Anecdotario mariachero - Lilly Alcántara Henze - E-Book

Anecdotario mariachero E-Book

Lilly Alcántara Henze

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Ser músico tradicional en México es un oficio que tiene muchos matices: está vinculado a la naturaleza y la vida y el trabajo en el campo, a creencias y costumbres muy antiguas, al uso de la música en vivo —con su inigualable sabor— para celebrar, curar, orar, complacer, acompañar, alegrar; pero también significa viajar: viajar a otros pueblos y rancherías, a otras ciudades, y en estos tiempos incluso a hacer giras internacionales.  Ser mariachero —o músico de mariachi— es indescriptible: trabajar mientras otros festejan, cantar y tocar mientras otros duermen; ser los embajadores de la alegría y de hacer aflorar los sentimientos de las personas; tolerar los excesos y hacer gala de la paciencia más férrea, del humor más ingenioso y de una sensibilidad que acompaña a los mexicanos en los «ritos de paso» o momentos claves de nuestra vida —bautizos, quince años, cumpleaños, bodas, fiestas patronales, velaciones de santos, inauguraciones, homenajes, reconciliaciones, fines de ciclos y hasta sepelios. Este es un libro especial porque aborda la vida de una generación de músicos cuya característica es ser mariachi tradicional o ser testigos de primera mano de la transición del uso de la trompeta en la agrupación del mariachi. Estos mariacheros son originarios de ranchos y pueblos de Nayarit, Jalisco, Zacatecas, Michoacán, Colima, Guanajuato, etcétera, y retratan diferentes aspectos de la personalidad del occidente del país: desde la costumbre de «echarle sal a la herida» cantándole al desamor, el atestiguar riñas y peleas a balazos mientras tocan, ser bien recibidos en un hogar por una familia halagada con una serenata, o las transformaciones de la agrupación mariachera al arraigarse en la Ciudad de México, específicamente en la plaza Garibaldi.  Los sones abajeños, arribeños y costeños, jarabes, valses, minuetos y canciones rancheras que interpretan han trascendido fronteras, hasta manifestarse en grandes escenarios o en festivales internacionales e intercontinentales. Esto también se hace evidente en el anual Encuentro Nacional de Mariachi Tradicional en Guadalajara, Jalisco, donde encontramos músicos extranjeros interpretando música de mariachi tradicional.  Los testimonios de Anecdotario mariachero también son especiales porque en ellos se refleja cómo el humor mariachero concilia la realidad contrastante a la que los expone su oficio. El humor navega entre algo tan profano como los vicios, la violencia y la crudeza de una vida de carencias, y lo sagrado, como cantar en una misa o serenata a una imagen religiosa, a las madres en su día, o la dedicatoria bien intencionada de un joven hacia su amada. El humor ayuda a sortear toda clase de albures y peligros, y ayuda a tomar la vida con filosofía.  A través de estas anécdotas, en sus propias palabras, podemos acercarnos un poco a las vidas de estos músicos, conocer sus aventuras, alegrías y sinsabores, desmitificar los estereotipos en que los encasillamos y comprender un poco la importancia y la función de su oficio en la historia, presente y porvenir de nuestros pueblos. Este es un pequeño pero muy respetuoso homenaje a la vida y universo de estos artistas que, como dice don Nicolás Puente, han vivido «al servicio de la música, no sirviéndose de la música».

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Seitenzahl: 285

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Primera edición, 2022

D.R. © Lilly Alcántara Henze

ISBN 978-607-8676-88-0

Editorial Página Seis, S.A. de C.V.

Teotihuacan 345, Ciudad del Sol,

CP 45050, Zapopan, Jalisco

Tels. 33 3657 3786 y 33 3657 5045

www.pagina6.com.mx • [email protected]

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito del autor, titular del copyright.

Hecho en México / Made in Mexico

Índice
El mexicano si bemol // Luis de la Torre
Introducción // Lilly Alcántara
Entrevistados
1. «El que nace pa’ tamal, del cielo le caen las hojas» - Los inicios de cada mariachero
2. «Se acabó quien te quería» - Cuando se acaba la prosperidad en casa
3. «El que tiene hambre le atiza a la olla» - Dificultades al comenzar a trabajar, necesidades cotidianas
4. «También dios ilumina a los inocentes» - Primeros trabajos y buenas experiencias
5. «Se le hizo gorda Antonia» - Cuando un cliente no quiere pagar, no le gusta la música o es impertinente
6. «Ya tenían su charro apartado» - Sobre mujeres y relación con la familia
7. «Nos vamos ahorita de gallo» - Sobre serenatas
8. «El primer son siempre sabe a huevo sin sal» - Sobre sones, tarimas y la trompeta en el mariachi
9. «Sólo los guajolotes mueren en la víspera» - Aventuras, viajes y giras, vida en riesgo
10. «¡Yo no soy su jugarrera, compadre!» - Relaciones con artistas y personajes históricos
11. «Tócame la negra» - Albures y picardías
12. «Si volviera a nacer, ¡volvería a ser músico!» - Reflexión sobre ser mariachero

EL MEXICANO EN SI BEMOL

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz hace un exhaustivo ensayo tratando de encontrar el perfil del mexicano, su esencia, su explicación como ser nacional. La complejidad para llegar al punto de decir «así somos» es abrumadora y, a pesar de la culta forma literaria en la que se envuelve el ensayo de Paz, el mexicano queda encasillado en un cliché convencional sin atreverse el autor a profundizar en la zona espiritual del hombre, del hombre mexicano.

En ese mosaico de múltiples colores, de luces y sombras, de notas sin fin, afinadas y desafinadas, nos encontramos con una diversidad de gremios y grupos humanos que, fieles a un oficio, representan auténticamente un modo de ser, un modo de ser mexicano. Para aclarar un poco el «laberinto», sin pretender llegar a la salida, es necesario seguir adelante con una tarea de gambusinos para recoger pepitas de oro en aguas corrientes frecuentemente turbias.

El trabajo paciente, repetitivo, no dudo que muchas veces agotador, realizado por Lilly Alcántara Henze para la elaboración de este libro, es un valioso trabajo de recopilación testimonial sobre el modo de ser y de pensar de una numerosa «familia» identificada en la música, en el son popular del mariachi.

Lilly no pretende hacer literatura. Se concreta a transmitir el habla escueta, cruda, sin más adornos que la risa (jajajá) del joven o del viejo mariachero. Los personajes se localizan, principalmente, en el centro del occidente de México y en la ciudad capital. Podría decirse que todos responden a una afición, a un modo de ser característico, a una señalada afinidad por la música.

Para ser mariachi y vivir de ello, se necesita tener una vocación, un carácter festivo, abierto, generoso; paciente hasta el sacrificio por complacer al otro, al cliente, muchas veces necio y pedestre, al que atienden con el estoicismo de una enfermera que convive con las heces del paciente. El mariachi no tiene cultura, no tiene tiempo de ir a la escuela, sin embargo tiene el conocimiento sociológico de todas las clases sociales porque su oficio lo lleva a convivir con diversos estratos de esta sociedad. Observa el mundo desde un tugurio, una plaza, un mitin, una embajada, una familia, una iglesia. Su vocación es tan definida y firme que desde jovencito, desde las primeras cuerdas que templó, desde las primeras notas altas que alcanzó con la trompeta, quedó prendido al folclor musical para toda su vida.

Así pues, volviendo al logro testimonial logrado por Lilly Alcántara, estamos frente a una recopilación extraordinaria de voces y muestras de vida múltiples, a la vez semejantes, que nos traen una nota natural, lineal, tal cual, para entender que el laberinto de lo mexicano tiene sus bemoles.

Luis de la Torre

INTRODUCCIÓN

Ser músico tradicional en México es un oficio que tiene muchos matices: está vinculado a la naturaleza y la vida y el trabajo en el campo, a creencias y costumbres muy antiguas, al uso de la música en vivo —con su inigualable sabor— para celebrar, curar, orar, complacer, acompañar, alegrar; pero también significa viajar: viajar a otros pueblos y rancherías, a otras ciudades, y en estos tiempos incluso a hacer giras internacionales.

Ser mariachero —o músico de mariachi— es indescriptible: trabajar mientras otros festejan, cantar y tocar mientras otros duermen; ser los embajadores de la alegría y de hacer aflorar los sentimientos de las personas; tolerar los excesos y hacer gala de la paciencia más férrea, del humor más ingenioso y de una sensibilidad que acompaña a los mexicanos en los «ritos de paso» o momentos claves de nuestra vida —bautizos, quince años, cumpleaños, bodas, fiestas patronales, velaciones de santos, inauguraciones, homenajes, reconciliaciones, fines de ciclos y hasta sepelios.

Este es un libro especial porque aborda la vida de una generación de músicos cuya característica es ser mariachi tradicional o ser testigos de primera mano de la transición del uso de la trompeta en la agrupación del mariachi. Estos mariacheros son originarios de ranchos y pueblos de Nayarit, Jalisco, Zacatecas, Michoacán, Colima, Guanajuato, etcétera, y retratan diferentes aspectos de la personalidad del occidente del país: desde la costumbre de «echarle sal a la herida» cantándole al desamor, el atestiguar riñas y peleas a balazos mientras tocan, ser bien recibidos en un hogar por una familia halagada con una serenata, o las transformaciones de la agrupación mariachera al arraigarse en la Ciudad de México, específicamente en la plaza Garibaldi.

Los sones abajeños, arribeños y costeños, jarabes, valses, minuetos y canciones rancheras que interpretan han trascendido fronteras, hasta manifestarse en grandes escenarios o en festivales internacionales e intercontinentales. Esto también se hace evidente en el anual Encuentro Nacional de Mariachi Tradicional en Guadalajara, Jalisco, donde encontramos músicos extranjeros interpretando música de mariachi tradicional.

Los testimonios de Anecdotario mariachero también son especiales porque en ellos se refleja cómo el humor mariachero concilia la realidad contrastante a la que los expone su oficio. El humor navega entre algo tan profano como los vicios, la violencia y la crudeza de una vida de carencias, y lo sagrado, como cantar en una misa o serenata a una imagen religiosa, a las madres en su día, o la dedicatoria bien intencionada de un joven hacia su amada. El humor ayuda a sortear toda clase de albures y peligros, y ayuda a tomar la vida con filosofía.

A través de estas anécdotas, en sus propias palabras, podemos acercarnos un poco a las vidas de estos músicos, conocer sus aventuras, alegrías y sinsabores, desmitificar los estereotipos en que los encasillamos y comprender un poco la importancia y la función de su oficio en la historia, presente y porvenir de nuestros pueblos. Este es un pequeño pero muy respetuoso homenaje a la vida y universo de estos artistas que, como dice don Nicolás Puente, han vivido «al servicio de la música, no sirviéndose de la música».

Lilly Alcántara Henze

ENTREVISTADOS

Miguel Martínez. Celaya, Guanajuato. Trompetista. Mariachi Vargas de Tecalitlán y Mariachi Tolteca (90 años, comenzó a tocar a los ocho).

Rito Rosales Valdovinos. Arteaga, Michoacán. Grupo Senectud de Arteaga (87 años, 76 de trayectoria).

Vicente Murillo Barajas. Rancho del Capote, Turicato, Michoacán. Los Capoteños de Michoacán (81 años, 66 de trayectoria).

José Santos Marmolejo López. Distrito Federal Mariachi Tradicional Marmolejo (77 años, comenzó desde la primaria).

Rigoberto Alfaro. Yurécuaro, Michoacán. Mariachi Vargas de Tecalitlán. Arreglista. Jurado en el Encuentro Nacional de Mariachi Tradicional (76 años, comenzó su carrera desde niño).

Los Capoteños de Michoacán: Mario Murillo Torres (55 años, 42 tocando), Silvano García Huerta (78 años, 36 tocando), Salvador Gallegos (73 años).

José Juan Hurtado. Concepción del Bramador, Talpa, Jalisco. Mariachi Regional del Tuito (71 años, 53 de trayectoria).

Juan Villa Monroy. Colima (originario de Jalisco). Mariachi Tradicional Minatitlán (70 años. 56 de trayectoria).

Grupo Senectud de Arteaga: Valentín Rodríguez (70 años, 40 de trayectoria), Adán Maldonado Vázquez (62 años, 56 bailando).

Danza de los Pascolas. Yureme-Mayo. El Fuerte, Sinaloa. Mateo Ontiveros Ruiz, 70 años; Ángel Álvarez García, 62 años; Oro Ontiveros Ruiz, 75 años; Jiménez Cruz, 52 años; Primitivo Escalante (57 años, a los 15 empezó a bailar).

Manuel Ortega Uribeel Tejón. Nayarit. Mariachi Tradicional los Tejones (68 años, 35 como profesional).

Ramón García. Guadalajara, Jalisco, Mariachi los Toritos de Alberto Ibarra (63 años. 53 de trayectoria).

Nicolás Puentes Macías. Nochistlán, Zacatecas. Jurado en el Encuentro Nacional de Mariachi Tradicional. Mariachi Jaraberos de Nochistlán (60 años. 48 de trayectoria).

Humberto Gaspar Osorio. Colima. Soneros de Occidente y Mariachi Tradicional de Villa de Álvarez. Presidente de la Asociación Nacional de Mariachis (56 años, 26 en la música).

Paulino Carrazco Chapula. Chapa, Cuauhtémoc, Colima. Mariachi Alma de México (50 años, 35 de trayectoria).

Joaquín Arredondo de la Torre. Guadalajara, Jalisco. Mariachi Tradicional Arredondo (48 años de edad, 22 de trayectoria).

José Francisco Gómez Espinoza. Tequila, Jalisco. Mariachi Tequileño (46 años, 33 como profesional).

J. Jesús Barajas Oseguera. El Carrizo, Santa María del Oro, Jalisco. Mariachi Tradicional El Carrizo (34 años, 8 años como profesional).

Alejandro Martínez de la Rosa. León, Guanajuato (originario del Distrito Federal). Grupo Los Zorreros. Toca música de Arpa Grande de Tierra Caliente de Michoacán, discípulo de violinista Leandro Corona Bedoya (falleció en el 2009 a los 102 años), comparte anécdotas de su mentor (34 años, 18 en la música).

Braulio Hurtado. Puerto Vallarta, Jalisco (originario de Concepción del Bramador, Talpa, Jalisco; 30 años, 17 años de trayectoria).

1 «EL QUE NACE PA’ TAMAL, DEL CIELO LE CAEN LAS HOJAS»

Los inicios de cada mariachero

Vicente Murillo Barajas

Con los compañeros que yo empecé, ya no hay ni uno. Mi padre falleció en el ’42, cuando reventó el volcán, y entonces yo me arrimé con mis abuelos y mis tíos; ellos tocaban con mi papá y desde entonces ya eran Los Capoteños. Yo crecí allí, tenía trece años en el ’42, y ya en el ’45 no había músicos, en aquel tiempo no había músicos, y ya dijeron mis tíos —los hermanos de mi mamá—: «hijo, pues ¿ya te arriesgas a tocar con nosotros?, no hay músicos», «no sé más que tres tonos», «¿cuáles tonos?»,«re, sol y do»,«ah, ¡pues con esos!». Entonces las tocadas eran de 24 horas.

Ya pues me tocó así, le atiné, la primera tocada fue en el bajo; mi tío Luis se enfermó y tenían un compromiso, y le dije: «¡estoy muy chiquillo, no voy a aguantar! Veinticuatro horas, ¡no voy a aguantar!», «ahí le atoras»; y ¡no!, ¿se imagina, amaneciendo?, ya tenía puras vejigas, ¡puras vejigas [ampollas] de tocar! Como nunca había tocado… La primer tocada fue con el bajo ese.

Luego enseguida agarré una guitarrita que tenía nueve cuerdas, le decían la armonía: nueve cuerdas. Y ya empecé a acompañar y ya dure unos añitos, y luego llegó el ’66, pues ya compré un violincito, 60 pesos, y ya me le acuaté al tío y dijo: «no, hijo, no va a haber otro guitarrero como tú», «no, tío, a’i ’ta mi hermano que ya creció y también sabe tres tonos, ya le dije cómo le hiciera, pues, yo se lo pasaba para que enamorara a las muchachas. Y ya la primer tocada ya la dio, ¡y ahí nos fuimos! Y ya fueron muriendo nuestros padres, primero uno, luego el otro, y pos luego ya agarré a otro compañero que ya llevamos como treinta años tocando juntos y así, ya le digo. Y ahorita traigo a mis hijos: aquél es mi hijo y aquél de allá es el mayor de trece de familia, casi todos son músicos; mis cuatro hijas también saben tonos y tocaban en coro, pero se casaron y los maridos ya no dejan. Y ahí la llevamos, bendito sea Dios, hasta ahorita, ya llevo treinta años tocando, ya crecieron mis hijos, pues ya los traigo a ellos, ya todos los demás se fueron acabando: compañeros, amigos, tíos, llevo como unos diez compañeros ya muertos, ¡y sigo yo, todavía hasta ahorita! Y les digo: «súbanse a la cuerda primera, y éste a la voz», «no podemos, papá, no podemos». ¡Bueno! Ya de a tiro hasta que Dios me dé licencia.

Mario Murillo Torres

Pues sí, yo empecé de trece años; yo me fijaba en mi papá, cómo ponía los tonos, y se me pegaba un tonito. De hecho, tenía como un año apenas ahí viéndolo, y se le fue un hermano de él pa’ México y dice: «vente, hijo, ¿sabes algo?», «pues sé tres tonitos», «pues ahí algo le hace, vente, hay una tocada». Pues ya estamos ahí tocando cerquitas y ahí empecé poco a poquito, sí, y es bonita la música.

Hasta tres días tocábamos, y más allá por Tierra Caliente, no pues, ¡era gente muy gustosa!, les gustaba mucho la música y ¡nunca les dábamos llenadera!, ¡pues toque y toque y toque!, se les acababa el dinero y nos daban hasta quesos, chiles, curucos, ¡me acuerdo, pues!, ¿verdad?

[Entrevistadora]: ¿Curucos?

Son los guajolotes, pavos no: los pavos son otros; es el curuco que le llaman, ey, jijijí, ¡y ahí veníamos cargando con gallinas y todo en los caballos!, porque no había carreteras, ¿verdad?, puros caminitos nada más de bestias, los caballos, las mulas, seis u ocho horas de camino. Ahí nos tenían dos, tres días ¡y ya nos soltaban bien aguaditos de todo!, ¿verdad?, ahí nos veníamos ya, muy desveladitos, ¡pero veníamos con qué comer pa’ la casa!

Rito Rosales Valdovinos

Yo comencé a tocar de 11 años y desde ese tiempo estoy tocando. Desde bien niñito, ¡pero luego empecé a aprender! Esta música mía, de nosotros, ya casi ya no hay, porque eso que tocamos es de mis abuelos, de abuelos, bisabuelos, de aquellos viejitos que yo les aprendí, muy bonita. Los que me enseñaron la música a mí fueron dos músicos de lo mejor: uno ya murió y otro está vivo, se llama Nicanor Morales. Ese está más viejo que yo, ¡ya anda muy apenitas!, y ese fue el que me enseñó, pero este hombre era muy bueno para tocar, ¡buenazo!, y todo se lo aprendí yo a él, y ya muchos me han aprendido a la pegona, ahí, ahí nomás a la pegona.

Rito Rosales Valdovinos.

José Santos Marmolejo López

Mi padre es el fundador del mariachi en México, precisamente ahorita, en las fiestas aquí de Guadalajara, a mi papá lo distinguen con la Medalla Nacional Cirilo Marmolejo —así se llamaba mi papá—. Entonces se entrega esa medalla al mariachi elegido por un jurado de aquí del Encuentro del Mariachi Tradicional. Mi papá se inició en la música con su hermano, mi tío Cosme, que era músico; Cosme le enseña a Cirilo a tocar la vihuela a la edad de seis años. Y yo empecé tocando con mi papá, empecé desde la escuela, en la primaria, en la secundaria tuve la carrera de contador privado y me recibí de mariachi.

Francisco Gómez Espinoza

Comencé en el ’78, tengo 33 años como profesional, pero toco desde los cuatro años. Soy promotor de actividades culturales para la Secretaría de Educación desde hace 31 años, enfocado a la difusión del mariachi, conciertos didácticos en todas las escuelas, etcétera.

Izquierda: Francisco Gómez Espinoza con su padre.Derecha: Francisco Gómez (arriba), padre de Francisco Gómez (abajo).

Mi familia somos una dinastía que inició mi abuelo: él fue músico profesional como en 1915, fue del siglo antepasado, finales de 1800; murió joven, de 40 y tantos años, de un balazo en la Guerra Cristera. Mi padre fue músico de toda la vida, conoció a Pedro Infante, Lola Beltrán, Jorge Negrete, a todos. ¡Ah!, y un caso muy curioso, mi papá era una persona que no le gustaba que le tomaran fotos, él nunca se tomó fotos, por ahí todas las fotos que hay de él, es cuando está tocando, porque ahí pues ni modo que se escondiera, ¡pues ya estaba ahí!

Y luego ya seguimos, los hermanos de él también fueron músicos, era la segunda generación; y ya mis hermanos, mis primos y yo formamos la tercera generación. Ellos antes eran muy destacados músicos: el mariachi de Juan Gabriel, el Arriba Juárez, un primo hermano mío lo fundó —el murió hace dos años, en Cancún—, y otro de ellos es un arreglista muy destacado que le hizo varias producciones a Rocío Dúrcal, a Juan Gabriel y a Ángeles Ochoa, a Aída Cuevas: él se llama Rigoberto Gómez, es muy reconocido. Y ya mi hijo, yo tengo un hijo de 20 años, ya es la cuarta generación directa, o sea de padres a hijos, y todos músicos de mariachi.

Juan Villa Monroy

Desde mi infancia yo tenía, por decir así, sed de aprender la música: se me hacía una cosa muy bonita cómo tocaban música de aquellos tiempos, pero yo nunca creí que iba aprender a tocar. Tuve un padrino que le gustaba tocar, pero nunca llegó a tocar, o sea, que sí tocaba para él solo, porque quiso tocar con un grupo, pero nunca pudo. En ese tiempo, todos los de los grupos éramos líricos —hasta la fecha, yo soy lírico, yo no tengo estudio de partituras ni un estudio de nada—, pero de hecho, yo ya como de catorce años le empecé a poner ganas a la música; y mi padrino hacía unos violines de madera, o sea que, pues, yo un violín de fábrica ni esperaba tenerlo, pero él me fabricaba violincillos, y con esos empecé a tocar.

Por cierto, el tono que yo empecé a tocar fue el tono de do, ese tono fue como base para mí, para comenzar a buscar los demás tonos, y empecé a tocarles a un grupo de danzantes de conquista, ahí empecé yo a tocar, y tocaba también canciones. Entre músicos de mariachi nos juntábamos, así, cuando dejaban de bailar, porque hay unas imágenes allá que se veneran mucho y hacen «conquistas»; y nosotros nos juntábamos y ya nos poníamos a tocar, y yo sin saber tocar podía hacerle primera o segunda al otro, pero, o sea, que ya idea mía, como dicen por ahí: «el que nace pa’ tamal del cielo le caen las hojas», y de hecho pues aquí me tienen todavía. Después ya en el año ’68 me vine de Jalisco —porque soy de Jalisco—, al estado de Colima, a un municipio que se llama Minatitlán, Colima, donde empecé a tocar con un mariachi.

Paulino Carrazco Chapula

Mi papá tocaba a su estilo. Tenía muchos ánimos él, y nos indujo a nosotros. Él miraba a los grupos que había antes, se juntaba con los grupos que iban por acá del sur de Jalisco a Colima a las fiestas. Me enseñó a mí y a un hermano mayor, también quería que aprendiéramos; lo que pasa es que la música allá era un poco diferente a la de ellos, porque la de ellos era auténtica tradicional, y para Colima son puros sones. Hasta nosotros, cuando nos contrata alguien de por allá, ya sabemos más o menos lo que nos van a pedir: los sones «Las indias», «Las copetonas», «El Zihualteco», «El perico loro»; hay bastantes que aquí casi no los piden. Colima y el sur de Jalisco más o menos es lo mismo, el folclor es el mismo.

De por ahí era el Mariachi Vargas. En Colima había grupos buenos.

J. Jesús Barajas Oseguera

[Entrevistadora]: ¿Quién te enseñó a ti?

Nadie, lo que pasa es que ya es dinastía: por parte de mi papá y de la familia. Él, pues, tocaba la guitarra, y yo empecé tocando la vihuela, y ya de ahí me gustó el arpa, y le regalaron un arpa a él, y ya de ahí empecé, pero nada, ahí en los casetes, porque allá no se usaban los discos compactos, antes casi no, y así fue como empecé.

Lo único que me ha contado mi papá de cuando empezó él, es que cuando quería empezar, no podía, porque mi abuelo —que era su papá— no lo dejaba porque decía: «tú qué vas haciendo tocando, si el trabajo es aquí en el campo, andar, pues, cultivando», dice, «¿qué vas a saber tocar tú?». Entonces, por medio de otro hermano, ya él le dijo: «pues déjalo». Ya como pudo le consiguieron una guitarra —un ex compañero del hermano de él tenía una guitarra y ya no quiso tocar, entonces se la pidieron fiada mientras él se enseñaba, para luego pagársela— y ya fue como él dice: «empecé ya». Un día andaba tumbando para cultivar maíz —porque por allá así se le dice «tumbar el monte»—, y ya llegó el hermano de él y le dijo: «hermano, vamos para allá porque te necesitamos, vamos a ir a una fiesta que se hace», y ya dice: «sí voy, pero mi papá no me va a dejar ir», y entonces dice: «vamos a hablar con él, a ver si te deja ir», y sí, así fue, hablaron con él y ya dijo él: «¡pues a qué va a ir él, si ni sabe tocar!», dice, «nada más sabe como dos o tres pisadas» —nada más se sabía tres, las básicas—, y respondieron: «no, ¡así nos lo llevamos!» Y si, se fueron así, y no pues, mucho trabajo y ya, él vio lo que ganó, y le gustó, y de ahí le siguió. Y así fue como mi abuelo aceptó que agarrara ese oficio.

Manuel Ortega Uribe el Tejón

Dentro de mi carrera como cantante, yo me fui a México en 1959 con la ilusión de ir a Los Aficionados a México; llegué a México a la XEW y participé en un concurso de aficionados que se llamó Rumbo al Éxito, y duré seis meses cantando ahí. Para no hacerla larga, gané el concurso.

Tengo cantando desde 1976 como profesional, pero yo antes cantaba en México, con el Mariachi Tenochtitlán de Heriberto Aceves, y de ahí ya me vine acá a mi estado que es Nayarit, y formé este grupo de Los Tejones, precisamente para promover la música de nuestro estado. Todos los mariacheros que traigo son de origen cora, y tienen pues ya muchos años dentro de la música tradicional. El grupo en sí tiene formado cinco años, promoviendo la música tradicional del estado de Nayarit: sones tradicionales de varias partes de la región, costeños y serranos.

Joaquín Arredondo

Mi hermano y yo iniciamos con mi tío Rafael Arredondo a finales de los ochenta. Nosotros éramos músicos, pues, pero músicos de fiestas nada más, de fin de semana; aquí le dicen «la pachanga»: «¿vas a ir a la pachanga?», así le dicen a la fiesta pues, que: «¿de quién es cumpleaños?», «pues de fulano», y órale, y ya nos reuníamos y pues tocábamos, así, ahí nomás por no dejar, ¿’edá? Y pues entre la broma y la cervecita, y el convivio ahí. Después ya fue profesionalmente: finales de los ochenta, principios de los noventa cuando ya hicimos el grupo de mariachis a la usanza antigua, pero lo más fielmente posible allegado a como se tocaba en ese tiempo, con un repertorio totalmente diferente, nada de que «El son de la Negra» ni que «Las Alazanas» ni nada de eso, pues, fíjese nomás para su sorpresa: ¿usted conoce «El son del aire»? Ahí tiene, ese es uno de tantos con los que empezamos: ¿cómo que «El son del aire»?, «pues así va» y ya mi tío nos dijo la letra, porque aquí su servidor canta, pues, en el baño y en todos lados. Y así iniciamos el grupo que se llamaba Mariachi Tradicional Azteca primero, y después fue Arredondo al hacerlo con Cornelio, pero eso fue posterior a la muerte de mi tío.

Mi tío Rafael Arredondo tocaba desde 1917 y aproximadamente hasta su muerte en el ’99. Él inició a la edad de trece años o más, acá por el rumbo de la Rivera de Chapala, que es Tuxcueca, que es toda la rivera del lago hasta la sierra —que es la sierra del Tigre—. Tocaba con su papá, mi tío abuelo, su hermano y un señor que tocaba arpa: nada más eran los cinco integrantes y ese era el mariachi, porque todavía no había trompetas, y esa era la usanza serrana que teníamos nosotros en el sur de Jalisco.

Izquierda: Rafael Arredondo. Derecha: Rafael Arredondo y mariacheros (arriba), mariachi (abajo).

Entonces la tradición viene desde con mi tío abuelo a la fecha. Ahorita unos sobrinos precisamente ensayaron antier con nosotros, allá en su pobre casa, y se están iniciando apenas, entonces ésta ya sería la cuarta generación. Por su cuenta dicen: «tío, nosotros queremos tocar», «¿cómo que quieren tocar?», «sí», dicen dos sobrinas y un sobrino: «ella toca vihuela, yo el guitarrón y mi hermano toca el violín», «¡cómo!», «sí, queremos que nos escuche a ver si se puede que nos dé el visto bueno», y me dio mucho gusto, yo quería que mis hijos agarraran la música, pero no les gustó, y como esto se debe de dar o sea, no debe de ser impositivo, ¿verdad? Pues no: ellos dicen que no, y pues, ¿qué hago?

Humberto Gaspar Osorio

Bueno, pues en esto de la música de mariachi tengo desde 1985, enseñando, compartiendo, interactuando, ¿verdad? Primero hice un mariachi con mis hermanos, nos llamábamos Mariachi Tradicional Hermanos Gaspar Osorio. Cuando detecté que en mi tierra ya casi toda la gente que se dedicaba a tocar como mariachi es gente adulta, dije yo: ¿qué va a pasar el día que ya empiecen a pelearse entre sí, o a separarse de los grupos?, ¿quién va a amenizar nuestras fiestas? Por eso me he dado a la tarea de enseñar a jóvenes y ahora en esta ocasión, niños también.

Esto es más bien una herencia generacional: mi abuelo fue mariachi, era de aquí, oriundo de Atoyac, Jalisco, y pues como que en mí se enraizó mucho el gusto por la música, y más por los sones. Cuando me di cuenta de que en mi tierra ya no había mariachis con esas características fue que hice un proyecto, dije: «aquí va a ser de que hay que revivir esa tradición que está a punto de desaparecer». ’Tonces de ahí me agarré precisamente para empezar a fomentar el gusto por la música, incluso ahorita, habemos doce mariachis tradicionales en Colima, ya formados por alumnos de un servidor, que pues ahora ya traen sus propios mariachis.

Ramón García

Somos un mariachi de Guadalajara, y se llama Los Toritos de Alberto Ibarra. Alberto Ibarra fue mi abuelo, él es el que fue fundador del mariachi hace 53 años y yo estoy desde que tenía 10 añtos en esto, en el grupo, en el mariachi.

Mi abuelo tocaba, pero tocaba en otro mariachi, y él fue de los primeros que tocaron trompeta en un mariachi, porque pues te digo que no se usaba una trompeta en un mariachi y él fue de los primeros que tocaron en un mariachi aquí en Guadalajara. Ninguno de sus hijos tocó, nomás tuvo un hijo y una hija, y yo soy su hijo de su hija, y yo, como su primer nieto, empecé a estudiar desde los ocho años.

Trompeta, después estudié saxor, porque no podía la trompeta, y empecé con saxor y después continúe con trompeta, ey, y ya posteriormente empecé a estudiar los otros instrumentos: el guitarrón, la vihuela, el violín, y toqué todos los instrumentos de esos del mariachi, porque me gustaba la música, toda la vida me ha gustado, y yo creo que hasta dormido estoy oyendo música. También trataba de cantar, sí, sí, claro.

Mi abuelo y también otro maestro —Alvarito—, que recuerdo con mucho cariño porque fue de la gente que me dio los primeros pasos a seguir en la música, el que me enseñaba solfeo, el que me enseñaba la técnica, y después mi abuelo, como él tocaba trompeta, fue el que me continuó a la técnica de la trompeta y todo eso. Creo que todas mis hijas todavía lo conocieron, lo recordamos con mucho cariño, no fue una persona, eh, fue estricto, pero no una persona como un sargento malpagado como comúnmente se dice, ¿no?, creo que fue más pasivo, más tranquilo, y nunca tuvimos ningún problema con él. Es más, yo no recuerdo algún día que me haya regañado, no sé si tal vez porque nunca le di motivo, pero nunca me llamó; o que me haya gritado, o que me haya dicho alguna cosa grosera, ¡jamás!, no recuerdo yo una cosa así. Cuando fundó el mariachi llegamos a ser hasta veinte personas; éramos niños los que tocábamos. Él, pues, cuando se fundó, ya tendría como cuarenta y tantos años.

Rigoberto Alfaro

Mire, yo nací en un pueblo que se llama Yurécuaro, Michoacán, mi pueblo querido que lo adoro, y me llevaron chico de ahí a Nuevo Laredo; mi papá era músico, allá andaba con un grupo él, y ahí comencé yo a sonar la guitarra, y me gustó mucho porque yo miraba a mi papá que tenía amigos que tocaban y todo eso, y ahí comencé yo a, pues, pulsar la guitarra un poquito, ¿no? Me aprendí dos tonitos por ahí y fue un poquito duro el principio, pero afortunadamente como tenía yo muchas ganas de aprender, pues poco a poquito fui aprendiendo, y cuando llegamos aquí a México —a grandes rasgos le estoy diciendo: nos pasaron muchas cosas, pero a grandes rasgos—, anduve con mi papá en un grupo de mariachi, también, y cuando hubo la oportunidad, pregunté yo: «¿y quién es el mejor mariachi que hay en México?», «pues el Mariachi Vargas de Tecalitlán», y le dije yo al amigo que respondió: «pues yo voy a andar con ese mariachi algún día», y sí se me hizo, con el tiempo llegué a andar con el Mariachi Vargas, duré catorce años casi con ese mariachi.

Cuando fui miembro del Mariachi Vargas, comencé tocando guitarra, pero fui progresando un poquito en arreglos, y empecé a hacer arreglos. Afortunadamente, pues me tocó muy buena suerte, porque los arreglos que yo he hecho se han oído mucho desde hace tiempo ya.

Adán Maldonado Vázquez

Yo, por ejemplo, soy campesino desde chiquito, pero me ha gustado mucho la música y el baile, más que nada el baile, me encanta desde chiquito. Tenía ocho años cuando empecé a bailar minuetos y me encantaba hacer una función el día 13 de junio —el día de San Antonio—, y toda la noche baila de chiquito: llueve y llueve, y yo baile y baile. Y ahora que ya crecí empecé a tocar la sexta, ¡en el rancho, pues no hay más!, y luego me bajé a Arteaga a echar a mis chiquillos a la escuela, y ya me empecé a juntar con los compañeros a tocar minuetos y sí, nunca hemos tenido problemas porque nosotros tocamos puros minuetos, danzas para la virgen, para angelitos cuando se mueren, y nunca hemos tenido problemas pues ahí, ey.

[Entrevistadora]: ¿Sus hijos se dedican a la música?

No, nada más el chiquito: saben bailar todos minuetos y una muchacha sabe también sones, y el chiquito también sabe sones, nada más que como está creciendo, le da vergüenza, pero sí sabe tocar poquito la vihuela y la jarana también, sí, tienes que enseñarle para cuando yo falte, pues tener un hijo que toque, ¿verdad?

Alejandro Martínez de la Rosa

Nosotros tocamos música de arpa grande que nos enseñó un violinista viejo de 102 años que se llamaba Leandro Corona Bedoya y que falleció en el 2009. Entonces, nosotros por primera vez en el 2004 empezamos a ir, como íbamos pudiendo cada uno de los compañeros, y empezamos a aprender; bueno, y también con su segundero en el violín, con José Jiménez. Entonces íbamos con ellos: ellos se habían quedado sin arpero y sin guitarrero desde hace años, ¿no? Y son de esos grupos que grabó Tomas Stanford, que grabó José Raúl Helmer, pero que de pronto no hubo seguimiento de su música, y actualmente hay músicos, pero que ya tocan con teclado y otras cosas.

Entonces es un género que está ya casi en vías de desaparición, y los dos violinistas que conocimos ya fallecieron en el 2009: entonces es un repertorio ya casi extinto, se puede decir. Entonces nosotros le grabamos a este señor aproximadamente 110 sones, además de las grabaciones antiguas que le hicieron cuando estaba todo el grupo completo, con Antioco Garibay, etcétera. Y bueno, estuvimos tocando con el señor y de ahí fuimos aprendiendo son de los municipios de La Huacana y Churumo, de Michoacán, de la Tierra Caliente.

Fue una relación muy fuerte: a partir de eso nosotros aprendimos un repertorio de una persona que nació en 1907, y que sus papás eran jaraberos de la zona de donde son Los Capoteños, que su papá y su tío tocaron con Los Capoteños de antes de la Revolución Mexicana, de 1905, 1907, y él a los siete años —que fue cuando llegó la Revolución a Tierra Caliente, en 1914—, huyó con su familia hacia Tierra Caliente, porque ellos estaban en las laderas bajando de Tacámbaro, y ahí el grupo se deshizo. Tocaban con una arpa chiquita que es una jarabera, con un violín, una requinta, una armonía, todos estos instrumentos que ya no se tocan en la región, pero era con lo que tocaban jarabes, que era la tradición del siglo XIX, ¿no? Entonces, él aprendió los sones de Tierra Caliente ahí, llegó muy joven a la Tierra Caliente, entonces hay, digamos, una secuencia de músicos muy buenos que se van heredando el conocimiento, y nosotros a medias lo heredamos, y lo agarramos ya muy viejito, pero todavía con muchas ganas.

Joaquín Arredondo

Ya por fin, dura en México viviendo casi como cuarenta años, se viene en la década de los setenta aquí a Guadalajara, y se quita de la jefatura del mariachi, ya no quiere ser el jefe, porque tenía muchos problemas: aguantar borrachos, que no viene, que es que mi mamá, y que no llegó, porque, ¡hay que estar así siempre!, siempre está uno así: «oye, ¿a qué horas va a venir?», inclusive pasan muchas cosas. Y así pues, ya estaba enfadado de tanto problema.

Ya finalmente deja todo tipo de responsabilidades, y se dedica a dar clases en el Instituto Cultural Cabañas, de violín, pero más mariacheramente, pues; y entro yo también con él de guitarrón y mi hermano de vihuela, a dar clases, duramos como unos cinco o seis años ahí nada más. Y todo eso fue su peregrinar y virtud, a lo que hicimos pues, para llegar a donde estamos ahorita, que es el Mariachi Arredondo, pero ya con todo lo que le platiqué, las peripecias.

Miguel Martínez

Bueno, entonces yo escuchaba por radio la XEW, que con bombo y platillo la inauguraron, la más fuerte, de aquí hasta Argentina se escuchaba, se llamaba —todavía se llama— «La voz de la América Latina desde México»