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En busca de algo salvaje. Lexie Webster necesitaba una aventura... y pronto. No buscaba una relación, no después de su ex prometido; pero eso no significaba que tuviera que vivir como una monja. Cosa imposible después de los impuros pensamientos que le estaba provocando su nuevo cliente Josh Maynard. Josh Maynard iba a seguir su viejo sueño de aprender a navegar, pero no sabía si lo iba a conseguir con aquella instructora, porque estaba claro que Lexie Webster tenía sus propios planes... que consistían en seducirlo fuera como fuera. Y él no tenía ningún problema en seguir las órdenes de su maestra...
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Jacquie D’Alessandro
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Atracción instantánea, n.º 1235 - noviembre 2015
Título original: In Over His Head
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7358-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Lexie Webster paseó la mirada por la amplia colección de bolsos del expositor de la tienda y suspiró.
–Darla, no necesito un bolso nuevo.
–Por supuesto que no –concedió Darla mientras tiraba de ella hacia los expositores donde se encontraban los bolsos de marca–. Pero yo sí. Lo que tú necesitas es sexo, y punto.
El vendedor las miró, y Lexie miró a su amiga de manera significativa.
–No, lo que necesito es volver al complejo. Tengo trabajo.
–Hoy es domingo –dijo Darla mientras inspeccionaba un bolso de cuero marrón–. Tu día libre.
–Tengo que dar una clase de buceo privada a las tres de la tarde.
Carla dejó el bolso, se cruzó de brazos y la miró.
–Ese es exactamente el problema, Lex –le dijo Darla–. Estás trabajando mucho. Necesitas tomarte un rato libre.
–Tú has trabajado hoy –señaló Lexie.
–Soy agente inmobiliario, Lex. Nosotros trabajamos los domingos. Excepto cuando tenemos que mantener una conversación seria con nuestra mejor amiga. Entonces nos vamos de compras y charlamos.
–Mira, Darla, sé que tu intención es buena, pero...
–No hay «pero» que valgan. Tómatelo como una ayuda –dijo Darla mientras alzaba la barbilla con obstinación.
Con aquel brillo de perseverancia en sus ojos verdes, a Lexie le recordó a Xena, la Princesa Guerrera, o al menos a Xena con el cabello rojizo y vestida de Ralph Laurel, como iba su amiga en ese momento.
–Este es el trato, Lex. No pienso dejar que salgamos de aquí hasta que te quede claro.
–Estupendo.
Darla le agarró la mano y la miró con preocupación.
–Lexie, estoy preocupada por ti. Te estás matando a trabajar.
–Estoy haciendo horas extras porque en esta la época del año es cuando hay más trabajo en el complejo. Tengo que aceptar el trabajo extra cuando llega. Tú sabes que necesito el dinero. Cuando salga al mercado ese terreno para el que estoy ahorrando, necesitaré todo el dinero que pueda para adquirirlo –dijo–. Sabrás que la única razón por la que te aguanto es porque yo quiero ese terreno y tú eres agente inmobiliario y tienes contactos –le dijo a su amiga para tomarle el pelo y que dejara de preocuparse.
–Y la única razón por la que yo te aguanto es porque me haces un descuento en el salón de belleza del complejo –Darla entrecerró los ojos–. Ya sabes, el salón de belleza es el lugar donde la gente va a aliviarse de su estrés. Te sugeriría que fueras, pero en tu caso hay que aplicar medidas más drásticas. Necesitas una humeante y caliente...
–¿Sauna?
–Aventura –cuando Lexie no contestó, Darla continuó–. No quiero ni pensar el tiempo que llevas sin practicar el sexo.
Once meses, dos semanas y tres días. Lexie no quería pensarlo tampoco. Y no pensaba añadir leña al fuego recordándoselo a Darla.
–Tienes mucho estrés, Lex.
–Estoy ocupada.
–Te estás matando por ese terreno.
–Porque quiero tener un hogar. Y quiero esa cala.
–Lo entiendo. Y en cuanto el dueño quiera vender, te lo diré. Pero mientras tanto debes relajarte.
Aunque le costara reconocerlo, a Darla no le faltaba razón.
–Supongo que últimamente he estado algo tensa.
–¿Algo tensa? –Darla sacudió la cabeza–. Eres un volcán a punto de estallar. Necesitas liberar el estrés. Y, créeme, la mejor manera del mundo de hacerlo es el sexo. ¿Por qué crees que yo estoy siempre tan relajada?
–Pensé que era gracias a todo el tiempo que mi descuento te permitía estar en el salón de belleza.
Darla se echó a reír.
–Los masajes y las limpiezas son algo estupendo, pero el sexo es mejor. Confía en mí. Un par de sesiones de sexo apasionado y serás una mujer nueva. Santo Cielo, tu cuerpo debe de estar literalmente muerto de hambre después de tantos meses de celibato. Necesitas un lío.
Lexie suspiró.
–Tal vez. Pero no quiero una relación seria.
Darla arrugó su naricilla.
–Claro que no. Las relaciones serias están sobreestimadas, como tú y yo sabemos. Yo me refiero estrictamente a una aventura. Sexo sin compromisos para sacarte de esa rutina tuya. Un affaire que cumpla las tres reglas de oro que debe cumplir toda buena aventura.
–¿Y cuáles son?
–Debe ser divertida, salvaje y temporal. ¿Qué te parece?
Divertida, salvaje... Hacía mucho tiempo que no hacía nada así. ¿Y temporal? Nunca había hecho nada temporal; al menos no premeditadamente. La verdad era que sonaba... intrigante. Y emocionante; de tal modo que sus adormecidas hormonas parecieron desperezarse un poco solo de pensarlo.
–¿Sabes una cosa, Darla? Creo que me parece bien.
Darla sonrió.
–Excelente. Ahora solo nos queda encontrar al hombre adecuado.
Lexie gimió.
–Eso va a ser difícil. No puedo decir que los hombres estupendos caigan a mis pies.
–No necesitas un hombre «estupendo»; no estás buscando marido. Solo debe ser bueno para una aventura –se inclinó hacia ella, como si fuera a compartir un secreto muy importante–. Solo vas a utilizarlo para acostarte con él.
Lexie sonrió.
–Tal vez eso no le parezca bien al interesado.
Darla se puso derecha y la miró con incredulidad.
–Sí, claro. Los hombres odian ser seducidos por una mujer atractiva. Sobre todo una mujer que no espera flores, bombones o anillos de brillantes. Créeme, no nos costará encontrar a un hombre dispuesto.
–Pero no me interesa cualquier hombre.
–No te preocupes –dijo Darla–. Cuando lo conozcas te darás cuenta.
–¿Cómo?
Darla sonrió con picardía.
–No podrás quitarle los ojos de encima, ni las manos. En cuanto lo veas, la naturaleza se encargará de lo demás. Y recuerda: divertido, salvaje y temporal –Darla le tendió la mano–. ¿Trato hecho?
Lexie aspiró hondo. Darla tenía razón. Ya era hora de tomarse un respiro y solazarse un poco. Desde que había roto con Tony hacía casi un año, había vivido como una monja.
Y no era una monja, sino una mujer de veintiocho años que necesitaba divertirse.Y gracias al sermón de Darla, estaba lista para lanzarse.
Lexie le estrechó la mano a Darla.
–Trato hecho.
Josh Maynard observó desaparecer el taxi que acababa de dejarlo en su destino. La correa de lona de la bolsa se le clavaba en el hombro. Se echó un poco hacia atrás su sombrero texano favorito y miró a su alrededor con atención.
Vaya. Desde luego ya no estaba en Montana. No había ni una montaña ni un árbol a la vista. Ante sus ojos se extendía una llanura verde y un sinfín de palmeras que se perdían en un cielo azul sin nubes. Y Dios, qué calor hacía. Y qué humedad. El aire húmedo y cargante de Florida lo rodeó como una manta mojada.
Se volvió hacia el hotel que sería su hogar durante las tres semanas siguientes. Complejo Turístico Whispering Palms, rezaban unas letras azul turquesa sobre un fondo blanco de estuco. A los lados de la entrada flores moradas y anaranjadas adornaban los enrejados de madera, y cientos de flores y arbustos salpicaban el césped de aquellos terrenos tan bien cuidados.
Pero aquel complejo era algo más que un lugar bonito; y por eso lo había escogido. Según lo que había encontrado en Internet y lo que le habían contado en la agencia de viajes, el Complejo Whispering Palms presumía de tener el programa de actividades acuáticas más amplio de la región. Y el personal era profesional, con impresionantes credenciales.
Le gustaba además que el complejo estuviera algo apartado; lo suficientemente cercano a Miami para resultar conveniente y al mismo tiempo lo bastante alejado de todo el barullo. También le había llamado la atención que fuera un lugar más pequeño; no había querido uno de esos hoteles grandes con miles de habitaciones.
Aspiró hondo y se le abrieron las aletas de la nariz al percibir los olores diferentes. Ni un rastro a caballo, al cuero de las monturas o a la arena de los rodeos por ninguna parte. Aquel aire tenía un olor... tropical; un aroma afrutado y dulce, que se mezclaba con el olor penetrante del océano. Volvió a mirar de un lado a otro. No. Aquel lugar no se parecía en nada a casa.
Pero eso era lo que importaba, precisamente.
Observó a los huéspedes mínimamente vestidos que salían y entraban del complejo. Tendría que dejar en la maleta su camisa vaquera de manga larga y los Wranglers. Solo llevaba allí tres minutos y ya tenía la espalda empapada en sudor.
Se miró los pies y suspiró. Tendría que dejar también sus amadas Tony Lamas. Las botas no eran demasiado prácticas en la playa. Gracias a Dios que se había llevado un par de zapatillas Nike, aunque normalmente no las usara mucho.
Llevaba mucho tiempo esperando para iniciar aquella aventura, y no iba a permitir que algo tan trivial como la ropa se interpusiera en su camino. Los objetivos que se había impuesto eran difíciles, pero él había llegado más alto. Había ganado varias medallas de oro de la Asociación Profesional de Cowboys de Rodeo, y para demostrarlo tenía las cicatrices. Excepto en la última competición, por supuesto. Maldita fuera, el entrar en segundo lugar después de Wes Handly aún lo fastidiaba. Si al menos...
Josh cortó de raíz aquel molesto pensamiento antes de volver a empezar a darle vueltas. Aquella parte de su vida había terminado. Había colgado sus espuelas y era el momento de conquistar nuevos mundos. Como aquel lugar de palmeras, sol, playa, flores y llanuras.
Josh se ajustó el sombrero, aspiró hondo, se colocó mejor la bolsa en el hombro y avanzó hacia la entrada del complejo dispuesto a saborear de una vez todos los sonidos, las vistas y los olores nuevos.
Una enorme jaula dominaba el centro del vestíbulo de suelo de parqué. En el centro, sobre un columpio de madera, Josh vio el loro más grande que había visto en su vida, con plumas de bellos colores y una cola que llegaba casi hasta el fondo de la jaula. De urnas de porcelana pintadas con flamencos y peces multicolores brotaban grandes plantas. Las paredes en tono salmón brillaban tras la mesa de recepción de mármol verde. Josh estiró la cabeza para ver qué había más allá de la zona de recepción, y vio un trozo de piscina brillante, una franja de arena blanca y el mar azul más allá. Una brisa agradable soplaba por el vestíbulo, refrescándolo del calor.
Dios, cuánto le habría gustado a papá aquel lugar. Los colores vivos, el aire salado, los gritos de las gaviotas. Un agudo sentimiento de pesar se apoderó de Josh. ¿Dejaría alguna vez de sentir aquel dolor que aparecía de repente? Seguramente no. Aunque tal vez después de conseguir lo que había ido allí a hacer el dolor menguara un poco.
Miraría la arena blanca y el mar azul y tragaría saliva. Sí, papá había pasado toda su vida deseando ir a un sitio como aquel, pero jamás había tenido la oportunidad de ver el océano. La cara risueña y arrugada de su padre se le apareció en la mente con tanta claridad que parecía como si Bill Maynard estuviera allí con él. Tantas veces había dicho que cuando se jubilara en el rancho iba a aprender a navegar y a hacerlo por el Mediterráneo.
Su padre había planeado aprender, y que Josh lo hiciera con él. A menudo el hombre se había imaginado navegando en las aguas cristalinas junto a su hijo, cocinando la pesca del día en la parrilla.
El grito del loro sacó a Josh de su ensimismamiento, y lo invitó a dejar a un lado sus recuerdos. Era hora de registrarse, de deshacer la bolsa, de ponerse algo para ir a la playa y de empezar a hacer realidad el sueño que su padre había planeado hacía tres décadas.
Conquistaría los siete mares con lo mismo que había conquistado la arena de los rodeos: con determinación, perseverancia y corazón. Le había prometido a su padre que vería todos esos sitios que el viejo había deseado ver, todos esos sitios de los que habían hablado.
Sin embargo, a pesar de todo lo que había leído sobre navegación, tendría que empezar por lo básico. Pero no debería de ser demasiado difícil. Allí había los mejores profesionales y él era un hombre inteligente y dispuesto. Tenía un título universitario que lo demostraba. Y era un atleta a nivel mundial. Tenía todas esas hebillas de oro que lo demostraban.
Miró hacia la piscina y al mar más allá y un escalofrío de inquietud le recorrió la espalda; pero Josh lo ignoró con firmeza. No tenía nada por qué preocuparse. Las aguas allí eran tan tranquilas como se decía en la propaganda. ¿Además... tanto le iba a costar aprender a nadar?
Lexie sonrió mientras se despedía del grupo de niños de su clase de natación. La más pequeña de todos, Amy, que solo tenía cuatro años, se volvió y le tiró un beso.
–Hasta mañana –gritó Lexie.
Echaría de menos a la adorable Amy cuando su familia abandonara Whispering Palms al final de la semana.
Salió de la piscina y agarró la toalla para secarse, mientras paseaba la mirada por la playa y el océano que tanto amaba. Docenas de personas jugueteaban en la orilla, mientras un grupo de jóvenes construía un enorme castillo en la arena. Padres con niños pequeños, parejas de luna de miel, personas solas, jóvenes, cada uno disfrutaba de sus vacaciones a su manera.
Como directora de actividades deportivas del complejo, Lexie se enorgullecía de la amplia variedad de ocupaciones que Whispering Palms ofrecía a sus huéspedes. Los deportes de agua iban del buceo hasta deportes más de aventura como la vela, el esquí acuático, el kayak o el submarinismo, entre otras muchas cosas. Y si lo que a uno le gustaba era el ejercicio, cada día podría hacer aerobic, bicicleta estática o voleibol en la playa o en el agua, por nombrar algunas.
Todo lo que cualquier turista necesitado de descanso pudiera desear lo podía encontrar en el Whispering Palms. Y Lexie estaba orgullosa de haber contribuido en gran medida a montar e implementar el programa de actividades. Por supuesto, toda vez que la temporada turística tocaba a su fin, la cosa estaría más floja hasta Acción de Gracias, cuando volvía a remontar un poco. Echaría de menos el paso agotador de los joviales grupos, y desde luego echaría en falta el dinero extra que ganaba durante el verano trabajando por la tarde-noche y por la mañana temprano en el Club del Campamento Infantil del complejo o dando clases particulares de natación o de buceo. Guardaba cada dólar que podía, esperando a que su pedazo de cielo se pusiera en venta.
En la mente apareció una imagen de la cala con palmeras de la que se había enamorado. Era un lugar privado, apacible, perfecto. Y cuando finalmente saliera a la venta, sería caro. Y según Darla, se lo quitarían de las manos al propietario. Lexie necesitaría todo el dinero posible para actuar con rapidez.
Y hablando de actuar con rapidez... Lexie echó una mirada a su Timex resistente al agua. Tenía que acompañar a un grupo de submarinismo en menos de media hora. No había tiempo de soñar despierta si tenía la intención de tomar un almuerzo muy necesitado en el Patio Marino. Cuando se había quitado el traje de neopreno y estaba a punto de hacer lo mismo con los calcetines, le llamó la atención un hombre que había en el vestíbulo. Estaba claro que acababa de registrarse, pues tenía en la mano el colorido folleto con las actividades del complejo y que contenía también la tarjeta con la que accedería a su habitación. Vestido con sombrero texano, camisa vaquera de manga larga, pantalones ajustados, un cinturón con la hebilla más grande que Lexie había visto en su vida y botas texanas, su indumentaria no era la más adecuada para la playa. Pero a Lexie no le importó; incluso desde donde estaba ella le quedó muy claro lo bien que rellenaba los vaqueros.
Entrecerró los ojos para verlo mejor, pero el ala de su sombrero le impidió verle bien la cara. El huésped nuevo se dio la vuelta y fue hacia los ascensores del vestíbulo que conducían a las habitaciones. Por detrás los vaqueros le quedaban tan bien como por delante. Sin embargo, Lexie esperaba que con el calor que hacía el vaquero decidiera cambiarse antes de salir.
De camino al Patio Marino, no pudo evitar preguntarse cómo estaría sin esos vaqueros.
Veinte minutos más tarde tuvo la oportunidad de comprobar lo bien que estaba. Lo vio cruzar las puertas del vestíbulo que daban a la piscina. Aunque llevaba una camiseta blanca y un bañador azul marino, no había duda de que se trataba del mismo hombre. Aquel modo de andar rítmico y confiado no le dejaron ninguna duda. Lo mismo que su apuesto físico.
Parecía estar buscando algo o a alguien mientras rodeaba la piscina, abriéndose paso entre los que tomaban el sol en las hamacas.
Lexie removió su refresco con una paja mientras lo observaba. El vaquero se había detenido y miraba a su alrededor con las brazos en jarras. Sin darse cuenta, Lexie lo miró de arriba abajo y admiró su espléndida figura. Sin duda se podía decir que aquel hombre era un monumento. Era alto, fuerte y ancho de hombros, y poseía un rostro atractivo de facciones duras como las de aquellas caras que se veían en las postales o en los folletos turísticos de Wyoming o Colorado.
Echó de nuevo a caminar con ese andar lento y mesurado que le había llamado la atención. Su mirada, que de repente parecía haber desarrollado una mente por su cuenta, se fijó en la zona justo debajo de donde había visto antes aquella enorme hebilla del cinturón. Lexie apretó los labios y tragó saliva. Sí, definitivamente el señor vaquero estaba bien armado. En realidad, no recordaba la última vez que había visto un bañador tan bien... rellenado. En realidad, no recordaba la última vez que había visto un bañador que quedara tan... perfecto. Tal vez debería haberse dejado los vaqueros puestos. Así, quién sabía el caos que podría crear.
Suspiró de envidia al pensar en la mujer a la que estaría buscando aquel cachas. Sin duda una tipo Pamela Anderson. Intentó imaginarse a sí misma con aquel aspecto y tuvo que ahogar una risotada. Imposible.
Tan ensimismada estaba con aquella estúpida ensoñación que le llevó unos segundos darse cuenta de que el vaquero había dejado de caminar, y que en ese momento estaba justo delante de ella; y de que ella le estaba mirando directamente la entrepierna.
Muerta de vergüenza, Lexie alzó la barbilla rápidamente mientras daba las gracias para sus adentros al que hubiera inventado las gafas de sol. Al mirarlo se reafirmó en su idea de que aquel hombre era muy guapo. No poseía una belleza clásica; sus facciones eran demasiado duras. Pero sin lugar a dudas sus ojos marrones, sus pómulos altos, sus labios firmes y carnosos y su mandíbula cuadrada combinaban para crear un rostro tremendamente atractivo. Además era grande y alto, musculoso y firme. Lexie no pudo evitar darse cuenta enseguida de que no era inmune a su patente virilidad.
Él le miró un momento la gorra y después continuó paseando la mirada por el resto de ella. De pronto Lexie se sintió tremendamente consciente de su aspecto, de que tenía el pelo todavía húmedo y de la gorra vieja que llevaba. Por no mencionar el hecho de que de repente se le habían puesto duros los pezones.
Antes de que pudiera cruzarse de brazos, él se tocó el ala del sombrero y se dirigió a ella:
–Usted debe de ser Lexie Webster –dijo con una voz profunda y sexy.
Antes de que pudiera contestar, el vaquero continuó.
–Tim, el recepcionista, me dijo que buscara a una chica junto a la piscina con una camiseta que dijera «Directora de Actividades y Deportes» –bajó la vista de nuevo, fijándose en las palabras que llevaba en la camiseta, y seguidamente volvió a mirarla a la cara–. Creo que es usted.
Lexie se obligó a no mirarle el hoyuelo que le había salido en una mejilla, del cual solo podría decirse que era de lo más sexy.
–Sí, soy Lexie Webster –le dijo, sonriéndole–. ¿En qué puedo ayudarlo, señor...?
Instantáneamente le tendió la mano.
–Maynard. Josh Maynard. Me gustaría apuntarme a sus clases.
Un cosquilleo le recorrió el brazo cuando le estrechó la mano grande y callosa. Tenía un modo de dar la mano muy agradable. Ni flojo ni fuerte.
–¿Es usted un huésped del complejo, señor Maynard? –le preguntó, como si acabara de verlo, como si no llevara mirándolo un buen rato.
–Sí señorita. Acabo de registrarme y estoy deseoso de empezar. Y, por favor, llámeme Josh.
No recordaba la última vez que alguien de más de doce años la había llamado «señorita».
–¿Qué clases te interesan dar, Josh?
–Todas.
–¿Todas? Ofrecemos casi dos docenas –le sonrió–. Eso no te dejará demasiado tiempo para disfrutar de tus vacaciones y relajarte.
–No estoy aquí para relajarme. Estoy aquí para aprender.
–Entiendo –frunció los labios–. En ese caso me aseguraré de que te apunto también en las clases de cestería con hojas de palma.
Frunció el ceño y colocó los brazos en jarras. Lexie bajó la vista sin poderlo remediar. Sus dedos largos se extendían sobre sus caderas, apuntando hacia su entrepierna. Se aclaró la voz y alzó instantáneamente la cabeza. Santo Cielo, se estaba convirtiendo en una pervertida. Cualquiera pensaría que era un ninfómana hambrienta de sexo que jamás había visto un vaquero macizo y atractivo con un hoyuelo precioso en la mejilla.
Pero una voz en su interior le dijo que sin duda estaba ávida de sexo, y que jamás había visto un hombre tan impresionante como Josh Maynard.
–Creo que esa es una de las que me podré saltar –dijo él, devolviéndola a la conversación–. Lo que necesito es aprender a navegar.
Lexie notó que había dicho «necesito» en lugar de «quiero».
–En el complejo ofrecemos clases de nivel principiante –dijo–. Y puedo recomendarte algunas escuelas de vela excelentes en la zona, si quieres clases de nivel más avanzado. ¿Tienes experiencia con la vela?
–No, señorita. Pero aprendo rápidamente, y he leído mucho sobre el tema. Lo que necesito es instrucción práctica.
El vaquero miró a su alrededor, como si quisiera ver si alguien los estaba observando, y entonces dio un paso adelante y se inclinó hacia ella. Un calor que nada tenía que ver con el sol la rodeó, además del olor de su cuerpo; una combinación de ropa recién lavada y otro aroma a madera y especias que despertó sus hormonas con alegría. ¡Dios! Con solo echarle una mirada a aquel tipo... cómo se había puesto. Seguramente estaría casado y con tres hijos. O estaría prometido. Le miró la mano. No llevaba anillo. Pero eso no demostraba nada.
–El problema es, señorita Webster...
–Lexie.
–Sí, señorita..., que antes de empezar con la vela, necesito una instrucción... –miró a su alrededor de nuevo– más básica –susurró.
–¿Qué tipo de instrucción?
–Yo, bueno, me da corte decirlo, pero no soy muy buen nadador.
Inmediatamente Lexie sintió comprensión hacia aquel hombre. ¿Habría sufrido algún trauma en su infancia relacionado con el agua?
–Entiendo. Bueno, eso no es un problema, Josh, ni tampoco debes sentirte avergonzado. He enseñado a nadar a muchos adultos. Tenemos clases dos veces por semana...
–Necesito más de dos por semana y, para ser sincero, preferiría no tomar las clases con otras personas; al menos hasta que no desarrolle cierta habilidad.
–¿Entonces quieres clases particulares?
–Sí, señorita. No creo que me hagan falta muchas. Soy fuerte y coordino bien. Lo que no tengo es experiencia –se plantó la mano en el corazón y agachó la barbilla, mirándola con ojos de perrillo perdido–. Por favor no me digas que no estás disponible para ayudarme. Serías la respuesta a mis oraciones.
Caramba. ¿Habría una mujer sobre la Tierra que pudiera resistirse a aquella mirada? Si así era, bendita fuera.
