Antes de vivir - Alvaro Acuña Hormazabal - E-Book

Antes de vivir E-Book

Alvaro Acuña Hormazabal

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Beschreibung

Ismael es un hombre de familia y un exitoso empresario que tuvo que lidiar con duros eventos desde la niñez. No obstante, logra con esfuerzo y perseverancia lo que muchos desean, pero pocos alcanzan. Una mañana al despertar se encuentra en un lugar desconocido, pero extrañamente familiar, en compañía de una pequeña niña a la que le relata partes de su vida. Así comienza un recorrido por su historia, entre las décadas de 1970 y 1980, marcada por eventos que demuestran que una persona puede romper los dogmas establecidos por una sociedad y lograr vivir y ser feliz. Escrito desde los fundamentos de la psicología positiva y del coaching, Antes de Vivir, basada en varias historias reales, integradas en la vida de Ismael, es una novela que inspirará a sus lectores a no rendirse y a seguir adelante, aunque todo parezca en su contra.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2020

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ANTES DE VIVIR © 2019, Álvaro Acuña Hormazábal ISBN: 978-956-9641-43-5 Registro de Propiedad Intelectual: A-299.909 Primera edición: Agosto 2019 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecanismo, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo escrito por el autor. Ilustrador de portada: Pablo Rodríguez Diagramación: www.edicionesondemand.cl Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl Impreso en Chile/Printed in Chile

María Jesús

Eres esperanza cuando la pena embarga… con energía y amor, inocencia y dedicación, construiste mi refugio, nuestro refugio allá lejos de todo y cerca de los dos…

Cuando el caminar se oscureció, lo iluminaste con gotas de un tímido rocío de un nuevo comenzar.

Vives la vida como si fuera fácil, aunque a veces no lo es y construyes en secreto brisas de calor que circulan en mis húmedos ojos para hacerme transitar al camino de la felicidad, nuestra felicidad.

Índice

PROLOGO

Uno

Cuatro

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Dieciséis

Diecisiete

Veinte

Veintiuno

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Epílogo

Nota final

Bibliografía

PROLOGO

La trayectoria de la esperanza:

Fábulas, realidad y sendas de realización personal y colectiva

Benito Baranda 2019

Hay en estas páginas un camino, una detención y una contemplación. Álvaro Acuña nos introduce en la senda de la auto reflexión, de la introspección, es decir, de la mirada hacia uno mismo. Es capaz desde la sencillez del lenguaje y lo limpio de la argumentación de hacernos viajar hacia el interior. Suena raro en un “mundo líquido”, como dice Zigmunt Bauman, volver a los vínculos humanos y a lo que ellos labran en el alma. Volver a los sentidos que sostienen la existencia de cada uno, desde la cooperación mutua y el acompañamiento. Eso no está de moda, ni es lo que privilegia esta sociedad acelerada y competitiva.

Estas páginas revuelven la naturaleza de la humanidad. Se involucran desde la cotidianidad para desmenuzar las percepciones y los afectos con creatividad. El libro es una ‘fábula’ con contenido real, que —como un espejo— refleja nuestro propio crecimiento y felicidad, provocando búsquedas en espacios no transitados. La trama se entreteje con reflexiones que permiten detenerse.

Hay contrapuntos que cuestionan, por ejemplo, el relato de vida que lleva adelante el protagonista. En el diálogo que abre con la niña que le confronta, surge la siguiente reflexión:

Sus palabras tenían un dejo de angustia que el hombre notó, así es que se limitó a afirmar con su cabeza. Solo agregó que al principio comían a la intemperie, en invierno y verano, lo que profundizó la angustia de la menor que se expresó en la siguiente frase:

—Pero tú dijiste que eran felices.

Esto es acompañado de una ‘pausa conceptual’ que articula contenidos teóricos, análisis de científicos u opiniones doctas, con el transcurrir de la historia. Continuando con el relato anterior, identificamos una ‘pausa’ que abre la mirada.

Ismael y su madre, si bien no tienen las condiciones de vida que uno puede considerar como mínimas, tienen una choza donde dormir, una cocina donde comer, un policlínico donde tratar sus enfermedades, pero por sobre todo una comunidad con quien relacionarse, distraerse, compartir y un sueño que les da esperanza: Tener una casa propia y salir de la pobreza. Todo esto hace que ellos definan su vida como una vida feliz.

Ubicado en un momento histórico densamente cargado de acontecimientos dolorosos para Chile, el texto logra introducirnos en vidas y sueños, en alegrías y dolores, sin relativizar lo que ocurre. Tiene el poder de hacer de los sentimientos algo cotidiano, no extraordinario, y lo va dejando sentir en la historia y en los diálogos, tanto en relación con él mismo como con los demás. Tomemos algunos testimonios de ello: “Mis ojos se humedecieron al instante y mi garganta se apretó, tenía ganas de llorar, nunca nadie con solo palabras me había hecho sentir tanto dolor. Aguanté lo que más pude, pero una lágrima cayó, no lo pude evitar”.

En otro pasaje, a partir de la experiencia, nos cuestiona desde el corazón:

¿Por qué a los papás de un niño enfermo con cáncer les da miedo y rabia?

Miedo porque piensan que su hijo se va a morir y rabia porque se cuestionan por qué les ocurre a ellos, a su hijo.

La lectura de estas páginas removerá las propias historias para hacer de ellas algo más rico y abundante que la mezquina mirada del relato personal que se ha construido. A partir de ello, seguramente, de esa memoria agradecida se tejerán comportamientos de gratitud y encuentro solidario que conllevarán a la esperanza y a un ‘estar en el mundo’ positivo. El protagonista nos da una pincelada final, al reflexionar acerca de su existencia:

…desde niños con Luisa nacimos en el amor, vivimos en él, formamos un hogar, nació Simón primero y María Jesús después, y a pesar de los eventos que nos tocó vivir, siempre la esperanza y el optimismo reinaba nuestros pensamientos y desencadenaban emociones positivas en nosotros que nos permitían ser felices, aunque la vida nos hubiera tirado al suelo y nos pegara patadas en las costillas.

Les recomiendo iniciar este viaje con el alma y el corazón abiertos, dejándose hurgar en la intimidad. La excepcionalidad de cada historia vivida por nosotros seguramente no ha sido contemplada y no se ha transformado del todo en un sabio nutriente para la existencia presente y futura. Allí está la esperanza: en ese sustrato positivo que, como un iceberg gigantesco, se oculta a la mirada superficial.

Uno

En algún lugar

23 de febrero de 2019

Despertó medio mareado. Aún sin abrir los ojos sentía que su cabeza iba a explotar, como cuando era joven y amanecía después de una borrachera que se había dado, celebrando el triunfo de su equipo de fútbol amateur. Estaba recostado y pensó en seguir así; quizá podría dormir un poco más, descansar. Pero luego recordó que eran muchas las cosas que tenía que hacer y, además del dolor de cabeza, sentía que su pecho estaba apretado. Decidió que no esperaría más para ir al médico, se lo había prometido a su esposa. Ya había tenido un infarto y no se podía arriesgar. Rápidamente decidió abrir los ojos.

“¿Dónde cresta estoy?” fueron sus primeras palabras al verse envuelto con paja en el suelo de lo que parecía un establo, uno de esos que cuando niño solía visitar y que después de un tiempo se convirtieron en su hogar.

Todo se notaba tranquilo ahí, no tenía frío ni calor. Al parecer estaba amaneciendo; lo suponía por la luz del sol que entraba entre las tablas de esa precaria construcción. El olor era conocido, el mismo con el que creció; eso lo hizo recordar su infancia en el campo.

Siempre fue muy escéptico, desconfiado, pero esta vez por algún motivo se sintió a gusto en ese lugar desconocido. Se sentó sobre un fardo y observó en detalle el lugar. Era muy parecido a los establos en los que vivió: los mismos espacios entre las tablas que dejaban entrar la luz del caluroso sol de verano, pero también el frío en las noches de invierno. Era como retroceder en el tiempo.

Se dispuso a cerrar sus ojos y disfrutar de este viaje al pasado. No tenía prejuicios, no le importaba saber cómo había llegado ahí, ni dónde estaba. Solo quería disfrutar el momento, recorrer su pasado desde el presente, desde el éxito que había logrado, a pesar de la pobreza de su niñez y de su dura infancia.

Tenía sesenta y un años, una esposa y una hija, en realidad dos; además iba a ser abuelo, su hija estaba embarazada. Tenía una casa donde dormir, la que pudo construir después de que un incendio destruyó la que el gobierno le entregó. Había logrado formar un hogar, era un hombre de familia. Nunca pensó que ese sería el mayor de sus éxitos: su familia. De pequeños nos enseñan que el éxito se relaciona con cosas materiales y el dinero, pero él a su edad, y después de varias experiencias, entendía que el sentido de la vida era otro.

Entre la paja de su asiento y la charlata que cubría el establo siguió recordando su niñez, su vida en el campo, cuando una voz suave, pero firme, le dijo “Hola”.

Dos

“¿Y tú quién eres?” preguntó un poco asustado, un poco sorprendido, a la niña que —sentada en otro fardo de paja, en una esquina del establo— pelaba una naranja de aspecto muy sabroso, lo que hizo reaccionar a su cuerpo. Sintió hambre y sed. “¿Quiere?” le preguntó la niña, estirando con su mano izquierda un gajo de naranja recién sacado.

La oferta era muy tentadora, pero aún no sabía quién era y qué estaba haciendo allí. Y aunque parecía inofensiva, su escepticismo y desconfianza de siempre volvieron a él y prefirió no aceptar. Volvió a preguntarle quién era.

La niña sonrió y se comió el gajo de naranja. Luego levantó una ceja y le dijo “Usted se lo pierde”.

Si bien sentía que debía estar molesto por la insolencia e irrupción repentina de esta niña, algo le producía cariño hacia ella, ternura y confianza. Seguro tenía once o doce años, no más; lo sabía porque tenía muchas sobrinas de esa edad.

Era de tez clara, como su hija —mucho mayor que ella —, tenía el pelo largo y brillante. Era muy linda y transmitía dulzura.

No lo dejaba de mirar con ojos desafiantes y una sonrisa permanente, como esperando algo. No decía nada y aunque sabía que eso debía molestarle, por algún motivo no lo hacía. Él también comenzó a sonreír y mirarla. Estuvieron un rato así hasta que ella habló:

—Apuesto a que le gano.

—No sabía que estábamos compitiendo —respondió el hombre.

—Las quemaditas. Apuesto a que duro más que usted con los ojos abiertos, mirándonos fijamente.

La niña quería jugar. Claramente era inofensiva, por lo que la desconfianza y el escepticismo comenzaron a desaparecer. Miró fijamente sus ojos color castaño.

Duró solo unos segundos antes de que sus ojos “quemados” se llenaran de lágrimas y se viera obligado a pestañear.

—Jajá dije que le ganaría, soy seca en esto —La niña reía a carcajadas. Disfrutaba su triunfo, mientras el hombre buscaba excusas que decir.

—Es que vengo recién despertando y el sol me da en los ojos.

—Naaaa, excusas del perdedor —le respondió la niña.

—No son excusas, te dejé ganar —dijo el hombre, reflejando una de sus principales características: “testarudo” y “picota”, como le decía su familia.

Pensó en volver a preguntarle quién era, pero algo le decía que esa pregunta ya era pérdida de tiempo; por algo las dos veces anteriores no había querido responderle. Decidió cambiar la pregunta.

—¿Dónde estamos?

—¡Qué importa dónde estamos o quiénes somos! Antes de aparecer, tú estabas a punto de iniciar un viaje mental por tu pasado.

La niña tenía razón… pero ¿cómo sabía eso? Era demasiado el misterio

—Espera, ¿cómo sabes que estaba recordando mi infancia?, ¿quién eres?

—Dele con lo mismo. Qué importa…. Para recordar es mejor hablarlo, fluye más que solo pensarlo… Ande, quiero escuchar su historia.

Nuevamente la niña tenía razón y aunque sabía que no debía contarle sobre su vida, algo le decía que sería una buena conversación.

Tres

—Nací en una familia de campo, posiblemente en un lugar como este, no lo sé. Mis padres habían heredado tierras, yo era el menor de doce hermanos.

—Espere, espere, ¿de verdad me contará su historia? —dijo la niña, muy entusiasmada.

—Sí, no veo por qué no. En realidad creo que no debería contártela, pero tienes razón, estaba pensando en ella y hablarla me hace recordar más y mejor —dijo el hombre, mientras veía como su receptora se ponía cómoda—. Cuando nací, poco y nada quedaba de esa herencia. Mis hermanas mayores ya habían partido de casa, a trabajar; era necesario. Aunque eran niñas, tuvieron que madurar a la fuerza. Mis hermanos de al medio trabajaban la tierra junto a mi padre, tíos y primos. Conciencia de mi infancia es poca, como que el tiempo va borrando lo pasado; recuerdo cosas vagas. Si cierro los ojos, me veo en casa, mirando por un espacio entre la puerta del dormitorio a mi papá compartiendo un asado con sus amigos, mientras mi mamá se desdoblaba para atenderlos y vernos a nosotros, los menores. Fueron varias veces de esas. En una de ellas, cuando yo ya estaba un poco más grande y podía hablar, mi padre me mandó en medio de la noche a buscar más vino a una casa donde vendían, como a dos kilómetros de la nuestra.

—Espere, espere, ¿y no le daba miedo?

—No lo sé, yo creo que sí… Déjame seguir.

—Ok, no vuelvo a interrumpir.

—Salía de la casa, a veces descalzo, a veces con ojotas, por eso debe ser que nunca me resfrío. La noche estaba muy oscura, el cielo era negro, no había luces, tampoco casas que alumbraran el camino. Yo caminaba por instinto, debía volver con vino tinto sí o sí.

—¿Qué clase de padre era ese? —señaló enojada y un poco angustiada la niña.

—Eran otros tiempos, no se trata de eso. ¿Me vas a dejar contar mi historia?

—Perdón, perdón. Continúe, por favor.

Cuatro

Oro Verde, sector rural cerca de Chillán

5 de septiembre de 1970

Dos meses y un día faltaban para que yo cumpliera doce años. Quizá por la vida en el campo, el trabajo y las emociones vividas, ya me sentía muy fuerte, preparado para partir de casa en búsqueda de un mejor vivir. Muchos de mis hermanos y hermanas ya lo habían hecho. Yo lo pensaba hace tiempo. Había decidido que el día siguiente a mi cumpleaños, muy temprano, partiría a la ciudad a probar suerte.

Pensaba en ello, como todos los días, mientras terminaba de cepillar unas tablas que mi padre necesitaba para acabar la pared norte de la casa que los patrones le habían encargado construir para cuando los hijos vinieran de visita. Si bien es cierto que el sol alumbraba fuertemente, el frío de la mañana penetraba los huesos.

—Después de terminar con estas tablas, ¿puedo prender el brasero? —le pregunté a mi padre.

—Tiene frío el mariquita —me respondió él.

Yo no dije nada, pero me hubiese gustado decirle que en un tiempo más ya no tendría que verme, que ya me iría, igual que mis hermanos, porque ya era fuerte; ya podía vivir de mi trabajo.

Mi padre era un hombre que sin alcohol en su cuerpo era muy desagradable; andaba todo el día con el ceño fruncido. Como que en la racionalidad y lucidez de su desintoxicación se acordaba de todo lo que tuvo y perdió de mala forma, desde sus tierras heredadas hasta los hijos que, aburridos de la pobreza, habían abandonado el hogar, y el cariño de su esposa.

Terminó de clavar la última tabla que yo había alcanzado a cepillar. Siempre él terminaba antes que yo y me tenía que esperar. Yo deseaba que esperara ayudándome. Dejó el martillo y los clavos encima del mesón donde teníamos todas las herramientas, junto a la olla con comida que mi madre hace poco nos había venido a dejar, y fue a prender el bracero que hace un rato le había pedido. Yo lo miré y sonreí, por dentro por supuesto; tenía mucha rabia acumulada para demostrarle gratitud.

Unos fuertes bocinazos se sintieron a lo lejos; un automóvil venía por el camino principal metiendo mucho ruido. Paró su recorrido frente a nosotros, que habíamos detenido nuestro trabajo para mirar la escena.

—Papá, papá, ganamos —dijo el mayor de mis hermanos, bajándose del automóvil, en el que había más personas.

Mi papá se emocionó al verlo: su ceño ya no estaba fruncido, estaba alegre como pocas veces. No era porque se había ganado algo, de eso nada sabía, sino porque mi hermano estaba ahí, después de muchos meses sin visitarnos. Yo veía en él todo lo que quería ser. Hace tiempo se había ido de la casa y por como vestía —con jeans azules nuevecitos y una camisa blanca con el cuello en punta alargado, igual que los actores de cine que alguna vez vi en una revista en la casa de los patrones— pareciera que le había ido bien. “Quizá él me pueda llevar a la ciudad y ayudarme a encontrar trabajo, quizá ya no tenga que pasar frío y pueda vivir con él” pensé mientras él seguía avanzando hacia nosotros con los brazos en alto.

—Ganamos, papá, el Compañero Presidente ganó, se acabó la esclavitud, ya no tendremos que humillarnos más.

Esas fueron las palabras que mi hermano le decía a mi padre mientras lo abrazaba con fuerzas. Había pasado por mi lado, pero parece que no me vio. Yo quería creer eso, porque ni siquiera me saludó.

—Tonteras, Segundo, siempre es lo mismo. Hacen que la gente se ilusione y después no pasa nada, tenemos que seguir trabajando como animales para poder vivir.

—No, ahora es diferente, de verdad —le respondió mi hermano, con su cara llena de confianza y optimismo.

—Veo que vienes con más personas, invítalos a bajar. Ya es hora de almuerzo y tu mamá hizo cazuela, seguro hay para todos... Vamos.

Papá nunca paraba de trabajar, menos iba a la casa a esa hora. “Es una pérdida de tiempo” decía siempre, y yo debía acompañarlo. Claramente, la llegada de mi hermano Segundo provocaba en él cosas que yo no.