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Esta obra propone una ética del acompañamiento terapéutico en el autismo. Se enfoca en una presencia que no se impone, que acoge antes de interpretar y transforma la vida cotidiana en un campo de intervención profesional. Sin diagnósticos rígidos, ofrece una cartografía sensorial que considera ruidos, texturas y tiempos del otro, orientando intervenciones efectivas. El juego se presenta como un espacio clínico y de derecho. La bitácora se convierte en una herramienta que genera conocimiento y guía decisiones éticas. El libro desafía la patologización, pasa de las etiquetas al significado y de la corrección de conductas a la adaptación del entorno. Presenta una tesis política: el acompañamiento procura una redistribución del apoyo que permite que el profesional se retire sin dejar un vacío. Desafía lo convencional y nos invita a una clínica que, al cuidar lo individual, redefine lo colectivo. La presencia del acompañante terapéutico en el autismo se concibe como ritmo y hospitalidad, un marco que se adapta sin invadir.
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Brian Banszczyk
Autismo y acompañamiento terapéutico
El dispositivo. Intervenciones terapéuticas. La experiencia sensorial
Banszczyk, Brian
Autismo y acompañamiento terapéutico : el dispositivo : intervenciones terapéuticas : la experiencia sensorial / Brian Banszczyk. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2025.
(Conjunciones)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6603-98-2
1. Acompañante Terapeútico. 2. Autismo. 3. Autismo Infantil. I. Título.
CDD 616.85882
COLECCIÓN CONJUNCIONES
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
Las referencias digitales de las citas bibliográficas se encuentran vigentes al momento de la publicación del libro. La editorial no se responsabiliza por los eventuales cambios producidos con posterioridad por quienes manejan los respectivos sitios y plataformas.
1º edición, septiembre de 2025
Edición en formato digital: noviembre de 2025
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: [email protected]
ISBN 978-631-6603-98-2
Conversión a formato digital: Numerikes
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre el autor
Prólogo
Capítulo 1. Abrir la puerta: por qué un libro sobre acompañamiento terapéutico y autismo
Abrir la puerta: por qué un libro sobre acompañamiento terapéutico y autismo
Detenerse en el umbral: una ética de la perplejidad
La escena del umbral como mapa clínico
Tejer la transferencia. Encuadre vivo y ética de la espera
Escribir para sostener. La bitácora como dispositivo clínico, ético y político
Nombrar y redistribuir. La singularidad como motor comunitario
Capítulo 2. Del espectro a la singularidad: recorrer las múltiples formas del autismo
Genealogía de un nombre. Del repliegue a la diversidad
Escuchar más allá del nombre. Clínica situada frente al diagnóstico
El espectro cuestionado. Clasificación lineal vs. cartografía singular
Nombrar como acto político. Del déficit al derecho a los apoyos
De la escena clínica a la reforma social. Dispositivos, evidencia y retirada gradual
Capítulo 3. Competencias y posición del acompañante terapéutico
Precariedad epistemológica y perplejidad operativa
La presencia como gesto clínico: sostener cuando no hay demanda
Tejer la transferencia. Encuadre vivo y ética de la espera
Escribir para sostener: la bitácora como dispositivo político
Nombrar y redistribuir. De la singularidad a la transformación comunitaria
Cuidado profesional y sostenibilidad del dispositivo
Habitar lo institucional: el acompañamiento terapéutico como articulador de fronteras
Capítulo 4. Encuadre vivo: contrato, dispositivo y lugar del acompañante
De la consulta al territorio. Génesis del encuadre vivo
El encuadre como coconstrucción: pactar lo posible
Matriz dinámica: topología, temporalidad e intensidad
Contrato distribuido y lugar bisagra del acompañante
Ajustes razonables, evidencia situada y salida sin abandono
Capítulo 5. La experiencia sensorial: regulaciones, desbordes y ritmos
Cartografía sensorial del autismo: sistemas y umbrales
Desbordes y crisis. De la sobrecarga a la desregulación
Lo sensorial como lenguaje: leer antes de calmar
Regulación situada: estrategias corporales y ambientales
Capítulo 6. Jugar en el borde: escena lúdica, autismo y acompañamiento terapéutico
El juego como posibilidad, una escena para alojar
Cuando el juego no parece juego: alojar lo inusual
El cuerpo en escena: jugar con y desde el acompañante
El juego sensorial: ritmos, umbrales y tramas de regulación
Transferencia lúdica: entre el gesto, el vínculo y la alteridad
Juego y territorio: lo lúdico como derecho y escena comunitaria
El juego como anclaje: crear mundos donde habitar
Capítulo 7. Del gesto al lazo: comunicación, lenguaje y acompañamiento terapéutico
Recuperar el gesto. Hacia una clínica del sentido encarnado
El silencio también dice. Habitar la pausa como acto clínico
Traducir: la función del acompañante como lector del mundo comunicacional del sujeto
Hacia un lenguaje compartido: coconstrucción, presencia y alteridad
Lenguaje que queda. Comunidad, escenas colectivas y sostenibilidad del lazo
Capítulo 8. Tejer lo común: redes de sostén entre familia, comunidad y acompañante
El entramado vincular como territorio clínico
La familia como escena de inscripción y corresponsabilidad
Los otros del cotidiano: presencias que sostienen sin nombre
Sostener el entre: acompañar los vínculos en tensión
Sostener y retirarse. Redes vivas más allá del dispositivo
Capítulo 9. Temporalidades del acompañamiento: urgencias, esperas y ritmos del lazo
Urgencias en el acompañamiento. Del tiempo cronológico al tiempo subjetivo
La espera como acto clínico. Disponibilidad, deseo y presencia
Ritmos intersubjetivos: sincronizar sin imponer
El tiempo del acompañante: sostener sin quemarse
Capítulo 10. Reflexiones acerca de la relación entre los estilos de apego y el suicidio en las adolescencias Fernando Castiglione
La supervisión como dispositivo de elaboración clínica
Supervisión individual
Supervisión grupal
Bitácora viva: escribir para pensar la práctica
Circuitos de ética y cuidado. Supervisión, formación y terapia como tríada indisoluble
Cuidar el equipo. Afectividad, política y construcción de comunidad clínica
Capítulo 11. Ética y política del acompañar
Del cuidado singular a la justicia social. Fundamentos éticos del acompañamiento terapéutico
Política del lazo. Desplazar la diferencia al centro de lo común
Responsabilidad profesional y militancia cotidiana. Dilemas y posicionamientos
De la ética singular a la política colectiva: hacia una clínica que instituye
Capítulo 12. La escena continúa: acompañar más allá del dispositivo
Lo que queda cuando el acompañante se va. Huellas, memoria y proyección del lazo
Lo que permanece. Ecos del acompañamiento más allá de la presencia
La clínica de los efectos. Transformaciones subjetivas en el acompañamiento terapéutico
De la clínica a la comunidad. El acompañamiento como práctica de lo común
Las huellas del lazo. Memorias clínicas y transformaciones mutuas
Bibliografía
Otros títulos
Cubierta
Tabla de contenidos
Portada
Créditos
Páginas finales
BRIAN BANSZCZYK. Psicólogo. Acompañante terapéutico. Profesor universitario, actualmente cursa el doctorado en Ciencias de la Salud. Ejerce como psicólogo en consultorio privado y en la Clínica Privada Saint Michel, donde además coordina el área de Acompañamiento Terapéutico. Se desempeña como Coordinador de la carrera de Acompañamiento Terapéutico de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, institución en la que también dicta clases en la Tecnicatura Universitaria en Acompañamiento Terapéutico y supervisa las prácticas finales de estudiantes. Paralelamente, es docente en la Universidad Católica de Córdoba y en la Universidad Siglo 21. Además, cumple funciones de coordinador de formaciones, docente y supervisor en Fundación Sistere. Actual presidente de la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de la República Argentina (AATRA).
En el campo de la investigación, ha participado en proyectos acreditados por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Córdoba, centrados en la formación en acompañamiento terapéutico, las prácticas psicológicas actuales y las representaciones sociales del rol del acompañante terapéutico. Es autor de diversas publicaciones, entre las que se destacan los libros Acompañamiento Terapéutico, de lo clínico a lo comunitario y Devenires del Acompañamiento Terapéutico, además de un capítulo en el libro Psicología y compromiso social. Ha publicado también artículos en revistas digitales y otros medios especializados.
A lo largo de su trayectoria ha recibido distintos reconocimientos, entre ellos el premio “Joven Sobresaliente del Año” de Córdoba, en 2023, por su labor profesional y académica. Asimismo, ha obtenido menciones y premios en congresos nacionales de acompañamiento terapéutico en los años 2013 y 2018. Participa en actividades científicas. Fue presidente y miembro del comité organizador del XVIII Congreso Argentino y XIII Iberoamericano de Acompañamiento Terapéutico, realizado en 2022. También ha integrado comités científicos en diversos congresos nacionales e internacionales, contribuyendo al desarrollo académico y profesional del campo.
Ha sido un protagonista importante en los procesos de creación de leyes de regulación del ejercicio profesional del acompañante terapéutico en el plano provincial (Córdoba) y nacional.
En un mundo que empieza a abrir los ojos a la diversidad, la comprensión de las múltiples formas de habitar y acompañar la existencia resulta una tarea ineludible. Es fundamental sostener el paradigma desde el que nació el acompañamiento terapéutico, especialmente al considerar el trastorno del espectro autista (TEA). El autismo, lejos de ser una categoría homogénea, nos convoca a un universo de singularidades, donde cada sujeto teje su propia subjetividad, su forma de habitar el mundo con sus particulares sensibilidades, desafíos y habilidades. En este campo complejo emerge como un pilar fundamental la figura del acompañante terapéutico (AT).
El acompañamiento terapéutico, en nuestro país, nació de la mano de aquellas ideas que construyen estrategias para evitar la marginación y la estigmatización de las personas con padecimiento subjetivo. Surgió como un intento de evitar la internación psiquiátrica o de hacerla más acotada, y como una respuesta a la dificultad que algunos sujetos presentaban para ser abordados con los dispositivos terapéuticos clásicos. Desde sus comienzos, se ha sostenido la premisa de que el vínculo con otro abre la puerta a la emergencia de nuevas inscripciones psíquicas, encuentros que propician transformaciones subjetivas. En este sentido, acompañar no es aplicar una técnica, sino apostar a un ejercicio clínico-político que habilite nuevos modos de estar en el mundo, confiando en la emergencia de la subjetividad.
Este libro no solo es oportuno: también es necesario. Su publicación llega en un momento clave para el acompañamiento terapéutico, una disciplina que experimenta una profunda transformación, impulsada por profesionales innovadores, como el autor de esta obra. Acompañantes con titulación universitaria o terciaria –un desarrollo reciente en nuestro campo– piensan y teorizan sus prácticas, anclados en los principios esenciales de la disciplina, pero en la búsqueda constante de nuevos horizontes teóricos que les permitan responder a los desafíos del contexto actual y las problemáticas emergentes.
Hoy, el acompañamiento goza de un pleno reconocimiento social e institucional y continúa expandiendo sus fronteras; ya no se limita tan solo a la salud mental o la diversidad funcional: ahora se integra en abordajes comunitarios y problemáticas sociales. Y lo hace –como se pone de manifiesto en este libro–desde una mirada que tiene en cuenta la interseccionalidad, al reconocer las distintas categorías sociales que no operan aisladamente y que constituyen al sujeto, creando sistemas de opresión y/o de privilegio. Desde esta perspectiva, no entendemos el autismo como un diagnóstico que por sí solo marcaría el rumbo de una estrategia, sino como un aspecto más del sujeto en su complejidad.
Este libro no es una mera recopilación de técnicas o un manual de instrucciones. Invita a detenerse, tal como lo propone su primer capítulo, para reflexionar sobre la esencia misma del acompañar. Lo hace de manera profunda, describiendo la complejidad del trabajo del acompañante en los dispositivos, su posición ética y política, desde una mirada no colonizada en el encuentro con el otro. Propone pensar el acompañamiento terapéutico como una práctica clínica situada, que aborda situaciones reales fuertemente enmarcadas en un contexto, encarando de manera integral el entorno social, cultural, de época, económico y familiar del individuo, así como la dimensión de su salud mental, física y emocional. Plantea la construcción de saberes y prácticas, de situaciones reales; remarca la necesidad –a veces olvidada– del trabajo en lo singular de cada escena, cada trama, cada sujeto. A lo largo de sus páginas, se despliega una mirada comprometida sobre el rol del AT en el contexto del autismo, que trasciende la mera intervención para adentrarse en la construcción de lazos significativos y en el fomento de una autonomía genuina, siempre desde esa raíz ética y vincular que define al AT.
Desde la exploración de las “múltiples formas del autismo” hasta la ética y política del acompañar, cada capítulo ilumina facetas esenciales de un quehacer que se construye en la cotidianidad, en la escucha atenta y en la capacidad de “estar con”. El texto expone la importancia de la experiencia sensorial, la riqueza del juego corporal como vía de conexión, las complejidades de la comunicación y el lenguaje, y la vital necesidad de tejer redes de sostén que incluyan a la familia y la comunidad. Asimismo, la obra destaca la relevancia de una “posición del acompañante” que va más allá del rol, al enfatizar la supervisión, la formación continua y el autocuidado como ejes de una práctica profesional y ética. Nos recuerda que el acompañamiento, en su verdadera esencia, demanda presencia, flexibilidad y la capacidad de adaptarse a los ritmos y temporalidades únicas de cada sujeto.
En definitiva, este libro constituye un aporte valioso y necesario para toda persona interesada en comprender el dispositivo de acompañamiento terapéutico. Esto es porque a lo largo del mismo se realiza un trabajo minucioso de construcción del rol en su dimensión ética, teórica y técnica, para luego pensar lo singular del abordaje de personas con autismo. El autor –de extensa y reconocida trayectoria en el campo del Acompañamiento Terapéutico como acompañante, coordinador de equipos, supervisor y docente– escribe estas páginas desde una profunda experiencia y formación, y ofrece una perspectiva fundamentada y rica en matices. Nos invita a pensar el acompañamiento como una política de la hospitalidad, una práctica que, al forjar lazos verdaderos, permite que la “escena continúe” más allá del dispositivo, confiando en el poder transformador del vínculo y la presencia auténtica en lo cotidiano.
María Laura Frank*
* María Laura Frank es psicóloga clínica, magíster en Psicoanálisis de Pareja y Familia, fundadora de la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de la República Argentina (AATRA) y directora de la Fundación Sistere. Cuenta con una sólida formación en psicoanálisis y salud mental.
La hospitalidad es la categoría fundamental del lazo social.
Jacques Derrida
Antes de que la palabra asome, antes incluso de que el cuerpo del acompañante cruce el umbral, ya hay clínica. La escena comienza en ese instante suspendido en que la mano duda si golpear la puerta o aguardar unos segundos más. Lo que desde afuera podría parecer una demora, en realidad es un gesto clínico inaugural. No es que el acompañante vacile: es que se deja afectar. Se deja tocar por las vibraciones del afuera, por los ruidos de la casa, por el modo en que la luz se filtra, por los olores de la cocina o el silencio de una ausencia. Ese instante de pausa, muchas veces imperceptible, inaugura una posición ética: la de no llegar sabiendo, sino dispuesto a dejarse aprehender por la escena.
En este sentido, se podría pensar al acompañamiento terapéutico como un espacio transicional que propicia la circulación, el movimiento y la presencia del acompañante como un aliado que, sin ser cómplice, represente un otro significativo cuyas intervenciones apunten a generar cambios en la relación dinámica entre las realidades intrapsíquica e intersubjetiva. (Dragotto y Frank, 2012, p. 174)
Por tal motivo no es azaroso usar esta imagen del umbral para pensar el acompañamiento terapéutico. Porque el acompañante no entra para diagnosticar ni para aplicar un protocolo; llega para habitar, para registrar, para sostener. Por eso ese umbral no es una línea que se cruza, sino un espacio que se contempla. No se trata de acceder a un “adentro”, sino de disponerse a un entre: entre el afuera institucional y la intimidad de lo cotidiano; entre la teoría acumulada y la escucha por venir.
Este detenimiento no es meramente prudente: es clínico en sí mismo. Detenerse en el umbral implica suspender la compulsión a interpretar, a nombrar de inmediato lo que ocurre. Es permitir que la escena tome cuerpo, que el encuentro se organice desde lo afectivo y no desde lo explicativo. La perplejidad en este punto no es un déficit de saber, sino una posición ética: la disposición a no clausurar el sentido demasiado rápido, a no taponar con certezas lo que aún vibra en la incertidumbre.
Así, la perplejidad deviene una forma de amparo. Frente a la escena –siempre inédita, incluso cuando se repite–, el acompañante no llega a dominarla, sino a alojarla. Lo que se ofrece no es una respuesta, sino una presencia. Una presencia encarnada, permeable, que sostiene sin invadir. El acompañante no se apura a preguntar ni a contener de manera automática: primero escucha, posiciona el cuerpo, espera con la respiración, se afina al ritmo del lugar. Esta sensibilidad encarnada –como sostiene Calmels (2018)– habilita una clínica que no nace de lo verbal, sino de la resonancia corporal y vincular.
Detenerse también significa leer la escena antes de intervenir. No leer como quien descifra un código oculto, sino como quien acompaña con la curiosidad de un mundo nuevo, con la escucha expandida, con el gesto. El modo en que alguien abre la puerta, si mira o no, si espera con ansiedad o se mantiene distante ya está diciendo algo. Y ese algo no se reduce a un síntoma, sino que habla de una historia, de un modo de relación, de una necesidad que todavía no encuentra forma.
La ética de este inicio tiene una dimensión política. Porque no es lo mismo irrumpir que ser invitado a la escena. No es lo mismo ejecutar una función profesional que encarnar una disponibilidad. El acompañamiento terapéutico no “entra” a intervenir; se hace lugar. Esta diferencia funda una clínica que no se impone sobre el sujeto, sino que se ofrece como posibilidad. Un acompañante “procura establecer un vínculo con el otro, creando un lazo sólido, en una apuesta al compromiso, a lo estable, en tiempos de predominio de lo efímero” (Dragotto y Frank, 2012, p. 104).
En la práctica, esta ética se vuelve aún más relevante. El umbral no siempre es físico. Puede ser la mirada esquiva de quien aún no habilita el lazo, el cuerpo tenso que no tolera la cercanía, el juego que se ofrece a medias. Cada vez, se trata de esperar el momento oportuno sin forzarlo. De construir la escena sin invadirla.
Esta disposición –que podríamos denominar “una ética del umbral”– implica confiar en que algo ocurrirá si somos capaces de sostener la espera, de no intervenir para calmar nuestra ansiedad, de tolerar el no saber. Porque es justamente ahí, en ese no saber habitado, en donde puede emerger la singularidad del encuentro.
La perplejidad, entonces, no paraliza; afina. Nos vuelve más sensibles, más atentos, más dispuestos a dejarnos transformar por lo que acontece. Y es en esa transformación mutua donde se juega la potencia del acompañamiento terapéutico.
Antes de que la palabra se emita, antes incluso de que el saludo acontezca, ya hay clínica. El umbral –esa zona intermedia entre el adentro y el afuera– no solo marca un límite físico, sino que condensa una densidad afectiva, sensorial y simbólica que orienta el trabajo del acompañante desde el primer segundo. Es en esa aparente espera donde se gesta una escucha ampliada: el acompañante afina sus registros, se deja tocar por el modo en que se abre (o no se abre) una puerta, por la dirección de una mirada, por el volumen del televisor, por un aroma o por la ausencia de sonido.
Cada umbral ofrece un mapa. Un mapa no cerrado ni lineal, sino vivo, móvil, fragmentario. Un mapa que no se dibuja para orientarse con certeza, sino para comenzar a habitar con delicadeza. ¿Cómo se da la bienvenida? ¿Quién aparece primero? ¿Con qué tono? ¿Qué cuerpos se hacen visibles y cuáles permanecen al fondo? ¿Qué se nombra en ese breve instante y qué queda en silencio? Cada uno de estos elementos forma parte de una cartografía clínica que no busca interpretar de inmediato, sino alojar lo que la escena ofrece, sin presionarla para que se vuelva comprensible.
En algunos casos, el umbral se presenta como una apertura plena: un niño que corre a saludar, una familiar que ofrece café, un entorno que se muestra disponible. En otros, es una zona tensa, de resistencia o de indiferencia. Y hay oportunidades en que el umbral se vuelve inhabitable: se lo atraviesa casi con violencia, se lo ignora, se lo habita desde la urgencia. En todos los casos, lo que allí sucede no es accesorio: es índice del modo en que la escena clínica será tejida, del tipo de presencia que será necesaria, del ritmo que deberá sostenerse.
El acompañante no interpreta este mapa como quien busca señales ocultas, sino como quien se dispone a habitar un terreno nuevo, en el que cada indicio es una invitación a alojar. Se trata de una lectura encarnada, sostenida desde el cuerpo, la respiración, el gesto. Una forma de estar que se instala sin forzar, que escucha antes de hablar, que observa sin juzgar.
En este sentido, podríamos decir que el umbral es una primera escenografía de la transferencia: allí ya comienza a inscribirse el lazo, incluso si todavía no ha sido habilitado. El modo en que se recibe –o no– al acompañante, el tono con el que se lo nombra y el gesto con el que se lo presenta frente a un niño son actos que inauguran posiciones: de rechazo, de idealización, de indiferencia o de desplazamiento. El acompañamiento terapéutico no responde de inmediato; registra. Se deja afectar. Acepta esa primera posición sin consolidarla como verdad, permitiendo que se modifique con el tiempo.
Nombrar la escena del umbral como mapa clínico es, entonces, asumir que la intervención no comienza cuando el vínculo ya está en marcha, sino desde antes. Desde esa suspensión inicial que, lejos de ser tiempo muerto, es tiempo fértil. Tiempo donde se configura la disponibilidad, donde se testea la presencia, donde el acompañante comienza a hacer lugar sin invadir. Y es en esa disponibilidad encarnada, respetuosa y paciente, donde comienza a construirse la potencia clínica del lazo.
Porque el umbral también es ensayo. Un ensayo donde los roles aún no están definidos del todo, en el que el acompañante tantea el ritmo del hogar y el hogar tantea el modo de llegada del otro. Es el momento en que se perciben los pliegues: lo que se quiere mostrar y lo que, sin querer, se deja ver. Un zapato fuera de lugar, una voz que interrumpe desde otra habitación, una mirada que esquiva. Nada es menor. Todo deja una marca, una dirección posible. Y en esa delicadeza de lo pequeño, de lo casi imperceptible, el acompañante aprende a estar sin exigir, a esperar sin desentenderse.
Así, el umbral no es solo una antesala. Es ya parte de la escena. No es preparación, sino un comienzo. Un comienzo que se repite cada vez, que no se agota en la primera visita. Porque hay umbrales que se reabren y otros que se cierran más tarde. Hay saludos que se transforman con el tiempo, silencios que ceden y palabras que emergen mucho después. El acompañante vuelve, y con cada regreso vuelve también a pasar por ese umbral. Lo reencuentra distinto, lo resignifica. Y, en ese volver, se renueva también la posibilidad de vínculo.
Habitar el umbral es, entonces, una práctica clínica en sí misma: implica sostenerse en la incertidumbre, acompañar sin apuro, leer sin buscar certezas. Implica también correrse del lugar de quien sabe y disponerse a ser sorprendido. Porque, a veces, el umbral guarda una clave, no para descifrar, sino para acompañar mejor. Para seguir entrando, no solo a una casa, sino a una historia que pide ser escuchada con todo el cuerpo.
En el acompañamiento terapéutico, la transferencia no se organiza en una trayectoria que va del acompañado al acompañante, sino como una trama que se extiende hacia múltiples direcciones: la familia, los espacios escolares, los objetos cotidianos, las rutinas, los silencios, los gestos, incluso los olores. La escena no es una; es plural, abierta, imprevisible. Y, en ese marco, el vínculo terapéutico no se encierra en una díada, sino que se despliega como una zona de resonancias que el acompañante habita, escucha y también produce.
Lo transferencial, entonces, no es algo que se instala de una vez y para siempre. Se va tejiendo en los detalles: en la manera de acompañar una caminata, en el modo de esperar a que el otro se vista, en cómo se respetan las pausas, en la sensibilidad para registrar lo que perturba o lo que calma. El acompañamiento terapéutico se articula desde lo micro, como gesto clínico que se afina en la inmediatez de la escena; desde lo escénico, como construcción compartida donde se actualiza la transferencia y desde lo rítmico, como cadencia del vínculo que organiza la experiencia subjetiva (Dozza de Mendonça, 2014; Calmels, 2018).
Ese cuerpo –presente, atento, modulador– funciona como un metrónomo subjetivo. No es neutro, pero tampoco invasivo. Acompaña sin arrastrar, sostiene sin dirigir. Y en ese equilibrio difícil se juega la potencia de una presencia que habilita, que no obliga, que se ofrece como punto de anclaje frente a un mundo muchas veces caótico o incomprensible para el otro. En el acompañamiento terapéutico, este cuerpo está en escena incluso cuando no dice nada: porque sostiene, porque regula, porque aguanta el silencio sin apresurarse a llenarlo.
El acompañante brinda experiencias terapéuticas a través de su actitud general, que puede manifestarse mediante verbalizaciones, acciones, pasividad, reacciones afectivas, tono de voz, expresiones faciales, etc.; tales actitudes cobran sentido en el espacio intermedio entre la representación mental y la representación escénica. (Dozza de Mendonça, 2014, p. 97)
En el trabajo con sujetos con configuraciones subjetivas como el autismo, este cuerpo atento a los ritmos se vuelve imprescindible. Fabien Joly (2023), al referirse a la sensorialidad en el autismo, señala que no se trata de una hipersensibilidad en términos cuantitativos, sino de una otra forma de organización sensorial, en la que los registros táctil y vestibular configuran un modo particular de relación con el entorno. En este contexto, el acompañante se convierte en una suerte de corregulador del ambiente, que ajusta su cercanía, su tono de voz, su forma de moverse a lo que la escena requiere. El cuerpo se convierte en lenguaje, y el vínculo se afina por la vía del ritmo.
Pero este ritmo no es una técnica que se aplica; es una disponibilidad que se construye. Y, en esa construcción, la espera ocupa un lugar central. No cualquier espera: una espera activa, implicada, que no se desespera ni abandona. Una espera que habilita al otro a encontrar su tiempo, a armar su modo, a generar sus condiciones de expresión.
En la noción de intervención pensada desde la Clínica de lo Cotidiano también se opera desde un “principio de no intervención”, en el sentido de que el quehacer del acompañante terapéutico consiste en acompañar al paciente en la realización de actividades y la vivencia de experiencias cotidianas que producen efectos terapéuticos y rehabilitadores. (Dozza de Mendonça, 2014, p. 234)
Esta ética de la espera, lejos de ser pasiva, implica una vigilancia afectiva constante: registrar sin invadir, sostener sin controlar, resonar sin absorber. Como plantea Dozza de Mendonça (2014), esta posición requiere del acompañante una disponibilidad compleja: estar allí sin saturar; intervenir sin colonizar; ofrecer presencia sin borrar al otro.
Lo transferencial en acompañamiento terapéutico no se produce solo entre personas, sino entre tiempos, escenas, y gestos. Es posible conceptualizarlo como transferencia escénica: una modalidad de vínculo en la que el sentido no siempre está dicho, pero sí escenificado. Una caída puede ser una frase. Una risa intempestiva, un llamado. Un berrinche, un pedido de contención. El acompañante, al sostener esas escenas sin explicarlas de inmediato, habilita que el sentido pueda ir construyéndose colectivamente.
Cuando esta forma de estar se transmite a la familia, al entorno escolar, a la red que acompaña, comienza a generarse una transferencia distribuida. No se trata de que todos hagan lo mismo que el acompañante, sino de que el estilo de presencia que el acompañamiento propone se vuelva extensible: que la escuela empiece a esperar, que la familia pueda alojar sin apurarse, que los otros referentes comprendan que intervenir también puede ser respirar más lento o sentarse más cerca.
Y, cuando esto ocurre, la presencia del acompañante puede empezar a retirarse sin dejar un vacío. Porque lo que sostiene el dispositivo no es su permanencia física, sino la forma de estar que logró instalar. El retiro paulatino del acompañante no es un abandono, sino una señal de que el lazo se ha redistribuido y que el sostén ya no depende de una sola figura.
La clínica del acompañamiento no se mide en logros visibles ni en objetivos cumplidos. Se mide en modulaciones compartidas, en escenas que se tornan más habitables, en gestos que empiezan a encontrar sentido. Para que eso ocurra, hace falta una ética del vínculo que no le tema a la lentitud, que no se angustie ante el silencio, que no crea que lo terapéutico ocurre solo cuando se habla o se realiza una acción.
En el acompañamiento terapéutico, escribir no es una tarea posterior al acto clínico: es parte constitutiva del dispositivo. La bitácora no es una “narración sobre” lo que ocurrió, sino una escena más, escrita, donde resuenan los vínculos, los silencios, las modulaciones y los ritmos del acompañamiento.
Lejos de los formatos administrativos, la bitácora deviene un instrumento de transmisión clínica. Su escritura organiza la experiencia, no para clausurarla en un sentido unívoco, sino para preservarla como campo abierto. Se trata de una escritura que acompaña, que no intenta capturar el acontecimiento sino prolongarlo, hacerlo circular, compartirlo. Porque en el acompañamiento terapéutico, lo que se escribe no queda solo para quien lo escribió: se comparte con equipos, se discute en supervisión, se ofrece a las instituciones como argumento sensible que sostenga transformaciones posibles.
