Vestida de rojo - Jacquie D'Alessandro - E-Book
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Vestida de rojo E-Book

Jacquie D’Alessandro

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Beschreibung

Cuando Riley Addison vio entrar a aquel guapísimo desconocido en la carpa en la que ella estaba prediciéndole el futuro a la gente, sintió una atracción inmediata. ¿Qué otra cosa podía hacer más que contarle su posible futuro... un futuro que podría ser muy bueno para él y para una mujer vestida de rojo? Después de eso, lo único que tendría que hacer era aparecer en su hotel... vestida de rojo, por supuesto. El ejecutivo de marketing Jackson Lange jamás se había enamorado tan rápidamente. Tenía intención de aceptar la oferta de la seductora adivina... hasta que descubrió que se trataba de Riley Addison, la compañera de trabajo con la que siempre discutía. Sin embargo, con su plan de seducción, estaba seguro de que pronto no habría más peleas...

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Jacquie D’Alessandro

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Vestida de rojo, n.º 89 - agosto 2018

Título original: We’ve Got Tonight

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-9188-870-3

Prólogo

Riley Addison se quedó quieta con la taza de café a medio camino de sus labios, luego adelantó el torso para releer el correo electrónico de Jackson Lange, mejor conocido como el Azote de su Existencia.

Necesitamos que dupliques el presupuesto que tu departamento nos ha asignado, es decir, un aumento del cien por cien, efectivo de inmediato. Estudia la hoja de cálculo adjunta para los detalles. Contacta conmigo si tienes alguna pregunta.

Riley enarcó las cejas y con risa carente de humor, movió la cabeza. Era evidente que el nuevo jefe del departamento de marketing de Prestige Residential Construction estaba loco. El modo seco y mecánico en que se comunicaba por correo electrónico y por teléfono la convencía de que había vivido una vida anterior como una especie de dictador despótico que había ladrado órdenes y esperado que se acataran a rajatabla y con docilidad.

—Pues esta vez has elegido a la persona equivocada para ladrarle —musitó.

Lo único que la tranquilizaba era que el departamento de marketing se hallaba en las oficinas que la empresa tenía en Nueva York, mientras que su departamento de contabilidad estaba en Atlanta... un amortiguador de seguridad de más de mil quinientos kilómetros que le impedía tener que tratar con el insoportable Jackson Lange en persona.

Suspiró y se frotó las palpitantes sienes para aliviar el dolor que la había asediado desde que Prestige había contratado a Lange. ¿Hacía sólo un par de semanas que todo había fluido de maravilla en su mundo laboral? Sí. Entonces Jackson Lange había irrumpido en la oficina de Nueva York y se había desatado el infierno.

Con la jubilación del jefe de marketing, Riley, junto con todos en su departamento, había sabido que los cambios eran inevitables. Pero había esperado que le dieran ese puesto a un empleado de la firma. Sin embargo, habían contratado a Jackson Lange. Según los rumores, éste tenía fama de ser un tiburón al que no le temblaba el pulso a la hora de cortar cabezas para llegar a la cima. También se decía que lo habían contratado porque tenía contactos en Elite Commercial Builders, una empresa que el presidente de Prestige estaba interesado en adquirir.

Desde el primer día, Lange había promovido cambios en los procedimientos que llevaban años establecidos. Había realizado exigencias perentorias y quebrado el equilibrio laboral antes cordial entre los departamentos de contabilidad y de marketing. Se había visto obligada a soportar a un hombre que, hasta el momento, le resultaba insoportable, y con cada día que pasaba la situación empeoraba.

Pero se sentía especialmente alterada porque, a pesar de lo exigente que era su trabajo, su profesión le proporcionaba la única calma en la tormenta en que se había convertido su vida personal desde que su hermana, Tara, se había ido a vivir con ella después de la muerte de su madre. En el trabajo, sabía lo que hacía. Números, declaraciones financieras, presupuestos... todo eso lo entendía. Pero lejos de la oficina, sus responsabilidades hacían que le pareciera que iba en una cuerda floja por encima de una hondonada profunda y oscura sin contar con una red de seguridad. Necesitaba un descanso, un cambio. Y lo necesitaba en ese momento.

No obstante, en ese momento tenía que ocuparse del correo de Lange, a pesar de que la semana anterior ya le había dejado bien claro que no iba a recibir ningún aumento en el presupuesto.

—«Es decir, un aumento del cien por cien» —musitó—. Como si no supiera lo que significa duplicar, idiota.

—Oh, oh —dijo una voz familiar desde la puerta—. Hablas contigo misma. Y muestras esa mirada asesina «Jackson Lange». ¿Es seguro entrar?

Alzó la vista hacia Gloria Morris, directora del departamento de tecnología de la información de Prestige. Con un vestido turquesa que ceñía su figura esbelta y un lacio cabello castaño rojizo que le acariciaba los hombros, tenía un aspecto vivaz y fresco, en absoluto la imagen que se asociaba con una especialista en informática. Era la única mujer que conocía Riley que siempre daba la impresión de acabar de salir de un exclusivo salón de belleza. A pesar de ese rasgo irritante, adoraba a su mejor amiga.

—¿Si es seguro entrar? Depende. ¿Quieres que te suba la tensión?

—No, pero como es obvio que no te iría mal que te animaran, me arriesgaré —se sentó en el sillón negro de piel frente a Riley—. Bueno, ¿qué ha hecho hoy el Tiburón?

—Lo habitual... lanzar exigencias perentorias. Sólo que esta vez me alcanzó antes de terminar mi primera taza de café. Por desgracia, no creo que mi estado de ánimo mejore después de estudiar la hoja de cálculo que me adjunta.

—Oh, también hoja de cálculo. Tiene que ser tu día de la suerte.

—Oh, sí. Ni te lo imaginas.

Gloria ladeó la cabeza y la estudió.

—No lo creo. Pareces... cansada. Floja.

Riley suspiró.

—A pesar de lo mucho que odio reconocerlo, tienes razón. Esta mañana estuve a punto de colgar un cartel de «No Funciona» en el espejo de mi cuarto de baño —la miró con expresión de disculpa—. Lamento ser tan gruñona. En mi esfuerzo por mostrarme serena y ecuánime ante mi equipo, descargué toda mi frustración en ti.

—Para eso están las amigas. Dios sabe que yo también te doy la lata —sus ojos se mostraron traviesos—. Lo que pasa es que yo no soy tan gruñona como tú.

Riley rió.

—Yo soy Gruñona y tú eres Feliz. Sólo nos falta una manzana envenenada y un espejo mágico para tener un cuento de hadas.

—Yo preferiría un príncipe encantado.

—Y todas. Aunque, en este punto, me contentaría con conocer a alguien que me interesara.

—¿Que interesara a tu mente... o a tu cuerpo?

—Bueno, a las dos cosas estaría bien. Pero, si tuviera que elegir, me decantaría decididamente por mi cuerpo.

—Amén. Aunque es una respuesta algo sorprendente en ti, Señorita Precavida y Conservadora.

Riley hizo una mueca al oír el título, ya que sabía que no la describía bien... al menos no a la verdadera Riley, sino a la que se había obligado a convertirse cuando Tara se había ido a vivir con ella. Su impresionable hermana menor había necesitado un buen ejemplo a seguir, de modo que se había cerciorado de que no se pudiera cuestionar su propio comportamiento. Pero una vez que Tara había terminado la universidad y anunciado que se marcharía en dos semanas, la Riley amante de la diversión, a veces perversa, a veces atrevida, que tan despiadadamente había eliminado, se afanaba por recobrar la libertad.

—De hecho, eres generosa —comentó—, ya que Señorita Aburrida es lo que más se acerca a la verdad. He reflexionado mucho en ello últimamente, y he llegado a la conclusión de que he dedicado tanto tiempo y esfuerzo a cuidar de Tara, que... en el proceso he perdido parte de mí misma —suspiró—. En mi intento de proporcionarle a mi hermana un buen ejemplo, siento como si una avalancha de responsabilidad hubiera apagado mi chispa y sentido del humor.

Gloria le apretó la mano.

—Eres una hermana maravillosa, Riley, y gracias a tu paciencia, amor y comprensión, Tara ha hecho las cosas como es debido. Así que ahora es el momento de que vuelvas a disfrutar. Tienes permiso para hacerlo, Riley.

—Oh, estoy de acuerdo. Y créeme, pienso tirar el manto de Señorita Aburrida y convertirme en una soltera despreocupada. Voy a dejar que la Riley que ha estado enterrada estos últimos cinco años despliegue las alas y vuele. Estoy aburrida de tener veintiocho años y comportarme como si tuviera ciento ocho. ¿Y qué mejor momento para ello que hoy? Los viernes siempre son días estupendos para empezar de cero...

—Y este fin de semana es perfecto —convino Gloria. Esta noche vamos al partido de béisbol y mañana nos divertiremos mucho trabajando en la Gala de la Feria Infantil para recaudar fondos... las dos son oportunidades perfectas para estudiar los talentos masculinos disponibles. Y luego está la cena que va a celebrar Marcus Thornton el domingo en su casa del lago... aunque ahí no hay potencial alguno, ya que todos serán compañeros de trabajo, pero nos divertiremos.

Riley bebió un sorbo de café y asintió. El partido de los Braves esa noche. Como gran aficionada al béisbol, tenía ganas de verlo, y también le apetecía ir a la casa del presidente el domingo por la noche. Aparte de que al día siguiente estaba la feria anual que organizaba Prestige para recaudar fondos para los niños necesitados, un acontecimiento importante que ya llevaba veintitrés años celebrándose por iniciativa del fundador de Prestige, Marcus Thornton, y en el que muchos de los empleados de la empresa trabajaban como voluntarios. El del año anterior había recaudado cuatrocientos mil dólares.

—Tengo ganas de que llegue la feria —Riley sonrió—. Hay todo tipo de oportunidades de conocer a hombres solteros, y más este año, que voy a ocupar la tienda de la adivina. Nunca se sabe quién puede presentarse para que le lea el porvenir.

—Eres afortunada. A mí me ha tocado el puesto de algodón de azúcar, así que sólo veré a niños. A la primera oportunidad que me surja, me presentaré en tu tienda. Quiero saber si debo esperar al Príncipe Encantado... o la manzana envenenada.

Riley se llevó los dedos a las sienes y cerró los ojos.

—Sólo veo cosas buenas en tu futuro. Tartas de queso que no forman celulitis. Helados y brownies sin calorías. Zapatos nuevos fabulosos.

—Mmm. Todo bueno. Pero, ¿qué me dices del sexo? —preguntó Gloria sin poder contener un tono de esperanza—. ¿Ves algo de sexo en el horizonte?

Riley abrió los ojos y adoptó una voz seria.

—Madame Que Todo Lo Ve visualiza mucho para usted. Pero para averiguarlo tendrá que esperar y visitar mañana mi tienda —le guiñó un ojo—. Y pagar los cinco pavos como todos los demás.

—Habló la voz de la contable. ¿Y qué predice para sí misma Madame Que Todo Lo Ve?

Riley volvió a llevarse los dedos a las sienes.

—Mmm, veo un... renacimiento. Veo que la cautela y el conservadurismo son desterrados. La llegada del atrevimiento y la audacia. Veo... sexo. Sí, mucho sexo ardiente y sudoroso con un hombre guapo que no empleará las palabras «aburrida y sosa».

—¡Eh... ésa es la lectura que quería yo! Exijo una devolución del importe pagado.

—Aún no has pagado.

—Oh, bueno, cuando lo haga, quiero una lectura como la tuya. No he tenido una cita en casi un mes.

Riley no señaló su estadística todavía más deprimente... hacía tres meses que no había tenido una cita. Alzó el mentón con aire de determinación.

—He esperado mucho tiempo para recuperar mi vida, y estoy dispuesta a asumir mi espíritu divertido y aventurero. De hecho, me siento como una carga de dinamita a punto de estallar. Lo único que necesito es encontrar al hombre adecuado que encienda la mecha —alzó la taza de café en gesto de saludo—. Por un comienzo nuevo. Por nosotras dos... las solteras. Llenas de aventura, osadía y diversión. Fuera el aburrimiento.

—Y el abatimiento —convino Gloria, alzando su propia taza.

Sintiéndose más libre que en mucho tiempo, Riley sonrió.

1

Jackson atravesó despacio el Piedmont Park de Atlanta, disfrutando de las vistas y los sonidos de la feria Infantil organizada por Prestige. Globos de colores, los chillidos entusiasmados de los niños que arrastraban a sus padres hacia los puestos de los juegos, el giro del tiovivo, la montaña rusa, la noria, los aromas tentadores que flotaban en el aire procedentes de los puestos de comida... era una operación enorme, y a juzgar por la multitud asistente, de mucho éxito. Experimentó cierto orgullo por trabajar en una empresa tan comprometida con la comunidad y con la idea de ayudar a los niños, y le alegró haber aceptado la invitación de Marcus Thornton de pasar unos días en Atlanta. En cualquier caso, no habría rechazado nunca una invitación del presidente de la compañía... pero ese fin de semana parecía el momento perfecto.

Después de terminarse el último bocado de una deliciosa tarta, se limpió el azúcar de los dedos y continuó su paseo por el lugar. Había muchas familias con niños. Muchas parejas de la mano, riendo, jugando. Posó la vista en una que le recordó vagamente a Shelley y a Dave. Su hermana y su cuñado llevaban cinco años de matrimonio increíblemente feliz, algo que había podido corroborar la noche anterior en la fiesta de cumpleaños dada por Shelley. Verlos juntos lo había llenado de una extraña y melancólica sensación que no había podido definir. Era feliz por ellos, pero, al mismo tiempo, envidiaba esa felicidad que a él le gustaría experimentar.

Y era obvio que Shelley también quería que experimentara esa felicidad, porque había invitado no una ni a dos, sino a tres compañeras de trabajo solteras, por no mencionar a la hija de su vecina. Las cuatro mujeres eran atractivas y agradables. Pero ninguna le había interesado lo suficiente como para querer volver a verla.

Maldijo para sus adentros. Necesitaba salir de esa situación. Ya había superado la ruptura del año anterior con Kimberly, pero, a pesar de ello, ninguna de las mujeres que había conocido desde entonces, lo había entusiasmado. Con las que se había acostado, sólo lo habían satisfecho físicamente. ¿Y por qué demonios eso no era suficiente? Antes solía serlo... pero ya no. Ninguna de las mujeres había inspirado esa chispa que compartían Shelley y Dave. Que compartían sus padres. Y era eso lo que quería.

Pero estaba harto de ser el tipo al que todos querían arreglarle la vida sentimental. Era un soltero joven y bien situado, y ya era hora de empezar a divertirse otra vez. Sí, su profesión recibía la máxima prioridad en su vida, pero no significaba que debiera ser la única prioridad. Desde luego, no iba a encontrar a una mujer que provocara chispas si vivía como un monje.

Después de que Kimberly rompiera su compromiso, por una cuestión de orgullo, se había obligado a volver al mundo de las citas, pero no lo disfrutaba. Demasiados juegos y decepciones. La entrega a su trabajo no le dejaba mucho tiempo para la vida social, pero ya empezaba a hartarse de estar... bueno, solo. Sin embargo, conocer a alguien que despertara su interés, empezaba a resultar un desafío intimidador.

Y como no empezara a salir en serio en breve tiempo, su madre y Shelley cumplirían la amenaza de recurrir a la guía telefónica de Manhattan para conseguirle a alguien.

Desde luego, parte del motivo que había detrás de los esfuerzos de todo el mundo era la boda inminente de su hermano Mark. No sabía por qué una boda siempre tenía que engendrar otra. En cuanto su hermano anunció que iba a casarse, Shelley y su madre habían lanzado las redes sobre él. Brian, su otro hermano de veintitrés años, ya le había ofrecido un mes de sueldo para que permaneciera soltero con el fin de «quitarme a mamá y a Shelley de encima».

Ya se preocuparía de eso al llegar a Nueva York. Había planeado quedarse en Atlanta hasta el lunes con el fin de conocer a parte del personal de Atlanta... entre ellos a Riley Addison.

Contuvo el gruñido que quiso escapar de su garganta. Esa mujer ni siquiera se había molestado en responder al correo que le había mandado acerca del incremento de presupuesto, lo cual lo irritaba, aunque tampoco representaba una sorpresa. Era bien consciente de que los departamentos de marketing y de contabilidad siempre mantenían enfrentamientos en todas las corporaciones... marketing quería gastar y contabilidad ahorrar. Sin embargo, jamás había conocido a una mujer tan tacaña, por no decir irritante, brusca o autoritaria como Riley Addison.

Al ser el «nuevo» ejecutivo contratado de fuera, había esperado enfrentarse con cierto resentimiento y hostilidad, y el primer correo seco de la señorita Addison le había dejado bien claro que su relación no sería un camino de rosas. Perfecto. En su implacable ascensión hasta la cima, estaba acostumbrado a eso. Pero en el primer correo que había recibido de ella, le había pedido una explicación escrita de una cena de 743,82 dólares que había pasado como gastos, sugiriéndole que consultara el manual de la empresa acerca de los gastos «exorbitantes». Desde luego, no necesitaba una licenciatura en jeroglíficos para leer el código oculto de que evidentemente consideraba que el cargo de la cena resultaba sospechoso y tenía todas las intenciones de llegar hasta el fondo del asunto.

Eso lo había irritado. Sobre todo que se cuestionara su integridad. Como si se hubiera inventado esa dichosa cena. Le había encantado ofrecer una respuesta igual de seca, señalando que el jefe de ambos había sugerido que agasajara a esos clientes en ese restaurante especialmente caro.

Oh, sí, tenía ganas de conocer a Riley Addison el lunes y ponerla en su sitio cara a cara. Quizá hasta le entregara en persona el informe de gastos del viaje que había hecho a Atlanta y ver cómo se le desencajaba el rostro.

Animado por ese pensamiento, continuó el recorrido y probó suerte en unos juegos. La siguiente hora pasó volando y ganó un hipopótamo rosado de peluche. No era el premio más masculino que había, pero, qué diablos. Se puso el animal bajo el brazo y continuó. Al final de la última hilera de puestos de juegos, se erguía una tienda a rayas azules y blancas. Un letrero pintado a mano ponía: «Quiromancia. Descubre los secretos de tu futuro.. si te atreves. Diez minutos, 5 dólares».

Jackson sonrió, se dirigió hacia la tienda y aguardó en la corta fila. No creía en eso. Pero era divertido y por una buena causa.

Cuando le llegó su turno, le entregó al encargado un billete de cinco dólares, y entró. Al instante sus sentidos se vieron invadidos por una fragancia embriagadora que le recordó a sidra afrutada. Un suave resplandor dorado emanaba de docenas de velas de diversos tamaños que bañaban el interior con una pátina de calidez.

En el centro de la tienda había una mesa circular cubierta con una tela brillante con lentejuelas y dos sillas vacías.

Al otro lado de la mesa, envuelta en un resplandor titilante de luz, se erguía una mujer con un disfraz de gitana. Sus ojos se encontraron y Jackson se quedó quieto por la descarga de lujuria que lo golpeó.

Durante varios segundos, simplemente se miraron, y Jackson agradeció que un mecanismo interno mantuviera sus pulmones en funcionamiento, porque daba la impresión de que había olvidado respirar. Esa mujer era... increíble. Un cabello lustroso y ondulado que le llegaba hasta la altura de los hombros, que parecía revuelto de forma sensual por la mano de un amante. Ojos bien espaciados, cuyo color no pudo distinguir, y que reflejaban la misma sorpresa e interés que sabía que anidaban en los suyos.

Bajó la vista y la demoró sobre unos labios plenos y rosados que le recordaron moras maduras, antes de percatarse de la piel blanca y suave de los hombros que revelaba la blusa. Una falda larga y colorida que rozaba el suelo completaba el atuendo. Parecía exuberante y curvilínea, femenina y sexy como todos los demonios, y todo lo que había de masculino en él lo notó de inmediato.

Y entonces ella se movió.

Avanzó lentamente, ofreciéndole una seductora insinuación de lo que imaginaba que serían unas piernas fantásticas. Cada paso estaba acompañado por el leve tintineo de unas campanillas que colgaban del cinturón dorado que le rodeaba las caderas... unas caderas que se contoneaban con un andar pecaminoso.

Permaneció clavado en su sitio, con el corazón martilleándole contra la caja torácica, como si acabara de terminar un agotador partido de tenis que se hubiera alargado hasta cinco sets. Todo lo que había pensado hasta ese momento de que no había conocido a nadie que avivara su interés se evaporó en un abrir y cerrar de ojos. Estaba decididamente encendido e interesado. Un vistazo a esa mujer y todo en su interior proclamó juego, set, partido.

Ella se acercó y su cerebro pasó al modo de fantasía. La imaginó aproximándose... lo bastante como para tocarla, para explorar esas curvas que parecían tan... explorables. Lo bastante como para que ella le rodeara el cuello con los brazos y lo besara con esa boca espléndida y carnosa. Pero con elegancia se sentó en una de las sillas y con un gesto de la mano le indicó la que tenía enfrente... invitación que él pensaba aceptar en cuanto recordara cómo moverse.

—No puedo leerte la palma de la mano si te quedas ahí —comentó ella con voz ronca y burlona.

Al instante le recordó sábanas enredadas y un sexo febril.

Incapaz de dejar de mirarla, obligó a sus pies a moverse y avanzó como si se hallara metido hasta la cintura en agua. Se sentó y dejó el hipopótamo rosa en el suelo, luego volvió a mirarla. Y por segunda vez en menos de un minuto, sintió como si le hubieran vaciado los pulmones de aire.

De cerca era aún más increíble. Unas pestañas largas rodeaban sus ojos, que en ese instante pudo ver que eran de un castaño dorado que le recordó al caramelo. Esos mismos ojos parpadearon con una inconfundible percepción sexual que le mandaron el corazón a la zona de peligro. Entrar en esa tienda había representado verse incinerado por una conflagración de lujuria.

Sus rizos alborotados les rogaban a sus dedos que los tocaran, y su boca... Esos labios brillantes y plenos le suplicaban que se adelantara y los probara. Respiró hondo, algo que empezaba a necesitar de forma imperiosa, y aspiró la deliciosa fragancia a vainilla. Se le hizo agua la boca por el deseo de mordisquearla.

El sentido común le ordenó que dijera algo antes de que ella lo considerara un pervertido. Y lo habría hecho, pero justo cuando abría la boca, ella sonrió. Una sonrisa lenta, cálida, seductora y sexy que le provocó unos hoyuelos gemelos en las mejillas.

Santo cielo. Sintió como si alguien hubiera acercado una cerilla a sus pantalones. El deseo fue una bofetada en el rostro y le recorrió las venas. No recordaba haber experimentado jamás un golpe tan súbito y visceral de lujuria. Y a juzgar por el brillo en los ojos de ella, la atracción era mutua.

—Sólo hay tres cosas necesarias para nuestra sesión de quiromancia —indicó ella con esa voz ronca—. Tú, yo... —se inclinó hacia él— y, bueno, la palma de tu mano —miró la mesa vacía.

Jackson salió del estupor en el que se hallaba y, con una sonrisa, apoyó las manos sobre la mesa.

—Lo siento. Estaba demasiado ocupado admirando la vista.

Ella lo observó con curiosidad e hizo que se moviera en la silla. Si esa mujer conseguía ponerlo duro sólo con una mirada, ¿qué diablos pasaría cuando lo tocara?

—Sí, la vista ha mejorado de forma drástica aquí —murmuró ella cuando sus ojos volvieron a encontrarse—. ¿Eres diestro o zurdo?

¿Lo acababa de lanzar a otra galaxia y pretendía que le respondiera esas preguntas con trampa? Carraspeó.

—Diestro. ¿Cómo te llamas?

Le guiñó un ojo.

—Puedes llamarme Madame Omnividente.

Santo cielo, estaba perdido. Un guiño. ¿Cuándo había sido la última vez que una mujer le había guiñado un ojo? No lo recordaba.

—¿Cómo te llamas tú? —preguntó ella.

—Una adivina debería saberlo.

Ella esbozó una leve sonrisa, atrayendo su mirada a esos labios carnosos y brillantes.

—Desde luego, señor... mmmm. ¿Qué nombre encaja contigo?

—¿Señor Creo Que Eres Guapísima? —sugirió.

Un rubor seductor tiñó las mejillas de ella y sus dedos le hormiguearon con el deseo de tocárselas.

—Es un nombre demasiado largo —murmuró—, pero el cumplido ha sido debidamente apreciado. Y devuelto de igual manera.

Entonces le tomó la mano y con suavidad pasó las yemas de los dedos por la palma. Y él averiguó exactamente qué sucedería cuando lo tocara.