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Ryan Monroe no quería volver a saber nada de las mujeres. Después de mandar a paseo a su novia, que tenía mucha facilidad para divertirse con otros, se fue a las montañas a tomarse un descanso. Pero lo último que esperaba encontrarse allí era una mujer ¡y mucho menos como Dios la trajo al mundo! Cuando se quedaron atrapados en medio de una tormenta, ¿qué otra cosa podía hacer Ryan sino convencer a aquella belleza de que era mucho mejor bañarse desnudo... y acompañado?
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2001 Jacquie D’Alessandro
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La venus del bosque, n.º 1255- agosto 2022
Título original: Naked in New England
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-091-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Ryan agarró la bolsa de deportes con una mano y el ordenador portátil con la otra, y empezó a andar por el estrecho camino de tierra hasta la cabaña que habría de llamar hogar durante las próximas dos semanas.
Realmente, aquello estaba en mitad de ninguna parte. No había nada más que árboles y un silencio tan absoluto que resultaba extraño. Olía a tierra mojada y a bosque, definitivamente, nada que se oliera en Boston. Quizás haberse ido a aquel apartado lugar no había sido una buena idea.
No obstante, era tranquilo y apacible, exactamente lo que él necesitaba.
A través de los árboles, intuyó el reflejo de un lago. El sol se estaba poniendo y había coloreado el agua con su luz naranja y dorada. Pero, por encima de las montañas había unas nubes densas y se alegró de haber llegado a su destino antes de que la anunciada lluvia comenzara a caer.
No sin dificultad, sacó la llave del bolsillo y, antes de entrar, miró la cabaña con ojos de arquitecto. Líneas rectas, dos chimeneas, una construcción rústica. Su amigo Dave la había comprado hacía un año para pasar allí los fines de semana, pero se lo había alquilado a Ryan mientras estaba de luna de miel. Dave le había asegurado que, a pesar de estar en mitad del campo, iba a disfrutar de todo tipo de comodidades.
La verdad era que eso era lo que necesitaba. Necesitaba tiempo para relajarse, y así, no solo superar los recientes golpes que la vida le había dado, sino también conseguir trabajar. La oportunidad de diseñar la casa del más excéntrico y solitario escritor solo se daba una vez en la vida. Pero tal y como estaba su creatividad, necesitaba, definitivamente, tomar alguna medida drástica. Esperaba que aquel cambio de escenario lo ayudara a abrir su mente y a concentrarse.
Bien, allí no había distracción alguna. Solo estaba él, y todo aquel aire fresco, el silencio, la paz… Nada del estrés de la gran ciudad.
Tras varios malabarismos con los bultos que llevaba en las manos, logró al fin meter la llave en la cerradura y abrir la puerta de entrada al paraíso.
¿O tal vez no era el paraíso?
La bolsa de deportes se le cayó de la mano y golpeó el suelo con fuerza.
¿Comodidades? ¿Qué comodidades? ¿Las de una cueva del Paleolítico?
La habitación estaba completamente vacía. No había sofás, ni sillones, ni nada de lo descrito por Dave.
Confuso y descorazonado se volvió a mirar lo que se suponía era la cocina-comedor. No había sillas, ni mesas, solo un armario de madera que, a juzgar por el estado de todo lo demás, estaría vacío.
Dejó el portátil en el suelo y se pasó la mano por el pelo. Aquella era la cabaña, porque Dave le había escrito un plano con todo detalle de cómo llegar hasta allí. ¿Qué había sucedido entonces? ¿Acaso alguien había entrado a robar? Podía ser. Aunque, según lo que le había dicho Dave no había nada que valiera la pena: ni vídeo, ni estéreo, ni televisión. Y, después de haber vivido durante cuatro años con su colega Dave, sabía perfectamente cuál era su gusto en decoración.
Ryan notó que solo había un objeto aún presente: una enorme cabeza de reno, de cuyos cuernos pendía algo. Ryan se aproximó un poco, con la desagradable sensación de que el animal lo seguía con al vista. ¡Cabezas de animales colgando de la pared! Sin duda, prefería los paisajes urbanos.
De pie delante de la inmensa cabeza, se dio cuenta de que, lo que colgaba de los cuernos era una pieza de ropa interior femenina, de encaje negro, para más señas.
Fantástico. Seguramente un montón de adolescentes de algún colegio de la zona habían hecho una fiesta. La imagen mental de un montón de niñatos desfogándose en el sofá de Dave le vino a la mente.
En vista del panorama que se le presentaba, estaba claro que iba a necesitar hacer un viaje de vuelta a la ciudad. Pero la ciudad más cercana estaba a cuarenta kilómetros de allí y los primeros quince no eran ni siquiera carretera, sino una insufrible pista de tierra que no hacía ningún bien a la suspensión de su Lexus. No quería ni pensar en la probabilidad de que algo arañara la impecable pintura negra de la carrocería. Se había traído suficiente comida para poder pasar allí dos semanas, pero no había traído ni sillas, ni mantas, ni almohadas.
Aunque, quizás no hubiera ni siquiera una cama.
No había esperado encontrarse la suite de un hotel, pero tampoco había pensado que aquellas dos semanas serían un cursillo de supervivencia.
Sin embargo, volver a su casa no era una opción, no si esperaba poder tener su trabajo terminado en la fecha prevista. Marcie y todas sus pertenencias habían tomado al asalto su casa tiempo atrás, y todavía no había exorcizado completamente la presencia de su ex novia. Aún quedaban recuerdos de ella por todas partes, lo que hacía de aquel espacio un lugar poco recomendable para concentrarse. Tenía solo dos semanas para diseñar la casa de su vida y, tal y como estaba su creatividad, necesitaba desesperadamente un lugar sin nada que lo distrajera.
Quizás debiera optar por irse a un hotel, pero odiaba los hoteles. Pasaba demasiado tiempo en ellos, y estaban llenos de distracciones, ruido, bares y gente. Necesitaba estar solo y centrarse en su proyecto. Quizás el resto de la cabaña no estuviera tan vacía.
Decidido a averiguarlo, Ryan se dio la vuelta, y se dispuso a entrar en el pasillo que conducía a las habitaciones. Pero antes de dar el primer paso, un terrible rugido sonó por detrás del armario del recibidor.
Se quedó petrificado y se le puso la carne de gallina. El ruido resonó otra vez. ¿Qué demonios era aquello? No parecía humano. Era como el quejido de una criatura a la que estuvieran torturando. Esperaba que, al menos, se tratara de un criatura pequeña, y no de un enorme oso.
Otro inhumano sonido se escuchó en el recibidor.
¡Aquello era lo que se llamaba una tranquila vida campestre exenta de sobresaltos!
Se movió por la habitación en busca de algún arma arrojadiza, hasta que vio un tenedor de plástico en el fregadero. Un poco más allá, vio un zapato de mujer con tacón de aguja. Probablemente perteneciera a la mujer de Dave, Carmen. Consideró hacerse también con la pieza de ropa interior, pero rápidamente concluyó que no le sería muy útil. ¿Qué iba a hacer? ¿Estrangular al oso con eso?
Armado con sus dos artilugios, se encaminó hacia el lugar del que procedía el sonido.
Al llegar ante la primera puerta, se detuvo. Maldición, ¿qué sabía él de animales salvajes? Lo más cerca que había estado de una bestia «devora-hombres» había sido en el zoo, cuando estaba en primero de BUP. Y la verdad era que le había prestado mucha más atención a la minifalda de Shari Watson que a los leones, a los tigres y a los osos.
¡Osos! Cielo santo. ¿Acaso sería un oso el que había hecho aquel ruido tan espantoso? Respiró profundamente. De acuerdo, no era un experto, pero seguro que sabría qué hacer si se trataba de un oso.
Tenía que mantener la calma, no dejarse llevar por el pánico… ¡y salir corriendo a toda prisa!
Después de rezar uno o dos «padres nuestros», abrió cuidadosamente la puerta y asomó la cabeza. La habitación, que estaba felizmente amueblada, estaba también hecha un auténtico desastre. Todos los cajones estaban abiertos, con la ropa a medio salir. Las sábanas y las mantas estaban en el suelo y todo estaba cubierto por plumas de almohada. En una esquina, había una pila de ropa.
¡Aquellos niñatos sí que la habían hecho buena! Si los pillaba iba a hacer que limpiaran aquel desastre. Claro que, si el responsable era un enorme oso pardo, mejor sería que lo recogiera él mismo. Pero si no se trataba de un oso, iba a hacer que pagaran caro su afrenta. Al fin y al cabo, iba armado con un zapato y un tenedor de plástico.
Al fondo de la habitación, había una puerta entreabierta que él dedujo sería un baño. Apretando entre las manos el tenedor y el zapato, se aproximó.
A través de al puerta entreabierta, intuyó la visión de una toalla. Efectivamente, era un baño. Se detuvo a escuchar una vez más el extraño sonido. Decidió que el elemento sorpresa era su mejor arma, así que se acercó tratando de no hacer ruido.
Lentamente, abrió la puerta y miró de un lado a otro, dispuesto a usar el zapato cuando fuera necesario. Por segunda vez en cuestión de diez minutos, se quedó boquiabierto.
El baño estaba totalmente lleno de papel higiénico por todas partes. El armario de las medicinas estaba abierto y la mayoría de ellas estaban caídas en el suelo. Y el autor de toda aquella destrucción estaba sentado encima de la taza del water: era un pequeño y peludo mapache.
Su cuerpo no era más grande que una pelota de fútbol. El animal estaba sentado rasgando las hojas de una revista, con un largo lazo de papel enroscado alrededor de su cuerpo. Ryan lo miró totalmente anonadado.
Respiró aliviado. No tenía ningún motivo para sentirse amenazado por un mapache, ¿verdad? No, especialmente con un animalito que parecía estar sonriéndole.
¿O lo que estaba haciendo era enseñarle los dientes? La verdad era que sabía muy poco sobre los mapaches.
El mapache saltó al suelo con extraordinaria habilidad y salió por la puerta.
Ryan no tenía ni idea de adónde se dirigía, pero en aquel preciso momento tenía cosas más preocupantes en las que pensar, pues el horroroso sonido comenzó a sonar otra vez.
En la esquina del baño había otra puerta, y el ruido procedía de allí e iba acompañado de otro sonido: agua corriendo. La ducha estaba dada.
¿La ducha? ¿Podría ser que aquel sonido lo hubiera causado una tubería? Sí, era posible. Recordaba cómo rugían las cañerías de su viejo apartamento.
Aquello le daba un nuevo giro a toda la situación. No sabía mucho sobre osos, pero dudaba que se dieran duchas. Eso significaba que, o se trataba de un humano, o de un oso muy excepcional.
Ninguna de las dos cosas le resultaba particularmente reconfortante.
Quizás había sido el mapache el que la había encendido. No, no era posible. El animal estaba seco, y no era factible que hubiera abierto el agua y hubiera salido ileso de debajo de un grifo.
Se acercó hacia la puerta, hasta que la cortina de plástico se hizo visible. El espacio estaba lleno de vapor y de un delicioso aroma a jabón. No le parecía un olor a oso. Aquello empezaba a gustarle muy poco. Seguramente, se trataría del ladrón.
En aquel instante, el sonido empezó de nuevo, en aquella ocasión, mezclado con el silbido de una canción de los Rolling Stone. Definitivamente, los osos no sabían silbar canciones de los Rolling Stone.
Aunque no tuviera que enfrentarse a un oso, perspectiva poco halagüeña, no era mucho mejor si se trataba del humano responsable del estado de la casa. Le parecía extraño que el ladrón se hubiera tomado su tiempo para ducharse. Pero, en cualquier caso, eso le garantizaba que estaba desarmado. Aunque Ryan no era, precisamente Mohammed Ali, confiaba en poder aprovecharse de que el contrincante estuviera indefenso.
Lo más probable era que se tratara de algún estudiante al que podría convencer para que volviera a poner las cosas en su sitio.
O quizás no.
La ducha dejó de correr de repente y el chirriante sonido cesó, confirmando que eran las tuberías las causantes. El silbido fue entonces reemplazado por un suave tarareo.
Ryan frunció el ceño. No sonaba como un hombre. Sonaba como una…
Una mano apartó la cortina del baño y una larga y femenina pierna apareció. La otra pierna a juego lo hizo poco después y se encontró con la espalda y el trasero más delicados del mundo.
Era una dama completamente desnuda.
La señora en cuestión agarró una toalla y comenzó a secarse el pelo, una larga melena, oscura y rizada.
Él trató de apartar la vista, pero había aparecido tan de repente y lo que veía era tan estupendo, que le resulto imposible.
Ella comenzó a secarse las piernas y él se quedó observándola. Después de todo, si era la ladrona, tendría que dar una descripción completa de ella. Recorrió todo su cuerpo con la mirada. No tenía ninguna marcha, ninguna cicatriz, ni ningún tatuaje, solo una piel tersa, suave y cremosa, unas piernas largas, unos tobillos finos y unos pies estrechos con las uñas pintadas de rosa.
«¡Despierta Ryan!», se dijo a sí mismo. «Estás mirando a una mujer desnuda que, probablemente, sea una ladrona. Y, aunque no lo fuera, sigue sin saber que las estás mirando. Eso raya en la perversión».
Volvió a la realidad. ¡Maldición, no era ningún pervertido! Sencillamente, estaba sorprendido. No había tenido tiempo de reaccionar. Pero debía dejar de mirar a aquella maravillosa, cremosa y húmeda piel femenina. Y lo habría hecho, solo que, en aquel instante, ella se envolvió en la toalla y se dio la vuelta. Ya era demasiado tarde.
Unos grandes ojos azules lo miraron fijamente. ¡Parecía la diosa del mar emergiendo de una nube de vapor!
Y, entonces, ella gritó.
Ni la mejor actriz de Hollywood habría podido igualar semejante grito, que resonó con estrepitosa fuerza en la diminuta habitación.
Ryan se tapó los oídos y estuvo a punto de clavarse el tenedor de plástico.
—¡Por favor, relájese, no voy a…!
El grito aumentó de volumen y continuó durante largo rato. ¿Es que no necesitaba respirar? Al parecer, no. Aterrorizada, comenzó a echarse hacia atrás. Si no tenía cuidado se iba a… se iba a…
Se resbaló.
Antes de que él pudiera hacer nada por evitarlo, sus pies se deslizaron. Trató de agarrarse frenéticamente a la cortina, pero el plástico no aguantó su peso y los aros de metal comenzaron a soltarse uno a uno, hasta caer dentro de la bañera.
Ryan se aproximó con intención de ayudarla.
—¿Está usted bien? —le preguntó él.
La cortina de baño la envolvía por completo y estaba claro que no se había quedado inconsciente, porque movía las manos y protestaba desesperada.
No había sido su intención aterrorizarla, fuera o no el ladrón. Se acercó y la ayudó a liberarse de la endemoniada cortina, quitándosela de la cabeza. Cuando su rostro congestionado por el pánico apareció, él le ofreció una sonrisa inocente.
—¿Está usted bien? —volvió a preguntar.
Ella sacó el brazo de debajo de la cortina y le disparó con algún tipo de gel de baño o espuma de afeitar.
—¡Ay! ¡Esto escuece un montón! —se llevó las manos a los ojos con la intención de quitarse el jabón pero, el lugar de eso, consiguió que se convirtiera en un montón de espuma—. ¿Por qué me ha hecho eso?
Tanteando a lo largo de la pared, logró dar con la toalla, mientras oía que ella se liberaba de su cárcel plástica. ¡Aquella mujer era una amenaza!
Había vivido en la ciudad de Boston durante seis años sin el más mínimo incidente. En cinco minutos en el campo ya había sido asaltado por una mujer desnuda. Le bastaba con que se callara un momento para poder decirle que no era Norman Bates y que aquella no era una escena de Psicosis.
Por fin logró dar con el toallero, agarró lo que necesitaba y se quitó el producto de los ojos. Recuperó la vista con esfuerzo y vio que ella se estaba envolviendo rápida y enérgicamente con la cortina de baño.
—Escuche, yo creo… —comenzó a decir él, pero otro pegote de gel le dio en la mejilla. Él se lo quitó rápidamente, y tuvo que esquivar dos misiles más. ¡Tenía una puntería excelente!
—¡Ya está bien! —dijo él cuando un último proyectil le dio en la oreja. En un rápido movimiento, le quitó el bote de gel—. Por favor, cálmese. Mi nombre es Ryan Monroe, y soy amigo de Dave Newbury. Él me dio las llaves de estaba cabaña.
Como respuesta, ella agarró una maquinilla de afeitar que tenía en la bañera y la empuñó como una espada.
—Si se acerca a mí, lo rajo —dijo con fiereza.
—No pienso acercarme —le aseguró él, parpadeando. Todavía le dolían los ojos, pero no se atrevía a usar la toalla y quedarse sin visión. Seguro que aquella loca se lanzaba sobre él y le cortaba las orejas.
Él la miró, y apreció un notable despiste del que ella era totalmente ignorante. Uno de sus pechos se estaba saliendo por encima de la cortina de baño y tuvo que reconocer que no desmerecía nada a su trasero.
Se forzó a sí mismo a mirarla a la cara. A pesar de su gesto militar, le daba cierta pena. Estaba desnuda, mojada y muy asustada… y había algo tremendamente familiar en ella.
A pesar de la cantidad de espuma que tenía en los ojos, pudo deducir que había visto aquella cara recientemente.
Se aclaró la garganta.
—Por favor, acepte mis disculpas. Le aseguro que no era mi intención asustarla.
La mirada de ella se desvió hacia la puerta. Él se volvió y vio un albornoz de color morado colgado de allí.
—¿Quiere su albornoz? —le preguntó él.
Ella tragó saliva y asintió.
Lentamente, sin hacer ningún movimiento que pudiera se interpretado como una amenaza, él lo agarró y se lo lanzó.
—Dese la vuelta —le ordenó.
—De acuerdo, pero aparte la maquinilla de afeitar —dijo él y ella lo miró con cara de pocos amigos—. Escuche, no soy ningún violador, ni ningún asesino. Soy un arquitecto con los ojos llenos de jabón, amigo de Dave Newbury que es el dueño de la cabaña.
Sus palabras debieron convencerla, al menos parcialmente, porque dejó la maquinilla en el borde de la bañera.
—De acuerdo —dijo ella—. Ahora dese la vuelta y no haga ninguna tontería. Soy… soy cinturón negro.
—Bien —dijo él, he hizo lo que le ordenaba, quedándose con la mirada fija en la pared de baldosines blancos sobre la que había tres pegotes de gel.
Oyó cómo peleaba con la cortina de baño para podérsela quitar, pero, por supuesto, no se atrevió a ofrecerle su ayuda. Dudaba que lo del cinturón negro fuera verdad, pero sabía que era una experta y peligrosa lanzadora de gel y con eso le valía.
—¿Ha dicho que es amigo de Dave Newbury? —preguntó ella.
—Sí. Lo conozco desde el instituto. Somos como hermanos.
—¿Tiene usted la costumbre de mirar a mujeres desnudas? ¿Qué es, un voyeur?
No se había acercado con la intención de ver ninguna mujer desnuda, ni era en absoluto un voyeur. Siempre se había considerado a sí mismo un tipo bastante sano, y de buenos modales. Al menos, eso era lo que su madre le decía.
Pero no cabía duda de que la «dama de la ducha» tenía motivos para pensar mal.
—Lo siento. No era mi intención asustarla. Entré con la llave que me dio Dave. Luego, oí un gruñido espantoso y no sabía lo que era.
—¿Es que nunca había escuchado una vieja tubería? —preguntó ella en tono de sospecha.
—Sí, pero no esperaba que hubiera alguien duchándose. Créame, estoy tan sorprendido de verla como usted de verme a mí.
