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El doctor Brett Thornton debería estar encantado con su último descubrimiento, una fórmula antienvejecimiento, pero lo cierto era que el único resultado de su éxito era que todo el mundo parecía querer algo de él. Necesitaba escapar de todo aquello y estar solo, por lo que pensó que un viaje a Perú era el plan perfecto para ver las cosas con perspectiva… Hasta que una hermosa turista se interpuso en su camino…A Kayla Watson siempre le habían gustado los viajes de trabajo hasta que su jefe le pidió que espiara al científico Brett Thornton en su viaje a los Andes. Ahora estaba cansada, sucia… y muy excitada por culpa del guapísimo Brett. Por suerte para ella, él parecía sentir lo mismo…
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Jacquie D’Alessandro
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Fíate de mí, n.º 201 - julio 2018
Título original: Just Trust Me...
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-857-4
Kayla Watson corrió por el aeropuerto de Miami tan deprisa como sus zapatos de tacón alto le permitían. No podía perder el vuelo, ni siquiera quería pensar en el desastre que supondría eso para su apretada agenda.
Su teléfono móvil comenzó a sonar y lo miró de mala gana. El nombre de Nelson Sigler apareció en la pantalla digital. No quería tener que hablar con su jefe en ese momento, pero era, después de todo, el director general y esperaba que ella contestara al teléfono cada vez que la llamaba.
—¿Qué tal ha ido la sesión fotográfica? —preguntó Nelson sin pararse a saludarla.
«Agotadora», pensó ella.
Pero era la directora de Relaciones Públicas de la central de Nueva York de La Fleur, una importante marca de cosméticos, y estaba acostumbrada a ver el lado positivo cuando las cosas se ponían feas. Sobre todo cuando se enfrentaba a modelos caprichosas y fotógrafos de mal humor.
—Todo bien —le dijo intentando parecer animada—. Las fotos van a estar fenomenal.
—Excelente. Suenas como si te faltara el aliento.
—La sesión se alargó un poco y estoy corriendo para no perder el vuelo.
En cuanto colgó, oyó la megafonía del aeropuerto.
—Último aviso para los pasajeros del vuelo 254 con destino a Nueva York.
Había muchas puertas de embarque y pasajeros entre su vuelo y ella. Demasiados. Se agachó y se quitó los zapatos. Comenzó a correr. Llegó cinco minutos después a la puerta de embarque.
—Lo siento, señorita —le dijo la azafata que vigilaba la puerta—. Ha perdido el vuelo, pero me encargaré de buscarle un asiento en el próximo. Sale dentro de dos horas.
Kayla intentó calmarse y le dio las gracias a la mujer. Reservó un billete para el siguiente vuelo y se sentó a esperar cerca de la zona de embarque. Iba a tener que cambiar unas cuantas entrevistas y reuniones por culpa de ese retraso. Su día acababa de complicarse mucho más y no podía pensar en otra cosa que no fuera tomarse una aspirina para su dolor de cabeza y meterse en la cama. Estaba completamente agotada.
Se puso de nuevo los zapatos. Al lado de ella, un pasajero había abandonado una revista sobre el asiento. Leyó el titular de la portada. ¿Estresado? ¿Agotado? No mejorará si no hace algunos cambios.
No pudo evitar suspirar de nuevo. Había demasiado estrés en su vida. Además de su trabajo, tenía que ayudar a su hermana mayor con los preparativos de la boda, a su hermana pequeña con sus problemas personales, soportar a su madre y sus continuos y fracasados intentos de encontrarle el novio perfecto... Tomó la revista y se dispuso a leer el artículo.
Se sintió agotada cuando lo terminó, pero también llena de energía y buenos propósitos. La revista describía con exactitud el descontento y las frustraciones que había estado sintiendo tanto personal como profesionalmente. Sentía que el artículo había sido escrito para ella.
Estaba estresada y sentía que faltaba equilibrio en su vida. Según el artículo que acababa de leer, si no hacía algunos cambios en su vida, su existencia iba a complicarse más y más.
Leyó lo que alguien había escrito en el margen de la página.
—Este artículo ha cambiado mi vida. Espero que también te ayude a ti.
Eso deseaba ella también porque necesitaba un cambio en su vida.
—¿Que quieres que vaya dónde? ¿Para hacer qué? ¿Con quién?
Kayla se quedó perpleja mirando a Nelson. Hasta un minuto antes, había pensado que su jefe era una persona razonable, pero ahora tenía claro que había perdido la cabeza.
Nelson la miró por encima de sus gafas.
—Quiero que vayas a Perú para espiar a Brett Thornton.
No pudo evitar hacer una mueca al oír ese nombre. No entendía cómo podía odiar tanto a un hombre al que nunca había conocido. Se había convertido en su peor pesadilla durante los últimos cuatro meses. Estaba acostumbrada a lidiar con modelos y fotógrafos sumamente difíciles. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que un científico iba a ser el mayor de sus problemas.
—No aprobé mis clases de espionaje en la universidad —repuso ella con una sonrisa—. Así que creo que no soy la persona adecuada para este trabajo.
—Yo creo que sí —insistió Nelson con voz implacable.
Llevaba diez años trabajando con él y sabía cuándo hablaba en serio. Estaba claro que ya lo había decidido y nada podía hacerlo cambiar de opinión.
—Thornton dice que está desarrollando una fórmula para luchar contra el envejecimiento. Dice que eso acabará con la cirugía estética. Asegura además que funciona como afrodisíaco. Parece tener todas las cualidades que necesitamos para nuestra nueva línea de productos.
—Por desgracia, todas las compañías de cosméticos andan detrás de él, no sólo nosotros.
—Así es. Por eso quiero que La Fleur salga con ventaja en esta carrera. Ya perdimos la partida hace dos años con los nuevos autobronceadores y no quiero que suceda de nuevo.
—Pero Thornton lleva cuatro meses diciendo que tiene esa fórmula y aún no hemos visto nada.
—Eso no quiere decir que no la tenga.
—Yo lo que creo es que está disfrutando con toda la atención que está recibiendo de las firmas de cosméticos de todo el mundo, incluidos nosotros. Todos lo agasajamos con detalles, mimos y regalos. Está sacando todo el partido posible a la situación. Cuando llegue el momento de la verdad, nos daremos cuenta de que no tiene nada de nada.
—Es posible —asintió Nelson—. Pero puede que sólo esté siendo precavido. Y lo entiendo. Si ha conseguido lo que promete, se trata de una verdadera revolución cosmética. Nadie podría resistirse a un producto así. Sabes tan bien como yo que el sexo vende cualquier producto. La Fleur tiene que conseguir esa fórmula.
Ella estaba de acuerdo. También quería que su empresa se hiciera con ese producto, pero llevaban cuatro meses esperando sin ninguna prueba física de que tal formula existiera. Tenía dudas.
Además, ese hombre no le caía demasiado bien. No lo conocía, pero sus empleados le habían dicho que era una persona reservada y antipática.
Había estado a punto de conocerlo dos meses antes, cuando organizó una fiesta en su honor. Se había pasado varias semanas preparándolo todo. Iban a asistir los altos cargos de la empresa, famosos y modelos. La flor y nata de la ciudad.
Pero Brett Thornton se fue sin despedirse antes de que comenzara la fiesta.
Nelson le entregó una hoja de papel.
—Es el itinerario. Tu vuelo a Lima sale a las nueve. Así que tienes tiempo para ir a casa y...
—¿Qué? —exclamó con los ojos como platos—. ¿A las nueve de esta noche? Pero mañana tengo que asistir al lanzamiento de la nueva fragancia. Yo...
—Ya le he dicho a Caroline que vaya. Ella puede encargarse de toda tu agenda hasta que vuelvas.
—¿Y por que no envías a Caroline o a cualquier otro de mis empleados?
—No me has entendido, Kayla. Lo que queremos es recabar información de manera discreta. Para empezar, queremos saber por qué está en Perú.
—¿Crees que tiene algo que ver con la fórmula?
—Puede ser. Ademas, ha hecho lo imposible por mantener este viaje en secreto.
—Pero, ¿cómo puedes estar seguro de que Estée Lauder, Lancôme y el resto de las marcas de cosméticos no han enviado también espías a Perú?
—No estoy seguro, pero lo dudo. Ésta es nuestra oportunidad para recabar información. No sólo sobre la fórmula y sus propiedades sino también sobre él. Te necesitamos a ti, Kayla. April no puede ir, tiene problemas de espalda y este viaje sería demasiado extenuante para ella.
—¿Por qué? ¿De que tipo de viaje se trata?
—De uno muy especial. El hotel en el que vas a alojarte en Aguas Calientes es increíble. Tiene unas vistas inmejorables, excelente comida y todos los lujos que puedas imaginar.
—Pero...
—Para llegar a Aguas Calientes hay que andar durante cuatro días.
—¿Andar? —preguntó cuando consiguió recuperar su voz.
—Así es. Aguas Calientes está en el Machu Picchu, la antigua ciudad de los incas. Se trata de una excursión guiada de cuatro días que lleva por el famoso Camino de los Incas hasta las ruinas.
—Hablas como un agente de viajes.
—Sólo intento concentrarme en lo positivo. No es tan agotador como suena, de verdad. Piensa en ello como la oportunidad de hacer algo distinto, de salir un poco de la rutina.
Recordó entonces el artículo que había leído el día anterior en el aeropuerto. Según el escritor, si no cambiaba nada de su vida, nunca se movería de donde estaba en ese instante. Para conseguir recuperar el control y el equilibrio en su vida, tenía que salirse un poco de la rutina, ir a algún sitio nuevo y hacer algo que nunca había hecho.
Se dio cuenta de que cuatro días caminando por una montaña peruana y durmiendo en tiendas de campaña constituía la oportunidad perfecta para salir de la rutina. Después de leer el artículo, había soñado con irse un fin de semana a un lujoso balneario, pero se daba cuenta de que, aunque se tratara de un sitio en el que no había estado y recibiera un tratamiento nuevo, no se trataría de un viaje que pudiera cambiar su vida, no había nada de desafío en ello.
Se preguntó si el destino habría hecho que Nelson le programara ese viaje en ese momento. Esperaba que fuera así. Deseaba que ese viaje fuera a suponer un cambio positivo para ella.
Era como si estuvieran dándole el empujón que necesitaba para salir por fin del cascarón. Esa aventura en Perú constituía un inesperado plan, algo que nunca habría fraguado por sí misma.
De hecho, de no ser porque iba a tener que tratar con Brett Thornton, creía que la experiencia podía servirle de mucho. El problema era que no llegaba en el mejor momento. Sólo quedaba un mes para la boda de su hermana y sabía que Meg iba a ponerse muy nerviosa cuando supiera que iba a estar fuera durante toda una semana. Se estaba tomando muy en serio su papel de dama de honor y no le gustaba nada la idea de dejar sola a su hermana durante esos días. Sus futuros suegros, que vivían en California, iban a visitarlos ese fin de semana y le hubiera gustado acompañar a Meg, pero no quería poner su empleo en peligro si se negaba a ir a Perú.
—Verás, Kayla, sé que todo esto es extraño para ti. Pero si alguien como el profesor Thornton, que vive pegado a un microscopio, puede hacerlo, seguro que tú también.
—Bueno, ya me has halagado y adulado para convencerme. ¿Ahora estás intentando avivar mi espíritu competitivo para que me decida a hacerlo?
Nelson sonrió.
—¿Está funcionando?
Quería decirle que no, pero le atraía la idea de vengarse del extravagante científico. Así le pagaría por el mal trato que habían recibido de él sus empleados.
—Me apunto —repuso ella sonriendo.
—Así me gusta. El plan es que pases un día entero en Cuzco. Allí pasarás la noche anterior a la excursión hacia el Machu Picchu. Puede que incluso tengas entonces la oportunidad de hablar con Brett Thornton. Nuestro agente de viajes me ha dicho que tu hotel está muy cerca del suyo. Toda la información que necesitas está en tu programa de viaje —le explicó con una sonrisa—. El tiempo que pases con él te dará la oportunidad de hacerte amiga suya y descubrir qué piensa hacer con la fórmula. Tenemos que asegurarnos de que la empresa está presente en esos planes.
Nelson se puso de pie, dando por concluida la reunión.
—Voy a estar fuera del despacho durante el resto del día —dijo mientras se acercaba a los ascensores del pasillo—. Quiero que me mantengas informado de tus progresos, aunque no sé si tu teléfono móvil tendrá cobertura en ese sitio.
No pudo evitar sentir nerviosismo al darse cuenta de que iba a estar aislada del resto del mundo durante unos días. Temía que todo aquello fuera a írsele de las manos, pero recordó que tenía que hacer cambios en su vida si quería librarse de su estresada existencia.
—Consigue que traiga la fórmula a La Fleur, Kayla —le dijo Nelson mientras se metía en el ascensor—. Consíguelo y serás la reina de este sitio. Beneficios, una paga extra, otro ascenso... Lo que quieras.
Sabía que las palabras de su jefe habrían conseguido que se entusiasmara sólo unos meses antes, pero, por alguna razón que ni ella misma conseguía entender, todo aquello había dejado de importarle.
—Haré todo lo que esté en mi mano —le prometió.
—No esperaba menos de ti —contestó él—. ¡Ah! Y lleva ropa de abrigo. Hace calor durante el día, pero creo que hace bastante frío por las noches.
Se cerraron las puertas del ascensor y Kayla se quedó contemplando su reflejo en el frío acero de la puerta.
Recordó de nuevo el artículo que había leído en el aeropuerto. Según el periodista, ese viaje era justo lo que necesitaba.
Sentado en la terraza de un café de Cuzco, Brett Thornton se acomodó en su silla y miró a su alrededor. Allí sentía una serenidad que le era difícil describir.
Esa plaza constituía una imagen que quería grabar en su memoria. Parecía estar inundada del espíritu de la gente que había habitado esas calles siglos antes.
Se apoyó en el respaldo de su silla y tomó un sorbo de su botella de agua mineral. Le habían recomendado beber bastante para aclimatarse mejor a la elevada altitud de la zona. Por primera vez en muchos meses, comenzó a sentirse algo más relajado y tranquilo. Creía que, de haber sabido cuánto se iba a complicar su vida, nunca habría publicado el hallazgo de la fórmula.
Ya se había imaginado que iba a recibir algo de atención, pero nada podía haberlo preparado para la locura que se había desatado a su alrededor.
Y no sólo había despertado el interés de firmas de cosméticos, sino de todo tipo de gente. Personas con las que hacía años que no hablaba, lo habían contactado de nuevo para saber de él y renovar su amistad. Incluso había recibido llamadas de gente que aseguraba ser pariente suyo. Abogados y asesores financieros lo bombardeaban continuamente con la intención de que contratara sus servicios. Algunas organizaciones benéficas esperaban contar con sus donaciones. La lista era interminable.
Él había descubierto casi por casualidad la base de su fórmula en el laboratorio que tenía en su casa. Después de entender lo que tenía entre las manos, su curiosidad científica lo había llevado a elaborar su hallazgo. Había tardado tres años en llegar a una fórmula final. Y había pensado que por fin había llegado el momento de anunciar su descubrimiento. Le había bastado con publicar un artículo en una revista científica para que la noticia se esparciera como la pólvora. Su vida no había vuelto a ser la misma desde ese momento.
La parte positiva era que, si la fórmula demostraba ser un éxito y conseguía venderla bien, no tendría que preocuparse de nada durante el resto de sus días. Tendría su futuro económico asegurado. Era un aliciente importante, sobre todo porque llevaba años viviendo en un pequeño piso de Manhattan y porque aún debía una importante parte de los préstamos que había solicitado para pagarse los estudios. Soñaba con poder terminar de pagar la hipoteca de sus padres y conseguir que viajaran y disfrutaran de unas merecidas vacaciones.
Lo malo era que, aparte de sus padres y unos pocos amigos cercanos, ya no sabía en quién podía confiar. Le llovían las ofertas desde todos los lados y no sabía a qué atenerse. Después de todo, él era un científico, no un hombre de negocios. No tenía ni idea de cómo negociar y conseguir el mejor contrato posible para sus intereses. Necesitaba asesoramiento profesional y se había pasado los últimos meses intentando decidir a quién quería tener en su equipo. Durante ese tiempo, había aprendido que había un montón de gente avariciosa y superficial en el mundo. Por desgracia, parecía que todas esas personas habían conseguido su número de teléfono.
Lo más sorprendente y doloroso había sido darse cuenta de que Lynda era una de esas personas. Después de pasar un año a su lado, no entendía que no hubiera sido capaz de ver de verdad cómo era. Había creído que eran personas muy parecidas. Aunque no había mucha química entre ellos, Brett había pensado que el interés que compartían en todo lo científico era suficiente para llenar sus vidas.
Dos meses antes, durante una fiesta que la empresa La Fleur había preparado en su honor, se dio cuenta de lo equivocado que había estado con Lynda. Sobre todo después de que la sorprendiera de rodillas frente a uno de los modelos masculinos de la empresa. Ese descubrimiento había hecho que saliera de manera abrupta de la fiesta.
No le había agradado la agresiva campaña con la que la empresa estaba intentando conseguir su fórmula y ver los labios de su novia alrededor del miembro de uno de los modelos no había conseguido mejorar su opinión sobre La Fleur.
Se había enfadado con ella por engañarle y con él mismo por no haberse dado cuenta de que era una persona capaz de hacerle algo así. Lo que menos se esperaba era que la seria profesora Lynda Maxwell se dejara seducir por un hombre que era todo cuerpo y nada de cerebro.
Gracias a esa fallida relación, había aprendido que no era buena idea salir con compañeras de trabajo. En Industrias Científicas, el laboratorio para el que trabajaba, se había enterado de que Lynda y el modelo se habían escapado unos días para disfrutar de su pasión en una isla del Caribe. Según las propias palabras de su ex novia para explicar lo que había ocurrido, le había bastado con mirar una vez a ese tipo para entender que entre los dos había surgido una explosión nuclear. Lo que le había parecido un comentario completamente ridículo y carente de todo fundamento científico.
Habían sido meses difíciles. Por un lado la presión de gente y empresas y por otro lado la ruptura con su novia. Necesitaba algo de paz y tranquilidad. Necesitaba alejarse de todo lo que estaba complicando su vida esos días. Era tan agobiante que ya ni siquiera podía concentrarse en su trabajo. Creía que ese viaje le ayudaría a decidir qué hacer con su fórmula.
Levantó la vista para buscar al camarero y pedir otra botella de agua, pero una mujer que cruzaba la plaza atrajo su atención. Unas enormes gafas de sol y un sombrero de paja ocultaban gran parte de su rostro. Pero no fue su cara lo que le hizo mirar, sino su insinuante manera de caminar. Eso y el hecho de que los rayos de sol brillando a su espalda hacían que su larga y delicada falda se volviera casi transparente.
Se incorporó en su asiento sin dejar de mirar la fina tela y las peligrosas curvas que se dibujaban bajo ella. Tenía unas caderas de escándalo y unas piernas largas y esbeltas. La boca se le quedó seca y no pudo evitar imaginarse qué sería lo que llevaba debajo de esa falda. La mujer seguía acercándose hacia donde él estaba sentado y sintió cómo se elevaba la temperatura de su cuerpo con cada paso. Elevó la vista un poco y se encontró con una blusa turquesa que exhibía unos brazos bien torneados y un poco de escote.
Lo último en lo que había pensado al planear ese viaje había sido en conocer a alguna mujer. Sólo quería quitarse de encima a las que lo acosaban por culpa de la fórmula. Pero una mirada a la atractiva joven que tenía frente a él le bastó para que no hubiera otra cosa en su cabeza. No ayudaba nada que no hubiera estado con nadie desde que rompiera con Lynda. No podía pensar en otra cosa que no fuera en romper su periodo de abstinencia con la mujer de la falda transparente. La intensidad de sus deseos le sorprendió a él mismo. Nunca se había sentido atraído de manera tan fuerte por nadie.
Una nube cubrió momentáneamente el sol y se desvaneció la sugerente vista de la falda.
—¡Vaya por Dios! —musitó entre dientes.
Metió la mano en el bolsillo para dejar dinero sobre la mesa y después seguir a esa mujer, pero se dio cuenta de que se dirigía al café donde él estaba sentado. Se relajó de nuevo y fingió indiferencia. De reojo vio cómo ella se sentaba en otra mesa de la terraza. Antes de que pudiera hablar con ella, la mujer tomó algo de su bolso. Era una revista y se puso inmediatamente a leer.
Era una de sus publicaciones favoritas, una de las pocas revistas que leía que no tenían nada que ver con el mundo científico. Reconoció él número que ella estaba leyendo, contenía un artículo que le había interesado mucho. Trataba del estrés y de cómo cambiar la vida de uno para mejorarlo. Se había tomado muy en serio el artículo y lo había convertido en su inspiración para intentar adaptarse a la situación que estaba viviendo. Creía que esa revista le había dado el empujón final para salir de su piso y hacer por fin ese viaje.
El camarero se acercó a ella en ese momento y la mujer bajó la revista. Por culpa de las gafas y el sombrero, sólo pudo distinguir su devastadora sonrisa, con la que había conquistado también al camarero. Oyó cómo pedía una botella de agua y se dio cuenta de que era también estadounidense.
La transparencia de su falda ya no confundía sus sentidos y su cerebro volvió a funcionar con normalidad. Se imaginó que estaría allí con alguien, probablemente su marido o novio. Vio que no llevaba alianza.
Ella levantó la vista en ese instante y lo miró directamente o al menos eso le pareció a él. Era difícil saberlo con unas gafas de sol tan grandes. Ella le sonrió. Y, aunque la vista que ofrecía la falda había sido impresionante, su sonrisa tenía casi la misma capacidad hipnotizadora.
Miró a su alrededor para ver si le había dirigido la sonrisa a otra persona, probablemente un novio musculoso y celoso, pero no había nadie. Había tenido novias y amantes, pero nunca había destacado por ser especialmente mujeriego. Se pasaba todo el día enfundado en su bata del laboratorio y con unas gafas protectoras cubriendo sus ojos. No había tenido demasiado éxito con las mujeres hasta pocas semanas atrás. Ahora tenía que quitarse a las modelos de encima, todas lo perseguían durante las fiestas que las distintas marcas de cosméticos habían estado celebrando en su honor.
Se daba cuenta de que no era él quien atraía todo ese interés, sino su fórmula. Pero esa mujer no sabía nada de su fórmula, esa sonrisa era sólo para él y le hizo sentirse muy bien. Le devolvió la sonrisa.
—¿Habla inglés? —le preguntó ella.
Tenía una voz suave y sensual, como si acabara de despertarse. No pudo evitar imaginarse sus largas piernas enredadas en las sábanas de su cama. Su cuerpo se llenó de un calor que no tenía nada que ver con la temperatura ambiental.
—Sólo cuando quiero que la gente entienda lo que digo —contestó él.
Ella rió y el sonido vibró en su interior.
—Ya me parecía que era estadounidense.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Por su camisa.
Brett bajó la vista y se encontró con el colorido estampado de la camisa que se había puesto sobre la camiseta.
—¿Qué quiere decir? ¿Que mi camisa hawaiana deja claro que soy un turista estadounidense?
—Así es. Y, por tu acento, me imagino que eres del Este.
—Nueva York —confirmó él.
Ella sonrió con más intensidad y apoyó los codos en la mesa de cerámica.
—¿De verdad? Yo, también. Vivo en Manhattan.
—¡Vaya! Este mundo es un pañuelo. Yo también vivo allí, en la zona baja.
—Yo en la zona alta.
No le sorprendió en absoluto. No veía gran parte de su cuerpo, pero estaba claro que era fuerte y musculoso. Las gafas, el sombrero y las sandalias parecían caros y salidos de una revista de moda. Era el tipo de mujer que siempre estaba pendiente de su imagen, el tipo de mujer que no le atraía en absoluto, el tipo de mujer con el que había tenido que lidiar en todas las fiestas que las firmas de cosméticos habían celebrado en su honor, el tipo de mujer que estaba intentando evitar.
Su cabeza le ofrecía razones suficientes para mantenerse alejado de esa joven, pero su libido no estaba de acuerdo. Sabía que tenía demasiados problemas en su vida en ese instante como para encima complicársela más con una mujer. Aun así, no podía dejar de mirarla.
—¿Qué es lo que hace en Cuzco?
Ella suspiró algo avergonzada antes de contestar.
—Pensará que estoy loca, pero si estoy aquí es por un artículo que leí aquí —dijo levantando la revista—. Habla de encontrar de nuevo el equilibrio en la vida.
Brett la miró atónito.
—No mejorará si no hace algunos cambios —dijo repitiendo el titular del artículo.
—¡Eso es! ¿También lo ha leído? —preguntó ella tan sorprendida como él.
No era el mejor momento de su vida para explorar una nueva relación, pero no podía ignorar a una mujer tan bella como aquélla y que además parecía ser su alma gemela.
—¿Me creería si le digo que ese artículo fue también lo que me empujó en parte a venir a Perú?
Ella rió de nuevo.
—Bueno, teniendo en cuenta que el escritor ha conseguido que me decida a salir de mi cómodo cascarón y venir hasta aquí para ir andando hasta el Machu Picchu, puedo creerme cualquier cosa. Es verdad que la vida es un pañuelo...
Antes de que pudiera contestarle, el camarero volvió con una botella de agua. Después se acercó a la mesa de Brett.
—¿Quiere más agua, señor? —le preguntó en español.
—Sí, por favor.
Brett se quedó ensimismado mirando a esa mujer mientras el camarero se alejaba. No podía negar que le gustaba lo que veía. Y mucho. Parecía una niña mimada de la zona rica de Manhattan. Eso le echaba para atrás, pero le atraía demasiado como para pensar en otra cosa que no fuera conseguir tenerla en su cama.
Sabía que no era la mujer adecuada para una relación a largo plazo, pero la tensión que sentía en su entrepierna le decía que era lo que necesitaba en ese instante. El hecho de que a los dos les hubiera afectado tanto el mismo artículo confirmaba que pensaban de manera parecida y que los dos querrían aprovechar el momento.
—¿Quiere acompañarme? —preguntó él mientras señalaba una silla libre en su mesa.
Ella pareció dudar durante unos segundos. Probablemente, intentaba decidir si Brett tenía aspecto de asesino o no.
—Muy bien —dijo por fin—. No tiene sentido seguir hablando de una mesa a otra.
Se levantó y recogió sus cosas. Después se acercó hasta donde estaba él sorteando el resto de las mesas con la misma insinuante gracia con la que la había visto caminar minutos antes. Con sus ojos escondidos tras las gafas de sol, Brett aprovechó para recorrer su anatomía femenina con la mirada. Examinó todo su cuerpo, desde su blusa hasta las sandalias decoradas con flores. Era una mujer extremadamente excitante, sabía que podría encender su pasión sin ni siquiera intentarlo. Se sentó en la silla al otro lado de la mesa y dejó sus cosas en otra.
—Gracias por la invitación —dijo ella con una media sonrisa mientras extendía su mano—. Soy Kayla Watson, una neoyorquina estresada, pero con esperanzas de recuperación.
De cerca, sus labios parecían aún más grandes y sensuales. No podía dejar de mirarlos.
Tomó su mano. Su piel era muy suave.
—Encantado de conocerte, Kayla —le dijo él—. Soy Brett Thornton, otro estresado neoyorquino.
Inhaló profundamente y el aroma de esa mujer lo inundó.
—Esa fragancia... —susurró—. Coco y lima —añadió inhalando de nuevo—. Y también algún tipo de flor...
Había algo en el aroma que era único, el olor de su piel.
—La flor es gardenia —repuso ella sorprendida—. ¿A qué te dedicas? ¿A probar perfumes?
—No, pero tengo un sentido del olfato bastante desarrollado —contestó él con una sonrisa—. Sobre todo si el aroma procede de mujeres con bellas sonrisas y que huelen como bebidas tropicales con flores flotando en ellas.
Deseaba que se quitara el sombrero y las gafas. Quería saber si su rostro era tan impresionante como su sonrisa.
O como su falda transparente.
—Gracias, pero me temo que la mayor parte de los hombres pensaría que una bebida tropical con flores flotando en ella es algo femenino y cursi, no delicioso. ¿A qué te dedicas, entonces?
Aquello le encantaba. Era una sensación única estar con alguien que no sabía quién era y que no quería nada de él. Se apoyó en el respaldo de su silla y sonrió.
—Adivínalo.
El camarero llegó entonces con su agua.
—¿Asesino a sueldo? —preguntó ella.
