Andrenio: Perfiles del hombre - Alfonso Reyes - E-Book

Andrenio: Perfiles del hombre E-Book

Alfonso Reyes

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Este es probablemente el libro más personal de cuantos acometió Alfonso Reyes en sus últimos años. El título que se da a esta colección de ensayos procede de "El criticón", la novela filosófica de Gracián, donde Andrenio, un niño abandonado y criado por las fieras crece figurándose ser una de ellas. Por aquella apartada isla de Santa Elena cae un náufrago, Critilo, y encamina poco a poco a Andrenio hacia su condición humana: Critilo viene a ser el Criterio; Andrenio, el Hombre.

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2018

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ALFONSO REYES

ANDRENIO:PERFILES DEL HOMBRE

Primera edición electrónica, 2017

D. R. © 2017, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5463-2 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

Índice

ANDRENIO: PERFILES DEL HOMBRE

Preliminar

1. Palabras sobre el humanismo

2. El personaje de este drama…

3. El mundo, nuestro escenario

4. La jornada del hombre

5. Las antinomias

6. El yo y su vago imperio

7. Metáfora del Buda y la piedra

8. Cuerpo y alma

a) Origen de la dualidad

b) El cuerpo humano

c) La mente del hombre

d) El cuerpo del mundo

e) El alma del mundo

9. El hombre y el animal

10. El hombre y los hombres

ANDRENIO: PERFILES DEL HOMBRE

Preliminar

ESTAS divagaciones, comenzadas en 1944 e interrumpidas en 1947 por causas de salud, no pretenden ser más que divagaciones. Aquí no hay sistema. Una misma imagen ha sido contemplada entre varias galerías de espejos, que eso es el mundo.

El título que se da a esta colección de páginas, procede de El criticón, la novela filosófica de Gracián, donde un niño abandonado y criado por las fieras crece figurándose ser fiera, tema remotísimo que arranca del folklore y llega hasta Kipling y aun al cine contemporáneo. Por aquella apartada isla de Santa Elena cae un náufrago, “Critilo”, y encamina poco a poco al muchacho, “Andrenio”, hacia su condición humana. “Critilo” viene a ser el Criterio; “Andrenio”, el Hombre.

A. R.

[México, 1955.]

1. Palabras sobre el humanismo*

A MUCHAS cosas se ha llamado humanismo. En el sentido más lato, el término abarca todo lo humano, y por aquí, el conjunto del mundo, que al fin y a la postre sólo percibimos como una función humana y a través de nosotros mismos. Como todas las nociones demasiado amplias, esta explicación, sin ser verdadera ni falsa, no explica nada, no aprovecha o, como se dice en portugués, “no adelanta”. En el sentido más estrecho, el término suele reducirse al estudio y práctica de las disciplinas lingüísticas y las literarias, lo cual restringe demasiado el concepto y no señala con nitidez suficiente su orientación definitiva. En el sentido más equívoco se ha llegado a confundir el humanismo con el humanitarismo, especie filantrópica que nos lleva a terrenos muy diferentes. Cierto escritor, que precisamente acababa de publicar un libro sobre el humanismo, me dijo que él no era humanista porque, si en un viaje por mar veía caerse por la borda a un pasajero insignificante y, a la vez, un cuadro de Velázquez, preferiría arrojarse al agua para salvar el cuadro y no al pasajero. Después de esto, yo ya no vi el objeto de leer su libro.

En aquel proceso de reeducación que, durante la Edad Media, sucedió a la sumersión de Europa por los bárbaros, se llamó “humanidades” a los estudios consagrados a la tradición grecolatina. Mediante ellos se procuraba modelar otra vez al hombre civilizado, al hombre. Y no sin una grave conciencia de la responsabilidad, por cierto: tal vez se oye decir a un austero doctor medieval que quienes están profesionalmente obligados a la frecuentación de los autores gentiles deben cuidarse mucho de que con ello no padezca su alma.

Durante el Renacimiento, el humanismo procura contemplar el pensamiento teológico, y más de una vez rompe el cuadro férreo en que éste llegó a encerrar la educación. Pues el hombre como ser terrestre merecía un sitio junto al hombre entendido como criatura divina. Esta actitud naturalista asumió, en ocasiones, la forma de una polémica entre el laico y el religioso y hasta se extremó en alardes de neopaganismo artificial. En La vida es sueño, de Calderón, tan teólogo como poeta, todavía se recogen los ecos del diálogo entre la dignidad natural y la dignidad sobrenatural del hombre.

De modo general, el humanismo se mantiene como agencia útil y progresista. Recomienda el uso de la preciosa razón frente a los bajos arrestos del instinto y de la pura animalidad. Propone el ideal del homo sapiens, el hombre como sujeto de sabiduría humana.

Sobreviene luego el desenvolvimiento de las ciencias positivas. Éstas insisten en el homo faber, el hombre como dueño de técnicas para dominar el mundo físico. Y un buen día, el humanismo aparece, por eso, como un vago y atrasado espiritualismo.

Semejante confusión se aclara fácilmente: más que en el cuerpo cambiante de conocimientos determinados, el humanismo se ocupa en las características estables del hombre, características que tales conocimientos meramente atraviesan dejando en ellas sus depósitos. Y así, hasta los libreros saben que las bibliotecas privadas de los humanistas conservan mejor su precio con los años que las de los hombres científicos.

Por de contado que ambos puntos de vista, el de la ciencia positiva y el del humanismo, se concilian en la armoniosa cultura. También, en principio, siempre es dable conciliarlos con el sentimiento religioso, a pesar de los desvíos históricos a uno y a otro extremo. ¿Por qué ha de haber siempre reyertas para disputarse la codiciada presa que es la educación humana? La disputa entre el humanismo y la ciencia, o entre el sentir laico y el religioso, continuarán aquí, con nuevos acentos, la disputa abierta en la Antigüedad entre la filosofía y la retórica.

Max Scheler predice la futura y deseable integración de los tres órdenes del saber que él enumera: 1) el saber de salvación, ejemplificado con la India; 2) el saber de cultura, ejemplificado con China y Grecia; 3) el saber de técnica, ejemplificado con el Occidente moderno.†

Hoy el humanismo no es, pues, un cuerpo determinado de conocimientos, ni tampoco una escuela. Más que como un contenido específico, se entiende como una orientación. La orientación está en poner al servicio del bien humano todo nuestro saber y todas nuestras actividades. Para adquirir esta orientación no hace falta ser especialista en ninguna ciencia o técnica determinada, pero sí registrar sus saldos. Luego es necesario contar con una topografía general del saber y fijar su sitio a cada noción. Por lo demás, toda disciplina particular, por ser disciplina, ejercita la estrategia del conocimiento, robustece la aptitud de investigación y no estorba, antes ayuda, al viaje por el océano de las humanidades. En Aristóteles hay un naturalista; en Bergson, un biólogo; y nuestra sor Juana Inés de la Cruz pedía a las artes musicales algunos esclarecimientos teológicos.

Y es así como se establece la conversación —tan orillada a la controversia— entre el hombre y el mundo, o, como alguna vez hemos dicho, entre el yo y el no yo, el Segis y el Mundo, que tal viene a ser el eterno soliloquio de Segismundo.

Digamos para terminar que esta función del humanismo sólo puede plenamente ejercerse y sólo fructifica sobre el suelo de la libertad: el suelo seguro. Y no sólo la libertad política —lo cual es obvio y ni siquiera admitimos discutirlo por no agraviar a quien nos lea o nos escuche rebajándolo al nivel de la deficiencia mental—, sino también la libertad del espíritu y del intelecto en el más amplio y cabal sentido, la perfecta independencia ante toda tentación o todo intento por subordinar la investigación de la verdad a cualquier otro orden de intereses que aquí, por contraste, resultarían bastardos.

México, 8-VI-1949

2. El personaje de este drama…*

EL PERSONAJE de quien vamos a hablar no es ningún caballero determinado —“el señor a quien mis amigos llaman por mi nombre”, como decía Mallarmé—, sino que es el ser humano en general. Es el conjunto de todas las criaturas humanas, en todos los sexos, edades y condiciones; de ayer, de hoy y de mañana: en lo que todos tienen de común y en lo que tienen de peculiar cada uno. Este hombre formado por la abstracción de todos los hombres ofrece a su vez muchos aspectos: un cuerpo, un alma, una personalidad, una capacidad de asociarse con sus semejantes, etcétera; y cada una de estas actividades, modalidades de conducta, es materia de un estudio aparte. El estudio de su cuerpo es objeto de la anatomía y la fisiología humanas, ramas de la biología general. El estudio de su espíritu en relación con la función vital es objeto de la psicología, y en relación con las formas del pensamiento es objeto de la lógica. El de su asociación con los semejantes, de la historia, la sociología, la política, la económica. El de su conducta personal, de la ética, etcétera. Pero cuando todos estos aspectos, actividades y modalidades que muestra el hombre son considerados, a su vez, en conjunto y en lo que tienen de común y específico para hacer del hombre un ser humano, entonces el estudio que así los considera se llama antropología; o mejor antropología filosófica, para dejar de lado la antropología como estudio de ciertos caracteres sociales que sirven de base a las culturas y en que con frecuencia se acude, para reducir el caso a su más simple y fundamental expresión, al ejemplo de las agrupaciones primitivas. Esta ciencia de la antropología filosófica, y aun la antropología particular, comienzan, pues, donde termina el poema de Goethe, Mesa abierta. Como la sopa se está consumiendo y el asado corre ya riesgo de quemarse, el poeta, que sólo había deseado convidar a los sabios, a los principales, a los prudentes, acaba por ordenar a su criado, viendo que ninguno se presenta al banquete, que abra las puertas de par en par y deje entrar en montón a todos los pasantes, sean como fueren, sean quienes fueren. La antropología acepta al hombre en el conjunto de su ser, tal como es y sin pedirle cuentas.

Algunos pretenden que “el hombre” es una palabra vacía, un fantasma: nunca nos lo hemos encontrado, sólo sabemos de esta o de la otra persona, Pedro, Juan o Francisco. Otros contestan que el hombre designa la única realidad: todos los seres humanos lo recuerdan por sus caracteres esenciales; y, comparados con él, no son más que variaciones sobre el mismo tema, como dicen los músicos. Nosotros reconocemos que los hombres en particular y el hombre en general son igualmente reales, aunque en distinto sentido. Pero, para referirnos al tema y no a las variaciones, es de buena economía hablar del hombre simplemente. Definida la ley monetaria, no importan las monedas que se usen. Ya se puede operar con ellas, sin tocarlas. Ya son dinero computable.

Desde luego, el hombre es un ser pasivo y activo. Algo le ha sido dado, y algo añade él por su cuenta. Lo primero es naturaleza, lo segundo es arte. Por naturaleza no sólo se entiende la materia propia y la ajena. También todo eso que se llama, a bulto, espíritu, alma, mente, inteligencia, razón. Por arte no sólo se entiende el conjunto de las bellas artes, la literatura, los oficios de la artesanía, que son otras tantas especializaciones del arte encaminadas al efecto estético o al efecto útil. También es arte cuanto el hombre crea material o espiritualmente. A veces, el hombre nada más se deja vivir: hombre vegetativo; a veces, produce algo nuevo: homo faber. En ocasiones, nada más contempla: hombre expectante; en ocasiones, contempla y adora: hombre religioso, y si se siente compenetrarse con el objeto de su adoración, hombre místico. O bien se propone conocer: homo sapiens. Al vegetativo le basta su organismo natural y es, como Cáliban interpretado por Renan, “un ser apenas desbastado, en vías de ser hombre”. Al fabril lo impulsa la facultad industrial, que nace del pulgar oponible y se fecundiza con la invención del instrumento, el uso del fuego, la domesticación de la electricidad, las energías que se llamaron etéreas, el dominio de los núcleos atómicos, etcétera. El contemplativo es un ocioso sublime y, sumido en su rapto, hasta lo devora la nube de hormigas, como a Valmiki en su montaña, sin que se dé cuenta. El religioso es ya un contemplativo intencionado, porque su designio se refiere al objeto divino de su adoración. El místico escapa a todas las leyes. El intelectual quiere conocer por conocer, afán impreso en el hombre como respuesta al desafío de los enigmas que nos tienen sitiados. Aunque este o el otro temperamento predomine, el hombre es un poco de todo. Y el sentimental o emocional, que hemos pasado por alto, es el contrapunto de tan variada melodía.

No está el hombre solo y suspenso en la nada, sino que está metido en el mundo. Podemos imaginarlo como una araña en el nudo de su tela. Es así como nuestra sensibilidad, ingenuamente, nos lo presenta. Esta representación ingenua se llama antropocentrismo. En la hipótesis religiosa, el hombre es camino por donde la existencia natural se redime y salva, luego es el destino de la Creación y está en su centro. En la hipótesis —digamos— positivista, al hombre corresponde la trascendencia que antes se asignaba a Dios: se inaugura la Religión de la Humanidad y, como en la semiciencia chabacana que tantos estragos ha hecho, el hombre es el Rey de la Creación y está situado asimismo en el centro de la Creación. En la hipótesis existencialista de nuestro tiempo, igual bandera y distinta asta: la voluntad de poder del hombre es la ley del mundo, y el mundo es producto del hombre, quien, a su vez, es un producto de sí mismo.

No nos ciegue la metáfora descriptiva del hombre-araña. Si la idea de que el hombre ocupa el centro no nos fascina demasiado, podemos aceptarla por comodidad. Desde el hombre, desde su frente ceñida de destellos como en los grabados de los teósofos, el hombre alarga tentáculos o radios por todo el globo que lo contiene. Las cercanías son nítidas, brumosos los horizontes, inaccesible el más allá. La captación que logramos es una función de la distancia, ya se la mida por el solo alcance de los sentidos, ya mediante la caña de pescar de los instrumentos. Los resultados son variables. El telescopio nos permite ver mejor la luna, pero no podemos jugar a la pelota con ella. El microscopio nos permite ver los microbios, y nos permite jugar a la “raza superior” con ellos.

Sea, pues, provisionalmente el hombre-araña. A condición de recordar que la tela ni siquiera es esférica, pues los casquetes superpuestos no se ajustan y corresponden con la simetría de las capas de la cebolla. A condición de recordar que los hilos no son del mismo espesor, sino de una hilaza desigual y hasta de colores diferentes. A condición de recordar que ignoramos si la araña está en el centro de su orbe, porque ignoramos la forma de éste. Aún sospechamos que tal orbe se prolonga en ilimitada perspectiva. Acaso, como dicen hoy los “semánticos” (en contraposición con la imagen esférica que heredamos de la Antigüedad), la forma del universo es el Etcétera…

Y en esta perspectiva abierta ¿cuál puede ser la verdadera condición del hombre cuando se enfrenta con la vida? El puesto del hombre en el cosmos, de Max Scheler, es el más expresivo parangón que la filosofía contemporánea propone ante el soliloquio de Segismundo.

El impulso afectivo de la planta, el instinto del animal (con su memoria asociativa y hasta, en los casos superiores, su inteligencia práctica) establecen, según Scheler, otros tantos jalones en el sentido de la corriente vital. Aparece el hombre, y no sólo trae un perfeccionamiento o siquiera una superación en igual sentido del proceso, sino que trae consigo una corriente inversa; un principio que —de modo general— se opone a toda vida; un sentimiento de contraste que le permite establecer valores, ética y estética; que le da conciencia de sí mismo, mediante la cual se contemple como desde arriba, y conciencia panorámica del mundo exterior; que le da anhelos imprecisos, ansias, ambiciones, sentido del porvenir. (Pues el hombre, como decía Nietzsche, es el único que puede prometer.)

La misma noción objetiva y única del espacio como cosa estable —esa noción de que carecen los animales y que el hombre debe rectificar después mediante la matemática einsteiniana— puede muy bien entenderse como un producto del vacío del corazón, del ansia cordial.

El hombre trae consigo el logos, y si el hombre tropieza donde el animal se orienta (o mejor, donde el animal se deja rodar conforme a su mera gravitación biológica) será por la esterilidad esencial del Espíritu. Según Scheler, en efecto, a mayor excelsitud, mayor impotencia. Para eso se hizo la Creación: para que el Espíritu pueda realizar sus fines a través de ella, fines a que no puede llegar directamente.

Y es lástima, por lo hermoso que es hablar de las cosas reveladas que, tras de ascender de la piedra al hombre, Scheler se detenga, y luego salte de ahí hasta Dios sin tocar, como Santo Tomás, las categorías angélicas.†

El Oriente manifestó siempre una marcada tendencia a la integración de la realidad en un todo homogéneo. Superando el animismo primitivo y acarreándolo hasta una verdadera interpretación metafísica, aquella remota sabiduría se atreve a decir que el espíritu de la vida duerme en el mineral, sueña en el vegetal, despierta en el animal y se hace conciencia en el hombre. La doctrina teológica puede añadir: es inteligencia pura en el ángel, y acto puro en la divinidad.

Respecto a la primera etapa (mineral), nada cuesta ya a la moderna física reducir el bloque inerte de la materia a una conglomeración transitoria de explosiones energéticas y, en último análisis, eléctricas; nada le cuesta asomarse al misterio de la integración merced al concepto sintético del espacio-tiempo (Einstein), en que sólidos y pensamientos parecen, siquiera metafóricamente, empezar a fundirse, dando nuevos estímulos (todavía un tanto vacilantes) al idealismo filosófico; y aun parece que las aplicaciones físicas en la industria nos dieran de ello un tosco ejemplo con las actuales conquistas de la velocidad material, pues que la velocidad es el orden de la materia que más se parece al espíritu.

Respecto a la segunda etapa (vegetal), la simbiosis de la planta en la mente —no es otra cosa el efecto de las drogas heroicas en el sistema humano— nos da idea de lo que puede ser la vida de los árboles, entregados a un perenne sueño del que no saben escapar, como condenados a la poesía. (¿El mito de Endimión?)

La tercera etapa, el desperezo animal, que simbolizaríamos en el salto del tigre, no necesita explicación, porque la vida instintiva de nuestros hermanos feroces (Renard) o de “nuestro hermano el lobo” (San Francisco) no tiene misterio para un moderno.

Tampoco lo tiene esa revirada o vuelta del espíritu sobre sí mismo, por contraste y a contrapelo, que es la cuarta etapa o albor de la conciencia humana. Y dejamos para los doctores la etapa angélica y la etapa divina, lo que se entiende por las aristotélicas y tomasianas nociones de inteligencia pura y de acto puro.

Sobre toda la escala corre una fluidez ascendente hacia el espíritu, de modo que, como de Jules de Gaultier, puede pensarse que, un día de los días, a orillas de un misterioso Leteo, la mente inventó la mole mediante un acto que Schopenhauer llama “representación” (como algunos filósofos helenísticos), e hizo consigo misma el pacto de olvidar que se había propuesto a sí propia un sueño (Calderón) y que, en esencia, estamos fabricados con la tela misma de nuestros sueños (Shakespeare).

Sobre toda la escala corre también una fluidez descendente hacia la materia sensible. Así el hindú Yagadis Chandra Boose convida a reconocer, con experimentos de laboratorio, que vegetal y mineral reaccionan también a las provocaciones físicas con sensaciones de placer y dolor o con algo muy semejante. Aquí debe leerse el poema de Shelley sobre La sensitiva; aquí debe releerse el pasaje de Dante: Y me gritó su tronco: —¿Por qué me rompes?; aquí debe recordarse el verso de Darío: Se juzgó mármol y era carne viva.

De suerte que, aunque autónomas en sus disciplinas, podemos, con un leve esfuerzo de imaginación, completar los eslabones que enlazan la mineralogía, la botánica, la fisiología, la psicología, la ontología…‡ (O mejor, la óntica.)

Plotino hablaba de una emanación hacia abajo, desde lo Uno supremo a lo más lejano; y de una aspiración hacia arriba, de lo más bajo hasta lo Uno: próodos y epistropheé. En esta escala del subir y bajar aparece trabado el hombre.