. Laura la propietaria del hotel, ausente. Un misterio encierra Laura… En medio de todos, el "galán de noche", arbusto conquistador que, como dandi nocturno, espera pacientemente la llegada de la noche para conquistarla en silencio con el aroma de sus flores para decir por primera vez a alguien "te amo". Y si la muerte llega, como el sorpresivo final que encierran estas páginas, que llegue con el aroma del galán de noche…
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Seitenzahl: 336
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Marcelo Barros
Los elevados
Barros, José Marcelo
Los elevados / José Marcelo Barros. - 1a ed. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Abrapalabra Editorial, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4999-43-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Fantásticas.
3. Literatura Contemporánea. I. Título.
CDD A863
Coordinación:
Michela Baldi
Diseño, maquetado y producción:
Helena Maso
Imagen de portada:
ShutterStock
Edición y revisión de texto:
Helena Gonzalez
Primera edición: marzo 2022
Abrapalabra Editorial
Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires
E-mail: [email protected]
www.abrapalabraeditorial.com
ISBN: 978-987-4999-43-6
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Impreso en Argentina
Índice
Primero
Segundo
Tercero
Cuarto
Quinto
Sexto
Séptimo
Octavo
Noveno
Décimo
Undécimo
Duodécimo
Notas
Primero
Ese día, el calor húmedo no permitía el uso de ropa en el cuerpo ni posibilidad de diálogos extensos. La única forma de escape era algo así como permanecer empinado elevando las extremidades para mantener la vida con paciencia.
Martín entendió que algo estaba por acontecer. Una percepción aguda atravesaba la inmaterialidad de su cuerpo. Y no se sentía preparado. Se alejó del espacio protegido, en búsqueda de líquido que calmara su sed. Lo más importante era recorrer nuevos espacios de la casa, respirar otro oxígeno, ver otros muebles y sentir las articulaciones de sus piernas en movimiento.
Se detuvo en el espacio de recepción de visitas, que seguía intacto, y se encontró con sus ojos puestos en la imagen inmaculada para muchos; ese rostro repetitivo en los formatos de la paciencia, la esperanza y el acompañamiento por los senderos crédulos de sensaciones penosas. Sintió excitación, perturbación y culpa por la erección de su miembro, como queriendo salir a saludar y alabar las ganas de lo por venir. Fue entonces cuando decidió dar un salto y seguir camino, censurando así la explotación húmeda. Llegó a la cocina, tomó el vaso floreado con la estampa de la flor de lavanda, lo llenó de agua fresca, incorporó dos cubitos de hielo y humedeció sus labios sin beber. Con eso fue suficiente para reconocer que la sed estaba saciada. Aún permanecía la extraña sensación de saber que algo cambiaría.
Optó por sentarse en el borde de la mesa y, luego de un largo rato, decidió que lo mejor era prender un cigarrillo, que no tenía. Hizo el recorrido inverso de sus pasos, jugando con la memoria fotográfica de verse al revés. Encontró su indumentaria en la frescura del piso, debajo de la cama y se vistió despacio, pensando la frase que usaría frente a su amiga de la temprana-tarde para pedirle un cigarrillo.
Abrió el portón del fondo de la casa. Una vez en la calle siguió sus pasos, con los ojos puestos en el verde de los árboles, como buscando frescura natural. No los vio. Se topó de lleno con cuerpos que le hacían sombra y con la frase: “¿colaboras para el cajón del recién difunto, don Perea? Aunque sea con unas monedas”.
Martín, estupefacto, intentaba entender las palabras de esos rostros desconocidos y el relato que seguía: “se mató el pobre, el alcohol, el abandono puro del cuerpo, y vaya a saber qué pesadumbre lo llevó a tener esa vida, así…”. Nada, no tengo nada. Es lo que salió de la boca de Martín. Siguió con ímpetu su recorrido. Caminó perturbado, sintiendo que el Astro Rey lanzaba espadas afiladas con la inscripción QEPD en sus rayos apuntando a los pensamientos inmaduros aún de la muerte.
Inquieto pensó que ese encuentro con los defensores del ritual de la muerte era un presagio, una escena que le daba pistas para leer. La sensación de lejanía al estar cerca de lo desconocido implicaría definición.
La muerte es una definición opuesta a otra: la vida. Ambas como hermanas siamesas que giran y giran para ver cuál queda mirando al Este, cuál de las dos verá salir al sol. En ese instante de convivencia y silenciada presencia de vida y muerte está la definición. Perea está en definición. Martín está en definición. Se asustó por sus pensamientos. Quería con prisa ese cigarrillo que salió a buscar.
Dio una palmada sacudiendo fuertemente las manos y como esperando otro ritual, el de su amiga Juana que se asomó por la ventana moviendo las manos y mostrando un atado de cigarrillos. Martín sonrió apenas e hizo un gesto de caballerosidad, llevando suavemente el mentón hacia su pecho. Un saludo de complicidad imperial.
Se besaron con alegría y fueron inmediatamente a sentarse bajo la sombra de una parra que ya mostraba sus frutos esperando ofrendar a Baco.
Martín recordaba a la perfección el diálogo con su amiga y cómo se consumía el cigarrillo.
—¿Vos estás bien? Más allá de este calor insoportable, tu cara es de otro color.
—Si, el calor está matando… yo estoy bien… raro. Sabes, me encontré con gente desconocida recaudando dinero para un cajón porque se murió no sé quién, pero hombre es.
—Que Dios recoja esa alma—, dijo Juana persignándose. —Hablando de muertos, hoy estuve pensando en ir a visitar a mi hermano al cementerio. Anoche soñé que caminábamos por una calle tan larga que no dejaba ver el destino; nada interrumpía el camino. Solo caminábamos juntos y al mismo ritmo, mirando al frente y de golpe no lo vi más, desapareció. Me sentí sola en esa peregrinación hacia la nada. Qué sueño raro, ¿no?
—Sí y agotador—. En ese momento Martín sintió que le esperaba soledad.
De regreso a su casa se desvió en dirección a esa plaza poco armoniosa que contaba con un solo árbol tupido cuyo espacio era apreciado por fieles buscadores de sombra. Gran sorpresa se llevó cuando vio que en la plaza y bajo ese árbol no había nadie. Se ubicó en el mejor lugar, el más protegido del sol. Percibió sus manos y notó que las venas querían saltar de la piel, como las manos en la estatua de David, cuyas venas se transparentan en el mármol y dejan ver la cañería sanguínea del hombre. Y pensó en eso que estaba percibiendo pero que no lograba descodificar ¿sería él como un fantasma que atraviesa un muro y lo cruza? Eso lo confundía.
Vio pasar al grupo de personas que pedía dinero para el cajón… se levantó y decidió llegar sin más escala a su cuarto.
Martín escuchó pasos fuertes acompañados de una voz que deseaba decir cosas ya.
—¿Puedo?—, dijo su cuñado cuando ya tenía medio cuerpo en la habitación. —Che, necesito hablar con vos.
—¿Pasó algo? —, dijo Martín.
—Nooo… pasa que… ¿viste?, la situación económica está difícil, y con tu hermana pensamos que vos tendrías buena fortuna en otro lugar, en una ciudad opulenta y llena de oportunidades… Santa María de los Buenos Aires, y acá tengo este sobre para vos. Tiene un pasaje de ida y un par de billetes como para que te muevas un tiempo… fíjate, es una opción buena. También está la dirección de un hotel que cuando llamé confirmé que tiene nombre de hogar: Hotel Pan Hogar, se llama. Parece un lugar adecuado donde podés empezar con una nueva propuesta de vida—. El cuñado terminó su mensaje y salió sin más de la habitación.
Martín sintió la expulsión, el destierro, sin la posibilidad de beber cicuta.
Pensó que lo estaban echando, y ese sobre era la confirmación decorosa y la salvación de la poca moralidad de su hermana y su esposo, militar despechado y con poco coraje para el diálogo, para la posibilidad de escuchar la voz de Martín y sus preguntas si las había.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se dio cuenta de que lloraba cuando las sintió rodar más calientes que el propio sol cavando en sus mejillas. Miró su cuarto y lo único que sobresalía era el sobre blanco apoyado en la cama, como pañuelito de madre. Era el sobre que le decía “sos la estampilla de viaje, y si sos inteligente llevate lo mejor”. La tristeza inundó su alma. Como huérfano, así se sintió.
Tomó con sus manos el sobre, intentó salir de la confusión y transformar la propuesta del cuñado haciéndola suya. Una auto-exclusión, una partida. Pensó que sería la mejor opción: revertir esa excusa económica disparatada del sistema de la oferta y demanda y girar sobre otro eje.
De pronto se le vino a la mente esa sensación de saber que algo estaba por ocurrir, o que el hecho había ocurrido y él aún intentaba no darse cuenta.
Posibilidad, eso pensó… una buena posibilidad, dejar el calor agobiante y desplazarse por otras calles, ver otro paisaje, comunicarse con otros y tener una nueva vida.
Llegó el día de la partida. Sus amigos, como peregrinación dolida, se acomodaron en el andén, punto de salida del tren. Era sábado y el calor seguía con intensidad. Saludó con afecto y firmeza cada rostro de amigos ya que había optado por salir de su ex hogar solo, cargando apenas un puñado de ropas y todas sus esperanzas para encontrar un lugar nuevo y milagroso o por lo menos que lo orientara en su decisión de ser. El tren partió en horario y justo en ese momento el cielo se abrió en lluvia; gotas refrescantes y solidarias para que sus amigos no vieran las lágrimas de Martín. El cielo con sus nubes complacientes lo encubría, eso pensó.
La llegada de Martín a Buenos Aires no lo impactó ni lo asustó, solo se dijo: me va a llevar tiempo recorrer la ciudad. Lo que si le provocó náuseas fue el Río de la Plata, con ese color único de río “marrón” que convoca a tantos relatos. Al Río de la Plata se le debe respetar. Aunque tampoco es marrón, pensó Martín… el Río de la Plata es de color indefinido, es oscuro y desbocado. Llega y se encuentra con el agua salada, desmadrado, disperso y con barro, generando mitos y deseos inalcanzables para los que lo observan desde sus orillas.
El Hotel Pan Hogar resultó ser una pensión periférica en la gran ciudad, enmascarando e invisibilizando el habitar de personas buscadoras de buenas oportunidades que sólo llevan a cuestas su soledad. Estaba atendido y administrado por doña Úrsula, flaca, escuálida, con buena mirada, que sin más le ofreció una habitación al fondo. Para llegar a ella había que atravesar el pasillo derecho para luego dar vuelta y encontrarse con otro pasillo.
En la habitación de esa casona deteriorada que apenas mantenía un punto justo de dignidad, Martín dejó la carga sobre la cama de una plaza y media, vestida con un añejo cubrecama tejido que dejaba ver el paso de cuerpos del pasado. Recorrió con rapidez la vista por los espacios de la habitación y los muebles que solo servían para las cosas prácticas de la vida: una mesa, tres sillas; una mesa de luz en buen estado, un ropero de tres cuerpos con espejos, la cama, y nada más. Martín se acercó, abrió el ropero y vio solo perchas de alambre vacías colgando.
La década de los noventa asomaba con grandes pretensiones para los especuladores. Argentina, o mejor dicho un pequeño sector opulento del país, mostraba las bondades del neoliberalismo, como vaticinaba la metáfora de la “mano invisible” propuesta por Adam Smith. Algunos viajaban por el mundo y mostraban cuerpos dorados por el sol y falsos dólares, mientras los políticos vivían y gozaban sus relaciones carnales con Estados Unidos. Claro que el rol de Argentina era de pasividad, de recepción dilatada de la cola, comportándose como una prostituta con cartera Louis Vuitton. Ese falso escenario económico puso a Martín –como a otros tantos– a competir de manera desleal, invisivilizándolo e intentando rotularlo como excluido, un producto descartable y desechable… cual basura industrial.
Para despejar esa visión se puso a cantar estrofas de la canción Ciudad de la Furia, de Soda Stéreo. Buenos Aires es una ciudad de furia, de pasos a saltos, de olores afrancesados mezclados con la contaminación del riachuelo.
Tanteó ordenar su poca ropa, incluso le sobraron perchas, entonces optó por reírse de la situación.
¿Dónde está la miseria? Recordó el cuento del Viejo Miseria que de tan ambicioso pactó con el diablo y luego intentó persuadirlo para no entregarle el alma. Martín concluyó que la miseria está en el interior del hombre. Vida miserable es la de aquel que se instala para entrar y salir siempre del mismo pozo. Todo pozo tiene una sola entrada que funciona también como salida: no hay “salida de emergencia”. En la miseria no hay emergencia, hay hundimiento, poca luz y piso arenoso.
En ese instante se vio reflejado en uno de los espejos del ropero… sintió salvación. Sus ojos achinados mostraban una leve rajadura por donde se liberaban las lágrimas provenientes del mar Muerto. Podía llenar una tina de lágrimas y sumergirse en ella con la total seguridad de que su cuerpo flotaría para ser bautizado de nuevo… pero necesitaría padrino. Se sintió solo.
Tocaron la puerta. Era doña Úrsula, ofreciendo las bondades de la casa familiar.
—En la cocina encontrarás lo necesario para hacer un té, mate, freír huevos, cocinar un churrasco o un guiso sabroso. Allí disfrutarás de un lindo ambiente, podrás conocer a los integrantes de este hotel: está la chilena Janette, que es una de los huéspedes más antiguos; también don José Luis… él si es el más antiguo; también está el hermano de don José Luis, con su esposa y su hijita… en fin, ya de a poco irás conociendo a todos, y ellos a vos. También en la cocina hay una heladera comunitaria, podés guardar ahí… eso sí, es necesario que coloques rótulos a tus cosas… es un código que aquel que guarda algo en la heladera sin rotular no tiene derecho a reclamar… la casa no se hace cargo de las pérdidas. Ahora te cuento que durante el tiempo de ocho a catorce horas, está Batista, la encargada de la limpieza del hotel y de los cuartos, salvo que vos prefieras hacerlo por ti mismo… sólo tienes que avisar—. Luego de un breve silencio, doña Úrsula se sentó, y continuó:
—Acá están las llaves de la puerta principal, de entrada y de tu habitación—dijo entregándole un llavero de metal que llevaba inscrito Hotel Pan Hogar. —¡Ah! Y si no te agrada el cubrecama con flores lo puedo cambiar por uno que es marrón y liso, poco abrigado.
Martín, ahí aprovechó y puso palabra:
—¿Dónde está el baño?—. Doña Úrsula, se irguió como reina de su trono, se arregló la pollera, que le llegaba hasta las rodillas, hizo un leve gesto con su mano derecha, como saludando a los súbditos, y con una leve sonrisa, dijo:
—Por acá, saliendo del cuarto número 21.
Ya en el baño, Martín entendió que el Hotel Pan Hogar era comunitario. Sus habitantes, que aún no conocía, le generaron intriga, sospechas. Doña Úrsula se mostraba como conocedora y buena anfitriona. Su rostro, con lindas y armoniosas arrugas, dejaba ver huellas del tiempo y del trabajo... Reflejaba bondad.
Terminaron el recorrido en la terraza, alargada y generosa, un espacio arquitectónico donde sentir mejor el viento, creer estar más cerca de la luz de las estrellas y, sobre todo, respirar mejor. En la terraza, doña Úrsula nombró y le mostró cada planta y sus flores: estos son los malvones, pero ojo, no son unos malvones cualquiera, su flor es doble, así de grande, representando esa grandeza con un gesto de sus manos; estos son ficus, y le tocó el turno a la presentación de las alegrías del hogar, que estaban en un gran macetero, explotando de flores, bien iluminadas. Quedaba claro que doña Úrsula tenía el mando de la micro naturaleza del Hotel y de sus huéspedes.
A partir de ese momento Martín pasó a ser el nuevo huésped del Hotel Pan Hogar que será para él el refugio, la desesperación, el entendimiento, el espejo tripartido, bipartido, multifacéticamente partido. Un big bang.
* * *
La iglesia, ubicada en un gran predio, ocupaba tres cuartos de manzana catastral. Estaba bajo un silencio sepulcral.
Martín entró porque desde el balcón de su habitación divisaba la cúpula y parte del engranaje atravesados por los ladrillos que daban nombre a esa construcción. Pensó que en la iglesia encontraría alguna imagen de madre.
Estaba paseando por la nave derecha cuando escuchó una voz tenue, pero con el volumen suficiente para producir un eco en el silencio espiritual:
—¿Necesita algo? Ya estamos por cerrar el templo y casa de Dios.
Martín no supo qué decir, su boca quería emitir sonidos en palabras, no lo lograba, y sus ojos seguían buscando figuras femeninas. De pronto se percató de que esa voz podría ser de una mujer, vestida con hábito religioso, ocultando tal vez su pelo con la toca color azulada y gris. La voz esta vez fue más fuerte:
—¿Necesita algo?, ya estamos por cerrar.
Martín, buscando con el olfato el aire renovador de la puerta, dio media vuelta y salió. Pensó que ese era el lugar para dar pasos al revés. O volver borracho, con los ojos rojos y brillosos, visión amplia, como la de los gatos. Y reírse por la situación. Salió despavorido.
Afuera, optó por caminar hacia la avenida. Necesitaba llenar ese vacío espacial, esos metros cuadrados de silencio.
Ya los automóviles rugían, las bocinas empalagaban el ambiente. Ruido. Contaminación de la representación caminante, envuelta en celofán. Opacidad. Mutilación de cruces y símbolos arbitrarios y competidores. Martín se acercaba al bullicio, quería ser parte y arte de esa inter-acción malévola, juego de ajedrez con unas piezas que nunca conocerán el tablero. ¿Dónde está el tablero?, ¿quiénes están jugando? Habrá que patear fuerte, eso salió de su boca, logró poner sonoridad a las palabras: “Habrá que patear fuerte”. ¿O será esa una metáfora de usar los pies para andar por los caminos, con los remos bajo el brazo? Como el dios Wiracocha, nacido del lago Titicaca. Caminar sería la opción externa, y la desconstrucción de su propio tablero que será la habitación número 21 del Hotel Pan Hogar.
Martín caminaba, deambulaba por la ciudad. Se había alejado de la salida intempestiva y pavorosa de la iglesia. Y como la caída de una estrella fugaz, volvían a sus pensamientos esos instantes en que escuchó la voz devenida en eco y que no pudo ver. Era una voz de mujer, joven y esplendorosa. La voz lo cautivó, lo dejó en éxtasis.
Regresaba exhausto al hotel, con los ojos achinados que le daban aspecto de extranjero en su propio territorio multicultural. Sus pies ya no soportaban las diferentes formas y texturas de las baldosas de cemento. Pensó en su no simetría corporal. Llegó. Desenvolvió un pan casero y mortadela. Fue hasta la cocina y cargó un vaso con agua de la heladera comunitaria. Cuando se estaba yendo logró dar pasos al revés y regresó a la heladera, cargó de agua el recipiente que acababa de utilizar y lo colocó de nuevo en su lugar. Se sintió un socialista, hecho y derecho. O como mínimo, respetuoso hacia los convivientes del Hotel Pan Hogar.
* * *
Ese año de estadía en la gran ciudad y su trabajo en un comercio le permitía juntar el dinero necesario para pagar el mes completo de la habitación, asegurarse una ingesta de comida justa, viajar en los transportes públicos y, lo más importante, también su mínimo sueldo le permitía ajustar mejor su cintura para comprarse libros por mes. Martín esperaba con ansias ese único día que podía entrar a una librería y llevarse bajo el brazo uno o dos y hasta tres libros. Conocía cada librería, esas que están abiertas a la noche, y las otras, las que están alejadas de la desvelada avenida. Cuando entraba en una librería lo hacía como un peregrino devoto, un fiel confidente. Se le dilataban las pupilas, los brazos se hacían chicles elásticos, se dejaba llevar por el olor que desprendían los libros y papeles y el café, que en conjunto brindaban asilo para su tiempo de búsqueda. Todo libro tiene su peso, tamaño, tipografía, volumen, color, rigidez o flexibilidad, aroma y textura. Ahí Martín buceaba, libro por libro. Sintiéndose un Ulises regresando a Ítaca y sin resguardo en sus oídos frente al canto de las sirenas. Y cada libro le cantaba, lo seducía, e incluso algunos se presentaban como flor de cactus añejo, sabiendo que serían polinizados para leer su contenido haciendo así ofrenda a Dana, la diosa de literatura.
Martín había encontrado en la literatura ese punto erótico que le permitía sensaciones sublimes. Algo así como vivir la pequeña muerte y volver en sí al instante. La literatura le ofrecía a Martín esa posibilidad de imágenes con las emociones, con los personajes de novelas y viajar por mundos nuevos. Martín leía todo, no tenía preferencias en cuanto a géneros literarios. La literatura le ofrecía un pasaje lleno de vericuetos en los que él sabía bien refugiarse.
* * *
Con sus camaradas del hotel Martín había logrado acercamiento respetuoso y hasta afectuoso con la chilena y con la santiagueña Mabel que habitaba en el último y único cuarto de la terraza. Envidiaba ese lugar. Mabel recordaba mucho su pago, Loreto. Mientras tomaban mates todos los sábados a las tres de la tarde, Mabel contaba su biografía de los días por las calles de Loreto, de su amor correspondido pero no cristalizado, un tal Walter. Martín siempre recordará la anécdota sobre el nombre del amor de Mabel que ella le había contado. Resulta que ellos se encontraron desde el mismo día que nacieron. Las madres compartieron el embarazo en forma paralela y como en el paraje donde vivían, cerca de Loreto, solo había una partera –Julia– para todas las fecundadas, cuando se acercó la fecha de parto, la partera, para ser justa con ambas, les propuso que sería en la casa de ella donde las dos mujeres darían a luz, con el cambio de fase lunar. De esa forma podría atenderlas sin preocupación. Cuando faltaban horas para el cambio de luna las mujeres, ya instaladas en la casa de Julia la partera, iniciaron su proceso de dar a luz. Julia, con la colaboración de su esposo, el gringo, mantenían agua en el fuego, trapos y retazos de tela húmeda, una jarra de agua fresca y la tijera ya afilada por él.
Nació primero Mabel, que lloraba como una marrana, algo así como el desprendimiento real de la planta mandrágora. Su madre le decía: “Mabelita, tranquila hija, acá tendrás aire puro, y la protección del manto de la Virgen de Loreto”. Y mientras Mabel lloraba sin parar, nacía Walter quien, con pulmones aún más generosos para el grito, logró con su llanto el eco de varias plantas de mandrágora, opacando así el llanto de Mabel.
Los dos recién venidos al mundo lloraban. Y así se conocieron, bajo el llanto, que marcó la unión irreparable de Mabel y Walter.
Mabel le confesó a Martín que cuando Walter cumplió 18 años ella se preparó con el mejor vestido y se pintó los labios con el tinte de flores silvestres que dieron color a sus labios carnosos y perfumaron su rostro. Su madre la peinaba, haciéndole una trenza que adornaba con diminutas flores. Su cabellera terminó reflejando la vía láctea. Y como ambos ese mismo día cumplían años, acordaron un encuentro: llegó Mabel y saludó a Walter, le obsequió un beso tierno y le entregó un regalo: un cinturón de cuero, hecho por su padre. Por su parte Walter, después del saludo de Mabel, hizo lo mismo: la besó amorosamente en la mejilla y con los ojos abiertos le agradeció el regalo y le dijo: ahora será más difícil desabrocharme el pantalón. Rieron juntos. Luego, la miró fascinado. Esa trenza de pelo lo transportaba a un sembradío de choclo en crecimiento. El maíz es antes choclo; el choclo es previo a la muñeca; la muñeca, antes, es espiga de flor. Walter estaba hipnotizado, no podía dejar de observarla, de olerla; sentía el universo de esa cabellera trenzada, tan potente como el látigo de un verdugo para los suplicios del condenado.
Poseído y enredado, aprovechó la ocasión y como truco de mago hizo aparecer en sus manos un par de aros, con forma de gotitas del alba, transparentes por el brillo de metal plata. Y una cadenita cuyos eslabones eran microfinos y tan cercanos un eslabón del otro que hacían la cadenita delicada y resistente.
Mabel estaba enceguecida por el brillo de los aros y la cadenita que afectaba aún más sus ojos, inundados de lágrimas. Walter le dijo: con estos aritos y cadenita serás la Reina del Universo. Y él mismo, con sumo cuidado, le colocó los aritos en cada oreja. Y como los picaflores cuando colocan la última pluma en la construcción del nido, con esa misma suavidad rodeó el cuello de Mabel y cerró el broche de la cadena. Aprovechando ese instante natural le dijo, por detrás del cuello: “niña novia”.
* * *
Martín, inquieto por el episodio de la iglesia, sintiéndose un humano buscador finito frente al temor natural de la inmensidad, sintió que su vida seguía girando hacia el desconocido devenir.
Para poder ver las imágenes que de él se reflejaban en ese instante en los espejos del ropero de la habitación 21, se aquietaba. Se veía en los tres tiempos: pasado, presente y futuro. En esa meditación se encontraba cuando la música empezó a golpear con fuerza en sus tímpanos, atravesando paredes, pasillos y cañerías. Sin duda, la música venía de la habitación de la chilena, la número 55. Una hipnosis lo llevó, sin apresuramiento, por los pasillos del hotel. Se encontró con la puerta número 55 semi-abierta, umbral de justicia al ritual de los tambores.
No se animó a golpear. La puerta habilitaba el paso. Decidió nombrar a la hospedada: Janette. Y cuando Martín emitía de viva voz el nombre “JaanEt”, él se acoplaba a cada nota musical, determinando el canto del pueblo ancestral, como aclamando el nombre del creador. Tan impactado se sentía que no pudo decir nada, mover nada, solo se sabía ahí.
* * *
Lo que escuchaba era Wagner. Se lo dijo Janette, mientras lo sostenía de un brazo y le acercaba un vaso con agua. La lejanía de estar cerca una vez más lo aproximó a saber que algo estaba ocurriendo, un movimiento telúrico, que sus réplicas superarían al origen e igualaría al pecador.
Janette se percató de que Martín estaba bajo el embrollo espacio/temporal de la levitación sin rumbo, sin autopista ni señalización.
Ella vestía los colores de la bandera chilena. En la cabeza, lucía una vincha blanca y de pureza propia del algodón, rematando a la altura de la frente una estrella azul, como lucero para los ojos de Martín. Dos aros miniatura, que solo se dejaban ver por el efecto del peinado y la cincha de la vincha; aros de oneroso metal, formando estrellitas luminosas, como las hermanas amadas del convento, cerca de ahí. Una túnica de color azul –azul cielo de tarde / verano / sin tormenta / azul como el mar chocando los pececitos de coral / azul hielo del pasado, descubierto por el estallido / azul blue– que llegaba hasta el descubierto talón, y como confundiendo un quimono, en la cintura un gran lazo de fina tela, rojo punzó.
Así vestida, presentada. Janette escuchaba Wagner. Martín terminó su vaso de agua al tiempo que concluía la desconocida sinfonía.
La miró, la vio excitante. Y cuando ella emitió palabras, escuchó una voz dulce y tranquilizadora que hasta ese momento nunca había escuchado.
—Disculpe caballero, su papeleta es engañosa, ya que usted es más David que Martín.
¡Sorpresa! David/Martín.
Martín giró 360 grados, en forma lenta, suave, dejando su órgano más extenso: la piel, dejándose ver. La miró y dijo:
—Disculpe Janette, ¿quién dice que soy?
Janette rió, respondiendo calmadamente, mientras enmudecía el volumen de la música:
—Martín, disculpe usted, puede que la música interfiriera en mis palabras… le dije: “Usted es vida, Martín”.
Claro, si, él estaba vivo. Martín no se convenció con las palabras nuevas emitidas por Janette. Eso lo confundió.
—Janette, la música que escuchaba me hipnotizó y no pude dejar de sentir esas trompetas sinfónicas como castañas en mi corazón. ¿Quién me dijo que logró esa sublimación que ya es música?
—Es Wagner, Richard Wagner. Un alemán que provocó el nacimiento de una nueva música clásica, algo que irrumpe con la tranquilidad de una aparente perfección. Esa imperfección es la novedad. ¿Escuchó esos platillos y tambores? Es eso lo imprevisto, lo inesperado, es el destino ya interrumpido. Wagner con su música interviene en el destino. No es un Dios, en todo caso un hombre con la capacidad de dar giros en el destino musical—.Y agregó finalmente: —Me alegra que le guste Wagner.
—Entonces Wagner es un semidiós. Janette, todo hombre y toda mujer pueden trazar el destino o, en todo caso, como Wagner que interrumpe lo acordado en la música clásica. ¿Usted cree que cada humano tiene un destino ya predeterminado, rígido e inflexible?
—Wagner no es un dios, ni un semidiós, es solo una simplicidad. Su particularidad está en su ser, él era música. Y como ser musical logra asaltar con su creación la quietud y la perfección hasta ahí dada en las partituras musicales. Y caballero Martín, claro que todo en este mundo y más allá de los pensamientos, está predeterminado. Él, y solo Él define el destino. Inclusive su bondad que es tan infinita que otorga, al creado, la libertad. La libertad en el espíritu y la creencia. Y si uno ejerce la libertad, se podrá optar por varios caminos. Y para responder su pregunta, con la posibilidad de que piense que soy medieval en las creencias, el destino está marcado. La belleza es que fuimos creados para andar, recorrer, hacernos música u otra variable del arte.
—Esos sacudones de platillos y tambores son como estruendos de guerra, infiltrándose en la música. Platillos/tambores/guerra/guerra/música. Si no la entendí mal, Janette, usted dice que Wagner es música, y coincido; no es el primer hombre que logra la elevación de hacerse juego de abalorios. Un ser musical. Un día de estos hágame recordar que le cuente la trama de un libro escrito por un compatriota de Wagner, el magnífico Hermann Hesse, en relación con la música. Ahora quisiera, si no se ofende, que en silencio disfrutemos de la música de Wagner, ya que estoy perturbado y se requiere atención, mucha atención a cada una de sus notas. Wagner me puede ayudar.
—Póngase cómodo, Martín, y solo disfrutaremos de la música.
Empezó a sonar Wagner en el hotel y la magia continuó.
Martín y Janette estuvieron un tiempo extenso en la habitación escuchando música. La quietud y serenidad de ellos estaba envuelta por la música que afilaba las sensaciones, las iba hilachando, hasta que se diluían en una gran emoción. Una transformación musical.
—Muchas gracias por hacerme escuchar a Wagner y disculpe—, dijo Martín, —me voy a descansar.
Salió con toda su humanidad unificada en un solo cuerpo, se tranquilizó. Daba pasos firmes y, sin tocar las líneas de las baldosas grises de los pasillos del hotel, llegó a su cama. Se lanzó a ella con un impulso nuevo y naturalizado. Tranquilo. Desparramado. Se sentía liviano. Aún permanecía la experiencia musical vivida en el cuarto 55. Imposible saber si dormía.
* * *
Martín caminaba por la avenida, ese espacio abierto, camuflado de cemento, resistente al giro veloz de las ruedas que aceleraban tiempos y alejaban a personas de otras personas. Era esa la avenida alocadamente transitada, vista en fotografías y en todos los planos, también punto de encuentro, avenida que exhibía un monumento fálico y luminoso. Caminaba por la avenida 9 de Julio en forma lenta y veía allá lejos la posibilidad de llegar a la plaza, de estar con los árboles históricos que dieron sombra a los primeros granaderos; veía los bienaventurados bancos de plazas, el verde césped con el aburrido cartelito: “No pisar…césped fresco” y cerca, la plaza, pero aún por pisar firme, acompañado por los pasos, hasta llegar. Necesitaba tranquilizar sus ideas. La plaza sería refugio. Rápidamente entendió que llegar a la plaza le aseguraba tranquilidad a sus pies. Estaba estrenando nuevos zapatos, recién adquiridos, de planta de goma y cuero color gris, que lo hacían distinguido en los pies. Todo era gris en sus zapatos nuevos.
Ya en la plaza pudo elegir el banco entre muchos que tenía a disposición. Caminó lento, como jugando y aplicando la metodología del pan y el queso, mientras con la vista como un radar buscaba el lugar más estratégico para sentarse. Pensó que si se sentaba en el banco primo a su intersección de llegada pondría en evidencia su intranquilidad, además de la evidencia de que estaba estrenando zapatos.
No eligió el más cercano. En el banco elegido, un lugar privilegiado, le llegaba el aroma de las flores bien sembradas y cuidadas. Los árboles dejaban ver el río, allá en el horizonte, ese río marrón nauseabundo. Algunas palomas danzaban en su vuelo, breve y sintético. Martín se sentó cómodo, desparramado, cuerpo líquido espeso, manuable, relajado. Solo su conciencia era poseedora de maniobrar el cuerpo, al punto justo de no deshacerse. Miró sus zapatos nuevos, sentía una felicidad que duró poco, ya que se preguntó qué pasaba con el color gris, pues no solo sus zapatos eran en su totalidad gris, las baldosas del Hotel Pan Hogar brillaban de gris, y los ojos de la bien ponderada, también grises. Miró al cielo, buscando azul, y no, él ahí no era merecedor de otro color que no fuera gris, como las nubes que empezaron a cubrir el cielo.
Se aproximaba una pareja de la mano, novios a punto de perder la inocencia del amor, y se sentaron en el mismo banco. Martín sintió no existir para los novios, estaban ahí ellos y su dulzura, era lo único registrable. De pronto ella, una niña señorita, con cabellos en forma de bucles, como un tirabuzón para la mejor botella de vino, con voz cautivadora, como la de las sirenas de Ulises, dijo:
—Disculpe que interrumpa su contemplación y pensamientos. Me llamo Alicia, y no soy de ese mundo maravilloso, como el del cuento. Estoy acá con mi novio, próximo esposo, Arturo—. Cuando sonó el nombre Arturo, Arturo sonrió. —Le quería preguntar qué opinión tiene del matrimonio.
Martín, absorto aún por los dientes blancos de Arturo, no supo qué decir, qué contestar, pensando: cómo era que esos tórtolos habían irrumpido de manera pública en su banco, para luego ella, sin más, dirigirse a él con semejante cuestión. Ellos felices pensando en el matrimonio.
Martín rió, los miró y rió.
Alicia y Arturo, los doble A, se impresionaron e hicieron el amague de levantarse. Martín entendió que su reacción ofendía. Se justificaba pensando que la risa correspondía al hombre consciente, que sabe que la risa también funciona como dispositivo de contra-poder a lo institucionalizado. En este caso, de la unión matrimonial. Entonces paró de reír y usando la voz más amable posible, dijo:
—Día gris como mis zapatos nuevos, grises los ojos de esa mujer llamada Rosa, quien en vida fue mi abuela. Ella creyó siempre en el matrimonio como esa proyección de hacer vida con el hombre (mi abuelo) a quien amaba, desde el punto del presente hacia el futuro. Con ella un día, de tarde, me enseñaba los nombres de las plantas caminando por el jardín mientras el resto de los integrantes de la familia dormían, y cuando llegamos al arbusto llamado “Galán de noche”, que precisamente de noche, en la oscuridad, emana su aroma fascinante, me dijo: esta planta, me la regaló tu abuelo y la plantamos juntos y cuando terminamos de plantar tu abuelo me dijo: enterraste algo sin darte cuenta y puede que resulte un excelente abono para esta planta, pero insisto, si te fijas, encontrarás brillos en el día y aroma dulce por las noches. Mi abuela me miró y me contó que se puso a escarbar la tierra fresca aún, y cómo dando pequeñas paladas iba dejando deslizar entre sus manos la tierra, como colador de harina, hasta que de pronto sintió la materia y vio el reflejo: era un anillo, el anillo con el cual mi abuelo le pidió casamiento. Esa es mi opinión del matrimonio.
Ahora sí, los tres rieron.
—Entonces el matrimonio es el sembradío de la proyección de vida, de nueva vida; dejar el egoísmo para dar lugar a una vida nueva, los hijos—dijo Alicia. —Y los hijos harán lo mismo. Es una ley natural. La vida también puesta en naturaleza, ese arbusto creció por amor—.
Arturo intervino:
—En ese mismo instante dieron vida ellos, sus abuelos. Sembrar el “galán de noche” bajo la promesa de casamiento, significa ya vida. Se ve que fueron felices juntos. Habrán tenido esos días brillantes y de noche aromáticas.
—No lo sé—, dijo Martín. —No sé qué es lo que incita al hombre a casarse, a unirse. Suelen atribuirlo al amor, amor de pareja. Lo que les conté tiene que ver más con un ritual romántico, acercarse a la madre tierra, a la pachamama, para que desde las entrañas de la tierra dé su calor, abrigo, la humildad de los frutos. El casamiento es un ritual sin sangre a la vista. Pero con vino, lo hace mejor.
Los tres, volvieron a reír y Alicia dijo:
—Nosotros estamos decididos y en pocos días más nos casaremos. Y también usaremos un ritual, el judío, para bendecir la unión del amor. Nuestros ancestros son fieles representantes de rituales y pactos. Nosotros crecimos en esos rituales y los casamientos judíos están llenos de costumbres: el canto acompaña a la música y el baile completa la maravilla de una fiesta alegre. ¿Usted participó de algún casamiento judío?
—No tuve el gusto—respondió Martín.
—Espere—. Ella buscó en la cartera, sacó un manojo de sobres, eligió uno y se lo entregó a Martín. —Usted será nuestro invitado especial—. Era una invitación. Una tarjeta bordada en puntilla color verde, con un nudito sutil color azul replicando los colores de los ojos de los novios, pensó Martín. Alicia, poseedora de un color de ojos verde esmeralda, refugio para quien la pueda observar. Arturo, además de tener ojos azules y unos dientes blanquísimos, se debatía con intención de protagonismo. Entonces exclamó: —Total, zapatos nuevos ya tiene.
Martín, teniendo aún en sus manos la tarjeta de invitación que le pesaba como una tonelada y tres kilogramos con veinticinco gramos, quedó perplejo cuando se percató de que la imagen que mostraba la tarjeta era de una Eva y un Adán entrelazados por los anillos de boda, formando el símbolo del infinito. Martín pensó en el pecado. Estos dos están por casarse y harán un ritual para celebrar el pecado. Son pecadores de qué, y mientras pensaba… escuchó la voz de Arturo:
—Aún no sabemos tu nombre.
—Martín. Y será por eso que me gusta esta plaza, San Martín. Ustedes los doble A, Alicia/Arturo, tendrán motivos para celebrar su casamiento, ¿no?¿Cuál es el motivo de tamaña decisión?
—Es el amor, Martín—respondió Alicia. —El amor, ese sentimiento que hace sentir ardor en las entrañas, deseoso de potenciar ilusiones transparentes, lícitas de futuro. El amor es el oxígeno cuando buceamos en las profundidades del otro, donde nos hacemos carne en la profundidad.
—Nos casamos por amor—, reafirmó Arturo, —el casamiento es lo mediático.
Los tres rieron.
—Disculpe Martín—intervino Alicia: —¿me podría contar algo más de su abuela Rosa? Digo, si no le molesta y si el tiempo le permite.
—Mi abuela se llamaba Blanca Rosa, ya su nombre la representaba. Con una piel muy blanca, que transparentaba el interior del envoltorio. Con su cuerpo menudito, chiquito; su cabello pomposo, con rulos grandes y esponjosos. Recuerdo ahora con mucha congoja que a ella no le gustaban las tormentas eléctricas, esas lluvias propias del norte en el verano. Se asustaba y tenía miedo de que un rayo o una centella impactara en su cuerpo. También tenía miedo a que se le inundara la casa. Mi abuela era conocedora de tormentas. Sabía cuál de ellas causaría problemas o desastres. Reconocía las tormentas y sabia de la fortaleza de los truenos. Blanca Rosa me dijo una vez que el miedo provocado por esas tormentas era inexplicable pero que ella había encontrado una respuesta: creía que se debía a su nombre, por lo tanto, ella frente a la tormenta se sentía una simple flor, blancarosa, con débil tallo y en la intemperie.
El cielo, ya con nubes muy grises, empezaba a amenazar con lluvia. Martín se paró como un rayo, mostrando y sosteniendo con la mano en alto la tarjeta de invitación a la boda, y haciéndola flamear como un billete de lotería premiado, los miró y les dijo:
—Ahí estaré, ahí estaré, y me pueden decir Martín, aunque Janette me dijo una vez, David—. Se dio media vuelta y aceleró el paso. Empezaba a llover y solo se preocupó de que no se mojaran sus zapatos nuevos y grises hasta el día del casamiento.
Al llegar al Hotel Pan Hogar el cielo estaba abierto y el sol asomaba. No quedaba rastro de la lluvia. Martín se dirigió directamente a la terraza.
“Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas, Ramón, que los cumplas feliz”. Ramón, mostraba cara de alegría frente a la torta de cumpleaños que había preparado con mucho amor doña Úrsula. Los huéspedes estaban todos presentes en la terraza, con regalos y vestidos para la ocasión, brindándole al cumpleañero afecto y respeto por su profesión. Ramón era médico, especialista en pediatría, soltero, morocho, humanista y defensor de los niños.
—Ramón, no te olvides de pedir los tres deseos antes de apagar las 33 velitas—recordó doña Úrsula.
—Si, ya los tengo pensados— respondió Ramón. —Y están ligados al trabajo, la amistad de este hotel, y el amor…
Janette intervino:
—Te olvidas de la salud, Ramón. La salud es la base para el trabajo, la amistad y el amor, sin salud ¿qué queda?
—Claro, la salud es importante—, mencionó Ramón: —ya veré como hago los deseos… y… —Y no se dicen en voz alta los deseos —interrumpió doña Úrsula.
Martín, convocado a la celebración, estaba pensando en sus propios deseos que tenían que ver con encontrar la clave de esa percepción de vivir un génesis sin edén. La incertidumbre del tiempo y la espera de no saber qué, la manifestación de su cuerpo mediante los sentidos y la exaltación de las venas, y todas las causalidades de los encuentros con los huéspedes del Hotel Pan Hogar.
