Noche a media luz - Jacquie D'Alessandro - E-Book
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Noche a media luz E-Book

Jacquie D’Alessandro

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Beschreibung

Mallory sabía que estaba dolida por cómo había acabado su última relación, pero aquello no duraría más que una noche. Una noche que tendría que bastarle… Adam jamás habría pensado que acabaría en la cama con Mallory sólo unos días después de hacerle aquellas sensuales fotos para otro hombre. Pero lo cierto era que estaba disfrutando de lo lindo… Desgraciadamente, todo aquello era de lo más inoportuno porque él se marchaba del país al cabo de una semana. Sin embargo, no podía decirle que no aquella noche…

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2005 Jacquie D’Alessandro

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Noche a media luz, n.º 262 - diciembre 2018

Título original: Why Not Tonight?

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-220-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

Una semana antes del apagón

 

Adam Clayton miró alrededor del estudio fotográfico y se preguntó qué diablos estaba haciendo. Una cosa era ayudar a Nick con el papeleo mientras su amigo se hallaba en el hospital a punto de ser papá, y otra sacar las fotos de las citas del estudio para ese día. Era agente de la Bolsa, no fotógrafo. O al menos solía ser agente de la Bolsa. En ese momento era…

Se pasó las manos por el pelo. ¿Qué era en realidad? Profesionalmente, no lo sabía, y cada día lo había tenido más claro desde que se marchara de Wall Street hacía dos meses, mientras alcanzaba el objetivo de minimizar el estrés en su vida. Y eso no le gustaba. Para alguien que siempre se había definido por su carrera, en ese momento se sentía como un barco sin puerto.

Frunció el ceño. Ese desasosiego debía de ser temporal. Sólo necesitaba más tiempo para acostumbrarse a estar fuera de la competencia feroz. Pero siempre había sido tan disciplinado, su agenda tan controlada, su tiempo tan consumido por el trabajo, que le representaba un verdadero desafío tomárselo con calma.

Echaba de menos la pasión y la energía que había inspirado su frenético trabajo. Necesitaba encontrar otra salida para esa energía y pasión. Algo que le aportara la misma clase de satisfacción pero que le evitara el susto de salud que había vivido hacía poco. No había nada más realista que tener a un cardiólogo de rostro serio preguntándole si quería terminar como su padre. Entonces se había dado cuenta de que necesitaba cambiar su vida… ya. De modo que dos semanas después de que aquellos dolores de pecho lo hubieran llevado a Urgencias, un mes después de su trigésimo cumpleaños, oficialmente se había «jubilado» de Wall Street.

Y en ese momento, sin nada ni nadie de quién preocuparse salvo él mismo, al fin estaba libre para hacer algunas de las cosas que siempre había querido, para las que nunca había tenido tiempo. Lo primero de su lista era pasar tres meses en Europa. En la universidad, dos veces había planeado pasar un verano viajando por Europa, pero en ambas ocasiones sus planes se habían visto frustrados. La primera vez por la enfermedad. Y la segunda…

Contuvo el caudal de recuerdos que amenazó con escapar del lugar donde los mantenía cerrados. La segunda vez lo había cancelado porque se había enamorado apasionada y locamente y no había querido pasar ni un minuto lejos de ella.

Movió la cabeza para desterrar la imagen que surgió en su mente de la joven risueña que había capturado su corazón aquel verano.

Desde pequeño había querido ir a algún lugar lejano y quedarse más de treinta y seis horas. Conocer la cultura, tomarse tiempo para explorar la ciudad. Era algo que aún no había pasado. Con su demencial ritmo de trabajo, no se había tomado unas vacaciones prolongadas en más de cinco años. En ese momento tenía la oportunidad de hacerlo y nada lo detendría.

Sin embargo, y a excepción de sus planes de viaje, no había tomado ninguna decisión de la dirección que quería emprender en ese momento. En algún momento tendría que tomarla, pero gracias a una cuidadosa planificación financiera, la cuestión no era apremiante. Y con seis meses todavía pagados de su apartamento, no tenía que preocuparse por trasladarse. Lo cual era estupendo, ya que no tenía idea de dónde pensaba vivir… aparte de saber que ya no sería en la frenética Manhattan.

Mientras tanto, haría lo que le había recomendado el médico. Descansar. Relajarse. Disfrutar de una vida despreocupada de soltero. Potenciar más la vida social y el contacto con las mujeres. Y en unos años, después de haber visto mundo, recuperado el tiempo perdido con las citas e iniciado una nueva carrera, se pondría a buscar a la Mujer Perfecta.

«La encontraste una vez», intervino una voz astuta en su mente. «La tuviste. Pero dejaste que se marchara…».

La imagen mental, vívida y precisa, que unos momentos atrás había conseguido bloquear de Mallory Altman, reapareció, llenándolo con la misma sensación de pérdida y pesar que generaba el pensamiento de ella.

¿De verdad ya habían pasado diez años desde que se vieron por primera vez? ¿Nueve años desde aquel verano inolvidable en que su amistad se había encendido y transformado en una apasionada relación amorosa? Aunque cuando se permitía pensar en aquel verano, los recuerdos eran tan claros que no parecía posible que hubieran tenido lugar tantos años atrás.

Si cerraba los ojos, todavía podía oír su risa contagiosa. Ver su sonrisa burlona. Le había encantado su sentido del humor, la forma mágica en que podía convertir la tarea más aburrida en algo divertido. Se había enamorado perdidamente… tanto, que la profundidad de los sentimientos lo había aterrado. Sí, la había tenido, pero el momento no había sido el apropiado. Para ninguno de los dos.

Habían sido demasiado jóvenes, las emociones demasiado intensas. Ella acababa de cumplir los dieciocho años e iba a marcharse a una universidad a cientos de kilómetros, mientras él apenas había tenido veintiuno, preparado para emprender su aventura de Wall Street. Cuando se descubrió pensando en «para siempre»… en el matrimonio, los hijos y una hipoteca, el pánico lo devoró y le había sugerido que se tomaran un descanso. Que vieran a otras personas. Ella había aceptado y él había suspirado aliviado.

No había tardado mucho en darse cuenta de que había cometido un error, pero había sido suficiente para que ella encontrara a otro hombre. Y para dejar claro que Adam en ese momento era «sólo un amigo». Perderla, comprender que los sentimientos de ella no habían sido tan profundos como los suyos, había sido como clavarle un cuchillo en el corazón.

Sus caminos se habían cruzado algunas veces después de aquello, pero en cada ocasión habían estado saliendo con otras personas. Hacía cinco años que no la veía. No obstante, la imagen de su maravillosa sonrisa y de sus ojos cálidos y achocolatados permanecía tan vibrante como siempre. Lo último que sabía de ella databa de tres años atrás, al leer en el periódico que estaba comprometida.

Al ver la noticia había experimentado un entumecimiento perturbador en el pecho y todos los recuerdos, hasta entonces contenidos, lo habían atrapado. La primera vez que la había visto. La primera vez que la había besado. Acariciado. Hecho el amor con ella. La última vez que la había tocado… Se había torturado con el recuerdo de aquellas pocas e increíbles semanas que habían sido las más felices de su vida. Luego le había deseado mentalmente lo mejor antes de desterrarla de su mente… proeza que casi siempre lograba.

Se dijo que Mallory era el pasado. Ante él se extendía el futuro como una despedida de soltero llena de mujeres deseables, de sexo sin ataduras y del viaje a Europa con el que siempre había soñado, más mujeres deseables y más sexo sin ataduras. Había trabajado duramente y ese era el momento de relajarse y de recoger algunos de los beneficios.

La campanilla que sonó, indicando que alguien había entrado en el estudio, lo sacó de su ensoñación. Debía de ser la cita de la una. Cuando Nick había volado esa mañana para ir junto a Annie, que iba a dar a luz, le había pedido que reprogramara todas las citas del día. Adam había podido contactar con todo el mundo menos con los huecos de la una y de las dos. Con un poco de suerte, entenderían la ausencia de fotógrafo. No quería perder ningún cliente para Nick durante la ausencia de su amigo.

Salió del estudio y avanzó por el pasillo hacia la parte delantera de la tienda. Al entrar, vio a una mujer de cabello oscuro con un vestido de color turquesa sin mangas de pie delante del mostrador de cristal, de espaldas a él.

—Hola —saludó con una sonrisa.

Ella se volvió, y fuera lo que fuese que él hubiera planeado decir, se evaporó con la seguridad de su andar al detenerse. Los ojos castaños de ella se abrieron mucho y pareció tan aturdida como se sentía él. Si ello era posible, se la veía más hermosa, más deseable, más tentadora. Y real.

Pensó que era irónico que apareciera en su vida cuando la había invocado mentalmente.

Caminó hacia ella y carraspeó para pronunciar las palabras que jamás pensó que tendría la oportunidad de repetir.

—Hola, Mallory.

 

 

—Sube la rodilla un poco más. Ooooh, sí. Justo ahí. Mallory… eso es perfecto.

Mallory Altman se movió sobre las suaves sábanas de satén, sintiendo el material fresco en su piel encendida. Desde luego, no era así como había esperado sentirse esa tarde. Pero tampoco había esperado encontrarse en compañía de Adam Clayton.

A pesar de no verlo en cinco años, el sonido de su voz ronca le provocaba cosquilleos por la espalda. En ese tiempo, muchas veces se había preguntado si alguna vez volvería a verlo. Pero nunca, ni siquiera en sus fantasías más descabelladas, se le había ocurrido que pasaría de esa manera.

De tan sorprendida que estaba, apenas había podido preguntarle qué hacía ahí. Para su asombro, se enteró de que había dejado el trabajo en Wall Street y que la presencia de él en el estudio se justificaba por ayudar a un amigo. Casi no habían tenido tiempo de decir nada más. Ella tenía que ver a un cliente en una hora y él tenía otra cita. En cuanto se puso la lencería para la sesión de dormitorio, todo había ido demasiado deprisa y hablar había sido lo último que había tenido en la mente.

Seguro que era esa situación provocativa lo que la sumía en semejante estado de excitación… nada que tuviera que ver con el propio Adam. Después de todo, lo que habían compartido juntos había sido hacía mucho. Además, ¿qué mujer no se sentiría excitada sobre unas sábanas de satén, con una exquisita ropa interior de seda mientras un hombre sexy y magnífico la fotografiaba?

Él siempre había sido atractivo de un modo muy masculino, con su pelo oscuro y profundos ojos azules. Le había gustado nada más verlo hacía diez años.

Tenía diecisiete años y estaba resentida, convencida de que la vida se terminaba porque su madre y ella habían vuelto a trasladarse, por sexta vez en doce años, desde Chicago a Long Island, Nueva York, lo que la obligó a asistir a su último año de instituto en una nueva escuela.

Como violoncelista profesional y madre soltera, Emily Altman se trasladaba a la ciudad cuya orquesta le hiciera la mejor oferta. Debido a su estilo de vida y al hecho de que el dinero siempre llegaba justo, habían vivido en habitaciones… hasta Long Island, donde como concesión a Mallory por haber tenido que dejar a los amigos y al chico con el que salía, Emily había alquilado una casa pequeña.

Para Mallory, la profunda sensación de estabilidad, de permanencia, que había sentido al vivir al fin en una casa casi había compensado el nuevo traslado. Incluso había llegado a pensar en quedarse en Chicago con la familia de una amiga para terminar el último año del instituto, pero al final no fue capaz de dejar a su madre sola. Desde que su padre se había marchado antes de que ella naciera en vez de aceptar la responsabilidad de una novia embarazada, su madre y ella siempre habían sido las dos mosqueteros. De modo que había hecho las maletas y se había mudado. Otra vez. Y había conocido a Adam.

Él tenía veinte años y era abierto, y estaba en Long Island pasando las vacaciones después de terminar su segundo año de universidad. Aquel día estaba cortando el césped de la casa de Mallory. A las ocho y media de la mañana de un sábado. Ella había tenido ganas de tirarle un zapato por la ventana, pero entonces se asomó y sonrió… pensando que Nueva York no estaba tan mal. Entre ellos nació una amistad y una camaradería relajada. Un año más tarde, esa amistad se encendió y durante un tiempo hermoso y breve, había ardido fuera de control. Una década después de aquel primer encuentro, su sonrisa aún tenía el poder de afectarla.

Un recuerdo vívido y tierno se materializó en su mente de aquel increíble verano… de la primera vez que habían hecho el amor. De cómo la había llevado a la cama con sus brazos fuertes.

Ella había sido virgen y dominada por los nervios. Había esperado incomodidad, pero habían reído de sus intentos, y entonces… pura magia. Esas manos grandes recorriéndole el cuerpo, tocándola por doquier, seguidas de sus labios, que habían demostrado ser tan mágicos como sus manos. Ella también lo había explorado con boca y manos. Piel encendida, palabras susurradas, sábanas enmarañadas.

Y el modo en que la había mirado, con deseo, reverencia y necesidad mientras la penetraba despacio, había sido… único.

Cerró los ojos y trató de visualizar a Greg… el hombre en el que debería estar pensando. Su novio. El hombre para el que se sacaba esas provocativas fotos de dormitorio. Su plan había sido reencender su estancada vida amorosa con ese regalo. Sin embargo, desde que entrara en el estudio y descubriera, para su sorpresa y consternación, que Adam iba a sacar las fotos, el plan se había desintegrado como vapor en una tormenta de viento. Y hablando de vapor… sentía como si le saliera de cada poro.

—Ponte de costado —pidió Adam—, y muestra el hombro… así. Ahora agita el pelo y humedécete los labios… perfecto. Eres preciosa, Mallory. Deslumbrante. Y condenadamente sexy.

«Eres preciosa, Mallory». Otro recuerdo. Una calurosa noche de verano. Los padres de Adam fuera el fin de semana. La piscina. Sus piernas enroscadas en torno a la cintura de Adam, la erección enterrada en su cuerpo, de modo que no sabía dónde empezaba ella y dónde terminaba él. Los dedos acariciándole las facciones como si tratara de memorizarlas. La voz ronca sobre su piel mojada… «Eres preciosa, Mallory».

Parpadeó y logró decir:

—Apuesto que se lo dices a todas las mujeres a las que fotografías.

La miró por encima de la cámara.

—No, no lo hago.

Experimentó una oleada de calor y de pronto se sintió preciosa. Deslumbrante. Sexy. De ese modo que él siempre había logrado hacer que se sintiera. Un modo que hacía tiempo que no sentía.

Miró hacia la cámara, al sitio donde sabía que los ojos de él la observaban a través de la lente, y despacio rodó hasta quedar de costado; luego se puso de rodillas, disfrutando con la deliciosa fricción de las medias y del liguero contra sus piernas.

«¿Te acuerdas, Adam?», la pregunta surgió en su mente. «¿Estás recordando, igual que yo, cómo era entre nosotros? ¿Cómo nos resultaba imposible no tocarnos?».

Alzó las manos y se las pasó por el pelo suelto, imaginando a Adam… eh, a Greg… no, era Adam… acercándose, bajando la cabeza para besarla. Cerró los ojos y entreabrió la boca, anticipando el roce de los labios de él, como la primera vez…

—Se ha terminado el primer carrete.

Al oír la voz profunda de Adam, abrió los ojos. Lo vio salir de detrás de la cámara y observarla con una expresión indescifrable.

Roto el hechizo, sintió que se ruborizaba, aunque la desconcertó sentirse abochornada. No había hecho nada malo. De hecho, intentaba hacer algo bueno. Para Greg. Era normal revivir recuerdos, fantasear. Sin embargo, agradeció que Adam no pudiera leerle la mente. Y tampoco Greg.

Pero no pudo evitar pensar si la mente de Adam también había revivido recuerdos de imágenes sensuales mientras le sacaba las fotos. Probablemente, no. El fuego sexual que había ardido entre ellos había sido efímero y había muerto hacía mucho. Y así como ocupaba un lugar especial en su corazón, la devastadora facilidad con que había finalizado la relación no le dejaba duda alguna de que apenas había sido una muesca más en su cama.

Con una tos tímida, miró alrededor en busca de la bata. Como si le leyera la mente, en contradicción con el pensamiento anterior, él recogió un albornoz rosa de la silla próxima a su cámara y luego fue hacia ella.

—Toma —dijo, entregándosela—, aunque es una pena cubrir esa fina lencería.

¿Había subido la temperatura del estudio? ¿Acaso no había aire acondicionado? Estaban en julio, por el amor del cielo. Aunque sentía como si se estuviera derritiendo, se puso el albornoz y se anudó el cinturón.

Ya estaba mejor. Sintiéndose más en control una vez tapada de cuello a pantorrillas y cuando ya no se notaba que tenía los pezones duros, se levantó del colchón y se plantó ante él. Aunque los separaban unos respetables dos metros, tuvo que plantar las rodillas para no establecer más distancia entre ellos.

Quería hacerle una docena de preguntas sobre su vida y lo que había hecho en los últimos cinco años, pero un vistazo al reloj de pared le indicó que no tenía tiempo antes de reunirse con el cliente.

—¿Cuándo estarán las fotos? —preguntó, orgullosa de no sonar tan jadeante como se sentía.

—En una semana. Te llamaré cuando estén terminadas.

Mallory dio dos vacilantes pasos hacia atrás, en dirección al vestidor, donde había dejado su ropa.

—Será mejor que me vista —dio la vuelta con celeridad y cruzó con rapidez el estudio.

Después de salir cinco minutos más tarde, sintiéndose más tranquila una vez vestida y con la lencería sexy en una bolsa, se dirigió a la parte delantera del estudio. Adam se hallaba detrás del mostrador, escribiendo en un bloc próximo al teléfono. Al oír el sonido de los tacones, alzó la vista y sus ojos se encontraron.

Salió de detrás del mostrador y la acompañó a la puerta.

—Ha sido estupendo volver a verte, Mallory —le dedicó una sonrisa pícara y provocativa al tiempo que movía las cejas con exageración—. En especial ver tanto de ti.

El calor inundó el rostro de ella.

—Lo mismo pienso, Adam —imitó su gesto con las cejas—. Aunque vieras más de mí que yo de ti.

Los ojos de él reflejaron un destello de interés.

—Quizá en esta ocasión en particular—. Aunque es un problema que se podría haber solucionado así —chasqueó con los dedos.

El calor que sintió antes descendió con rapidez y se extendió hasta la punta de los pies.

—Imagino que no es una buena idea cuando se están sacando fotos —comentó ella con igual tono jocoso—. Creo que a eso se lo llama doble exposición.

Él rió.

—Lamento que no tuviéramos tiempo para ponernos al día.

—Yo también. Me habría encantado escuchar el gran cambio de carrera que has dado.

—Y a mí me habría encantado oír cómo va tu negocio inmobiliario y cómo es el tipo para el que te sacas estas fotos. Es un hombre afortunado.

—Gracias.

—Cuando recojas las pruebas tal vez te apetezca tomar un café.

Una invitación perfectamente casual no debería haberle acelerado el corazón de esa manera. Por el amor del cielo, se trataba de un viejo amigo. Nada más. Evidentemente, pasar una hora luciendo lencería sexy le había afectado la libido.

—Suena estupendo, Adam.

—Bien. Te llamaré cuando las pruebas estén listas —sonrió y le abrió la puerta.

—Nos vemos.

Salió a la acera. De hecho, le dio la bienvenida a la ráfaga de calor que la envolvió, porque le proporcionó algo a lo que poder echarle la culpa de su incomodidad. Fue hacia su coche y se sentó al volante. Había conducido tres calles antes de recobrar la respiración normal… algo que se negó a examinar detenidamente.

Al fin su vida estaba tal como ella quería. Estable. Segura. Sin constantes traslados por el país ni vivir en habitaciones. Su carrera marchaba viento en popa y hacía poco había logrado un objetivo importante y comprado su primera casa. Tenía un novio estable y un trabajo estable… todo era perfecto y… estable.

Sí, quizá las cosas no eran perfectas con Greg, pero había besado a suficientes ranas como para saber que tenía potencial de príncipe. Estaba dispuesta a trabajar los puntos que necesitaban retoques… como su vida sexual. No todos podían ser Adam Clayton en la cama. De hecho, al final se había forzado a reconocer que nadie sería como Adam en la cama.

Lo último que quería o necesitaba era a alguien que sacudiera la estable barca por la que tanto había luchado. No lo permitiría. Nueve años atrás, Adam la había hecho naufragar. No pensaba darle la oportunidad para que lo repitiera.

2

 

 

 

 

Una semana después, sábado, 12:00 horas

 

Con el sol que enviaba titilantes haces de oro a través del escaparate de Picture This, Adam miraba las pruebas de la sesión con Mallory y suspiró.

Se la veía… increíble. Suave y femenina. Perversa pero inocente al mismo tiempo. Tentadora, excitada y tan condenadamente sexy, que tuvo que moverse incómodamente para aliviar el estrangulamiento que tenía lugar detrás de la cremallera de los vaqueros.

No cabía duda de que su novio era el hombre más afortunado de Nueva York. Y durante un tiempo breve y mágico, él había sido ese tipo afortunado.

Verla otra vez había sido un golpe al corazón. El libro de citas había puesto «M. Allory»… o el menos eso fue lo que él había pensado que ponía, ya que la caligrafía de Nick era atroz. Un simple vistazo a su sonrisa, a esos ojos castaños y los años se habían disuelto, inundándolo con un torrente de recuerdos que lo habían acosado toda la semana y amenazado con tomar el control.

Se centró en una foto. Mallory estaba tendida de lado en la cama, el pelo oscuro cayendo sobre sus hombros, con la cabeza apoyada en una mano y el otro brazo sobre la curva sinuosa de su cadera. Tenía una rodilla doblada, los labios un poco húmedos y los ojos clavados directamente en la cámara. Parecía un delicado y suculento bocado a la espera de ser retirado de la bandeja de canapés.

Los ojos parecían decir «soy todo lo que alguna vez podrás desear y haré que todas tus fantasías se vuelvan realidad». Palabras que a cualquier hombre le gustaría oír. Que sin duda el hombre que había en su vida había oído.

Experimentó una oleada de algo sospechosamente parecido a los celos y movió la cabeza. Estaba perdiendo la razón. Sentía celos de un tipo que jamás había visto. Pero quizá no fueran celos… quizá fuera envidia. Sí, era eso. Envidia. ¿Qué hombre no desearía a una mujer que se tomaba la molestia de sacarse fotos sexys para él? El hecho de que se hubiera sacado esas fotos demostraba que aún poseía el sentido de diversión aventurero que tan cautivador le había resultado. Quienquiera que fuera el hombre de Mallory, era un canalla con suerte, y Adam esperaba que apreciara lo que tenía. Desde luego, era algo que desearía tener él.

¿En qué diablos estaba pensando? Él no quería eso. Una mujer no dedicaba el tiempo y el dinero a sacarse unas fotos tan íntimas a menos que estuviera en una relación. Y eso era lo último que quería Adam en su agenda de soltero con un viaje de tres meses pensado para Europa. Y Mallory era la clase de mujer que podía causar estragos en los planes de cualquier soltero. Agradeció que no estuviera disponible.

Había perdido el contacto con ella justo después de que su vida hubiera dado un giro dramático con la muerte inesperada de su padre. Desde entonces no la había visto.

Y en ese momento le gustaba lo que había vuelto a ver.

Y lo había asombrado descubrir que no estaba casada. Durante la fugaz charla de la semana anterior, Adam había hecho un comentario acerca de si las fotos eran para su marido, y ella le había contado que eran para su nuevo novio… que su compromiso había terminado antes de que tuviera lugar la boda.

Apartó la vista de las fotos y miró el reloj. Pasadas las doce del mediodía. Se preguntó si iría a recoger las pruebas ese día. La había llamado esa mañana y después del tercer timbre había saltado un contestador automático y una voz grabada le había pedido que dejara un mensaje. Después de comunicarle que tenía listas las pruebas, había colgado, sintiéndose ridículamente decepcionado por no haber podido hablar con ella.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos al abrirse la puerta de entrada. Su corazón se sobresaltó brevemente antes de ver que se trataba de Nick Daly. Amigos desde el instituto, Nick era el hermano que jamás había tenido… pero en todo ese tiempo jamás lo había visto más ojeroso o extenuado.

—¿Cómo es posible estar tan agotado y feliz al mismo tiempo? —le preguntó Adam con una sonrisa.

—Si esperas que conteste alguna pregunta complicada, has perdido el juicio —comentó con sonrisa débil—. Lamento llegar tan tarde.

—No pasa nada. Para eso estoy aquí… para defender el fuerte en nombre del orgulloso papá.

—Adam, no creo que jamás haya habido un bebé más hermoso en la historia de los bebés que Caroline.

—No puedo discutírtelo. He sido el tío honorífico más orgulloso del mundo cuando la visité en el hospital. Pero apuesto que tus padres dijeron lo mismo de ti cuando naciste —lo inspeccionó de arriba abajo—. Aunque quizá no lo hicieran.