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Alfonso Reyes nos da una visión panorámica de los conflictos y acontecimientos que tuvieron lugar en las postrimerías del siglo XIX y en los comienzos del XX. Su examen de hechos abarca el ardor de renovación que consumía a la juventud española (El alma española se sacude —escribió Reyes—; está aleteando para que le crezcan nuevas alas) o la crisis de las universidades oficiales de España, en torno a la cuales ya no giraba la verdadera vida intelectual, y el estricto régimen de censura para la prensa que, de uno en otro conflicto, el Gobierno había llegado a establecer. Las páginas de este libro, lejos de representar una actualidad fenecida y sumergida en una especie de arqueología literaria o periodística, conservan aún el calor de las jornadas en que se forjaron: son una lección que sobrevive todavía y nos ayuda a medir y a valorar los sucesos ulteriores. Y es porque Alfonso Reyes observó la vida con un criterio perdurable de historia y no con un sentido simplemente objetivo de crónica. "Lo que en algunos se reduce a una expresión circunscrita de lugar y de instante, adquiere en Alfonso Reyes ecos de universalidad".
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Seitenzahl: 137
Veröffentlichungsjahr: 2018
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ALFONSO REYES
(Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959) fue un eminente polígrafo mexicano que cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la crítica literaria, la narrativa y la poesía. Hacia la primera década del siglo XX fundó con otros escritores y artistas el Ateneo de la Juventud. Fue presidente de La Casa de España en México, fundador de El Colegio Nacional y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1945 recibió el Premio Nacional de Literatura. De su autoría, el FCE ha publicado en libro electrónico Aquellos días, La experiencia literaria, Historia de un siglo y Las mesas de plomo, entre otros.
VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO
AQUELLOS DÍAS
Primera edición en Obras completas III, 1956 Primera edición de Obras completas III en libro electrónico, 2015 Primera edición en libro electrónico, 2018
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios [email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-5644-5 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo, por Alberto Gerchunoff
Prefacio
I. EN TORNO AL SIONISMO
La toma de Jerusalén (Entrevista con el doctor Yahuda)El pueblo de Israel en PalestinaLa Universidad Hebrea en JerusalénII. DESDE ESPAÑA
Grandes anales de nueve mesesLa Andalucía eficazLa reforma moralEl arcoíris del silencioExamen políticoLa crisis de la Universidad españolaEl sentido de la políticaEl Congreso Postal de MadridIII. DESDE FRANCIA
El Trono y la Iglesia de MaurrasDespués de la guerraEl eterno diálogoEl primero de mayoEn torno al tratado de pazBy-products de la pazEl milagro, según DuhamelLos monárquicos de FranciaEn la época en que Alfonso Reyes vivía en Madrid —se dedicaba casi exclusivamente a la literatura desinteresada y al periodismo activo—, el mundo ofrecía aún al espectador la ilusión de que se esforzaba en realizar sus esperanzas antiguas. Y esas esperanzas eran recientes. Sembradas y concretadas en algunas fórmulas en las postrimerías del siglo XIX y en los comienzos de este siglo, parecían destinadas a cuajarse en una realidad posible. Ciertamente, ese mundo efímero se traslucía a través de hechos incongruentes, de problemas contradictorios, de fenómenos agudos. Pero se percibía en su conjunto indeciso algo que permitía mantener la fe en una próxima unidad moral del hombre, inclinado teóricamente hacia un perfeccionamiento general.
Alfonso Reyes nos da en sus ensayos sobre esos problemas aislados o esos acontecimientos una visión panorámica. Su examen de hechos o de ideas nos facilita la labor de clasificación histórica y ordena con sus juicios lo que sabíamos en forma disgregada o estaba en nuestro espíritu más como una sensación que como un conocimiento. Desde este punto de vista, así como desde un punto de vista más trascendental, este libro suyo, compuesto de retazos, según lo exige la diversidad y el carácter de los asuntos que expone o analiza, no está sujeto a condiciones rigurosas de tiempo. Sus páginas no representan el reflejo de una actualidad fenecida y sumergida en una especie de arqueología literaria o periodística. Se desprende de esos trabajos, que conservan el calor de las jornadas en que se forjaron y encierran la temperatura apremiante de su momento, una lección que sobrevive todavía y nos ayuda a medir y a valorar los sucesos ulteriores.
Y es porque Alfonso Reyes, escritor o periodista, observa la vida con un criterio perdurable de historia y no con un sentido simplemente objetivo de crónica.
Siendo un cronista fidedigno, es siempre un intérprete con poderosa facultad de generalización, para quien los conflictos políticos o los choques ideológicos revisten, por encima de la refriega eventual o del escenario local, una dimensión humana. Se explica; Alfonso Reyes, radicado en Madrid o en París, en aquellos días, no era un hombre enquistado ancestralmente en una sociedad de tradición inmutable. Su cultura de humanista, sus aficiones intelectuales y su gusto elaborado de poeta de los cenáculos europeos no desalojaron del fondo de su mentalidad de americano las preocupaciones, y más que las preocupaciones, el instinto definido de miembro de una comunidad que encarna en el Continente un movimiento de inflexiones precisas. Cuando Alfonso Reyes escribía los comentarios que contiene su libro, México se desgarraba y se rehacía en su largo proceso de renovación, y ese esfuerzo extraordinario, de tan vasto desbordamiento continental, le comunicaba una efusión, una amplitud cordial que en vano buscaríamos en los comentaristas no americanos de esa misma hora. Lo que en éstos se reduce a una expresión circunscrita de lugar y de instante, adquiere en Alfonso Reyes ecos de universalidad. El europeo comprende únicamente el interés inmediato, la conveniencia inminente. Alfonso Reyes, en cambio, al opinar sobre las graves cuestiones que se agitaban, extendía su intuición más allá de la raya fronteriza y las penetraba, así sea en los detalles marginales, con una profundidad que no nos proporciona habitualmente el documento cotidiano del periódico o la síntesis elemental del ensayista.
Este libro, además de situar los problemas de acuerdo con su raíz efectiva y en su espacio físico, además de radicarlos históricamente, los diseña en su importancia para la humanidad. Por ser un habitante de América, los interpreta con un sentimiento de justicia extra-nacional, extra-terráneo. Un ejemplo de lo que digo se halla en su notable estudio sobre la formación y el desarrollo del sionismo. Desde que el doctor Teodoro Herzl esbozó el programa del judaísmo irredentista, se ocuparon muchos escritores y políticos cristianos de ese propósito, fundado en el restablecimiento de la nacionalidad histórica de los judíos. Ninguno de ellos ha visto este problema con más claridad mental y más generosidad de espíritu. Para los políticos y tratadistas de Europa la vuelta de los hebreos a Palestina es una complicación o es un absceso en la urdimbre europea.
Se eriza para ellos con dificultades de orden hereditario o prejuicios religiosos y raciales que un pensador o un poeta de América puede comprender con su raciocinio pero que no admite en su ética. Y es porque su ética histórica no está determinada por la pesantez occidental de lo pretérito, sino por la abolición práctica de esa pesantez. De ahí que su análisis del sionismo, en sus etapas distintas, tenga una proyección que no revela el examen de semejante advenimiento hecho por grandes estudiosos de la política, sojuzgados o reducidos en su filosofía por razones de herencia, o restringidos por resortes que les colocan en una posición de hostilidad instintiva. Creo que los judíos deben considerar este capítulo de Alfonso Reyes como el esquema mejor del sionismo en su relación con la realidad permanente, tanto por la honradez de la exposición como por su acento enternecido, que nunca confina en excesos de retórica sentimental.
Sus artículos sobre vida española nos interesan, acaso más, por causas análogas, que los de los escritores peninsulares publicados en aquellos días. Esa superioridad de Alfonso Reyes se debe también a la definición típica de su inteligencia americana. Reyes sabe vincular las circunstancias del acontecimiento ibérico o la reacción psicológica del individuo ibérico con la atmósfera mundial, y su conclusión nos conduce a reflexiones que se salen del dibujo que lo sugiere.
En una palabra, el libro de Alfonso Reyes, que por su título evocador y humilde se refiere a un período delimitado, tiene una supervivencia no común en esa índole de producción literaria. No es difícil descubrir el motivo de esa duración. El lector americano conoce a Alfonso Reyes. Esas cualidades excepcionales que convierten a un libro de crónicas en un libro de cronicidad, en un testimonio de historia, se deben a que Alfonso Reyes es, ante todo, un artista viviente, un poeta que lleva en sí el impulso de perpetuidad de la poesía. Nosotros los argentinos lo sabemos. Estábamos acostumbrados a leer sus versos y su prosa y veíamos en su obra el fluido de un espíritu armonioso y completo, cuya manifestación libre no cohibía la ciencia artística, la sabiduría técnica del idioma o la inclinación estética en boga. Su sensibilidad cambiante nos contagiaba; su ingenio delicado nos seducía. Mas, al convivir con nosotros, con tan abierto corazón, comprendimos el secreto de su influencia. El arte de Alfonso Reyes, su complejidad espiritual, su sabia sutileza, su profuso dominio del clasicismo y su absoluta modernidad jamás ocultan o sustraen la intimidad del poeta, su inquietud individual, su ingenua perplejidad ante el universo. Este artista refinado es inalterablemente humano, angustiadamente humano, consubstanciado con la confesión americana y, en un grado más ardiente, con la confesión que hace su tierra natal al Continente sorprendido. A través de la acción personal de Alfonso Reyes, hemos penetrado en Buenos Aires la recóndita substancia de que se nutre el movimiento mexicano y lo hemos alojado en el espíritu, no como una variedad del trastorno universal, sino como un aspecto de la existencia americana y como una refracción de los designios cardinales de América.
La singular personalidad de Alfonso Reyes en la literatura hispanoamericana alcanza ya contornos decisivos. Tal vez no se den cuenta sus propios compatriotas de lo que significa esa personalidad para la gente de la Argentina, del Brasil, de Chile, del Perú, del Uruguay, del Paraguay. Su talento cautivador nos denuncia, vuelta a vuelta, al filósofo reflexivo en quien el rigor de lógica y el hábito claro de la objetividad no extenuaron “los pechos de que fluye la tibia leche de la bondad humana”.
Este gran poeta realizó, pues, una función de diplomático insigne; nos familiarizó esencial y minuciosamente con la modalidad, con la orientación, con el maravilloso coraje en la transformación creadora del pueblo mexicano. Y para la América toda, Alfonso Reyes, poeta continental de nuestra lengua, es un representante de México.
ALBERTO GERCHUNOFF
Se reúnen en este volumen algunas viejas crónicas publicadas en periódicos de América y España, conforme se indica en las notas respectivas, donde no siempre ha sido ya posible apurar las fechas exactas.
El curioso advertirá fácilmente que algunas crónicas firmadas en Madrid y en París parecen fundar la sospecha de que el cronista poseyera el don de la ubicuidad. La verdad es más humilde: el diario para el cual se escribieron esas páginas no podía pagarse el lujo de un corresponsal en cada una de aquellas capitales, y había encargado las dos jurisdicciones a un periodista que, aunque vivía en Madrid, se mantenía al tanto de las cosas de Francia desde los tiempos de su anterior residencia en París.
Como todo trabajo periodístico, estas crónicas han envejecido. A la luz de acontecimientos posteriores, tal o cual pasaje resulta ahora rectificable. Pero ¿para qué falsear con retoques los documentos de una época? En estos perfiles que el tiempo redibuja está precisamente el sentido histórico. Alguna enseñanza resulta de recordar cómo se veían los sucesos a la hora de su acontecer. Precisamente el objeto de este opúsculo es provocar en la mente de los lectores una experiencia de confrontación. Por aquellos días —cualesquiera fueran los males de la época— aún quedaba algo de aquella atmósfera moral que permitía examinar y reconocer con espíritu ecuánime hasta las cualidades del adversario, y aprovechar todo lo que había de constructivo o positivo en las ideas de unos y otros bandos. Hoy por hoy, el cronista se vería en aprietos para tratar de ciertas cosas con igual objetividad. Y ello no sería precisamente imputable a una degradación ética del cronista, sino a una degradación ética del instante humano que ahora vivimos.
Si los hombres, las fuerzas sociales, los hechos de que aquí se habla han manifestado más tarde una capacidad dañina de que carecían entonces —al punto de que tal rasgo de mera discolería graciosa ha revelado después su virus de crimen social—, ¿cómo íbamos a considerarlos ahora con los mismos ojos?
Las notas dedicadas al sionismo no preveían el conflicto que años después había de producirse entre los hebreos y los musulmanes de Jerusalén y, en consecuencia, nada prejuzgan a este respecto. La idea sionista se originó en la mente del Dr. Herzl cuando, por 1894, trabajaba como repórter en el proceso Dreyfus. Durante unos treinta años, el movimiento sionista logró transportar a Palestina grandes masas de hebreos. Los árabes sólo se inquietaron cuando los aliados comenzaron a apadrinar el sionismo.
Gran Bretaña, interesada desde antes en el movimiento, ya había ofrecido a Uganda como sede del nuevo hogar judío, pero el Dr. Weizmann insistió en reclamar la Palestina. Durante la guerra, Weizmann se hace indispensable a los aliados por sus extracciones de alcohol de madera, elemento precioso para los explosivos que la campaña submarina y demás circunstancias del momento habían enrarecido. Weizmann no quiso más compensación que el poder servir al pueblo hebreo. De aquí la declaración de Balfour, 2 de noviembre de 1917. Gran Bretaña soñó con reconciliar en Palestina a los árabes, sus aliados, y a los judíos, sus protegidos. Y ambos, tras de desconfiar unos de otros, desconfiaron del tercero en discordia.
Sir Herbert Samuel fue a Palestina en 1920. Por ser judío, los sionistas lo consideraron suyo y los árabes desconocieron su mandato. Tras los motines de Jerusalén y Jafa, los musulmanes hicieron fracasar la elección general de Sir Herbert en 1923.
El nuevo Alto Comisario, Lord Plumer, fue mejor acogido por los árabes. La bancarrota judía que sucedió al pasajero auge de 1925 hizo creer a los árabes, por un instante, que el sionismo se liquidaría solo y de modo automático. En julio de 1929, tras la renuncia de Lord Plumer, sobrevinieron nuevos motines y choques entre árabes y judíos de Jerusalén. Gran Bretaña se manifestó dispuesta a escuchar las reclamaciones de los árabes y a restringir prudentemente la inmigración hebrea. Los sionistas protestaron, y la política indecisa de la madrina se desconceptuó un poco a sus ojos, a pesar de las explicaciones de MacDonald. Los nuevos conflictos, de 1933 en adelante, han sido ya una seria advertencia para el mundo.
Los sionistas han dado enorme impulso a la agricultura en Palestina; han hecho fuertes inversiones de capitales con que han levantado la riqueza general del país, explotan la potasa del Mar Muerto y electrifican el Jordán, y fundan nuevas ciudades como Tel Aviv (Colina de la Esperanza), que tiene una población de 50 000 almas. Pero todavía los árabes representan la mayoría, en proporción de seis a uno, y alegan que son los dueños tradicionales de la tierra y que el nuevo desarrollo del país no hace más que gravitar sobre ellos; que si antes pagaban a los turcos 1 800 libras, ahora pagan a la Gran Bretaña no menos de dos millones y medio. Los británicos, por su parte, han empleado un millón en la reconstrucción del puerto de Jafa.
En suma, el nuevo sistema internacional del “mandato” ha revelado ya sus peligros, inherentes a su carácter de operación interesada. Las comunicaciones entre el Mediterráneo y el Golfo Pérsico hacen que estas zonas intermedias y sometidas al mandato sean de vital importancia para los grandes imperios mandatarios y no puedan ser tuteladas con absoluto desinterés. Entre la abrumadora mayoría árabe, la minoría hebrea de Palestina, lo mismo que la minoría cristiana de Siria, son víctimas de esta situación.
Como vivimos en tiempos en que hay que explicarlo todo, no está por demás añadir lo que muy bien pudiera darse por sabido: que el sionismo no agota en manera alguna el problema judío y, a veces, hasta corre por otros cauces. Igualmente absurdo sería suponer que el problema judío se reduce al problema de aquellas colonias en otro tiempo transportadas a Argentina.
Finalmente, no se sospechaba, cuando se redactaron estas crónicas, la resurrección de la campaña antisemita en algunos países, campaña que parecía cosa definitivamente abandonada y propia de edades más oscuras.
En estos, como en todos los demás temas, hay que recomendar al lector que tenga en cuenta la fecha de cada artículo. Esto dará su sentido a las apreciaciones; esto explicará la actitud de los hombres a que se alude; esto, además, justifica la libertad de expresión del cronista que, en los años anteriores a 1920, no se encontraba ligado a los compromisos de la representación oficial.
1937
